Línea Editorial

17 de Octubre

El centenario de las apariciones de la Virgen María en Fátima nos invita a dedicar nuestro programa de OJOS PARA VER al Rosario como ocasión para la belleza. Inspiración sublime en numerosas obras de todos los tiempos porque María ha sido alma e inspiración de la cristiandad en el curso de la Historia.

Y en Fátima ¿no eligió la Virgen a  tres pastorcitos para ser los embajadores de la paz? ¿Para recordar que el destino del ser humano es el cielo? ¿Que los pecados ocasionan la guerras y que sólo la oración y la penitencia traerán la paz definitiva? Su mensaje no ha pasado, es el único remedio para nuestro tiempo. Y nos dijo más, nos encomendó la devoción al Inmaculado Corazón de María, la práctica de los cinco primeros sábados del mes como reparación contra las ofensas cometidas contra su Corazón maternal y como remedio eficacísimo el rezo del Santo rosario, cada día.

Vamos a dedicar este programa a presentar al menos algunos aspectos de la comedia La devoción al rosario de Lope de Vega. Nicolás González Ruiz en su Teatro Teológico Español, publicado en la BAC, dice de esta obra, realizada por encargo del Conde de Lemos en 1620, que es una comedia conmovedora. Sin duda lo es. Pero es mucho más. Es una obra compleja por las diversas tramas que se entrecruzan y que sin embargo van a confluir en el momento cumbre en que frente a la debilidad humana, aparece la presencia eficazmente maternal de María que sabe compensar el amor de un hijo aunque se encuentre perdido. El poder de la oración de los demás, la presencia como auxilio de los santos, la fuerza de los rosarios rezados, todo como eficacia salvadora en una presencia clara de la comunión de los santos.

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3 de Octubre

Hermann y Dorotea: Amor en los tiempos de la moderna tiranía

Ha vuelto a caer en nuestras manos una obrilla, nada menos, que de Johann Wolfgang Goethe, el poema Hermann y Dorotea, una obra en apariencia menor que ha de servirnos para profundizar en la necesidad de vivir en la esperanza, por duros y calamitosos que puedan ser los tiempos en que nos toca vivir.

En alemán es, por la forma y por el contenido, un texto homérico con resonancias de las geórgicas de Virgilio; un  idilio amoroso, una historia de amor llena de candor y hermosura, escrito en el ritmo de los hexámetros homéricos, con un intento claro de evocar la contemplación serena de los tiempos clásicos. Una historia de amor en el trasfondo de las desgracias de la guerra.

 En la versión castellana no podemos admirar las bellezas formales, pero sí aprovechar la lección que se desprende de la historia que se nos va a contar.

El Idilio se compuso en 1797. Estamos en  los años de la Revolución Francesa (1789). La Primera Coalición (1792-1797) de Austria, Prusia, el Reino Unido, España y el Piamonte (Italia) contra Francia fue el primer intento para acabar con la Revolución. La coalición fue derrotada por los franceses debido a una movilización general, levas en masa, reformas en el ejército y una guerra absoluta.  La lucha franco-alemana genera millares de fugitivos que van  huyendo por la margen izquierda del Rhin, con la esperanza difusa del retorno, pero sin saber ni a dónde van ni hasta cuándo.

Por contraste, un  matrimonio que regenta el mesón de un pueblo alemán, terratenientes ricos, rodeado de unas tierras feraces, huertas, viñedos y alquería en un ambiente social absolutamente en paz,  se siente impulsado a socorrer caritativamente a esas pobres gentes que vagan enfermas, hambrientas y casi desnudas, y envía a su hijo Hermann con víveres y ropa de abrigo. Hermann es un muchacho lleno de nobles sentimientos.  Al encontrar a la joven Dorotea necesitada de ayuda le entrega todo lo que lleva.

Mientras regresa a casa se da cuenta de que se siente atraído por la joven, tanto por su belleza como por su personalidad. Flechazo inesperado. Se ha enamorado perdidamente de ella, pero es una desconocida, una mujer sin dote ni recursos.  Su padre —autoritario, ligado a las antiguas costumbres que aconsejan matrimonios ventajosos—, no lo aprobará.  Siempre  le ha reprochado su escaso tacto para tratar con las mujeres y su nulo interés por encontrar una «novia opulenta». Así sucede pero Hermann no cederá y, ayudado por su madre, saldrá en busca de la joven desconocida, en actitud típicamente romántica —hecha de dificultades, amor platónico, equívocos y aperturas del alma.

El contexto histórico no puede ser más aciago y la historia de amor absolutamente contraria al modelo de amor libre y caprichoso que va unido a los ideales revolucionarios. Las consideraciones de Dorotea sobre la misión o papel de la mujer en la vida social y familiar nos permiten por contraste palpar las consecuencias que para la familia, el amor y la misma sociedad ha traído  a nuestro mundo moderno el rechazo de ese ideal femenino. El personaje no lo ha ideado un Padre de la Iglesia, sino Goethe, el hombre que más y mejor supo del sentido profundo que ocultan y acarrean las revoluciones.

Sorprende que Goethe haya escrito este poema en clara intención de advertir el desorden universal, el sufrimiento y la locura que iban a acarrear las revoluciones modernas. Y lo hace en los mismos años en que está triunfando La Revolución Francesa. No cuarenta años después.

Una aspiración parece mover su pluma: por aciagos que sean  los tiempos, nunca hay que perder  la esperanza, y siempre seguir el orden que la misma naturaleza reclama, en el amor a la mujer y en el amor a la tierra. 

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19 de Septiembre

EL AMOR DIVINO, CUMBRE DEL AMOR HUMANO

Vamos a culminar con este programa la serie de los dedicados al amor humano y al Amor divino. Y el título que hemos elegido para él, precisamente es éste: “El Amor divino, cumbre del amor humano”. Vamos a hablar de la amistad con Dios. ¿Podemos serlo? ¿Cómo es posible tal cosa?

Si tuviéramos  que seleccionar una noticia que iba a interesar a todos los pueblos y a todas las razas de la tierra, escribiríamos con letras indelebles: “Dios ama a cada uno de los seres humanos con amor de benevolencia”. No como los dioses antiguos que podían sentirse atraídos por una doncella como Júpiter al raptar a la joven Europa o impedir el regreso de Ulises a su patria por la enemiga que le tenía Poseidón, el dios del mar, por haber matado al Ciclope. Representaban en el Olimpo las mismas pasiones desordenadas que los hombres vivían en la tierra. Seres inmortales con todas las inclinaciones desordenadas de los hombres.

La buena nueva que nos anuncia El Verbo encarnado venido del cielo, nuestro Señor Jesucristo, es que Dios es amor, con un amor tan insospechado que va a sacrificar a su propio hijo para que fuéramos capaces todos los seres humanos –hombres y mujeres- de aprender  a  amar a Dios y a cada uno de los hombres .

Pero si grande es la noticia del amor que Dios nos tiene, es todavía mayor, si cabe, que los seres humanos tengamos capacidad de amarle. ¿Pero no era el terror a los dioses, el miedo a sus represalias lo que movía desde antiguo a tener apaciguados a los dioses con ritos y sacrificios cruentos incluidas las víctimas humanas? ¿No nos sobrecoge todavía el sacrificio que tuvo que hacer Agamenón de su propia hija Ifigenia para calmar la ira de Artemisa, que había varado sus  barcos y solo mediante esta cruel ofrenda poder acudir como jefe de los griegos a la guerra de Troya?

Amar a Dios sobre todas las cosas. ¿No parece imposible, que el amor, que iguala a los amantes, pueda poner en parangón dos seres tan opuestos como son la infinitud y la nada? Quizás uno pueda reverenciar, pueda admirar, pueda venerar, pero se escapa a nuestra comprensión que el ser humano pueda ser capaz de amar, con amor de benevolencia, a su Creador. ¿Puede amar el gusano la mano que lo sustenta?

Pues, maravilla de las maravillas. La buena nueva que nos enseñó con su palabra y con su vida Nuestro Señor Jesucristo, el Dios que tiene corazón, es que no solo podemos amar a Dios, sino algo más sublime, podemos ser amigos de Dios. Bien sabéis que el amor de amistad es el fundamento de todos los demás amores. Me sobrecoge el testamento de nuestro Dios en la Última Cena:

“Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer”. Juan 15:14-15

El que tiene un amigo tiene un tesoro. ¡Qué afortunado es aquel que tiene amigos! Prefiero perder mis bienes materiales en vez de mis amigos. Jesús, el Hijo del Dios vivo, es mi mejor amigo porque él ha hecho por mí lo que ningún otro amigo ha hecho o puede hacer. La amistad supone intimidad y correspondencia.

Y este es el asombroso misterio, la belleza inaudita: ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? Dios es amigo mío y, para colmo de los colmos: yo puedo ser amigo de Dios. Hemos venido a este mundo para aprender a amar, a  Dios  y al prójimo y con esto alcanzar la vida eterna del cielo. Dicho de otro modo, con palabras de San Ignacio:

“El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su alma; y las otras cosas sobre la faz de la Tierra son creadas para el hombre, y para que le ayuden en la persecución del fin para el que es creado.”

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5 de Septiembre

AMOR HUMANO Y AMOR DIVINO (3):

POR LA SENDA DE LA AMISTAD

La vocación universal del ser humano es aprender a amar. Para esto hemos venido al mundo. En primer lugar para amar a Dios, como principio y fundamento, que no es otra cosa que aquello de que: “El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su alma”. En segundo lugar, como nos mandó nuestro Maestro, al prójimo, al que debemos amar como Él nos ha amado, dando la vida por los demás. Y como enseña San Ignacio, también debemos amar a toda la creación, pero tan sólo con una limitación que tan sagazmente nos precisa el santo: “…y las otras cosas sobre la faz de la tierra son creadas para el hombre, y para que le ayuden en la consecución del fin para que él es creado. De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar de ellas, cuanto le ayudan para su fin, y tanto debe alejarse de ellas, cuanto para ello le impiden.” 

Nuestra condición de seres fronterizos entre un espíritu inmortal y una realidad carnal, nos exigen discernimiento y disciplina. El “eros”  -amor entendido como deseo y posesión- nos impulsa a buscarnos a nosotros mismos. Pero existe otra tendencia; un impulso interior que aparece en nosotros y que nos inclina a vivir el amor como búsqueda del bien de quien decimos amar. Se ha llamado “Ágape”. Eros y ágape que se corresponden con la distinción tradicional entre amor de concupiscencia y el amor de benevolencia.

Pero no son dos modos contrarios. En el amor matrimonial, el eros es esa atracción entre el hombre y la mujer que está en nuestra naturaleza para propiciar la continuidad de la especie humana, es decir que este vigoroso sentimiento esté abierto a la vida. No olvidemos que el placer no ha sido condenado nunca por la Iglesia. La Iglesia condena el pecado. Pero es un error, es causa de posteriores lamentos y desamores, el poner como fundamento del matrimonio la atracción, eso que solemos llamar enamoramiento. El amor exige totalidad, es decir encuentro con la persona y no sólo por sus cualidades: la belleza, la amenidad, la simpatía, o incluso la posición social, o todo eso que llamamos accidentes que aún siendo buenos, que lo son, no constituyen la identidad profunda, el ser de cada persona, entre otras cosas porque son efímeras.

Amar a una persona por eso tan solo, pone en riesgo la estabilidad del amor. El fundamento del amor matrimonial es el amor de benevolencia. Nadie debiera casarse si no existe en la pareja el amor de amistad. El noviazgo es la etapa en que uno tiene la posibilidad de cimentar la relación de amistad. Qué error más craso el de cimentar el noviazgo en lo que llamamos relaciones prematrimoniales. El sexo, por sí mismo, no es garantía  del amor. No os caséis con nadie con quien no os sintáis previamente amigos, amigo en quien poder confidenciar y confiar lo más íntimo de tu ser.

La educación de la juventud lleva décadas desorientada y perdida. En concreto, la Educación de la sexualidad y de la afectividad. ¡Reducir el amor a una técnica para el placer y evitar la fecundidad! Así nos va.

La verdadera educación en el amor, para toda la vida y para todos los estados y situaciones del ser humano, es aprender la maravilla de la amistad. Tener un amigo es un tesoro. La amistad es el ejercicio del amor de benevolencia, es ese sentimiento y algo más, el acto de la voluntad, en que uno se siente acogido por lo que es y no por lo que tiene, que está orientado a servir y no a servirse, que exige lealtad en las amarguras y en las alegrías, en la salud y en la enfermedad. La escuela del amor de amistad es, naturalmente, la familia.

Es muy significativo que el mandato del amor nos obliga hasta a dar la vida y a amar a los enemigos. Pero el Señor en la última cena a los suyos los llamó amigos, porque la identidad en el amor pasa por la amistad. Por eso, por mucho que lo pretenda, yo puedo amar hasta a mis enemigos, pero nunca podré ser amigo del enemigo. La amistad exige correspondencia.

En todas las artes la amistad ha sido ocasión de belleza no menos que en la vida: ¿No se nos conmueve el corazón cuando vemos a dos ancianitos cogidos de la mano, que se dicen sus cosas y que se dedican una sonrisa de mutua complacencia?  Hoy en OJOS PARA VER dedicaremos el programa a la belleza de la amistad.

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15 de Agosto

AMOR HUMANO Y AMOR DIVINO ¿CAMINOS DIVERGENTES O COMPLEMENTARIOS? (2)

Muy feliz mañana,. En este programa continuamos tratando del asunto que nos ocupó en el anterior: la vocación humana al amor. Una vocación universalmente sentida, pero con mucha frecuencia oscurecida por la realidad de la condición humana, herida por el pecado.

Es sin duda una evidencia incontestable. Y en nuestro tiempo podemos apreciarlo de manera muy intensa. Es nota distintiva de nuestra civilización el considerar bueno  todo lo que aparece en la realidad humana. Todo deseo ordenado o desordenado es bueno, toda apetencia, legítima, siempre que no transgreda la ley de los hombres o traspase el límite ético de que lo que no quieras para ti no se lo impongas a los demás. Gran parte de las contradicciones de nuestro tiempo tienen que ver  con esa interpretación de la libertad que proclama que todo impulso elemental es bueno y legítimo, aunque sorprendentemente, condene las consecuencias. Haz con tu vida lo que quieras. Entonces por qué nos lamentamos de la barbarie del botellón, por ejemplo. Ancha Castilla para el sexo y luego llevamos a la hoguera a los transgresores. Hemos olvidado que la premisa es falsa. Que no todo lo que aparece en lo que llaman algunos naturaleza humana es bueno. Que el ser humano tiene, no unos instintos, sino unas tendencias que no controladas nos llevan al desenfreno. Se nos ha olvidado que no solo es doctrina de la Iglesia católica, sino experiencia universal de todos los pueblos, lo que enseñó San Pablo, citando  a un poeta griego: “quiero el bien y hago el mal que no deseo”.

Una de las claves de lo despistada que anda la educación y la antropología y, como consecuencia, la cultura en nuestros días es el olvido de la existencia del pecado original y sus secuelas. De esta confusión se alimenta el desconcierto acerca de unas relaciones personales basadas en un amor no bien entendido. La doctrina del pecado original y el tratado de las pasiones o de los siete pecados capitales son una clave muy iluminadora para quien quiera educar a un hijo o  a cualquier persona para que pueda ser dueña de sí misma, o sea ser libre, y como consecuencia para poder amar.

En la antropología humana y cristiana, por mandato del fundador, Cristo:

  • Se integra la sexualidad y la afectividad en la búsqueda del bien del otro, que es visto como alguien, no como algo.
  • Siempre a contracorriente de las pasiones desordenadas.
  • La educación enseña a ser dueño de sí mismo.
  • La educación no disimula ni oculta, transforma. Y nunca para reprimir, sino para poder cumplir con la vocación universal al amor.

Nuestra naturaleza está herida y necesita sanación. Estamos necesitados de la redención de Cristo, estamos necesitados de su gracia y de perdón. El impulso inicial del ser humano es buscarnos a nosotros mismos: Yo me mi para conmigo. Todos los demás estarán al servicio de mis apetencias.

Sabemos que en esta creencia el corazón humano está abocado a la tristeza, a huir hacia adelante. Porque aún en espíritus muy deteriorados, sigue presente la nostalgia de infinito. Es habitual el lamento, tras cualquier experiencia basada en la voluptuosidad y en el deleite carnal aparece lo que Blas de Otero expresó en su admirable soneto titulado Luego:  “sintiendo, ¡por qué, oh Dios!, que eso no basta.”

El amor humano, todo amor humano incluido el de amistad, el de filiación o el de fraternidad, tiene que aspirar al mandato divino de Cristo, amaos como yo os he amado, para que el yo egocéntrico se acerque al otro como alguien, no como cosa para usar y tirar, para amarlo como persona imagen de Dios. Yo dedico mi vivir para ti: yo, me, mi contigo, para tí

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1 de Agosto

AMOR HUMANO Y AMOR DIVINO

¿CAMINOS DIVERGENTES O COMPLEMENTARIOS?

En nuestra sociedad occidental, especialmente en la sociedad europea, vivimos dentro de una contienda de civilizaciones. Una, la que hereda el legado de Grecia y Roma y que fundamenta la visión del hombre y del mundo en la herencia antropológica del Antiguo y el Nuevo Testamento, en la figura prodigiosa de Jesucristo Verbo de Dios encarnado, Dios de Dios y Hombre verdadero.

Con estas mimbres y en el proceso de 2000 años ha ido surgiendo una civilización, así pues, que tiene a Dios como referente de toda existencia individual o cósmica, y al hombre como ser único e irrepetible, sujeto de total dignidad, por el don concedido de haber sido creado a imagen de Dios, como persona, con la tarea de aspirar a construir en el tiempo, su semejanza con el ser que lo creó, haciendo del vivir no un presente continuado, sino un camino de perfección en un marco de libertad, cuya clave secreta es la vocación al amor, una tarea que abarca toda la vida.

Es la civilización que hizo de la ciudad un espacio para vivir en comunidad, en la que el templo y la autoridad se complementaban para servir al ser humano concreto en sus necesidades espirituales y materiales, cada uno en su ámbito, y todos para bien de la persona. Esta, a su vez, es concebida aquí como miembro de la célula básica de la sociedad: la familia, alma de la sociedad, cobijo de la vida, escuela de la libertad y del amor, constituida por un hombre y una mujer que entregándose la vida mutuamente, daban paso por la maternidad y la paternidad, a los hijos, futuros ciudadanos de la tierra y del cielo.

Es la civilización de las catedrales, de las Universidades, de los primeros parlamentos, del derecho natural, del saber y la ciencia al servicio del hombre, de la teología que profundiza en Dios para mejor conocer al hombre, de las fiestas y celebraciones populares, de las danzas y cantos regionales, de los cantos de mayo, cantos de amor, cantos de la siembra y de cosechas. Cantos de amor a Dios y cantos de amor al ser humano, gozosos cantos de vida  y hermosos lamentos ante la muerte. Y todo ello enmarcado en la certeza de nuestra fragilidad, que inclina al pecado y que necesita de la gracia, y que hace de cada persona una tarea educativa y un campo de batalla en la que la lucha más exigente es vencerse a sí mismo.

Pero en un momento concreto, a finales del siglo XIV y sobre todo a partir del siglo XV, apreciamos un movimiento que como mancha de aceite va impregnado y desmoronando la civilización cristiana anterior. Poco a poco fueron transformándose los pilares de aquella sociedad. El hombre aquí no necesita a Dios para construir un mundo feliz. El bien o el interés del individuo se antepone a toda vinculación o lazo, sea familiar, social, ciudadano. Cada uno va a lo suyo y el que más pueda, se convierte en señor de los demás, no para servir sino para ponerlos a su servicio. Vivir entonces es satisfacer necesidades, o más bien intereses; todos los demás se convierten en competidores, y solo en compañeros en la medida en que ayudan al logro de los propios intereses, pero sin dejar de ser futuros adversarios y hasta enemigos a la hora de repartir el botín.

Se alzó la bandera del triple lema de libertad, igualdad y fraternidad, con el fin de seducir. Su frutos han conseguido poner en peligro a la Europa de la Cristiandad -en asedio constante- y no haber conseguido para los más las promesas de un mundo feliz, sino la amargura, la soledad, el sinsentido, la desesperación, el suicidio, la cultura de la muerte, en medio de la huida hacia adelante de la búsqueda desenfrenada del placer y de la riqueza, como únicos bienes de este mundo.

En esta contienda estamos inmersos, entre gravísimas amenazas de todo tipo, familiares, sociales, antropológicas, políticas, que amenazan a la persona concreta en su naturaleza, historia, y designio. Pero la amenaza más radical es la aparición de inmensas trabas para vivir un amor en plenitud, como fundamento antropológico de la libertad.

Queremos, para esta sociedad tan envuelta en elementos contrarios, dedicar dos programas, al menos, a profundizar en la vocación más específica del ser humano: la vocación al amor.

Hemos nacido para aprender a amar:

  • La vocación del ser humano es el amor
  • Su camino de crecimiento es el amor
  • Su meta es amar eternamente
  • Venimos a este mundo con una sola tarea: aprender a amar
  • Al atardecer… el examen versará sobre el amor

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18 de Julio

   Inmersos en las celebraciones festivas de los pueblos queremos aprovechar Ojos para ver para ofreceros unas consideraciones sobre las diferencias profundas que se dan entre una celebración cristiana de las  fiestas y una pagana, aunque se den en el mismo lugar y bajo la misma advocación religiosa. 

   La fiesta es consecuencia de la vivencia de un ceremonial comunitario. No es un día sin ley en que todo desmadre moral está permitido. No es un botellón generalizado, ni una huida de la rutina y de la vulgar cotidianidad, donde cada cual busca su desenfreno y la liberación de sus represiones. Es todo lo contrario. La fiesta es la alegría que surge al celebrar colectivamente, como pueblo, como ciudad, la identidad que la distingue. Es una celebración participativa y comunitaria que se desarrolla a lo largo de todo el día y parte de la noche, con mil variados festivos festejos, todos aunados en el gozo de la ciudad. No es prolongar la noche y hacer de la noche el espacio de toda barbarie atrevida desde la más inmunda a la más soez. Todo lo tolera el manto de la noche si bien el hedor matinal deje huellas del desenfreno.

   Pongamos un ejemplo.  Qué significó para los pueblos cristianos la Pascua de resurrección. Celebración que sirve para las demás que se suceden en el año.

   En la vida social de nuestros pueblos el domingo de resurrección  constituía un día especial. En mis recuerdos, esa mañana abría el año  al buen tiempo, a las romerías marianas, a las danzas en la plaza, al   estallido de la primavera, aunque los almendros hubieran florecido en febrero y las aguas no hubiesen caído del cielo para hacer a mayo florido y hermoso. En mi casa era día de estreno. Los varones lucíamos pantalones, cortos o largos, según edad, más rehechos que renovados, ya se sabe,  que menos el mayor, ninguno estrenaba; y, eso sí,  todos camisas relucientes. Pero para las hermanas era el no va más. Las vigilias de mi madre componiendo faldas y blusas son más que recuerdo, vida. Qué trajín de espejos, peinados, lazos,  risas y esperanzas para ir a la misa mayor. La cuaresma dolorida reventaba en una incontenible vitalidad candorosa de aquellos años entre infantiles y adolescentes. Aquella mañana habían desaparecido las tinieblas, los paños que ocultaban las imágenes, y los sonidos carrasposos de las carracas. Las campanas repicaban como la Luz y con Cristo había resucitado la alegría de la existencia. 

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4 de Julio

PIERRE AUGUSTE RENOIR:

A PROPÓSITO DE LA EXPOSICIÓN “INTIMIDAD”

Después del almuerzo, Pierre-A. Renoir

Tuvimos la oportunidad de visitar recientemente la exposición que sobre el pintor Renoir han ofrecido el museo de Bellas Artes de Bilbao y, con anterioridad, el Museo Thyssen de Madrid, titulada “Renoir, intimidad”; y nos ha parecido oportuno ofreceros en este programa de Ojos para ver las reflexiones y emociones que suscitó en nosotros la contemplación de sus obras. Nos admiró la belleza que desborda de sus pinturas y al mismo tiempo comprobamos que ya no estábamos ante un pintor con claves cristianas, ni siquiera en claves de la tradición  que solemos denominar el humanismo cristiano. Su visión del mundo y del ser humano, su sentido de la belleza entronca más con la Roma del Imperio que con la Roma de la cristiandad. Uno constata que el arte se ha alejado de la Iglesia y ha puesto sus habilidades al servicio de una humanidad alejada de todo tipo de transcendencia.

Con razón los últimos pontífices han abogado para que la belleza y sus creadores vuelvan a los ámbitos de la fe como el espacio natural donde el arte puede llegar a alcanzar las cotas de lo sublime. De momento no ha tenido lugar -hablamos como tendencia general- el “regreso a la casa del Padre”. Tarde o temprano se volverán a juntar.

El proceso ha sido largo y viene de lejos. Podemos buscar sus raíces en el momento de la fractura de la Cristiandad, con la reforma luterana  y el triunfo del subjetivismo en clave de dar prioridad al individuo sobre sus vínculos, familiares, sociales y religiosos. El momento central es el siglo XVIII cuando los escritores de la Enciclopedia y de la Ilustración declaran guerra a muerte (Recordemos a Voltaire) a Cristo y a su Iglesia.

Algunos historiadores del Arte precisan como fecha más representativa la de 1775, cuando Gianangelo  Braschi ascendió al solio pontificio con el nombre de Pío VI, en recuerdo de San Pío V a quien admiraba, pero que  ante todo quiso emular a los menos ejemplares pontífices del Renacimiento, no por sus costumbres irreprochables sino porque dio prioridad a su preocupación por el arte antes que a sus responsabilidades de tutela de la fe, creyendo que ante las actitudes de los nuevos europeos el arte seguiría despertando el respeto de los ciudadanos cultos y de los estudiosos del arte. Él creó el Museo Vaticano y recopiló multitud de obras perdidas.

Pero sirvió de poco su empeño y su esfuerzo. Como escribe Juan Plazaola, “Roma iba a seguir siendo el centro de peregrinación de artistas y arquitectos, pero ahora no para conocer la Roma cristiana, sino la Roma arqueológica, la Roma de la antigua civilización, a la que se consideraba como fuente de la cultura europea”.

La paradoja de la historia es que con este pontífice,  aristócrata, exquisito gozador del arte, comienza la valoración espiritual del Papado cuando en el estado máximo de postración, abandonado,  solo y prisionero por Cristo a mano de la Revolución Francesa, muere en la Cárcel de Valence, Francia, y según escribió el funcionario de turno en el informe de defunción: “ha muerto el ciudadano Gianangelo  Braschi,  dicen que fue Papa, el último.”  La Iglesia continuó en el mundo, siendo la voz más prestigiosa del Espíritu.

Cien años más tarde, cuando aparece como movimiento arrollador el Impresionismo, tras el largo proceso revolucionario, las claves de la cultura y del arte han pasado a manos de un laicismo que o pasa, o desprecia, o persigue al cristianismo. El arte será la nueva  religión; y la naturaleza, bien divinizada en un panteísmo difuso; o simplemente reducida a espacio exquisitamente bello habitado por el hombre.

En una carta dirigida  por Renoir a V. Monttez le confiesa :

“Para ellos -los artistas cristianos de la época de Cellini-  la gloria de haber realizado una hermosa obra era su salario; trabajaban para ganar el cielo y no para hacer fortuna. Entonces se decoraban los templos; hoy se decoran las estaciones de ferrocarril… Pero para explicar el valor general del arte antiguo, hay que tener presente que por encima de las enseñanzas del maestro, había otra que también ha desaparecido y que llenaba el alma de los contemporáneos de Cellini: el sentimiento religioso, la fuente más fecunda de su inspiración. Es  él el que da a todas sus obras ese carácter de nobleza y de candor a la vez, que tanto nos encanta. Para decirlo todo, entonces existía una armonía entre los hombres y el medio en que se movían y esta armonía procedía de una fe común.”

Pero aún se atreve a decir más sobre el arte moderno: “El sentimiento religioso fue debilitándose en el transcurso de los  siglos;  pero las reglas  establecidas bajo su influencia tenían fundamentos tan sólidos, que hasta el periodo revolucionario, lo que quedó de ellos bastó para mantener el arte a un nivel superior en los pueblos de cultura católica… Hay que confesarlo, el racionalismo moderno, si puede satisfacer a los sabios, es un modo incompatible de pensar con una concepción del arte”[1]

Quizás, quizás entre tanta sensualidad y paganismo, en la obra de Pierre Augusto Renoir hay que buscar la nostalgia perdida de Dios, armonía del hombre y del cosmos.

 

[1] Lettre a Mottez, coo prólogo a V.MOTTEZ  Le libre de l’art de Cennino Cennini- 1911, reeditado en 1978

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13 de Junio

LA BELLEZA DE LA SANTA MISA (III):

LA COMUNIÓN

Dedicamos nuestro programa de Ojos para ver a la tercera  parte de la Celebración eucarística o Santa Misa: el banquete eucarístico o  Rito de la comunión. Hola, Santiago, muy buenos días: ¿Cuál es el ángulo desde el que nos acercamos a este tema?

Insistimos una vez más: No pretendemos acercarnos como expertos en teología, sino como simples fieles que se sobrecogen ante el misterio celebrado, y que, por la naturaleza de este programa, queremos resaltar  la asombrosa belleza que difunde.

La belleza la encontramos en la palabra, escueta y límpida, como forma precisa del misterio inabarcable. Es la palabra la que nos adentra en el misterio; por eso la inmersión gozosa penetra fundamentalmente por el oído aunque otros signos corporales le acompañen, sean del celebrante o de los fieles que participan. Las demás artes colaboran a hacer más comprensible el misterio

En esta tercera  parte nos acercamos, como en las celebraciones sacrificiales antiguas, al momento en que los fieles somos invitados a participar en la comunión de la víctima pascual sacrificada. Las palabras de Cristo: el que come de este pan vivirá para siempre, centran la tercera parte de la misa. El pan y el vino consagrados por el sacerdote se han transustanciado en el cuerpo y la sangre de Cristo muerto sí, pero resucitado, vivo para nuestra vida y vivo entre nosotros para crecer en su amor.

Si en la primera parte alabamos a Dios con himnos hechos por los hombres y lo escuchamos en las lecturas al leer su palabra revelada del Antiguo o del Nuevo testamento y proclamamos el Credo como expresión de la fe de la Iglesia, ratificada por la asamblea de los creyentes. Si en la segunda, en el sacrificio eucarístico alabamos a Dios con himnos aprendidos de los ángeles al entonar el santus, o recuperamos la antigua alianza rota por el pecado, mediante el memorial de la muerte y resurrección del Señor ofrecido incruentamente al Padre en unidad del Espíritu Santo, por Cristo con él y en él y reconocemos todo el honor y toda la gloria. Será en la tercera parte, cuando Dios mismo se acerca en ágape fraterno, como encuentro personal y alimento para cada uno de los participantes,  para entrar en nuestra alma y montar un tabernáculo de amor en el interior de cada uno, anciano, joven, niño, hombres y mujeres. El Dios escondido entra en intimidad inaudita con cada uno de nosotros, a pesar de nuestra indignidad ontológica, pero debidamente preparados con las ropas apropiadas al banquete de  boda al que hemos sido invitados.

Es momento comunitario, es momento de común unión, pero es encuentro personal con el Dios vivo que se ha quedado entre nosotros. Nunca los dioses han estado tan  cerca de los hombres, hasta alimentarnos con su cuerpo, alma, sangre y divinidad. Es Dios mismo el que entra en nuestra casa, sin ningún merecimiento, sin ser dignos de tal prodigio y nada menos que para darnos su vida inmortal.

Si en las dos partes anteriores hemos alabado a Dios, Uno y Trino, hemos cantado himnos  de gloria  y le hemos ofrecido al Padre la víctima de su hijo, que él mismo nos había concedido, ahora será el Hijo, Jesucristo nuestro Señor, el que se acerca a nuestra alma para darnos todos los frutos de su redención.

En esta tercera parte va a tener lugar lo que Santa Teresa llamaba “encuentro de amistad con quien sabemos nos ama”. Es la hora de silencio, para escuchar, de la acción de gracias por tantos beneficios y de las súplicas por tantas necesidades de nosotros y del mundo entero es, como decía a sus Monjas, “el momento de la negociación”. Santa Teresa y tantos santos, obtuvieron sus gracias, en el encuentro de la comunión.

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