Cineforum

3 de Octubre

CINE: “QUEIMADA” (G. PONTECORVO, 1969)

La llamaban libertad, pero querían decir, simplemente, poder.

Año: 1969, Italia. Director: Gillo Pontecorvo . Intérpretes: Marlon Brando, Evaristo Márquez. Música: Ennio Morricone. Guión: Franco SolinasGiorgio Arlorio.

Nos adentramos de nuevo por los caminos del arte. En esta ocasión, una vez más, por el cine, a propósito de la película “Queimada”, dirigida en 1969 por Gillo Pontecorvo, interpretada por Marlon Brando en una de su mejores interpretaciones, y con una banda sonora compuesta por Ennio Morricone.

 

         Es una película en la que se narra la llegada de las ideas ilustradas y revolucionarias a una pequeña colonia portuguesa, en la primera mitad del siglo XIX. Pero las ideas nunca viajan solas… Un agente inglés, William Walker, viaja a Queimada, una isla de las Antillas en la que malviven como esclavos miles de hombres y mujeres de raza negra en las plantaciones de azúcar. La misión de Walker será organizar una revuelta contra los gobernantes portugueses para ir abriendo presuntamente paso a la libertad de comercio y, en el fondo, a las compañías azucareras inglesas.

 

         En Queimada, Walter conoce a José Dolores, un joven negro con un gran carisma personal, de quien se hace amigo a la vez que le impulsa a encabezar la lucha por la libertad de su pueblo. “Libertad (de comercio) y civilización” es, en efecto, el grito de los gobernantes que deciden independizarse de Portugal. Pero no habrá verdadera libertad para la población negra, y la realidad será muy distinta. La presunta libertad que se ofrece a los esclavos tras la independencia de la isla es violentamente reprimida por los gobernantes secesionistas y por los intereses de las empresas azucareras. Y he aquí la palabra clave: “el interés”. A fin de cuentas, un obrero sale más barato y acarrea menos compromisos que un esclavo.

         A Inglaterra, a Walker, a los blancos insurrectos de la isla de Queimada, a los que tienta la idea de la independencia respecto de Portugal, les unen los mismos intereses: la libertad de comercio para enriquecerse, el fin de la dominación extranjera en América Latina (la de Portugal en este caso, claro está), el progreso y la civilización (tal y como a ellos les interesa que se entiendan).

[Walker, a los terratenientes a los que incita a levantarse e independizarse de Portugal:

 

         "-Caballeros, permítanme ponerles un ejemplo. Un ejemplo que podrá parecer un poco impertinente pero que según creo es bastante adecuado.

         ¿Qué prefieren ustedes? O mejor dicho, ¿qué creen que les conviene más?. ¿Una esposa o una de esas mulatas? No, no por favor. No me entiendan mal. Estoy hablando estrictamente en términos económicos. O sea del costo del producto, del rendimiento de ese producto.

         El producto en este caso es el amor. Amor físico naturalmente, ya que los sentimientos, obviamente, no forman parte de la economía.

         Pues bien, a una esposa hay que darle una casa, comida, vestidos, medicinas cuando se pone enferma, etc, etc. A una mujer hay que mantenerla toda una vida, incluso cuando envejece y resulta improductiva. Y si uno la sobrevive, encima tiene que pagarle el funeral. No, no se rían, señores. No es una broma. Es exactamente así.

         En cambio, con una prostituta es mucho mejor. Los costes disminuyen, porque no hay necesidad de hospedarla, curarla, vestirla, alimentarla ni mucho menos enterrarla. Una prostituta se tiene sólo cuando se la necesita y se la paga sólo por su servicio. Y se la paga por lo que hace por horas.

         Entonces, señores, ¿qué es más conveniente: un esclavo o un trabajador asalariado? ¿Qué les conviene más: la dominación portuguesa con sus leyes, sus impuestos y su monopolio comercial, o sencillamente la independencia, con un gobierno y ejército propios y una administración, y la libertad para comerciar con cualquiera, ateniéndose sólo a las reglas y precios del mercado internacional?"]

        

         Sirviéndose del líder negro, al que nombran “general” de los negros que combatirán contra el pequeño ejército portugués, derrocan y matan al gobernador y los oligarcas criollos blancos se hacen con el poder de la nueva y pequeña “República de Queimada”.

         Diez años después de conseguir la independencia de Portugal, con un débil gobierno autóctono de los secesionistas blancos, Inglaterra de la mano de la Compañía de la Antilles Sugar Company, vuelve a llamar a Walker para que retorne a la isla, pero ahora con la orden de eliminar al antiguo revolucionario, Dolores, que se ha levantado esta vez contra el gobierno de Queimada y la explotación ejercida por la Compañía azucarera.

 

“- José Dolores dice que si la civilización es la de los hombres blancos, tenemos que estar contentos de no ser civilizados.

Porque es mejor saber dónde ir y no saber cómo se va, que saber cómo se va, sin saber a dónde.

- ¿Y qué más?

- José Dolores dice que si un hombre trabaja para otro, a pesar de que le llamen obrero, seguirá siendo un esclavo, siempre que haya quien sea propietario de la plantación y quien solamente posea un machete para cortar caña para el amo.”

 

         El pragmatismo representado en este caso por los británicos es expresado así por William Walker:

- Sí, ese es José Dolores.  Un tipo estupendo, ¿eh? Historia ejemplar la suya. Al principio no era nadie. Nada, un simple aguador. Inglaterra hizo de él un jefe revolucionario. Cuando ya no le es útil lo deja a un lado. Y cuando se rebela nuevamente, en nombre de una idea análoga a la que  Inglaterra le enseñó, Inglaterra lo elimina. ¿No cree que es una pequeña obra maestra?

  • Y usted es su autor,  Sir William.
  • No, sólo el instrumento…

Queimada plantea cómo las ideas ilustradas y los intereses de las potencias modernas se alzaron contra el orden antiguo, pero imponiendo un despotismo aún más brutal y sin escrúpulos.

La desertización moral que ha seguido a la expansión de la libertad de enriquecerse, sin detenerse ante la dignidad de las personas y más en particular de los débiles, se pone de manifiesto en una historia que vale para todos los tiempos y lugares.

En nombre de la libertad, de la civilización y del progreso se han perpetrado fechorías e injusticias que han sometido la dignidad de los indefensos ante el poder de la riqueza y del “nuevo orden” de la Modernidad.

Sí, lo llamaban “Libertad, igualdad, fraternidad, ciudadanía”… Pero sólo querían decir: “Poder”, libertinaje, tiranía y autodeterminación sin límite.

     José, ha hecho falta una guerra para volver a vernos, y menos mal que los dos hemos quedado vivos... ¡Bueno, siempre hay uno que pierde!, y en este caso no podía ser otro que tú. Si no, ¿cómo iba yo a ganar? 

(… Redoble… Dolores camina hacia la horca:)     

         “-Inglés, ¿te acuerdas? Dijiste que la civilización era de los blancos. Pero… ¿qué civilización? …¿Y hasta cuándo?”

…Y en esas estamos todavía: ¿Qué civilización nos ha traído la Modernidad ajena al orden moral? ¿Y de verdad se cree alguno que durará siempre?

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19 de Septiembre

DE DIOSES Y HOMBRES DE X. BEAUVOIS (2010)

Gran Premio del Jurado del Festival de Cannes

La primera parte de la película es un relato exquisito y fiel de la vida diaria de la comunidad cisterciense de Nuestra Señora del Atlas que vive en Tibhirine, un pequeño pueblo de las montañas argelinas. La comunidad está  formada por ocho miembros, un hermano y siete sacerdotes. Muestra al espectador su relación de cercanía, respeto, amistad y plena identificación con sus vecinos del pueblo, las circunstancias que precedieron a su martirio.

Los monjes dedican su vida a la oración y viven del trabajo del campo. La huerta, unas colmenas, el modestísimo puesto médico atendido por el entrañable hermano Luc (espectacular trabajo de Michael Lonsdale)… Es el Ora et labora de la primitiva regla benedictina. Xavier Beauvois, no se considera religioso, pero su mirada es limpia y ha sabido captar como pocos en el cine lo nuclear de la vida monástica. Sin estridencia alguna (el bien no hace ruido), haciendo que el silencio y la cotidianidad cobren protagonismo.

Los monjes, como uno más, participan en las ceremonias festivas de sus vecinos musulmanes. Rabbia (Sabrina Ouazani) una joven del pueblo, conversa con Luc. Vive con preocupación sus sentimientos de adolescente. Con la mayor naturalidad pregunta al anciano monje qué es estar enamorado y si él lo estuvo alguna vez. El anciano se confidencia y le habla de los impulsos del corazón, de su juventud y de su llamada a un Amor más grande, hace ya sesenta años.

Fotograma

Súbitamente irrumpe el fanatismo: Un grupo terrorista degüella a doce católicos croatas, en una cantera cercana a Tibhirine. Diez días después, vigilia de Navidad, los terroristas asaltan el monasterio con intención de llevarse consigo a Luc. El prior, Christian (Lambert Wilson, en el papel de su vida), se niega con firmeza y serenidad a ello. Ali Sayyat Attiya, líder del grupo, queda impresionado por la actitud de los monjes. Por esta vez se retiran, pero el asalto deja un dramático impacto en el ánimo de los hermanos.

A partir de entonces la amenaza se cierne angustiosa y cerca a la pequeña comunidad. El gobierno insiste en que los hermanos se marchen. El temor saca a relucir la disposición de cada uno. Algunos dudan seriamente si deben irse.

Varios de ellos, en una escena memorable, se entrevistan con los consternados jefes del pueblecito. Éstos no confían en la protección del ejército:

“-Nos protegen ustedes, porque el pueblo ha crecido con el monasterio. -Puede que nosotros nos marchemos pronto. -¿Por qué? -Somos como pájaros sobre una rama. No sabemos si nos iremos. -No, los pájaros somos nosotros, y ustedes la rama. Si se van, ya no sabremos donde posarnos.”

De Dioses y hombres describe la realidad de la entrega de los monjes, el mensaje de paz y de amor tangible que desean compartir al quedarse con sus hermanos musulmanes, y la posibilidad de un terreno fraternal y espiritual compartido entre la cristiandad y el islam.

El combate interior

Beauvois acierta rotundamente al filmar las reacciones de estos hombres, sus dudas vitales frente al más que probable sacrificio. La narración adquiere ahora una extraordinaria intensidad dramática. Sin apenas palabras, con los rostros, los gestos y el propio silencio, se adentra en la lucha íntima de cada monje, en su miedo, sus dudas interiores, su fe sin estridencias, sus enfados, su nerviosismo. ¿Deben continuar o marcharse? El trabajo de los actores es sencillamente impresionante, dando forma física y expresión a la angustia. Seguir a Cristo, dar la vida… ¿sí o no? ¿Dejarse matar? ¿Para qué, pudiendo evitarlo?

Luc es, junto con el prior, el centro de gravedad moral de la comunidad. Tras sentirse verdaderamente libre y decidir quedarse aunque tenga que afrontar la muerte a sus años, se acerca en el silencio de su habitación a una pintura de Cristo con el torso desnudo, atado a la columna del tormento. El monje aproxima su mejilla lentamente al pecho de Jesús. Apoya su frente en él y lo acaricia delicadamente. Es la íntima aceptación del sacrificio, la unión de los propios sufrimientos a la pasión de Cristo.

Bien distinta y terrible es la situación del hermano Christophe (Olivier Rabourdin), que es quien más desolación y temor experimenta. Se le ve orar a solas ante el sagrario de la humilde iglesita. Paseando por la huerta, en otro de los momentos álgidos del film, se confidencia filialmente con su superior, Christian:

“-Duermo mal. El menor ruido me despierta. Me replanteo mi vida, mis elecciones. De niño quería ser misionero, así que morir por mi fe no debería quitarme el sueño. Pero morir aquí, ahora, ¿es realmente  útil?... Ya no lo sé. Me estoy volviendo loco.

-Es cierto. Quedarse aquí es una locura como la de hacerse monje. Pero recuerda, tu vida ya la has entregado. Se la entregaste a Cristo cuando decidiste dejarlo todo: tú…, tu vida, tu familia, tu país, la mujer y los hijos que quizá habrías tenido.

-No sé si eso es verdad. Rezo. Pero ya no oigo nada. No lo comprendo. Somos mártires, ¿por que?, ¿por Dios?, ¿por ser héroes?, ¿por demostrar que somos los mejores?

-No, no, no. Uno se hace mártir por amor, por fidelidad. Y la muerte, si llega, será a pesar nuestro, porque hasta el fin intentaremos evitarla. Nuestra misión aquí  es ser hermanos de todos. Y recuerda que el amor todo lo espera, el amor lo soporta todo…”

Uno de los aspectos más sutiles de la película será la transformación que a partir de este momento experimentará Christophe, plasmada en su mirada, en sus sonrisas, en la paz que brilla en su semblante.

“-Eres Tú el amigo, quien llama pidiendo refugio en mi. Tú me envuelves, me estrechas, me rodeas, me abrazas… y te amo.”

La última cena: ‘Hágase’

         El momento culminante del film es la “última cena” de la comunidad. Tras haber compartido la Eucaristía la comunidad se dispone a cenar. Todos son conscientes de que tal vez sea la última vez que lo hagan. Luc adorna la modesta mesa con dos botellas de vino. Introduce en el viejo aparato una cinta cassette que ambientará la sobria colación. Los compases trágicos de El lago de los cisnes van acompañando gestos y miradas, en unos primeros planos impresionantes, de unos rostros arrugados en los que se van sucediendo el gozo, las lágrimas, la paz más honda, el amor de quien asocia la ofrenda total de su vida a la de sus hermanos. El dramatismo del momento muestra el hágase del gozoso abandono en la Voluntad de Dios. Será difícil expresar más bellamente la honda realidad de la comunión de los santos y del amor fraterno, que como lo hace la cámara de un presunto agnóstico como Beauvois.

         De Dioses y hombres es una reverencia a la persona humana -hija de Dios-, a su capacidad de autodonación, al respeto y la amistad, a la sencillez orante, a la vida arraigada firmemente en Dios. Una magnífica historia de amor.

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5 de Septiembre

“¿ME QUIERES?...”

(EL VIOLINISTA EN EL TEJADO, N. Jewison, 1971)

El violinista en el tejado es una película musical dirigida por Norman Jewison en el año 1971. Obtuvo tres Oscar. La acción se desarrolla en la aldea ucraniana de Anatevka, en el año 1905. Es una comunidad en la que conviven una población judía y otra ortodoxa de manera más o menos cordial. Tevye (Tobías), el lechero, casado con Golde, intenta mantener su vida tradicional, a la vez que procura a sus hijas un matrimonio ventajoso, en un momento en que los tiempos están cambiando. Por ejemplo, casarse por amor es para ellos algo novedoso y aventurado... Y he aquí que… ante el amor de los jóvenes, el personaje protagonista, temeroso, le pregunta a su mujer en una conocida canción: “-Golde: ¿Tú me quieres?”

Ella, sorprendida, rehúye al principio la contestación… Pero ante la insistencia de su esposo hace recuento de sus 25 años de matrimonio, de trabajos y luchas, y se pregunta: “-¿Por qué hablar ahora de amor?”

Tras lo vivido y compartido, la pregunta no es ociosa: ¿Han aprendido a quererse? ¿Debe esto darse por supuesto? ¿Acaso haber dado todo a la persona del otro, y haberlo recibido también de ella… no es amor? Si eso no es amor… vienen a cantar, “entonces, ¿qué es? –Entonces… ¡Me quieres! –Supongo que sí”, contesta Golde. Y Tobías responde. –“Y yo también”. Ambos, finalmente, concluyen: “No cambia nada después de 25 añs, pero… ¡Me agradada tanto saberlo!”

[Tevye: Golde, ¿tú me quieres?


Golde: ¿Qué si qué?


T: ¿Me quieres?


G: ¿Qué si te quiero?


T: ¿Bien?


G: Con los casamientos de nuestras hijas y todos estos problemas en el pueblo estás alterado, estás agotado. Entra y túmbate, quizá sea una indigestión.


T: Ah, no, Golde, estoy haciéndote una pregunta: ¿me quieres?


G: Estás loco.


T: Lo sé, pero ¿me quieres?


G: ¿Qué si te quiero?


T: ¿Bien?


G: Durante 25 años he lavado tu ropa, cocinado para ti, limpiado tu casa, te he dado hijas, ordeñado tu vaca. Después de 25 años, ¿por qué hablar ahora de amor?


T: Golde, la primera vez que te vi fue el día de nuestra boda. Tenía miedo.


G: Yo estaba asustada.


T: Yo estaba nervioso.


G: Y yo también.


T: Pero mi padre y mi madre dijeron que aprenderíamos a querernos, y ahora te estoy preguntando: ¿me quieres?


G: ¡Soy tu mujer!


T: ¡Lo sé! Pero ¿me quieres?


G: (Hablándose a sí misma) ¿Le quiero? …


T: ¿Bien?


G: He vivido con él 25 años, he luchado con él, pasado hambre con él. 25 años, mi cama es suya, si eso no es amor, ¿qué es?

T: ¡Entonces me quieres!


G: Supongo…


T: … y supongo que yo a ti también.


Ambos: No cambia nada… pero incluso así, después de 25 años ¡es tan  agradable saberlo!]

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Cyrano de Bergerac (Jean-Paul Rappeneau, 1990)

El viejo y sabio Platón, en su diálogo El Banquete, dice que la belleza engendra el amor, el cual es "deseo de lo bello". De hecho, el ser humano nunca ve a sus semejantes como cuerpos neutros, sino como personas con diverso grado de belleza exterior e interior. Esa belleza de las personas que nos rodean ronda constantemente la periferia de nuestra vida. Hasta que un día, cierta belleza sensible nos deslumbra e irrumpe en el centro mismo de nuestra sensibilidad.

Una experiencia que define muy bien Pedro Salinas cuando describe a la mujer como esa corporeidad mortal y rosa / donde el amor inventa un infinito. Transfigurado por la belleza corporal, ese cuerpo que un día se convertirá en tierra…, en sombra, en nada, exhibe un atractivo extraordinario que da lugar a muchas de las mejores expresiones artísticas de la humanidad. La historia de la pintura y de la literatura serían muy diferentes si no existiera la exaltación provocada por la belleza física: no existiría Calixto sin Melibea, ni Romeo sin Julieta, ni Don Quijote sin Dulcinea, ni Cyrano sin Roxana, ni Ulises sin Penélope...

Pero el atractivo de la belleza corporal, con ser una experiencia universal, presenta cierto aspecto misterioso y desconcertante. Con demasiada frecuencia comprobamos que la conquista de esa belleza deja un sabor agridulce. Pedro Salinas, reconocido como el poeta del amor, dice que los besos y las caricias se equivocan siempre y no acaban donde dicen, es decir, no dan lo que prometen.

Vamos a acercarnos por un momento a esta experiencia en la que la corporalidad se ve superada por un gran amor que la trasciende por el camino mismo de la belleza. Dejando a un lado la pintura de Renoir y la alada gracia de la poesía, nos acercamos al cine. Lo mismo que la tragedia entre los griegos de hace 25 siglos, el buen cine actual, es a menudo un fiel espejo de la condición humana.

Los griegos sabían que la educación, además de dotar la inteligencia con conceptos y fortalecer la voluntad con virtudes, ha de llegar hasta los sentimientos para configurarlos correctamente. Si el conocimiento requería lecciones y discursos, la sensibilidad se alimentaba con la tragedia: con una gran historia que provoca las emociones que realmente corresponden a lo que representa. La tragedia presenta lo vil y lo heroico como vil y como heroico, y lo hace de tal manera que suscita las emociones adecuadas: lo vil resulta despreciable y lo heroico atractivo, sin ambigüedad ni confusión.

Pues bien, de forma parecida, como en la antigüedad las tragedias, hoy el cine de calidad puede conseguir los mismos efectos, pues es un medio privilegiado de representar historias profundamente humanas. No sólo historias "edificantes", sino también aquellas que muestran la multiforme miseria humana y nos la hacen comprender, haciéndonos anhelar el bien.

          Cyrano de Bergerac es una magistral película dirigida por Jean-Paul Rappeneau, estrenada en 1990 e inspirada directamente en la obra de teatro del mismo nombre de Edmond Rostand. En el reparto destacan Gérard Depardieu (Cyrano de Bergérac), Anne Brochet (Roxane), Vincent Pérez (Christian de Neuvillete).

Su argumento es seguramente conocido, por universal: Cyrano es un soldado de gran inteligencia, nobleza y bella palabra lastrado por una descomunal nariz que le acompleja hasta el punto de renunciar al amor de su prima Roxana, y de ayudar a su camarada Christian -de cuya belleza física ésta se hallaba prendada-, a conquistar su amor, cediendo al compañero sus palabras de poeta.

         Hay una escena crucial en la que, amparado por la oscuridad, Cyrano se hace pasar por Christian. Con sus bellas palabras enamora a la joven, y a la vez que la conquista siente el terrible dolor de su pérdida en favor del joven amigo.

         Pero lo que hubiera podido ser un canto a la belleza física y la sensualidad, que parece salir triunfadora frente a la nobleza y grandeza del corazón, se va transformando y deja entrever un amor noble y profundo, que aspira a ver feliz a quien se ama, aunque sea a costa del propio infortunio: Exclama así el desconsolado poeta: “-¡Ah! por tu felicidad yo daría la mía, aunque tú nunca llegaras a enterarte de nada. ¡Si alguna vez pudiera, aunque de lejos, oír la risa de la felicidad nacida de mi sacrificio!...”

La corporalidad ya no será ofuscación de los sentidos, sino transparencia del alma. Y un beso ya no será deleite licencioso –como hubiera deseado el joven Christian-, sino “una forma de respirar por un momento el corazón del otro y de gustar, por medio de los labios, el alma del amado”.

 

[CYRANO (haciéndose pasar por su amigo CHRISTIAN, amprado en la oscuridad)

¡Ah! ¡Si lejos de las aljabas, los arcos y las flechas, huyésemos hacia cosas más verdaderas!... ¡Si en lugar de beber el agua sucia, gota a gota en un pequeño dedal de oro, intentamos ver cómo el alma se alimenta bebiendo en las puras lentes del amor! ...

ROSANA.
Pero... ¿y el ingenio

CYRANO.
Sirvió para reteneros a mi lado. Pero tratar de hablar ahora amo una carta de amor, sería insultar esta noche, este perfume, esta hora y a la naturaleza... Dejemos que el cielo, con la mirada de sus astros, nos despoje de todo lo artificial. ¡Temo que la sinceridad de los sentimientos desaparezca entre tanta palabra exquisita

ROSANA.
Pero... ¿y el ingenio?

CYRANO.
Tratándose de amor, lo detesto. Cuando se ama, es un crimen prolongar ese juego. Además, inevitablemente llega un momento     -compadezco a aquellos para los que nunca llega-, en que nos sentimos unidos por un amor noble, que se vuelve triste a cada palabra bonita que decimos.

ROSANA.
¡Y bien!.. Si ese momento hubiese llegado para nosotros dos ¿qué me diríais?

CYRANO.
Todas, todas aquellas palabras que se me ocurran, os las ofreceré́ sin ponerlas ni aderezarlas en un ramillete: os amo; me ahogo, enloquezco, no puedo más, es demasiado... ¡Tu nombre es para mi corazón como un cascabel...! y como siempre ante ti estoy temblando, el cascabel se agita y tu nombre suena.

ROSANA. (Con voz trémula.)

Sí, ¡esto es amor!

CYRANO.
Decís bien. Este sentimiento, terrible y celoso que me invade, es verdadero amor... Tiene todo el furor triste del amor y sin embargo, no es egoísta ¡Ah! por tu felicidad yo daría la mía, aunque tú nunca llegaras a enterarte de nada. ¡Si alguna vez pudiera, aunque de lejos, oír la risa de la felicidad nacida de mi sacrificio!... ¡Cada mirada tuya suscita en mí una virtud nueva!... ¡me da más valor! ¿Te das cuenta? ¿Entiendes ahora lo que me pasa? ¿Sientes en esta sombra, subir hasta ti mi alma? En verdad, esta noche es demasiado bella, demasiado dulce... Yo os digo todo esto y vos... ¡vos me escucháis! ¡Es demasiado! ¡Incluso mi esperanza más atrevida, nunca osó esperar tanto! Ahora solo me resta morir. ¡Es por mis palabras por lo que ella tiembla entre las hojas como una hoja más! ¡Pues tiemblas!... porque, lo quieras o no, he sentido bajar, a lo largo de las ramas de jazmín, el temblor adorado de tu mano

(Besa enamoradamente la punta de una rama que cuelga.)

ROSANA.

¡Sí! ¡Tiemblo y lloro, y te amo, y soy tuya!... ¡Tú me has enloquecido, me has embriagado!...

CYRANO.

Entonces... ¡que venga la muerte! Esta borrachera... ¡yo he sido quien ha sabido provocar esta embriaguez! Ya no pido más que una cosa...

CRISTIÁN. (Debajo del balcón.)

¡Un beso!

(…) CYRANO (A Cristian): ¡Vas muy deprisa…!

CRISTIAN.

Deja que recoja la miel de su sonrisa.

(…)
CYRANO (cede con pesar a la insistencia de Cristian y se dirige de nuevo a Roxana): ¿Qué es un beso, al fin y al cabo, sino un juramento hecho poco más cerca, una promesa más precisa, una confesión que necesita confirmarse, la culminación del amor, un secreto que tiene la boca por oído, un instante infinito que provoca un zumbido de abeja, una comunión con gusto a flor, una forma de respirar por un momento el corazón del otro y de gustar, por medio de los labios, el alma del amado?

ROSANA (turbada).

¡Callaos!

(E. ROSTAND. Cyrano de Bergerac. Acto II, escenas VII-X)

     Más adelante, Roxana advertirá que no es la belleza de su joven enamorado, sino las que ella cree que son sus palabras lo que manifiesta el verdadero objeto de su amor: la persona y el alma del ser amado.

ROSANA.

Vengo a pedirte perdón -y creo que este es un momento muy oportuno por la proximidad de la muerte- por mi frivolidad al insultarte enamorándome de tu belleza.

CRISTIÁN. (Con espanto.)

¡Rosana!

ROSANA.
Y porque más tarde, menos frívola y cual pájaro que salta de rama en rama, te amé porque tu belleza me impresionaba y me arrastraba la pasión de tu alma.

CRISTIÁN.

¿Y ahora?...

ROSANA.
Ahora... ¡ahora te amo sólo por tu alma!

CRISTIÁN. (Retrocediendo.)

¡Rosana!

ROSANA.
¡Alégrate! No ser amado más que por lo pasajero debe ser una fortuna para un corazón  noble y ambicioso. Tu alma borra tu rostro, y la belleza por la que antes te quería, ya no lo veo.

 

         Afirmaba Paul Claudel que “la mujer es la promesa que no puede ser cumplida”. ¿Por qué? Y responde Platón: -Porque en realidad la belleza es la llamada de otro mundo –el de la Belleza con mayúsculas- para despertarnos y rescatarnos de la caverna donde vivimos.

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13 de Junio

EL FESTIN DE BABETTE (G. Axel, 1987)

Gabriel Axel dirige la adaptación de un relato de Karen Blixen, El festín de Babette (Babettes Gaestebud), con la que obtuvo el Oscar a la mejor película extranjera en 1987.

         El cuento original es transformado por el guión de Axel, que agranda su horizonte y consigue una película maravillosa sobre cómo una sociedad de ambiente gélido e individualista, donde  cada cual va a lo suyo y mira con desconfianza a los demás, puede ser transformada por una sola persona con capacidad de querer.

Trata la historia de una pequeña comunidad de protestantes luteranos en la Dinamarca del siglo XIX, al noroeste del país. Dos hermanas solteronas, Philippa y Martina, hijas del pastor que dirigía esta comunidad, se quedan tras la muerte del padre al servicio de los fieles, cuidando de ellos y de su fe y renunciando con ello a cualquier posibilidad de disfrute de su propia felicidad.

      Un día irrumpe en sus vidas Babette, una francesa huida de la Revolución, con una carta de recomendación de Achille Papin, un cantante de ópera que se había enamorado en su juventud de Philippa. Babette les pide que la acojan como sirvienta en su casa, para protegerla. Las hermanas aceptan, con reticencias. Van pasando los años y un día, Babette gana jugando a la lotería. Decide entonces elaborar un banquete en agradecimiento por todos los años de protección. Esta propuesta irrumpe amenazadora en la devota comunidad, la cual no ve con buenos ojos ningún tipo de disfrute o placer de los sentidos.

         Pero ese día Babette les ayuda a comenzar a romper moldes... con su buen hacer, su generosidad y su amor a la vida. Será en la noche de la cena, en donde se produce la transformación profunda de los personajes que, llenos de miedo ante la propuesta, van intentando resistirse al disfrute del festín con que les ha obsequiado Babette, e intentan negarse a mostrar ninguna complacencia. Temen ensalzar los magníficos platos que la mujer les prepara con amor y exquisitez... porque si lo hacen, su mundo rígido corre peligro. Babette se sirve de su arte culinario para provocar en ellos un gran cambio, sin apenas pretenderlo. Estimulando el gozo de los sentidos, convertido a la vez en obra de arte y en gesto de amor y gratitud, los personajes se dejan llevar por la dicha del momento. Lentamente se van deshaciendo las hostilidades y rencores que antes les separaban.

     Al final de la cena, comienza el momento del encuentro, de la disolución de lo reprimido. Y bajo la luz de la luna y el aire frío de la noche estrellada del cielo, todos danzan y cantan con una alegría modesta y conmovedora. Se diría que Dios está contento y deja que sus hijos se encuentren desde la humildad agradecida. La misericordia, la justicia y la paz se encuentran.

         La sorpresa de las hermanas será mayúscula cuando se enteran de que Babette ha gastado todo su dinero en agasajar a los comensales. Le basta saber que Dios conoce que ella ha dado lo mejor de sí misma y ha conseguido ablandar el mal en los rígidos corazones de los miembros de la pequeña comunidad haciéndoles incorporarse al milagro de la gratuidad y de la gratitud.

         La gracia no es enemiga de la naturaleza. Y esto es así porque en la creación permanece una semilla de bien, que la libertad, el amor y el arte pueden disponer para la acción de Dios.

Se puede apreciar finalmente en esta película una metáfora de la Eucaristía, el verdadero Festín, el Gran Derroche de generosidad que nos transforma y hermana.  La Eucaristía es la Mesa que nos hermana, el hogar familiar en torno al que todos y  cada uno encuentran calor y se sienten queridos. En la Eucaristía, ese gran festín en que la comida es el mismo Jesucristo, que se entrega en un exceso de generosidad, surge y crece la concordia y el hermanamiento entre los hombres.

Escuchamos un fragmento de la escena final: Babette confiesa  a Martina y Philippa que lo ha dado todo en esa cena y al final que su modo de servir al Señor y a los demás es dar lo mejor de sí misma. Seguramente, en el cielo también los ángeles estarán contentos.

      Película reposada, sencilla y profunda a la vez, homenaje espléndido a la belleza, a la creación artística y a la genuina espiritualidad católica.

          Película completa en Youtube:

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