Aprender a mirar

16 de Mayo - 2017

En la cartela de la entrada ya se nos advierte la fecha fatídica para los monasterios españoles: 1835, la desamortización de Mendizábal.  Historia común: dispersión de los monjes y ruina de los edificios. Era muy difícil que, abandonado, el monasterio permaneciera en pie. La iglesia se vino abajo y lo que permanece erguido está carcomido por el tiempo. Aquí hubo un monasterio cisterciense, aquí campo de soledad, mustio collado, piedras y jaramagos testimonian el pasado. Hubo una comunidad femenina de carmelitas descalzas que han dejado huellas de su presencia. Pero no era posible subsistir. El antiguo refectorio se convirtió en capilla y hoy la cocina adjunta se ha convertido en sala capitular y capilla para los días de máxima inclemencia.

Ver el monasterio actualmente se convierte en una alegoría de la Iglesia, preñada de esperanza. Los enemigos pueden derribar sus muros e incluso echar y perseguir a sus moradores, pero el Espíritu de Dios hace rebrotar por entre las ruinas el verdadero mensaje del Evangelio. Dios está aquí. No son las piedras las que alzan los monasterios; ni siquiera la belleza de sus claustros y artesonados, la elegancia de sus muros y arcos apuntados del gótico cisterciense  aseguran la eternidad. Es la forma pero no el espíritu, es el andamiaje hermoso que publica y pregona su existencia a los sentidos. Pero son los ideales que secretamente circulan por sus venas invisibles quienes convierten las piedras en clamores de oración y en espacios propicios para que Dios deambule a sus anchas.

La muralla circunda el monasterio no para defender a los monjes de las violencias y ambiciones de maleantes y malhechores. El muro cerrado advierte que dentro hay un espacio sagrado donde habita Dios.

Es la iglesia con su espadaña el centro del abierto monasterio, aunque todo el monasterio es propicio para el rezo y la contemplación. Las sendas son como los claustros de los conventos, pero a cielo descubierto, y en las que el viento acelera el paso de los monjes, bien arropaditos a sus mantos y capuchas para paliar las heladas de las noches o la lluvia o el sol. Dentro de la Iglesia se transforman en columnas rebozadas, enhiestas, ensimismadas, ardientes por el fuego interior que los abrasa. Silencio. Silencio, solo roto por la salmodia de sus salmos, los rezos litúrgicos de la comunidad y el nítido sonar de las campanas.

Un caudal de agua brota en sus términos, limpia y cristalina como manantial de las cumbres. Corre a borbotones  lo mismo que el tiempo y aunque en el estanque se remansa, y parece eternizar el instante, las campanas y el arroyo se encargan de recordarnos que todo fluye, el agua y la vida de los monjes.

El cenobio se ve en la Iglesia y en los espacios comunes. Pero los camaldulenses son eremitas. Son ermitaños que buscan el aislamiento, porque saben que en la austeridad, la aspereza, el silencio, es más fácil escuchar a Dios. Sus celdas son como unas casitas aisladas y yuxtapuestas. A mí me ha llamado la atención que las hayan construido nuevas. No han intentado reconstruir las antiguas edificaciones cistercienses. Cayeron, en el suelo están sus señales. Sobre las ruinas se alza el espíritu de San Romualdo, el espíritu de la Iglesia  que hace florecer el desierto y hacer correr las aguas que llevan a la vida eterna.

Al fondo el cementerio humilde y anónimo con sus cruces blancas. Aquí descansan los monjes sin nombre, porque el verdadero nombre se pronuncia en el cielo, donde nadie será un héroe anónimo.

Salimos cabizbajos, contagiados del silencio y de la paz. Caminos imposibles para los más. Signos que nos recuerdan que solo en Dios se encuentran plenitud humana y felicidad. Sobrecogidos.  Como recuerda la inscripción de la celda dos HIC INVENI, QUAM MUNDUS DARE NON POTES PACEM. “Aquí encontré la paz que el mundo  no puede dar”. 

 

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2 de Mayo - 2017

Quien considere que en el transcurso de este centenario de las apariciones desde el 13 de mayo al 13 de octubre de 1917, vamos a celebrar el cumplimiento de las promesas que la Santísima Virgen les hizo a los tres pastorcillos de Leiria y que sus anuncios proféticos se han  cumplido y que pueden parecer ya asunto del pasado, me atrevo a decir que no se ha enterado de gran cosa por no decir de nada.

Esta conmemoración es una oportunidad que nos va a ofrecer a todos los creyentes para caer en la cuenta de cuáles son los verdaderos males que padecemos y cuáles son los únicos remedios que pueden salvar a la humanidad.

“Fátima es una revelación privada cuyo núcleo fundamental es la teología de la historia”. Esta es la cuestión, la gran  revelación privada hecha por María Santísima a tres niños ignorantes y desvalidos es el recuerdo del núcleo salvador del Evangelio. El Kerigma de la Iglesia que no es otro que el reconocimiento de la salvación que nos trajo Jesucristo por su muerte y resurrección, y entregada como única fuente de gracia a la Iglesia, cuyo esplendor fue la civilización cristiana, pero sometida desde los tiempos modernos a un persecución imparable (desde hace varios siglos), hasta alcanzar una intensidad de torbellino huracanado de una mundanidad y de un poder desatado del maligno que lleva a la humanidad desde la apostasía de las naciones a la perdición espantosa de las almas en el infierno.

Los grandes documentos pontificios, la encíclica Pascendi por ejemplo, por ser próximo en el tiempo a las apariciones, o las encíclicas de Pío XI sobre las esperanzas del Reino de Cristo, son documentos luminosos que la voz de la Iglesia alzaba como Madre y maestra fiel al depósito de la fe, pero no fueron suficientes ni para los engreídos ni para llegar a las almas más desvalidas y tuvo que ser María la que en acción evangelizadora directa, al servicio de la Iglesia y de su Hijo, hiciera su presencia en la Historia y nos anunciara los grandes males que amenazan a la humanidad, desastres de naciones y pueblos, hambre, dolor, y muerte como jinetes del Apocalipsis, persecuciones hasta el martirio de los cristianos, de obispos y sacerdotes y hasta del mismo Santo Padre, como hemos sido testigos, pero lo que es aún más grave, la amenaza de perdición terrible: la condenación eterna en el Infierno. 

Hechos concretos han tenido lugar, pero la rebeldía contra Dios sigue siendo la misma si no es más radical y los errores marxistas se han extendido a todo el mundo ¿Qué es si no la ideología de género sino la aplicación al hombre y a la mujer de la dialéctica marxista del explotador burgués y del explotado proletario, aplicados al hombre y a la mujer para que se ponga una carga de dinamita en la constitución de la familia natural y de la posibilidad del amor, hombre y mujer los creó, en el principio no fue así. Los errores marxistas se han extendido por todo el mundo. No nos engañen algunos detalles y perdamos de vista la situación de engreimiento y desprecio de Dios en que se encuentran las naciones que llamamos civilizadas.

¿Me atreveré a decirlo?  La cultura moderna, la civilización actual  lleva a la humanidad a su destrucción. A pesar de los terribles escarmientos pasados, erre que erre se siguen defendiendo principios y hábitos nocivos, pero lo que aún es peor lleva a muchos seres humanos a la condenación eterna. Voz de estruendo y de escándalo. Voz que la Iglesia ha enseñado desde el principio, fiel a la buena nueva del Evangelio y que en los tiempos modernos se ha intentado acallar, porque como denunció el beato Pablo VI el humo de Satanás había penetrado en la Iglesia. ¿No hemos sido testigos de hordas que desde dentro de la Iglesia han pretendido derruirla y con ella nuestra fe? Pero ¿qué creéis que nos enseñó el denostado Syllabus y las grandes encíclicas del beato Pio IX, o León XIII?

Fátima nos ha recordado muchas verdades que el racionalismo engreído había desterrado de la civilización  cristiana. Los niños nos hablaron de los ángeles; los niños nos hablaron de las consecuencias del pecado de los hombres para la vida humana, para la concordia, la paz y aún la felicidad: las guerras, con todos sus horrores, como consecuencia lógica de nuestra soberbia, no tanto como castigos sino como permisión de Dios, para, por escarmiento, cambiar nuestros corazones. Los niños nos han recordado que el Infierno es una realidad y que no deja de existir porque no lo nombremos o neguemos su existencia.

Os he de confesar que la lectura de la visión del infierno que contemplaron los niños me deja paralizado por el terror. La visión de las almas que como pavesas de un incendio caen en el fuego eterno sin esperanza de  salvación.  La Virgen no tuvo reparos en que sintieran el horror del infierno. Nosotros nos asustamos. La Virgen no. Pero la pedagogía que empleó con los pastorcillos, es una lección impagable: primero les recordó que ellos irían al cielo y segundo: veían, a la vez  que el espectáculo horrendo, la mirada tierna,  amorosa y sonriente de la Virgen. Lucía nos dice que, sin ello, “el miedo nos hubiera matado”.

Pero en Fátima se nos recuerdan más verdades: Se nos recuerda la existencia del Purgatorio. ¿No le dijo a Lucía que de sus dos amigas muertas, una estaba en el cielo y la otra  permanecería en el Purgatorio hasta el final del mundo?. Pero lo más asombroso, lo que en Fátima la Virgen nos viene a recordar es el poder de la oración, de la penitencia y de  la reparación por nuestros pecados y los del mundo. La oración es el arma más poderosa concedida a los creyentes para vencer al mal. No solo para el ahora, sino con eficacia hacia el pasado y hacia el futuro. Las oraciones en pro de la amiga del purgatorio, tuvieron efecto hacia el pasado de esa alma que probablemente sin ellas, hubiera ido al infierno; pero de manera indiscutible, reconocido por San Juan Pablo II, las oraciones de Jacinta salvaron la vida de nuestro pontífice, 61 años más tarde, cambiando el curso de lo previsto en la historia. El rosario, la consagración a Jesús y María, la penitencia y el ayuno, cambian el curso de la historia. La Virgen ha encomendado a los cristianos que por la oración se convierta el mundo. Venga a nosotros la civilización del amor, el Reino de Cristo, traído por las manos de María.

Mirad, mirad, mirad:  el centro de la Buena Nueva no es la condenación eterna, ni el infierno, ni siquiera el Purgatorio, sino que el meollo de la Buena Nueva es la Salvación eterna, la  restauración de una Alianza rota por el Hombre, por la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

Ni en  el Evangelio ni en los mensajes de Fátima, la fuerza apelativa a la conversión, surge del miedo al castigo, aunque sea válido como dolor de atrición, sino de la vocación al Amor. Es un clarín vigoroso que suena en medio del combate del mundo, pero no para llenarnos de terror, sino para recordar que vale la pena combatir bajo la bandera de Cristo como nos enseñó San Ignacio, en la meditación de las dos banderas.

Nuestra alabanza y gratitud no es sólo porque nos libra del castigo eterno, sino porque nos hace herederos del cielo e hijos de Dios. Nunca el Temor sino el amor. Y esta es a mi parecer la mayor y mejor lección de Fátima. Nada se anunció para castigarnos sino para redescubrir la eficacia salvadora de la penitencia, de la oración y de la reparación: el ayuno, el rosario y la consagración al Corazón de María, niñería y necedad para los mundanos, pero ayudas inexcusables para ir subiendo con humildad nuestro camino de perfección en la tierra y en el cielo y además que venga la Paz sobre la tierra entera

Es verdad que se cumplió el anuncio del estallido de la II Guerra Mundial, la aurora boreal que la precedió, la caída del muro de Berlín y del comunismo de la URSS, el atentado mortal de San Juan Pablo II, librado de la muerte por las oraciones de Jacinta, las  muertes tempranas de Jacinta y Francisco Marto y la perduración providencial de sor Lucía hasta ir desvelando las tres partes del secreto y clarificar su sentido.  Pero el meollo del mensaje de Fátima no se encuentra tanto en los desastres anunciados y cumplidos, sino en la llamada de atención que el Corazón maternal de María nos hace a los creyentes e incluso a toda la humanidad.

Decía Jacinta en el texto que me ha servido  de referencia: “…¿Sabes? Nuestro Señor está triste; porque Nuestra Señora nos habló así para que no Le ofendiesen más, que ya está demasiado ofendido, y nadie hace caso; continúan cometiendo los mismos pecados.”

 

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18 de Abril - 2017

   La celebración eucarística nos ofrece constantes ocasiones para aprender a mirar para aprender a vivir. En la santa misa, es el oído el protagonista, se trata de aprender a escuchar, para aprender a admirar y vivir. Centramos nuestra reflexión en el poder de la palabra.

   La palabra es un signo que tiene muchas potencialidades. Para nosotros los creyentes la Palabra por excelencia es Cristo, el Verbo de Dios encarnado. Hoy parece que la palabra goza de menor prestigio que la imagen. Se dice con altanería: una imagen vale por mil palabras, y no es verdad. Porque esa imagen en verdad dirá todo, si te sabes las mil palabras. La palabra es la encarnación del alma. Por la palabra se manifiesta la totalidad de la persona. Dime como hablas y te diré cómo eres. Hablar bien no es hablar con precisión y galanura. Hablar bien es hablar en verdad.

   Antiguamente la palabra dada era como un documento notarial. En la modernidad el mal uso y el  engaño desprestigiaron su confianza hasta el extremo de que oímos decir despectivamente: “palabras, palabras, palabras”. Tuvieron que venir los poetas para rescatar al menos su verdad en un uso concreto si no en todo momento. Gerardo Diego proclamó que las palabras de los enamorados, son palabras de amor, es decir, palabras.

   Y es que la psicología humana necesita fiarse, confiar, que las palabras sean hechos, no sonidos que se lleva el viento. Hay un deseo profundo de que las palabras puedan ser obras, desencadenar acciones que paralicen el mal o hagan triunfar el bien. ¿No nos asombrábamos de niños cuando se nos contaba que la cueva de Ali Babá se abría al pronunciar las palabras “¡Ábrete, Sésamo!” y se cerraba con las palabras “¡Ciérrate, Sésamo!”? ¿Por qué triunfan narraciones como Harry Potter con sus poderes mágicos?¿Por qué permanecen desde tiempos prehistóricos los mundos oscuros de abracadabras, conjuros, hechizos, tantas veces asociados con poderes preternaturales o diabólicos?

   En el origen está la fuerza creadora de la palabra de Dios, el fiat de la creación que sacó de la nada un mundo inimaginable de seres y de constelaciones. El Dios que con su palabra mantiene en el ser todas las cosas. La palabra que hizo detenerse el sol y abrirse el mar, tan presente en el Antiguo Testamento.

   El segundo fiat maravilloso abre el Nuevo Testamento cuando la doncellita de Nazaret dijo Sí a la propuesta de Dios. Fiat mihi secundum verbum tuum. Y el Verbo se hizo hombre en las entrañas de María. Y la palabra de Jesús paró los vientos, hizo salir a los demonios, curó a los leprosos, hizo andar a los paralíticos, oír a los sordos, hablar a los mudos,  ver a los ciegos, resucitar a los muertos, multiplicar los panes y  los peces y, en la víspera de su pasión, como nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica en el número 1323, "Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el Sacrificio Eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura." (SC 47).

   Y en el número 1333 dice: “En el corazón de la celebración de la Eucaristía se encuentran el pan y el vino que, por las palabras de Cristo y por la invocación del Espíritu Santo, se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Fiel a la orden del Señor, la Iglesia continúa haciendo, en memoria de Él, hasta su retorno glorioso, lo que Él hizo la víspera de su pasión: "Tomó pan...", "tomó el cáliz lleno de vino...". Al convertirse misteriosamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, los signos del pan y del vino siguen significando también la bondad de la creación. Así, en el ofertorio, damos gracias al Creador por el pan y el vino (cf Sal 104,13-15), fruto "del trabajo del hombre", pero antes, "fruto de la tierra" y "de la vid", dones del Creador. La Iglesia ve en en el gesto de Melquisedec, rey y sacerdote, que "ofreció pan y vino" (Gn 14,18), una prefiguración de su propia ofrenda (cf Misal Romano, Plegaria Eucaristía I. Canon Romano, 95).”

    De nuevo el fiat se hace realidad por el don otorgado al  celebrante en su ordenación sacerdotal, de la misma manera que ha recibido el poder de perdonar los pecados. No son palabras que se lleva el viento. Tienen el poder sobrenatural de hacer realidad lo que pronuncian. Esta  es nuestra fe. Fiat que se vuelve a realizar en cada uno de los sacramentos. El sí de los contrayentes en el matrimonio construye una nueva  realidad que hace de dos cuerpos uno y que ha unido Dios. De la misma manera que nos hace hijos de Dios el bautismo, nos prepara para el encuentro definitivo la unción de los enfermos, confirma la mayoría de edad con la fuerza del Espíritu Santo en la confirmación.

   Son palabras creadoras, lo que dicen se hace. Esto tiene lugar cada vez que asistimos a la Santa Misa, o celebramos los siete sacramentos. Aprendamos a mirar, para aprender a vivir. Hay palabras que son obras de amores y no sólo buenas razones.

 

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21 de Marzo - 2017

    Hoy nuestro aprender a mirar, aunque también hay mucho que mirar, queremos que se transforme en aprender a oír. A lo largo de toda la celebración hemos de estar atentos, pero cuánto más en lo que denominamos liturgia de la palabra.

 

    Abrimos la celebración con la señal del cristiano.  Escuchamos al celebrante que nos invita a que todo lo que va a suceder sea En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, al mismo tiempo que hacemos la señal de la cruz, en la frente, en el pecho y en los hombros.

 

    En un signo tan sencillo adelantamos o resumimos el misterio que vamos a celebrar. ¿De dónde nos viene que podamos dirigirnos a Dios, como si fuera uno más de nuestra familia, sino de la cruz redentora, la señal del cristiano,  la que nos alcanzó ser hijos de Dios, al que podemos llamar Padre, precisamente por la Cruz de Cristo. Por la santa Cruz de Cristo podemos ofrecernos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, siempre y en todo lugar. Y por ella podemos celebrar estos sagrados misterios.

 

     Siempre me ha sorprendido que antes de meternos en harina, si me permitís la expresión,  la liturgia romana, lo primero que hace  es recordarnos la necesidad del perdón. “Antes de… reconozcamos nuestros pecados”. No es fácil de entender para nuestros esquemas racionalistas y autosuficientes. ¿No hubiera sido más lógico que se comenzara por una diatriba que encendiese en remordimientos nuestra condición pecadora?

 

     Pues no.  Algo tan directo nos está recordando que no podremos entender el misterio que vamos a celebrar si no nos acercamos desde la humildad.  ¿No nos enseñó el Señor: -«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor.”?

 

    ¿No nos dijo San Juan en su primera carta: “Si decimos que no tenemos ningún pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si, por el contrario, confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos purificará de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, hacemos pasar a Dios por mentiroso y no hemos aceptado verdaderamente su palabra”?

 

     Para acercarnos a la celebración de los santos misterios es necesario que tomemos la actitud interior de los niños, de lo contrario no podremos ni entrar ni acercarnos al reino de los cielos.

 

      Y para que no pase inadvertido, la liturgia, entre diversas fórmulas, nos ofrece la posibilidad de repetir dos veces consecutivas la súplica del perdón, en el “yo pecador” y en el Kyrie.  Sentimiento que se sublima cuando junto a la palabra resuena la melodía del kyrie en gregoriano o escuchamos el kyrie de Palestrina:

 

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7 de Marzo - 2017

      En El circo de la Mariposa, en forma de narración imaginaria, de cuento, se nos presenta la enorme diferencia que existe en mirar a los demás como meros individuos o como personas. La gran  aportación de la filosofía cristiana a la filosofía universal es el concepto de persona. Los seres vistos como individuos se reducen a algo cuantificable, que ocupa un espacio, que manifiesta unas necesidades. Es un mero ejemplar de una especie, individual, pero repetible, sustituible. Como escribió Arthur Koestler, denunciando la despersonalización suscitada por el comunismo, un hombre bajo ese punto de vista sería sólo “un millón de hombres partido por un millón.” La definición es exacta, pero lamentable: así entendido, cada hombre-individuo, carente de toda singularidad por sí mismo, sería perfectamente sustituible por cualquier otro.

Es un algo al que se pone un precio, se le da un valor convencional en el momento en que vamos a prescindir de él por considerarlo sustituible. El individuo humano se mueve en el combate de la lucha por la vida para sobrevivir. El hombre que se convierte en lobo para el hombre. Recelo, desconfianza mundo de opresores y oprimidos, de vencedores y vencidos.

La persona es alguien, no algo; es un ser único e irrepetible, capaz de asumir el protagonismo de su vida singular y que como don ha recibido gratuitamente el ser imagen de Dios y que de Dios ha recibido la tarea de crecer en el amor y de, en su cotidianidad, perfeccionar la tierra.

El ser humano, sometido a los impulsos de la vida de los sentidos, ha de llegar a mostrarse a lo largo de la vida como lo que es en el fondo y en realidad: una persona, capaz de conocer y conocerse, de distinguir el bien del mal y de poner el bien en práctica. La persona está abierta al encuentro y a la relación, a la solidaridad y a la comunión, lo cual intensifica su singularidad. El ser humano que vuelve la espalda a su índole de persona y sólo se muestra como individuo, gira en torno a su yo, en el ejercicio permanente del “yo, me, mi, conmigo, para mí”; en lugar del yo me mi contigo para ti”.

Llegar a apreciar esto, más allá de las apariencias y de la inmediatez del carpe diem, es aprender a mirar; es aprender a vivir. No sin esfuerzo, porque la apariencia nos oculta el ser, no  sin  exigencia ni vencimiento; vivir es luchar, pero contra nosotros mismos.

Dos imágenes o metáforas cohesionan  la película. La primera es el circo. Un circo que es más que la oferta de un espectáculo que busca entretener o divertir. La vida humana, el vivir, es un circo especial, en el que podemos o no sacar lo mejor que llevamos dentro de nosotros mismos, para ofrecerlo como entretenimiento o como aportación aleccionadora a todos los demás. El circo de Méndez, el de la Mariposa, a diferencia del Circo Carnaval en el que lo que cuenta es la máscara o el disfraz exterior, está formado por personas cuya belleza y valor nacen del interior; es un estilo de vida, absolutamente contrario al que el día a día  de  nuestros afanes nos tiene acostumbrados. El Circo de la Mariposa es un presagio del mundo poblado de rostros significativos y lleno de sentido al que todos queremos pertenecer.

La segunda imagen es la mariposa. ¿Recordáis la inspiración que le produjo a Santa Teresa la contemplación del gusano de seda?

Santa Teresa se ha quedado prendada de la existencia de unos gusanos feísimos  que, en un lento proceso, se metamorfosean en una delicada mariposilla blanca. La perspicacia de Teresa no lo duda: es la historia del alma humana, que ha de pasar de arrastrarse como gusano  a volar  como mariposa. Pero ve más: cae en cuenta  de que esa alma que ha ido alejándose del gusto por  lo mundano y terrenal, tiene que perder la vida para encontrarla en plenitud, tiene que encerrarse en el “capullito” que ella misma ha tejido para convertirse en mariposilla blanca.  Libre de arrastrase por el suelo, revoloteará hasta quedar consumida en la llama  de amor que anhela.

Asombrada se queda Teresa  ante el insólito fenómeno de la naturaleza, muestra del poder  de nuestro Dios. Materia suficiente para pasar largas  horas de contemplación. Una reflexión de plena actualidad: si conociéramos cada cosa, admiraríamos  al Creador y lo amaríamos. Qué invitación al estudio y conocimiento de toda  realidad.

En nuestro cortometraje, el gusano es la vida pasada de todos los componentes del circo. Son las pobres gentes que la mirada utilitarista de nuestro tiempo no valora y desdeña. Pero todas ellas, como el gusano que guarda en su bote el niño, el hijo ya nacido de la prostituta y hoy espléndida trapecista, se van transformando en su vivir en mariposa atrayente, hasta que en una de las secuencias finales, salga del bote cerrado, de su capullo abierto, la mariposa esperada. En la alegoría de la vida del circo: esto es aprender a mirar para aprender a vivir.

 

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21 de Febrero - 2017

      Toda la obra de Sorolla es una ocasión para aprender a mirar porque en cualquiera de ellas, hasta en las que pueden parecer menores, uno tiene que practicar el doble ejercicio que en toda obra de creación es imprescindible. El primero es simplemente observar con atención una a una las piezas que componen el puzzle, y tomar nota de cada una. Es el ejercicio del análisis. El segundo es el que llamamos de síntesis. Consiste en tratar de descubrir lo que el artista te está queriendo decir. Nada hay en una obra que no tenga una intención comunicativa.

      Os proponemos que analicemos el cuadro que se denomina Triste herencia que fue pintado en 1899. En él nos llama la atención el título. ¿Por qué lo denominó “triste  herencia”? Inmediatamente uno se da cuenta de que se trata de un grupo de niños lisiados –probablemente poliomelíticos-, que desnudos van entrando llenos de alegría a la playa en las aguas azul verdosas del Mediterráneo, para un baño refrescante bajo un cálido sol de verano de resplandeciente luminosidad. Al fondo el mar, como una franja agitada entre el cielo azul y la playa.

Triste herencia, Joaquín Sorolla

     Resulta duro el recuerdo de sus cuerpecitos juveniles  como una herencia genética maldita. Y sin embargo ese torpe caminar en la playa no impide, por contraste, la alegría de los niños, ágiles en el agua, saltarines y tan perfectamente reproducido el movimiento de sus cuerpos que es imposible no escuchar su griterío, exultante y feliz. Toda la escena armoniza la alegría de los niños con el paisaje de luces sobre arenas y aguas del mar. Para los niños es libertad y frescura; para el espectador un prodigio de sensorialidad.

      Pero hay mucho más. Una figura vestida de negro, con un hábito probablemente de un religioso de la orden de San Juan de Dios,  contrasta con el colorido y vitalidad de la escena. Siente uno sofoco al contemplar junto al mar una persona no ligeramente vestida con telas veraniegas sino con los hábitos propios de una estación invernal.

     El fraile no da señales de calor, ni usa pañuelos que limpien el sudor de su frente. Está claro que no se preocupa de sí mismo. Impecablemente vestido ayuda a llevar a la orilla del agua a uno de los más imposibilitados. Está implicado en atenderlos y servirlos, mucho más que simplemente en vigilarlos. La escena es mucho más  que costumbrista. Estamos asistiendo a una vivificación de la caridad cristiana. Estamos contemplando un pasaje del evangelio en que alguien lleva hasta el agua a un lisiado, si no para curarlo al menos para alegrarle la vida. El título no refleja la unidad temática del cuadro. No es la triste herencia lo que uno está viendo, sino el mandato de Cristo que ordena que contra herencias tristes de cualquier condición no hay otro medio que alivie y cure que la Caridad que entrega y consagra la vida por la vida de los demás.

     Aquí hay mucho más que asistencia social. Aquí hay una mirada profundamente religiosa, que sabe que el distintivo del auténtico cristiano no es otro que el amor al prójimo. Podríamos pensar: no era necesario el hábito, podría haber realizado el servicio sin llevar esas inoportunas vestimentas. Pues no. De ninguna manera. No está prestando un servicio  al modo de la parábola del buen samaritano, que ante un hecho desgraciado ocasional supo comportarse con verdadera humanidad. Aquí hay más porque el hábito está pregonando que su profesión, en total entrega y para siempre, es servir a quien esté necesitado, quien quiera que sea, sin tenerse en cuenta a sí mismo. Es “samaritano para siempre”.

     De este cuadro conservamos varios bocetos en pequeño tamaño. Son como estudios previos que ha realizado el pintor, como buscando el modo mejor para expresar su idea. Son apuntes o estudios para Triste herencia. Se nos ofrecen dos distintos en la exposición. En el primero los niños están en el agua mientras el más lisiado se acerca con torpeza, con la ayuda de sus muletas. Los niños están solos. No hay religioso que vigile o ayude. En el segundo todos los niños están en el agua, salpicados de blancura y de mar,  al fondo dos veleros con sus velas hinchadas al viento, surcan el horizonte como en una competición, ajenos a lo que ocurra en su entorno. Sí  que aparece el religioso, pero ahora sólo como vigilante y para colmo con una teja clerical por  sombrero, como si resaltase más su presencia oficial. Pero al final Sorolla ha elegido y modificado los apuntes y ha decidido una representación y una composición más plena y acorde con la ejemplaridad cristiana.

    Claro que para ver, además de mirar, de sorprenderte de lo que ves y preguntarte por la intención, se da en la diana cuando algo te ayuda a saber, por ejemplo los bocetos para entender el cuadro.

Detalle Triste herencia, Joaquín Sorolla
Boceto Triste herencia
Boceto Triste herencia

 

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17 de Enero - 2017

    La literatura es un mirador privilegiado que nos puede ayudar  a comprendernos y a entender las claves de nuestro tiempo. Repetimos como leitmotiv de nuestro programa “Aprender a mirar para aprender a vivir”. Esta es la finalidad del arte.

     En una  pequeña comunidad donde vive Berenguer, un joven  sin más bagaje cultural que el sentido común y sin otro apoyo que su independencia personal, están apareciendo, como la cosa más natural del mundo, rinocerontes, porque sus ciudadanos  han comenzado a transformarse en ellos. ¿No es evidente que lo humano es superior al mundo animal? Así nos lo parecería en un principio. Pues bien, la obra nos va a desvelar cómo uno tras otro, compañeros, amigos, y hasta la mujer que ama se van pasando no sólo a la opinión contraria, sino a la transformación en animales por monstruosa y absurda que parezca.

Cada cual encontrará sus motivos: “Hay que ir con el tiempo” alegarán unos. Daisy, su amada, acusará a Berenguer de pretencioso por creerse en posesión de la razón  y le rebatirá describiéndole la impresión que le causan los hombres-rinocerontes: “Esas son las gentes. Parece que están alegres. Se sienten a gusto dentro de su piel.     No tienen aspecto de locos. Son muy naturales. Han tenido sus razones”. Por más promesas que Daisy  pronuncie de permanecer a su lado, el proceso de sus convicciones le va alejando de Berenguer. Lo que para una es cantar o danzar, para el otro será barritar y movimiento innoble. La palabra no será vínculo de comunicación ni el sentimiento del amor se percibirá del mismo modo. 

     El colmo llegará cuando Daisy  le confiese que los nuevos hombres se han convertido en dioses. Berenguer  reconocerá que está completamente solo pero proclamará como victoria moral: “Sigo siendo lo que soy. Soy un ser humano”.

   El argumento da pie para aplicarlo alegóricamente  a todo tipo de situaciones políticas o históricas. Sin embargo no hace falta acudir a lo lejano. El rinoceronte goza por desgracia de una actualidad  sobrecogedora entre nosotros. Es cuestión de aprender a mirar.

 

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17 de Enero - 2017

Os invitamos a aprender a mirar siguiendo las indicaciones de Juan Pablo II en su Tríptico Romano.

Nos sugiere que nos fijemos especialmente en el cuadro que representa  el momento  en que Dios Padre, para darle una ayuda semejante al hombre, duerme a Adán y crea a la mujer, a Eva, no del barro, sino del cuerpo del hombre, de con una costilla de su costado, en dignidad  semejante y de su misma carne. ¿Recordáis el cuadro? Se encuentra en el centro del techo de la capilla Sixtina, como si Miguel Ángel quisiera resaltar su importancia en la narración. Ha llamado la atención la distribución de las figuras: en la esquina inferior  izquierda, se encuentra echado en el suelo y dormido,  Adán formando el lado horizontal del triángulo rectángulo. En el lado derecho vemos al Padre, de pie, elevando el cateto con su figura solemne, de abajo arriba.

Lo llamativo es la posición de la mujer, que llena con su cuerpo la hipotenusa, en diagonal  perfecta  la cabeza del Padre, la de Adán y la de Eva. Eva habla con el Padre y con sus manos juntas, parece estar en oración de súplica.  La mujer parece  actuar como  un puente entre el hombre dormido y Dios. Entre la tierra y el cielo  Entre el mundo de lo natural y de lo sobrenatural. La ayuda no sería sólo compañía y fecundidad, sino impulso para llevarnos a los hombres a Dios. Una mujer salva o pierde al varón, según el dicho popular.

     Por ello Juan Pablo II nos insistía:

Pero el Libro espera la imagen. — Y con razón. Esperaba
a su Miguel Ángel.

Porque él que creó, «vio» — vio que era «bueno»,
«Vio»…, entonces el Libro esperaba el fruto de la «visión».

Y tú, hombre, que también ves, ven —
Os llamo a todos los «videntes» de todos los tiempos.
¡Te llamo, Miguel Ángel!
¡En el Vaticano hay una capilla que espera el fruto de tu visión!
La visión esperaba la imagen.
Desde que el Verbo se hizo carne, la visión sigue esperando.

Estamos en el umbral del Libro.

Es el Libro del Origen — del Génesis.
Aquí, en esta capilla, Miguel Ángel la escribió
no con palabra sino con riqueza
de los colores acelajados.

Entramos para leer,
caminando desde el asombro hasta el asombro.

 

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3 de Enero - 2017

       El eje en cuyo entorno gira el argumento es la esperanza. El nacimiento del Niño-Dios devuelve la esperanza a la humanidad. Cada niño que viene al mundo, aún en medio de sufrimientos y contrariedades es “un don gratuito a perpetuidad”, convocado a la alegría y a la esperanza. Frente a la desesperanza de Barioná, representante lúcido de todos los seres humanos, aparece Baltasar, nuestro Rey Mago, quien con palabra rotunda anuncia la buena nueva  salvadora que trae el Mesías esperado. En Baltasar hasta Barioná aprenderá a mirar.

“BALTASAR.- 

No hay ni uno solo entre ellos, ni uno, me oyes, que no le abandonase si conociese el porvenir. …… Esperan de él que expulse a los romanos, y los romanos no serán expulsados, que  haga crecer flores y árboles frutales sobre las rocas, y la roca permanecerá estéril, que ponga fin al sufrimiento humano, y dentro de dos mil años la humanidad sufrirá como lo hace ahora.

BARIONÁ.-

Y ¿cuál es esa buena nueva?

         BALTASAR.-

Escucha: Cristo sufrirá en la carne porque es hombre. Pero es también Dios y toda su divinidad está más allá del sufrimiento. Y nosotros, los hombres, hechos a imagen de Dios, estamos también más allá de nuestros sufrimientos en la medida en que nos parecemos a Dios. ¿Ves?, hasta esta noche el hombre tenía los ojos cegados por el sufrimiento como Tobías por el excremento de los pájaros. No veía más allá de sí, y se tenía por un animaI  herido y loco de dolor que galopa a través de los bosques para huir de su herida y que lleva su dolor con él a todas partes. … si aceptas tu cuota de sufrimiento como tu pan de cada día, entonces has ido más allá. y todo lo que está más allá de tu lote de sufrimiento y más allá de tus preocupaciones, todo eso, te pertenece. Todo. Todo lo que es ligero, es decir, el mundo entero. El mundo y tú mismo, Barioná, porque todo tú eres un don gratuito a perpetuidad.

Esta bella noche, henchida de tinie­blas y de fuegos que la atraviesan como los peces hienden el mar, te está esperando. Te espera al borde del camino, tími­da y tiernamente, porque Cristo ha venido para regalártela. Lánzate hacia el cielo y serás libre -¡oh criatura superflua entre todas las criaturas superfluas!- libre y palpitante, asombrada porque existes en pleno corazón de Dios, en el reino de Dios, que está así en el Cielo como en la tierra.

BARlONÁ .-

¿Es eso lo que Cristo nos ha venido a enseñar?.....

BALTASAR.-

Ha venido a decirte: deja que nazca tu hijo. Sufrirá, es verdad. …Lo mismo si es cojo, si tiene que ir a la guerra y pierde sus piernas o sus brazos, como si la mujer a la que ama le traiciona siete veces: es libre, libre de regocijarse eternamen­te por su existencia. Me decías hace un momento que Dios nada puede contra la libertad del hombre, y es verdad. ¿Entonces? Una libertad nueva va a lanzarse hacia el Cielo como un pilar de bronce ¿y tú tendrás la osadía de impedirlo? Cristo ha nacido para todos los niños del mundo, Barioná, y cada vez que un niño va a nacer, Cristo nacerá en él y por él, eternamente, para ser golpeado con él por todos los dolores y para escapar en él y por él, eternamente, de todos los dolores. Viene a decir a los ciegos, a los parados, a los mutilados y a los prisioneros de guerra: no debéis absteneros de tener niños. Porque incluso para los ciegos, y para los parados, y para los prisioneros de guerra, y para los mutilados, existe la alegría.”

         No conozco un texto de Navidad tan profundo y tan adecuado a las inquietudes del hombre actual.  La extensión de esta página no me permite entrar más a fondo como lo desearía. Es un buen regalo para esta Navidad. Leedlo pausadamente. Recrearos en las palabras, en la fuerza de las imágenes, en el contenido que nos transmite. Jean Paul Sartre, probablemente como simple juego formal, nos desveló y ofreció la mejor manera de argumentar contundentemente contra Jean Paul Sartre.

Campo de concentración

 

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20 de Diciembre - 2016

Cuando en 1612 Lope de Vega publicó la novela “Pastores de Belén”, nos legaba uno de los documentos más bellos de cómo se vivía en aquellos siglos de Oro la Navidad. El gozo, la ternura, el reconocimiento del bien inmenso que trajo a los hombres el nacimiento de Cristo retozan por entre sus páginas. En sí se trata de una novela pastoril, en línea con “La Arcadia” en la que la prosa y los versos se entremezclan para contarnos los amores y desventuras de unos pastores idealizados,  que suelen esconder personajes históricos concretos o al mismo autor.

Las poesías intercaladas constituyen una antología de temática navideña admirable, en los más variados versos y estrofas. “Pastores de Belén” es una novela pastoril a lo divino. Las historias, los amores, las disputas y tensiones van surgiendo en las partes narrativas o dialogadas. Pero como telón de fondo y como asunto constante: el Niño que nos ha nacido. Los pastores se han puesto en camino y se dirigen a adorarlo. Alguien ha dicho que la novela es un gran belén, como el de nuestras casas, en el que, en vez de figuras de barro, oímos hablar a los distintos personajes, como oiremos cantar y veremos actuar  a la Virgen María y a San José.

     Está dedicada a su hijo Carlos Félix que entonces tenía siete años. Se consideró que formaba parte de la Literatura infantil. Se han hecho ediciones muy expurgadas que han acercado su lectura incluso a los niños. Pero no. Es una novela  para lectores avezados a los  temas bíblicos y religiosos en general, de no fácil lectura.

    Hoy queremos traeros un texto en prosa en que nos muestra cómo imaginó el momento en que María dio a luz a su hijo. Nuestra lectura queremos que se convierta en oración y en ocasión para aprender a mirar. Lope nos describe cómo fue el parto y nacimiento del Niño Dios, para que lo leamos en familia y nos sirva, en esta Noche Buena, Noche santa, de recuerdo, recogimiento y meditación agradecida. Así imaginó Lope de Vega la primera noche de Navidad:

“Conociendo pues la honestísima Virgen la hora de su parto, José salió fuera, que no le pareció justo asistir personalmente a tan divino sacramento. María, descalzándose  las sandalias de los benditos pies, y quitándose un manto blanco que la cubría y el velo de su hermosa cabeza, quedándose con la túnica, y los cabellos hermosísimos tendidos por las espaldas, sacó dos paños de lino y dos de lana limpísimos y sutiles que para aquella ocasión traía, y otros dos pequeñitos para atar la divina cabeza de su Hijo, y púsolos cerca de sí para la ocasión dichosa en que le fuesen necesarios. Pues como tuviese todas estas cosas prevenidas, hincándose de rodillas, hizo oración, las espaldas al pesebre y el rostro levantado al cielo hacia la parte del Oriente, altas las divinas manos y los honestísimos ojos al cielo atentos; estaba como en éxtasis, suspensa y transformada en aquella altísima contemplación, bañando su alma de divina y celestial dulzura.

Estando en esta oración sintió mover en sus virginales entrañas su soberano   Hijo, y en un instante le parió y vio delante de sus castos ojos, quedando aquella pura estrella de Jacob tan entera e intacta como antes, y los cristales purísimos de su claustro inofensivos del suave paso del claro sol de justicia, Cristo, nuestro bien, del cual salió luego luz tan inefable y resplandor tan divino que todas las celestiales esferas parecían en su presencia oscuras. Estaba el glorioso Infante desnudo en la tierra, tan hermoso, limpio y blanco como los copos de la nieve sobre las alturas de los montes o las cándidas azucenas en loa cogollos de sus verdes hojas. Luego que le vio la Virgen juntó sus manos, inclinó su cabeza, y con grande honestidad y  reverencia lo adoró y dijo: “Bien seáis venido, Dios mío, Señor mío e hijo mío” (…) Tomándole entonces entre sus brazos, le llegó a su pecho, y, poniendo su rostro con el suyo, le calentó y abrigó con indecible alegría y compasión materna. Púsole después de esto en su maternal regazo, y comenzóle  a envolver con alegre diligencia, primero en los dos paños de lino, después en los dos de lana y con una faja le ligó dulcemente el pequeñito cuerpo, cogiéndole con ella los brazos poderosos a redimir el mundo, y, hechas tan piadosas muestras de su amor materno, entró el venerable José, y arrojándose por la tierra, humildemente le adoró, bañando su honesto rostro de alegres lágrimas. Entonces la Virgen y José, levantándose, pusieron con grande reverencia al Niño benditísimo sobre las pajas del pesebre entre aquellos dos animales, y de rodillas comenzaron a contemplarle, a hablarle y a darle mil amorosos parabienes por su venida al mundo.”

 

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6 de Diciembre - 2016

LA BELLEZA DE DIOS EN LA CREACIÓN                

 

    Ningún poema más representativo que El Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz para  constatar cómo toda la Creación proclama la existencia de Dios y manifiesta su grandeza y hermosura. Es un canto amoroso entre la criatura y Dios, tan delicada y apasionadamente comunicado, que lo convierten en el poema amoroso más sublime de la Literatura Universal. “La Llama de Amor Viva” y “La Noche Oscura” son momentos exquisitos de esa misma historia  de amores.

 

   Al acercarse a esta terna portentosa uno siente la presencia sobrenatural de Dios mismo en medio de la palabra humana. Mis comentarios sólo se acercarán, como nos enseñó Dámaso Alonso, desde esta ladera. Pero para valorar que tan sólo el misterio religioso interesaba a San Juan, sus vivencias místicas, para comunicárselas a sus dirigidas espirituales, las monjitas del Carmelo, os reproduzco el inicio del comentario que el propio santo hizo del Cántico, obra en prosa admirable.

 

“En esta primera canción, el alma, enamorada del Verbo, Hijo de Dios, su esposo, deseando unirse con él por clara y esencial visión, propone sus ansias de amor, querellándose a él de la ausencia, mayormente que, habiéndola él herido y llagado de su amor (por el cual ha salido de todas las cosas criadas y de sí misma), todavía haya de padecer la ausencia de su Amado, no desatándola ya de la carne mortal para poder gozarle en gloria de eternidad; y así, dice: ¿Adónde te escondiste? Y es como si dijera: «Verbo, esposo mío, muéstrame el lugar donde estás escondido».

                  

    El Cántico espiritual es una bellísima historia amorosa en la que  San Juan de la Cruz  transfigurado en una pastorcilla enamorada, prometida y esposa, sale en busca y al encuentro de su Amado, a quién después de haberlo conocido, lo ha perdido.  Por eso comenzará, dolorido, herido de amores,.

        

                1. ¿Adónde te escondiste,                      

             Amado, y me dejaste con gemido?     

             Como el ciervo huiste,        

             Habiéndome herido;  

             Salí tras ti clamando, y eras ido.

        

   San Juan de la Cruz se encontraba en la celda inhóspita de Toledo convertida en cárcel. Oyó cantar las coplillas de amores con que un novio rondaba a su enamorada. En ese momento comenzó este sublime poema. La ausencia del amado, el mal de ausencia le impulsa a salir en su búsqueda.

                  

   Voy a detenerme en un solo aspecto de este inigualable poema: exclusivamente la relación entre la naturaleza, la esposa enamorada y el amado.

        

    En el poema, San Juan nos relata que a Dios lo ha conocido a través de las criaturas, pero que una vez ha descubierto a Dios mismo, ya nada de la Creación le sirve para aliviar sus ansias encendidas, antes al contrario le encienden más en amores y en sufrimientos de ausencia. Escuchemos sus palabras            

                                         

                 4. Oh bosques y espesuras,   

             Plantadas por mano del Amado,

             Oh prado de verduras,       

             De flores esmaltado, 

             Decid si por vosotros ha pasado.

        

    No hay duda. Toda la Creación es obra de la mano del Amado. Más aún toda la belleza no es sólo obra de Dios, sino que toda la belleza es consecuencia de miles de gracias otorgadas y sobre todo  reflejo de La Belleza de Dios, pues al pasar junto a ellas (con presura, no se identifica ni se queda en ellas) y al mirarlas una a una “Vestidos los dejó de su hermosura”.  

                     

         RESPUESTA DE LAS CRIATURAS

                     

                 5. Mil gracias derramando,      

             Pasó por estos sotos con presura,      

             Y yéndolos mirando, 

             Con sola su figura     

             Vestidos los dejó de su hermosura.    

        

       

     Conocido el Autor, adivinada su figura, por maravilloso que resulte lo demás, nada ya podrá consolarla. No le sirven los mensajeros que ni saben  decir lo que desea  y lo que aún es peor, todo lo que le cuentan solo ahondan su herida amorosa, aunque se quede en un balbuceo  infantil.

                     

             ESPOSA

            

                 6. ¡Ay, quién podrá sanarme!  

             Acaba de entregarte ya de vero;

             No quieras enviarme 

             De hoy más ya mensajero,

             Que no saben decirme lo que quiero. 

                 7. Y todos cuantos vagan,      

             De ti me van mil gracias refiriendo,      

             Y todos más me llagan,      

             Y déjame muriendo   

             Un no sé qué que quedan balbuciendo.      

            

 

    Por ello en las estrofas nº 2 y 3,  había  suplicado a los pastores, avezados a recorrer todas la serranías, alejados de la urbe, pues que  pudieran ver a su Amado le contaran sus dolencias de amor. A la amada ya no le consuelan ni las flores.

 

             2. Pastores, los que fueredes     

             Allá por las majadas al otero,      

             Si por ventura vieredes      

             Aquel que yo más quiero,  

             Decidle que adolezco, peno y muero. 

                 3. Buscando mis amores,        

             Iré por esos montes y riberas,    

             Ni cogeré las flores,  

             Ni temeré las fieras,  

             Y pasaré los fuertes y fronteras.

            

    La amada ha llegado fatigada hasta la fuente, no como Narciso mirándose así mismo. Por qué no esperar que en esos “tus semblantes plateados formases de repente los ojos deseados, que tengo en mis entrañas dibujados”. La contemplación profunda dibuja en las entrañas del alma. El deseo se convierte en realidad.         

                 

             13. Apártalos, Amado,        

             Que voy de vuelo,     

                     

         ESPOSO

                     

             Vuélvete, paloma,      

             Que el ciervo vulnerado     

             Por el otero asoma,   

             Al aire de tu vuelo, y fresco toma.        

        

     Una vez ha  encontrado a su Amado, no olvidemos que se presenta como “ciervo vulnerado” es decir herido por la lanza en el Corazón

¿Cómo  podrá darnos a entender a nosotros la belleza de  su amado y su gozo? San Juan nos  sorprende.  Por medio de la belleza de la creación. Imaginaros que yo le pregunto: Dime, San Juan de la Cruz, tú que lo has visto ¿Cómo es el Amado? Y responde:   

                     

                 14. Mi Amado, las montañas, 

             Los valles solitarios nemorosos,

             Las ínsulas extrañas,

             Los ríos sonorosos,   

             El silbo de los aires amorosos.   

                 15. La noche sosegada 

             En par de los levantes de la aurora,    

             La música callada,    

             La soledad sonora,   

             La cena, que recrea y enamora.

                 35. Gocémonos, amado,

             Y vámonos a ver en tu hermosura

             Al monte o al collado

             Do mana el agua pura;

             Entremos más adentro en la espesura.       

                     

    Ojala sirva esta página para leer el poema entero. No tiene precio el inmenso  gozo que nos despierta.

 

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15 de Noviembre - 2016

       Se ve que el tema es estimulante… ¿Qué nos has preparado para la sección “Aprender a mirar”?

Pues os ofrezco un poema del siglo XI, escrito por un poeta árabe, Omar Cayán, sabio matemático y escritor con conocimientos de la cultura cristiana y hasta quizás un tanto alejado de las exigencias del Corán respecto del vino. Fíjense en que el poema es un diálogo entre el poeta y el mercader de vinos. El poeta se sorprende al escuchar la supremacía del vino sobre todos los bienes materiales y que el mismo mercader  canta para facilitar la venta de la mercancía. En la respuesta del mercader nos encontramos con la verdadera poesía. La escena es cotidiana. Lo que el poeta ha visto y nos comunica, es la lección: aprender a mirar.

 

¿Por qué vendes tu vino, mercader?

¿Qué pueden darte a cambio de tu vino? ¿Dinero...?

¿Y qué puede darte el dinero? ¿Poder...?

¿Pues no eres el dueño del mundo cuando tienes en tus manos una copa?

¿Riqueza...? ¿Hay alguien más rico que tú, que en tu copa tienes oro, rubíes, perlas y sueños...?

¿Amor...?¿No sientes arder la sangre en tus venas cuando la copa besa tus labios?

¿No son los besos del vino tan dulces como los más ardorosos de la hurí?

Pues si todo lo tienes en el vino, dime mercader, ¿por qué lo vendes?

 

Poeta:

“porque haciendo llegar a todos mi vino, doy poder, riqueza, sueños, amor...;

Porque cuando estrechas en tus brazos a la amada me recuerdas;

Porque cuando quieres desear felicidad al amigo, levantas tu copa;

porque Dios cuando bendijo el agua la transformó en vino,

y porque cuando bendijo el vino se transformó en sangre...

Si te ofrezco mi vino..., poeta, ¡no me llames mercader! 

 

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1 de Noviembre - 2016

     Y ahora, en la sección “Aprender a mirar”, nos toca considerar que ante la muerte nos volvemos a encontrar con el general principio de que el ser humano es una opción de libertad. Y a la muerte, así, podemos  contemplarla desde  puntos de vista no solo diversos, sino contrarios.

Tendrás que tomar una decisión. El argumento que menos sirve es el de que todo el mundo va en la misma dirección. Entre otras cosas porque no es verdad. Lo bueno y virtuoso no se divulga con la misma fuerza que lo nocivo  y perverso.

Hoy se lleva vivir de espaldas a Dios, como si nuestros actos no implicaran una responsabilidad. Esta actitud, como opción de libertad, la podemos encontrar en un poema de Luis García Montero de 1982, titulado Inmortalidad.

El propio García Montero lo explica con claridad: "Mi sentimiento de plenitud no tiene que ver con la vida después de la muerte, sino con el cumplimiento de un destino en la tierra. En eso me siento heredero tanto de Juan Ramón Jiménez como de Gil de Biedma. Y sí, en ese destino, el amor es indispensable, nos enseña a utilizar sin demasiada mentira palabras como plenitud".

El poema de «La inmortalidad»  va directamente al grano de la mayor de las rebeldías con que un ser humano, autosuficiente y orgulloso, puede  alardear delante de sus congéneres:

«Nunca he tenido dioses / y tampoco sentí la despiadada / voluntad de los héroes. / Durante mucho tiempo estuvo libre / la silla de mi juez / y no esperé juicio / en el que rendir cuenta de mis días».

Solo tenemos un tiempo limitado para vivir. Es el espacio dorado que queda en una copa de cristal puesta al revés. Lo que he vivido no me lo puede quitar nadie.  Y como  credo de quien ha caído en la cuenta de que  no existe ni nadie ni nada por encima de mí, ningún Dios ni personal ni cósmico, proclama:

 “Estaba convencido de que existir no tiene trascendencia, porque la luz es siempre fugitiva sobre la oscuridad, un resplandor en medio del vacío”. Vivir es un resplandor en medio del vacío. No puedo olvidar  el poema  Hombre de Sombra del paraíso de Vicente Aleixandre, en las mismas claves ideológicas, no formales, que el de García Montero. 

S.- Pero existe la otra mirada, la que brota desde la fe y que nos llena de esperanza. No me cansaré de difundir el soneto de José Luis Martín Descalzo digno de que nos lo supiéramos de memoria. Ni me cansaré de ponderar la maravilla de “El testamento del pájaro solitario” de este autor. Testimonio de fe desde y en el dolor; y sobrecogedor testimonio sacerdotal, abrazado a la cruz de Cristo. Nadie como Don José Luís ha cogido el toro por los cuernos y ha despejado desde su sentida sabiduría del evangelio la victoria concreta de Cristo sobre la muerte.

Quien me conoce sabe que soy un enamorado de la vida. Todas las cosas, obra de la naturaleza o de los hombres, sencillas  o sublimes, despiertan en mí un sentimiento de gozo y reverencia. Ternura. Confieso que mucho lo achaco a que desde muy joven aprendí a reflexionar  sobre el acabamiento de todo, sobre la muerte. Sentimiento que no me ha suscitado ni decaimientos depresivos, ni melancolías extrañas; por el contrario me ha incitado a amar con locura la vida, a valorar y a agradecer todo lo que en cada momento del día o de la noche se cruza o sale al encuentro en  mi camino. La brevedad de la vida no me ha suscitado “el desprecio del mundo”, sino admiración y asombro y amor al Creador.

En la maravilla del vivir, conscientes del don inmenso de la vida, el momento más insignificante tiene sabor de eternidad y propicia juicios de discreción.

No se trata de una reflexión estoica. Es fruto de mi Fe. Sé que Cristo ha roto la soga mortal que aprieta nuestro cuello,  el “devicto mortis aculeo” que recitamos en el Tedeum. La buena nueva que llenó de gozo a los pastores sigue ardiente en la esperanza de todo creyente. La muerte no es el final del camino. Cristo ha vencido a la muerte. “Morir sólo es morir, morir se acaba”

Y entonces vio la luz. La luz que entraba

por todas las ventanas de su vida.

Vio que el dolor precipitó la huida

y entendió que la muerte ya no estaba.

 

Morir sólo es morir. Morir se acaba.

Morir es una hoguera fugitiva.

Es cruzar una puerta a la deriva

y encontrar lo que tanto se buscaba.

 

Acabar de llorar y hacer preguntas;

ver al Amor sin enigmas ni espejos;

descansar de vivir en la ternura;

 

tener la paz, la luz, la casa juntas

y hallar, dejando los dolores lejos,

la Noche-luz tras tanta noche oscura.

 

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18 de Octubre - 2016

    Vamos a hablar de un personaje “unamuniano”, no muy conocido seguramente. Se trata de Don Roque de Aguirregoicoa y Aguirrebecua, “por mal nombre Solitaña”. Es el protagonista de  Solitaña, un cuento del bilbaíno Don Miguel de Unamuno.

   “…Todos los días rezaba el rosario, repetía las Avemarías como la cigarra y el mar repiten a todas horas el mismo himno.

      Sentía un voluptuoso cosquilleo al llegar a los ora pro nobis de la letanía; siempre, al Agnus, tenían que advertirle que los ora por nobis habían dado fin ; seguía con ellos por fuerza de inercia; si algún día, por extraordinario caso, no había rosario , dormía mal y con pesadillas . Los domingos lo rezaba en Santiago, y era para Solitaña goce singular el oír  medio amodorrado por la oscuridad del templo, que otras voces gangosas repetían con él , a coro, orá por nobis , orá por nobis .

   Los domingos, a la mañana , abría la tienda, hasta las doce,  y a la tarde, si no había función de la iglesia y el tiempo  estaba bueno , daban una vuelta por Begoña, donde rezaban una salve y admiraban siempre las mismas cosas, siempre nuevas para aquél bendito de Dios. Volvía repitiendo ¡que hermosos  aires se respiran desde allí !”

Don Miguel de Unamuno inició su producción literaria con una serie de narraciones breves que publicó, entre otros sitios,  en El correo de Bilbao. Son un centenar de cuentos  que ha resultado laborioso recuperar. 

Solitaña es un cuento que sitúa su escenario en el viejo Bilbao, poco antes o poco después de la tercera guerra Carlista, la de Don Carlos VII, el de figura caballeresca y barba señorial.  La  misma que aparece en su novela “Paz en la Guerra”.  El ambiente es  sombrío, oscuro, y hasta mohoso, por tanta humedad. En este cuento no hay guerra. Todo es candorosamente pacífico. Es la vida de Don Roque.  Nada rompe su continuada sucesión de días, semanas, años. Su vida es una repetición de acciones, solamente alteradas por mínimas variantes climatológicas o religiosas. Todo sucede de manera igual. “Para él, eran todos los días iguales, e iguales todas las horas del día; se levantaba a las seis, a las siete bajaba a la tienda, a la una comía, cenaba a eso de las nueve, y a eso de las once se acostaba.”

Don Roque de Aguirregoicoa y Aguirrebecua, “por mal nombre Solitaña”, tiene una tienda de ropas. “Era una tienda de género para la aldeanería.”

Probablemente Don Miguel  quiere presentarnos a nuestra consideración  la monotonía de una vida vulgar y rutinaria, humilde y sin relieve, como tantas vidas de gentes sencillas y buenas. Si ha pretendido  expresar el tedio de una existencia monótona, con Solitaña no lo ha conseguido.

En Solitaña no hay tedio y menos aburrimiento. Su vida, siempre igual, está llena,  yo diría, del gozo de lo que tiene que hacer en cada momento. Él nunca dice “vaya, un día que ha pasado”. Para él lo que le toca hacer llena su vida. Y si no hace lo que le toca hacer, se encuentra desazonado,  como si algo le faltara. Seguro que su vida se llena con el trabajo de cada jornada. Espera pacientemente  a las aldeanas. Sabe escuchar sus regateos, sus escenificaciones de idas y regresos con propósito firme de comprar. Es su oficio.

Pero cada día  trae algo que marca como un hito la monotonía de su existencia. Reza el santo rosario. Y “si algún día, por extraordinario caso, no había rosario, dormía mal y con pesadillas”. Es verdad que lo reza a su modo, pero lo reza. Es el momento básico de su existencia. Su vida no la cuenta por las telas vendidas. Sino por el rosario rezado. Hay rosario, duerme bien. Por lo que sea, no lo reza, pesadillas a la noche.

Solitaña me llena  de ternura. Le oímos rezar el  “ora pro nobis” con  la misma inercia que realiza lo que en cada momento tiene que hacer. Es  espejo de su vida. Por ello, cuando llega el “agnus Dei” él se deja llevar por la cantinela, y en vez del “miserere nobis”, sigue con su “orapronobis”.  Solitaña es así. Tampoco cambia  su actuación con las tretas y mañas de las aldeanas. 

Cuando en los domingos rezaba el rosario en la iglesia, percibía  unas sensaciones especiales. “Los domingos lo rezaba en Santiago, y era para Solitaña goce singular el oír medio amodorrado por la oscuridad del templo, que otras voces gangosas repetían con él, a coro, orá pro nobis , orá pro nobis.”  Solitaña se sentía satisfecho, porque en ese orapronobis de voces gangosas identificaba que estaba haciendo lo que tenía que hacer. O sea, su vida.

Don Miguel de Unamuno compara el rezo de Solitaña con dos imágenes  distintas. Sus avemarías son como  el canto de la cigarra y el ritmo de las olas:   “repetía las Avemarías como la cigarra y el mar repiten a todas horas el mismo himno.” Perfecto. A veces el canto de las cigarras se ha cargado de una connotación negativa. Quizás por la fábula de la cigarra y la hormiga. Pero que la cigarra repita una y otra vez su himno al sol, me ha llenado siempre de  admiración. Canta una y otra vez su  alabanza, la única que se sabe.  El ritmo de las olas, como referente de la realidad,  ennoblece la aparente rutina  del rosario. El rosario repite el ritmo de las olas como himno inacabable.

Cuando el tiempo lo permitía, los domingos, subía con su mujer al santuario de Begoña. Con rigurosa parsimonia repartía la limosna entre los mendigos que ocupaban las escalinatas. Las súplicas en vascuence le hacían el corazón más generoso. Le evocaba la vida de la aldea, la vida campesina de su niñez y juventud. Pero al fin, hacia delante. “Admiraban siempre las mismas cosas, siempre nuevas para aquél bendito de Dios. Volvía repitiendo ¡que hermosos aires se respiran desde allí!” Rezaban la salve y a casa. Solitaña es un testimonio  de la honda religiosidad que caracterizó al pueblo vasco.

Aprender a mirar. Unamuno en esta ocasión nos enseña a descubrir algo muy humano y hermoso en medio de unas apariencias negativas o feas incluso.

 

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4 de Octubre - 2016

      ¿Quién de nosotros no sabe que la belleza es el incentivo del amor? Además de poseer y dominar la tierra, tenemos el encargo de contemplarla para gozarnos con ella y saber en verdad cuidarla. Cada estación del año nos ofrece un escenario nuevo para lo de siempre, es uno de los mejores antídotos contra la monotonía. ¿Recordáis aquella rima de Becquer  (LVI) que decía:

 

Hoy como ayer, mañana como hoy,

¡y siempre igual!

Un cielo gris, un horizonte eterno

y andar... andar.

Moviéndose a compás como una estúpida

máquina el corazón:

la torpe inteligencia del cerebro

dormida en un rincón.

El alma, que ambiciona un paraíso,

buscándole sin fe;

fatiga sin objeto, ola que rueda

ignorando por qué.

Voz que incesante con el mismo tono

canta el mismo cantar,

gota de agua monótona que cae,

y cae sin cesar.

Así van deslizándose los días

unos de otros en pos,

hoy lo mismo que ayer... y todos ellos

sin gozo ni dolor.

 

Rubén Darío nos dio un consejo mejor

 

Amar, amar, amar, amar siempre, con todo
el ser y con la tierra y con el cielo,
con lo claro del sol y lo oscuro del lodo:
Amar por toda ciencia y amar por todo anhelo.

Y cuando la montaña de la vida
nos sea dura y larga y alta y llena de abismos,
Amar la inmensidad que es de amor encendida
¡y arder en la fusión de nuestros pechos mismos!

         Claro que  nuestra vocación es  aprender a amar, hemos nacido para amar. Pero nuestro destino es el cielo donde Amor y Belleza son lo mismo. Aprender a mirar es descubrir en cada instante de nuestra vida un presagio, una prenda de la vida eterna que esperamos.

 

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15 de Septiembre - 2016

    En nuestra sección “Aprender a mirar”, hoy hablaremos de que las obras de arte, las geniales, las obras maestras, aciertan con lo humano permanente, y por eso no pasan de moda. Siempre podemos aprender de ellas, con independencia de coordenadas de tiempo y lugar. A través de Hamlet podemos reflexionar acerca del pesimismo antropológico en la visión del hombre y del mundo.

         En la obra llama la atención este pesimismo, incluso como ‘creación’.  Insisto en esta idea. No estamos ante una visión católica del ser humano. Sospecho que el pesimismo protestante deja su huella en la obra. Para Hamlet el ser humano es insanablemente malo. Está recubierto por capas aparentemente amables, que ocultan la realidad: el hombre es lobo para el hombre. En consecuencia, desconfianza; y a la menor señal de amenaza, exterminio. Y si el hombre es malo, sin que nada ni nadie lo pueda transformar,  la sociedad necesariamente deja de ser comunidad. La sospecha sustituirá a la confianza mutua y el recurso para sobrevivir será  la astucia y la violencia; sea del poderoso que encontrará argumentos en la razón de Estado, o del que padece la injusticia, que echará mano de resistir y desalojar al tirano a cualquier precio. La revolución. Lo importante es el triunfo de uno, salir airoso y sobrevivir, a costa de quien sea o caiga quien caiga. El fin justifica los medios. Un individualismo inhumano guiará el comportamiento de  todos: cada uno a lo suyo y permitidme decirlo en el fuerte refrán castellano, “el que más chifle, capador”.

Resulta fácil decirlo aquí, o incluso, aunque de manera genial, en el sobrecogedor texto trágico de Shakespeare. Lo tremendo es que –no sólo entonces, también hoy-  concepciones negativas del ser humano explican la  terrible historia del mundo moderno y contemporáneo.

Para una visión pesimista como la luterana, por ejemplo, la naturaleza humana, aunque la redima nuestro Señor Jesucristo, no la cambia. La puede salvar pero no transformarla. La fe sin obras no transforma ni al hombre ni al mundo. El estiércol cubierto por la nevada sigue siendo estiércol. Las consecuencias de una antropología que sostenga que el hombre es malo por naturaleza, deja a todos,  pero principalmente a los más débiles, sin esperanza para un aquí  y un ahora mejor. Hamlet duda desesperado porque le repugna vivir en un mundo tan corrompido, y no sólo Dinamarca, sino el mundo habitado por el hombre. La afirmación contraria de que el hombre es bueno por naturaleza peca de ingenua y deja a cada individuo a la directriz de sus impulsos y pasiones, y aunque no aparece en la tragedia estudiada, harto nos ha aleccionado nuestro tiempo.

Tampoco aparece en Hamlet la mirada católica, pero es bueno recordarla: el  hombre es un ser que anhela el bien pero que posee una naturaleza herida que le inclina a obrar en dirección opuesta al bien que pretende (san Pablo). Es posible, mediante la gracia y la educación en la virtud, obrar concordes con el bien que pretendemos. Seguramente, si Shakespeare hubiera tenido en cuenta una visión esperanzada del ser humano, capaz del arrepentimiento, de la conversión y del perdón, no habría existido la tragedia que conocemos; Hamlet hubiera sido un precursor de Segismundo, -el héroe de La vida es sueño, de Calderón- capaz de perdonar a su padre Basilio y de romper el maleficio del destino o de los astros. 

Son numerosos los momentos en la obra de Shakespeare en que podemos comprobar cómo las apariencias pueden resultar engañosas. Me llama la atención, en la escena segunda del acto primero, el diálogo que Hamlet mantiene con su madre en presencia del Rey. El hijo responde con contundencia a los intentos de Gertrudis  de persuadirle para que abandone el luto por su padre y cambie su comportamiento respecto a ellos pero, sobre todo, cuando la madre  emplea  el verbo ‘parecer’:

HAMLET

“¿’Parece’, señora? No: ‘es’. En mí no hay ‘parecer’. No es mi capa negra, buena madre, ni mi constante luto riguroso, ni suspiros de un aliento entrecortado, no, ni ríos que manan de los ojos, ni expresión decaída de la cara, con todos los modos, formas y muestras de dolor, o que puede retratarme; todo eso es «parecer»,  pues son gestos que se pueden simular. Lo que yo llevo dentro no se expresa; lo demás es ropaje de la pena. “

   Es este un diálogo representativo del pesimismo de Hamlet, en el que se desmorona la exaltación renacentista del ‘hombre capaz de convertirse en un dios’, según la conocida tesis de Pico de la Mirándola. Está tan abatido que ha perdido interés por todas las alegrías que hasta hace poco tiempo  brotaban de sus entretenimientos. Nada le parece digno, nada hermoso. El hombre queda reducido a una quintaesencia de polvo, la tierra un estéril promontorio y el firmamento una turbia y pestilente reunión de vapores. No queda otra salida que la destrucción y la muerte: la venganza. Es curioso que los existencialistas ateos del XX  decían del hombre y de la tierra cosas muy parecidas.

               En el   acto II, Hamlet responde a dos cortesanos, Rosencrantz  y Guildenstern, enviados por el Rey con el fin de sonsacarle:

                   “Últimamente, no sé por qué, he perdido la alegría, he dejado todas mis actividades; y lo cierto es que me veo tan abatido que esta bella estructura que es la tierra me parece un estéril promontorio. Esta regia bóveda, el cielo, ¿veis?, este excelso firmamento, este techo majestuoso adornado con fuego de oro, todo esto me parece nada más que una asamblea de emanaciones pestilentes e inmundas. ¡Qué obra maestra es el hombre! ¡Qué noble en su raciocinio! ¡Qué infinito en sus potencias! ¡Qué perfecto y admirable en forma y movimiento! ¡Cuán parecido a un ángel en sus actos y a un dios en su entendimiento! ¡La gala del mundo, el arquetipo de criaturas! Y sin embargo, ¿qué es para mí esta quintaesencia del polvo? El hombre no me agrada; y no, tampoco la mujer.”

 

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1 de Septiembre - 2016

Uno se puede preguntar ¿cómo es posible que pueda resultar bello algo que, en su apariencia externa,  está construido con imágenes desagradables o incluso grotescas?

No nos cansaremos de repetir que la belleza es el esplendor de la verdad. Que la verdad es el aval de la belleza. Y que, en ocasiones, al artista no le queda otro camino para llevarnos al asombro que romper los estereotipos, o como dice Valle Inclán al definir el esperpento,  deformar la realidad para que comprendamos la monstruosidad existencial o moral a la que, rutina tras rutina, nos habíamos acostumbrado, para que dejemos de ver como natural lo aberrante.

Voy a intentar explicarlo comentando una obra  de entre las  expuestas en el museo del Prado. No se trata de una obra del propio autor, sino de uno de sus discípulos. A las veces un discípulo agranda los contrastes y hace más evidente la lección aprendida en el maestro. No olvidéis que, de las 65 obras expuestas en el museo del Prado, sólo 25 son obras del propio pintor, 9 fueron realizadas en el propio taller, y el resto pertenecen a la misma época

Se titula Cristo con la Cruz a cuestas, 1510-1535  del  Museo de Bellas artes de Gante.

 

 

 

La obra nos presenta un abigarrado conjunto de rostros humanos, separados por el patibulum de la cruz en la que se apoya la cabeza de Cristo. Hoy diríamos que es como una instantánea en la que vemos a una muchedumbre de seres grotescos que van junto a Cristo, la mayoría sin enterarse, y siguen la misma dirección, todos van hacia la muerte.

La dulzura del rostro de Cristo y su silencio y concentración interior, contrasta con el bullicio de los personajes que le rodean, rostros deformes de miradas crispadas y bocas entreabiertas, desdentadas, repulsivas y violentas o encendidas en sensualidad y orgullo. No parecen humanos sino salvajes, con la brutalidad de quienes han convertido en norma de sus vidas el ejercicio de todas las pasiones. Como en el retrato de Dorian Grey no se refleja la edad o  se reproducen de manera realista sus facciones, se nos hace evidente el horror de unas almas pervertidas. Vemos los estragos del pecado, la corrupción del hombre y las consecuencias de  su alejamiento de la senda del bien, y por analogía, la situación de la propia humanidad. No hay perspectiva  ni planos que organicen la escena. Son cabezas yuxtapuestas y superpuestas que caminan junto a la cruz, pero sin enterarse de nada y lo que es peor sin aprovechar los frutos que la muerte de Cristo traía a la humanidad. Pasan junto a Cristo pero espiritualmente van en  dirección opuesta. Son causa de su muerte y van hacia la muerte, pero ajenos al milagro maravilloso de la redención.

Sus rostros se han convertido en muecas deformes, gestos exagerados, llenos de ira, maldad, rabia y hasta desesperación. Sus caricaturas son verosímiles, pero no por su realidad corporal, sino por el verdadero estado de sus almas. El pintor les ha despojado del velo de las apariencias y como en el cuento del rey desnudo, nos permite contemplar la verdad de sus almas. Un rostro distinto confirma la interpretación. En la esquina inferior izquierda, una joven de rostro afable y recogido, sale del atropello de la escena encendida de paz, lleva en sus manos el paño en que ha quedado gravado el rostro de Cristo. Es la Verónica; en ella se confirma que sólo en Cristo se explica el misterio del hombre.

A primera vista el cuadro puede parecernos desagradable. Cuando descubres que el pintor lo que pretende es moverme a amor. Huir de mis pasiones y vicios que destruyen el verdadero rostro de todo hombre creado para ser imagen de Dios. Y que en definitiva me está preguntando: pero tú  a dónde vas, dónde  te encuentras en el camino salvador de Jesucristo. Entonces, el cuadro me emociona y me convoca a la conversión.

 

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4 de Agosto - 2016

 Cuando nos acercamos a los relatos de los martirios de todos los tiempos,  nos llama la atención  el contraste entre lo que contempla el mártir y lo que  ven los verdugos. ¿No recordamos al protomártir San Esteban que mientras era apedreado su rostro resplandecía a la vez que proclamaba que veía el cielo abierto en el que aparecía Jesucristo como Señor de la historia?

Conmovedores me parecen los relatos del martirio en  Cartago de las Santas Perpetua y Felicidad durante la cruel persecución de Decio entre los años  249-251. Las actas las escribió Santa Perpetua y son de fiabilidad total. Viendo el peligro que corría la hija, el padre de Perpetua intentó por todos los medios disuadirla y apartarla de su fe en Jesucristo. Dice: “yo estaba transida de dolor por el caso de mi padre, pues era el único que no había de alegrarse con el martirio y traté de animarle  diciéndole. Allá en el estrado sucederá lo que Dios quisiere; pues has de saber que no estamos en nuestro poder sino en el  de Dios.” A continuación relata milagros con que le conforta Dios. Tenía 22 años, estaba casada y dejaba un niño de un año. Su dolor como madre era sin consuelo humano posible; pero su confianza en la Providencia sin fisuras. Dios cuidaría de su hijo

Cuenta también Perpetua la cárcel de Felicidad. El relato es sobrecogedor. Felicidad estaba en el octavo mes de gestación. Roma no mataba a las mujeres mientras durase el embarazo. Faltaban tres días para echarlas en el Coliseo a las fieras. Felicidad dio a luz un niño, en esos días; una hermana suya lo adoptó como hijo y ella puesta su confianza en el Señor murió desgarrada por las fieras. Un diálogo con uno de los carceleros nos enseña a descubrir la mirada sobrenatural en medio de los tormentos por Cristo. El martirio es un don. Al ver y oír cómo gritaba Felicidad con los dolores propios del parto,  el oficial  le reprocha “Tu que así te quejas ahora ¿qué harás cuando seas arrojada a las fieras, que despreciaste cuando no quisiste sacrificar? Y Felicidad le respondió: ahora soy yo la que padezco lo que padezco; mas allí habrá otro en mí, que padecerá por mí, pues también yo he de padecer por Él”.

El himno II  del Peristephanon de Prudencio está dedicado a honrar a San Lorenzo. Resultaría cómico si no fuera trágico. El martirio de San Lorenzo, natural de Huesca y diácono en Roma es sobrecogedor, por la crueldad que con él emplea el verdugo. Como sabéis fue condenado a morir, no quemado, sino asado en  una parrilla. Su agudeza, su ingenio y hasta su humor exasperaban a jueces y a autoridades.

 Los tormentos eran indescriptibles. Lorenzo hablaba como si tanto sufrimiento no fuera con él. Los demás no lo veían, pero el  bello rostro resplandeciente del mártir reflejaba que ya contemplaba abiertamente a Jesús.  Al final  de su vida terrena; el espíritu del santo siguió gozosamente a la voz del Señor que le llamaba.

Pero mientras moría, en medio de su  jocoso tormento nos dejó una maravillosa lección de teología de la historia: El imperio de Roma fue preparado por la Providencia de Dios para que en su unidad de lengua, sus vías de comunicación, etc. se facilitara la rápida extensión  del Cristianismo.

“Cristo Señor, Dios único verdadero ¡Oh esplendor, oh poder del Padre, Criador del mundo y del cielo,  autor de estas murallas en las  que colocaste el poderío de Roma sobre todos los demás cetros, decretando que el mundo sirviera a las togas de Quirino y ante sus armas se rindiera; para que  las diversas costumbres de las gentes, su disciplina, sus lenguas, sus ingenios y sus religiones se sometieran a unas mismas leyes.

Todo lo mortal lo ha puesto el Señor bajo el reino de Remo. Los más diversos ritos hablan y sienten lo mismo. Esto fue decretado para que la ley de Cristo uniera más fácilmente con un solo vínculo todas las partes de la tierra.”

En el canto III Prudencio canta la maravillosa historia del martirio de Santa Eulalia de Mérida. Escribía basado en  una tradición que él mismo pudo haber recibido de primera mano. Nos muestra también que el culto de la mártir gozaba ya para esa época de difusión entre las grandes historias que circulaban.

Eulalia fue  una mártir muy jovencita, de apenas doce años, que, aleccionada por el ejemplo de los mártires, se enciende en deseos de dar su sangre por Cristo. Habiéndose proclamado por orden de Daciano,  prefecto de Diocleciano, en el 304, un decreto obligando a la adoración de los dioses paganos, sus padres la encierran en una casa de campo; pero ella escapa y va a la ciudad de Mérida. La niña se presenta ante el tribunal y, según Prudencio, echa en cara a los jueces de modo directo y habla así:

“¿Qué locura es, contestadme, echar a perder vuestras almas, arrodillarse ante piedras pulidas unos corazones malamente generosos consigo mismos y negar a Dios, padre de todas las cosas? “ 

A.- Podríamos contar innumerables historias semejantes de nuestros días y que a duras penas nos van llegando. En  todas las persecuciones se hace patente  el odio y exterminio a un ser humano que por ser imagen de Dios, hace inviable a un superhombre que se cree autónomo, autosuficiente y digno de glorificarse como si fuera un Dios. 

El mundo moderno ha separado el orden natural del sobrenatural. Es una pérdida trágica. La soledad más profunda del hombre  proviene del olvido de Dios. Los creyentes sabemos que Dios, que tiene Corazón, está al tanto de nuestras necesidades e inquietudes. Sin una mirada sobrenatural ni se puede entender el mundo ni se puede entender al ser humano. Ni el sufrimiento ni la muerte son los males supremos. Es peor perder la vida eterna por no haber aprendido a amar. Aprender a mirar con perspectiva de eternidad no es alejarnos del aquí y el ahora, es captar su trascendencia, su valor, su auténtica importancia.

 

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21 de Julio - 2016

Es bueno detenerse en los nombres de las cosas. “Carmen” –la palabra “Carmen”- sin duda proviene del monte Carmelo donde se refugió como ermitaño el profeta Elías. Su significado originario en hebreo nos lleva a la acepción de jardín del cielo. Carmen es una referencia directa a nuestro destino definitivo. Estamos destinados a ser ciudadanos del cielo. Nuestro destino es el jardín celestial. Pero el verdadero jardín del cielo es María.

En la catacumba de San Calixto (siglo III) los cristianos dibujaron rosas como signo del paraíso. En el siglo V ya la rosa era signo metafórico de la Virgen María. Se llama a María «rosa entre espinas». Y entre los monjes de la Iglesia ortodoxa se usa el mismo símil refiriéndose a la pureza de María y a la fragancia de su gracia. María es Rosa Mística cuyo aroma es Cristo. Virgen del Carmen es, como decimos en las letanías, sinónimo de ‘puerta del cielo’.

Pero asimismo, “Carmen”, en latín, significa poema o composición musical. Es belleza formal, es causa formal de nuestra alegría. ¿Sabéis que el nombre de Carmen es el segundo más frecuente de las denominaciones femeninas de España?

Y Carmen es además un hábito de la Virgen que Ella nos entregó como signo de salvación. El escapulario es un trocito del hábito de la Virgen. No se trata de un amuleto mágico. Se trata de un sacramental. Es decir que se trata de “un signo sagrado, según el modelo de los sacramentos, por medio del cual se obtienen efectos, sobre todo espirituales, que se obtienen por intervención de la Iglesia”, según palabras del Concilio Vaticano II.

Escapulario (o “vestidito”) de la Virgen del Carmen es, según la bula Sabatina, la gracia proclamada por el Papa Juan XXII de que  quien lleve con devoción el escapulario gozará del privilegio de ser liberado por la Virgen el primer sábado siguiente a su muerte. Este privilegio fue confirmado por la Sagrada Congregación de las Indulgencias, el 14 de julio de 1914.

Os he de confesar que mi madre se llamaba Carmen y para mí su nombre encierra todo lo que os he dicho de sus etimologías y esperanzas. El escapulario lo llevo desde niño. Fue un legado  de mi madre y, si Dios quiere, deseo que me acompañe hasta el último suspiro de mi vida. No es un sortilegio ni un amuleto, es un signo pequeño del amor que mi madre me enseñó a tener por la Virgen María. Así se lo he transmitido a mis hijos.

¿Qué tiene que ver esto con las procesiones de las que quieres hoy hablarnos?

Todo, absolutamente todo. Las procesiones en honor de la Virgen del Carmen no tienen el esplendor de las que en España se han organizado siempre con ocasión del Corpus, pero están inundadas de emoción y candor. No me refiero a las espectaculares que se realizan en nuestros pueblos y ciudades de la costa. Tan sólo con la belleza del escenario crean un entorno sublime para la celebración.

Me refiero a una procesión que realiza a su patrona la Virgen del Carmen una aldea perdida del interior de España o mejor dicho de la España interior. He asistido a varias. La elegancia comienza en el vestido distinguido de los participantes. A la procesión no se puede ir de cualquier manera. Resplandecen las jóvenes y los jóvenes y emocionan los niños y niñas vestidos todavía de primera comunión que arrojan flores a la imagen de una Virgen vestida como una monja del Carmelo, sencilla y humilde y en mi recuerdo siempre sonriente. Claro, en su brazo tiene que mostrar a su hijo, porque su orgullo es ser madre de Dios. Unas andas sencillas  portadas a hombros de campesinos mayores, de rostros curtidos por el sol y el tiempo, avanzan pausadamente, suenan canciones y hasta en algunos pueblos bandas municipales. Es igual. Lo importante son las miradas de las gentes, las súplicas silenciosas de quienes imploran misericordia por familiares difuntos y por angustias presentes del corazón.

Asistir a una procesión en honor de la Virgen del Carmen en una humilde aldea, por ejemplo, es ser testigo de la  fe  que resplandece en los rostros y en el fulgor de los ojos dirigidos hacia la imagen, entre sonrisas y lágrimas.

Contemplar estas sencillas procesiones, aunque sólo asistan unos pocos vecinos siempre me ha conmovido. España es tierra de María. Supliquemos a la Virgen del Carmen por nosotros, por nuestros hijos, por nuestros nietos, porque en la hora de nuestra muerte Nuestra madre del Carmen sea puerta del cielo y nos libre, por privilegio sabatino, del duro aprendizaje del amor que es el Purgatorio. 

 

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7 de Julio - 2016

En la sección “aprender a mirar”, Santiago, aprovechamos para que nos ilumines acerca de tantos detalles que se pueden descubrir en la corrida de toros, incluso en el lenguaje taurino mismo, tan cargado de sugerencias... En tiempos se pensaba que era un combate, una “lidia”. Pero es algo más, ¿no es así?

En efecto.  La  fiesta de los toros es una ocasión  excepcional para aprender a mirar. Observemos para empezar, el llamado traje de luces, supongo que por los brillos y resplandores que el sol refracta al dar en oros y platas de los bordados. Es asombroso. Para ir a enfrentarse a un toro, el torero  se viste de seda.  La armadura de un caballero medieval sería más idónea que la fragilidad de la seda. El traje de seda me parece adecuado para ir a un baile de la corte, como lo haría el marqués de San Adrian, en el magnífico retrato pintado por Goya que conservamos en el museo de Navarra. Se viste de seda para lidiar con un toro. Más aún, lleva medias, no polainas, calza zapatillas y como signo distintivo de matador luce una coleta en la parte occipital de su cabeza.

Pero esto es muy hermoso: el torero no se reviste de armadura o armas de destrucción contundente. Se diría que la inteligencia, la verdadera arma que el torero utiliza, se viste de feminidad.

Todo es delicado, todo es femenino; nada en su figura ha de ser hercúleo. Frágil como de porcelana. Cuanta más apariencia de debilidad más poderoso se muestra, por más que ha de poseer preparación física. En el toreo la virilidad, la valentía y la fortaleza ante el sufrimiento y el miedo se muestra como una cualidad del alma. Sedas en el cuerpo para un espíritu indomable y sereno lo mismo ante la cornada que ante una fuerza impetuosa con el vigor de una naturaleza telúrica y salvaje. El dominio surge del espíritu. No existe una imagen semejante.

Descríbenos los momentos o “suertes” en los que se divide la corrida.

Cuando aparece el toro, comienza la observación. Ningún toro, ni aún con encastes semejantes es ni siquiera parecido a otro. Su querencia, el modo como se acerca al capote –el embroque-  si huye o plantea la pelea, si busca los toriles o se emplaza. Comienza el estudio. Hasta el último tercio todo es análisis y observación. El encuentro con el picador, mide la fuerza o la debilidad, la bravura y la casta. En el caballo se encuentran dos fuerzas de igual a igual. Sin amainar la brusquedad del toro sería imposible, si no la lidia, el arte. Picar bien es un mérito admirable, recuerda lo que fue el toreo a caballo hasta el siglo XVIII. Mal hecho desluce y pone en peligro la faena posterior.

Vamos al segundo momento.

El segundo momento o suerte es el tercio de banderillas. Recuerdo del toreo antiguo. El torero se mueve y busca el encuentro con el toro a cuerpo limpio. Bien ejecutada es de una plasticidad emocionante. Brazos en alto y quiebro en el encuentro. Me resulta increíble. Entretanto el maestro sigue observando y tomando decisiones: dónde, cómo, con qué ritmo, con que emotividad y riesgo ha de despertar el interés del público. ¿Habrá brindis? Es la hora del toreo. Lidiar a un toro bravo y encastado que se revuelve en el espacio de la zapatilla tiene en vilo al espectador, pero cuando aparece el pase hondo, despacioso, ligando el siguiente y el siguiente hasta darle salida con el pase de pecho o dejando caer la muleta en un desplante, es de una belleza inigualable, sea al natural o sea con redondos impecables. Esto queremos contemplar, sin trampa ni cartón. Quietud, verticalidad y muñeca. Quien ahora se tiene que mover es el toro.

No me gusta la temeridad, ni el azar. Me convence el dominio que hace posible el arte. La suerte de matar cierra la faena y la magia. No es fácil: por eso cuando surge es sublime y hace que en el aficionado el acontecimiento se convierta en historia y leyenda. Hay mucho más: triunfos y fracasos, premios merecidos e injusticias, suertes y malas suertes  como en la vida misma. Puertas grandes y enfermerías de entereza inigualable. Silencio y dignidad. Entre la redondez del ruedo y la del cielo, queda perceptible la lidia y la belleza; y entre gozos y delirios y protestas del  público, la soledad del torero que sabe que también le está mirando Dios.

 

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16 de Junio - 2016

 

       San JUAN PABLO II, además de un gigante para la Iglesia, apóstol, testigo de la fe hasta el martirio, fue poeta.

         En realidad la mayor parte de sus poemas se publicaron  con el nombre de Karol Wojtyla. Juan Pablo II vino después. Hablando con propiedad, debiéramos decir “La poesía de Karol Wojtyla”. Y así lo han hecho en las ediciones desde el principio. Ni siquiera aquellos que escribió durante su Pontificado, como el espléndido y profundo “Tríptico Romano” publicado en el año 2002 y escrito tras su último viaje a su amada Polonia, tres años antes de su muerte.

         Cuando poco después de su elección en 1978, las editoriales sacaron a la luz diversas antologías de su creación poética, decía Juan Pablo II con humor, que si no le hubieran elegido como Papa, nadie hubiera recordado sus poemas.

         Aunque tampoco hubiera sido así, es evidente que su obra no hubiera alcanzado la difusión que alcanzó. Su temática y su estilo lo hubieran acotado como poeta para minorías especializadas, a pesar de que su vocación y perfil personal le orientaban no a las minorías sino a la inmensa mayoría. También en la poesía seguía actuando como el gran apóstol que lo fue en todo.

         A mí me admira que la temática  de sus composiciones, aún la de su época de seminarista, -la social, la antropológica del amor, o la responsabilidad educativa de los padres y de la familia-,por ejemplo, haya coincidido con los ejes nucleares de su actividad apostólica durante su largo Pontificado. El hombre Karol no desapareció tras su elección como Vicario de Cristo, sino que su potencialidad natural alcanzó su máxima perfección.  No es un disparate, en consecuencia,  hablar de la obra poética de Juan Pablo II, como nos surge espontáneamente y como lo han divulgado los medios de comunicación.

Aprender a mirar… lo vamos a intentar con el primer poema de su Tríptico romano.  Es un canto a belleza de la creación y un presagio de ese Dios escondido, Verbo encarnado por quien fueron hechas todas las cosas y cuyo encuentro anhelan todas las criaturas

La primera parte es la que manifiesta de manera  más directa el poder plástico de la palabra de aquel gran Pontífice. Su amor a la naturaleza, la del antiguo montañero, aparece ya en la fantástica imagen del primer verso “La bahía del bosque” ¿Tienen relación de semejanza estos dos referentes de la creación? Sí, en su maravillosa hermosura; y para poderla hacer fluir en silencio, a la par que el fluir del hombre, “en cascada argentina de torrente” caída rítmica y corriente que busca un “adonde” hacia el puerto del hombre “para, en mí tienes el puerto”. ¡El fin de toda la Hermosura es el corazón del hombre!. Y esa hermosura prepara el encuentro con el Verbo eterno y permite llegar, sin ceder y a contracorriente (“con qué esmero has escondido el misterio de tu principio”) hasta la fuente primigenia, donde podrá mojar los labios y sentir la frescura vivificante del Creador.  En la primera parte domina el silencio. No sé cómo suenan estas palabras en polaco. Pero aún en su traducción me parecen sublimes. Claves para una antropología del ser humano de todos los tiempos y lección preciosa para aprender a mirar.

Recordemos el poema:

 

La bahía del bosque baja

al ritmo de arroyos de montaña,

en este ritmo Te me revelas,

Verbo Eterno.

Qué admirable es Tu silencio

en todo desde que se manifiesta

el mundo creado…

que junto con la bahía del bosque

por cada cuesta va bajando…

todo lo que arrastra

la cascada argentina del torrente

que cae rítmicamente desde las alturas

llevado por su propia corriente…

–llevado, ¿adónde?

 

 

¿Qué me dices, arroyo de montaña?

¿En qué lugar te encuentras conmigo?

conmigo que también voy de paso–

semejante a ti…

¿Semejante a ti?

 

 

(Déjame parar aquí–

déjame parar en el umbral,

he aquí uno de los asombros más sencillos).

Al caer, el torrente no se asombra.

Y los bosques bajan silenciosamente al ritmo del torrente

–pero, ¡el hombre se asombra!

El umbral en que el mundo lo traspasa

es el umbral del asombro.

(Antaño a este asombro lo llamaron "Adán").

Estaba solo en este asombro

entre los seres que no se asombraban

–les bastaba existir para ir pasando.

El hombre iba de paso junto a ellos

en la onda de los asombros.

Al asombrarse, seguía surgiendo

desde este onda que lo llevaba,

como si estuviera diciendo alrededor:

"¡para! –en mí tienes el puerto",

"en mí está el sitio del encuentro

con el Verbo Eterno"–

"¡para!, este pasar tiene sentido",

"¡tiene sentido… tiene sentido… tiene sentido!"

 

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2 de Junio - 2016

ERNESTINA  DE CHAMPOURCIN: Carta de Corpus, 1966

Aprender a mirar es más que mover con presteza y vivacidad los ojos. Es más que estar atento y no dejar  escapar ningún  detalle. La mirada se adentra hacia la inteligencia y la inteligencia, ante la belleza, hace vibrar al corazón. Hoy Santiago nos trae a una poetisa española, quizás para mucho no bien conocida: Ernestina de Champourcin.

Ernestina de Champourcin es una mujer poeta, compañera y componente femenino de la generación del 27, tan compañera que se casó con José Domechina, que además de poeta fue secretario personal de Azaña, lo que llevó al matrimonio al exilio en 1939.  Vivieron en Méjico. Su marido murió en 1958 y ella pudo regresar poco después a España. Siempre se consideró católica, pero fue a mediados de los años cuarenta del  siglo pasado cuando, tras leer La montaña de los siete círculos, del monje Thomas Merton, encuentra respuesta  a sus inquietudes más profundas.

 El reencuentro con Cristo, como el Dios que tiene su morada en nuestro interior, transforma su vida y su obra. Conserva su estilo, pero en la estela de nuestros grandes místicos, nos desvela emocionada una nueva realidad.

Se encuentra en oración ante el  Santísimo. Como declara en el título  del poema escribe una carta en el Corpus de 1966. Haciéndose eco de la frase evangélica se pregunta por el valor de todo si no existiera la luz perenne de un Dios que está aquí, del Dios que se ha quedado entre nosotros. Ernestina protesta contra tanto confuso razonamiento que confunden realidades  eternas con sus falsas razones. No las necesita porque tiene la certeza de que el Señor  es y está y no necesita más. Es todo. Lo demás adelantar experiencias  del cielo, quedarse absorta en el misterio y como expresa en el final del poema: “Ese  olvidarme en ti;  ese  único gozo de contemplar muy hondo Tu presencia y Tu vida; ese latido tuyo, perdurable, sereno, allá en  el laberinto oscuro de mí misma.” Latido del Corazón de Cristo en el laberinto de nuestra propia identidad. Aprendamos a mirar escuchando su poema.

 

¿Qué me valdría el mundo sin ese estar divino

tan pleno y verdadero sin esa luz perenne

derramada en entrega,   que ninguno ha igualado?

No quiero que me expliquen, que digan, que confundan

realidades  eternas con sus falsas razones.

Estar y Ser: dos verbos que Tu Verbo conjuga.

Eres y Estás. Es todo. ¡Qué gloria antes del  cielo!.

Mientras adoro absorta tu devenir perenne;

Tu sentido total que nadie ha penetrado,

algo inefable y hondo queda al margen del tiempo,

de nuestras diminutas delicias pasajeras.

Ese  olvidarme en ti;  ese  único gozo

de contemplar muy hondo Tu presencia y Tu vida;

ese latido tuyo, perdurable, sereno,

allá en  el laberinto oscuro de mí misma.

 

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19 de Mayo - 2016

       ¿Cómo podemos aprender a mirar a la luz de la Madre de Dios? Hay dos aspectos que de manera especial me conmueven, entre los múltiples que de hecho aparecen en cuanto pensamos en María. El primero, la serie innumerable de advocaciones. No conozco un pueblo cristiano, por pequeñito que sea, que no llame a María con un nombre propio. No me refiero solo a esas advocaciones que definen una peculiaridad de su grandeza por ejemplo un dogma: Madre de Dios Inmaculada, Asunción, Virgen del amor hermoso, o simplemente La Virgen. Ni siquiera a esos nombres tan entrañables en toda la cristiandad como Rosario o Milagrosa o Lourdes o Fátima, u otras que se van abriendo paso como Medjugorje.  

 

         Cada nación, cada comunidad, cada pueblo o cada villa o lugarejo invoca a la Virgen con un nombre íntimo y familiar. No por capricho de sus habitantes, sino por voluntad de María expresa por medio de milagros, a veces escondidos en leyendas antiquísimas, o por signos prodigiosos, todos como señal de que no es Madre genérica de la Humanidad, -aunque lo es también-, sino de cada grupo humano, cercana a ellos, hasta dejarse llamar por un cariñoso y familiar hipocorístico -ese nombre que ponemos en casa a cada miembro de la familia porque somos una familia-. Qué es, si no, Pilar, Guadalupe, Cisne, Ojos Grandes, Paloma, Macarena, Angustias, Miles de nombres. Poned los que estáis escuchando la radio el nombre con que la llamáis. Yo la llamo Araceli o Villar, o Romero, o Ujué o Roncesvalles o Soto o Zarza o Yugo y cuando la invoco me parece decirle mamaíta mía, virgencita mía, escúchame.

 

         El segundo aspecto que a su vez nos enseña a saber mirar, son las letanías a la Virgen, llamadas también lauretanas, porque según tradición fue en Loreto, donde se comenzaron a utilizar como ramillete de piropos a María. El papa León XIII las unió con carácter universal al rezo del santo rosario, manojo de rosas, lo mismo que las tres avemarías.

 

         Cada letanía es como la irisación de la luz en un diamante, y su totalidad, síntesis de todo lo que la Iglesia  enseña de María y lo que en el curso de la historia se ha ido manifestando y la devoción popular ha invocado gozosamente.

 

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5 de Mayo - 2016

Aprender a mirar la vida con ayuda del arte. Aprender a mirar el arte mismo. El arte es un instrumento maravilloso que nos enseña a mirar y a ver. Me abre los ojos para enriquecer y dar hondura a mi vida.  En esta ocasión en la que hablamos del deber de educar a los hijos voy a seleccionar unos versos de una preciosa carta que  le dirigió el escritor  Juan Rufo a su hijo, exponente de un tratado de educación católica familiar. Son cerca de cuatrocientas redondillas. En ellas va trasmitiendo a su hijo su visión de la vida y el tipo de persona  que  desea para  cuando sea mayor.  

Juan Rufo vive alejado de su familia por razón de su trabajo. Era secretario de Don Juan de Austria y su cronista. Lo tenía que acompañar en sus viajes de militar y  diplomático. Alejado de la familia, no puede educar a su hijo directamente y escribe esta carta para darle unos preciosos consejos. La carta  consta de dos partes: en la primera recoge todos los juegos infantiles de aquella época. Es un documento  para conocer el folklore infantil de aquel tiempo.

 En la segunda parte, la que nos interesa ahora, el padre, consciente de lo frágil de la naturaleza humana, decide ejercer por escrito  la obligación de transmitirle lo mejor de su experiencia. Para que vean la visión de la vida de un español verdadero les voy a leer los cuatro últimos versos. Estamos en 1570:

La vida es largo morir,

y el morir, fin de la muerte:

procura morir de suerte,

que comiences a vivir.

Todo lo demás es un hermoso tratado de educación. Mirad lo que le dice a su hijo:

Mas cuando sufra tu edad

tratar de mayores cosas,

con palabras amorosas,

te enseñaré la verdad,

no con rigor que te ofenda,

ni blandura que te dañe,

ni aspereza que te extrañe,

ni temor que te suspenda,

antes con sana dotrina

y término compasado,

conforme soy obligado

por ley humana y divina.

 

El padre sabe que tiene que enseñarle la verdad. Despertarle el amor a la verdad, ese rigor interior por el que no es lo mismo decir ni expresar de una manera o de otra las ideas ni renunciar a buscar  el nombre que requiere cada cosa;  esa finura  cultivada que nos obliga a utilizar la palabra precisa, y a organizar lógicamente el pensamiento. Todo ello nos prepara para estar dispuestos a encontrarnos con el maravilloso hallazgo de la verdad.  Y sólo la verdad nos hace libres. Es perniciosa para la educación cualquier actitud que induzca a los jóvenes a la indiferencia o al escepticismo.

Pero dice más: Para este objetivo ni sirven  rigores que exasperan y cansan, ni blanduras que terminan haciendo daño….

En cuatro palabras Juan Rufo nos ofrece todo un tratado de pedagogía, porque ni la aspereza ni el temor ayudan a la educación de nuestros hijos y alumnos. Dos son los requisitos indispensables: primero, palabras amorosas.  (Ni el hijo ni el alumno aprende, si no se siente en su  interioridad, querido); segundo, con términos acompasados, es decir, con palabras adecuadas a la edad. Uno, el contenido: sana doctrina. Y finalmente conciencia de que se está cumpliendo un deber doble: ley humana (esa es nuestra condición) y divina (esa es nuestra grandeza).

El resto de la poesía es un elenco de virtudes humanas que  le sugiere para que viva con dignidad. Y un desprecio de los vicios: No a la mentira, a la envidia, a divulgar rumores dudosos, a la avaricia. Sí a la mesura en todo. Siempre conciencia del tiempo, y por eso le dice:

Y contino se te acuerde

de que el tiempo bien gastado,

aunque parezca pasado,

no se pasa ni se pierde.

 

Como hombre de nuestro grandioso siglo XVI, no le resta más que  recordar  sus compromisos con Dios, la familia y el prójimo. Y tras esto ya puede el entrar en el ruedo de la vida:

Oye misa cada día,

y serás de Dios oído;

témele, y serás temido,

como un rey decir solía.

Ama su bondad, y en Él

amarás sus criaturas,

y serán tus obras puras

en este mundo y aquél.

Téngate Dios de su mano;

y, para que el bien te cuadre,

sirve a tu hermosa madre,

ama a Juan tu dulce hermano,

y no me olvides. Tu padre.

 

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21 de Abril - 2016

      Antes de iniciar la novela que venimos citando, Cervantes escribe un prólogo también pocos días antes de su muerte, como dijo José de Valdivieso “entre los aprietos de la muerte”.

 

         Un prólogo no tiene por qué tener intención literaria. Lo traigo a  esta sección como oportunidad para aprender a mirar.

 

         Cervantes aprovecha la ficción literaria  para permitirse un elogio de sí mismo, nada menos que como hizo Sancho con el Caballero del Verde Gabán, en esta ocasión  un estudiante al oír que era  Cervantes el caballero  de la mula andariega pasilarga, descabalga  y asiendo de la mano izquierda a Don Miguel le colma de elogios. Cervantes le sigue la corriente,  no sin su humor, incluso cuando recibe los consejos para controlar su hidropesía, comentando que era una pena no tener tiempo ni ser ocasión de escribir, todo lo que el estudiante en figura y palabras le ha inspirado al escritor. Observen: hay fantasía, y sin embargo la vida y la imaginación se han entreverado  indisolublemente.  He aquí el arte: una creación tan verosímil que pasa por vida verdadera:

 

         “Sucedió, pues, lector amantísimo, que, viniendo otros dos amigos y yo del famoso lugar de Esquivias, por mil causas famoso, una por sus ilustres linajes y otra por sus ilustrísimos vinos, sentí que a mis espaldas venía picando con gran priesa uno que, al parecer, traía deseo de  alcanzarnos, y aun lo mostró dándonos voces que no picásemos tanto.

 

         Esperámosle, y llegó sobre una borrica un estudiante pardal, porque todo venía vestido de pardo, antiparas, zapato redondo y espada con contera, valona bruñida y con trenzas iguales; verdad es que no traía más de dos, porque se le venía a un lado la valona por momentos, y él traía sumo trabajo y cuenta de enderezarla.

 

         Llegando a nosotros dijo: -¿Vuesas mercedes van a alcanzar algún oficio o prebenda a la Corte, pues allá está su Ilustrísima de Toledo y su Majestad ni más ni menos, según la priesa con que caminan?; que en verdad que a mi burra se le ha cantado el Víctor de caminante más de una vez. A lo cual respondió uno de mis compañeros: El rocín del señor Miguel de Cervantes tiene la culpa desto, porque es algo qué pasilargo.

 

         Apenas hubo oído el estudiante el nombre de Cervantes, cuando, apeándose de su cabalgadura, cayéndosele aquí el cojín y allí el portamanteo (que con toda esta autoridad caminaba), arremetió a mí, y, acudiendo asirme de la mano izquierda, dijo: ¡Sí, sí! ¡Este es el manco sano, el famoso todo, el escritor alegre y, finalmente, el regocijo de las Musas!  Yo que en tan poco espacio vi el grande encomio de mis alabanzas, parecióme ser descortesía no corresponder a ellas; y así, abrazándole por el cuello (donde le eché a perder de todo punto la valona) le dije: Ese es un error donde han caído muchos aficionados ignorantes. Yo, señor, soy Cervantes, pero no el regocijo de las Musas, ni ninguno de las demás baratijas que ha dicho vuesa merced; vuelva a cobrar su burra y suba, y caminemos en buena conversación lo poco que nos falta del camino.

 

         Hízolo así el comedido estudiante, tuvimos algún tanto más las riendas y con paso asentado seguimos nuestro camino, en el cual se trató de mi enfermedad, y el buen estudiante me desahució al momento, diciendo: Esta enfermedad es de hidropesía, que no la sanará toda el agua del mar Océano que dulcemente se bebiese. Vuesa merced, señor Cervantes, ponga tasa al beber, no olvidándose de comer, que con esto sanará sin otra medicina alguna. Eso me han dicho muchos (respondí yo), pero así puedo dejar de beber a todo mi beneplácito como si para sólo eso hubiera nacido. Mi vida se va acabando, y al paso de las efemérides de mis pulsos, que, a más tardar, acabarán su carrera este domingo, acabaré yo la de mi vida. En fuerte punto ha llegado vuesa merced a conocerme, pues no me queda espacio para mostrarme agradecido a la voluntad que vuesa merced me ha mostrado (en esto llegamos a la puente de Toledo, y yo entré por ella y él se apartó a entrar por la de Segovia). Lo que se dirá de mi suceso tendrá la Fama cuidado, mis amigos gana de decilla y yo mayor gana de escuchalla.

 

         Tornéle a abrazar, volvióseme ofrecer, picó a su burra y dejome tan mal dispuesto como él iba caballero en su burra, a quien había dado gran ocasión a mi pluma para escribir donaires; pero no son todos los tiempos unos: tiempo vendrá, quizá, donde, anudando este roto hilo, diga lo que aquí me falta y lo que sé convenía. ¡Adiós, gracias! ¡Adiós, donaires! ¡Adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo y deseando veros presto contentos en la otra vida!”.

 

         Este texto está dirigido con un enorme sentido del humor a cada uno de nosotros, sus amantísimos lectores. En medio de su jocosa descripción escuchamos su elogio y la fama de la que ha de gozar, no como regocijo de las musas ni de otras frases hechas repetidas sin alma, sino por mérito propio. Mas lo que había comenzado en juego literario se llena de vida o si queréis de presagio de su muerte y se despide no sin su habitual sorna. Les dice a sus regocijados amigos: deseando veros presto contentos en la otra vida. Nos lo dice a los lectores. Genio y figura.

 

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7 de Abril - 2016

Hay una petición en la plegaria de la liturgia de la Santa Misa que resume con precisión lo que quisiéramos que, en su sentido más profundo, fuera la síntesis o resumen de esta sección Aprender a mirar: “Haz Señor que las realidades presentes se nos conviertan en primicias de la vida eterna”.

 

Cada día nos ofrece mil ocasiones para poder  “gozar”, sensible y espiritualmente, en medio de los afanes de cada día.

 

La belleza, el bien y la verdad se encuentran en tu casa, en la calle, en el ajetreo del autobús, en las alamedas y hasta en medio de los chirridos y vértigos de la vida moderna. No te digo nada entre las personas, hijos, amigos, extraños. Hay que fijarse  para ver. Son delicadas primicias del cielo que esperamos. Saber no es erudición, sino encuentro  espontáneo y gozoso, con la vida.

 

El arte está llamado a ser una escuela que nos enseña a vivir.  No es un chispazo efímero como si dijéramos si te he visto no me acuerdo. Me lo pasé muy bien, pero ya lo he olvidado. El  arte verdadero nos educa, te abre a la vida. Sirve para enriquecer nuestra vida y la de quienes nos rodean. Es una escuela abierta, como un ventanal, a  la vida. Vemos desde una atalaya,  a través de un espejo

 

¿Sabéis qué significa aprender? Aprender significa coger, atrapar. A esta escuela hay que venir con espuertas, no con cuadernos.  Comprender es coger, abarcar en su totalidad la idea de algo, pero no para ser un engreído sino una persona agradecida. Mirad: estoy  jugando con las palabras. No olvidéis que las palabras son la encarnación del alma o como enseña Don Quijote “la pluma es lengua del alma”.

 

Aprender a mirar es descubrir en las realidades temporales  primicias de las realidades eternas. Os pongo un ejemplo maravilloso:

 

La escritora DULCE MARÍA LOYNAZ, vieja conocida nuestra ya, en un librito que se titula Poemas sin nombre, (1955) escribió en prosa:

 

“El Señor me ha hospedado en este mundo hecho por sus propias manos.

Ha puesto un fino aire transparente para que yo pueda respirarlo y ver al mismo tiempo a través de él los hermosos paisajes, los rostros amados, el cielo azul.

El Señor ha puesto el sol que alumbra mis pasos en el día, y la luz mitigada de las estrellas que vela mi sueño por las noches.

Ha sujetado el mar a mis pies con una cinta de arena y la montaña con una raíz de flor.

El Señor ha soltado, en cambio, los ríos y los pájaros que refrescan y alegran el mundo que me ha dado, y ha hecho crecer también la blanda hierba, los flexibles arbustos, los buenos árboles, prendiéndoles collares de rocío, racimos de frutas, manojos de flores, para regalo de mis labios y mis ojos.

Todo esto ha hecho el Señor.

Y, sin embargo, yo, como huésped rústico, me muevo con torpeza y con desgana, sigo extrañando vagamente otras cosas... No sé qué intimidad, qué vieja casa mía…”

 

Todo el poema, prosa poética, está impregnado de la mirada cándida del Himno de las criaturas de San Francisco de Asís. El sol, la luz de las estrellas. Uno guía mis pasos. La luz vela sus sueños.

 

Dos imágenes oníricas muy bellas le permiten presentarnos en pincelada rápida la belleza del mar y de las montañas. ¿No pertenece a la mejor escuela del arte expresar con hermosura una realidad común y cotidiana? Al mar siempre bravío e indómito ¿cómo domeñarlo para ponerlo a los pies de los humanos sino con una cinta de arena, como si fuera un regalo? Ni armas, ni cadenas para aherrojar al mar. Una hermosa cinta es suficiente para ponerlo a nuestros pies. ¿Verdad que las montañas son hermosas y a veces inalcanzables? La poetisa nos desvela la razón oculta de su esplendor y de su cercanía. Las montañas son tan esplendorosas porque su raíz es una flor, germen de belleza y de humildad. Aunque nos cueste creerlo, es tan verdadero como las sabias explicaciones de los geólogos.

  

Como si fueran globos, Dios al crear los ríos y los pájaros los ha soltado, claro que para alegrar y refrescar el mundo que nos ha dado, insiste Dulce María en una idea clave para situarnos en este mundo. Es el Señor quien nos lo ha  dado. Y selecciona dos motivos: “alegrarnos” y “refrescarnos”. ¿Verdad que en esa frescura de los ríos hay mucho más que el poder zambullirnos en sus aguas? ¿Verdad que esa alegría de los pájaros resume la grandeza de toda la creación? Como en día de fiesta el Señor suelta los ríos y los pájaros.

               

Dulce Mª es una mujer realista: todo se nos ha dado como un don cotidiano para poder saborear y contemplar: “Ha hecho crecer también la blanda hierba, los flexibles arbustos, los buenos árboles, prendiéndoles collares de rocío, racimos de frutas, manojos de flores, para regalo de mis labios y mis ojos”. Ah, cierto… pero son primicias de la vida eterna

              

Los humanos estamos de paso. El mundo no es nuestra morada definitiva. La poetisa lo sabe. En medio de tanta grandeza su corazón echa en falta algo más profundo “No sé qué intimidad, qué vieja casa mía……” Intimidad ¿Con quién? Con Dios sería. Primicias de la vida eterna.

 

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24 de Marzo - 2016

 primera vista el cuadro puede parecernos desagradable. Cuando descubres que el pintor lo que pretende es moverme a amor. Huir de mis pasiones y vicios que destruyen el verdadero rostro de todo hombre creado para ser imagen de Dios. Y que en definitiva me está preguntando: pero tú  a dónde vas, dónde  te encuentras en el camino salvador de Jesucristo. Entonces, el cuadro me emociona y me convoca a la conversión.

10 de Marzo - 2016

 primera vista el cuadro puede parecernos desagradable. Cuando descubres que el pintor lo que pretende es moverme a amor. Huir de mis pasiones y vicios que destruyen el verdadero rostro de todo hombre creado para ser imagen de Dios. Y que en definitiva me está preguntando: pero tú  a dónde vas, dónde  te encuentras en el camino salvador de Jesucristo. Entonces, el cuadro me emociona y me convoca a la conversión.

25 de Febrero - 2016

 primera vista el cuadro puede parecernos desagradable. Cuando descubres que el pintor lo que pretende es moverme a amor. Huir de mis pasiones y vicios que destruyen el verdadero rostro de todo hombre creado para ser imagen de Dios. Y que en definitiva me está preguntando: pero tú  a dónde vas, dónde  te encuentras en el camino salvador de Jesucristo. Entonces, el cuadro me emociona y me convoca a la conversión.

18 de Febrero - 2016

¿Puede el arte convertir en belleza un concepto o una idea, por ejemplo la libertad? Pues claro que sí. Pero la belleza no surgirá tan sólo del esplendor de la forma, sino de la verdad expuesta. A verdad más universal, más belleza. La verdad siempre, y siempre con su esplendor.

         Por ejemplo, para esta sesión de hoy, es necesario tener alguna idea de qué es para ti la libertad o, mejor aún, de cuándo somos verdaderamente libres:

         ¿La libertad es una facultad  que el ser humano tiene o que le impulsa a hacer o deshacer lo que le viene en gana, según le plazca? 

         ¿O es el fruto de un proceso que le permite hacer de su vida una  posibilidad para el bien ?

         Hablemos claro: Algunos llaman libertad a hacer lo que nos obliga la naturaleza. Lo que nos salga.

         Otros llaman libertad a obrar según nos exigen los signos de la historia, las modas y los acontecimientos. Hay que estar al día. Somos historia.

         Los más, llaman  libertad a hacer de nuestra capa (naturaleza) un sayo.  No existe naturaleza ni historia. Somos sólo libertad, por ejemplo en la denominada ideología de género.

         Hablemos claro:

         Somos seres limitados: tenemos una naturaleza, ya sean los genes, como dicen algunos que se pasan de científicos a malos filósofos, o los astros, como decían los antiguos y recuerda el mismo Calderón en La Vida es sueño. Tenemos una historia, estamos aquí y ahora; y hasta es posible que alguien se crea que sólo es  libertad, es decir, que puede hacer de su capa un sayo, por ejemplo de un hombre una mujer o viceversa.  No estamos libres de  una naturaleza, de una historia y es verdad que no somos sólo libertad  sin naturaleza ni sin historia. No soy libre DE ser hombre; este es mi punto de partida.

         Mi libertad se manifiesta cuando soy capaz de conducirme hacia una meta; cuando podemos  sacar de nosotros nuestro mejor yo. Solo soy libre cuando tengo un PARA y puedo orientar mi vida hacia un fin.

         Por otra parte, ¡ay el lenguaje!, no nos resulta sencillo leer una obra que comienza así:

 

Hipogrifo violento,

que corriste parejas con el viento,

¿dónde rayo sin llama,

pájaro sin matiz, pez sin escama

y bruto sin instinto

natural, al confuso laberinto

de esas desnudas peñas te desbocas,

te arrastras y despeñas?

 

         El  barroco retuerce las palabras buscando siempre sorprender al lector. Cualquier cosa menos llaneza y naturalidad. El hipogrifo es el caballo de Rosaura, en La vida es sueño, que al bajar por la ladera de un monte lo hace tan velozmente que más parece un caballo con alas, un rayo, un pájaro un pez o un felino tan sin instinto natural que  se desboca y cae despeñado por  el barranco.  Lo  asombroso es que en  esos versos está anunciada la obra entera. En el  laberinto de la vida  podemos actuar como el caballo que, por falta de control, termina despeñándose.

 

         Si superas la barrera formal, la obra te inundará de su belleza.

 

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4 de Febrero - 2016

Nos adentramos en esta sección, “Aprender a mirar”, en la educación de nuestra mirada, es decir, de nuestra inteligencia y nuestra sensibilidad, con el fin de que aprendamos a ver dentro y más allá de lo visible, para que acontezca el encuentro con la Belleza. Y para eso algo importante tiene que ver el amor, el verdadero amor.

Para ver no es suficiente mirar, es necesario saber. No nos referimos a un saber erudito. No. Sino a tener información básica que nos ayude a comprender y a orientar nuestra vida. Por ejemplo, lo que se aprende en familia.

Hoy vamos a detenernos en un aspecto central del ser humano: la vocación universal al amor. También el arte nos puede ayudar. La vocación del ser humano es el amor. Su camino de crecimiento es el amor. Su meta es amar eternamente. Venimos a este mundo con una sola tarea: aprender a amar; y al atardecer… el examen versará sobre el amor.

San Juan Pablo II, en su primera encíclica “Redentor Hominis” ,nos legó una de las claves más profundas para conocer en verdad al ser humano, en íntima conexión con la antropología del Concilio Vaticano II.

La definición más certera del ser humano es que somos una necesidad de amar y de ser amados. San Juan Pablo II nos lo enseñó en una expresión inmensa: “El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente. Por esto precisamente, Cristo Redentor, como se ha dicho anteriormente, revela plenamente el hombre al mismo hombre.”

¿Tendremos que recordar que en este asunto, como en todo lo humano, aflora la frágil condición nuestra, aquella que la Iglesia Católica denomina consecuencias del Pecado Original?

El arte se ha acercado en innumerables ocasiones y desde múltiples perspectivas a asunto tan crucial y a la vez delicado. El arte me puede ayudar a crecer en la esperanza o en una libertad mayor; o por el contrario me puede reducir a lo más básico de mis impulsos instintivos. Una vez más se nos presenta la vida como una opción de libertad pero con consecuencias opuestas.

 ‘Amor’ llamamos, por una parte, a buscar en el otro aquello que me complace sensorialmente. El verbo querer se acerca a esta opción, que tantas veces termina en aquel grito del poeta Blas de Otero: “¿Por qué Señor, por qué esto no basta?”

Y en dirección opuesta llamamos amor a buscar el bien de alguien. Mi vida se entrega para hacer crecer a otros a quien o a quienes amamos. Querer parece posesivo; amar, donación, entregar tu vida para que el otro u otros crezcan en su Bien.

Como lo expresa San Juan de la Cruz en su maravilloso poema de la noche oscura: “Quedéme y olvidéme. El rostro recliné sobre el amado. Cesó todo y dejéme, dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado”.

Esta es la cuestión, en ello está en juego ser o no ser.

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21 de Enero - 2016

Hoy nos vamos a adentrar en una curiosa forma de poesía, nada habitual para nosotros, y muy a propósito de todo esto que venimos diciendo. Se trata de los haikus.

Ha publicado recientemente en la editorial Hércules de Ediciones, el profesor de Derecho Natural de la Universidad de Santiago de Compostela, Don Francisco Puy, ya jubilado, una antología de 117 haikus, poemillas breves de tres versos (5-7-5) de 17 sílabas en total, como máximo. Los haikus son poemas originarios del Japón. Desde hace más de un siglo se han ido introduciendo en ambientes occidentales. Los cultivaron poetas como Borges, Benedetti,  entre otros muchos, el francés Paul Valery,  o el mejicano Octavio Paz.

 Valery lo definió así: “un pensamiento reducido a tan graciosa simplicidad, que puede confundirse con un temblor, un murmullo o el paso de un aroma en el aire”.

 Y Octavio Paz  considera al haiku como “anotación rápida, verdadera creación  de un momento privilegiado...”.

He elegido este librito titulado Haikus de Guillamonde porque son una lección  básica para aprender a mirar, porque enseñan a  asombrarnos al descubrir rinconcitos de belleza percibidos por los cinco sentidos. Mirar, mirar atentamente  la belleza de lo pequeño o de lo  grande que nos rodea, como don cambiante en la naturaleza (las cuatro estaciones) pero puesto en nuestras manos por el Creador. Si no contemplamos la creación, cómo podremos cantar y alabar a su Creador.

La creación es la mejor escuela para apreciar y aprender qué es la hermosura. Gozarnos con la belleza de todas las cosas es un atributo propio y exclusivo de los seres humanos. Los insectos que se acercan a las flores no se fijan ni en su policromía, ni en la armonía de sus formas y proporciones. Van a lo que van, aunque los convoque el colorido, ejecutando el maravilloso plan de la Creación.

Sólo los humanos nos gozamos de su hermosura. ¡Cómo vamos a ver si no miramos, si pasamos a su lado arrastrados por los afanes de cada día, sea la maravilla de un atardecer o los geranios en flor de balcones o ventanales, la elegancia del chopo, o  el esplendor de los arriates en flor del jardín vecino.

 

Guillamonde es el nombre  de la casa en que vive el poeta. Está situada en la aldea de Paizás, rodeado de viejos árboles, pequeñas parcelas para la huerta familiar, y en cuyos terrenos pasan y se asientan gran variedad de aves y se dan frutos silvestres. Pero, además, Guillamonde es una espléndida biblioteca, imagen del estudioso  doctor y del Catedrático de Filosofía del Derecho. Durante años pasé por este lugar ameno, conocía muy bien cada planta y cada rincón de Paizás; aquí Don Francisco Puy se refugiaba y se movía a sus anchas, libre de rigores y encorsetamientos académicos. Un día decidió no solo pasear sino anotar los pequeños asombros que le deparaban sus conocidos entornos y entonces comienza una segunda lección, en ese instante comienzan sus primeros escarceos en el mundo del arte. El arte se abre camino cuando pretendes comunicar a los demás esa belleza concreta que te ha sorprendido.

La mayor parte de los poemillas son observaciones puntuales y realistas de un día por el campo. Como he dicho, parecen notas para un escrito más amplio posterior.  A veces  son como acuarelas  en miniatura que recogen asuntos cotidianos, inquietudes o deseos.

Haiku

Gorjeos. Brisas.

Jazmines. Reverberos.

En Guillamonde.

 

Haiku

Cobre bruñido

Hay en vez de horizonte

Esta mañana.

Otras veces están tan preñadas de sentido  que obligan al  lector a desentrañarlo:

Haiku

Todo el cielo

En un pequeño charco

De carretera.

 

Primera lectura: observas la descripción y reconoces que es como una acuarela.

Pero hay otro sentido mejor, netamente metafórico. En tu vivir cotidiano, aún en medio de los charcos de tu carretera, puedes descubrir que la belleza del cielo físico, del cosmos, se refleja hasta en los charcos.

Y un tercero, sublime, netamente cristiano si el texto lo conviertes en símbolo. En nuestro vivir, ¿no aparecen adversidades, dificultades o desgracias, enfermedades o contratiempos? ¿No rezamos en la Salve “en este valle de lágrimas?”  El charco, en la cara,  simboliza la cruz. En el envés, que en medio del dolor se nos hace presente todo el cielo. 

 

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17 de Diciembre - 2015

En esta ocasión, aunque de manera muy somera, queremos presentaros tres cuadros que representan la misma escena: la adoración de los pastores. Tres miradas muy diferentes sobre un mismo asunto.

El primero lo pintó Hugo van der Goes, un flamenco tocado de genialidad, a las puertas del Renacimiento, en el llamado “Otoño de la Edad Media”, a finales del XV. El segundo, Caravaggio, que lo pinta en los años finales de su vida, hacia 1609. El tercero, Doménicos Theotocópuli, el griego nacionalizado español que  lo pintó en 1613 o 14, también a las puertas de su muerte. Tres enfoques y tres perspectivas diferentes. Tres modos de mirar un mismo asunto.

1) Quizás la más desconcertante y provocativa es la de Caravaggio. Ha eliminado la aureola de exaltación que la fe fue aportando a lo largo de los siglos. Ni en los espacios ni en los vestidos ni en ornamentos, nada nos permite adivinar que esa joven mujer, es además de madre, la Reina de cielos y tierra. 

Como antítesis nos presenta la escena en  medio de una total pobreza, en un establo humilde, en el  que  la Virgen aparece echada en el suelo, apoyada con el brazo derecho en el pesebre, y con signos del cansancio del viaje y de quien acaba de dar a luz, gozosa  sí por su niñito regordete en brazos. ¿Realismo desmitificador? La fe está presente en la piedad religiosa visible en la humilde y alegre adoración de los pastores y en la veneración que muestra San José -la divinidad está escondida-; y en un signo más sutil que la conforma: la distribución de la escena. El pastor de pie, el del centro arrodillado, la Virgen María y el cestillo de las herramientas del carpintero dibujan el palo mayor de la cruz. Los dos pastores y San José,  el travesaño. La contemplación realista, tal como pudo suceder, no atenta contra la fe. No desmitifica lo nuclear: contemplamos la humanidad, pero adoramos postrados la divinidad y adivinamos que en el  Niño se  insinúa nuestra redención. La mula y el buey cierran el fondo oscuro en contraste con la claridad natural que ilumina los personajes y la escena.

 

2) En el del Greco estalla en luz la divinidad. El Niño Dios se mantiene ingrávido sobre los refulgentes pañales y su luz celestial refulgente ilumina los rostros de los pastores y resalta el éxtasis contemplativo de María y el movimiento corporal girando sobre sí mismo de San José. Es una danza entorno al Niño. En la que el movimiento celeste de los ángeles  se convierte en torbellino. Colores brillantes  y contrapuestos. El Niño aparece en su tamaño real. Dios se ha empequeñecido en la encarnación y nacimiento. Son los humanos los que aparecen agigantados y engrandecidos. No se trata de una técnica caprichosa propia de los gustos de un autor. No. El Greco busca en su pincel hacer visible lo invisible. El nacimiento de Dios ha convertido a los hombres en gigantes cuando exultan de gozo en su presencia o se postran para adorarlo. Y es en este detalle donde el cuadro del Greco, a mi entender, alcanza el grado de genialidad. El Greco aparece de rodillas adorando al Niño Dios, como un pastor más, de espaldas, vestido con su pellico, arrodillado y a la vez esbelto en su estatura, porque solo ante Dios la humillación del hombre, lo eleva a su máxima categoría.

Para colmo, nos advierten los estudiosos del Greco, que este es el cuadro que destinó el pintor para que presidiera su tumba. Determinó en su testamento que presidiese sus restos mortales esta adoración de los pastores como voluntad última de que lo recordasen las generaciones futuras adorando al Verbo encarnado. El cuadro estuvo en Santo Domingo el Viejo de Toledo y allí descansó su cuerpo pero pronto fue trasladado. En 1954  compró el cuadro el Museo del Prado y aquí lo podemos admirar. No olvidéis al contemplarlo la última voluntad del autor.

3) El tríptico Portinari conocido así por el nombre del donante Tomás Portinari, presente en la escena con su familia como iglesia doméstica.  Hugo van der Goes cree sinceramente en lo que la Santa Iglesia Católica enseña. Tras una profunda crisis personal, se consagra a Dios como monje. Esta es su obra cumbre  la Adoración de los pastores. El pintor parte  de la narración bíblica  que nos cuenta cómo aquellos humildes pastores, tras oír el mensaje del ángel, se fueron presurosos a adorar al Niño. Sin embargo Van der Goes  ha profundizado más en el misterio.

Un niño pequeñito, un niño  casi insignificante se convierte en el centro del cielo y de la tierra. Los ángeles  con ropas sencillas o vestidos de pontifical le adoran, algunos como en revuelo por lo alto, otros arrodillados en la tierra, en el escenario de los hombres. La Virgen contempla extasiada el prodigio. Y San José,  consciente de que  tiene delante a la divinidad, de que está en lugar sagrado, se ha descalzado, como Moisés ante el Señor. Su sandalia solitaria hace visible y hasta tangible su humildad y su reverencia, además de su figura y el gesto de su rostro. Al pie de la escena  y nada menos que en el humilde portal, un bodegón: dos jarrones con sendos ramos de flores blancas y rojas y un manojo de espigas. Simbolismo de los misterios de Cristo; pero también finura y buen gusto para adornar y engalanar tan sublime cotidianidad. En el mensaje de los signos  nos aleccionan   los diferentes modos de presentar las manos: San José,  piadoso; María, asombrada, mostrándonos a su hijo; pastores y ángeles, admirados  o en adoración.

No es menos significativo es el tamaño de las figuras. María, San José, los pastores y los santos que aparecen en las tablas laterales,  contrastan con el menor tamaño de los ángeles, e incluso con el de la familia Portinari. No se trata de un problema de perspectivas, sino de simbolismos. ¿Por qué si no  la diminuta y frágil y hasta escuálida  imagen del Niño? Más  acuciante es la desproporción entre los pastores   y  el noble donante. ¿Pretende exaltar a los humildes o   es  simple  respeto a los protagonistas de los que fueron testigos del acontecimiento inicial?

Como ya era habitual en el arte, la escena que aconteció en un momento concreto  de la historia, está sucediendo ahora en el presente: todos los detalles reflejan ese final del siglo XV. No estamos ante un anacronismo. El creyente sabe que los misterios conmemorados vuelven a actualizarse en las celebraciones y en los calendarios litúrgicos año a año y día tras día.  Por eso el espacio figurado es  una calle, en medio de la ciudad y junto al atrio porticado de una iglesia y no en la cueva tradicional, aunque no falten ni la mula ni el buey.

      No es casual que el acontecimiento tenga lugar en medio de la ciudad. Para cualquier creyente la fe no es para vivirla en privado. No había llegado todavía la fractura de la Cristiandad ni del hundimiento de la sociedad como comunidad. Tres  eran los estamentos de la sociedad medieval: oradores (los religiosos), aradores (el pueblo llano trabajador) y los defensores (la nobleza). Los tres están presentes, en representación de toda la sociedad: los pastores, el noble Portinari y su familia y los monjes como San Antonio que dejan grutas y ermitas  y se dirigen al portal. Los apóstoles, como San Andrés, santas como Magdalena y Santa Margarita. Este cuadro representa  la participación de toda la comunidad, de toda la sociedad en  el reconocimiento de la suprema soberanía de El Señor. Venid todos a adorarle.

 

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5 de Noviembre - 2015

Aprender a mirar. Este es el secreto. Pero para aprender a mirar y descubrir la belleza, en las obras de arte y también en la vida, es preciso “hacernos como niños”: Cultivar la capacidad de sorprendernos, de asombrarnos, de descubrir el sentido profundo de las cosas y, en el caso del artista, de comunicarlo a través del lenguaje de las formas, de los colores, de los sonidos, como decía Benedicto XVI y recordábamos en el Editorial

Os lo voy a contar con un poema de Pedro Salinas que nos enseña el proceso de creación de un artista con su obra.

 

Y ahora, aquí está frente a mí.

Tantas luchas que ha costado,

tantos afanes en vela,

tantos bordes de fracaso

junto a este esplendor sereno

ya son nada, se olvidaron.

 

Él queda, y en él, el mundo,

la rosa, la piedra, el pájaro,

aquéllos, los del principio,

de este final asombrados.

¡Tan claros que se veían,

y aún se podía aclararlos!

 

Están mejor; una luz

que el sol no sabe, unos rayos

los iluminan, sin noche,

para siempre revelados.

Las claridades de ahora

lucen más que las de mayo.

 

Si allí estaban, ahora aquí

a más transparencia alzados.

¡Qué naturales parecen,

qué sencillo el gran milagro!

En esta luz del poema,

todo,

desde el más nocturno beso

al cenital esplendor,

todo está mucho más claro.

 

        Enseñaba Romano Guardini  que la misión del arte es hacer patente  la esencia de todo, desvelar su más  desconocida autenticidad. 

        En un primer momento Salinas nos recuerda los fracasos, esfuerzos, afanes del largo proceso de creación,  hasta que ya le parece al poeta que el poema ha conseguido “este esplendor sereno”.  Lo realmente clarificador  aparece a partir del séptimo verso. También para Salinas el punto de arranque de la inspiración se encuentra en la realidad: “la rosa, la piedra, el pájaro,  aquéllos, los del principio”. En la orilla de la palabra  siguen, pero ya  transfigurados en “este final asombrados”.

         En su estado original, anterior a la intuición del poeta, ya estaban claros. Pero todo poeta sabe que todavía se podía “aclararlos” aún más. Ahora, tienen luz propia aún en medio de la noche.  El  poema  supera a la realidad, pero no contra ella, sino a su  servicio y al de una humanidad que quiere encontrar en todo la verdad. Gracias al poema, aquellos iniciales “rosa (la), piedra (la)  y  el pájaro”  han sido alzados a más  transparencia “para siempre revelados.”  Los que estaban allí, ahora están aquí.  Se han quedado en la palabra.  A la luz del poema  “todo está mucho más claro”.

 

         Para algunos el arte sustituye a la realidad. Constituidos en dioses, consideran que sus obras  hacen innecesarias las maravillas de la Creación. Pero todo artista sabe que le ha sido dado un don  privilegiado, que no le pertenece. Se puede envanecer y, como en tantos casos conocidos, hasta llevarlo a la autodestrucción. Una vez más nos encontramos ante la vida como opción de libertad. Yo desde luego he seguido la escuela de los que consideran el arte como otra vía para llegar al conocimiento de la verdad. El arte es instrumento de conocimiento. Su vía más propia es la del corazón o, si se quiere, el “itinerario de la hermosura”. 

 

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15 de Octubre - 2015

 

Caspar David Friedrich escribió:

«El pintor debería pintar no solo lo que se encuentra frente a él, sino también lo que ve en su interior. Si no logra ver nada, debería dejar de pintar lo que se encuentra frente a él».

¨Cierra tus ojos corpóreos para poder ver tu cuadro con los ojos del espíritu, y haz surgir a la luz del día lo que has visto en las tinieblas¨.

 

Seleccionamos hoy un óleo de Sor Isabel Guerra, la monja cisterciense que reside en el monasterio de Santa Lucía de Zaragoza. Su obra es un canto admirable a la belleza que nos rodea.

Un lema nos la define: “La belleza es posible, no está todo perdido”. El cuadro se titula “Y el almendro floreció”. Nos presenta en toda su hondura y belleza la muerte de  Santa Teresa.

 

      Sor Isabel emplea una técnica que la sitúa dentro del realismo, hiperrealismo, lo denominan algunos, aprendido  en la escuela de los grandes del XVII español. Su  técnica  es claramente velazqueña. Lo asombroso es que no utiliza el pincel, sino la espátula, incluso cuando pinta detalles tan mínimos como cada una de las pestañas de Santa Teresa.

        Pinta bodegones, rincones olvidados, muebles desvencijados, mujeres humildes o campesinas trabajando, aunque destaca la serie de chicas jóvenes en las que sobre su belleza corporal se hace evidente el misterio de su belleza espiritual, como si en todas anidara una vocación mística cristiana. 

        La protagonista en sus cuadros es la luz, física o espiritual. Por eso al contemplar su obra sientes la necesidad de descubrir el mensaje simbólico que quiere decirnos sor Isabel en cada cuadro. La luz subraya o anuncia el mensaje.

        El cuadro terminó de pintarlo en el año 2008. Sor Isabel se documentó rigurosamente. Estudió todos los documentos que se presentaron en el proceso de canonización de la santa, referidos a su muerte y pidió hábitos de la santa y objetos que pudo utilizar. El crucifijo que coge en sus manos es el mismo que tuvo en su  muerte la Santa. Los hábitos son de la época. Y lo que se nos cuenta verdadero o con la verosimilitud del arte.

        Dos monjas centran la escena: Ana de San Bartolomé que sostiene en su hombro y en sus brazos la cabeza de la moribunda y Teresa vestida con el escapulario de carmelita en el lecho de su celda sosteniendo desmayadamente, su amado crucifijo, entreabiertos los ojos, la faz serena y sin arrugas e inclinado su rostro como el de Cristo. Quien desee más datos lea Una Carmelita en Flandes (Vida de Ana de  San Bartolomé, compañera inseparable de Teresa de Jesús) de Belén Yuste y  Sonnia L. Rivas-Caballero, Ed. Edicel, Madrid, 2006.

        Un triángulo organiza la escena central. El lado derecho lo forma la cabeza de la beata Ana, la cabeza de Teresa y la cabecita de Cristo en la cruz y continúa por el lecho hasta el suelo. El lado izquierdo, lo llena Ana sentada en la cabecera  con su hábito completo que baja hacia el suelo. Cierra el triángulo el lecho; sobre él la manta parda y la blanca capa , en las que se apoya la decaída mano de Teresa.

        Al fondo, el muro de la celda con la celosía que se abría hacia el huerto. Y entre el muro y el lecho, el prodigio del viejo almendro seco que floreció el 4 de octubre, en el mismo momento en que murió la santa. Con buen acierto estético lo introdujo Sor Isabel en la celda. La blancura de sus flores compite en esplendor con las tocas  de los hábitos y el arco que compone ambienta la misteriosa luz que ilumina los ojos y la sonrisa de la madre Ana, testigo del instante en que el cielo, presidido por el mismo Jesucristo, sale al encuentro de Teresa de Jesús. Admirable muerte y admirable la obra que nos la expone. Obra para orar. Obra para meditar. Obra de acción de gracias.

 

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        Sor Isabel Guerra: un pincel que merece mucho la pena que sigamos. Sin duda, uno de los talentos más notables del panorama pictórico español actual.  

1 de Octubre - 2015

 primera vista el cuadro puede parecernos desagradable. Cuando descubres que el pintor lo que pretende es moverme a amor. Huir de mis pasiones y vicios que destruyen el verdadero rostro de todo hombre creado para ser imagen de Dios. Y que en definitiva me está preguntando: pero tú  a dónde vas, dónde  te encuentras en el camino salvador de Jesucristo. Entonces, el cuadro me emociona y me convoca a la conversión.

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