El Don de la Belleza

17 de Octubre

     ¿Puede un texto dramático -la acción encontrada entre pasiones opuestas- ser materia adecuada para crear momentos de belleza? Es evidente por los muchos ejemplos de ello que encontramos en la literatura. Pero en este caso, una obra que podemos intuir que es más bien piadosa, ¿nos ofrece una expresión de creatividad estética y de encuentro vital con la belleza?

No nos cansamos de repetir que la belleza es el esplendor de la verdad. En el caso de la comedia La devoción al rosario de Lope, no es bella por ser un canto piadoso al rezo del rosario, sino por la verdad que sabe transmitir Lope sobre la fragilidad de la naturaleza humana, proclive  a sucumbir a la fuerza de las pasiones, hábilmente estimuladas por Satanás para lograr su perdición eterna; pero que cuenta con la ayuda de la gracia de los sacramentos, reforzada maternalmente, en este caso por el  auxilio directo del rezo del rosario, de manera especialmente visible en esta comedia.

La tensión dramática surge de la gran cuestión que, planteada en la ficción, representa el combate que todo ser humano ha de vivir: ¿Puede salir triunfante, en el ejercicio de la libertad,  una naturaleza herida y acosada por el demonio, el mundo y la carne, para alcanzar su destino verdadero, que no es otro que la vida eterna? Sabemos que contamos  con la gracia sobrenatural de los sacramentos. La comedia nos muestra el cuidado maternal de María que pone en nuestras manos medios poderosos que ayudan a hacer eficaz el auxilio de la gracia sacramental. En este caso la fuerza poderosa del rezo del rosario.

La comedia desarrolla la azarosa vida de dos personajes diferentes pero complementarios, Antonio y Cosme, que recuerdan al caballero y al escudero o al galán y al gracioso.

Estamos a mediados del siglo XV. A la llamada del Papa Pío II para realizar una cruzada contra  el poder de los otomanos que se habían adueñado del Mediterráneo, y que tras la caída de Constantinopla amenazaban a toda la cristiandad, Antonio y Cosme habían acudido dispuestos a morir por Cristo y alcanzar como mártires la vida eterna.

La inesperada muerte del Papa obliga a nuestros personajes  a cambiar el destino de sus vidas. Se consagrarán ahora a combatir el demonio, el mundo y la carne, entrando por consejo del Arzobispo de Florencia, con fama de Santo, en la orden de Santo Domingo, con el compromiso personal de difundir el santo rosario, como arma de salvación y victoria contra las herejías.

La primera misión, después de ser admitidos uno como sacerdote y el otro como lego, es llevar unas misivas al convento de Sicilia. Así comienza la obra.

En Túnez, centro poderoso y rico por el cobro de rescates de los numerosos esclavos cristianos, paralelamente, se está produciendo una historia de amores. Bercebá, el máximo general de los ejércitos moros, se ha enamorado de Rosa, sobrina del Rey, que a su vez está enamorado también de su sobrina, y para alejarlo de la corte le envía a realizar una serie de razias por el mediterráneo, en el preciso momento en que Antonio y Cosme navegan hacia Sicilia. Caen prisioneros, no sin resistencia heroica, al menos de Cosme. Son vendidos como esclavos y su salvaguardia es la esperanza del cuantioso rescate que han de pagar por ellos. Antonio se dedica a consolar a los cautivos y a extender la devoción al rosario, como consuelo de los afligidos y  tabla de salvación en la tierra y en el cielo.

La trama se complica. Dos poderosos personajes entran en el enredo de la comedia. Nada menos que Lucifer y Satán que no soportan a los cristianos y menos si son monjes que difunden la devoción  del rosario. No los presenta Lope como seres monstruosos que exhalan azufre y huelen a infierno. Son dos seres en todo semejantes a los humanos, expertos conocedores de la naturaleza humana y nos atreveríamos a decir, por su comportamiento en la trama, como expertos sexólogos, que aprovechan sus saberes para perder a los hombres y mujeres cristianos y conseguir que sean  condenados al infierno.

¿Lograrán que apostaten el sacerdote y el hermano lego? Lucifer lo tiene claro: el medio será despertar la atracción sexual y hacerles incumplir el voto de castidad y con él hacer que pierdan la fe y se conviertan al islam.

Con el lego, por su sencillez y realismo, resulta misión imposible. El diablo tiene más esperanza de conseguirlo con Antonio, por ser más docto y a pesar de ser devotísimo y fiel rezador del rosario. Primero lo intenta con Aja, una hermosa mora que por conseguir a Antonio está dispuesta incluso a hacerse cristiana. El rosario pondrá en fuga al demonio y servirán de poco los encantos de  Aja, que eran muchos.

El diablo lo intenta de nuevo. Esta vez la tentación vendrá de los sublimes encantos de Rosa, la en vano pretendida por el Rey y por Bercebá,  exquisita mujer en modales, belleza y elegancia. Se dice  que todo ser humano tiene su precio. Inesperadamente Antonio sucumbe ante Rosa y como renegado de Cristo se convierte al Islam. Todo parece perdido.

El dolor de Cosme es inmenso. ¿No cabe esperar ningún remedio? ¿Antonio no tiene otro destino que la condenación eterna?

Es admirable la comunión de los santos. Domingo en el cielo, Antonino en la diócesis de Florencia, y la Virgen María que no olvida a sus devotos, se ponen en acción y envían a un personaje alegórico, llamado  Auxilio divino, quien acude en ayuda del renegado.  Antonio tiene que traducir el Corán y cae en la cuenta de  la diferencia abismal con el Evangelio. El apóstata, poco a poco va tomando conciencia del pecado cometido. El diálogo con Rosa es conmovedor. La abandonará. Volverá a la Iglesia aún sabiendo que le espera el martirio. El rosario, rosa de María, frente a la Rosa de la carne, es la fuerza de su regreso a la fe y a sus votos prometidos. Muere apedreado, pero Antonio cogido al Rosario de  la Virgen sube al Cielo.  Final trágico pensarán los espíritus mundanos. Apoteosis triunfal por la fuerza salvadora de la devoción al rosario, mientras los demonios lamentan su fracaso. Al fin como decía la antigua sentencia: el que se salva sabe; y el que no, no sabe nada.

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3 de Octubre

        Captar la belleza es un don innato de la naturaleza humana; pero que exige, como todo lo demás, cultivo exigente, porque de lo contrario la capacidad se atrofia. La belleza no se encuentra solo en la proporción y armonía de las formas y colores de la realidad. La belleza  se puede encontrar en un acto moral y aún en su contrario, si pretende corregir y no exaltar un vicio. Os ofrecemos una escena bella por su ejemplaridad. En momentos de cataclismos naturales o bélicos, surgen en el ser humano impulsos que le llevan a lo más sublime o por el contrario rebrotan aún en personas civilizadas, comportamientos que recuerdan la barbarie de otros tiempos  o incluso agresividades propias de animales. 

En la obra vemos una multitud de fugitivos que la guerra ha expulsado de sus hogares, despojado de sus  propiedades, de sus pueblos, dirigiéndose hacia ningún sitio, sin rumbo y sin destino. Dorotea se lamenta de que por no tener en cuenta la necesidad del mañana, por  satisfacer el impulso inmediato, ensucien el agua que da de beber al pueblo que los acoge. En la secuencia que os presentamos aparece un brote de violencia y un hombre prudente que sabe sosegar y traer la paz, precisamente por encontrarse inmersos en la desgracia.

 “Los buenos emisarios se abrieron paso entre carretas, hombres y animales; miraron a derecha e izquierda sin encontrar los rasgos de la persona que se les había indicado: ninguna de las mujeres que veían les parecía ser la joven augusta que buscaban.

Muy pronto el tumulto aumentó. Habían llegado a un sitio donde unos hombres disputaban alrededor de unas carretas; las mujeres también se mezclaban en la discusión y chillaban desaforadamente. En esto, un venerable anciano se aproximó a los querellantes y su sola presencia impulsó la paz y el silencio. Les riñó con tono paternal, pero severo.

—¿Qué es eso? —dijo—. ¿No os basta la desgracia que a todos nos oprime? ¿Todavía no habéis aprendido a soportaros los unos a los otros, y prescindiendo de las injusticias ayudarnos y sostenernos mutuamente? Se comprende la intolerancia del hombre feliz, pero ¿los sufrimientos y desgracias no nos han enseñado que no debemos vivir en discordia con nuestros hermanos? Considerad la benevolencia con que somos acogidos en este suelo extranjero y el sitio que nos ceden. ¿Por qué no podemos compartirlo equitativamente? ¿Por qué no podemos poner en común lo que nos queda y lo recogido? La compasión y el bien que practiquemos, mañana nos será recompensado.

Durante la reprimenda del viejo, todos guardaron un silencio profundo: renacida la calma cada uno colocó en buen orden y de común acuerdo sus carretas y sus animales.

Entretanto, el cura, que había oído las palabras del viejo y observado su serenidad, se acercó al que podía considerarse como juez, y le dijo:

—Buen hombre, cuando un pueblo pasa tranquilamente sus días felices, cuando vive apacible de los frutos de sus tierra que recoge cada año y en abundancia y aun los renueva si quiere, cuando todo marcha a pedir de boca y nada falta, cada cual puede considerarse como el más prudente y el más sabio, y aquel que en efecto lo es realmente a veces queda confundido ante los demás, puesto que los acontecimientos siguen su marcha normal como movidos por sí mismo. Pero si llega la adversidad y trastorna el curso ordinario de la vida, si la casa se hunde, si los huertos y los campos son destruidos, si el marido y la mujer son expulsados de su hogar y se ven arrastrados por caminos desconocidos, en un laberinto inmenso de días y noches de amargura y ansiedad; ¡ah! Entonces es cuando se reconoce al hombre verdaderamente prudente y cuyas palabras no se pierden en vano. Permita una pregunta, señor: ¿tal vez es usted el juez de estos fugitivos cuyos arrebatos ha calmado? Sí, usted ha aparecido hoy ante mis ojos como uno de aquellos antiguos patriarcas —un Josué, un Moisés— que conducían a sus pueblos desterrados a través de los desiertos y las rutas inciertas. El juez respondió gravemente:

—En verdad, nuestros tiempos pueden compararse a las épocas más graves de que nos habla la Historia Sagrada y la profana, pues aquel que vivió ayer y sigue en vida hoy puede decir que en tan pocas horas ha vivido muchos años. ¡Tanto se acumulan los acontecimientos en su rápida sucesión! A pesar de hallarme en pleno vigor, si miro hacia atrás me parece que pesa sobre mi cabeza una ancianidad centenaria. ¡Oh! Podemos compararnos perfectamente con los que, en horas terribles, en días de aflicción vieron al Señor en medio de un matorral ardiendo, como a nosotros se nos ha aparecido entre el fuego y las nubes de la guerra.”

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19 de Septiembre

Todo el universo es un anuncio resplandeciente de la existencia de Dios. La belleza de todo lo creado es una escuela diaria para que nuestra mirada se vaya adaptando a la sublime belleza que nos espera en el cielo. El pintor palentino Pedro Berruguete confesaba en sus cartas familiares que los colores de los cielos y de la tierra son el rostro de Dios. La hermosura de las criaturas, con una finalidad desinteresada, no tiene otra causa que la de esponjar el corazón humano por encima del utilitarismo  y practicismo dominante. Contemplar un amanecer o un atardecer o un almendro o un cerezo en flor o las cumbres nevadas frente a un azul prístino te recuerdan sin palabras, que no sólo de pan vive el hombre. Toda la poesía, todo el arte verdadero es una canto a la creación, incluso cuando lo hace en forma de llanto o elegía o de dolor.

Qué son en pintura o en poesía los paisajes, los bodegones, las miríadas de lucecitas de un cielo estrellado, sino un suspiro consciente o inconsciente por el cielo. No es ocasión para recorrer la historia del arte.

En nuestro tema de hoy sí queremos recordar La Divina Comedia de Dante, la gran epopeya de la cristiandad. En esa estructura de camino, en que Dante, tras descender al Infierno y atravesar el Purgatorio, acompañado de Virgilio, sube hasta el cielo. En esa etapa del camino su guía será  Beatriz, amor antiguo y alegoría de la Teología. En su recorrido, no tiene otro medio para expresar la maravilla de Dios que recurrir, por vía de comparación, a las imágenes aprendidas en el peregrinaje de la vida. La luz refulgente se convierte en imagen de Dios y en un río luminoso entre cuyas aguas se deleitan las almas  que arribaron victoriosas al cielo.  O en  una rosa mística espléndida por su  hermosura y grandeza. En el canto XXX del Paraíso describe Dante la maravilla contemplada:

    Y vi una luz viniendo como un río

                fúlgido de fulgor, entre dos riberas

63             salpicadas de admirable primavera.

                De la corriente brotaban centellas vivas,

                que de todas partes llovían en las flores,

66             como rubíes que el oro circunscribe;

                luego, como embriagadas de olores

                sumergíanse en el admirable torbellino,

69             y la una se metía y la otra se salía afuera.“

 

Y a continuación el empíreo se transforma en una rosa gigantesca, la rosa sempiterna.

 

                Luz hay allá arriba que hace visible

                al creador a toda criatura

102            que de sólo verlo funda su paz.

                Y se extiende en circular figura,

                de tal tamaño que su circunferencia

105            sería del Sol demasiado amplia cintura;

                de rayos consiste toda su apariencia

                que se reflejan en la cumbre del primer móvil,

108            que obtiene de allí su vivir y su potencia.

                Y como colina que en el agua sus laderas

            espeja, como para verse bella,

111            cuando de verdura y flores rebosa

                 así, sobre la luz y flotando en torno,

                vi espejarse en mil graderías las almas todas

    114      que de nuestro mundo han hecho allí arriba su retorno.

                Y si el ínfimo grado recoge

                tan gran luz, ¡cuál será de esta rosa

117            la magnitud de sus extremas frondas!

 

San Agustín  en Las confesiones nos ofrece, en canto  apasionado, su actitud exultante ante el hallazgo de Dios como Amor y como Hermosura:

“Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no lo estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serian. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed, me tocaste, y abraséme en tu paz.”

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5 de Septiembre

CLAVES DEL AMOR DE AMISTAD EN EL MATRIMONIO

Antoine de Saint Exúpery

Nos acercamos de nuevo a Ciudadela, de Antoine de Saint Exupéry.  Es una obra póstuma. Se publicó en 1948, cuatro años después de su muerte. La novela es inacabada. Son como apuntes que el escritor toma de sus mil variadas reflexiones. No se trata de una novela de acción o de aventura. No hay intriga. No aparecen héroes ni heroínas. Se trata de un texto poético en el que el autor pretende desvelarnos sentidos olvidados o ignorados que pueden ayudar a los humanos a encontrar una felicidad perdida. Es una obra para leer muy despacio y con gran atención. No es libro que se pueda leer de una tirada o durante los desvelos de una noche.

 La nostalgia del Paraíso Perdido ha sido siempre un acicate para buscar alivios que acerquen a los seres humanos a esa felicidad originaria. La humanidad con sus solas fuerzas ha equivocado el camino, sobre todo cuando ha convertido los medios en fines. Esta es una clave para comprender el mundo moderno y contemporáneo. Los mesianismos terrenales surgidos a lo largo de la Modernidad se han hundido. No han traído la felicidad anhelada, sino que, por el contrario, han engendrado, como resume la conocida frase de Churchill: “sangre, sudor y lágrimas”.

Saint-Exupéry pertenece a esa clase de hombres dotados de una sensibilidad excepcional para desvelar verdades  que ayudan a mejorar la vida humana. Marchan contra corriente, sin importarles  las normas sociales de su tiempo.  Hombres de pensamiento y reflexión profundos, dotados con el don de la palabra, ofrecen frutos nuevos para alimento del alma.

Os ofrezco dos fragmentos que hablan del amor. Son dos textos complementarios. El primero pertenece al párrafo 203 y el segundo al 205. Frente a la visión hedonista y directamente sexual, hoy tan extendida, la concepción de Saint-Exupéry, recupera un candor del que estamos muy necesitados. Necesitados del amor de amistad

El primero de los dos textos define la naturaleza del amor y precisa el contexto  imprescindible para que pueda aparecer y ejercitarse. El amor, también el humano, exige silencio y contemplación. Lo dice con más vigor: “audiencia en silencio”, “amar es contemplar”. Es muy frecuente confundir el amor con la posesión. Quedarse en gestos, expresiones, detalles de su rostro, labios, sonrisa, brazo tierno, soplo de su presencia, mantenerse en dudas o incertidumbre es posesión y no verdadero amor.

El amor exige, incluso en los interrogatorios “posesivos como procesos judiciales”, renunciar a las apariencias y presentarnos “en nuestra miseria, tal como somos”. ¿Y todo esto por qué? Porque ha llegado la hora del hallazgo auténtico del amor: el amor es ella y no sus apariencias ni sus accidentes temporales. El amor supone el encuentro en el ser de dos identidades verdaderas, no de dos meras apariencias.

 “El amor es ante todo audiencia en el silencio. Amar es contemplar. Llega la hora en que mi centinela desposa la ciudad. Llega la hora en que alcanzas de tu amada lo que no es un gesto, ni otro, un detalle del rostro, u otro, una palabra que pronuncia, ni ninguna otra palabra, sino Ella.

Llega la hora en que un solo nombre basta como oración porque nada tienes que agregar. Llega la hora en que nada exiges. Ni los labios, ni la sonrisa, ni el brazo tierno, ni el soplo de su presencia. Pues te basta que Ella sea.”

 

El texto segundo abunda en ideas semejantes. El primer párrafo compara al mal amador con el loco que cava entre las ruinas buscando un tesoro imaginario. Quien busca el placer entre las mil voluptuosidades se empeña inútilmente en encontrar el amor. Sus palabras no pueden ser más luminosas: “No encontré más que a mí mismo. Nada tengo que hacer conmigo, Señor, y el eco de mi propio placer me fatiga”.

El amor necesita de la ceremonia y del rito para que se transforme en fiesta que nos eleve sobre la vulgar realidad. La sed que siente el hombre  no se calma con la materialidad de las cosas ni con su posesión. Las piedras  logran la grandeza de su ser cuando se adivinan en ciernes sus basílicas y sus catedrales ocultas. La alegría brota del ceremonial de las piedras igual que el  amor. Y siempre será un misterio porque no nos llenan  las bellezas transitorias. De nuevo el “por qué,  Señor, esto no basta” de Blas de Otero.

El amor no debe ser muro contra el  que tropezamos, sino puerta. Y debe ser una; y no dispersa ni fragmentada; una “en el silencio de mi amor”.  Sólo quien reduce el amor a “cosas” está en la pendiente de la decepción.  Las cosas son envidiables. Siempre hay una joya superior a otra, siempre hay un rostro más bello. La grandeza no está en las cosas sino en el sentido que las cosas tienen. La perfección sólo está en Dios. Dice así el fragmento:

 “Comparable, pues, a ese loco que va de noche cavando la aridez, no encontré en la voluptuosidad nada que no fuese placer avaro y prodigiosamente inútil. No encontré más que a mí mismo. Nada tengo que hacer conmigo, Señor, y el eco de mi propio placer me fatiga.

Quiero construir el ceremonial del amor para que la fiesta me conduzca a otra parte. Pues nada de lo que busco, y de lo que tengo sed, y de lo que tienen sed los hombres, es del estadio de los materiales disponibles. Y se extravía aquel que busca entre las piedras lo que no es de su esencia, cuando podría emplearlas para construir su basílica; porque su alegría no puede extraerse de una piedra entre otras piedras, sino de cierto ceremonial de las piedras, cuando la catedral esté construida. Así, tal mujer, la hago inconexa si no leo a través de ella.

Señor, desnuda tal esposa, viéndola dormir, me será dulce que sea bella y delicada de coyunturas y tibia de senos, y ¿por qué no tendré en ello mi recompensa?

Pero he comprendido tu verdad. Importa que ésa que duerme y a la que despertaré pronto, con sólo posar mi sombra, no sea el muro contra el cual tropiezo, sino la puerta que conduce más allá; y que no la disperse en materiales diversos, en busca del imposible tesoro, sino que la tenga bien anudada y una en el silencio de mi amor.W

 

El último párrafo reafirma la clave de la fidelidad y del verdadero amor:

“Duerme tranquila en tu imperfección, esposa imperfecta. No choco contra un muro. Tú no eres finalidad y recompensa y joya venerada en sí misma, de la que pronto me cansaría, tú eres camino, vehículo y acarreo. Y no me cansaré de transmutarme.”

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15 de Agosto

Permitidnos  recordar uno de los textos clásicos más expresivos de la contradicción humana entre el bien que desea y el mal que obra: Siglo IV antes de Cristo. Jenofonte en su Ciropedia. Grandioso por el comportamiento de Ciro, el general vencedor de los persas, y la petulancia del joven inexperto Araspas. La sabiduría popular ha resumido lo ambiguo e inestable de nuestra condición con aquella sentencia de que “quien no vive como piensa, acaba pensando como vive”. Ciertamente, nuestros deseos, dejados a sí mismos, nos pueden conducir de manera ciega al desvarío.

Puso el dedo en la llaga San Pablo cuando nos confesó  la contradicción en que nos movemos entre el bien que deseamos y el mal que hacemos.  Nuestra naturaleza humana está herida. Ignorarlo es renunciar a la tarea más honrosa de la educación. Ejercitar las virtudes, esta es la cuestión. Crear hábitos que fortalezcan nuestra debilidad. No existe otro camino para aprender a ser dueños de nosotros mismos. La vieja doctrina del pecado original encuentra aval en la experiencia universal de la Humanidad.

 Ante realidad tan contradictoria como palmaria cada cual trató de explicarla como pudo. Jenofonte pone en boca de Araspas, el protagonista de la anécdota que hemos seleccionado, la hipótesis de la existencia en cada ser humano de dos almas.

 “-Sí, Ciro, respondió Araspas, pues evidentemente tengo dos almas; …en efecto, si es una sola, no puede ser al mismo tiempo buena y mala, y desear a  la vez las buenas obras y las vergonzosas, y al mismo tiempo querer y no querer realizar los mismos actos; más bien parece evidente que tienen que ser dos almas: cuando domina la buena, realiza buenos actos, y cuando domina la malvada pretende actos vergonzosos” (Libro VI versículo  282)

Doctrina que en diversos libros expuso Platón, por ejemplo.

Sin embargo la conciencia nos identifica como una sola persona, capaz,  eso sí, de contradecir el bien que en verdad anhelamos.

JENOFONTE: “CIROPEDIA”   LIBRO V

“En ese momento quedó al descubierto la mayor parte de su rostro, el cuello y las manos, y sabe bien, Ciro, dijo, que, en mi opinión y en la de todos los demás que la vieron, por ahora no ha nacido ni ha habido en Asia una mujer de padres mortales tan hermosa; pero es absolutamente necesario, le exhortó, que la veas tú mismo.

Ciro, entonces, exclamó:

-No, por Zeus, y mucho menos si es tal como dices.

-¿Y por qué?, preguntó el joven.

-Porque, respondió Ciro, si ahora, después de oírte decir que es hermosa, me dejo convencer por tus palabras para ir a verla, aunque no dispongo de mucho tiempo, me temo que ella me convenza mucho antes para volver a verla y que, quizá, a partir de ese momento, descuide yo mis obligaciones para quedarme sentado contemplándola.

Y el joven, echándose a reír, dijo: -¿Crees tú, Ciro, que la belleza de un ser humano es capaz de obligar a alguien a actuar al margen del bien aunque no quiera? Si la naturaleza tuviera ese poder, obligaría a todos por igual. Mira cómo el fuego  quema a todos por igual, pues es así por naturaleza; pero,  en lo que respecta a las criaturas hermosas, los hombres se enamoran de unas y no de otras, y el uno de una, el otro de otra, pues se trata de un sentimiento voluntario, prosiguió. Y cada uno se enamora de quien quiere.

Asimismo, prosiguió, los individuos nobles no obligan a los hombres a amarlos ni a aspirar a lo que no deben, pero los seres miserables, creo, son incapaces de dominar todos sus deseos y luego culpan al amor. Por el contrario, los hombres nobles y honrados aunque deseen oro, buenos caballos o bellas mujeres, no obstante, pueden pasar fácilmente sin todos estos bienes, de suerte que no se apoderan de ellos al margen de la justicia. Así pues, yo, terminó, aun habiendo visto  a esa mujer y encontrándola muy bella, sin embargo, estoy a tu lado sobre mi caballo y realizo los demás deberes que me conciernen.

-Sí, por Zeus, exclamó Ciro, pero es que quizá te apartaste de ella antes de dejar pasar el espacio de tiempo que la naturaleza exige para que e! amor se apodere de un hombre, pues se puede tocar el fuego sin quemarse inmediatamente,

-Ten confianza, Ciro, dijo Araspas, que, aunque no dejara de contemplarla, no hay riesgo de que sea tal el dominio que ejerza sobre mí que me lleve a cometer una acción que no deba cometer.

-Muy bien dicho. Pues bien, dijo Ciro, custódiala como te pido, y ocúpate de ella, porque quizá esta mujer nos haya venido en e! momento oportuno.”

Pasado un tiempo Ciro se enteró de lo ocurrido. Araspas había sucumbido a los encantos de Pantea.  Lo llamó y le habló a solas: “-Araspas, veo que me temes y sientes una vergüenza terrible. Pon fin a estos sentimientos, pues oigo decir que los dioses sucumben ante el amor y también sé qué desgracias sufren los hombres por causa del amor, incluso  los que son tenidos por muy prudentes. Es más,  yo, mismo me conozco lo suficiente para saber que no podría ser tan fuerte como para permanecer insensible a los encantos conviviendo con ellos. Y yo, a tus ojos, soy el responsable de este asunto.”  Araspas lo interrumpió diciendo: “-Tu, Ciro, en esta situación te has portado como en las demás: afable e indulgente con las faltas humanas; en cambio, los demás hombres me hunden en la aflicción.”

La historieta  que nos cuenta Jenofonte nos alecciona, sin duda con gracejo, de que el único modo de librarse de la peligrosa prueba es huir de la ocasión. El texto contrapone la prudente actitud del gran Ciro y la inexperiencia juvenil de Araspas que se arriesga temerariamente. No se trata en el texto de una cuestión moral. No se enjuicia si el comportamiento amoroso del joven se aleja de un código moral. Simplemente no ha cumplido la palabra dada ni la responsabilidad adquirida de cuidar a Pantea. Las burlas le llueven de quienes, por  creerse selecto y superior, capaz de un dominio sobre sentimientos y pasiones, han comprobado que  su altanería ha quedado por los suelos, lo mismo que su orgullo. 

Ya advertía Aristóteles, hace también casi dos siglos y medio, de que sobre nuestras emociones y sentimientos no tenemos un dominio despótico sino político. Es preciso el hábito virtuoso y la constancia, además de la ayuda divina, para mantenernos como dueños de nosotros mismos, es decir, para que nuestra libertad sea real y consistente.

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1 de Agosto

Benedicto XVI en su encíclica Dios es amor, con su don de síntesis nos ofreció las claves para acertar en el camino personal del amor. Nos dijo con claridad:

“En cuanto espíritu encarnado, es decir, alma que se expresa en el cuerpo informado por un espíritu inmortal, el hombre está llamado al amor en esta su totalidad unificada.

El amor abarca también el cuerpo humano y el cuerpo se hace partícipe del amor espiritual.”

Esta realidad de seres fronterizos entre nuestra realidad carnal y nuestro espíritu inmortal, nos mueve a la búsqueda de un equilibrio entre fuerzas contrarias, pero cuando no se encuentra, la consecuencia es la frustración, el sentimiento de desazón, la tristeza, el grito o lamento de por qué esto no basta.

Siempre ha existido, en el arte en general y en especial en literatura, una creación claramente erótica, que incita a satisfacer deseos desordenados. Era considerada subliteratura, o como se denomina en nuestros días Underground (subterráneo en español), término de origen inglés con el que se designa a los movimientos contraculturales ajenos a la cultura principal.

En la sociedad neopagana en que vivimos la concepción del amor dominante es la de satisfacer a toda costa los deseos. Esa subliteratura ha ido ganado los terrenos de cultura principal y hasta oficial. En nuestra historia de manera rotunda desde el Modernismo de Rubén Darío: el hombre es sólo realidad corporal sometida a las pasiones, el amor es la más importante. Vivir para amar es vivir para gozar. En consecuencia, y en el fondo, vivir para usar y tirar.

Todo se subordina a la satisfacción de mis necesidades. En consecuencia: Individualismo, cosificación de todo:

  • Siempre a favor de las pasiones.
  • La educación encubre, no transforma.
  • Es un barniz de urbanidad y apariencia

  La consecuencia es demoledora. Desde OJOS PARA VER, podemos encontrar   en el arte y en la vida multitud de testimonios en que el esplendor de la belleza lo encontramos en la verdad desgarrada de las frustraciones, en el grito desolador de todo fracaso en el amor. Aun lo más abyecto puede ser ocasión para la hermosura. Nunca por exaltar lo abyecto. Siempre, por vía de catarsis o purificación, para poder aprender en cabeza ajena. El lujo de la prostitución, en las presentaciones más elegantes y exquisitas no oculta la degradación de la dignidad humana, abocada normalmente a la soledad y la tristeza

A.- Si uno lee un poema de Rubén Darío o de Pablo Neruda, por ejemplo, vemos que se canta a la mujer como instrumento o cosa para satisfacer o para integrarse en el universo. En un caso la mujer se hace cosa, en el otro, medio, pero nunca hay un encuentro personal, espacio para la confidencia y el cultivo de una amistad más necesario que el intercambio carnal.

Dice Neruda:

Amo el trozo de tierra que tú eres,

porque de las praderas planetarias

otra estrella no tengo. Tú repites

la multiplicación del universo.

Tus anchos ojos son la luz que tengo

de las constelaciones derrotadas,

tu piel palpita como los caminos

que recorre en la lluvia el meteoro.

De tanta luna fueron para mí tus caderas,

de todo el sol tu boca profunda y su delicia,

de tanta luz ardiente como miel en la sombra

tu corazón quemado por largos rayos rojos,

y así recorro el fuego de tu forma besándote,

pequeña y planetaria, paloma y geografía.

 

No nos extrañará que en el famoso poemario “20 poemas de amor y una canción desesperada” escriba el famoso verso, síntesis de la consecuencia de su modo de amar: “Puedo escribir los versos más tristes esta noche”. No, ese no es el camino del amor humano personal.

Lo mismo ocurre con su predecesor Rubén cuando en uno de sus iniciales poemas juveniles proclama

Amo los pálidos rostros
y las brunas cabelleras,
los ojos lánguidos y húmedos
propicios a la tristeza,
y las espaldas de nieve,
en donde, oscuras y gruesas,
caen, sedosas,
las gordas trenzas,
y donde el amor platónico
huye, baja la cabeza,
mientras, temblando, se mira

la carne rosada y fresca. 

Es digno de nuestro agradecimiento que al final, como una constante de su concepción hedonista del amor, como una consecuencia constante, proclame no la alegría, sino la tristeza. En el poema Mía, concluye: Yo triste; tú, triste. Mía hasta la muerte.  Por hermosas que sean las palabras y refinadas las imágenes, el proceso del vivir tras esa concepción del amor, lleva a la amargura y el vacío existencial. Cuántas obras de arte, pinturas, películas, novelas u obras dramáticas no expresan la desolación que espera en el camino del amor entendido como la búsqueda obsesiva del deleite.

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18 de Julio

Antoine Marie Jean-Baptiste Roger Conde de Saint-Exupéry

Hoy el don de la belleza os lo presentamos leyendo unas bellas reflexiones de Saint-Exupéry en su obra póstuma e inacabada “La ciudadela”, publicada en 1948. Sus capítulos, deslavazados en apariencia,  podían haber  sido configurados como una sucesión de ensayos. Habrían ganado en claridad expositiva; pero hubieran perdido el halo de solemnidad y  misterio poético que  las envuelve. Sus ideas hubieran quedado reducidas a una opinión más entre millares.  Hubiéramos pasado de ellas como quien oye llover.

Estamos hablando del sentido de la fiesta. Escuchemos sus palabras. Nos está hablando un rey de una ciudad imaginaria. ¿Cuál es la clave para que esa ciudadela sea perfecta? ¿Qué significa el ceremonial de las fiestas? ¿Por qué  una bacanal es una juerga sin alma? Al quedarse en diversión sin ceremonial ni sentido, ya no puede ser una fiesta. Contemplemos la belleza de sus palabras:

 

Capítulo CXXV

“La catedral es una determi­nada disposición de piedras todas semejantes, mas dis­tribuidas según líneas de fuerza cuya estructura habla al espíritu como si fuera el ceremonial de mis piedras. Y (entonces) la catedral es más o menos bella.

Exactamente (igual), la liturgia de mi año es una cier­ta disposición de días, en principio todos semejantes, pero distribuidos según líneas de fuerza cuya estructura habla al espíritu. Y así existen días en los cuales debes ayunar, otros en que sois convidados a reuniros, otros en los que no debes trabajar. Y son mis líneas de fuerza las que encuentras, igual que si fuera un cere­monial de mis días. Y (entonces) el año es más o menos vivo.

Exactamente lo mismo que existe también un ceremonial de los rasgos del rostro. Y el rostro es más o menos bello. Y un ceremonial de mi ejército: y así este movimiento te es posible, mas no ese otro que te hace tropezar con mis líneas de fuerza. Y el ejército es (de este modo) más o menos fuerte.

Existe así mismo un ceremonial de mi ciudad, pues he ahí el día de fiesta, o la campana de los muertos, o la hora de la vendimia, o el muro que construir en conjunto, o la comunidad durante el hambre y la repartición del agua en la sequía, y ese odre lleno no es para ti solo. Y (eso es lo que hace que estés)… en una patria. Y la patria es más o menos cálida.

Y no conozco nada en el mundo que no sea ante todo ceremonial. Porque no puedes esperar nada de una catedral sin arquitectura, de un año sin fiestas, de un rostro sin proporciones, de un ejército sin reglamentos, ni de una patria sin costumbres: No sabrías qué hacer con tus materiales en desorden.

Este rey que le va contando a su hijo cómo fundará la ciudad de los hombres le muestra que lo esencial no son las cosas sino el sentido de las cosas; la clave no es la ciudad, sino el sentido de la ciudad. ¿Y qué es ese “ceremonial”, esas “líneas de fuerza” que se muestran a través de todas las actividades de la vida que tienen lugar en la ciudad? Se refiere a su finalidad, a su valor, a su sentido, a la misión que cumplen para hacer la vida de los hombres más humana. Y esto es a la vez orden y norma, belleza y ceremonia, ritual y sentido, la “forma” que hace a la materia ser lo que es: una realidad habitable.

Es la unidad lo que da sentido al conjunto de las partes. Y éstas, las cosas materiales por sí mismas, carecen de sentido y realidad fuera de esa unidad que les hace ser lo que son: no piedras, sino catedral, no ruido, sino melodía. Y lo que ocurre con las cosas materiales ocurre también con las realidades espirituales, como el tiempo, la disposición de un ejército o la vinculación entre dos hermanos. Hay también un “ceremonial de los hombres” que nos vincula. Porque no somos solo individuos, sino hermanos, padres, compañeros, amigos, enemigos, jefes o súbditos, príncipes o mendigos. El hermano es templo, no un objeto inerte, un mero individuo.

Y prosigue, así, el rey:

¿Y por qué habrías de decirme que esos objetos en desorden son realidad, y que el ceremonial es ilusión, cuando el objeto mismo es ceremonial de sus partes?. ¿Por qué sería para ti menos real el ejército que una piedra? Pero he llamado piedra a un cierto ceremonial del polvo con que está compuesta. Y al calendario, ceremo­nial de los días. ¿Por qué habría de ser menos real el año que la piedra?

Aquéllos han descubierto sólo a los individuos. Y, por cierto, bueno es que los individuos prosperen y se alimenten, y se vistan, y no sufran exageradamente. Pero muere en ellos lo esencial y no son más que pie­dras en desorden, si no fundas en tu imperio un cere­monial de los hombres.

Pues de otra manera, el hombre no es ya nada. Y no llorarás más a tu hermano, si se muere, que el perro cuando otro de su misma clase se ahoga. Pero tampoco tendrás alegría por su regreso. Porque el regreso del hermano debe ser un templo que se embellece, y la muerte del hermano un derrumbamiento en el templo. ¿Cómo podría demostrarte lo que busco? No se trata de un objeto que habla a los sentidos, sino al espíritu.”

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4 de Julio

La pintura impresionista se ofrecía al público como una revolución: paisajes, escenas urbanas y motivos de la vida cotidiana plasmados en el lienzo con breves pinceladas de colores puros, claros, luminosos, eran una manera opuesta  al arte academicista imperante con sus majestuosos temas históricos o mitológicos pintados con colores oscuros y terrosos y una iluminación arbitraria.  La vida se abría paso en los lienzos en  un estallido de luz y de color con una fuerza tal que sigue siendo el movimiento artístico del arte moderno que  despierta máximo interés y asombro entre las multitudes  hasta nuestros días.

Renoir entra en la lista de pintores preclaros, creadores del movimiento artístico. En la mayor parte de sus obras busca la belleza externa de las cosas, y hasta de las personas, al encontrarse con la luz. Su choque desvela la policromía oculta invisible para el común de las gentes y descubierta por la genialidad del pintor. Sus paisajes son luz y colorido exuberante y los cuerpos femeninos desnudos, formas perfectas, como las Venus de la antigüedad, pero sin alma, simples objetos de deseo, en los que no interesa ya descubrir ni las costumbres ni el alma que hiciera de todo retrato una pintura que no tendría igual ni en el cielo ni en la tierra como enseñaba Marcial. Sólo en algunos retratos parece interesarle al autor el interior del personaje y es en ese momento cuando la obra adquierE su máximo esplendor. Con razón se ha dicho que el mundo pintado por los impresionistas refleja un mundo feliz, en el que no tienen lugar las secuelas del pecado original.

Preside la exposición “Renoir, intimidad” un hermoso lienzo titulado Mujer al piano. Pintado hacia 1875 dentro del más puro impresionismo. Frente a lo mitológico o la pintura histórica de grandes murales, se nos ofrece una obra en que el pintor descubre la belleza en la intimidad de una escena en el hogar. Si fuera una fotografía hablaríamos de una instantánea  en la que queda captado el momento fugaz de una joven ejercitándose en el piano. La muchacha aparece vestida con un largo traje blanco y elegantes ribetes negros, jugando el pintor con las sombras coloreadas que se proyectan por todo el vaporoso vestido. Su delicada piel también contrasta con el negro del piano. Las pinceladas son rápidas y empastadas, interesándose más el maestro por las atmósferas que por los detalles o las calidades táctiles. El espacio es muy limitado, por contraste resalta en la composición la variedad cromática, especialmente los amarillos y verdes. 

Mujer al piano, Renoir

Sin duda estamos en una morada distinguida. El vestido, el piano, el jarrón con su planta  nos hablan de elegancia, bienestar y gusto exigente y cuidado. En sí mismo constituiría un hermoso lienzo en el que la belleza de la joven centraría la unidad temática del cuadro.

Sin embargo parece que el cuadro quiere resaltar otra belleza mucho más elevada que la meramente física. La partitura y el piano nos llevan  al arte que se consigue mediante el ejercicio exigente y la constancia. La música se convierte en una aspiración superior que tiene que ver con el cultivo del espíritu. No es suficiente con tener un cuerpo hermoso o un rostro armónico, una apariencia corporal aunque cultivada y amable. La música pasa a ser escuela del alma o si quieren del espíritu, que permite acercarse a la vida con aspiraciones con las que el arte musical, como lenguaje más universal de emociones y sentimientos, nos desvela que existe una belleza mucho más elevada que la ofrecida por la materialidad de las cosas. Que el espíritu también necesita alimento, cuidado exigente y continuidad; pues aunque uno no se consiga ser un intérprete virtuoso, puede ser una persona capaz de discernir  y emocionarse con lo mejor.

La belleza es un don. Emocionarse con ella es una tarea que exige esfuerzo y aprendizaje. El arte exige educación. La disciplina, la sujeción,  el orden, penoso en el origen, es campo de liberación cuando se incorpora en hábito al potencial de nuestros  recursos. El saber no ocupa lugar.  Renoir sentía predilección por escenas como esta, bien de niñas al piano, o bien de jóvenes entregadas a la lectura como recreo y deleite. Belleza sobre belleza. Curiosamente frente a una visión materialista y utilitaria, el aprendizaje del arte es un paso hacia las necesidades interiores del espíritu, que no es Dios, pero  que nos acerca a Dios.

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13 de Junio

La belleza no se encuentra solo en las palabras, gestos, y signos que en el altar se van manifestando. En la santa Misa es un motivo de asombro la organización y sucesión de cada elemento en el conjunto total o en cada una de las partes, lo que se suele llamar la estructura del texto: valor que adquiere cada elemento si tienes en cuenta el lugar que ocupa dentro de  la totalidad de los que conforman la parte.

El ara del altar se ha configurado en la mesa del banquete. Aparentemente todo sigue igual, pero ahora, manteles y corporales adquieren protagonismo, vamos a participar en el banquete del Cordero sacrificado, del Cordero de Dios que quita el  pecado del mundo.

Dos “amenes” lo estructuran y una cuarta elevación del cáliz y de la Hostia Santa. En el primer “amén” cerramos la plegaria eucarística con la exaltación por Cristo con Él y en Él, en unión con el Espíritu Santo, al Padre, a quien damos todo honor y toda gloria.

El segundo “amén” es personal, es el que pronunciamos asintiendo a las palabras de quien nos acerca al Señor. Nuestro  Amén ratifica la divinidad del cuerpo que recibimos y asentimos al deseo de que este cuerpo sirva de alimento para la vida eterna. La sucesión de cada uno de los elementos va configurando  una sinfonía in crescendo. Rezamos el Padrenuestro, proclamamos nuestra esperanza en la gloriosa venida de Jesucristo a quien le reconocemos el reino, el poder y la gloria, como señor del tiempo y de la historia,  recordamos que sólo Jesús es el príncipe de la paz de quien procede la paz y la unidad para la Iglesia y para el mismo mundo. En la unión de un fragmento de la Hostia con el vino, que es un gesto menor en apariencia, se realiza la unión del cuerpo y de la sangre: se nos presenta visiblemente que Cristo ha resucitado.

Es en este momento de la fracción del pan, el que en la última Cena tuvo lugar a continuación de la consagración, cuando se termina esa suspensión del tiempo que nos hace contemplar, mientras brotan a sus pies nuestras oraciones, a Cristo pendiente en la cruz, ofrecido al Padre para restaurar la Alianza, al que le dirigimos la segunda parte de la plegaria Eucarística y el comienzo del rito de la Comunión.

Este es el momento en que Cristo como Cordero Pascual que  quita el pecado del mundo y que nos trae la Paz, atrae nuestras miradas. Si antes nos dirigíamos al Padre, ahora centramos nuestra atención directamente en Jesucristo, que nos va a llegar como alimento para la vida eterna. Sin la Eucaristía no podemos vivir, sin su comunión se hace largo y pesado el camino. Es la apoteosis del encuentro del creyente en la intimidad de su espíritu con el Señor. 

Adoro te devote, latens Deitas,

Quae sub his figuris vere latitas:

Tibi se cor meum totum subiicit,

Quia te contemplans totum deficit.

Visus, tactus, gustus in te fallitur,

Sed auditu solo tuto creditur.

Credo quidquid dixit Dei Filius:

Nil hoc verbo Veritatis verius.

In cruce latebat sola Deitas,

At hic latet simul et humanitas;

Ambo tamen credens atque confitens,

Peto quod petivit latro paenitens.

Plagas, sicut Thomas, non intueor;

Deum tamen meum te confiteor.

Fac me tibi semper magis credere,

In te spem habere, te diligere.

O memoriale mortis Domini!

Panis vivus, vitam praestans homini!

Praesta meae menti de te vivere

Et te illi semper dulce sapere.

Pie pellicane, Iesu Domine,

Me immundum munda tuo sanguine.

Cuius una stilla salvum facere

Totum mundum quit ab omni scelere.

Iesu, quem velatum nunc aspicio,

Oro fiat illud quod tam sitio;

Ut te revelata cernens facie,

Visu sim beatus tuae gloriae.

Amen

Te adoro con devoción, Dios escondido,

oculto verdaderamente bajo estas apariencias.

A Ti se somete mi corazón por completo,

y se rinde totalmente al contemplarte.

Al juzgar de Ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto;

pero basta el oído para creer con firmeza;

creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios:

nada es más verdadero que esta Palabra de verdad.

En la Cruz se escondía sólo la Divinidad,

pero aquí se esconde también la Humanidad;

sin embargo, creo y confieso ambas cosas,

y pido lo que pidió aquel ladrón arrepentido.

No veo las llagas como las vio Tomás

pero confieso que eres mi Dios:

haz que yo crea más y más en Ti,

que en Ti espere y que te ame.

¡Memorial de la muerte del Señor!

Pan vivo que das vida al hombre:

concede a mi alma que de Ti viva

y que siempre saboree tu dulzura.

Señor Jesús, Pelícano bueno,

límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre,

de la que una sola gota puede liberar

de todos los crímenes al mundo entero.

Jesús, a quien ahora veo oculto, te ruego,

que se cumpla lo que tanto ansío:

que al mirar tu rostro cara a cara,

sea yo feliz viendo tu gloria.

Amén.

Tomar conciencia de la maravilla de este misterio nos hace agradecidos. Sin este encuentro es muy difícil la fidelidad. Sin esta experiencia de Dios, sin este encuentro con el Dios personal que nos ama, se reduce la celebración a un rito  sociológico de costumbres sin alma, vacío y rutinario. Abandonarnos, en la intimidad, a solas nada menos que con Dios -en Jesucristo y en Él con el Dios Trinidad-, hace del vivir un gozo, aún en las adversidades e inclemencias de la vida, porque todo adquiere su verdadero sentido.

La oración última de comunión refuerza el don recibido y suplica a Dios su eficacia sobrenatural en nosotros.

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