El Don de la Belleza

16 de Mayo - 2017

Iniciar mayo a las puertas de un monasterio camaldulense es como, tras ascender a una cumbre, percibir que, sea quien sea el monje que te abra, vas a sentir en el silencio la presencia de Dios  y lo más sorprendente, el cobijo maternal de la Virgen Santísima. 

Y fue aún más asombroso. Doce monjes cobijados en sus mantos blancos y arrebujados en el silencio de sus capuchas salían de sus eremitas y presurosos sobre los caminos de la tarde, al son de la campana, acudían a la Iglesia al rezo del rosario. Todo era quietud y silencio, pero no soledad. Sus genuflexiones al Santísimo nos hicieron  visible a Dios y ellos lo sabían;  pero el ritmo sosegado y coral de cada uno de los misterios, siempre en sus adentros, te hacían percibir al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo con quien hablaban y, en cada avemaría,  la sonrisa de la madre, que endulzaba  su ensimismado silencio. Y su yermo y su extremo desierto, prodigiosamente se convertían  en sus almas en jardines colgantes de la nueva Jerusalén prometida.

Cuando  escuchaba sus oraciones me vinieron al recuerdo las palabras del gran maestro de espiritualidad Abelardo de Armas seleccionadas para el día 21 de mayo en su preciosa antología de textos titulada Mirad a María: “¡Qué duda cabe de que, cuando María se encontraba destrozada, con Jesús entre sus brazos muerto, y  se acercaron Nicodemo y José de Arimatea  para decirle: ”Señora aquí tenemos un sepulcro nuevo donde poder enterrarlo, Ella los miraría agradecida!... Era una preocupación para la Virgen dónde depositar a su hijo, porque el Talmud prescribía que los ajusticiados tenían que ser sepultados en la fosa común o en un sepulcro sin estrenar. ¿Tendría que ir a la fosa donde estaban ya los cadáveres de los malhechores anteriormente ejecutados? Aquello era un drama para la Virgen Madre. Cuando José de Arimatea le ofreció el sepulcro, qué duda cabe de que  entre el dolor inmenso de la Virgen, emergería una sonrisa de agradecimiento.

Tenemos que ofrecernos a la Virgen, amonesta Abelardo, y decirle: “Madre, mira, soy un  sepulcro. De mí no se puede esperar más que corrupción”. Y de pronto Abelardo nos pregunta: “¿No habrá aquí unas almas dispuestas a ofrecerse y ser consoladoras del Corazón de Jesús?”

Y mi corazón se iluminó: estos monjes han abierto la soledad de su vida para acoger y consolar a Cristo, muerto y resucitado, encerrándose ellos en vida en un sepulcro nuevo. Y seguía escuchando a Abelardo: “nos va a tratar duro. Es la forma escogida para santificarnos”. Era evidente, qué dura me parecía este modo de vida. Sin la sonrisa de María me parecía insufrible. Entonces se me hizo luminoso  otro lema de sus celdas: “QUOTIDIE MORIOR, UT SEMPER VIVAM.”

Antes de entrar en el monasterio, en el atrio cubierto, sentados en sus bancos de piedra, refugio para la espera y cobijo para los viandantes, sentíamos estar envueltos en la hermosura de la Creación. El entorno era todo naturaleza, atardecer primaveral en un bosque enmarañado de zarzas y maleza, atravesado por senderos de cazadores y de andantes montañeros que curten sus cuerpos y sus almas con la belleza de la luz, el aire puro, el cielo entreverado de azul y nubes, el canto salmódico de los mirlos y el bullicioso son de jilgueros y ruiseñores. Qué placidez de mundo en paz, en calma, alivio para griteríos y bullicios ciudadanos, y presagio de que no todo está perdido, que todavía siquiera la hermosura nos sigue amonestando que no sólo de pan vive el hombre. 

Era antes de entrar en el monasterio, era en el silencio que le rodea, era en el paisaje de cumbres y de sierras, violetas en la distancia, en competencia  de azules, cuando se nos hacían verdad   los sublimes versos de Fray Luis de León:

 

“¡Qué descansada vida

la del que huye del mundanal ruido

y sigue la escondida

senda por donde han ido

los pocos sabios que en el mundo han sido...

...

Despiértenme las aves 

con su cantar sabroso no aprendido; 

no los cuidados graves 

de que es siempre seguido 

el que al ajeno arbitrio está atenido. 

...

Vivir quiero conmigo;

gozar quiero del bien que debo al cielo,

a solas, sin testigo,

libre de amor, de celos,

de odio, de esperanzas, de recelo...”. 

 

Este es sentir universal de los que vivimos entre las tensiones y afanes y ajetreos y los trabajos de cada día. Claro: vivir quiero conmigo, a solas sin testigo. Pero aún más:

 

Y mientras miserable- 

mente se están los otros abrasando 

con sed insacïable 

del peligroso mando, 

tendido yo a la sombra esté cantando. 

 

Esto es lo que sienten los  hastiados del mundo. Pero no los monjes camaldulenses de Herrera. Es otra la cuestión. Ellos, como los conquistadores españoles que soñaban con encontrar la mítica región de El Dorado, están a la espera de hallarse con el Señor, siempre el oído a la escucha.   Lo que expresó en su lira  San Juan de la Cruz:

 

"Quedéme y olvidéme

el rostro recliné sobre el Amado

cesó todo y dejéme,

dejando mi cuidado

entre las azucenas olvidado."

 

       Cuando abandonamos el monasterio, como si capas y capuchas hubieran envuelto nuestro corazón, salíamos convencidos de que dentro habíamos sido testigos de otra realidad: Dentro estaban  los  peregrinos del alma, los que empiezan a descubrir que Dios existe y qué solo Dios basta. Este no es el refugio para quienes huyen del mundo. Este es un oasis para los que anhelan, en el  retiro y en el silencio, escuchar a Dios. Aquí no hay fugitivos, sino afanosos buscadores del Tesoro escondido, del Dios por el que nuestro corazón está inquieto hasta no descansar en Él.

 

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2 de Mayo - 2017

Para esta sección “El don de la Belleza”, quiero centrar mis palabras en un texto de las Memorias de la Hermana Lucía, [1] en apariencia menor, que me llamó la atención. Hace referencia a la devoción de Jacinta a los Corazones de Jesús y de María. Nos cuenta la hermana Lucía esta curiosa anécdota:

 “Poco tiempo antes de ir al hospital, me decía: – Ya me falta poco para ir al Cielo. Tú te quedas aquí para decir que Dios quiere establecer en el mundo la devoción al Inmaculado Corazón de María. Cuando sea el momento de decirlo, no te escondas. Di a toda la gente que Dios nos concede las gracias por medio del Inmaculado Corazón de María; que se las pidan a Ella; que el Corazón de Jesús quiere que, a su lado, se venere el Inmaculado Corazón de María; que pidan la paz al Inmaculado Corazón de María, que Dios se la entregó a Ella. ¡Si yo pudiesse meter en el corazón de todo el mundo el fuego que tengo dentro de mi pecho, quemándome y haciéndome amar tanto al Corazón de Jesús y al Corazón de María!.

Un día me regalaron una estampa del Corazón de Jesús, bastante bonita para lo que los hombres pueden hacer. Se la llevé a Jacinta: – ¿Quieres esta estampa? La cogió, la miró con atención y dijo: – ¡Es tan feo! No se parece nada a Nuestro Señor, que es tan bonito; pero la quiero, ya que siempre es Él. Y la llevaba siempre consigo. Por la noche y durante la enfermedad, la tenía bajo la almohada, hasta que se rompió. La besaba con frecuencia y decía: – Lo beso en el Corazón que es lo que más quiero. ¡Quién me diera también un Corazón de María! ¿No tienes ninguno? Me gustaría tener los dos juntos. En otra ocasión, le llevé una estampa con un sagrado cáliz y una hostia. Lo cogió, lo besó; y, radiante de alegría, decía: – Es Jesús escondido. ¡Lo quiero tanto! ¡Quién me diera recibirlo en la iglesia! ¿En el cielo no se comulga? Si se comulga allí, yo comulgo todos los días. ¡Si el Ángel fuese al hospital a llevarme otra vez la Sagrada Comunión! ¡Qué contenta me quedaría! A veces, cuando volvía de la iglesia y entraba en su casa, me preguntaba: – ¿Comulgaste? Si le decía que sí: – Acércate aquí, lo más cerca de mí, que tienes en tu corazón a Jesús escondido.

Otras veces me decía: – No sé cómo es: siento a Nuestro Señor dentro de mí. Comprendo lo que me dice; pero no lo veo ni lo oigo; ¡pero es tan bueno estar con Él! En otra ocasión: “– Mira ¿sabes? Nuestro Señor está triste; porque Nuestra Señora nos habló así para que no Le ofendiesen más, que ya está demasiado ofendido, y nadie hace caso; continúan cometiendo los mismos pecados.”

El texto es digno de atenta reflexión. La Virgen quiere que sean venerados juntos los Corazones de Jesús y de María, como remedio de salvación  e instrumento de Paz para nuestro mundo. Reconoce y denuncia que se siguen cometiendo los mismos pecados sin tener en cuenta los grandes avisos y mensajes del cielo.

 

  

        Pero para nuestras cuestiones sobre la belleza el texto en boca de una niña de nueve años nos ofrece unas consideraciones luminosas. Los tres pastorcillos han contemplado la Belleza de los ángeles,  la esplendente blancura irradiante de luz de María y la belleza sin igual de Jesucristo. La han visto tal cual es. A partir de esa experiencia toda la belleza de la tierra les parece poca cosa. 

 

 

[1] Hermana Lucía, Memorias de.  12ª edición, Fátima Portugal 1912. Páginas 130 a 132

 

 

Lo que San Juan de La Cruz decía, “no me enviéis más mensajeros, que no saben decirme lo que quiero”, los tres pastorcillos, difícilmente podían conformarse con cualquier intento humano por representarlo en una  imagen, por hermosa que pareciese al común de los mortales. Los verdaderos artistas lo saben. Recordáis a Pedro Berruguete confesándole a su esposa por carta que no se atrevía a pintar el rostro de Cristo crucificado para la tabla central del Retablo de la catedral de Ávila, pues si lo representaba excesivamente doliente ocultaba su divinidad y si lo hacía excesivamente divino, se ocultaba la pasión del Redentor. Jacinta con la espontaneidad de una niña le confiesa a Lucía que la imagen  es muy fea. Por prodigiosas que nos parezcan las obras más sublimes del arte religioso, siempre son remedos, sombras de la verdad referida. Pero al mismo tiempo son un canto al esfuerzo de los artistas:

“…Pero la quiero, ya que siempre es Él.” Y la llevaba siempre consigo. Por la noche y durante la enfermedad, la tenía bajo la almohada, hasta que se rompió. La besaba con frecuencia y decía: “– Lo beso en el Corazón que es lo que más quiero. ¡Quién me diera también un Corazón de María!”. En su candoroso lenguaje y en su no menos candoroso comportamiento Jacinta, la ignorante pastorcilla de Aljustrel nos ha dado en la clave del arte religioso universal. La belleza del cosmos y la belleza del arte son una escuela que prepara nuestra sensibilidad para admirar la belleza del cielo.

 

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18 de Abril - 2017

    Se ha comparado la celebración eucarística con el género dramático. Sin  duda hay un escenario donde va a tener lugar la representación, el altar; y un actor, el sacerdote, que en nombre de Cristo, va a presentar ante la asamblea la muerte y resurrección del Señor. No se trata de un monólogo en el que en voz alta se comunica el contenido de la celebración. Se trata de un diálogo, a veces con los fieles que responden a sus propuestas; pero siempre, siempre es un diálogo con Dios, el Padre bueno al que dirigimos nuestras alabanzas y súplicas.

   Sin embargo no se trata de una representación escénica en que se nos cuenta o evoca algo. Se trata de una presentación en vivo y en directo en que, ante nuestros ojos y oídos, vuelve a acontecer el sacrificio, muerte y resurrección de Cristo en la Cruz, como ofrenda al Padre. No se evoca un acontecimiento pasado. En  la representación eucarística vuelve a tener lugar el drama de la cruz.

   El centro de nuestra celebración es el altar, no el escenario ni siquiera el proscenio, sino el ara o piedra sobre la  que  se va a realizar el sacrificio, siempre incrustadas reliquias de algún mártir; y como segundo elemento indispensable, durante toda la celebración, pero en especial en la liturgia eucarística, la imagen visible de Cristo crucificado.

   Tres secuencias  distribuyen esta segunda parte de la liturgia de la Misa: la ofrenda, el prefacio, y la plegaria eucarística, esta última dividida a su vez en dos partes: la consagración o  sacrificio y la solemne oración ante Cristo crucificado, dirigida al Padre. Sobre tres pilares se sustenta la organización de la Liturgia Eucarística, tres momentos, en clímax ascendente, en que el celebrante eleva  el cáliz y el pan, primero como ofrenda, segundo como víctima sacrificada presente en la hostia y en el vino, expresión del misterio de nuestra fe; y en el  tercero la oración eucarística se cierra  con la doxología, con la fórmula de alabanza a la Trinidad: «Por Cristo, con Él y en Él...", con la que expresa el celebrante solemnemente la glorificación de Dios. Todo lo demás es la palabra, degustada interiormente en nuestro corazón.

    Como en una sinfonía, la palabra es cambiante y transformadora. Se dirige siempre al Padre, en presencia del Espíritu y espera al Hijo, que desde el cielo ha de bajar al altar, como decimos en el Sanctus, “bendito el que viene en nombre del Señor”. Bendecimos a Dios Señor del universo en el ofrecimiento del pan y del vino, volvemos a glorificarlo en el Sanctus como Dios y Señor del universo y conscientes de que el prodigio que va a tener lugar nos es concedido de lo alto, le suplicamos al Señor, fuente de toda santidad que santifique “estos dones con la efusión del Espíritu Santo de manera que se conviertan en Cuerpo y Sangre de Jesucristo nuestro Señor”.

    Esto surge desde la voz de alabanza y súplica de toda la Iglesia, como en preparación del momento sublime concedido sólo y directamente por el Señor, cuando mandó en la última cena a sus discípulos: “haced esto en memoria mía”. Y es en ese momento cuando el sacerdote, con su voz de hombre, da lugar a que sea el mismo Cristo quien pronuncie las palabras del sacramento que convierten realmente el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor,  “según el rito de Melquisedec”, en que el pan y el vino suplen a todos los animales del sacrificio, y se transforman en el  único cordero pascual que quita el pecado del mundo.

   Este es el misterio de nuestra fe, esto es lo que se ha ocultado a los sabios y entendidos y se ha revelado a los pequeños y humildes. No hay palabras, ni culto que con tanta sencillez no solo aplaque a Dios, sino que nos eleve a hijos y herederos del Padre.

   Hemos pasado de la alabanza humana a la vivencia mistérica del sacramento, sin espasmos, ni estridencias, desde la gozosa experiencia del corazón. El cielo ha abierto su morada y ha acampado en medio de nosotros. Por eso sin el domingo no podemos vivir. Sublime belleza, sublime verdad, sublime bien.

 

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21 de Marzo - 2017

    Es rasgo distintivo de la liturgia romana la simplicidad de la forma, parca en gestualidad y centrada en la precisión de la palabra. El ritual es más complejo en las misas que llamamos solemnes y que antiguamente denominábamos la misa mayor. En ellas llama la atención la mayor presencia del incensario alrededor del altar, al iniciar la lectura del Evangelio o al incensar a los celebrantes, a la cruz y al pueblo. Pero en nuestras misas diarias e incluso en las dominicales, frente a la exuberancia oriental, predomina la parquedad o si prefieren la sobriedad. El protagonismo se lo lleva la palabra, el contenido de los textos que ahorman la celebración.

 

     Hoy pueden parecernos pasados de moda aquellos preceptos de los catecismos antiguos: “oír misa entera los domingos y fiestas de guardar”. A mí siempre me ha parecido un mandato muy oportuno y muy realista. Está claro que al celebrar el rito bautismal queremos ser testigos y alzarnos de puntillas para ver lo más que podamos. Ocurre lo mismo en las bodas. Hay que ver lo de los anillos, arras y demás componentes. En una misa ordinaria si no escuchas, si no oyes, te pierdes lo mejor. Es mortal la rutina y la costumbre. Por ello reivindico el mandamiento eclesiástico antiguo de oír misa entera siempre que vayamos a misa. Sí, sí: Oír misa entera. Y no porque nos tengamos que marchar a mitad de la ceremonia, sino por nuestra calamitosa condición que nos distrae con los mil afanes cotidianos. No nos distraen los niños, sino las mariposas de nuestra fantasía. Escucharla para entenderla y así poder admirarla.

 

       Es un prodigio de claridad el texto ordinario, que con nitidez rotunda proclama en cada momento la parte del misterio que vamos a celebrar; pero al mismo tiempo tiene en cuenta la totalidad como si de una sinfonía se tratase.

 

     Todas las artes se han acercado a la celebración eucarística para captar su misterio y su belleza. La arquitectura busca crear espacios dignos del Dios que nos va a visitar. Nuestros templos son la casa de Dios. ¿Qué son las grandes catedrales góticas o las solemnes iglesias barrocas, sino espacios adecuados que desde nuestra condición de hombres, nos parecen dignos de acoger a la divinidad? ¿Qué es la Sagrada Familia de Gaudí, por ejemplo, sino el espacio que hace visible la invisibilidad de Dios? ¿Qué diremos de la pintura o de las imágenes cristianas, legítimas y posibles desde la encarnación de Dios, frente a los iconoclastas? Todas las grandes obras de arte son una epifanía en la que Dios aparece y resplandece.

 

     Recordemos el acertado juicio sobre la experiencia de las artes que nos dijo Benedicto XVI[1]: “Acabamos de escuchar el órgano en todo su esplendor. Yo creo que la gran música que nació en la Iglesia sirve para hacer audible y perceptible la verdad de nuestra fe, desde el canto gregoriano hasta la música de las catedrales, con Palestrina y su época, Bach, Mozart, Bruckner, y otros muchos. Al escuchar todas estas obras —las Pasiones de Bach, su Misa en si bemol, y las grandes composiciones espirituales de la polifonía del siglo XVI, de la escuela vienesa, de toda la música, incluso de compositores menos famosos— inmediatamente sentimos: ¡es verdad! Donde nacen obras de este tipo, está la Verdad. Sin una intuición que descubre el verdadero centro creador del mundo, no puede nacer esa belleza.”

 

     La Iglesia siempre propició la presencia de las artes en la liturgia, como lenguajes concordantes con el misterio celebrado. La música es la reina de las artes. Sin embargo su belleza debe estar al servicio del misterio. Nunca debe convertirse en un espectáculo que distrae del fin de la celebración o que incluso lo sustituye. En la misa, la música ha de estar en consonancia con el misterio y ha de potenciar y hacer perceptible la invisibilidad del misterio escondido.

 

     Todo ha de estar subordinado a vivir  en nuestra interioridad la celebración que se hace patente en la palabra. El canto gregoriano o la polifonía que acompaña al Kyrie o al himno del Gloria, por ejemplo, nos hacen vibrar ante la súplica del perdón o el canto de alabanza al Dios uno y trino. La melodía entra en consonancia con la palabra y alcanza la cumbre de la expresión. Pero no perdamos la perspectiva: lo sublime está en la súplica del perdón y en  el himno de alabanza. Las artes hacen resonar la belleza que encierra la palabra.

 

      ¿Recordáis la leyenda de Bécquer titulada El miserere o El monte de las ánimas? En esta narración se expresa la relación de dependencia que el arte ha de mantener respecto a la palabra. Un misterioso músico llega al monasterio de Fitero en Navarra, como pecador arrepentido. Recorre el mundo buscando inspiración para componer una composición que exprese como nunca se ha oído en la tierra el sentimiento de dolor por haber ofendido,  hasta con crímenes, a nuestro Dios. La letra ya la ha encontrado. El salmo 50, Miserere, expresa en palabras el dolor y el arrepentimiento del que ha ofendido al Señor, como ningún otro poema de todos los tiempos. Pero él quiere encontrar la melodía que diga lo mismo y con la misma sublimidad solo con los sonidos musicales.

 

        En la leyenda romántica, el músico encontrará la respuesta en el prodigio de que, según se cuenta, en la noche del día de las ánimas, unos monjes que fueron asesinados sin tiempo para un arrepentimiento pleno, tienen el privilegio de regresar  a la tierra por el tiempo que dura el canto de un miserere celestial. Es una lástima que después de encontrar lo que buscaba murió el músico sin tiempo para dejarnos copia de la melodía celestial. Pero, al fin, al fin, no es tan importante la música encontrada, cuanto la lección universal de que el arte ha de estar subordinado a una idea; en nuestro tema, la música ha de expresar lo que la palabra nos transmite en cada celebración. Cuando eso sucede, la elevación interior y el gozo es tan  grande que no me extraña que el músico alemán perdiera la vida. Es que te puedes morir.

 

[1] BENEDICTO XVI  Encuentro del Santo Padre Benedicto XVI, con el clero de la diócesis de Bolzano-Bressanone, 6 de agosto de 2008:

 

 

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7 de Marzo - 2017

Tomamos unas palabras de Benedicto XVI al Presidente del Consejo Pontificio de la Cultura en noviembre de 2009 ante las Academias Pontificias, hablando de la "Universalidad de la belleza: estética y ética al contraste".

¿Te parece, Santiago, que es urgente la necesidad de renovar el diálogo entre estética y ética, entre belleza, verdad y bondad, y no sólo por el actual debate cultural y artístico, sino también por exigencias de la realidad cotidiana?

Me parece perfecto lo que nos enseñó Benedicto XVI: “A diversos niveles, de hecho, emerge dramáticamente la separación, e incluso la confrontación, entre las dos dimensiones, la de la búsqueda de la belleza, comprendida aunque reductivamente como forma exterior, como apariencia que perseguir a toda costa, y la de la verdad y la bondad de las acciones que se llevan a cabo para realizar un fin.”

Añadía que, de hecho, una búsqueda de la belleza que fuese extraña o separada de la búsqueda humana de la verdad y de la bondad se transformaría, como por desgracia sucede, en mero esteticismo, y sobre todo para los más jóvenes, en un itinerario que desemboca en lo efímero, en la apariencia banal y superficial, o incluso en una fuga hacia paraísos artificiales, que enmascaran y esconden el vacío y la inconsistencia interior. Esta búsqueda aparente y superficial ciertamente no tendría una inspiración universal, sino que resultaría inevitablemente del todo subjetiva, si no incluso individualista, para terminar quizás incluso en la incomunicabilidad.

Con cuánta precisión insiste Benedicto XVI en esta idea: “He subrayado muchas veces la necesidad y el empeño de un engrandecimiento de los horizontes de la razón, y en esta perspectiva, es necesario volver a comprender también la íntima conexión que une la búsqueda de la belleza con la búsqueda de la verdad y la bondad. Una razón que quisiera despojarse de la belleza resultaría disminuida, como también una belleza privada de razón se reduciría a una máscara vacía e ilusoria.”

En agosto de 2008, dialogando precisamente sobre la relación entre belleza y razón, hacía notar el papa Benedicto que debemos mirar a un concepto de razón más amplio, en el que el corazón y la razón se encuentran, la belleza y la verdad se tocan. Si este empeño es válido para todos, lo es aún más para el creyente, para el discípulo de Cristo, llamado por el Señor a “dar razón” a todos de la belleza y de la verdad de la propia fe.

Nos lo recuerda el Evangelio de Mateo, en el que leemos la llamada dirigida por Jesús a sus discípulos: “Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,16). Debe notarse que en el texto griego se habla de kalà erga, de obras bellas y buenas al mismo tiempo, porque la belleza de las obras manifiesta y expresa, en una síntesis excelente, la bondad y la verdad profundas del gesto, como también la coherencia y la santidad de quien lo hace. La belleza de las obras de que habla el Evangelio señala más allá, a otra belleza, verdad y bondad que sólo en Dios tienen su perfección y su fuente últimas.

      En este programa vamos a considerar la belleza que encierra el descubrimiento de la dignidad y grandeza que se oculta para los ojos mundanos en cualquier ser humano por desvalido y desagradable que pueda a primera vista parecernos, y es que en todo ser humano se refleja, por imposible que nos parezca, la imagen de Dios.

 

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21 de Febrero - 2017

     La belleza se encuentra en todo el universo. Cuando nuestros sentidos se acercan a la realidad, próxima o lejana, terrenal  o cósmica, directamente o mediante sofisticados instrumentos, se nos despiertan la admiración y el asombro. Todo está esperando la mirada de los seres humanos, y no solo con los ojos, sino con todos los sentidos.

     El arte supone una mayor complejidad. Alguien, el artista, descubre una realidad que nadie había percibido, ni visto, ni oído ni tocado ni siquiera olido antes que él. No puede coger materialmente un trozo de esa realidad para que nosotros sintamos su experiencia y nos proporcione el mismo gozo. Necesita un lenguaje que sirva para todos los hombres, que lo entiendan aunque nadie lo haya utilizado antes que él. El arte supone siempre una forma única, un significante original, para que nos llegue, emocione y conmueva el contenido único que ha encontrado el creador.

      Sorolla había nacido para ser pintor. Sus tíos por parte de madre, los Bastida, le acogieron desde muy niños, tras la muerte de sus padres. El tío era cerrajero y esa fue la vocación inicial que pensaron para Joaquín. Pero pronto se dieron cuenta de que tenía unas manos prodigiosas para la pintura. Joaquín tenía facultades excepcionales. Era muy buen observador y tenía capacidad para reproducir con exactitud lo que contemplaba. Necesitaba aprender, tenía que adquirir maestría en el dominio de las técnicas pictóricas. Primero fue en la Escuela Normal Superior de la Provincia de Valencia. Después fue a Madrid a estudiar a Velázquez, el Greco y Ribera cuando tenía 18 años. Marcharía después a Italia, pero su formación plena la alcanza en París, cuando se encuentra con los grandes maestros del impresionismo. Ha alcanzado la perfección una forma propia para una mirada nueva, una luz tan excepcional que en vez de impresionismo en su caso se habla de luminismo

            Uno admira sus marinas iniciales, o el cuadro de 1884 titulado Defensa del Parque de Artillería de Monteleón. Después vienen escenas costumbristas relacionadas directa o indirectamente con el mar y pintadas delante de él, en la playa. De 1892 es El día feliz, un cuadro de género, de antiguas costumbres, en el que una niñita vestida de primera comunión recibe la bendición de su abuelo en uno de los barracones de la playa del Cabañal de Valencia. O la otra Margarita, donde podemos ver el abatimiento de la mujer a la que se le acusa de haber matado a su hijito recién nacido, o denuncia en el titulado Trata de blancas el inhumano trato de unas mujeres jóvenes llevadas de aquí para allí, en este caso por una vulgar Celestina.. Su plenitud le llega cuando se centra en el mar. Pinceladas amplias y rápidas que revelan la fuerza de la luz. Cosiendo velas, baños o paseos junto al mar, niños o mayores, San Sebastián, Biarritz, Valencia.

Y en su cumbre, la visión de las regiones de España, un encargo firmado el 6 de noviembre de 1911 Sorolla y Archer Milton Huntington  por el que el pintor se comprometía a realizar una serie de pinturas para la Hispanic Society of America. Pintaría catorce murales que decorarían las salas de la institución, y estarían dedicados a las Regiones de España. Con esta obra realizada entre 1913 y 1919, de tres metros y medio de alto por setenta metros de largo, alzó un imborrable monumento a España. Fue tal el esfuerzo que comentan sus estudiosos que su desmedido trabajo aceleró su muerte en 1923, a los 60 años.

 

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7 de Febrero - 2017

    Iniciamos esta sección -El don de la belleza- con una cita de Cervantes puesta en boca de nuestro sabio Don Quijote. Estamos en la segunda parte, en el capítulo 52. Se encuentra nuestro héroe en Barcelona y ha decidido darse un paseo por la ciudad. Le llama la atención una imprenta. Entra en ella y en una de las cajas de impresión ve con dolor que se está editando la segunda parte de Don Quijote, la falsa del autor de Tordesillas, la de Fernández de Avellaneda. Tras  manifestar su enojo nos dice una de las sentencias que más luz nos dan para discernir cuándo una obra de ficción, por lo tanto no histórica, posee el atributo de la belleza. 

     Dice Don Quijote: “-Ya yo tengo noticia deste libro  y en verdad y en mi conciencia que pensé que ya estaba quemado y hecho polvos, por impertinente; pero su San Martín se le llegará, como a cada puerco,” Pero añade luminosamente: “que las historias fingidas tanto tienen de buenas y de deleitables cuanto se llegan a la verdad o la semejanza de ella, y las verdaderas tanto son mejores cuanto son más verdaderas.” Esta es la clave: fingidas o verdaderas, tanto tienen de buenas o deleitables cuanto se llegan a la verdad. Porque es la verdad el sustento o fundamento que luego el arte sabrá darle esplendor.

Eugenio Ionesco ha sido testigo de su tiempo. Ha visto cómo las gentes terminan por admitir como buenas  las aberraciones más grandes por crueles que sean. ¿Puede uno convertirse en rinoceronte? Se pregunta como si fuera un cuento. 

    En 1959  Eugenio Ionesco publica en París su más universal obra teatral, El rinoceronte. La crueldad   que como jinete del Apocalipsis se había enseñoreado  por todo el escenario de la Segunda Guerra Mundial seguía  derrochando su barbarie en mil rincones del mundo. Se oía el grito de la Humanidad ante el horror de los campos de exterminio nazis pero se silenciaban los gritos que nos llegaban de los archipiélagos GULAG del mundo comunista.

     ¿Puede el ser humano  llegar a acostumbrarse a las realidades más atroces, a los crímenes más abyectos, a los desórdenes morales más inconfesables? ¿Puede uno  llegar a ser cómplice, peor aún, a sentirse solidario con el mal? Ionesco no lo duda. Sabe que es heroico ir contracorriente y no dejarse arrastrar por la fuerza de las modas y de las opiniones de ocasión. Los acontecimientos por escabrosos que sean, detienen por un momento la atención pero luego cada cual reanuda su paseo, va a sus negocios como si no sucediese nada.

     Ahí estaban las locuras nazis o los archipiélagos gulag o, casi como en profecía,  lo que diez años más tarde sucedería en 1968 en Checoslovaquia con el sarcástico nombre de Primavera de Praga. Ahí están el aborto, la eutanasia, o la degradación  del matrimonio. Y ante nosotros la puesta en duda de la naturaleza del matrimonio y del mismo ser humano, creados hombre y mujer, y que ya no leemos, ni oímos solo, sino que estamos viendo en nuestra vecindad. Si no estamos ojo avizor hasta nosotros presentaremos a nuestro cónyuge como mi pareja y no como esposa o esposo, marido o mujer. Con la mayor naturalidad me lo contaba una abuela, una abuela, de su nieto, convertida en “nieta” a la friolera edad de cinco años.

Ionesco no denuncia en directo; nos sube al escenario una fábula, que nos advierte de la fragilidad de la condición humana para venir a asumir, defender y acomodarse a cualquier estilo de vida o a cualquier concepción de la sociedad por contraria que sea a la experiencia, a la cultura y a la misma razón, porque es lo que se lleva y porque resulta muy peligroso y hasta  locura ir contracorriente. 

      Es curioso que el autor  no centra su crítica en el hecho de que pueda convertirse un hombre o una mujer en un rinoceronte, sino en el proceso mental que lleva a las personas a aplaudir tan peligrosas ideologías o incluso a experimentar en sus propias carnes las ideologías más disparatadas.

      Es propio de sociedades que han perdido el norte, que ya nadie sabe en qué consiste ser humano, y mucho menos persona. No saber ni de dónde venimos ni a dónde vamos. Son obras que se convierten en clásicas en tiempos de incertidumbre  y desconcierto.

     Cuando estas sociedades se hayan superado, parecerán relatos imposibles, literatura de absoluta ficción. Hoy por desgracia llaman a nuestra conciencia, con la fuerza de la catarsis purificativa. Ojala la leyésemos desde estas claves. Nos haría su lectura un bien inmenso.

 

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17 de Enero - 2017

       La capacidad de admirar toda belleza y hermosura hasta el asombro es cualidad distintiva del ser humano. La hermosura no tiene en sí misma nada de utilidad. No sirve para comer ni me suple el trabajo. Y sin embargo alimenta el alma, trasciende nuestra cotidianidad y nos despierta hacia valores que están por encima de la rutina diaria, nos elevan por encima de nosotros mismos y hasta suscita una paz interior como si nos dieran en prendas atisbos de nuestra nostalgia de infinito. La belleza está en medio de nosotros, no solo en las pinacotecas, museos, auditorios o en exposiciones nacionales o internacionales de arte. Está en nuestra casa, en las calles, en las plazas, en los jardines, en los paisajes cercanos o lejanos de nuestro entorno, en el mar, y en todos los seres de la creación. ¿Acaso no nos admira la belleza de los animales? No sólo los salvajes. ¿No nos deleita la contemplación de la delicada silueta de un caballo, el vuelo  majestuoso   de un buitre –Un buitre de anchas alas con majestuoso vuelo cruzaba solitario el puro azul del cielo– (Cantaba Machado). La elegancia de un perro o la gracia de un gato. El grado más sublime en belleza lo posee el ser humano. No niego la belleza corporal. El cuerpo tiene momentos de esplendor y de hermosura que nos admiran, quién lo duda. Pero el grado supremo lo encontramos en la configuración de cada persona. La maravilla en el ser humano es que  el cuerpo manifiesta la grandeza de su interioridad.

         ¿Os acordáis de Jorge Manrique, que una de sus coplas a la muerte de su padre nos decía…?:

Si fuese en nuestro poder
hacer la cara hermosa
corporal,
como podemos hacer
el alma tan glorïosa,
angelical,
¡qué diligencia tan viva
tuviéramos toda hora,
y tan presta,
en componer la cativa,
dejándonos la señora
descompuesta!

         Siempre me han producido desazón esos cuadros  famosos en que se pintan las edades de la mujer. Se llamen Hans Baldung, Klimk o Munch. No, no y no. No han visto nada, se han quedado en la hojarasca efímera y no han descubierto la maravilla de la persona, como niña, como joven, entrada en años o anciana. Si el canon lo da el cuerpo, breve es la belleza en el hombre y en la mujer y esperpéntico prolongar artificialmente lo que el tiempo, reloj biológico, deshace.

         Ya nos lo enseñó Jorge Manrique:

Decidme: la hermosura,            

la gentil frescura y tez

de la cara,

el color y la blancura,

cuando viene la vejez,

¿cuál se para?                      

Las mañas y ligereza

y la fuerza corporal

de juventud,

todo se torna graveza

cuando llega al arrabal 

 de senectud.

 

         Gestos, palabras y acciones, son vislumbres del alma. Una sonrisa  nos anuncia la bondad de una persona, cuánto más esas acciones que muestran verdaderos amores. En la misa de doce del domingo día 25 día de la Natividad, una abuela con un cariño transparente, enseñaba a su nieta, de unos 10 años, a hacer la señal de la cruz. Me emocionó. La escena estaba  cargada de sentido. Qué  simple y qué hermosa. En el mismo banco, una hija ayudaba a su madre, muy disminuida, a sentarse, colocándole  la ropa con delicadeza, al mismo tiempo que se dedicaban una sonrisa de mimo y agradecimiento. Poco más adelante, una pareja de ancianos, cogidos de la mano, esperaban a que saliera el sacerdote.  La vida en un instante nos inundó de hermosura. Luego vino todo lo demás, la solemne celebración de la eucaristía, los cantos y villancicos, el expresivo gesto de la paz. Todo parecía reflejo del acontecimiento: en verdad había nacido El  Niño Dios, en esa prodigiosa noche de paz. La belleza saltaba chispas por todos los rincones.

 

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3 de Enero - 2017

Auto de Navidad, de Jean Paul Sartre

         Hoy queremos presentaros el don de la belleza en una obra de teatro en la que  los personajes van a encarnar las ideologías radicales que frente a Cristo, adoptan las posiciones que niegan a Dios y con ello la consecuencia de un mundo absurdo y sin sentido, en manos de imperios explotadores y tiránicos que esclavizan y subyugan a la humanidad más débil.

         Si este mundo carece de un Dios que rige, -aunque sea con trazos torcidos-  la historia, y además desde el respeto a la libertad de los hombres y desde el amor, tiene razón Sartre. El mundo es un sinsentido y un absurdo. O nos ponemos a gozar,  caiga quien caiga. O si piensas, te carcome la depresión y la tristeza. No vale la pena ni nacer  ni engendrar, aunque sea insoportable la existencia sin que ya no veamos nunca la sonrisa de un niño.

         No conozco ningún Auto de Navidad que supere la hondura y belleza del  de Sartre.  Nuestros clásicos los compusieron llenos de encanto y ternura. Pero nadie llegó al meollo de nuestra condición humana.

         Cuando falta el soporte de Dios  ni su presencia, no es verdad que el hombre se libera de las tristezas. No es otra la constatación de la modernidad. El hombre sin Dios se ahíta de placeres pero se ahoga en su desesperanza. El protagonista Barioná le confiesa a su pueblo:

“Escuchad: nunca he salido de mi terruño y sin embargo conozco el mundo, porque allí donde se encuentre un hombre, el mundo entero se agolpa a su alrededor. …. el mundo no es más que una caída interminable, el mundo no es más que una mota de polvo que no termina nunca de caer. Las personas y las cosas aparecen de repente en un punto de la caída y, apenas aparecidos, son arrastrados por esta caída universal y empiezan también a caer, se atomizan y se deshacen. iOh, compañeros!, mi sabiduría me ha dicho: la vida es una derrota, nadie sale victorioso, todo el mundo resulta venci­do; todo ha ocurrido siempre para mal y la mayor locura del mundo es la esperanza.

         EL CORO.- ¡La mayor locura del mundo es la esperanza!”

         Estamos en 1940 en un campo de concentración nazi. El  Stalag 12 D. Tras la derrota del ejército francés, los alemanes los han conducido a Tubinga. Varios sacerdotes católicos se han propuesto celebrar de alguna manera la noche de navidad. Uno de ellos ha conseguido que puedan los prisioneros organizar una coral y sobrepasar el toque de queda cantando. Sartre quiere participar. Compondrá una obra de teatro. Nadie se lo ha pedido. ¿Se imaginan que significó para aquellos prisioneros la frase: “La mayor locura del mundo es la esperanza!”?

         Si el mundo es así, tienen razón los que opinan que tener hijos para que sean esclavos o soldados de todos los imperios romanos que puedan sucederse avala el criterio de Barioná

         “BARIONÁ.- No más niños. No tendremos más relaciones con nuestras mujeres. No queremos perpetuar la vida ni prolon­gar los sufrimientos de nuestra raza. No engendraremos más, consumiremos nuestra vida meditando el mal, la injus­ticia y el sufrimiento. Dentro de un cuarto de siglo, los últi­mos de nosotros estarán muertos.

         EL CORO.­- ¿Es posible que pasemos el resto de nuestros días sin ver la sonrisa de un niño, con el oscuro silencio espesándose a nuestro alrededor? ¿Para quién, ¡ay!, trabajaríamos? ¿Podremos vivir sin niños?

BARIONÁ.-

 ¿Qué? ¿Os lamentáis? ¿Osaríais, entonces, crear vidas jóvenes con vuestra sangre podrida? ¿Queréis refrescar con hombres nuevos la interminable agonía del mundo? ¿Qué destino deseáis para vuestros futuros hijos? ¿Que se queden aquí, como buitres en una jaula, solitarios y desplumados? ¿O bien que bajen allí, a las ciudades, para convertirse en escla­vos de los romanos, trabajar por salarios de hambre para aca­bar, a lo mejor, muriendo en la cruz? Obedeceréis.”

         Este es el planteamiento de la obra. ¿Puede una visión tan desoladora de la existencia humana ser ocasión de belleza? ¿Un mundo tan amargo, puede ocultar un resquicio de hermosura? Sí. Porque cuando desaparece Dios de la mirada esperanzada de los hombres, el esplendor está en la verdad que relata y no en la mentira que se nos oculta. Pero si esa verdad, esplendorosamente expuesta, sirve para descubrirnos como resquicio de Esperanza que sólo en Cristo encuentra sentido pleno el misterio del hombre, no solo para los gozos de la vida sino también para los sufrimientos, su belleza será maravillosa..

         La respuesta a esa tan desesperada concepción  de la vida humana la dará  Cristo. La esperanza y la alegría son posibles para la humanidad.

 

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20 de Diciembre - 2016

El racionalismo asfixiante –el neopaganismo, en fin- que nos envuelve nos dificulta poder calar en la maravilla de unos sucesos que tuvieron lugar en un tiempo preciso y que generación tras generación se convirtieron en ocasión de fiesta y de hermosura. La Navidad, en los mil detalles de adornos de las casas, de iluminaciones vistosas, de la ternura de los belenes, de los acogedores encuentros familiares, con sus oraciones y sus cánticos, es una ocasión para ver en todo momento fogonazos de belleza. No nos conformamos con que la comida no falte, queremos que todos los detalles sean delicados hermosos, que todo manifieste la fiesta.

Por esta Noche llamamos a la Virgen: “causa de nuestra alegría”. No me cansaré nunca de proclamar la alegría que me produce  la celebración de la Navidad, incluso con gastos mundanos en mil caprichos de esos que exhibe la sociedad de consumo. Pues claro que hay que comprar turrón y mazapanes y polvorones y gastar en luces y decoraciones del belén; claro que, en la Noche Buena, hay que vestirse con decoro si no de gala; y cantar villancicos y dar la bienvenida al Niño que nos ha venido del cielo como rocío de la mañana y reunirse en familia, tocar pandereta y zambomba hasta el alba y rezar junto al belén e ir a la misa del gallo.

Tiene bemoles, cuando los cristianos conmemoramos la cruz como fundamento de nuestro vivir, nos acusan de tristes y masoquistas; y cuando escuchan nuestras canciones y nuestras alegres carcajadas nos tildan de consumistas y dilapidadores, como si ser cristiano, fuera una eterna contradicción en que ni es posible  reír de verdad ni llorar desde el alma.  

Escuchad: en  esta Noche Santa, cuando el cielo se acerca a la tierra y se queda entre nosotros es el momento en que  se aprende a estar de parte del  pobre, de Lázaro, velar por su dignidad y su justicia, amarlo en caridad; y al mismo tiempo aprendemos que la Fe se manifiesta en el gozo de las pequeñas cosas para poderlas compartir.

 La “inculturización”, así lo llaman ahora, de la Fe  produjo en Europa la fiesta familiar de la Navidad como consecuencia de las entrañables celebraciones litúrgicas y el calado de la buena nueva que nos trajo el Niño que nos ha nacido. Y en España toda incluye las castañuelas, la zambomba, la pandereta y el turrón y los deliciosos villancicos, que siempre nos hacen reír y llorar.

El Arcipreste de Hita, en el siglo XIV,  en uno de sus loores a Santa María  animaba a gozar en el día de Navidad:Todos los christianos / aved alegría / en aquel día”.

Nuestros mayores lo sabían.  Nuestras celebraciones tienen como fundamento un acontecimiento asombroso: “en aquel día, que nació por salvarnos de la Virgen María” precisaba Juan Ruiz.

Los cambios sociológicos han ido alejando a muchos de estas celebraciones. Quién no ha oído decir: “la época del año más triste es la Navidad”. La fiesta se ha quedado para algunos en rito sin alma. Las reuniones familiares a veces son ocasión para disputas y  broncas. Mejor ir al restaurante que  juntarse en una casa que ya no es hogar de nadie. Sin espíritu, la carne es deplorable. Berceo decía “Oh gente ciega y sorda, dura de corazón.  Nin quieren creer la letra (de la Biblia), ni atender razón.”  

 

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6 de Diciembre - 2016

     Nadie  estuvo tan  dotado como San Juan de la Cruz para captar la belleza de la Creación. En todos los programas proclamamos  que la belleza en la naturaleza y en el arte es un don y un privilegio que Dios ha dado a los seres humanos para alivio de las tristezas presentes y para preparar nuestra sensibilidad para gozarnos de la belleza  del cielo.  

     Pero existe un peligro, una inmensa tentación: que nos quedemos con la belleza y nos olvidemos del creador. Es una característica dominante del arte contemporáneo.  

     En efecto. Uno de los mayores poetas de nuestro siglo fue Juan Ramón Jiménez, excepcionalmente dotado para percibir la belleza en todo hasta identificarse con ella.  En uno de sus poemas del libro titulado Belleza, en el último verso exclama como resumen de un día cargado de hermosura: “para el desconcertado, vida única!”

      Y en el poema Otoñado, de su última etapa: poesía suficiente, difícil y profunda  del libro La estación total, (1946)

Estoy completo de naturaleza, en plena tarde de áurea madurez, alto viento en lo verde traspasado. Rico fruto recóndito, contengo lo grande elemental en mí (la tierra, el fuego, el agua, el aire), el infinito.

Chorreo luz: doro el lugar oscuro, trasmito olor: la sombra huele a dios, emano son: lo amplio es honda música, filtro sabor: la mole bebe mi alma, deleito el tacto de la soledad.

Soy tesoro supremo, desasido, con densa redondez de limpio iris, del seno de la acción. Y lo soy todo. Lo todo que es el colmo de la nada, el todo que se basta y que es servido de lo que todavía es ambición.

    El gran poeta católico José García Nieto sintetizó en dos sonetos el proceso histórico de la creación artística contraponiendo la plenitud de los tiempos de fidelidad a la fe, con el vacío que ha supuesto la rebeldía contra Dios –o al menos de espalda a Dios- del artista en el mundo moderno y contemporáneo. Aparecen en el libro Arrabal, de temática religiosa, publicado en la editorial Monte Carmelo de Burgos, en 1980.

    El poeta se remonta al inicio de la Creación. Es Dios el primer poeta, capaz de crear un mundo hermoso y un hombre, a imagen suya, con el don de poder crear. La fidelidad da frutos plenos. Resume el poeta:

¡Qué hermoso fue crear cuando creía!.

¿Qué ha ocurrido en la larga historia del alejamiento u olvido de Dios? Con una precisión admirable el mismo poeta se pregunta:

“¿Merecía la pena hacerse dios de cualquier modo para acabar en estos sueños vanos?”

    La respuesta es rotunda:

“y todo se me ha ido de las manos.”

  Fue San Juan de la Cruz quien nos advirtió de estos incentivos seductores que nos alejan del bien y de la belleza que anhelamos. Por encima de toda la hermosura está Dios,  ese no sé qué que balbucean todas las cosas y que solo por ventura se alcanza

Por toda la hermosura
nunca yo me perderé,
sino por un no sé qué
que se alcanza por ventura
.

 

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15 de Noviembre - 2016

Hemos repetido insistentemente que la belleza se encuentra en todo el mundo material que nos rodea, en las acciones de los seres vivos, en las acciones de los hombres: en las buenas y hasta en las malas o en las aparentemente indiferentes.

Podrán ser grandiosas o simplemente graciosas, bonitas o sanamente divertidas. Cuando el artista lo comunica y nos hace  a los demás sentir su gozosa emoción, nos adentramos en el amplio y variopinto mundo del arte.  Uno puede imaginarse el banquete lujoso y espléndido en la cena del rey Baltasar, lleno de platos exquisitos, manteles lujosos, convidados y criados engalanados que sirven las viandas, manjares y los vinos deliciosos en lujosas jarras, como pintó Rembrandt, por ejemplo, entre otros muchos.

O tal vez asistimos a una cena familiar en la que un caballero se va a recrear en su casa en compañía de su esposa doña Inés, a la que le va a contar una historieta reciente propia de las  cotidianas que acontecen  en la vida de los pueblos. Va a contarla, pero conforme va saboreando los platos, se olvida de la historia y va alabando cada uno de los alimentos que le van sacando, por ejemplo la ensalada, la morcilla o los quesos o los dulces finales pero sobre todos el vinillo con que los va mojando una vez tras otra. La escena es graciosa y divertida. Puede ocurrir en nuestras casas pero la supo convertir en arte Baltasar de Alcázar, poeta del siglo XVI en su jocoso romance “En Jaén donde resido”. Así nos habla del vino:

 

Comienza el vinillo nuevo

y échale la bendición:

yo tengo por devoción

de santiguar lo que bebo.

Franco fue, Inés, ese toque;

pero arrójame la bota;

vale un florín cada gota

d'este vinillo aloque.

¿De qué taberna se trajo?

Mas ya: de la del cantillo;

diez y seis vale el cuartillo;

no tiene vino más bajo.

Por Nuestro Señor, que es mina

la taberna de Alcocer:

grande consuelo es tener

la taberna por vecina.

Si es o no invención moderna,

vive Dios que no lo sé,

pero delicada fue

la invención de la taberna.

Porque allí llego sediento,

pido vino de lo nuevo,

mídenlo, dánmelo, bebo,

págolo y voyme contento.

Esto, Inés, ello se alaba;

no es menester alaballo;

sola una falta le hallo:

…que con la priesa se acaba.

 

     Es una escena graciosa y desenfadada. La podemos encontrar a nuestro lado. Ah, claro, pero solo los artistas nos la saben ponderar y describir.

 

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1 de Noviembre - 2016

    Tras nuestro arranque editorial, programa tras programa consideramos el “Don de la Belleza” que se nos muestra a cada paso en nuestra vida… Pero… ¿También la muerte puede ser ocasión para la belleza? ¿El horror, o el miedo o el simple temor ante la muerte puede ser ocasión de belleza? Pues bien, a menudo nos conmueven muertes ejemplares. ¿Y no hemos sentido un escalofrío emocionado cuando escuchamos la entereza y abandono en Dios de los mártires cristianos que entregan su vida como testigos sublimes del buen amor? La muerte de Cristo y su promesa de que “quien cree en mí no morirá para siempre”, ha  iluminado las tenebrosas tinieblas en que la humanidad vivió la realidad de la muerte. Y la luz entró en el oscuro espacio de la muerte.

       Pero nos estamos refiriendo a escenas que se producen a nuestro lado, como la muerte serena de un buen amigo, rodeado de su mujer y de sus hijos, recibidos los sacramentos de manos  de su hijo sacerdote, mientras el enfermo, consciente de su acabamiento, los bendecía a todos, pedía perdón por no haber amado más a Dios y les dejaba  como la herencia más preciada la fe en la Iglesia católica. Era el dolor serenamente transfigurado por la esperanza de que hay otra vida más real y verdadera que la presente.  Mientras uno de sus hijos me lo contaba no podía evitar el recuerdo de las últimas coplas de Jorge Manrique a su padre. Aquel momento fue emocionante y bello en la cotidianidad, Manrique lo transfiguró  en  arte:  

 

"No tengamos tiempo ya 
en esta vida mezquina 
  por tal modo, 
que mi voluntad está 
conforme con la divina 
  para todo; 
  y consiento en mi morir 
con voluntad placentera, 
  clara e pura, 
que querer hombre vivir 
cuando Dios quiere que muera, 
  es locura." 

 Así, con tal entender, 
todos sentidos humanos 
  conservados, 
cercado de su mujer 
y de sus hijos e hermanos 
  e criados, 
  dio el alma a quien se la dio 
(el cual la ponga en el cielo 
  en su gloria), 
que aunque la vida perdió, 
dejónos harto consuelo 
  su memoria.

 

     Hoy, si algo refleja la literatura, el arte contemporáneo  en general, incluido el cine, es desorientación, vacío existencial, amargura y desazón, o altivez y soberbia, ante el hecho de la muerte. La salida provisional a esa gran inquietud es no pensar, zambullirse en el vértigo y la evasión. Pero, ¿cuánto dura ese barullo y ese aturdimiento?  

La muerte de Dios, ha dejado al hombre sin esperanza. Preguntádselo a Munch, a Vicente Huidobro, a Picasso, a los hombres del 27 o del 98, por solo nombrar a unos poquitos afamados creadores.

 

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18 de Octubre - 2016

   En nuestra sección “El don dela Belleza” nos hacemos una pregunta un poco provocadora: ¿Estamos “ciegos para contemplar la belleza del entorno”? Amigo Santiago, buenos días. Creo que nos traes un texto muy interesante de un gran escritor del Barroco español, que tiene algo que ver con el famoso aforismo de “ojos que no ven, corazón que no siente”, porque, ¿qué pasa cuando nuestro ojos ‘ven lo que nunca vieron’?

 “—Bien lo creo —dijo Critilo—, que cuando los ojos ven lo que nunca vieron, el corazón siente lo que nunca sintió.

—Miraba el cielo, miraba la tierra, miraba el mar, ya todo junto, ya cada cosa de por sí, y en cada objeto de estos me transportaba sin acertar a salir de él, viendo, observando, advirtiendo, admirando, discurriendo y lográndolo todo con insaciable fruición.

—¡Oh lo que te envidio —exclamó Critilo— tanta felicidad no imaginada, privilegio único del primer hombre y tuyo!: llegar a ver con novedad y con advertencia la grandeza, la hermosura, el concierto, la firmeza y la variedad de esta gran máquina criada. Fáltanos la admiración comúnmente a nosotros porque falta la novedad, y con ésta la advertencia.

“Entramos todos en el mundo con los ojos del ánimo cerrados, y cuando los abrimos al conocimiento ya la costumbre de ver las cosas, por maravillosas que sean, no deja lugar a la admiración. Por eso los varones sabios se valieron siempre de la reflexión, imaginándose llegar de nuevo al mundo, reparando en sus prodigios, que cada cosa lo es, admirando sus perfecciones y filosofando artificiosamente. A la manera que el que paseando por un deliciosísimo jardín pasó divertido por sus calles, sin reparar en lo artificioso de sus plantas ni en lo vario de sus flores, vuelve atrás cuando lo advierte y comienza a gozar otra vez poco a poco y de una en una cada planta y cada flor, así nos acontece a nosotros que vamos pasando desde el nacer al morir sin reparar en la hermosura y perfección de este universo; pero los varones sabios vuelven atrás, renovando el gusto y contemplando cada cosa con novedad en el advertir, si no en el ver.”

Acabamos de escuchar un texto de Gracián, uno más de esa pléyade de escritores del Siglo de Oro español. Barroco. Su nombre ha quedado para siempre unido a la sentencia  “Lo bueno si breve, dos veces bueno” con toda razón, porque su ingenio conceptista ahorma en las palabras sus conceptos, a costa tantas veces de parecer oscuro.  Gracián es ante todo un moralista, su prosa didáctica busca siempre inculcarnos el camino acertado de la existencia. Son tantos los peligros que la vida ofrece… que estamos necesitados de un guía prudente y experimentado que nos ayude a discernir, entre tanta seductiva apariencia, la verdad

Este fragmento pertenece a su obra más conocida “El Criticón”. Una novela alegórica. Su intención es desengañar al lector, en el sentido pleno del desengaño barroco. Está dividida en tres partes. Cada parte corresponde a una etapa de la vida humana: juventud, madurez y vejez. Dos personajes recorren el camino de la existencia: Andrenio (del griego “aner-andros” el hombre) representa y reúne impulsos y actitudes primarios de la naturaleza humana;  Critilo  representa la parte reflexiva y razonadora del ser humano. Aparecen como dos personajes distintos; pero son las dos caras de todo hombre, son complementarias.

El diálogo nos adelante la clave de toda la obra. Solo quien contempla la realidad con mirada limpia puede asombrarse. El asombro es el privilegio de quien contempla todo como si fuera la primera vez. Estamos rodeados, inmersos en una hermosura  que la cotidianidad por repetida la convierte en invisible. Entonces se nos pasa por la fantasía que el mundo que nos rodea es gris, monótono y tedioso. La urgencia de los afanes nos impide admirar  la maravilla de cuanto nos rodea. El universo es un prodigio de belleza, pero no ocasionalmente, sino en cada cosa, en su conjunto y en cada cosa. No me cansaré de repetir que quien no descubre la grandeza de la creación no puede admirar la grandeza de su Creador.

Es preciso que aprendamos a tener “Ojos sin pre-juicios” para encontrarse con toda la creación. No detenerse en la contemplación es pasar inadvertidamente.  Es posible que todo esto pueda parecernos una actitud romántica sin referencia a la realidad, cruda y dura. No se trata de una opción alternativa, sino complementaria. La creación se nos ha dado a la humanidad para ser dominada y gracias a ello poder sobrevivir sobre la tierra. Pero la creación exige ser contemplada y, además de ser entendida para poder ser dominada,  ser admirada.

Párate cuando veas una flor en el parterre de la casa junto a la acera. Contémplala y agradéceselo a los dueños que lo hacen posible. No tienen precio los variados matices del cielo. Lo que te parezca pérdida de tiempo lo ganarás en salud espiritual. Haz como enseña Gracián: “A la manera que el que paseando por un deliciosísimo jardín pasó divertido por sus calles, sin reparar en lo artificioso de sus plantas ni en lo vario de sus flores, vuelve atrás cuando lo advierte y comienza a gozar otra vez poco a poco y de una en una cada planta y cada flor, así nos acontece a nosotros que vamos pasando desde el nacer al morir sin reparar en la hermosura y perfección de este universo; pero los varones sabios vuelven atrás, renovando el gusto y contemplando cada cosa con novedad en el advertir, si no en el ver.”

Esto mismo sucede con todo lo que atañe al espíritu humano. Con todo. Este programa, hoy, pretende resaltar cómo anida la belleza en el rezo del rosario, sí, en el rezo del rosario como ocasión de belleza además de signo de amor y piedad mariana, en medio de la familia, en soledad,  en medio de la rutina, de la monotonía, del cansancio, como auxilio de los cristianos, refugio de los pecadores, consuelo de los afligidos y salud de los enfermos. En el fondo, hablamos del arte que sabe descubrir  la belleza aún en medio del tedio, de una aparente fealdad, en medio de la vida cotidiana.

 

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4 de Octubre - 2016

El sentido utilitario de la vida  ha creado una frase poco afortunada  “hablar de pájaros y flores” para indicar  que el tema del que vamos a hablar tiene poco que ver con la realidad, es poco práctico. O sea, ni vamos hablar de economía, ni del hambre en el mundo, ni de las desgracias naturales, ni de la violencia, ni de lo cara que está la cesta de la compra, ni de la salud, ni de las vacunas, ni en definitiva de lo que cuesta un peine. Os vamos a hablar de la belleza. Vamos a acercarnos  al  Otoño,  la estación que acabamos de iniciar, desde la mirada del arte, para aprender a  descubrir el esplendor de hermosura que nos rodea, que cada día se nos ofrece a raudales. Os vamos a  presentar cómo la han visto los artistas, para que aprendamos a mirar y a admirar  las maravillas de una Creación, la belleza de un mundo  que está a nuestro alcance en cada momento, con sólo abrir los ojos, con solo aguzar el oído, con solo encender nuestros sentidos.

Pues sí, hoy  es necesario más que nunca hablar de pájaros y flores, o sea de nada práctico, o sea que no os ofrecemos la comodidad de unas zapatillas, el calorcillo de un buen albornoz, la receta del bacalao al pil-pil, ni de cómo se quitan las manchas resistentes a todo, ni menos de cómo formar de una vez el gobierno de la nación. 

Por un momento queremos que nuestro entorno pierda su gris dominante y abra ventanas de luminosidad al muro cotidiano. Es la hora de Ojos para ver,  de la oportunidad de que nuestra vida sea algo más que la ilusión de “el fin  de semana”, o como dice el poeta granadino José Luis Montero ,“completamente viernes”

 

Por detergentes y lavavajillas,
por libros ordenados y escobas en el suelo,
por los cristales limpios, por la mesa
sin papeles, libretas ni bolígrafos,
por los sillones sin periódicos,
quien se acerque a mi casa

puede encontrar un día
completamente viernes.

Como yo me lo encuentro.


         Hay más, mucho más, para que el tedio y la rutina no nos carcoma el corazón: aprender a mirar para aprender a vivir.

 

No es en absoluto cursi ponerse a hablar del otoño. Es imprescindible estar atento a todo lo que gratuitamente nos brinda cada momento del día. Alguien dijo que la primavera con todo su encanto no es más que una preparación para la plenitud del Otoño. Nada le supera en colorido ni  en frutos sazonados, es momento para la madurez y para la  serenidad.

 

En el librito de Juan Ramón Jiménez “Platero y Yo” explica así el  autor qué es el otoño:

         “Ya el sol, Platero, empieza a sentir pereza de salir de sus sábanas, y los labradores madrugan más que él. Es verdad que está desnudo y que hace fresco.

         ¡Cómo sopla el Norte! Mira, por el suelo, las ramitas caídas; es el viento tan agudo, tan derecho, que están todas paralelas, apuntadas al Sur.

         El arado va, como una tosca arma de guerra, a la labor alegre de la paz, Platero; y en la ancha senda húmeda, los árboles amarillos, seguros de verdecer, alumbran, a un lado y otro, vivamente, como suaves hogueras de oro claro, nuestro rápido caminar.”

 

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15 de Septiembre - 2016

      El argumento de la tragedia nos presenta las vacilaciones del joven  Hamlet, príncipe de Dinamarca, ante el doloroso suceso de que su madre, Gertrudis, esposa del rey  fallecido, acaba de casarse en segundas nupcias  con Claudio, hermano del anterior, y ahora nuevo rey, sin tiempo para el luto entre el entierro y la boda; y lo que es peor, transgrediendo unas antiguas normas que prohibían tales bodas por considerarlas incesto por la relación familiar de cuñados entre los nuevos cónyuges.

     El asunto se complica cuando una sombra misteriosa, la del padre, en la noche, en medio de las murallas del castillo de Elsinor y en presencia de soldados amigos que están haciendo la ronda, le desvela que fue asesinado por su hermano, mientras descansaba en el jardín, mediante un veneno tan eficaz que no le dio tiempo ni al arrepentimiento. Estamos ante un caso de fratricidio y regicidio, además del de la liviandad de la madre.

    ¿Qué es lo que Hamlet tiene que hacer? El príncipe es la personificación del ser dubitativo que se enreda en sus propias cavilaciones. Opta por vengarse, y entre tanto se finge loco; y las consecuencias las pagarán no sólo personajes marcados por la maldad, sino otros inocentes, como Ofelia, y el propio reino de Dinamarca, que caerá en manos de Fortimbrás, el príncipe noruego.

     La obra tiene así pues, como tema central, el ciego camino de la venganza. Nos preguntamos: ¿Puede una pasión tan irracional y telúrica ser ocasión para la belleza? Si la obra tuviese como finalidad exaltar la violencia y el tomarse la justicia por sus manos sería una obra aberrante y despreciable. No hubiera podido recibir el aplauso y la admiración  de tantas generaciones desde hace cuatrocientos años. La belleza en esta obra nos viene por la catarsis, la purificación. Está de tal manera construida la trama y el desenlace que el espectador siente horror ante el camino de la venganza. Condena internamente el suceso y comprende que en la dignidad humana existen alternativas  que  sin necesidad de la violencia, pueden restablecer la justicia pisoteada.

La venganza ha sido un asunto recurrente en la literatura. Por ejemplo, en los Nibelungos, cantar alemán de gesta del siglo XIII,  de valor literario semejante a la Chanson de Roland o a nuestro Poema de Mío Cid:  Krimilda dedicará su vida a la venganza de su marido, Sigfrido, tras su asesinato. Implacable, urdirá todo tipo de argucias hasta conseguir la muerte de los asesinos. Al final, nadie sobrevive. Ni Krimilda, que morirá atravesada por la espada. Se nos sugiere un mundo cultural anterior a la conversión al cristianismo de los pueblos germánicos: la venganza de sangre como misión de una vida, aunque lleve al exterminio de todos.

Resulta muy aleccionador también comparar Hamlet con el comportamiento de nuestro héroe, El Cid, tras los sádicos tratos de sus yernos, los infantes de Carrión, con sus hijas jovencitas en el robledal de Corpes. Razones de sobra tenía para haber optado por el camino de la venganza. Era el guerrero más poderoso de su tiempo tras la conquista de Valencia, y nadie  le hubiera podido impedir castigar a los Infantes e incluso arrasar el reino de León. Pero el Cid prefiere recuperar la honra por el camino de la justicia y acude al Rey, para que el restablecimiento del honor por el agravio recibido  se haga sin causar daño ni a los suyos ni a inocentes.

En el Cid estamos en una sociedad cristiana, en la que el bien, pasa por tener en cuenta beneficios y perjuicios para la totalidad, según una sociedad ordenada.

Es esto pertinente para valorar el comportamiento de Hamlet. Tiene reminiscencias cristianas, pero su concepción de la vida se ha alejado de las verdaderas exigencias evangélicas. Volvemos a los comportamientos bárbaros. La venganza de la sangre está por encima de todo, sin tener en cuenta ni el amor ni el bien de su nación.

En el acto IV, se acusa Hamlet de cobarde por  no haber  aplicado ya la acción decidida. Sigue vacilante,  necesitado de encontrar razones que apaguen sus dudas interiores. Vuelve a la idea de que no actuar es como morir. Pero da un paso más de cinismo e irreverencia: la inteligencia no nos la dio el creador para no ponerla en acción, verdad a medias. Qué iluminadoras para nuestro tiempo me parecen las rotundas palabras  de Hamlet: “Yo no sé para qué vivo diciendo estas cosas que debo hacer, puesto que tengo una causa, voluntad, fuerza y medios para ejecutarla.”

Todo lo tiene, menos una cosa. No es verdad creer que solo por las manos se puede restablecer la justicia, y menos un Príncipe de Dinamarca. Tiene ‘razones’, pero no está de su parte la razón. La catarsis de la escena, a mí, como lector, me amonesta, como aleccionó con antelación al mundo occidental contemporáneo, no a la literatura sino a la historia y a la vida. Por el curso de los hechos, su lección trágica sirvió de poco. Citamos a Hamlet pero nos quedamos con las hojas y desechamos el rábano.

¿Qué ha ocurrido a la civilización occidental para que hayamos llegado a tales extremos de audacia  e irracionalidad? Pensar que todo vale. El retroceso de la civilización cristiana ha dado ocasión a que ‘todo –bueno o malo da lo mismo- sea posible’ y a que bajo la proclama del ‘hombre’ como ser abstracto, nos hayamos olvidado del ser concreto histórico, de carne y hueso, personal.

Me horroriza que un hombre reflexivo, inteligente y culto como Hamlet  no descubra que se vuelve contra su decisión lo que para él parece espolearle: peleando por una causa que la multitud es incapaz de comprender, Shakespeare zarandea nuestras conciencias. No me extraña que se sospeche su catolicismo soterrado. Es una lección de bien desde los resultados de los contravalores.

 

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1 de Septiembre - 2016

Jerónimo Bosco ha pasado siempre por ser uno de los artistas más enigmáticos la historia.  Con ocasión de la exposición del Centenario en el museo del Prado podemos escuchar y leer reflexiones de lo más peregrino acerca de este pintor cuyo genio, por otra parte, nadie pone en duda. Intentaremos ofrecer un poco de luz a este respecto.

 

El Bosco nació en Bolduque (s-Hertogenbosch), en los actuales Países Bajos. Vivió de 1450 a 1516, en una familia de pintores. Fue un pintor  que transita en ese momento crucial de la historia que, con tanto acierto, fue denominado por Huizinga  Otoño de la Edad Media  y Pórtico del Renacimiento. Un momento clave  de encrucijada entre el esplendor de la civilización cristiana medieval y el inicio de la modernidad con su pérdida de perspectiva. Recordemos que la vida de nuestro pintor se desarrolla en años paralelos a nuestros Reyes Católicos Isabel y Fernando. 

Desde muy joven dio señales del don  de ver la realidad con mirada muy personal. Se cuenta en sus biografías que siendo niño contempló un incendio nocturno en el que perecieron abrasados numerosos vecinos. Tomó apuntes extraños, tanto que el abuelo, también pintor,  se lo llevó consigo, le prohibió seguir pintando esos recuerdos, hasta que el abuelo comprendió que veía lo que no podían contemplar los ojos de los demás. Era su don. El oficio lo aprendería en los talleres, le enseñarían las técnicas del dibujo y del color. Pero su mirada, esa capacidad de ver más allá de la apariencia de las cosas, era suyo, su aportación al arte, algo que lo convierte en único, aunque en su propio taller creó su escuela y suscitó discípulos que a veces hacen difícil identificar al maestro.

La belleza es una realidad ofrecida gratuita y universalmente a todos los seres humanos. Podemos además, con esfuerzo, gozarnos de las obras creadas por la mano de los seres humanos. El arte es un lenguaje peculiar que siempre quiere decirnos algo y que busca el encuentro con el  espectador. La creación artística es un privilegio de unos pocos, que pone en manos humanas la grandeza de Dios creador. Las obras de arte siempre ocultan el secreto que el autor vio primero. Pero su valor no es permanecer como en el misterio de la Esfinge, sin que nadie lo descifre. Por el contrario, su secreto invita a la emoción del encuentro. Cada obra te está diciendo: “atrévete a mirarme”, su luz está preparada para ti.

En los cuadros del Bosco vamos a ver imágenes extrañas, personajes que surgen de esqueletos de animales fantásticos, desnudos que sin pudor muestran todo tipo de pecados, sin duda desagradables, con rostros deformados como en las caricaturas. Si solo se redujera a eso, estaríamos ante un mundo tan alucinado como desagradable, como tantas veces ocurre con los expresionistas modernos. Y sin embargo sobrevuela sobre las obras un afán de verdad, una llamada de atención a la humanidad para que abandone el camino equivocado.

Siempre me sorprendió que un rey tan austero como Felipe II adquiriese para su palacio dentro de El Escorial las obras del Bosco que hoy pertenecen al museo del Prado. Sin duda descubrió que tras esa aparente frivolidad y mundanidad se estaba fustigando la cruda realidad de una sociedad que se iba alejando de Jesucristo. Era la voz del artista que denuncia la corrupción de los hombres.

Me parecieron  una clave luminosa las razones que alegó el jerónimo fray José de Sigüenza, sobre la singularidad del Bosco como pintor. Escribió: “la diferencia que a mi parecer hay de las pinturas de este hombre a las de los otros, es que los demás procuraron pintar al hombre cual parece por de fuera; este solo se atrevió a pintarle cual es dentro.” [“””

Pero vamos a fijarnos en dos claves más, dos claves biográficas.

Primera: Fue muy devoto de la Virgen, perteneció a la cofradía de Nuestra Señora, de la que fue miembro jurado. Tras su fallecimiento, fue enterrado con el hábito de la cofradía y sus exequias se realizaron según disponen las ordenanzas.

Segunda: Estaba muy identificado, dentro de la denominada devotio moderna, con  la institución de los Hermanos de la Vida Común que proponía la santidad para los laicos, consideraba locura no vivir según el ejemplo de los santos y proponía la imitación de Cristo, en línea con Tomás Kempis, como camino de fidelidad evangélica .

Una curiosidad: No necesitó depender de mecenas ni de donantes que le hubieran exigido someterse a los criterios de los que pagaran sus obras. Se casó con una mujer muy rica y pudo pintar con entera libertad en forma y fondo. No fue cosa menor para aquellos tiempos.

 

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18 de Agosto - 2016

Hablemos ahora del don de la belleza y de la vocación humana a ella. Los misterios religiosos han incitado desde siempre a los artistas de todos los tiempos. La Iglesia católica inspiró tal cantidad de obras de arte que si desaparecieran, se perdería la parte más abundante del patrimonio artístico del mundo. Hagamos desaparecer la pintura o la escultura o la literatura, o la arquitectura sobre los misterios de Cristo, de la Virgen o de los santos y habría desaparecido la mayor parte del arte universal.

La belleza es un don inherente a la naturaleza humana. ¿Por qué en la Iglesia católica  ha proliferado tan abundantemente el arte, en oposición, tantas veces, a iconoclastas o a quienes negaban que Dios pudiera ser representado? Sin duda por la misma concepción del ser humano unificado en su  triple inclinación hacia la verdad, la belleza y el bien. La presencia de lo sobrenatural en medio de la vida cotidiana ha incitado a hacer visible lo que se esconde al otro lado de una realidad captada por los sentidos. La encarnación del Verbo ha hecho encomiable aspirar a hacer visible el rostro de Dios, hacer transparente lo traslúcido y lo opaco del mundo espiritual.

Nuestros artistas han querido competir por representar la belleza de la tota pulchra en el abanico inmenso de sus perfecciones: la Madre, La Madre con el niño, La Virginidad, La Encarnación, el fiat en el anuncio del ángel, la Visitación, el fiat en la muerte del hijo, la mujer hacendosa de Nazaret, la Dolorosa y, cómo no, todas prerrogativas: la Inmaculada, la Maternidad divina, la corredentora, y su muerte y su resurrección. Con el realismo naturalista de un Caravaggio, o la honda delicadeza de un Murillo y los grandes pintores barrocos o la delicada ternura que en sus composiciones impregna sor Isabel Guerra, o el prodigio del Greco. Quién no se emociona al contemplar el retablo en alabastro de Damián Forment en el altar mayor de la  basílica del Pilar de Zaragoza, todo él dedicado a la Virgen pero centrado en la Ascensión de María.

Todos, con un dominio formal superior, han sabido exaltar la grandeza de María, consiguiendo hacer visible a nuestros ojos, la nostalgia que de María anida en el corazón de todo creyente.

Por su asunto podemos agrupar la belleza en tres grandes conjuntos, como lo hace el Padre Antonio Ribero, Legionario de Cristo.

Distingue el articulista tres tipos de belleza:

1. La belleza natural: Es la belleza que se encuentra en las cosas de la naturaleza. Un paisaje, el vuelo de un pájaro, unas cataratas, unas montañas, el mar, unas nubes, etc.

2. La belleza artística, es decir, la plasmada el arte: Es la belleza de un hermoso cuadro, un edificio o, una escultura, una pintura, un discurso.

3. La belleza moral o interior: es el orden, el equilibrio, la bondad interior de la persona. Es el conjunto de unidad, verdad, bondad, espiritualidad en armonía, orden, proporción... que cada uno de nosotros tiene en su interior.

 

Todo este  potencial de belleza que se nos ofrece a granel en nuestro entorno, para crecer interiormente, se convierte en el prodigio del arte, cuando el ojo privilegiado del artista  encuentra   un lenguaje, una forma  en la que  a la par que nos  transmite  su hallazgo  nos deslumbra por el esplendor con que aureola la verdad.

En toda obra de arte, al contemplarla, uno se siente comprendido, exaltado, emocionado, al comprobar que ese mundo borroso de nuestro espíritu -por ejemplo, los anhelos de infinito-, ha encontrado a alguien que se lo dice con claridad y hermosura.

Se pregunta Antonio Ribero: “¿Por qué hay unos,  ciegos, que no ven esta belleza interior? ¿Por qué otros son capaces de verla en lo más nimio? No hay camino para descubrir la belleza, sino que la belleza está precisamente en hacer el camino hacia el interior del espíritu.

Y comenta con  preciso realismo:

“La mayoría de los humanos dejan la vida, pasan por la tierra poniendo su empeño en cubrir las necesidades primarias de alimento, pertenencia, aprecio y autoestima, y en su horizonte de miras apenas si han ido poco más allá de capacitarse para ejercer una profesión u oficio, conseguir un nivel socioeconómico aceptable y atesorar propiedades y riquezas con un doble fin: asegurarse unos años de vejez libres de preocupaciones económicas y dejar en herencia a los hijos la seguridad de un patrimonio que alivie las dificultades que la vida pueda depararles. Después, esperar que la muerte llegue lo más tarde posible, y estar orgullosos de haber hecho algo en la vida.  

No condena este autor esta opción de vida, y hasta le parece digna frente a quien pasa por la vida sin enterarse de qué está haciendo en este mundo. Pero, lógicamente, encomia a los que de la belleza han sabido hacer un  camino de optimismo y esperanza. Y continua:

Sin embargo, son pocos, por desgracia, los que amplían su ser con la inapreciable virtud de convertir en bellos, maravillosos, deseables y dignos de disfrute, hasta los momentos más prosaicos y simples de la propia existencia: una merienda en familia, un día de lluvia, el retraso del tren o el nacimiento de un nuevo hijo.

¿Cómo encontrar este camino interior? Responde Antonio Ribero:

“Esta belleza interior está en ti y es la unión de verdad, bondad, espiritualidad. Es un valor que se autogenera en todo aquel que sepa sentirla, vivirla, sintonizarla y crearla en su derredor. Hay que descubrirla, pues está en ti.”

Y añade:

“Esta belleza interior se ha alimentado de esa belleza natural y artística y es un valor universal que se da en todos y que funde en abrazo spiritual, y entusiasma por igual al filósofo, al poeta, al campesino y al científico… Esta belleza interior se dará en quienes tengan los ojos limpios y el corazón desalojado de preocupaciones y saben abrirse a la belleza que encuentran a su alrededor, esparcida en la creación. Esta belleza sentida en el interior como armonía que sintoniza con todo lo creado nos permite descubrir, además, un mundo trascendente que el hombre no es capaz de expresar en términos racionales y que los místicos y poetas se esfuerzan en hacerlo con imágenes poéticas, figuras retóricas, etc.”

¿Pero esto está al alcance de cualquiera? Es principio básico que al ser humano no se le da nada hecho. Y así, todo lo tiene que aprender con esfuerzo mediante una educación que cultive en la cotidianidad, en este caso, la belleza. El autor nos propone un ejemplo, a la altura de un corazón que sabe contemplar a su alrededor:

“Era el mes de mayo. Soplaba aún un viento fresco, pero la primavera había llegado; así lo proclamaban las plantas, los árboles, el perfume de las flores y el gorjeo alegre de los pájaros. Entré en una inmensa catedral gótica, con sus rosetones maravillosos, con sus arcos de medio punto. De repente suena el órgano el Mesías de Haendel y sus potentes armonías se difunden por las anchas y altas naves. Quedé extasiado. En las naves laterales colgaban pinturas de Rafael y Miguel Ángel, que me trasportaban con su encanto. En esto, a diez metros delante de mí una madre tenía entre sus brazos a su hijo, a quien cada diez segundos le daba un profundo beso en la carita. Me acerco al altar. Comenzó la misa. Ya las primeras bancas estaban ocupadas. Me quedé en un costado de pie. Al rato llegó una pobre anciana, apoyada en un bastón. No había asiento. En esto un señor de unos cuarenta años se levanta y cede su asiento a la ancianita. Escucho atento el sermón del sacerdote; todo era claro, estructurado y brillante. Termina la misa y salgo a la calle. Todo olía a primavera.”

 

Esto es aprender  a mirar.

 

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4 de Agosto - 2016

 

         ¿Cómo puede ser que el sufrimiento, la crueldad, la muerte violenta puedan dar ocasión para la belleza? Esta es la respuesta paradójica: desde la Cruz de Cristo. El sufrimiento se convierte en el signo fehaciente del amor, en signo sobrecogedor de una belleza sublime. Benedicto XVI, el Papa de la Belleza, nos enseñó que “el llamado escándalo y locura de la cruz no es una tragedia cósmica, sino el apogeo de la belleza divina”.

A Cristo crucificado no lo hubiera podido entender ni el mundo clásico (Roma o Grecia) para quienes era necedad y locura; ni el mundo religioso pre cristiano, para quien era escándalo. Nuestro tiempo mira con horror, vuelve la cabeza y en tantos momentos blasfema contra Dios a Quien, sin creer en Él, le echa la culpa de todo. Cómo olvidarnos de las palabras que pronunció Benediicto XVI en la  memorable homilía de abril de 2005, al inicio de su pontificado:

“No es el poder lo que redime, sino el Amor. Éste es el distintivo de Dios, Él mismo es Amor ¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el mal y creara un mundo mejor. Todas las ideologías del poder se justifican así, justifican la destrucción de lo que se opondría al progreso y a la liberación de la humanidad. Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no obstante, todos necesitamos su paciencia. El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres.”

En el misterio de la Cruz de Cristo no solo se ha encontrado el sentido del dolor, del sufrimiento, de toda adversidad, persecución y hasta de la muerte, sino que, paradójicamente, los ha aureolado con el esplendor de la belleza, porque ha desvelado su verdad. A lo largo de los siglos, el arte  se ha esforzado por desvelar la epifanía de la Cruz. Una muerte santa no solo nos consuela. Nos emociona por la belleza sublime que encierra. De ello hablaremos a lo largo de este programa.

Sin  merma de nuestro dolor y de nuestra simpatía por nuestros hermanos martirizados, sobreponiéndonos a todo, hemos de recordar que “El martirio es el acto más perfecto de caridad” (Santo Tomás). Que todo  martirio proclama una sublime historia de amor. Que es una manifestación pública de amor frente al odio y la incomprensión. Un suceso en que Amor y muerte se hacen sinónimos. Es una absoluta profesión de fe en el Reino que ha de venir, cimentada  en la caridad y movida por la esperanza.

Ante el martirio  es lógico que primero denunciemos el crimen de humanidad y el horrible homicidio  contra Dios, lo mismo que nos ocurre con la injusta muerte de Jesucristo. Pero en el recogimiento interior de nuestras almas, nuestras lágrimas brotan de la admiración ante el acontecimiento sobrenatural de la entereza, magnanimidad, sencillez, heroicidad, perdón, misericordia y caridad presente en los martirios que se están produciendo cada cinco minutos en nuestros días. Es la paradoja de  la Cruz de Cristo, contradicción aparente entre el horror de los tormentos y la plenitud del amor en ellos manifestado.

Prudencio, el Horacio cristiano de finales del  siglo IV y principios del V en su Peristephanon, ya citado al principio, en  el primer himno dedicado a los soldados calagurritanos Celedonio y Emeterio, dos militares de reconocido prestigio en la Legión  del Imperio Romano,  nos relata con fervor  que el “ductor atrox” “ire ad aram iusserat  idolis litare nigris, esse Christi defugas.” Ellos que habían sido leales al Cesar en todo y merecedores de las máximas condecoraciones, acorralados en su conciencia “Caesaris vexilla linquunt, eligunt signum crucis”. Tenían que ser acusados de deslealtad y traición. Su muerte fue cruel, pero su  entereza, discernimiento y decisión admirables. Denunciaré el crimen, pero me conmoverá su belleza.

Es inmensamente superior la belleza de quien entrega la vida por amor que el horror de quien la arrebata por odio al bien y a la verdad.

San Juan Pablo II  en Vita consecrata, n. 109,  recordó queDonde resplandece la caridad, allí se manifiesta la belleza que salva, allí es glorificado el Padre, allí crece la unidad de los discípulos de Nuestro Señor bienamado.” Y citó a Pavel Florenskij, cantor ruso de la belleza, mártir del siglo XX, que comentó así un pasaje del Evangelio de san Mateo (5, 16): «vuestras buenas obras» no quiere decir «buenas obras» en sentido filantrópico y moralista: tà kalà erga quiere decir «bellas obras», revelaciones luminosas y armoniosas de la personalidad espiritual, —sobre todo, un rostro luminoso, bello, de una belleza por la que se difunde hacia fuera la «luz interior» del hombre, de modo que, vencidos por esta luz irresistible, los hombres alaban al Padre celeste cuya imagen brilla así sobre la tierra” (P. Florenskij, Le porte regali. Saggio sull’icona, Milano 1999, p. 50.)

La belleza, la vocación universal a la Belleza, en toda realidad y  aún en el dolor, nos persuade de La Belleza Maravillosa de Dios.

 

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21 de Julio - 2016

Una demostración de que existe el espíritu y que existe Dios es que existen floristerías… La belleza no alimenta nuestro organismo, pero no podemos vivir sin ella.

El esmero del ser humano por mostrar todas las cosas con estilo y cierta delicadeza, o al menos decorosamente, es una prueba del don recibido y de la necesidad que tenemos de la belleza. Adornamos nuestras casas. No nos conformamos con que todo esté presidido por el orden y la limpieza. Queremos que la hermosura esté presente en nuestra cotidianidad. He ahí las flores de interior, los geranios en las balconadas, los cuadros que cuelgan en nuestras paredes, a veces con  recuerdos entrañables, a veces con copias u originales de obras inolvidables. Es que no sólo de pan vive el hombre.

Necesitamos de la belleza. No solo alumbramos nuestras casas y ponemos aceras de seguridad en nuestras calles. La utilidad y la seguridad es un bien que sirve a la vida. Pero además necesitamos, en medio de la ciudad, alamedas y jardines porque necesitamos la placidez de la naturaleza y su hermosura; ponemos fuentes, no para beber o refrescar nuestros cuerpos, sino fontanas que solo sirven para calmar otra sed, la sed del asombro y de lo bello.

Es una pena ver que todo ello –el cuidado de la hermosura de las cosas en nuestra vida- ocupa un lugar secundario en nuestras valoraciones. Inmersos en nuestros afanes, no tenemos tiempo de contemplar toda la belleza en la que estamos inmersos. No vestimos sólo por utilidad o decoro, no adornamos nuestras fachadas tan sólo con firmeza y seguridad. Buscamos –con más o menos acierto, claro está- que todo manifieste su esplendor. La vocación del ser humano es el amor; pero es la belleza la que hace amable todo lo que existe. No me  cansaré  de repetir que la belleza es la vía del amor y la belleza y el amor te llevan a cantar las maravillas de nuestro Dios.

La fealdad buscada, el culto a lo inarmónico y desfigurado, los movimientos que exaltan lo feo como signo propio de lo humano,  tienen como aval el culto a lo demoníaco y lo perverso. Es natural que la belleza de un rostro joven o la armonía escultural de unos cuerpos en el esplendor de su edad luzcan su hermosura. Así ha sido y así lo ha querido el Creador. Pero la deformación sistemática de lo bello hasta el horror y el escalofrío de lo repugnante, o su instrumentalización, no es propio de lo humano verdadero.

Entramos en claves que exigen explicaciones que superan la mirada natural y nos insinúan la presencia del que odia al ser humano y lo acusa ante su Creador.

¿Por qué las procesiones nos conmueven, sean suntuosas y solemnes o humildes y sencillas como la del Corpus Christi en una aldea olvidada?

De esto os vamos a hablar en la sección de Aprender a mirar.

 

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7 de Julio - 2016

04 Pasodoble Agüero

No hay nada más aburrido y tedioso que una insulsa corrida de toros. Ni nada más espectacular y grandioso que una tarde en la que toros y toreros muestran al unísono su poderío. Queremos que Santiago nos ayude a descubrir todo el simbolismo de belleza que se encierra en la corrida de toros. Yo les confieso que descubría un mundo asombroso cuando escuche a nuestro compañero, maestro y amigo lo que le he pedido que nos exponga a continuación. Háblanos pues, Santiago, de esa magia espiritual que se oculta en una tarde de toros.

El toro es el centro de la fiesta. No hay un animal de estampa más hermosa pero se reduce a borrego  inerme si no manifiesta su bravura, casta y poderío hasta justificar el valor mítico que el toro ha adquirido en el tiempo. A ese toro ideal esperamos cada tarde con tal poder de atracción que no nos hace perder la afición ni la frecuente experiencia de desencantos. 

Cuando el toro hace su presencia pone en pie el entusiasmo de los aficionados y, aunque parezca mentira, un solo toro en plenitud compensa el tedio de sus hermanos. No digo nada cuando la corrida en su mayoría o en su totalidad ha hecho gala de su naturaleza. No hay clamor más entusiasta ni emoción más profunda que la de contemplar un toro que ha merecido el indulto. La plaza entera vive un delirio indescriptible. El aficionado ama con pasión al toro, vibra cundo contempla que sigue con el hocico los vuelos de una verónica, o que arranca de lejos sin vacilar  hacia el poderoso picador y se crece en bravura al sentir el dolor de la pica empujando con todo el ímpetu de los riñones, en una pelea de igual a igual, de fuerza a fuerza, repitiendo sin un atisbo de vacilación y captando que en este combate está en juego la vida. Y a partir de ese momento la emoción en el quiebro arriesgado de los banderilleros, esbelto y pleno de gracilidad y al fin, los diez minutos de  la muleta,  el prodigio de un engaño que desengaña, en lidia o en arte, que cada toro exige su medida y, al fin, la suerte de matar, sin duda la hora de la verdad; cruzar el fielato donde habilidad y valor se miden cara a cara. Cuando la lidia ha sido verdadera, hasta el fracaso tiene su recompensa.

Santiago, descríbenos, mirada en su conjunto, la belleza de la fiesta taurina.

Todo en  una corrida de toros es un espectáculo. Desde el desfile inicial, hasta la despedida de toreros y cuadrillas -apoteósica o resignada y silenciosa, con la dignidad de la vergüenza torera-. Qué hermosa y melancólica, la música de los pasodobles. El ambiente es una fiesta. Entremezclados los rostros gozosos y hermosos de la juventud entre los severos y pensativos de los mayores. El público es un escaparate de la ciudad, una fotografía de la vida misma.

En una corrida de toros, absolutamente todo está sometido a norma. Nada puede dejarse a la improvisación. La norma garantiza que el espectáculo que va a tener lugar, se realiza según razón sin ocasión al capricho o a la veleidad. El tiempo es el protagonista. Desde el inicio que ha de comenzar en punto, hasta el tiempo  señalado para  la muerte del toro. Ni más ni menos. El factor de la suerte no permite concesiones, lo mismo para el triunfo que para el fracaso. También en los toros se cumple el  viejo adagio la suerte está echada.

Quizás nos pasa algo muy significativo: que hemos perdido el sentido de la fiesta. La fiesta, toda verdadera fiesta, es una celebración de la vida.

 El ser humano necesita de la fiesta. La rutina del vivir se rompe con la alegría de las celebraciones. La plaza de toros es el escenario  de las corridas. No me convence tanto, por hermoso que sea el edificio, cuando tiene lugar en anfiteatros o coliseos. Evocan otros modos muy diferentes de celebraciones. Lo nuestro es la plaza, nombre en recuerdo de sus orígenes. Era en las plazas de pueblos y ciudades, ese lugar abierto  en que confluyen todas las calles, donde se celebraban los acontecimientos taurinos y en su memoria se conservó el nombre para las nuevas construcciones.

En toda obra de arte se necesita un marco para recordarnos que lo que aparece dentro pertenece a otra realidad de naturaleza diferente a la cotidiana,  lo mismo en una pintura, en un escenario teatral o una sala de cine. El marco que nos advierte que dentro tendrá lugar un espectáculo sobrecogedor es el genial edificio, con una figura común: la redondez.

Redonda la arena del albero, redondo el cielo abierto, redondas las barreras y redondos los círculos en que se sitúan los asientos de los espectadores hasta las más altas andanadas. Y redondos los tercios en que se distribuye con una línea sutil el escenario de la arena. Todo confluye hacia un punto. La mirada es el sentido fundamental. La distracción te puede costar perderte lo  mejor. Silencio. Entre el cielo y la tierra silencio sobrecogedor y soledad. De pronto un estallido de entusiasmo. Unánime una multitud se pone en pie en un gozo indescriptible. En la plaza de toros no puede haber esquinas. El aficionado tendrá preferencias, sus propios gustos. El torero lo hace bien o mal,  los toros sirven o no sirven y se devuelven al corral, cuando es posible. Aquí no existe mi equipo frente al tuyo. Ver, contemplar, aplaudir o silbar, jalear o condenar cada momento de la lidia.

La plaza puede aprovecharse para otros espectáculos, pero sólo muestra su potencial prodigioso cuando toriles, callejones, palcos y banderas, burladeros expectantes y corrales interiores, anuncian que hoy va suceder, que entre emociones encogidas, oles entusiastas y ayes  de temor, va a surgir el señorío de la belleza, templada, serena, enroscada, circular entorno al eje vertical de un torero que carga sus pies en el suelo y se yergue majestuoso hacia el cielo en un himno a la vida, mientras el toro se entrega obsesivo hasta el fin en busca de la muerte.

 

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16 de Junio - 2016

Nuestra primera sección se dirige a que tomemos conciencia de que en la creación y en nuestro día a día estamos rodeados de hermosura, una hermosura que signo de la Belleza invisible del Creador.

Lo visible de Dios por medio de sus criaturas, referente moral para todos los pueblos, como nos enseñó San Pablo, se ha manifestado plenamente en la Revelación anunciada por los profetas, en el misterio asombroso de la Encarnación, dando cumplimiento a las promesas hechas a “nuestros padres”  y  restableciendo por siempre las Antiguas Alianzas. San Juan de la Cruz exclamaba:

 

¡Oh bosques y espesuras,

 plantadas por la mano del Amado,

 oh, prado de verduras,

 de flores esmaltado,

 decid si por vosotros ha pasado!

                      

Respuesta de las criaturas

 

 Mil gracias derramando,

 pasó por estos sotos con presura,

 y yéndolos mirando,

 con sola su figura

 vestidos los dejó de su hermosura.

 

No admirar la belleza de la creación es una de las carencias de nuestro tiempo. Llevo un tiempo advirtiendo del peligro de un nominalismo virtual. La imagen  está sustituyendo a la realidad. Las nuevas tecnologías con su deslumbrante poder y la eficacia de sus medios están consiguiendo que pasemos indiferentes ante una naturaleza palpitante, hecha a la medida de nuestros sentidos y necesidades, para llegar apresurados a contemplarla pero por medio de un intermediario de la comunicación. Yo mismo  he permanecido embobado o amodorrado contemplando “un  ocaso radiante” en TV, mientras, como me advertía mi mujer, un poniente asombroso tenía lugar a mis espaldas con sólo asomarme al mirador de mi ventana.

La creación es un lenguaje que no cesa de enviarnos mensajes. Los que salen al encuentro de la naturaleza lo saben bien. Aunque no dejan de parecerme aberrantes esos jóvenes montañeros que van ascendiendo las pendientes absortos en sus auriculares. Cómo van a deleitarse con los variados sonidos del monte, canto o susurro, que a Machado le permitían anotar en su cartera “Estos chopos del río que acompañan con el sonido de sus hojas secas el son del agua cuando el viento sopla”; o con sus conmovedores silencios.  El silencio de las cimas es un himno sobrecogedor. En esos momentos me ha parecido siempre que atravesaba la nave de un templo.

Para una mirada libre toda la creación proclama la grandeza del Señor y así lo repiten con voz de cascada los valles y las cumbres de los montes y así lo entonan los mares y los ríos, también con voz de cascada o entre susurros.

Es necesario que los creyentes abramos nuestros ojos a la maravilla de la creación. El dominio que el Señor nos encomendó no se reduce al control de sus utilidades. El universo es bellísimo y todo él proclama la hermosura de su Creador. La belleza  es el camino del amor. Es la escuela que afina nuestra sensibilidad para aprender a amar y poder corresponder al amor. Estamos inmersos en la maravilla de una realidad asombrosa.

En los campos de concentración de Auschwitz, al atardecer, los prisioneros condenados a muerte, se consolaban, saliendo a contemplar las bellísimas puestas de sol, como aliciente para seguir viviendo.

Si no recuperamos el lenguaje de la creación es muy difícil que podamos entender el lenguaje de la redención. La belleza  de todo lo creado es un regalo, un detalle delicado, un ramo de hermosura que nos muestra hasta qué grado de finura distingue el Amor de nuestro Dios, primicias gozosas de su Corazón Traspasado.

 

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2 de Junio - 2016

     La belleza está en todas las partes. Dice San Agustín: «Interroga a la belleza de la tierra, del mar, del aire amplio y difuso. Interroga a la belleza del cielo..., interroga todas estas realidades. Todos te responderán: ¡Míranos: somos bellos! Su belleza es como un himno de alabanza. Estas criaturas tan bellas, si bien mutables, ¿quién la ha creado, sino la Belleza Inmutable?» (Sermón 241, 2: PL 38, 1134).

Benedicto  XVI, pensador agustiniano por lo demás, dice: “Pienso que debemos recuperar y hacer recuperar al hombre de hoy la capacidad de contemplar la creación, su belleza, su estructura. El mundo no es un magma informe, sino que cuanto más lo conocemos, más descubrimos en él sus maravillosos mecanismos, más vemos un designio, vemos que hay una inteligencia creadora.

  Y Albert Einstein dijo que en las leyes de la naturaleza «se revela una razón tan superior que toda la racionalidad del pensamiento y de los ordenamientos humanos es, en comparación, un reflejo absolutamente insignificante». La belleza está en todos los rincones. Es admirable cómo en fiestas como la del Corpus toda la creación se pone a los pies del Creador para que el hombre aprenda a doblar sus rodillas ante el Dios que pasa por en medio de las calles de la ciudad.

Lo vamos a explicar con un poema descriptivo de Don José Zorrilla, poeta casi olvidado hoy a pesar de haber sido el más popular de su tiempo hasta el extremo de haber sido recibido como miembro de la Real Academia en 1882 y coronado oficialmente en 1889 en Granada, de manera apoteósica en ambas ocasiones. Temáticamente supo expresar como nadie el sentir religioso y patriótico del pueblo español, en medio de las convulsiones políticas que llevaron a España a la ruina económica y al desarraigo de sus valores tradicionales. No deja de sorprendernos su vigorosa confesión en un verso frecuentemente citado: «Cristiano y español, mi patria canto».

La no-representación de Don Juan Tenorio en los días iniciales del noviembre ha contribuido a su olvido.

En 1889,  se encuentra nuestro poeta en Granada. Ha venido con el propósito de recoger información para componer el poema Granada. No pierde el tiempo. Asiste a la procesión del Corpus en la ciudad, se siente inspirado y se une al canto de la ciudad.  Se trata de una oda, un canto entusiasta al paso de la custodia por las calles granadinas.

Comienza con un estallido de la naturaleza. Un sol radiante llena de colorido el cielo y la tierra mientras el primer grito de bienvenida y alabanza desciende del cielo y hace que todo el orbe se postre reverente como lo hace el mismo paraíso. El exceso de retórica puede parecernos que quita autenticidad y emoción sentida. Esta es la forma habitual de expresión romántica. Sin embargo llama la atención la sucesión de metáforas con que pondera la belleza de Granada, que invita con su esplendor al regocijo; lo mismo que a llenar de pétalos las calles procesionales formando alfombras que ponga a los pies de Cristo las bellísimas y perfumadas flores despojadas de sus cármenes.

Sorprende la última estrofa. Se sale del himno que configura las octavas anteriores y la transforma en una oración de súplica. Bien sabe que los tiempos se están convirtiendo en una amenaza contra toda creencia religiosa. Reconociendo que toda la creación ha surgido de la palabra creadora de Dios y que perdura por su mirada amorosa, eleva una súplica ferviente y confiada. En realidad es una triple deprecación: un mirada piadosa hacia la ciudad; convertirla en alcázar de la fe española; y en último extremo, que sea reducto seguro, aunque los demás abandonen su fe. Algo presentía Don José.

 

Al Santísimo Sacramento.

 

Al derramar su lumbre soberana

hoy el radiante sol desde la Sierra

tornando el cielo en pabellón de grana

y en alfombra de púrpura la tierra

sonó en el cielo el inmortal Hosanna,

y estremecido cuanto el orbe encierra

al eco santo se postró sumiso

ante la Hostia que alumbra el paraíso.

 

¡Gloria al Señor! ¡Hosanna en las alturas

al Dios que sobre el Gólgota sangriento

redimiendo al morir las criaturas

su cuerpo les dejó por alimento!

¡Gloria al Señor en cuya fe seguras

sus almas tornarán al firmamento,

donde se ofrece en celestial comida,

germen de luz y manantial de vida!

 

Regocíjate tú, Granada bella,

ciudad hija del sol, huerto florido

que entre nieves estériles descuella;

taza de nardos, de palomas nido,

diamante puro que sin luz destella,

paraíso entre rocas escondido,

regocíjate tú y adora y canta

el misterio de la Hostia Sacrosanta.

 

Regocíjate, sí, con santo anhelo:

tus deliciosos cármenes despoja

de cuánta flor les dio pródigo el cielo

sus capullos balsámicos deshoja

y de fresco tapiz vistiendo el suelo

viérteles en Bib-Rambla hoja por hoja,

porque velado en Sacramento viene

quien cielo y tierra en un pulgar mantiene.

 

¡Hosanna! ¡Hosanna! Con eternas flores

cogidas de Salem en los jardines

ciñéndose la sien, dignos loores

le cantan los ardientes querubines.

Espléndido dosel de mil colores

con sus alas le dan los serafines

al Sumo Dios por quien el orbe alienta,

le da su trono y a sus pies se asienta.

 

Eterno Dios, cuya palabra sola

formó la creación, cuya mirada

serena el mar y el alba tornasola:

tiéndela piadoso hacia Granada,

Alcázar sea de la fe española,

y a sombra de tu trono cobijada,

guarde, Señor, tu religión segura,

si te olvida tal vez la edad futura.

 

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21 de Mayo - 2016

     Para nosotros es siempre la belleza el ventanal que nos permite  contemplar el cielo en la tierra. La creación con  su variedad e inmensidad, desde la más humilde flor o la más insignificante de las criaturas, hasta los sobrecogedores paisajes, el ímpetu o el sosiego del mar, la suavidad o la fuerza del viento, la luz o las estrellas, el universo… Todo ello, ¿qué son sino primicias de la vida eterna? Los colores son el rostro de Dios.

 

         La belleza es el don universal para los sentidos humanos que permite mediante el asombro deslumbrar el interior de nuestras almas. Todo el universo está esperando el piropo emocionado de nuestro corazón. Dios nos ha puesto la belleza de todo como escuela del alma. No entiendo a un cristiano que pase indiferente ante la inundación de belleza que nos rodea, día a día, cada día desde el instante en que la luz devuelve a cada cosa su ser y su esplendor. ¡Oh maravilla de la creación! Mensajera del destino eterno del ser humano. Gracias a ella los hombres aprendemos a poner nombre al autor de todo, como si las palabras fueran bengalas que tratan de iluminar el misterio de Dios. Por qué le llamamos sol, por qué luz, por qué mar, por qué noche  y aurora, por qué brisa y constelación y arcoíris y fuente y agua cristalina y ciervo y todo.

 

         San Juan de la Cruz nos lo resumió así: “El aspirar del aire, el canto de la dulce Filomena, el soto y su donaire, en la noche serena, con llama que consume y no da pena.” Toda la creación, con sola su figura, Dios la dejó vestida de hermosura. Pero esto sólo es un anuncio, una preparación para algo más grandioso y sublime…

 

         Cierto. Todo esto es marco, preámbulo de la nueva belleza que supuso en todo y para todo la encarnación de Cristo. Y en este mayo la Virgen su madre ocupa el centro de nuestra admiración. Toda la hermosura es imagen de María. San Ezequiel Moreno el Santo Obispo de Pasto en Colombia decía que “la Santísima Virgen no solamente es una belleza que no ha tenido ni boceto ni copia; no sólo ofusca con su hermosura todas las hermosuras; no solamente es la obra de la Omnipotencia Divina, el lujo –decía el santo- del poder de Dios, porque nunca Dios volverá a hacer otra  madre suya; sino que, además, posee un corazón que nos ama con un corazón que no podemos concebir y mucho menos explicar. Sin Cristo y sin María el mundo maravilloso del arte sería un erial. Y ni las rosas, ni los lirios ni las azucenas, ni las palmeras, ni los cedros, ni los arroyos, ni las nubecillas, que surgen del mar, sentirían el orgullo de servir de tenue reflejo del sublime esplendor de María. Tota pulchra es, Maria, et macula originalis non est in te. Eres toda Hermosa, María  y el pecado original no está en ti. Tu, la gloria de Jerusalén, tú, alegría de Israel, tú, honor de nuestro pueblo, ¡Oh! María, virgen prudentísima, madre clementísima. Ruega por nosotros, intercede por nosotros ante nuestro Señor Jesucristo.”

 

         Es tal la hermosura de María que ni los poetas ni los demás artistas podrán poner punto final a su creatividad en la tierra; y todo lo que hagan, por sublime que sea, será  solo signo, presagio, primicia  de la que hemos de admirar en el cielo.

 

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5 de Mayo - 2016

¿El momento en que unos padres dan consejos a sus hijos, los corrigen o les advierten de peligros o les dan criterios de comportamiento recto,  puede convertirse en ocasión de hermosura, además del bien  que encierra la instrucción?

Estamos hablando de algo esencial en la vida: La orientación para seguir el camino del bien y no el camino del mal. Es el drama por excelencia. Si el arte es espejo de la condición humana, no debería ser ajeno a esta encrucijada vital en la que padres e hijos deben encontrarse, y encontrarse juntos.

La belleza se encuentra a la vista constantemente en mil momentos de la realidad y de nuestra vida. Los artistas nos ayudan a contemplarla y a vivirla.

Un paisaje, una acción heroica, un comportamiento  virtuoso, etc. nos conmueven porque son o bonitos, o lindos, o hermosos,  o plenos de belleza. El bien, la verdad, la armonía en cosas y personas son ocasión de belleza incluso en medio de una situación dramática o trágica. Estamos dotados los seres humanos para contemplarla y gozarnos con ella. Es belleza, aunque para  incluirla en la categoría del arte es imprescindible que un artista plasme en un lenguaje lo que ha contemplado en la realidad.  El arte es un mundo de belleza; y la vida, la realidad que nos circunda aún es mayor.

¿Qué significado tiene para el artista la vida humana si la consideramos como un entramado hecho de encrucijadas?

El romanticismo transformó el amor en suspiros y en merengues, desconoció lo mejor. Pero tampoco el amor es un diosecillo ciego, como lo imaginaban los antiguos. La cuestión es ser o no ser. Leed el famoso monólogo de Hamlet atentamente. El tema aparente es elegir entre dos alternativas opuestas ante el agravio: pasividad resignada; o, acción vengativa. Digo aparente porque la elección es tener conciencia o no tenerla: “La conciencia nos hace cobardes a todos” dice Hamlet. En definitiva, renunciar al conocimiento del bien y del mal y a un santo temor a Dios nos hará capaces de atrevernos a todo incluso a lo más sagrado y en consecuencia, a despreciar el amor como sustento y vocación de toda persona.

¿Y qué es educar, en este contexto? ¿Qué cabe esperar de los padres ante la tarea educativa que es para ellos la vida de sus hijos?

San Juan Pablo II, en un discurso pronunciado el 14 de noviembre de 1995, ante la Asamblea Plenaria de la Congregación para la Educación Católica, nos recordó:

Sólo educa quien ama, porque sólo quien ama sabe decir la verdad que es el amor. Dios es el verdadero educador porque «Dios es amor». Aquí está el núcleo, el centro fundamental de toda actividad educativa: colaborar en el descubrimiento de la verdadera imagen que el amor de Dios ha impreso indeleblemente en toda persona y que se conserva en el misterio de su amor. Educar significa reconocer en toda persona y pronunciar sobre toda persona la verdad que es Jesús, para que toda persona pueda llegar a ser libre. Libre de las esclavitudes que se le imponen, libre de las esclavitudes, aún más claras y tremendas, que ella misma se impone.”

Esta es la cuestión: ser o no ser. Nada se nos da hecho.  Por todo esto, ser padres conlleva inherente el deber de educar, la obligación de aconsejar en el bien a nuestros hijos.

 

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21 de Abril - 2016

       Es un anclaje en nuestra concepción de la belleza, belleza que podemos encontrar en la vida, en nuestro vivir cotidiano;  y, por su puesto, en el arte.  Hoy lo vamos a mostrar  leyendo los textos que aparecen en la introducción de su novela póstuma Los trabajos de Persiles y Segismunda que se publicó en Madrid en 1617.

 

         Aunque son textos escritos, no son propiamente ni creación literaria ni algo  con  una finalidad puramente estética, ni siquiera cuando están en verso o  se hayan escrito en una prosa muy cuidada. Unos son textos administrativos u ocasionales. El  más admirable de todos la carta que Cervantes  escribe al Conde de Lemos unos días antes de su muerte. No se trata  de una epístola literaria, sino de un escrito familiar en el que se refleja el talante de un hombre bueno ante su muerte y el optimista sentido de la vida.

 

         Por deseo expreso, Don Miguel encargó a su mujer Dª Catalina Salazar y Palacios, a quien había nombrado heredera testamentaria,  que hiciera los trámites para publicar su novela y que fuese ella la que cobrase los beneficios que la obra proporcionase. Así se confirma en la autorización mandada por el Rey.

 

         Los textos que aparecen en la introducción son testimonio del juicio que como hombre y como escritor mereció a quienes le conocieron. Don Miguel de Cervantes fue cofrade de la Orden Tercera de San Francisco. Así como, tres años antes de su muerte, se hizo hermano de Los esclavos del Santísimo Sacramento

 

         Don Francisco de Urbina, hermano de la orden tercera,  escribe un epitafio A MIGUEL DE CERVANTES, al que define como “insigne y cristiano ingenio de nuestros tiempos, a quien llevaron los Terceros de San Francisco a enterrar con la cara descubierta, como a Tercero que era”, según costumbre típicamente barroca. La décima para ser escrita como epitafio en su tumba, dice:

 

Caminante, el peregrino

Cervantes aquí se encierra;

su cuerpo cubre la tierra,

no su nombre, que es divino.

En fin, hizo su camino;

pero su fama no es muerta,

ni sus obras, prenda cierta

de que pudo a la partida,

desde ésta a la eterna vida,

ir la cara descubierta.

 

         A.- Y el censor de obras, Don José de Valdivieso, poeta y autor de comedias y autos sacramentales de mérito, escribió en el estilo típicamente de la época:

 

         “Por mandado de Vuestra Alteza he visto el libro de Los trabajos de Persiles, de Miguel de Cervantes Saavedra, ilustre hijo de nuestra nación y padre ilustre de tantos buenos hijos con que dichosamente la ennobleció, y no hallo en él cosa contra nuestra santa fe católica y buenas costumbres, antes muchas de honesta y apacible recreación; y por él se podría decir lo que San Jerónimo de Orígenes por el comentario sobre los Cantares: Cum in omnibus omnes, in hoc seipsum superavit Origenes, pues, de cuantos nos dejó escritos, ninguno es más ingenioso, más culto ni más entretenido. En fin, cisne de su buena vejez, casi entre los aprietos de la muerte, cantó este parto de su venerando ingenio. Este es mi parecer, salvo, etc.

         En Madrid, a nueve de setiembre de mil y seiscientos y diez y seis años.”

 

         Pero es la carta dedicatoria que el propio Miguel de Cervantes dirige al Conde de Lemos la que se convierte en un testimonio sobrecogedor y hermoso de un caballero español ante su muerte inminente. Está fechada el 19 de abril y murió el 22 del mismo mes. No estamos ante un ejercicio literario, sino ante una carta dirigida a su protector en la que expresa su actitud ante la muerte y su gozoso optimismo existencial. Son documentos para su biografía, pero  tan cargados de emoción, que no por arte sino por vida y verdad, no por ser verosímiles, sino por ser verdaderos, están sobrados de belleza. Fíjense en lo que escribe en la carta:

 

“A DON PEDRO FERNÁNDEZ DE CASTRO,

Conde de Lemos, de Andrade, de Villalba;

Marqués de Sarria, Gentilhombre de la Cámara de su Majestad, Presidente del Consejo Supremo de Italia, Comendador de la Encomienda de la Zarza, de la Orden de Alcántara

Aquellas coplas antiguas, que fueron en su tiempo celebradas, que comienzan “Puesto ya el pie en el estribo”, quisiera yo no vinieran tan a pelo en esta mi epístola, porque casi con las mismas palabras la puedo comenzar, diciendo:

Puesto ya el pie en el estribo,

con las ansias de la muerte,

gran señor, ésta te escribo.

 

         Ayer me dieron la Extremaunción y hoy escribo ésta: el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir, y quisiera yo ponerle coto hasta besar los pies a Vuestra Excelencia; que podría ser fuese tanto el contento de ver a Vuestra Excelencia bueno en España, que me volviese a dar la vida. Pero si está decretado que la haya de perder, cúmplase la voluntad de los Cielos, y por lo menos sepa Vuestra Excelencia este mi deseo, y sepa que tuvo en mí un tan aficionado criado de servirle, que quiso pasar aún más allá de la muerte mostrando su intención.

         Con todo esto, como en profecía me alegro de la llegada de Vuestra Excelencia,  regocíjome de verle señalar con el dedo, y realégrome de que salieron verdaderas mis esperanzas, dilatadas en la fama de las bondades de Vuestra Excelencia.

         Todavía me quedan en el alma ciertas reliquias y asomos de Las semanas del jardín y del famoso Bernardo. Si a dicha, por buena ventura mía (que ya no sería ventura, sino milagro), me diese el Cielo vida, las verá, y con ellas el fin de La Galatea, de quien sé está aficionado Vuestra Excelencia. Y, con estas obras, continuando mi deseo, guarde Dios a Vuestra Excelencia como puede.

 

         De Madrid, a diez y nueve de abril de mil y seiscientos y diez y seis años.

 

Criado de Vuesa Excelencia, Miguel de Cervantes.”

 

         He aquí un caballero cristiano ante la muerte y una actitud optimista ante la vida. Nada menos que anuncia la segunda parte de la Galatea, novela en el más puro género del renacimiento, el idealismo bucólico, tan presente como alternativa de vida en El Quijote.

 

         Si alguien afirma que Cervantes no fue un hombre de bien, un enamorado de España y un católico sincero, (hoy intentan presentarlo algunos como agnóstico e incluso como un cripto-musulmán, manda narices,) recordad esta carta en la que refleja su aceptación  de la fe cristiana y su acatamiento a la voluntad de Dios. Muerte ejemplar, en la estirpe de Jorge Manrique: “Y consiento en mi morir con voluntad placentera, clara y pura. Que querer hombre vivir cuando Dios quiere que muera es locura”.

 

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7 de Abril - 2016

¿Qué dice el arte acerca de la vocación y misión de cada ser humano? La vocación común del ser humano, es aprender a amar y, en consecuencia a servir. Esta vocación universal se concreta en una misión específica que como la moneda tiene  dos caras: 1ª Cómo quiere Dios que desarrolle mi camino de amor. 2ª Cómo quiere Dios que perfeccione el mundo con mi trabajo, por humilde o insignificante que parezca.

 

No conozco ninguna obra literaria, principalmente narrativa o dramática, pero tampoco lírica, que no nos plantee de algún modo las adversidades o gozos que acarrea el sacar adelante una vocación, esa llamada, ese discernimiento  que te permite descubrir  lo que tienes que ser y lo que tienes que hacer en esta vida, es decir, tu misión.

 

La habrás encontrado, como San Pablo, cayéndote del caballo; puedes descubrirla por una iluminación interior o por los consejos de quienes te conocen y te aman; aunque el modo más ordinario sea que en el curso de los días vas descubriendo aquello que se acomoda a tus cualidades y que da sentido a tu vida.

 

Resulta aleccionador pensar que a San Pablo Dios no le cambió su vocación inicial: entregar su vida al servicio de la religión. Orientó su vida hacia Cristo, la nueva religión, y le cambió de  ser perseguidor a ser apóstol, del odio al amor. A quien  sí se la cambió es a San Mateo, que estaba a gusto en el mundo de las finanzas y pasa luego a descubrir que el único y verdadero tesoro es Jesucristo. Cada Apóstol tiene un modo distinto de llamada; por ello sirven de referente a los modos comunes de encontrar la vocación, tantas veces presentados en maravillosas obras de arte.

 

La vocación específica  puede cambiar en el curso de la vida. Incluso de manera permanente o de manera transitoria.  Tu vocación puede ser aceptar con gozo la impotencia, la inutilidad, la enfermedad o el sufrimiento.  Pero siempre, siempre, con un sentido que dé razón  del dolor, que hace crecer a quien lo padece y tanto o más a quien tiene la misión de estar a su cuidado. Nada hay más amargo que un sufrimiento sin esperanza.  De lo contrario será fácil  escuchar: para vivir así, mejor la muerte. No tiene calidad de vida.

 

A veces pienso que nuestros contemporáneos han  perdido el norte por creer que hemos venido a este mundo a pasarlo bien que son dos días y que todo lo demás es medio para tal fin. La formación se pone al servicio de la utilidad. ¿Qué tengo que hacer para ganar más, para hacerme rico? El modo no importa y si la conciencia te reprocha, acállala que es un estorbo. Celestina, la vieja Celestina, estaba orgullosa de su trabajo, que le parecía tan válido y eficaz como cualquier otro. Pero no todo sirve. ¿Os imagináis que Celestina se hubiera convertido en una Madre Teresa de Calcuta?... No creáis que es un imposible, ¿qué le ocurrió, si no a Mª Magdalena tras descubrir el amor de Cristo?

 

Es urgente el que volvamos a la certeza de que cada uno de nosotros ha venido a este mundo con una vocación específica. Dios te ha dado una misión y si tú no la haces, nadie la hará por ti. No es verdad que nadie es imprescindible. No es verdad que tu misión puede hacerla cualquiera y que da igual sacarla adelante que no sacarla. No es verdad. Tu misión, por insignificante que te parezca,  está preñada de historia futura, de porvenir. Sólo Dios sabe las consecuencias insospechadas de todo cumplimiento del deber.  

 

Es verdad: puede ocurrir que  se dé un desajuste entre el oficio con que te toca vivir y tu vocación originaria. Cervantes, que sabía de adversidades, escribió la vida de Tomás Rodaja al que por su locura le llamaron el licenciado Vidriera. Mientras estuvo loco las gentes valoraban sus dichos y consejos y sacaba buenos dineros. Recuperó la razón, daba idénticos consejos, pero nadie le escuchaba y tuvo que buscarse nuevo oficio para poder comer. Había nacido dotado para ser un humanista y para ello se había rigurosamente preparado. Las circunstancias le obligaron a vivir y morir como soldado, dejando fama de valiente. No es lo ideal, aunque no te quede más remedio. En estos casos se dice  hacer de tripas corazón.

 

Es elocuente lo que se narra en Los miserables, la novela de Victor Hugo. Todo comenzó con la acción de Monseñor Myriel, el obispo, anciano bondadoso y encantador que con una pequeña obra de caridad y de misericordia, desencadena la conversión de un bribón hasta llegar a transformarse en un hombre bueno y desde ese momento en un torrente de bien por donde pasaba. “-Jean Valjean, hermano mío, vos no pertenecéis al mal, sino al bien.” El Obispo actúa acorde con su misión sacerdotal. No emplea un truco sino que actúa conforme a su vocación. 

 

S.- Os recuerdo las palabra finales de la escena: “-Señores, podéis retiraros. Los gendarmes abandonaron la casa.  Parecía que Jean Valjean iba a desmayarse. El obispo se aproximó a él, y le dijo en voz baja: -No olvidéis nunca que me habéis prometido emplear este dinero en haceros hombre honrado. Jean Valjean, que no recordaba haber prometido nada, lo miró alelado. El obispo continuó con solemnidad:  -Jean Valjean, hermano mío, vos no pertenecéis al mal, sino al bien. Yo compro vuestra alma; yo la libro de las negras ideas y del espíritu de perdición, y la consagro a Dios.”

 

Así encontró Jean Valjean su vocación.

 

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3 de Marzo - 2016

La belleza tiene un extraordinario potencial educativo. Cuando estamos rodeados por un ambiente de belleza, niños y adultos nos sentimos inclinados a asumir actitudes valiosas y a desarrollar hábitos que nos ayudan a ser mejores, a tratar mejor a las personas y a cuidar las cosas con más esmero.

 

La belleza está presente en la armonía y diversidad de la naturaleza, que nos asombra cuando la contemplamos en paisajes y en espacios o en las demás criaturas. Se encuentra también en la integridad moral de las personas, en la virtud y en el amor, en disposiciones como la amabilidad, la delicadeza, la compasión, el sacrificio, la simpatía, el agradecimiento, el cariño… La belleza despierta asimismo nuestra admiración en las obras artísticas que, a través de nuestros sentidos, llegan a lo íntimo de nuestro espíritu, lo elevan y lo plenifican.

 

El asombro es la puerta hacia la belleza, y la belleza es la puerta hacia la plenitud de lo real.

 

Catherine L’Ecuyer es autora de un bonito libro titulado “Educar en el asombro, que viene a propósito de lo que venimos diciendo. Su lectura es sencilla y repite unas cuantas ideas esenciales muy bien articuladas. En uno de sus capítulos, dedicado expresamente a la Belleza, resalta el poder que ésta tiene tanto para la educación como para la vida.

 

Explica, por ejemplo, que uno de los obstáculos que impiden al niño llegar a la Belleza hoy en día es la falta de sensibilidad. Denuncia la sobreestimulación que satura los sentidos e impide que el niño pueda apreciar la dimensión estética de la vida. Pensemos ahora mismo en la avalancha de dispositivos digitales que en muchos casos hacen que la exclusiva atención a las pantallas prive a muchos niños y jóvenes de la contemplación de la naturaleza. Esta sobreestimulación, dice L’Ecuyer, “sustituye al asombro e impide que el niño pueda llegar a percibir la Belleza de lo que le rodea”.

 

Por eso, concluye esta autora, es tan importante que el niño tenga espacios de silencio para reflexionar, apreciar y saborear la Belleza a su alrededor, y experiencias estéticas para desarrollar la sensibilidad hacia lo hermoso. Por cierto. Se habla aquí de los niños. Pero a los adultos tampoco nos vendría nada mal. Menciona Catherine L’Ecuyer a este respecto, entre otras posibles, tres experiencias bien dispares en apariencia: la naturaleza, la música y la amabilidad.

 

Ciertamente, para educar en la belleza, no son menos fecundos que las obras maestras del arte los pequeños detalles que hacen agradable y hermosa la convivencia de cada día.

 

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18 de Febrero- 2016

Hemos afirmado que la belleza no está definida ni por el asunto que expone una obra de arte ni por un tipo genérico de expresión. Como puede apreciarse por ejemplo en la sencillez del bodegón con cacharros de Zurbarán caracterizado por una expresión realista y sin afectación.

         Hoy os vamos a traer a vuestra consideración varias obras vigorosamente expresivas y llamativas y solo una en verdad sublime. Os vamos a hablar en pintura de  La Libertad guiando al pueblo, cuadro pintado por Eugene Delacroix en 1830 y conservado en el Museo del Louvre de París. En  poesía, de la Canción del pirata de Espronceda. Y dentro de la sección Los caminos del arte de una obra de teatro: La vida es sueño de Calderón.

         Todos estamos llamados a gozarnos de la Belleza.  Pero, a veces, para encontrarnos con ella se nos exige esfuerzo y preparación, igual que en una competición deportiva. Es un lema  que para ver no es suficiente mirar, es necesario saber, bien porque el lenguaje de los artistas no es sencillo o  bien porque el asunto es complejo. La belleza nos reclama; pero  necesitamos superar las barreras que dificultan el gozo del encuentro: la complejidad del contenido o de la expresión.

 

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4 de Febrero - 2016

     En esta primera sección del programa, El don de la Belleza, Venimos pensando en la unidad de forma y contenido en la obra de arte, cuya entraña es netamente espiritual.

Y es que sólo los humanos hemos recibido el don de asombrarnos ante la belleza. Las demás criaturas verán el color de las flores y acudirán a él como reclamo. Van a lo que van. Jamás se detienen a contemplar la armonía de una rosa, la delicada distribución de sus pétalos ni el equilibrio fascinante de su colorido.

El hombre se asombra y se recrea sin más utilidad que la de su gozo. La literatura es arte. Su materia es la palabra. El dominio expresivo del lenguaje es el esplendor que orla y manifiesta la belleza de la verdad. Forma y contenido se ahorman en unidad perfecta.

El Obispo de Vic, Monseñor Torras y Bages, profundo conocedor del arte, y amigo de Don Antonio Gaudí, en una de sus charlas dirigida a pintores, les decía:

“Lo esencial de la belleza, la transparencia del infinito en las cosas naturales, consiste indudablemente en un cierto resplandor. Sin él no hay objeto bello. La armonía o proporción, la concordancia de los elementos, siguiendo el finísimo análisis de Santo Tomás, constituye el sujeto, pero no la esencia de la cosa bella, o bien, como él dice, la razón de lo bello; y, en efecto, todos vosotros, a la composición pictórica de mayor regularidad y armonía no le concederéis la palma de la belleza si le faltaba el resplandor de la vida. La luz o resplandor, en su más amplio sentido, es como la forma del Infinito; por eso los pintores dan tanta importancia a la luz y al color, y más que en todas las otras Artes en la vuestra puede demostrarse la exactitud de aquella idea madre del Angélico cuando afirma que si bien la proporción o concordancia constituye el sujeto, no obstante, el resplandor es la esencia de la razón de lo bello.

 Las escenas más repugnantes, iluminadas con el resplandor del Arte se convierten en estéticas; Velázquez con una cuadrilla de borrachos emborracha nuestro espíritu con la divina ambrosía de una emoción nobilísima, y con la deformidad de unos enanos nos hace experimentar la consolación artística.

¡Oh maravillosa potencia del Arte! Tú eres imagen del Infinito que hasta del mal hace instrumento del bien. De los desgarros morales y físicos, de “borrachones” y enanos, del desecho del mundo, sabiendo que cada hombre por miserable que sea, es un relicario donde se cobija el infinito, valiéndose de las mismas deformidades y llagas, como Dios se vale del demonio para hacer resplandecer más su gloria, el Artista produce en el espíritu del contemplador la inefable luz de la Belleza.”

La verdad de cualquier cosa, que a simple vista está oculta, el artista nos la revela, descubre su sentido, nos facilita entenderla y gozarla.

Y además nos aclara: La armonía o proporción, la concordancia de los elementos, siguiendo el finísimo análisis de Santo Tomás, constituye el sujeto, pero no la esencia de la cosa bella, o bien, como él dice, la razón de lo bello.

Y nos lo explica con dos ejemplos sacados de Velázquez: En su famoso cuadro El triunfo de Baco, de sobrenombre expresivo,  no se reduce a presentarnos una deplorable cuadrilla de borrachos o en sus enanos las deformidades y llagas de la condición humana.

Una mirada cristiana genial nos hace ver que cada hombre, por miserable que sea, es un relicario donde se cobija el infinito. La belleza es más que aquello que al contemplarlo me complace. Claro que es agradable contemplar la armonía o proporción, la concordancia de los elementos. Pero la razón de lo bello se nos manifiesta en la verdad que nos revela.

         Por ello proclama, mediante una comparación audaz: “valiéndose de las mismas deformidades y llagas, como Dios se vale del demonio para hacer resplandecer más su gloria, el Artista produce en el espíritu del contemplador la inefable luz de la Belleza”.

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21 de Enero- 2016

Con una cita de Rafael Morales, poeta nacido en Talavera de la Reina y perteneciente la primera generación de posguerra, comenzamos esta sección. En  su libro Canciones sobre el  asfalto (1954) escribe:

"La poesía, por lo que de divinidad pueda tener, se encuentra en todas partes. No la busquéis tan solo en las aguas de un arroyo o en los cálidos ojos de la mujer querida. Bajad también entre los lodazales, entre las yerbas de la primavera que se pudrieron..."

La belleza no es patrimonio de los asuntos nobles ni exige una expresión engolada o rimbombante. Don Miguel de Cervantes lo tenía claro. En el pasaje de El retablo de las maravillas dice  el escritor por boca de Maese Pedro, (capítulo XXVI de la segunda parte): “llaneza muchacho; no te encumbres, que toda afectación es mala”. Y cuando Don Quijote le da a Sancho los admirables consejos para que sepa comportarse como Gobernador de la ínsula de Barataria le dice: “Anda despacio; habla con reposo; pero no de manera que parezca que te escuchas a ti mismo; que toda afectación es mala”.

Muy conocida es la anécdota que Don Antonio Machado puso en boca de su alias Juan de Mairena personaje de ficción  creado por el poeta: “Le dice un maestro a su alumno: Pepito, pon en poesía: los eventos consuetudinarios que acaecen en la rúa.  Y Pepito responde: lo que pasa en la calle. Y el maestro le felicita: muy bien, Pepito”. Sencillez, llaneza, palabras precisas, que digan aquello que tú quieres decir.

Pero, por otro lado, la sencillez y la llaneza ni autorizan ni avalan que todo vale, que da igual arre que so. Pues no, que hasta lo más llano no está exento de rigor ni de esfuerzo. El escritor renacentista Juan de Valdés, en su Diálogo de la lengua afirmaba: "escribo como hablo". Ideal que, sin pretenderlo, alcanza su logro más alto en los escritos de Santa Teresa de Jesús.

Fray Luis de León, que tanto admiraba el estilo de  la santa, precisa que la naturalidad no está reñida ni con el esmero ni con el dominio de la lengua ni con el buen gusto. Para él  hablar o escribir son actividades difíciles. Decía  "el bien hablar no es común, sino negocio de particular juicio, así en lo que se dice como en la manera como se dice. Y negocio que de las palabras que todos hablan elige las que convienen, y mira el sonido de ellas, y aún cuenta a veces las letras, y las pesa, y las mide, y las compone para que no solamente digan con claridad lo que se pretende decir, sino también con armonía y dulzura.

La expresión clara u oscura pueden dar ocasión a  obras perfectas. Pero no sólo la lengua rebuscada y exquisita, sino también el lenguaje usado en el hablar común. Decía Berceo: “quiero hacer una prosa en Román paladino en el cual suele el pueblo fablar a su vecino”.

Lo mismo diremos de los asuntos poéticos o artísticos. Tan ocasión de belleza pueden  ser la gaviota,  el ruiseñor, la mariposa o el cisne como el abejaruco, el tordo, la araña, el gusano o el gorrión; y tan ocasión, el lago, el arroyo, la fuente, la cascada, como el charco, o el enturbiamiento de los ríos tras las tormentas. No hay asuntos poéticos o no: tan poético puede ser el rocío de la mañana como el sudor en la frente de un trabajador. Toda realidad puede ser ocasión de belleza. Volvemos a lo de siempre: el secreto radica en una verdad que ha adivinado el poeta que  siente la necesidad de  comunicársela a los demás; pero, eso sí, tiene que  aureolarla con el esplendor de la forma. De ello hablaremos en los distintos apartados del programa de hoy. 

 

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17 de Diciembre- 2015

No todo lo que se ofrece como arte, es arte ni tiene  belleza. Su forma expresiva carece del don del esplendor, y de su contenido no hay modo de descubrir en qué  puede alumbrar el anhelo de verdad de todo ser humano. El arte eleva siempre al ser humano, lo purifica, aun contemplando aspectos negativos o desagradables.

Ningún texto tan luminoso como el que Benedicto XVI pronunció a los artistas, nada menos que en la Capilla Sixtina en 2009:

“Con demasiada frecuencia, sin embargo, la belleza de la que se hace propaganda es ilusoria y falaz, superficial y cegadora hasta el aturdimiento y, en lugar de sacar a los hombres de sí y abrirles horizontes de verdadera libertad, empujándolos hacia lo alto, los encarcela en sí mismos y los hace ser todavía más esclavos, quitándoles la esperanza y la alegría. Se trata de una belleza seductora pero hipócrita, que estimula el apetito, la voluntad de poder, de poseer, de prepotencia sobre el otro y que se transforma, rápidamente, en lo contrario, asumiendo los rostros de la obscenidad, de la trasgresión o de la provocación en sí misma.”

Escuchen con atención: “rostros de la obscenidad, rostros de la transgresión o rostros de la provocación”.

Para dolor de los creyentes, qué otra cosa ha sido la ofensa sacrílega que ha sufrido Jesús sacramentado en una exposición que, bajo el señuelo de arte, se está llevando a cabo en una sala de exposiciones de Pamplona, patrocinada por el Ayuntamiento y amparada por votación de un Parlamento mayoritario. Sustituid por círculos blancos idénticos en forma y color las hostias consagradas que el autor ha utilizado y  veréis cómo la obra se desinfla y se convierte, en pro de la palabra pederastia, en un anodino panel  publicitario, al que un hombre desnudo le da la espalda. Manda narices, el vigor no se lo da ni la forma ni el color, sino la blasfemia y el sacrilegio que comete un autor no creyente. Y para colmo bajo el amparo de la libertad de expresión. He aquí un ejemplo de lo que Benedicto XVI  llamó “rostro de la provocación”.

Es un gozo el texto completo de nuestro Papa emérito, para aprender a diferenciar el arte de sus burdas caricaturas

 “La auténtica belleza, por el contrario, abre el corazón humano a la nostalgia, al deseo profundo de conocer, de amar, de salir hacia el otro, hacia más allá de sí mismo. Si aceptamos que la belleza nos toque íntimamente, nos hiera, nos abra los ojos, entonces redescubrimos la alegría de la visión, de la capacidad de comprender el sentido profundo de nuestro existir, el misterio del cual somos parte y del cual podemos obtener la plenitud, la felicidad, la pasión del compromiso cotidiano. Juan Pablo II, en la Carta a los Artistas, cita, en este contexto, este verso de un poeta polaco, Cyprian Norwid: "La belleza sirve para entusiasmar en el trabajo, el trabajo para resurgir" (n.3).

Y más adelante añade: "En cuanto búsqueda de la belleza, fruto de una imaginación que va más allá de lo cotidiano, es por su naturaleza una especie de llamada al Misterio. Incluso cuando escudriña las profundidades más oscuras del alma o los aspectos más desconcertantes del mal, el artista se hace de algún modo voz de la expectativa universal de redención" (n. 10).

Y en la conclusión afirma: "La belleza es clave del misterio y llamada a lo trascendente" (n. 16).

La belleza siempre te eleva por encima de ti mismo. La pseudobelleza tiene la fuerza de arrastre de un sumidero que te saca de ti mismo, te perturba y te arroja a los pies de tu misma dignidad.

 

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5 de Noviembre - 2015

        Buenos días a todos los que en este momento escuchan Radio María, la radio de la Madre. Bajo su amparo ponemos siempre este programa. A Ella, a la toda Hermosa, se lo brindamos: Vaya por Ti, María.

Nuestro objetivo es animar  a todos los oyentes a abrir los ojos ante la hermosura y así poder dar gracias a Dios por el don de la belleza. Somos las únicas criaturas capacitadas para gozarnos de la belleza y algunos, los artistas, con el  privilegio de poder  crearla.

El arte es un  espejo en el que el ser humano aparece reflejado en su totalidad. En cualquier obra seria -lírica, épica o dramática- veremos, en acción o pasión, los vicios y virtudes, como opciones de libertad que mediante las pasiones humanas impulsan al triunfo o a la destrucción de cada  ser humano. Por eso tiene siempre la obra literaria una finalidad catártica.

“Según Aristóteles, la catarsis es la facultad de redimir (o " purificar") al espectador de sus propias bajas pasiones, al verlas proyectadas en los personajes de la obra, y al permitirle ver el castigo merecido e inevitable de éstas; pero sin experimentar dicho castigo él mismo.

 

- Es decir, que el arte y la experiencia de la belleza nos ponen ante el sentido y la zozobra de la propia vida humana.

- Sin duda. A la pintora contemporánea Sor Isabel Guerra, de quien hablábamos en el programa pasado, le gusta decir que: “Mientras haya belleza, no todo está perdido”. El secreto es que dispongamos los ojos de nuestro corazón para captar la belleza y dejarnos interpelar por ella.

 

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15 de Octubre - 2015

      Buenos días a todos los que en este momento escuchan Radio María, la radio de la Madre. Bajo su amparo ponemos el programa: Vaya por Ti, María, nuestra Madre. Y hoy nada menos que el día de la asombrosa Santa Teresa de Jesús. Ruega, ruega, ruega por nosotros. A esta gran Santa le dedicaremos este programa

        Empezaremos hoy evocando, no obstante, a una gran poetisa española, Ernestina Champourcin, perteneciente a la generación del 27, si bien muchos no quieren acordarse de ella, seguramente por ser una poetisa católica.

 

EL NOMBRE QUE ME DISTE

No sé cómo me llamo...

Tú lo sabes, Señor.

Tú conoces el nombre

que hay en tu corazón

y es solamente mío;

el nombre que tu amor

me dará para siempre

si respondo a tu voz.

Pronuncia esa palabra

de júbilo o dolor...

¡Llámame por el nombre

que me diste, Señor!

 

 

      Teresa pudo haberse quedado en “Doña Teresa de Cepeda y Ahumada”, una buena monja en la religiosidad del ir tirando. Pero Dios le había dado otro nombre: Teresa de Jesús. Cuando descubre la llamada verdadera del Señor, se llena de amores que la transforman en una mujer asombro de las gentes. Ha venido a este mundo para amar y hacer amar al Amor de los amores.

        Hoy queremos rendir homenaje a la gran maestra, no sólo de espiritualidad, sino también de la literatura y de la poesía española, Teresa de Cepeda y Ahumada, nuestra gran Santa Teresa de Jesús.

- ¿Pero la traemos al programa por santa o por maestra de la literatura?

        La vida de todos los santos, aún de los más humildes e ignorados es siempre admirable. Puede ser en sí bellísima, como la aventura misionera de un San Francisco Javier o la caridad de una Teresa de Calcuta, de una Luisa de Marillac o de un San Vicente de Paul, o el anonadamiento de un Hermano Rafael. Son vidas que nos llenan de gratitud, de asombro y de emoción. Son vidas ejemplares, vidas bellas, equiparables a la belleza de  la Creación, entre otras razones porque tienen como autor al mismo Dios.

        Estas vidas ejemplares sólo entran en el ámbito de la belleza artística, en el arte, cuando el pincel, el cincel, el sonido musical o la palabra saben convertir en esplendor, la verdad que les inspira.

 

         - Como saben nuestros oyentes, este año se celebra el V Centenario de su nacimiento, pero, ¿por qué merece la pena volver hoy a Santa Teresa de Jesús?

        Cuanto más la estudien los historiadores, los teólogos, o los psicólogos o los expertos literarios, más asombro nos causará su vida, nos ayudarán a conocerla mejor.

        Teresa, en todo lo que escribió, nos dejó una obra bellísima, admiración de creyentes y no creyentes. Qué vida de reformadora, de fundadora, de maestra y madre de sus hijas, de doctora de la Iglesia, de hija de la Iglesia, apasionadamente enamorada de Dios.

        Pero lo supo decir todo con tal frescura, sencillez y naturalidad que la suya es tenida como la prosa más lograda de nuestro Renacimiento.

 

         - ¿Renacimiento? Por su condición de monja, o por otras razones tal vez, el imaginario común la sitúa en la Edad Media... O sea, que se trata de una mujer “moderna” en el sentido histórico de la palabra.

        Por supuesto, y de las más grandes, con diferencia. Cinco años después de la muerte de Teresa (1582), Fray Luís de León en el prólogo de la edición de 1588 dejó escritas unas palabras  que se han convertido en  referencia obligada para conocer a Teresa: “Porque en la alteza de las cosas que trata y en la delicadeza y calidad con que las trata, excede a muchos ingenios; y en la forma del decir y en la pureza y facilidad del estilo, y en la gracia y buena compostura de las palabras y en una elegancia desafeitada que deleita en extremo, dudo yo que haya en nuestra lengua escritura que con ellos se iguale.”

 

        - Para aprender a mirar y descubrir la belleza, en las obras de arte y también en la vida, dijiste en el programa pasado que es preciso “hacernos como niños, cultivar la capacidad de sorprendernos, de asombrarnos”.

         ¿Cómo puede Santa Teresa enseñarnos a mirar el mundo, las cosas, y la belleza que en ellas se esconde?

 

En el libro V de Las Moradas, o el Castillo interior, Teresa, con una enorme gracejo, nos muestra la imagen del gusano de seda para referirse al alma y a la vida de oración, más concretamente a la oración de unión.

 

EL GUSANO DE SEDA, ALEGORÍA Y SÍMBOLO

DE LA ORACIÓN DE UNIÓN.

 “Ya habréis oído sus maravillas en cómo se cría la seda, que sólo El pudo hacer semejante invención, y cómo de una simiente, que dicen que es a manera de granos de pimienta pequeños (que yo nunca la he visto, sino oído, y así si algo fuere torcido no es mía la culpa) , con el calor, en comenzando a haber hoja en los morales, comienza esta simiente a vivir; que hasta que hay este mantenimiento de que se sustentan, se está muerta; y con hojas de moral se crían, hasta que, después de grandes, les ponen unas ramillas y allí con las boquillas van de sí mismos hilando la seda y hacen unos capuchillos muy apretados adonde se encierran; y acaba este gusano que es grande y feo, y sale del mismo capucho una mariposica blanca, muy graciosa. Mas si esto no se viese, sino que nos lo contaran de otros tiempos, ¿quién lo pudiera creer? ¿Ni con qué razones pudiéramos sacar que una cosa tan sin razón como es un gusano y una abeja, sean tan diligentes en trabajar para nuestro provecho y con tanta industria, y el pobre gusanillo pierda la vida en la demanda? Para un rato de meditación basta esto, hermanas, aunque no os diga más, que en ello podéis considerar las maravillas y sabiduría de nuestro Dios. Pues ¿qué será si supiésemos la propiedad de todas las cosas? De gran provecho es ocuparnos en pensar estas grandezas y regalarnos en ser esposas de Rey tan sabio y poderoso.”

(Moradas V, capítulo 2. Punto 2.)

 

- Hasta aquí las deliciosas palabras de la santa de Ávila. ¿Qué destacarías de ellas?

Santa Teresa se ha quedado prendada de la existencia de unos gusanos feísimos  que, en un lento proceso, se metamorfosean en una delicada mariposilla blanca. La perspicacia de Teresa no lo duda: es la historia del alma humana, que ha de pasar de arrastrarse como gusano  a volar  como mariposa.

Pero ve más: cae en cuenta  de que esa alma que ha ido alejándose del gusto por  lo mundano y terrenal, tiene que perder la vida para encontrarla en plenitud, tiene que encerrarse en el “capullito” que ella misma ha tejido para convertirse en mariposilla blanca.  Libre de arrastrase por el suelo, revoloteará hasta quedar consumida en la llama  de amor que la consume. 

 

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1 de Octubre - 2015

 

Si no recuperamos el lenguaje de la creación es muy difícil que podamos entender el lenguaje de la redención. La belleza  de todo lo creado es un regalo, un detalle delicado, un ramo de hermosura que nos muestra hasta qué grado de finura distingue el Amor de nuestro Dios, primicias gozosas de su Corazón Traspasado.

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