Línea Editorial

16 de Mayo - 2017

EL  MONASTERIO CAMALDULENSE DE

SANTA MARÍA DE HERRERA

En un lugar recóndito de los Montes  Obarenes, colindante entre la Rioja y Burgos y en las cercanías de la provincia de Soria, se levanta el Monasterio amurallado de Santa María de Herrera. Lo habita una comunidad camaldulense, única en España  de las nueve que existen  en todo el mundo. En este momento se encuentran 12 monjes. Según nos comentó el hermano Pablo,  en todo el mundo son setenta monjes.

Curiosamente, hace unos pocos años no entraban vocaciones españolas, últimamente han  entrado ocho. El padre Isidoro, que murió recientemente, prometió a la comunidad que desde el cielo promovería vocaciones  españolas. Y ahí están los frutos.

No es fácil la accesibilidad. Las lluvias y nieves del invierno alteran los caminos de tierra y por más que las autoridades ofrecen su reparación los monjes se resisten. Prefieren el aislamiento y el silencio solo roto por los sonidos variados del viento y de los pájaros y de la naturaleza. En la puerta de la primera ermita o celda figura esta inscripción  “Beata solitudo, oh sola beatitudo” (¡Feliz soledad!, oh única verdadera felicidad).

Por su origen pertenece a la familia benedictina. Su esquema diario sigue siendo el ora et labora. Pero su sello propio se lo marca la regla primitiva que estableció en el siglo XI San Romualdo. La balanza de la oración y el trabajo se desequilibra hacia la oración y el rigor de la austeridad. El trabajo necesario tiene el peligro de mundanizar el monasterio. Maravilloso trabajo por ejemplo el intelectual, que salvó la cultura clásica durante los tiempos oscuros de la primera Edad Media y desarrolló el saber y la cultura en el esplendor del siglo XIII y siguientes. Pero para el monje concreto es vecindad con la vanidad y fácil excusa para ausentarse de la oración.  Por ello en la entrada de la ermita o celda octava se recuerda a quien en ella habita: “Tú que vives en esta celda ¿A qué vienes a ella?”

El nombre de camaldulenses proviene del último monasterio fundado por san Romualdo (950-1027) Campo aldolo o Camaldolo. En él consolidó definitivamente el nuevo tipo de vida, mezcla ideal de la vida anacorética y cenobítica, que luego imitaron los cartujos y otras órdenes. Máxima austeridad, silencio y vivir solo en y por la oración.

El monasterio de Herrera se remonta al siglo XII, en los tiempos de Alfonso VIII, y a la Orden Cisterciense. Tras una larga historia de ocupación por órdenes diversas, en 1923 lo adquieren los Eremitas Camaldulenses de Monte Corona, vinculado a la orden que nace de la reforma llevada a cabo en el siglo XVI por el Beato Paolo Giustiniani, restaurador de la regla primitiva de San Romualdo. 

       El monasterio tiene capacidad para doce personas. Dispone  solo de doce celdas a modo de casitas  donde cada  monje pasa la mayor parte de su tiempo. En los últimos años, estaba ocupado por tres ancianos. Y un cuarto, el padre Iván, colombiano, que  había venido a este cenobio con el encargo de esperar a dar cristiana sepultura a los tres hermanos mayores cuando falleciesen y cerrar la casa tras ello. Pero, el padre Iván regresó a Colombia el pasado 18 de octubre, (2016) sin haber llevado a cabo esa encomienda. Inesperadamente se multiplicaron las vocaciones. 12 monjes entre 35 y 60 años  han asegurado hacia el futuro la vida del monasterio.

Nos abrió la puerta el hermano Pablo, una de las últimas vocaciones. Enseguida nos situó  en la distribución de Monasterio, espacio abierto como el de un castillo con sus dependencias: la capilla con su espadaña y sus campanas, en el centro; a la derecha, las doce casitas blancas, donde habita cada ermitaño, con su pequeña huerta, su capillita, su baño con ducha, la cama y el pequeño espacio donde estudiar o leer o rezar. Más al fondo el cementerio. Y a la izquierda, en un edificio antiguo, la cocina y el almacén de utensilios y despensa de las recolecciones de la huerta, la miel y la cera de las colmenas  y donativos en especie. ¿Y tanto yermo, silencio y austeridad para  qué?. Todo quedó claro con las palabras del hermano Pablo: “Quería una vida centrada en la búsqueda de Dios. Por eso opté por esta vía, más radical y simple. Aquí he encontrado una fórmula muy pura, sin distracciones”. La única mochila que el monje lleva a la espalda y le sostiene  es la presencia de Dios.

“El superior, el padre Roberto, recién llegado de Italia, ha sido maestro de novicios y, ante la pregunta de qué es lo más duro de esta opción de vida monástica, responde con un apotegma: “En la vida de oración lo más difícil es la oración… Lo difícil no es el silencio, la soledad, la comida, el frío o  las tentaciones. Lo difícil es asumir una vida dedicada exclusivamente a la oración y ser feliz en esa opción”. Por eso, su labor como maestro ha sido siempre muy importante para “ayudar a discernir una verdadera vocación”.

En el ajetreo de la vida cotidiana vivimos de espaldas a Dios. Pero Dios habita entre nosotros y llama a su encuentro a cada uno según su vocación. En esta sierra inhóspita y solitaria una docena de hombres, se han encerrado entre murallas, lejos del mundanal ruido, para, en la absoluta pobreza y en apacible quietud del silencio,  escuchar la voz de Dios, alabarle y no distraerse en otra cosa que solo en amarle, hasta la muerte. Como recuerda la inscripción de la celda nº 5, “muero todos los días para vivir siempre”.

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2 de Mayo - 2017

MATERNIDAD  CUIDADOSA DE LA HISTORIA DE LOS HOMBRES

La conmemoración de las apariciones de Fátima a unos sencillos pastorcitos nos debe llenar del gozo de saber que estamos como personas y como humanidad en manos de María. La maternidad hacia todos los hombres no se la tomó María a título honorífico, para lucirlo en las festividades. Se la prendió en el alma y no hay un momento de nuestras vidas ni un instante de los sucesos históricos que no la tengan amorosamente en vilo, y no preste un cuidado maternal, exactamente igual que cuando dijo “no tienen vino”.

Santiago, buenos días. En Ojos para ver hoy vamos a hablar de las apariciones de la Virgen en Fátima, en el marco de este año centenario y jubilar. ¿Qué te ha hecho elegir este tema en un programa que trata de arte y de belleza?

Hola, muy buenos días. Pues me parece que si, en vida, María se fue a consolar al Apóstol Santiago dejándonos en su recuerdo el imperecedero Pilar, qué no habrá hecho desde que se subió a los cielos. Me parece que desde  los primeros tiempos fue el alma de toda la evangelización. No quiero hacer una historia  del pasado. La Madre, Reina, y Virgen, va llenando los tiempos medievales. ¿Qué es, si no, el prodigio de la salve?; ¿qué es la puerta del cielo, representada en tantas iglesias en el parteluz que nos permite entrar en la ciudad de Dios de cada templo?, ¿qué fue el rosario entregado a Santo Domingo como defensa contra las herejías, o el escapulario de la Virgen del Carmen entregado a San Simón Stock, como prenda segura de salvación?.

Siempre me ha maravillado como caló en la cristiandad la devoción a Nuestra Señora, como Madre, como Reina, como Virgen María, hasta tal exceso de presencia y cotidianidad que cada ciudad o villa o aldea o hasta lugarejo, la llama con nombre propio, Sea Aránzazu, Paloma, Ujué, Romero, Begoña, Estíbaliz, Fuencisla, Soterraña, Villar, Macarena, Rocío, Angustias,  o La de los Ojos grandes, como si fueran hipocorísticos, esos nombres cariñosos que usamos para sustituir a los nombres reales en la intimidad de la familia, llenos de cariño y ternura, como si la hiciéramos un miembro más de nuestra casa o de nuestra comunidad, porque sabemos que es salud de los enfermos, consuelo de nuestras penas, estrella de la mañana y refugio de los pecadores.

En este Editorial, un tanto sui generis, como todos los nuestros ya, hay una referencia literaria muy curiosa al primer poeta de la lengua castellana, a mi paisano Gonzalo de Berceo que has querido recordarnos.

 Pues sí. Si tuviera que quedarme con una historia de la presencia de María en la evangelización, válida para todos los tiempos, no dudaría en elegir la aparición de la Virgen de Guadalupe al indiecito Juan Diego, qué derroche de ternura y de delicadeza maternal. No me detengo en ello.

Permitidme sí, recordaros un curioso milagro que el candoroso Berceo recogió en el libro  de “Los milagros de Nuestra Señora”. En  él se narran con ingenua sencillez  veinticinco milagros  de la Virgen  recogidos de  textos latinos conocidos por los clérigos. Joya literaria y joya  del amor  y veneración profesados a María en todos los tiempos, bendita entre las mujeres.

María aparece en aquí como intercesora y abogada de los pecadores. Es el segundo milagro,  lleva por título El sacristán fornicario y nos va a presentar a María como abogada eficaz de los pecadores que le son devotos. Todos los 25 milagros van presentándonos a una Madre preocupada por la salvación de sus hijos.

El monje campanero y portero del monasterio era muy devoto de Santa María. Cada vez que pasaba ante su imagen inclinaba su cabeza reverentemente, era como dice Berceo el “inclín”, señal de su devoción filial. Pero un día el diablo le tentó con pecados de lujuria y por las noches abandonaba el convento, y tras sus correrías, regresaba al monasterio, siempre inclinando su cabeza ante la imagen, al salir y al entrar.

Pero una noche, al regresar de sus felonías, el puente se hundió y el pobre hombre cayó al río crecido en aguas de deshielo y se ahogó. Los diablos acudieron prestos a llevar su alma, triunfales, a los infiernos: “Ha  muerto en pecado sin remisión. Su alma es nuestra”. Los ángeles entraron en la contienda y alegaban que siempre había sido un monje ejemplar. Los diablos, en sus trece: ha muerto con las manos agarradas al delito. Tal era el debate que acudieron al Juez, a Jesucristo y Jesucristo les dijo que la sentencia la diera la Madre. La Madre escuchó a las partes y salió en defensa del pobre pecador. “Yo siempre cuido a mis devotos. El pecado ha sido muy grande pero siempre lo tuve por hijo mío y su inclín siempre me alegraba. Mirad bien, que no está muerto. Le he devuelto a la vida para que viva ejemplarmente, me siga alabando y redima de pecado.” Así el monje pecador volvió al convento y se convirtió en modelo de penitente y agradecido a María y a su milagro de salvación.

Es a partir del siglo XVI, sin merma de su cuidado por la salvación eterna, cuando encuentro la presencia de María como cuidadora de la cristiandad en peligro, primero como auxilio de los cristianos, y conforme avancen los siglos de revoluciones impías para echar a Cristo y a su Iglesia de la ciudad humana, será voz de alerta y profecía de los únicos remedios que pueden salvar al mundo entero.

En Lepanto se hizo auxilio de los cristianos y cuando en el siglo XIX comienzan las locuras de las revoluciones antirreligiosas o ateas que devastan la cristiandad y ponen en peligro la felicidad y salvación de cada hombre, se aparece, con la urgencia de los tiempos, en París a Santa Catalina entregándole la prodigiosa medalla de la milagrosa, que cura los cuerpos y las almas en medio de las barricadas de 1830 y de las revueltas de las comunas. En la Salette (1846). Pocos años después, en Lourdes, a la desvalida Bernardette, aguas prodigiosas para los enfermos y antídoto contra un racionalismo que aleja a los hombres de la caridad de Dios. Y siempre como insignia de salvación: la Inmaculada, soy  la Inmaculada, la que ha de aplastar la cabeza infernal del dragón. Estábamos en la Europa de la impiedad y de la ambición de enriquecerse a toda costa. Y  se nos recuerda un instrumento o medio salvador: el rezo del rosario

Faltaba un paso más: que la Virgen María nos mostrase su Corazón: El corazón de María se manifestó en Fátima el mismo año en que Rusia se iba a constituir en la URSS, amenazando con extender sus demoledoras ideas a todo el mundo. De nuevo conversión del corazón, oración y penitencia (que a estos demonios, dijo Cristo, solo mediante estas dos acciones se les expulsa del corazón humano).

Muchos acontecimientos hemos contemplado. Mensajes de la Virgen de Fátima proféticos y escatológicos, en particular la Segunda Guerra Mundial, la caída de la Rusia soviética, y el intento de asesinato de Juan Pablo II, librado prodigiosamente de la muerte por las manos de María.

Cuando las grandes potencias internacionales perfeccionaban sus armamentos de destrucción, la Virgen María se les aparecía a  tres niños pastores, Lucía dos Santos, Jacinta y Francisco Marto, para ser sus embajadores plenipotenciarios de la paz, entre el 13 de mayo y el 13 de octubre de 1917. La debilidad es la fuerza del Señor. Quien no sabe hablar acalla la sabiduría de los hombres. Una advocación conocida “Nuestra Señora del Rosario” en boca de unos pastores incendia de amor y de esperanza todos los rincones del mundo. Nuestra Señora del Rosario de Fátima se transforma en faro que da luz y nos ofrece un sencillo remedio de salvación: el rezo del rosario.

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios….

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18 de Abril - 2017

EL SACRIFICIO EUCARÍSTICO (II)

Dedicamos nuestro programa de Ojos para ver a la segunda parte de la Celebración eucarística o Santa Misa: el sacrificio eucarístico. No pretendemos acercarnos como expertos en teología, sino como simples fieles que se sobrecogen ante el misterio que se celebra, y dada la naturaleza de este programa nos detenemos en la asombrosa belleza patente. La belleza la encontramos en la palabra, escueta y límpida, como forma precisa del misterio inabarcable. Es la palabra la que nos adentra en el misterio; por eso la inmersión gozosa penetra fundamentalmente por el oído aunque otros signos corporales le acompañen, sean del celebrante o de los fieles que participan. Las demás artes colaboran a hacer más comprensible el misterio

En esta segunda parte nos acercamos, como en las celebraciones de la sinagoga al momento en que el sumo sacerdote  entraba en el sancta sanctorum, con la diferencia de que en la liturgia romana toda la asamblea asiste y contempla el misterio que estamos celebrando. No entra el celebrante a un lugar escondido ni las cortinas ocultan la presencia de la divinidad. A la vista y oído de todos, vamos a ser testigos desde la fe del sacramento de expiación y redención al que vamos a asistir; vamos a recordar el memorial de la muerte y resurrección de Cristo de manera real aunque incruenta, que es ofrecida al Padre bajo el soplo del Espíritu Santo para restaurar la alianza rota por el pecado de los hombres.

De esto estamos hablando. Asistimos a un prodigio sin igual, un milagro que no tiene parangón ni al abrirse el mar rojo para que  el pueblo de Israel cruzara a pie enjuto el mar, ni siquiera en la  sublime creación del Universo.

Me duele el alma cuando me dicen que la misa es aburrida. Pero es que si nos quedamos en la superficie, no nos enteramos de nada. Si solo nos fijamos en el rito externo nos  parecerá que todo se repite una y otra vez cansinamente y concluiremos neciamente que para asistir a lo mismo, no vale la pena. No me duele el juicio, me duele la falta de fe, me duele que no nos zambullamos en el misterio de Dios presente en medio de nosotros, y nos comportemos como en la escena evangélica del Bautismo de Jesús, en la que los más escucharon las palabras del Padre que declaraba la filiación de Cristo en “Este es mi Hijo amado, en el que tengo puestas mis complacencias,” pero algunos las confundieron con el ruido de un trueno. O sea no se enteraron de nada.

Recuerdo el bien que me hicieron las palabras de Benedicto XVI pronunciadas en la clausura del Congreso eucarístico celebrado en Bari el 25 de junio de 2005, recién estrenado su pontificado:

“Este Congreso Eucarístico, que hoy llega a su conclusión, ha querido volver a presentar el domingo como «Pascua semanal», expresión de la identidad de la comunidad cristiana y centro de su vida y de su misión. El tema escogido, «Sin el domingo no podemos vivir», nos remonta al año 304, cuando el emperador Diocleciano prohibió a los cristianos, so pena de muerte, poseer las Escrituras, reunirse el domingo para celebrar la Eucaristía y construir lugares para sus asambleas. En Abitene, pequeña localidad en lo que hoy es Túnez, en un domingo se sorprendió a 49 cristianos que, reunidos en la casa de Octavio Félix, celebraban la Eucaristía, desafiando las prohibiciones imperiales. Arrestados, fueron llevados a Cartago para ser interrogados por el procónsul Anulino.

“En particular, fue significativa la respuesta que ofreció Emérito al procónsul, tras preguntarle por qué habían violado la orden del emperador. Le dijo: «Sine dominico non possumus», sin reunirnos en asamblea el domingo para celebrar la Eucaristía no podemos vivir. Nos faltarían las fuerzas para afrontar las dificultades cotidianas y no sucumbir. Después de atroces torturas, los 49 mártires de Abitene fueron asesinados. Confirmaron así, con el derramamiento de sangre, su fe. Murieron, pero vencieron: nosotros les recordamos ahora en la gloria de Cristo resucitado.”

Continúa Benedicto XVI: “Tenemos que reflexionar también nosotros, cristianos del siglo XXI, sobre la experiencia de los mártires de Abitene. Tampoco es fácil para nosotros vivir como cristianos. Desde un punto de vista espiritual, el mundo en el que nos encontramos, caracterizado con frecuencia por el consumismo desenfrenado, por la indiferencia religiosa, por el secularismo cerrado a la trascendencia.”

Algo que se está repitiendo en los cristianos perseguidos hoy. Conocen los riesgos que suponen las celebraciones, las amenazas divulgadas y los frecuentes atentados; pero prefieren la muerte a no participar en la celebración eucarística. Está claro que no se quedan en la periferia de la celebración.  

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21 de Marzo - 2017

LA MISA(I): LITURGIA DE LA PALABRA

     Queremos dedicar tres programas –que iremos emitiendo de manera espaciada-  a admirar la belleza de la Santa Misa. Nadie ignora que la celebración de la Eucaristía es la oración más sublime de la Iglesia católica. Pero nuestro propósito no es ofreceros la sabiduría teológica que podemos y debemos estudiar de la mano de los grandes maestros de la fe, y que se encuentra, además de en obras especializadas, en la maravillosa síntesis del Catecismo de la Iglesia Católica tan sabiamente explicada en  Radio María.

 

   Nosotros nos acercamos como simples fieles que participan en su celebración y se asombran ante el prodigio que cotidianamente se nos ofrece, sin duda divino. La misa es una epifanía de Dios, una manifestación perceptible de Dios en medio del desierto desolador que envuelve nuestra rutina cotidiana y la exigencia pertinaz de nuestros afanes. Es un oasis en medio del desierto materialista y mundano que nos asfixia.

 

     Se nos hace presente Dios mismo por la palabra, nos unimos a él en el banquete eucarístico del cuerpo y la sangre del Señor; y restablecemos la antigua alianza rota y la renovamos mediante la conmemoración, real pero incruenta, de la muerte y resurrección de Jesucristo ofrecida al Padre en unión del Espíritu. Y ello se realiza para el perdón de los pecados y la salvación eterna, mediante el sacrificio del Cordero Pascual inmolado. La misa es la palpitación invisible de un Dios trinitario, que por el Hijo, se reconcilia con la Humanidad.

 

     Sólo esta consideración debiera echarnos al suelo, hacernos postrar nuestras cabezas en tierra y proclamar ante su presencia soberana qué grande y qué bueno es nuestro Dios. Y no según religiones antiguas por terror y por miedo, sino por un Dios que es amor y que, por amor se ha encarnado en su Hijo Jesucristo, Nuestro Señor. Y que en cada misa nos adelanta, como en prendas, un resquicio de la vida eterna.

 

     En la misa vamos los creyentes al encuentro real con Dios. Qué pobre visión si solo se queda en el cumplimiento del precepto dominical o peor aún por simple costumbre. Nuestra asamblea, nuestra ecclesía, no se cierra en el círculo formado por el sacerdote celebrante y el pueblo o comunidad, en un encuentro de tejas abajo. La mirada de todos se eleva hacia lo alto, hacia el Dios del cielo que se manifiesta y que va a hacer su morada en la tierra en su Hijo, Jesucristo, sol naciente hacia el que todas las iglesias antiguas, hasta el siglo XVI, orientaban  físicamente sus ábsides, como ahora hacia la cruz de Cristo muerto y resucitado.

 

      Esta es nuestra fe y esta es nuestra oración más perfecta. Recordemos la máxima que enseña que lo que la Iglesia reza es en lo que la Iglesia cree.

     Pero en Ojos para  ver, programa centrado en exaltar la belleza, queremos detenernos en la forma del  rito que guía nuestra celebración, para resaltar la fuerza con que expresa el misterio celebrado, su vigor expresivo, el  acierto de un lenguaje verbal, gestual y melódico con que los hombres han pretendido dar a Dios un  culto que le sea agradable y acorde con su  misma esencia.

 

     Mantendremos el esquema de nuestro programa y  dada su extensión le dedicaremos tres sesiones: La de hoy, dedicada a la Liturgia de la palabra. La segunda, al sacrificio y la tercera al banquete; las tres partes centrales que configuran la celebración de la santa misa.

Tríptico de los siete sacramentos (Detalle), Roger van der Weyden

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7 de Marzo - 2017

El cortometraje que en el año 2009 nos ofreció el director cinematográfico Joshua Weigel  bajo el título “El circo de la mariposa” va a servirnos de eje para  presentar en este programa de OJOS PARA VER, el tema de la verdadera mirada cristiana sobre el ser humano en general y, en particular, sobre los que nuestro Papa Francisco ha denominado con vigor “los descartados”.

Los descartados constituyen los artistas del prodigioso circo de la mariposa. Son sus componentes personas a las que circunstancias sociales, laborales, la edad o la biología han reducido a deshechos de la sociedad, menos que el proletariado de los suburbios, que al menos podrá constituir la mano de obra de las revoluciones o convertirse en carne de cañón. Son nada. Un anciano trapecista al que la edad ha dejado fuera de su trabajo, un forzudo alcohólico, prototipo del peleador de las tabernas, una prostituta que al quedarse embarazada, ya no sirve ni para el oficio y se le echa del club, un  destartalado joven de excepcional estatura, difícil de encajar en el canon de la vida social y laboral.

En el reparto de actores destacan dos personajes, el director del circo Sr. Méndez, interpretado por Eduardo Verastegui, y Will, un joven que se caracteriza por carecer de las extremidades. No tiene brazos ni piernas; solamente tiene una pequeña formación o meromelia de lado inferior izquierdo. En la película aparece expuesto en una feria como un fenómeno, como un error de la naturaleza, que será presentado como el resto de sus compañeros como seres monstruosos que sirven para el espectáculo de la curiosidad y de la compasión y sobre todo para el lucro de su director.

 Will está inspirado en un personaje real. Se trata en la vida real de Nicholas James Vujicic (Melbourne, 4 de diciembre de 1982) que al día de hoy  es un orador motivacional, predicador cristiano, y director de Life Without Limbs, una organización para personas con discapacidades físicas.

Vujicic es un destacado conferenciante que ha viajado alrededor del mundo contando su experiencia de vida animando a miles de personas con mensajes de motivación y superación, desde un punto de vista de la fe cristiana. Vale la pena conocer su vida y sus actividades, por ejemplo a través de páginas web a él dedicadas.

Volvamos a la película. En el Circo Carnaval, al que pertenecía anteriormente Will, y contrapunto lamentable del que más tarde será su hogar, aparece como un ser resentido al que el director de la explotación lo presenta como “el hombre a quien Dios le dio la espalda”. Pero Méndez, director del Circo de la Mariposa, ha sabido ver en él la dignidad de ser imagen de Dios. Es claro que para él todos tenemos un lugar en este mundo, un encargo de Dios, una vocación, aunque pueda parecernos irreconocible.

Qué necesitado está nuestro mundo de descubrir en los otros, no a posibles competidores, sino a compañeros que vienen a compartir un destino común  al que han de aportar el bien que se les ha concedido para desarrollarlo. Mirar a todos, empezando por nuestros más cercanos, el ser que los une y distingue y no el tener que nos distancia. Este es el gran mensaje del cortometraje. Descubrir y ayudar a descubrir el bien que en todo ser humano subyace. Pero hay más.

Aunque puede parecer oculto o en penumbra, intuye uno en la película una profunda mirada cristiana, para la cual el secreto de la vida es aprender a amar a los demás porque en sus rostros está escondido el rostro de Cristo. Cristo está allí, en cada uno; pero no del modo que esperamos, no como nosotros pensamos que está, no sólo en el rostro de los santos, de los destacados, no de la manera que ya somos capaces de entender, sino como quiere estar Él, porque Dios a ningún ser humano le ha dado la espalda.

El filme se encuentra en varios canales de Youtube y en Vimeo, por ejemplo, y se ha difundido muy ampliamente.

     No nos cansaremos de elogiar, difundir y, más que animar empujar a los indecisos o perezosos a que vean lo que es bueno; y por algo que tiene como encargo sustancial el arte, aprendamos a crecer a salir mejorados en nuestra actitud y entrega ante la vida. Este es el fin de “El circo de la mariposa” y este es el objetivo de nuestro programa: aprender a mirar para aprender a vivir.

Joshua Weigel

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21 de Febrero - 2017

SOROLLA: EL PINTOR DE LA LUZ Y DE LA VIDA

Autoretrato, Museo Sorolla

La exposición que se está realizando en la Casa Museo de Joaquín Sorolla de Madrid y que durará hasta el 19 de marzo, nos ha brindado la oportunidad de acercarnos a uno de los más grandes pintores españoles de todos los tiempos, un artista, reconocido universalmente como el pintor de la luz, y se nos convierte en el marco de nuestro programa de OJOS PARA VER. Sorolla será hoy el maestro que en todas sus obras y de manera consciente, nos está incitando a aprender a mirar para aprender a vivir.

Joaquín Sorolla es sin duda es el pintor de la luz. Técnicamente ha sabido someter a su pincel la maravilla de una realidad transfigurada por efecto de la luz, cambiante en el tiempo, en el prodigio iridiscente de colores insospechados para la mirada común, pero que Sorolla no sólo percibe, sino que los sabe descubrir a quien lo contempla; es el don del arte, no solo ver, sino saber transmitirlo a los demás.

Todo ser humano sabe de la belleza del mar, de las flores, del cielo, de los bosques. Todos tenemos la capacidad de mirar y de admirar. Es misión del arte enseñarnos a descubrir esa belleza. Sorolla tiene el don de captar un instante de la luz, por ejemplo en las costas de Jávea, y sin cambiar el paisaje en sus elementos básicos, de rocas, laderas, vegetación, olas y mar, con su fondo y perspectiva, y convertir ese instante en un tapiz deslumbrante de colores en todas sus gamas y matices. Y lo que era un tópico -ya sabemos que los paisajes junto al mar son hermosos-, se convierte en  experiencia inigualable que te obliga a exclamar,  ¡¡Dios mío,  pero qué admirablemente bella es la Creación!!... Algo negado a las gaviotas, se convierte en manjar exquisito para nuestras almas. Es el prodigio de la luz fugaz y efímera, detenida en el tiempo para siempre en el lienzo por el pincel. Y que yo, ignorante, miro rutinariamente en la realidad, hasta con ojos distraídos y mirada superficial, indiferente al prodigio. Después de Sorolla ya no puedes ver igual la belleza que te rodea, no solo el mar, sino todo.

Aunque solo hubiera pintado Don Joaquín Sorolla paisajes de cualquier rincón de España, en el Mediterráneo, en las playas de Biarritz o de San Sebastián, los paisajes de Asturias, los jardines de la Granja, los patios floridos de Andalucía o los naranjales de Alzira en el esplendor de sus frutos, yo hubiera reconocido un espíritu religioso, no panteísta, sino reflejando en todo la huella de un Ser personal y transcendente que ha puesto la belleza como don para nuestra alegría y gozo, y como vía para anhelar y aspirar a lo infinito.

Cuando me detengo en sus retratos admiro  al realista que sabe reproducir la fisonomía de sus personajes, con su pincel fino y detallista, pero me impresiona la transparencia de la personalidad interior de cada hombre o mujer preservado en su lienzo, como si retuviera ante todo en su mirada la dignidad de cada persona humana, se llame Raquel  Meyer, el doctor Simarro, Ramón y Cajal, Galdós o a Don Antonio García, su suegro,  en el laboratorio.

Recuerda la mirada de Velázquez. Cuando pinta a hombres y mujeres en sus faenas, reparando las redes, preparando las pasas en Jávea o encajonándolas, o arrastrando con bueyes las barcazas de los pescadores; no denuncia explotación, ni lucha de clases, sino que manifiesta el gozoso esfuerzo del ser humano como ocasión de belleza, de alegría, como expresión de dignidad. Ni siquiera cuando pinta a un joven pescador herido y atendido, en cura de urgencia, sobre cubierta por sus compañeros. Su mirada crítica se deja ver en el título: Luego dirán que el pescado es caro, haciendo referencia a la dureza de vida de los hombres de mar. O llenándonos de ternura al contemplar a un abuelo que mira extasiado a su nieta que está preparando pimientos rojos al fuego del anafre, un hornillo fabricado en barro o en metal, que contenía brasas o ascuas para calentar la olla, la cazuela o la sartén. De nuevo Velázquez.

Momento especial dedicaremos a sus pinturas sobre su familia, su mujer, Clotilde, sus hijos, el ambiente familiar, su canto visual al matrimonio y al don de la maternidad.

Pero también a su pintura religiosa. Nosotros nos detendremos en el titulado  El levantamiento de la Cruz.

Sorolla, pintor de la luz. Luz que estalla al chocar con las cosas y las personas en una explosión indescriptible de colores, pintor del interior del ser humano, de sus faenas en el laboratorio, o en las playas, en paseos por los ríos, estanques o playas, en las danzas y en las procesiones o desfiles, siempre abriéndonos los ojos para aprender a mirar, a asombrarnos de la belleza de todo lo creado. Porque vio Dios que era todo muy hermoso. Y Sorolla nos abre las puertas de su pintura  y oyes que proclama “en verdad que el mundo es muy bello”.

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7 de Febrero - 2017

El Rinoceronte, de E. Ionesco: El pensamiento único y el relativismo, contra la belleza del orden natural.

   Ha sido una constante en la Historia Contemporánea presentar modelos de pensamiento y, en consecuencia de civilización, contrarios a la mirada cristiana sobre el ser humano y  su  configuración social y política, acorde con el Evangelio y con el orden natural presente en la Creación.

    Hoy, con carácter general, lo denominamos pensamiento único  como si de un embudo se tratase por el que pretendemos introducir la rica y plural realidad social, para reducirla a uniformidad; aunque mejor comparación sería la de una trituradora de carne que introduce la diversidad y la convierte en la única realidad del picadillo. Las culturas, las naciones, las familias, los pueblos, las personas con su innumerable diversidad, etc. hay que reducirlo todo a lo mismo.

Pero no crean que se pretende mezclar las carnes con las carnes, los pescados con los pescados. No, no. Porque ya no existen diferencias. Todo es lo mismo y además da igual, ya se sabe, lo que no mata  engorda. Se mezclan los cereales, las legumbres, las verduras, los pescados, las carnes y la inmensa variedad de frutas. Como podéis imaginar, a lo más que pueden aspirar es a conseguir una variedad de harina de pescado-carne, con todo tipo de energías nutritivas y ensalmos curativos y saludables -dicen ellos-, y un segundo producto complementario, una especie de aceite de ricino, con  tan elevadas propiedades curativas que, como el bálsamo de Fierabrás, su primer efecto es el vómito. Quien lo probó, lo sabe.

La contrapartida de todo esto es que la diversidad de sabores, la rica variedad que nos ofrece la naturaleza, la espléndida diversidad ofrecida por el Creador para sustento de la humanidad y para estimular el ingenio y creatividad de  los humanos  -es asombrosa la historia de la cocina-  desaparecería. Como dice nuestro refrán, nos darían gato por liebre, o, si prefieren, harina en lugar de un bacalao al pilpil, pero eso ya sí es harina de otro costal.

      Esto es; exactamente esto es lo que está aconteciendo en el mundo de las ideas.  Lo primero que se nos ofrece para confundir no solo a los ingenuos, sino incluso a los más preparados, es la indiferencia o, si prefieren con más precisión, el relativismo: Oiga, que todo es uno y lo mismo, qué más da, las ideas al fin y al cabo todas son opiniones.  La verdad, ¿qué es la verdad? ¿Y Dios y la Revelación y la Encarnación y la Redención y la vida eterna y la Resurrección? Pamplinas, vaya usted a saber, de eso no se come y hay que vivir, ¿no?

    La consecuencia del relativismo no es la pluralidad, sino la imposición de una visión monista de la realidad y de la Historia. Para todos, aceite de ricino y  harina de pescado. Miren la historia del siglo XX y lo que llevamos del siglo XXI y verán que no es hipótesis, sino la constatación de un hecho histórico. El relativismo es el avance propagandístico que deja inermes a los pueblos contra las tiranías de todo tipo y condición. Se llamen marxismos, fascismos, nazismos o, en nuestros días, las concepciones del ser humano que atentan contra el matrimonio y la propia configuración de nuestra especie y al final, como todo lo que va contra la naturaleza y el designio de su Creador,  trae para la humanidad sangre, dolor y lágrimas.

      Este programa de OJOS PARA VER, lo vamos a dedicar a presentaros una obra de teatro que se dio  a conocer en  París en 1959: El rinoceronte, del dramaturgo rumano Eugenio Ionesco (1909-1994). Una obra de denuncia contra todo tipo de totalitarismos. Pero el tiempo nos ha permitido descubrir que su verdadera denuncia va contra el proceso que lleva a gentes muy seguras de sí mismas, confortablemente instaladas en un cómodo vivir, a aceptar como lo más natural  todo tipo de planteamientos y modos de vida por aberrantes que resulten para una persona de sentido común, cuanto más para un cristiano firme en su fe.

    Imagínense ustedes: ¿Verdad que nos parecería increíble que, en una  población en la que apareciese de pronto recorriendo las calles un rinoceronte, no sólo nos acostumbrásemos a vivir con él,  sino que, al observar que, uno a uno, los vecinos se van transformando en rinocerontes, llegáramos a defender que, en el proceso de la evolución del ser humano, la plenitud se  alcanza  cuando éste se transforma  en rinoceronte, como la cosa más natural y evidente? Este es el pensamiento único que atenta contra el designio de Dios sobre el matrimonio y el mismo ser humano. Y  el que no lo acepte, y el que se resista, será un loco, un marginado, un excluido tras el juicio sumario de las nuevas Inquisiciones. Esta es la cuestión. Ser rinocerontes o ser hombres y mujeres según el designio  de Dios, plasmado en la naturaleza de las cosas.

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17 de Enero - 2017

EL DON DE LA MATERNIDAD 

 

Resuena todavía en nuestros corazones la festividad  de La Maternidad divina de María con que dimos comienzo al año nuevo. Ella es modelo virginal de toda maternidad, física y espiritual.

Queremos dedicar este programa a exaltar  la belleza del don de la maternidad, y proclamar  a voz en grito nuestra gratitud como seres humanos   a todas las madres. Gracias Mamás

Fundamentamos nuestro agradecimiento en las claves teológicas que nos enseñó San Juan  Pablo II, en la carta apostólica  Mulieris dignitatem sobre la dignidad y la vocación de la mujer. Enseña el Papa:

La maternidad conlleva una comunión especial con el misterio de la vida que madura en el seno de la mujer. La madre admira este misterio y con intuición singular «comprende» lo que lleva en su interior. A la luz del «principio» la madre acepta y ama al hijo que lleva en su seno como una persona. Este modo único de contacto con el nuevo hombre que se está formando crea a su vez una actitud hacia el hombre —no sólo hacia el propio hijo, sino hacia el hombre en general—, que caracteriza profundamente toda la personalidad de la mujer. Comúnmente se piensa que la mujer es más capaz que el hombre de dirigir su atención hacia la persona concreta y que la maternidad desarrolla todavía más esta disposición.

Volvemos en nuestra reflexión al paradigma bíblico de la «mujer» tomado del Protoevangelio. La «mujer», como madre y como primera educadora del hombre (la educación es la dimensión espiritual del ser padres), tiene una precedencia específica sobre el hombre. Si su maternidad, considerada ante todo en sentido biofísico, depende del hombre, ella imprime un «signo» esencial sobre todo el proceso del hacer crecer como personas los nuevos hijos e hijas de la estirpe humana. La maternidad de la mujer, en sentido biofísico, manifiesta una aparente pasividad: el proceso de formación de una nueva vida «tiene lugar» en ella, en su organismo, implicándolo profundamente. Al mismo tiempo, la maternidad bajo el aspecto personal-ético expresa una creatividad muy importante de la mujer, de la cual depende de manera decisiva la misma humanidad de la nueva criatura. También en este sentido la maternidad de la mujer representa una llamada y un desafío especial dirigidos al hombre y a su paternidad.

 

Recordamos tan sólo estos  fragmentos como soporte doctrinal de nuestro programa. Pero nuestro propósito es cantar la belleza de la maternidad tal como la ha sabido contemplar con admiración el arte. En estos momentos en que la ideología de género intenta destruir la creación de Dios, no nos cansaremos de repetir con el propio San Juan Pablo dos ideas fundamentales.  La primera: Imagen y semejanza del hombre y la mujer entre sí y con Dios. Recordamos una cita extraída de la segunda parte del poema  El tríptico Romano. Nos enseña el Santo Pontífice: Aprender a mirar en el arte de la Capilla Sixtina:

 

«Dios creó al hombre a su imagen, según su semejanza,

los creó varón y mujer —

y vio Dios que era muy bueno

ambos estaban desnudos y no sentían vergüenza».

¿Es posible?

No lo preguntes a los contemporáneos, sino a Miguel Ángel,

(¿¡quizás también a los contemporáneos!?).

Pregunta a la Sixtina.

¡Cuanto está dicho en esas paredes!

 

La segunda, de la carta apostólica citada antes

 

“La fuerza moral de la mujer, su fuerza espiritual, se une a la conciencia de que Dios le confía de un modo especial el hombre, es decir, el ser humano. Naturalmente, cada hombre es confiado por Dios a todos y cada uno. Sin embargo, esta entrega se refiere especialmente a la mujer –sobre todo en razón de su femineidad- y ello decide principalmente su vocación.”

 

Es signo distintivo de la mujer en todas las etapas de la vida (niña, joven, y anciana)  y en todos los estados de vida imaginables (soltera, casada, consagrada, madre fecunda o estéril o abuela) el don de la maternidad, física o espiritual. Su mirada siempre está atenta a todo lo concreto de su entorno, a su cuidado o a su mejora y perfección. La vida se hace acogedora por las manos femeninas y no sólo por los detalles, sino por la delicada aura con que se impregna  cuanto está a su lado, sea la casa, el despacho, la portería o el gimnasio.  Es muy improbable que la mujer se vaya por los cerros de Úbeda. Su presencia es alma. Por eso en toda mujer se percibe la frase de La Virgen: “mira, no tienen vino”.

 

      Cuando este don se marchita  todo se hace inhóspito, se llena de aristas y el gris domina cada momento de la vida. La grandeza de la mujer no se reduce al esplendor de la juventud, ni a la ausencia de arrugas y canas. Qué hondura de belleza en los ojos, siempre vivarachos, y en las manos serviciales de una abuela atenta para que nada les falte. La maternalidad, así la llamo yo, si se me permite el neologismo, es la esencia de la feminidad, por encima de su condición sexuada. En el cielo la maternalidad sigue en ejercicio. ¿Qué hace si no María? Estoy seguro de que en el cielo mi padre estará absorto escuchando algún sermón hermoso; pero mi madre, no tengo la menor duda, le dirá al Señor, mira a mis hijos, mira a mis nietos,  mira que se olvidan de tu vino. Ten piedad de ellos, de todos.

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3 de Enero - 2017

Los Reyes Magos

      En vísperas de la celebración de la fiesta de la Epifanía del Señor, en la que la adoración al niño divino de los Tres Reyes Magos ha echado al vuelo de la creatividad e ingenio a  todos los pueblos de la Cristiandad, queremos unir nuestra voz de Ojos para ver para cantar la hermosura y belleza de esta fiesta interpretada por los mayores creadores de nuestra cultura occidental y salir al paso de tantas zafias maniobras para borrar toda huella de Cristo en medio de nuestros pueblos y ciudades.

         No puedo evitar que vengan a nuestro recuerdo las fuertes quejas del Salmo II

Por qué se amotinan las gentes,

y los pueblos meditan proyectos vanos?

Se han armado los reyes de la tierra

y los príncipes se han coaligado

contra el Señor y contra su Cristo:

“¡Rompamos sus ataduras

y arrojemos lejos de nosotros su yugo!” (Salmo II, 1-3) 

Nuestro programa pretende presentar en el entorno de la Fiesta de Reyes la contienda de civilizaciones que se está produciendo en nuestros días, pero que viene de raíces antiguas. No queremos que  Cristo reine entre nosotros, se sigue proclamando. No queremos ni su misericordia ni el ser humano de las bienaventuranzas.

En el lado de la civilización cristiana vamos a escuchar voces candorosas como en el auto de los Reyes Magos del Siglo XII, voces proféticas como en la Adoración de los Reyes Magos de Leonardo da Vinci, Testimonios conmovedores como  el de Rubén Darío. Y en el sector de los que combaten nuestra civilización, nada menos que a Jean Paul Sartre, con Barioná, subtitulada Auto de Navidad y escrita en 1940, en un campo de concentración de los nazis, después de haber sido conquistada Francia.

     Cuando a los aficionados a la lectura se nos depara el gozo de encontrar  una obra asombrosa en donde menos lo esperabas, no puede uno menos que echar mano de la parábola evangélica de la perla y el muladar. Que Sartre me perdone. Pero yo que en mis mocedades lo leí de cabo a rabo y, no sé por qué privilegio del cielo, me rebelaba contra su náusea existencial, su nada y sus desesperanzadas afirmaciones sobre el ser humano visto como “pasión inútil” y ser “nacido para la muerte”, he brincado de alegría al leer una obra casi desconocida, sepultada voluntariamente  en el olvido, “Barioná” Misterio de Navidad. Es Sartre puro, tal cual, pero doctrinalmente resuelto por él mismo, aún antes de que desarrollara obras que le prepararon para ser el ideólogo  de mayo del 68.

         La edición que realizó el profesor José Ángel Agejas en la editorial Voz de Papel es digna de todo elogio y reconocimiento. Una obra que se podía ya dar por perdida, con un tesón admirable, nos ha sido recuperada en español para los creyentes y para cualquier lector  que sepa discernir  una obra de valor universal.

Jean Paul Sartre

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20 de Diciembre - 2016

ANTE LA NAVIDAD

Entramos con ilusión todos los años en el Adviento para llenarnos, en la espera, del admirable mensaje de la Navidad. Ya estamos a las puertas de la Noche Santa. Todo el largo y lento proceso de la historia de la Humanidad es  una preparación sobrecogedora para el momento en que, como nos dicen las Escrituras, se llegó a la plenitud de los tiempos.

El olvido de la Providencia de Dios en el curso de la Creación, nos ha dejado a los hombres sin esperanza. La historia se ha convertido para muchos en un acontecimiento ciego. Según ellos somos fruto del azar, estamos determinados como seres constituidos sólo de materia sometida a una evolución inexorable.

No es el azar más razonable que el reconocimiento de  un Dios creador de todas las cosas que la luz de la razón natural nos muestra y que por Revelación sabemos que todo lo hizo, no por necesidad sino por amor. Una Providencia amorosa cuida de todas las cosas.

Siempre se alega lo mismo: el sufrimiento. Como si por negar a Dios  o renegar de nuestra fe el dolor desapareciera  de la vida humana y de la misma tierra. Y como si los cristianos no nos tomáramos en serio dominar la tierra para aliviar el sufrimiento y eliminarlo en lo posible.

Por contradictorio que parezca, el meollo que se desprende del mensaje de Jesucristo es que el sufrimiento también tiene sentido. El misterio del  dolor y de  la muerte inician su respuesta en el nacimiento del Verbo encarnado y hallan su pleno sentido en la muerte y resurrección de este Niño, puesto en un  pesebre y que despojado de todo ha de extender sus brazos en la cruz. Noche de inconmensurable alegría. Así lo entendió la cristiandad y así lo viven todos los cristianos en cualquier punto de la tierra.

Así nos lo repiten los Pontífices, también el Papa Francisco. Recordamos las palabras que  Benedicto XVI dirigió a los jóvenes con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud de 2011 en Madrid:

“Queridos amigos, la cruz a menudo nos da miedo, porque parece ser la negación de la vida. En realidad, es lo contrario. Es el “sí” de Dios al hombre, la expresión máxima de su amor y la fuente de donde mana la vida eterna.   De hecho, del corazón de Jesús abierto en la cruz ha brotado la vida divina, siempre disponible para quien acepta mirar al Crucificado. Por eso, quiero invitaros a acoger la cruz de Jesús, signo del amor de Dios, como fuente de vida nueva. Sin Cristo, muerto y resucitado, no hay salvación. Sólo Él puede liberar al mundo del mal y hacer crecer el Reino de la justicia, la paz y el amor, al que todos aspiramos.”

 

Berceo en su candoroso poema “Loores de Nuestra Señora” lo expresa de manera certera en las dos estrofas que os he seleccionado.

“El tiempo de tu hijo, todos lo esperaban;                    

porque tarde venía mucho se quejaban;                          mas, aunque sería tarde, que vendría no dudaban;                  tenían gran alegría, aunque mucho penaban.

Grandes tiempos pasaron antes que esto fuese cumplido 
Mas la virtud de Dios no lo echó en olvido, 
El consejo de salud en cielo fue decidido 
por que cobrase Don Adam el bien que había perdido.”

 

      Toda la Humanidad estaba expectante  a la venida del Hijo. Sabía que tardaría; pero no tenía la menor duda de que iba a ocurrir. En el texto original  dice expresivamente  “avían gran alegría, maguera que laçravan”. El sufrimiento ha acompañado la vida de los hombres.  Berceo recuerda a Adán y el fin de la Cruz: “por que cobrase Don Adam el bien que había perdido.”

El paganismo que nos envuelve ha pretendido convertir las Navidades en las fiestas lupernales de la antigua Roma. Sus bacanales no son cristianas. Nuestra alegría reúne a la familia y contempla a la Familia de Belén, mira con ternura al Niño, bendice a José y canta gozosamente a María, Causa, causa, causa de nuestra Alegría.

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6 de Diciembre - 2016

SAN JUAN DE LA CRUZ

    Próxima la festividad de San Juan de la Cruz, dirigimos nuestros ojos hacia ese gigantesco varón de Castilla, al que la desnutrición, el mucho hambre y las muchas penalidades de infancia y niñez le ocasionaron un cuerpo pequeño (‘medio fraile’ le llamaba con humor la madre Teresa de Jesús) curtido y capaz de albergar el alma más delicada y sublime, pulida en un camino de perfección que le llevó a la cima espiritual del Monte Carmelo.

   Hoy  debiéramos entrar de puntillas en este programa porque cada vez que escuchemos sus versos o sus palabras precisas y luminosas  de su prosa, nos parecerá percibir la presencia de Dios.

    San Juan de la Cruz es el testigo para toda la Humanidad de que Dios es asequible y cercano a los hombres. Un Dios encarnado que se ha hecho uno de nosotros, para redimirnos, hacernos hijos de Dios por adopción y herederos del cielo. Y para enseñarnos que el camino para llegar a Él es el amor, en correspondencia al desmedido Amor que nos tiene. Juan de Yepes el hijo de Gonzalo Yepes y de Catalina Álvarez, humildes tejedores de seda, de la mano de Teresa de Jesús, nos va a mostrar en su vida y en su obra, que el ser humano, por la gracia conquistada por Jesucristo, puede alcanzar no sólo vivir en las cercanías de todo un Dios, sino unidos tan íntimamente que podamos proclamar “no soy yo, es Cristo quien vive en mí”, como exclamaba San Pablo. Su camino espiritual no es otro que el que permite subir a la cima del Monte Carmelo.

    A veces  se cree que hablar de místicos y de mística es adentrarse por mundos misteriosos y extraños. No, de ninguna manera.  Quienquiera que se acerque a cualquier vida mística descubrirá que se trata de una apasionada historia de amor entre nada menos que Dios y un ser humano, contada como se puede contar entre los hombres, es decir con imágenes y palabras de los hombres. Entre sus muchas acepciones, místico, significa enamorado. Y no mundo de asuntos extraños ni raros, ni extravagantes, ni de ensueños oníricos ni de fenómenos fuera de lo común y ordinario. El señor los concede en algunos casos, como levitaciones, bilocaciones, transverberaciones  o éxtasis. Pero todo eso son gracias especiales con fines distintos a la naturaleza mística, que pueden aparecer o no, como se ha dado en tantos santos que han alcanzado las moradas  más altas, por utilizar el lenguaje del Castillo interior de nuestra Teresa de Jesús, en medio de una vida  oculta y en apariencia corriente, pensad en Santa Catalina Labouré, en la misma Santa Bernardita Soubirous o en Santa Teresa de Calcuta.

    ‘Místico’ supone la respuesta radical al Amor, sin concesiones, porque nuestro Dios se acercó a los hombres por amor, se encarnó por amor en las entrañas virginales de María, por amor se subió a la cruz y por amor resucitó.  Porque por amor, en tierra extraña, tiene el corazón muy lastimado. Y este Corazón enamorado nos ha enseñado que solo por amor se puede llegar hasta Dios. De esto vamos a hablar en este programa. Porque nuestros místicos no solo vivieron la perfección en su vida, sino que asombrosamente supieron contárnosla con palabras de belleza inusitada. San Juan de la Cruz es el poeta más delicado y sublime de la literatura universal. No lo dudemos, es el poeta por excelencia del amor.

    Quien no tenga un corazón sencillo que no lea estas poesías, no las podrá entender, porque cuando se emplea el mismo lenguaje que el del Cantar de los Cantares, cuando oiga a un alma hablar con su amado como una esposa habla con su marido  se quedará en la forma y sólo entenderá lo que su corazón embrutecido le dicta. Nada más virginal y puro que los poemas de San Juan de la Cruz.

     La vida de San Juan de la Cruz es apasionante. 

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15 de Noviembre - 2016

EL VINO         

 

      El vino forma parte de la herencia cultural de la humanidad. Se cree que está  entre nosotros desde hace más de 8000 años. Todos los grandes imperios y pueblos de la antigüedad  lo tuvieron como un don de lo  alto, para regocijo de los seres humanos y como alabanza a los dioses. No había un griego, en la Ilíada y en la Odisea, que al alzar la copa para beber, primero no hiciera las libaciones prescritas para los dioses. Lo mismo diremos de persas y egipcios y hasta de los romanos, por referirnos a los más poderosos. 

         Borges nos lo contó en este poema de versos alejandrinos pareados:

En el bronce de Homero resplandece tu nombre,

negro vino que alegras el corazón del hombre.

Siglos de siglos hace que vas de mano en mano

desde el ritón del griego al cuerno del germano.

En la aurora ya estabas. A las generaciones

les diste  en el camino tu fuego y tus leones.

Junto a aquel otro río de noches y de días

corre el tuyo que aclaman amigos y alegrías,

vino que como un Éufrates patriarcal y profundo

vas fluyendo a lo largo de la historia del mundo.

En tu cristal que vive nuestros ojos han visto

una roja metáfora de la sangre de Cristo.

En las arrebatadas estrofas del sufí

eres la cimitarra, la rosa y el rubí.

Que otros en tu Leteo beban un triste olvido;

yo busco en ti las fiestas del fervor compartido.

Sésamo con el cual antiguas noches abro

y en la dura tiniebla, dádiva y candelabro.

Vino del mutuo amor o la roja pelea,

alguna vez te llamaré. Que así sea.

 

         Desde el principio de los tiempos el vino ha sido visto  como una fuente de alegría pero también como un camino para el desenfreno. Es la eterna bifurcación que encuentra nuestra libertad: puede ser  un medio legítimo para la sana alegría y para la celebración de la fiesta y de la amistad; o como lo describieron los romanos, ocasión para bacanales, fiestas dionisíacas  donde entrar en trance poseídos por el espíritu del dios invocado; era presuntamente un medio de unión con la divinidad. Más tarde estas fiestas fueron reconducidas por la Iglesia naciente  para convertirlas en ocasión de alegría  y expresión del gozo pleno que supuso para la humanidad la buena nueva de Jesucristo.

         Es lamentable comprobar el olvido de Cristo en nuestro mundo, neopagano y apóstata, y cómo las diversiones y fiestas sociales, populares o aristocráticas, han vuelto a las fiestas del desenfreno, siendo ocasión para las borracheras y consumo de estupefacientes que aniquilan nuestra consciencia, embrutecen nuestro entendimiento y  deshacen  nuestro cuerpo, como si divertirse consistiese en huir de nosotros mismos y abrirnos a la acción sin responsabilidad.

         El salmo 104 dice de Dios que hace crecer las plantas que dan frutos, que dan alimento al hombre. Dice David: “y vino que regocija el corazón del hombre mortal, para hacer brillar el rostro con aceite, y pan que sustenta el mismísimo corazón del hombre mortal.” El poeta del siglo XVI Malón de Echaide lo tradujo así:

 “Riegas las viñas donde

Nace el licor, que alegra

El corazón humano

Y quita con su mano 

La vil melancolía oscura y negra”

 

[Asociar el vino a la fiesta y a la alegría es un lugar común. Ya Anacreonte en el siglo V antes de Cristo cantaba:

 

Anacreóntica 45.

(Traducción de José María Díaz-Regañón López)

Cuando empino la copa

Se aduermen mis cuidados.

¿Qué me importan las penas,

Fatigas y trabajos?

Si he de morir, mal

Que me pese, ¿qué saco

 

Con querer descifrar

De mi vida el arcano?

El vino del hermoso

Lieo, pues, bebamos;

Que empinando la copa

Se duermen los cuidados.

 

         El vino forma parte de la cultura occidental. Siempre como encrucijada, como opción, bien de mesura y medida o bien de  desmesura y destemplanza. Dice el Arcipreste de Hita:

 

"Es el vino muy bueno en su misma natura,
muchas bondades tiene si se toma con mesura;
al que de más lo bebe, sácalo de cordura,
toda maldad del mundo faze y toda locura.

 

         Quién no recuerda el romance  “he andado muchos caminos” en donde nos confiesa Machado haber visto en todas partes caravanas de tristeza  de las gentes engreídas y satisfechas de sí mismas, y la alegría en las gentes sencillas:

 

         Y en todas partes he visto
gentes que danzan o juegan
cuando pueden, y laboran
sus cuatro palmos de tierra.
         Nunca, si llegan a un sitio,
preguntan a dónde llegan.
Cuando caminan, cabalgan
a lomos de mula vieja,
y no conocen la prisa
ni aun en los días de fiesta.
Donde hay vino, beben vino;
donde no hay vino, agua fresca
Son buenas gentes que viven,
laboran, pasan y sueñan,
y en un día como tantos
descansan bajo la tierra.

 

       Esta alegría sencilla y natural asociada al vino quisiéramos cantar en este programa de ojos para ver.

      Pero sobre todo exaltar el prodigioso Milagro de que fuera elegido el vino por nuestro Señor Jesucristo, no como metáfora de su sangre, como nos ha dicho erróneamente Borges, sino en su sangre redentora para renovar en cada eucaristía el sacrificio de nuestra redención, de tal manera que veamos los accidentes del vino, color, aroma, sabor y textura, pero en el alma podamos escuchar la voz cálida de nuestro Redentor. 

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1 de Noviembre - 2016

LA REALIDAD INELUDIBLE DE LA MUERTE

 

     El mes de noviembre nos invita a tener presentes a los difuntos, a los que alcanzaron el cielo, como santos, los santos anónimos; y a los que esperan nuestras oraciones para que, purificados por gracia y misericordia, puedan también llegar al reino prometido. Dos opciones ante  la  muerte: o acabamiento de todo, o puerta a la vida verdadera. Esta es la cuestión.

     La conciencia de que la vida es un corto instante, algo fugaz y efímero como el curso de las aguas hacia el mar  “que es el morir” es una experiencia humana en todos los tiempos y en todas las culturas.  Jorge Manrique nos legó la actitud cristiana  ante la frágil consistencia de las cosas tras que andamos y corremos; y zarandeó nuestras conciencias adormiladas por  los mil afanes de cada día  invitándonos a despertar a salir del engaño en que nos enredamos “pues si vemos lo presente cómo en un punto es ido y acabado, si pensamos sabiamente, daremos lo no venido por pasado” Séneca ya nos había enseñado que la vida es como un punto.  Y un estremecimiento de melancolía  me rebrota en el alma  cuando Garcilaso me  amonesta “marchitará la rosa el viento helado, todo lo  mudará la edad ligera, por no hacer mudanza en su costumbre”.  Los hombres y mujeres del Barroco  ahondaron   en este sentimiento y a la par que predicaban  que la vida es como un sueño del que hay que despertar, hicieron  sutileza conceptista de  la fugacidad de la existencia.  Quevedo se lleva la palma.

 

Ayer se fue; Mañana no ha llegado;

Hoy se está yendo sin parar un punto:

soy un fue, y un será, y un es cansado.

En el Hoy y Mañana y Ayer, junto

pañales y mortaja, y (me) he quedado

(en) presentes sucesiones de difunto.

 

     El diario ABC publicó el 29-10-1999, día de la muerte de. Alberti, un artículo para su prestigiosa tercera página con el título  “Los últimos renglones de mi vida”, que el poeta había escrito pocos días antes. El artículo es formalmente muy bello, pero al mismo tiempo, por su contenido un testimonio humano sobrecogedor. Alberti no quiere morirse, quiere seguir viviendo. Leamos:

 

Ya las ultimas hojas de mi arboleda perdida están cayendo, ya van neblinándose los últimos renglones de mi vida, aunque mis ojos siguen conservando la suficiente luz para distinguir las flores que brotan en este sencillo y tembloroso jardín, gracias a una mano celestial que, siempre junto a mí, hace el diario milagro de que todo parezca estrenado.

Todo es belleza a mi alrededor, lianas perfumadas me rodean y arrebatan de los aterradores y oscuros abismos de la vejez, de la muerte. Me voy con los ojos llenos de acontecimientos de un siglo. Un siglo de horrores, de enfrentamientos, de dolorosísimas separaciones, de hechos que habitan en mis bosques interiores y en los que casi a mis 94 años, aún puedo caminar, sin perderme entre su frondosidad. Pero no me quiero ir. No quiero morirme. Sigo sin querer morirme. ¿Por qué tengo que morirme? Todavía me retienen muchas cosas, muchos atrayentes sabores que no quiero dejar de percibir.

Al final del artículo exclama:

“Tiempo. Tiempo. ¿Por qué no hay más tiempo? ¿A quién hay que pedir más tiempo?”

      Benedicto XVI  en su segunda encíclica “Spe  salvi”  salió a nuestro encuentro.  Nos recordó  un epitafio de los tiempos de Pablo  que decía “In nihilo ab nihilo quam cito recidimus” (en la nada, de la nada, qué pronto recaemos). Testimonio de una valoración cruda cuanto  inconsistente de la existencia.  Esa experiencia es universal.  La luz vino a la humanidad cuando alguien  anunció  que la muerte no es el final del camino.  Por ello nos comenta:

 

“Pablo recuerda a los Efesios cómo antes de su encuentro con Cristo no tenían en el mundo «ni esperanza ni Dios» (Ef 2,12). Naturalmente, él sabía que habían tenido dioses, que habían tenido una religión, pero sus dioses se habían demostrado inciertos y de sus mitos contradictorios no surgía esperanza alguna. A pesar de los dioses, estaban «sin Dios» y, por consiguiente, se hallaban en un mundo oscuro, ante un futuro sombrío.

       Alberti, como la mayor parte de los contemporáneos, optó por creer que ser feliz es ser capaz de refinar la perfección de sus sensaciones deleitosas, legítimas o no, bien en la rica variedad de las flores, siempre perfectas; bien con plurales amores ilícitos. Otros un día escuchamos las palabras: “¿Adónde iremos si sólo Tú tienes palabras de vida eterna?”, y nos pareció que el corazón se nos llenaba de esperanza.

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18 de Octubre - 2016

     En el  calendario católico el mes de octubre está dedicado al Rosario y, por su medio, a María. El esplendor de los paisajes otoñales anuncia, como canto majestuoso de cisne, el acabamiento invernal. La primavera y el verano nos han invitado a salir de nosotros mismos e ir hacia fuera; el otoño nos invita al recogimiento, a entrar dentro de nosotros mismos, a recoger los frutos del campo. Es la hora de los membrillos, las nueces, del colgar las uvas, los pimientos, dejar secar los higos y recoger las almendras. Es la hora de entrar dentro de nosotros mismos y recoger los frutos del alma.

      Diréis: pero si el rosario lo rezamos cada día. Así es, pero en octubre el rosario se hace  a la vez más íntimo y más solemne, se hace como más público, se echa a las calles desde el amanecer en los rosarios de la aurora, en procesiones prodigiosas como el rosario de cristal de Zaragoza o se engalana de luces, faroles, estandartes y cantos  dentro de las naves de iglesias y catedrales, como es el caso del rosario de los esclavos, que tiene lugar en la catedral de Pamplona, todos los  días del año a la 7,30 de la tarde, pero que se viste de gala en los sábados de octubre.

     El rosario es ocasión de belleza, en la intimidad del hogar, en el grupo parroquial, en las capillas, en la cama del hospital, en medio de agobiantes tristezas, en el dolor y en la muerte. En medio del estruendo del mundo y del agobio de los afanes de cada día el rezo del rosario es un oasis en que, por medio de María, madre nuestra, entramos en intimidad con Dios, descanso del corazón. Abrimos en medio de nuestra cotidianidad  una ventana para contemplar el cielo.

    Una confesión personal: Me imagino el rosario como un templo pequeñito que levantamos en el alma: La fachada está dedicada a la Trinidad, la señal de la cruz nos pone en manos del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y en el  dintel está escrito el saludo de bienvenida de María que nos recibe al entrar en su interior por ser la puerta del cielo. El templo sólo tiene una nave, en la  cabecera se encuentra Dios Padre como majestad, en los laterales diez vidrieras en cada lado agrupadas de cinco en cinco, en las que están representados los misterios de la vida de Jesús, nacimiento, vida pública, muerte y resurrección. Y de cada vidriera surge un arco  que se eleva hasta la piedra clave del techo donde se glorifica a la Santísima Trinidad.

     Ante cada vidriera, refulgente de luz, María se ilumina con un resplandor  distinto, hasta el extremo de que recitando las mismas palabra en cada avemaría, cada palabra se impregna de la luz de la vidriera de tal manera que la llena de gracia en su totalidad, se tornasola con la encarnación, con el magníficat, con la maternidad  con la espada del anciano Simeón, con el encuentro del Hijo en el templo, con los misterios de la luz, los del dolor y el triunfo de la resurrección.

La llamaremos Santa y su santidad se matiza en cada misterio en el rostro de María, y su maternidad  se llena de iridiscencia, como el arco iris, a la luz de cada vidriera. Ante el asombro  del prodigio de María, nos inclinamos reverentes sintiéndonos  pecadores e implorándole su ayuda para ahorita mismo y para la hora definitiva  de la muerte. Es un prodigio el rosario. 200 avemarías, al oído ajeno, iguales; pero al corazón  diferentes. Iniciadas cada diez con el padre nuestro  y terminadas en reconocimiento de tanta maravilla con el gloria a la Trinidad. Lo demás es tedeum y piropos a la Virgen, letanías lauretanas, alabanzas y súplicas. Es decir, media hora en que, sacamos la cabeza de la vida cotidiana,  y la metemos -cabeza y corazón-  en el cielo.  Bendito sea Dios y bendita la santa Madre de Dios, María Santísima.

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4 de Octubre - 2016

EL OTOÑO, SU BELLEZA Y SU SENTIDO

 

En el programa de hoy, iniciado ya el mes de octubre, nos vamos a recrear en la belleza del otoño. Es esta una estación melancólica en la que el gozo de la recogida de los frutos y la vendimia dan paso enseguida a una breve explosión de rojos intensos en los árboles y las viñas. Las hojas se tornan amarillentas, se arrugan penosamente y caen al suelo vencidas por el peso y el temblor del agotamiento. De este modo, el sentimiento de la fugacidad de la vida se hace presente, casi sin darnos cuenta, en esta época del año.

Nuestra intención es asomarnos a la experiencia del encuentro con la hermosura de la naturaleza, con el deseo de recorrer el camino que lleva desde esta experiencia hasta la fuente de toda belleza auténtica, hasta la Belleza con mayúsculas, que es el corazón del Creador.

         En el otoño los sentimientos de melancolía que pueden suscitar la luz del día, cada vez más tenue, el acortamiento de las horas del sol y la creciente desnudez de los campos,  se mezclan con el prodigioso y vibrante colorido de las hojas ocres, rojas y amarillas, acercándose a su extenuación.

 

         Con la belleza del otoño y su despojamiento, se ahonda para una mirada profunda la necesidad de ir más allá de lo que se ve; se hace más manifiesta la sed y la búsqueda de lo infinito.

 

Platón describía así la experiencia del asombro admirativo ante la belleza: “Cuando alguien contempla la belleza de este mundo, recordando la verdadera, le salen alas, y así, experimenta deseos de alzar el vuelo, y al no lograrlo mira hacia arriba como si fuera un pájaro… Esta es la mejor forma de entusiasmo, tanto para el que la posee como para que el que con ella se comunica; y al que participa de esta forma de locura, se le llama enamorado” (Fedro, 249, d-e).

Como pocos vivía Beethoven la emoción de trascendencia ante la naturaleza. Sobrecogido, la contemplaba, al igual que un San Agustín, como huella cierta del Creador, que se revela en todas las manifestaciones de la vida y en el fenómeno asombroso del color y de la luz, presintiendo el misterio de la infinitud en la belleza de las cosas que pasan.

La mirada que se admira y se conmueve ante la belleza creada no es meramente sentimental, sino trascendente; lo meramente sentimental se cierra en el fondo sobre sí, y se encuentra ante el vacío. La mirada espiritual, trascendente, se olvida de sí misma, se abre a lo que despierta su asombro y se eleva hacia una fuente de belleza infinita: el Amor creador, que viste de hermosura las cosas creadas y la mirada maravillada del ser humano.

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15 de Septiembre - 2016

HAMLET

 

Es una obligación de gratitud histórica y literaria dedicar al menos un programa a William Shakespeare. Como ocurre con Cervantes, estamos celebrando el cuarto centenario de su muerte. Fueron dos genios coetáneos en dos contextos culturales y políticos en parte diferentes. La reforma protestante había fragmentado la unidad espiritual de Europa y sus consecuencias antropológicas, sociales, políticas quedarán reflejadas en sus obras. No obstante, los dos entrevén que la modernidad que avanza no ofrece el ‘mundo mejor’ que prometía: “Los tiempos se han dislocado. ¡Cruel conflicto, venir yo a este mundo para corregirlos!”…, exclamará Hamlet, por ejemplo. Los dos autores invitan, entre otras cosas, a un aleccionador contraste de miradas, lo mismo que sus más destacados personajes: El hidalgo manchego y el príncipe heredero de Dinamarca.

Shakespeare es el analista implacable de un ser humano sometido al torbellino de las pasiones. Escudriña con crudeza los escondrijos del alma, lo sublime y lo oscuro, la inocencia y las tentaciones, la codicia, las contradicciones, la complejidad y el laberinto de las pasiones humanas. Su fascinación por el amor, la venganza, la envidia, la codicia, la intriga y la traición han hecho ver el corazón humano bajo el imperio del pecado, pero también manifiestan su ansia incurable de felicidad, que en esta vida no se alcanza más que de manera fugaz.

La frase de Hamlet "ser o no ser: esa es la cuestión" es conocida en todos los rincones del mundo como el dilema ante la injusticia que domina la existencia del ser humano. En un momento de desesperación e incertidumbre el príncipe danés exclama con dolor:

"- Morir, dormir… ¿quién aguantaría los ultrajes y desdenes del mundo, la injuria del opresor, la afrenta del soberbio, las congojas del amor desairado, las tardanzas de la justicia, las insolencias del poder y las vejaciones que el paciente mérito recibe del hombre indigno, cuando uno mismo podría procurar su reposo con un simple puñal?".

Ante el triunfo de la sinrazón la tentación es el suicidio… o la locura.

En nuestro programa de hoy nos centraremos en Hamlet, tragedia y personaje, como espejo de muchas de las claves ofrecidas por la pluma y el pensamiento del genial bardo inglés. Elegimos también Hamlet por aparecer casi en los mismos años en que se publica la Primera Parte del Quijote, en 1605, y porque encontramos en ella la antítesis del mundo soñado y sufrido por Cervantes. Los dos héroes fracasan, pero uno y otro se convierten en símbolos de los dos caminos que se ofrecen a todo ser humano: el que se encierra en sí mismo hasta perderse, y el que sale de sí mismo, sigue el camino exigente de privaciones y sufrimientos para conseguir para todos un mundo mejor.

Hay también otras lecturas sugerentes. El propio Hamlet, por ejemplo, reprocha a su madre su comportamiento inmoral, a la vez que adelanta una de las consecuencias de la separación entre la moralidad y la fe: “-Un acto tal convierte la dulce religión en una rapsodia de palabras”. Profunda observación de una realidad social muy generalizada, a la vez que un aldabonazo frente a la ‘fe sin obras’ que proponía el protestantismo de su tiempo. El mundo reflejado por los personajes de muchas de las obras de Shakespeare es un espejo de denuncia y aviso para navegantes. No es descabellado sospechar, incluso, que Shakespeare fuera un criptocatólico, como algún experto defiende.

 

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1 de Septiembre - 2016

EL BOSCO: UNA LECCIÓN INTEMPORAL DE BELLEZA Y MORALIDAD.

La exposición que tiene lugar en el museo del Prado en estas fechas sobre la obra del pintor Jheronimus van Aken, conocido en España  como el Bosco, constituye  un momento privilegiado para los amigos del arte. Dedicaremos este programa al controvertido y genial pintor holandés.

Hallamos en él un mundo figurativo asombroso por su creatividad y fantasía, puesto  al servicio  de una moralidad católica, pero desde un punto de vista satírico. La obra del Bosco es una crítica mordaz a la corrupción de las costumbres, dentro del marco de la visión cristiana de la vida. No es la descripción de la inmoralidad propia de una sociedad pagana, que a no tardar se expandirá con la cultura humanista del Renacimiento. El comportamiento de los seres humanos -hombres y mujeres- desviado del camino recto del vivir, se enmarca en el contexto de un Dios Creador, un paraíso perdido por el pecado original, un Jesucristo redentor, la condición de homo viator, en proceso hacia la muerte y, lo que es más  fatídico, hacia  un Juicio final con la amenaza de los castigos del infierno o la recompensa del cielo.

Su obra es una denuncia de la inmoralidad de su tiempo. Pero al mismo tiempo es una obra intemporal que sigue denunciando   a cada generación, en la medida en que se aleja en su obrar de la buena nueva de la salvación y toma como clave y sentido de la existencia el principio celestinesco de que la naturaleza huye lo triste y apetece lo deleitable. Fernando de Rojas y el Bosco son contemporáneos.

El Bosco es un autor de extraordinaria inventiva,  no siempre fácil de desentrañar, causa de diversas interpretaciones contrarias, hasta el extremo de ser considerado por algunos estudiosos de su obra  como artista «lejano e inaccesible».  Nosotros tenemos el convencimiento de que en la medida en que tengamos en cuenta  la concepción católica del autor, la autenticidad de su religiosidad, su exquisita devoción mariana, sus enigmáticas figuras se desentrañan, encajan pletóricas de sentido como en un rompecabezas o, si preferís, se desvelan como los sueños del faraón a los ojos proféticos de José. Lo onírico del Bosco, sus originales fantasías, sus extrañas figuraciones seguirán resultando enigmáticas para quien pretenda  acercarse a su obra con una mirada de tejas abajo, inmanente, como simples juegos alucinantes de una fantasía sin control, como lo han intentado ver desde los psicoanalistas a los vanguardistas del siglo XX incluidos los surrealistas.

La obra ha de ser vista desde dentro de la tradición de la pintura flamenca a la que pertenece; por ejemplo, en la generación anterior el prodigio de Roger Van der Weiden (1400-1464). El Bosco vivió de 1450 a 1516. Es importante recordar que murió un año antes de que Lutero  (1517) escribiese en la puerta de la iglesia de Todos los santos de Witemberg las 95 tesis con que dio comienzo la reforma protestante. Acontecimiento que nos permite diferenciar el pesimismo luterano ante la incurable realidad del pecado, y la mirada católica que sabe de la fragilidad humana pero también de la misericordia de Dios que nos llama a la conversión con obras no solo con palabras.

La obra del Bosco es una apelación implacable a la conversión y a la vuelta al sentido recto del camino de la vida. Eso sí, expresándolo todo mediante la sátira, es decir, ridente dicere verum, decir la verdad riendo.

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18 de Agosto - 2016

En esta semana resuenan las alabanzas en todos los pueblos cristianos  glorificando a María, la  mujer que, por ser Madre de Dios,  la toda hermosa, se vio libre de la corrupción del sepulcro, y aunque tuvo que pasar por la muerte como su hijo. Piadosamente hablamos de la dormición de la Virgen, la proclamamos asunta al cielo, y celebramos la fiesta como el día de La Asunción de María a los cielos.

El pueblo cristiano lo proclamó  desde los primeros tiempos y se ha celebrado como  fiesta entrañable en todos los pueblos en Oriente y en Occidente, en numerosísimas localidades como fiesta patronal. Ha sido asunto frecuente  para la literatura y el arte en general.

Si en el concilio de Nicea II (año 431) se proclamó a la Virgen la Madre de Dios, el dogma de la Asunción de María lo proclamó el papa Pio XII, en 1950, 14 siglos después. Los dogmas de la Virgen estaban desde siempre como contenido de la fe. La proclamación solemne por la Iglesia  aparece como respuesta a tendencias teológicas confusas que ponen en peligro la integridad de la fe.

No terminaremos nunca de cantar el don tan inmenso de la autoridad del Papa, en cuanto sucesor de Pedro, fautor de la unidad de la Iglesia y garantía por el don de la infalibilidad, de salvaguardar el depósito de la fe y las costumbres,  en las contiendas en que se ponen en peligro.

Por todo ello, en esta reflexión inicial queremos resaltar dos ideas. Primera: Es humano que tendamos a aplicar varas  para medir todas las cosas, propias de nuestra misma  pedestre condición, aún las sobrenaturales. Sin embargo hay realidades que exigen la mirada de la fe, para calibrar, con medida precisa, lo que está aconteciendo.

A los Sumos Pontífices, precisamente por el entorno de tan corto vuelo en que nos movemos, es necesario no perder la perspectiva y  repetirnos en el hondón del alma: nuestro  Papa Francisco es el dulce Vicario de Cristo en la tierra. Después vendrá todo lo  demás: simpatías, gracejos,  espontaneidades, realismo, sencillez y humildad y tantas y tantas cualidades para bien de la Iglesia.

Hemos sido testigos privilegiados del maravilloso don con que el cielo nos ha bendecido en los Papas que hemos conocido, a cual más asombroso, por no remontarnos a los que conocemos de oídas o por estudio, sobre todo desde la Era de las Revoluciones. Es un prodigio la historia del Papado aún en los tiempos escabrosos. Pero admirable desde Su Santidad Pío VI, el prisionero de la Revolución Francesa, el que muere en Valence-sur-Rhône29 de agosto de 1799, en la cárcel.  Y del que el prefecto de la localidad inscribió en el registro de defunciones: «Falleció el ciudadano Braschi, que ejercía profesión de pontífice. El último». Muchos periódicos y gacetas de Europa repitieron el pronóstico titulando: «Pío VI y último». Como pueden comprender, acertaron de pleno. Providencialmente fue desapareciendo el poder temporal de los Pontífices,  pero se han convertido en el referente espiritual del mundo.

La segunda idea que queremos destacar es que, cuando el mundo intelectual proclamaba, en aquellos años, que el hombre es una pasión inútil,  nacido para la muerte, la Iglesia nos recordó que somos ciudadanos del cielo, y en la Asunción de María se estaba proclamando la resurrección de la carne  y la vida del mundo futuro.

 

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4 de Agosto - 2016

             A las puertas de la celebración  de la fiesta de San Lorenzo, el día 10 de agosto, diácono y mártir de las crueles persecuciones del siglo III, en concreto la del emperador Valerio en el año 258, queremos dedicar este programa Ojos para ver, que trata de encontrar la belleza que se oculta o agazapa en todo, a la paradójica y sublime belleza que se esconde en todo martirio, aún  en medio de los horrores. Estremecen las historias de perdón de niños o de mayores, la sublime lección extrema de que el destino del hombre es el cielo. Historias que nos llegan con dificultad y que nos retrotraen a sucesos verdaderos de tiempos antiguos.

Tantos pueblos que dedican sus fiestas patronales  a mártires de los primeros tiempos… Solo como ejemplo y sin ofender con nuestro silencio, recordamos las fiestas de Huesca y de San Lorenzo del Escorial, cuyo monasterio, tan enraizado en nuestra Historia, el más bello de nuestro renacimiento, recuerda en la distribución de sus elementos la parrilla en que fue martirizado San Lorenzo.

El Papa Francisco, en el Ángelus del día 23 de junio de 2013, dijo estas estremecedoras palabras: “Los mártires son el máximo ejemplo de perder  la vida por Cristo. En  dos mil años son multitud inmensa los hombres y las mujeres que sacrificaron la vida por permanecer fieles a Jesucristo y a su Evangelio”. Y afirma poco después: “Hoy tenemos más mártires que en los primeros siglos”. Como bien sabemos, hoy sacerdotes, incluso ancianos, monjas, religiosos, laicos de toda raza y condición, están siendo asesinados por llevar el nombre de cristianos.

En más de cincuenta paises del mundo se está  llevando a cabo una persecución implacable contra el cristianismo con dos fuerzas responsables: el fanatismo islámico y reductos del comunismo como Corea del Norte o China, por ejemplo. Además, en medio de nosotros, se da una persecución ideológica como la llamada ideología de género, implacable también con quienes se atreven a denunciarlas como fuerza de perdición.

Ayuda a la Iglesia necesitada describe los horrores y auxilia a los cristianos perseguidos. “Todos los relatos de los incidentes de la persecución indican que ésta es cada vez peor y más inclemente: iglesias incendiadas, cristianos presionados a convertirse, violencia de grupos de gente contra hogares cristianos, secuestro y abuso de niñas cristianas, propaganda anticristiana en los medios y desde los gobiernos, discriminación en escuelas y lugares de trabajo... la lista continúa". Sentimos horror ante los criminales  e indignación ante el silencio culpable de Occidente.

Sabemos que la persecución acompaña siempre a la Iglesia y que la mayor persecución está reservada a los tiempos anteriores a la segunda venida de Cristo en la que tendrá lugar la apostasía  de las naciones. (CIC nº 675)

Paul Claudel, el gran  escritor francés convertido al catolicismo tras una experiencia sobrenatural en la que se le manifestó  el Dios escondido que en el fondo de su incredulidad estaba buscando cuando  escuchaba el canto del magníficat en la noche de Navidad de 1883 en Notre Dame, publicó un maravilloso poema en 1937 titulado “A los mártires españoles”, sobrecogido ante el testimonio de tantos hombres y mujeres martirizados por confesar  su fe en Jesucristo. En él  escribió con el ritmo solemne de las salmodias bíblicas:

“Es la misma cosa, es parecida, es lo mismo que le han hecho a nuestros antepasados,

Es lo que aconteció en tiempos de Enrique VIII,  en tiempos de Nerón y Diocleciano.

El cáliz que han bebido nuestros padres, ¿no lo beberemos también nosotros?”

Y sin embargo se guarda silencio. Los medios de comunicación oficiales ocultan los ejemplos sobrecogedores de los mártires actuales. Ya denunciaba en su “Peristéfanon” Aurelio Prudencio, a finales del siglo IV y principios del V, cómo el “perseguidor blasfemo”  había eliminado (abstulit) las actas “invidentur ista, nobis fama et ipsa extínguitur”.  Craso error, porque  sigue siendo verdad  que la fuerza de Dios  es el sostén de los débiles y que la sangre de los mártires sigue siendo semilla de cristianos.

Los mártires proclaman con su muerte, en tantas ocasiones puesta la mirada en lo alto o señalando el cielo con el dedo índice, que no hemos venido para la tierra, que gracias a la muerte y resurrección de Cristo, nuestra verdadera vida es el cielo, que hemos nacido para la eternidad y todo lo  demás… “en tanto en cuanto” nos ayude al único fin.

En el poema citado Paul Claudel añadía:

“Es cierto, la maravilla de vuestra existencia no puede pagarse con otra cosa que con sangre.”…..

“Todos estos pobres doctores de dudas, todos estos cobardes e indecisos no son palabras lo que necesitan, sino un acto, la voz clara y el golpe de algo impactante….”

Nuestro mundo materialista y pagano se asombra ante el hecho de que alguien pierda la vida  por un ideal religioso. La sangre de los mártires  llama a la puerta de sus conciencias y les sigue invitando a la conversión  porque la sangre de los mártires sigue siendo semilla de cristianos.

Santo Tomás Moro en su admirable obra La agonía de Cristo, escrita en la cárcel pocos días antes de morir, nos advirtió:   “Cuando veamos u oigamos que tales cosas empiezan a ocurrir, aunque sea muy lejos de nosotros, pensemos que no es momento para sentarse y dormir, sino para levantarse inmediatamente y socorrer a aquellos cristianos en el peligro en que se encuentran y de cualquier manera que podamos. Si otra cosa no podemos, sea al menos con la oración.”

No nos engañemos: En  todas las persecuciones se hace patente  el odio y exterminio a un ser humano que por ser imagen de Dios, hace inviable a un Hombre que se cree autónomo, autosuficiente y digno de glorificarse como si fuera un Dios. 

Sea el Emperador, sea un reyezuelo herético, sea un califa encarnación de un Dios cruel, o sea en nombre de la más  absoluta de las tiranías de los sistemas democráticos del mundo moderno. ¿Por qué si no nuestros mártires del  siglo XX morían al grito de “Viva Cristo Rey”.

 

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21 de Julio - 2016

LA VIRGEN DEL CARMEN

 

Quién puede dudar que España es tierra de María. Esta semana se ha celebrado por numerosas ciudades, con sus novenas y triduos,  la fiesta de la Virgen del Carmen, una fiesta entrañable que se prolonga día tras día hasta convertir a julio en un mes carmelitano.

Recorred la costa española. Todos los pueblos pesqueros en su origen, aún en medio del crecimiento desorbitado y abigarrado de sus poblaciones por la expansión turística, engalanan las  barcas y sacan en procesión a la Santísima Virgen que puesta en andas sobre una de ellas recorren entre pueblos el litoral o surcan la bahía.

El espectáculo, para los viandantes por puertos o paseos marítimos,  es admirable. Al atardecer, entre luminarias y banderolas, con el sol de poniente en el horizonte, allá en la distancia se contempla una escena inigualable: una procesión de barcas y barcazas que siguen entre el ruido del motor y el oleaje del mar, a la Estrella del Mar. La Virgen del Carmen se convierte en Stella Maris para los hombres de la mar. Es su refugio y esperanza entre las tormentas y las noches sin luz, en medio de tantas tinieblas. Cuando en el cielo se han apagado todas las estrellas, sólo una brilla en el corazón de marinos y  pescadores, refugio y consuelo y esperanza entre tantos peligros físicos y morales.

Aquella nubecilla de esperanza que el profeta Eliseo vio que surgía del mar, para traer la lluvia fecunda a una tierra convertida en desierto, hambre y muerte. Aquella que respondió al ruego del profeta Elías, macerado en ayunos y súplicas para que el Señor tuviera piedad de la tierra reseca y sin agua y la volviera fecunda y habitable. A esta nubecilla, estrella del mar, le dedicamos este programa, nubecilla de esperanza para esta humanidad engreída y soberbia que se ha alejado de Dios y de su Madre. Madre de bondad, ten misericordia de  todos los seres humanos.

En los pueblos del interior, en las ciudades de tierra adentro, la Virgen del Carmen se nos presenta como reina coronada que se cuida de los hijos en el trance de la muerte y los ayuda a pasar del Purgatorio, la prueba de repesca que Dios nos da para aprender a amar, como a los alumnos que, casi aprobados, no alcanzan el nivel requerido para ser ciudadanos del cielo, en la última oportunidad del curso de la vida.

Cuando rezamos el avemaría, pedimos dos cosas a la Madre de Dios: primera, que ruegue por los pecadores ahora, que ruegue por nosotros en el instante fugaz de cada momento. Pero le pedimos también, una y otra vez, que nos tenga en cuenta en la hora de la muerte. Para ese instante crucial le pedimos a la Madre que su oración de súplica al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, sea valedora misericordiosa de nuestras miserias.

Una vez más, como en tantos momentos de la historia, fue la propia Madre de Dios y Madre nuestra la que manifestó que quería  servir de mediadora de sus hijos en ese trance último ante el Juez de vivos y muertos, mediante una señal sencilla y, como todo lo de Dios, humilde. Quiso que lleváramos siempre puesto como prenda de su amor un trocito de su vestido, como emblema de que en María tenemos puesta nuestra confianza, porque nos sentimos y queremos ser sus hijos. Nos entregó el escapulario, hábito para la orden del Carmelo y prenda de salvación para todo el que con piedad filial y devoción lo lleve puesto

Es una tradición que ha calado en el pueblo creyente y que se fue extendiendo por toda la cristiandad, con el aval insistente de numerosos Pontífices, que la Virgen María se apareció a San Simón Stock en  Cambridge, Inglaterra, el domingo, 16 de julio de 1251, como respuesta a sus súplicas de auxilio a su oprimida Orden.

La Virgen se presentó portando un escapulario en la mano y dándoselo le dijo: "Toma, hijo querido, este escapulario; será como la divisa de mi confraternidad, y para ti y todos los carmelitas, un signo especial de gracia; quienquiera que muera portándolo, no sufrirá el fuego eterno. Es la muestra de la salvación, una salvaguardia en peligros, un compromiso de paz y de concordia". 761 años en que esta piadosa tradición se ha extendido con vigor por el mundo creyente. Esta es para los creyentes la advocación de la Virgen del Carmen, la madre buena que se cuida de sus hijos en el trance final de la agonía. Qué menos que menos que llevar el escapulario como prenda de nuestra salvación, escándalo para  los soberbios y sabios de este mundo; sabiduría de Dios para los humildes que saben los desvelos del cielo para que ninguno de sus hijos se  pierda.

 

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7 de Julio - 2016

Hoy en Pamplona celebramos la fiesta de nuestro patrón San Fermín. Su imagen acaba de recorrer las calles de la ciudad antigua en una procesión solemne y llena de colorido y bullicio, con esos momenticos de escalofrío y emoción que, al que es navarro, de pronto, le hacen despertar como las jotas que le canta la coral de Santiago de Villava o la de los amigos del Arte a la altura del pocico donde según tradición con sus aguas San Saturnino bautizó al joven patricio romano San Fermín, primer obispo y mártir de Pamplona.

(Jota a San Fermín de la coral de Santiago)

https://youtu.be/tmliLy26U38

Las fiestas de Pamplona son muchas cosas, con claros de sana alegría y oscuridades que nos llenan de indignación. Pero un aspecto  domina míticamente sobre todo los demás: de la mañana a la noche, desde el encierro tempranero al encierrillo nocturno todo confluye hacia el espectáculo  de las corridas de la tarde en la  plaza de toros: el colorido de  mulillas y alguacilillos  con banda municipal  que salen a las cinco en punto de la tarde de la plaza consistorial al compás de pasodobles; las charangas bullangueras de las peñas y el gentío que con sus bolsas para la merienda  camina esperanzada hacia tendidos y andanadas de sol o sombra. Toda la ciudad, aún los ausentes y hasta los disidentes, tiene sus miras puestas en la corrida de la tarde.

Suspiros de España (Rosita Ferrer)

https://youtu.be/gM5NxS4V5OU

Dicen que no corren buenos tiempos para nuestra fiesta nacional. En Pamplona no lo parece.

Gente que ha disentido de la fiesta ha existido en todos los tiempos. Incluso hubo un momento en que la Iglesia católica puso sus reparos o llegó a prohibirla como el gran Papa San Pío V. Se planteó una cuestión moral importante: ¿Puede ponerse en riesgo la vida humana por un juego o para diversión de los demás? Es comprensible que  desde un  criterio moral se nos recuerde que no se puede jugar con la vida, que la vida es sagrada y que no somos dueños para arriesgarla temeraria o irracionalmente, de la misma manera que se prohíbe el juego de la ruleta rusa o se condenaron los duelos a muerte entre caballeros en el siglo XIX. [¿Cómo lo ves, Santiago, cuál es tu valoración de la fiesta taurina: es temeridad o es arte?]

No se trata de una temeridad aunque la suerte está presente. No se trata de eso. Se trata de si el hombre,  en su afán de superación y  del deber de dominar  todas las cosas, puede incluso arriesgar su vida. Si no hubiera saber, si no existiera oficio aprendido, técnica dominada ni conocimiento, podríamos hablar de temeridad irresponsable y lo aplicaríamos por igual a los montañeros que ascienden al Everest, a los que compiten a velocidades increíbles en coches o motos, o a cualquier deporte de riesgo como parapentes o alas delta.  España entendió que era posible dominar la descomunal embestida del toro con oficio, con dominio y, lo que más impresiona, para crear ocasiones de belleza.

 Los que disentían, con expresar su parecer y no acudir a la plaza  era suficiente. Ahora, por el contrario, ha surgido una militancia organizada y sectaria que pretende suprimirla; intenta a toda costa que en España no se celebren corridas de toros. No nos convence que aleguen la defensa de una ecología sin visión coherente y armónica. No es creíble un salir en defensa de un animal  asombroso que hubiera desaparecido si no hubiera sido por los ganaderos de toros bravos, que con paciencia, conocimiento y total entrega han preservado su existencia. ¿Cómo podemos fiarnos de gente que se conmueve ante el sufrimiento de los toros y defiende sin ninguna piedad la muerte de los niños mediante el crimen del aborto voluntario? No. Hay mucho más. Hay financiación que viene de naciones que tienen a gala que de España no quede ni su recuerdo. Tiempo al tiempo.

Permítanme que salga en defensa de una raza de hombres -incluida alguna mujer notable- que se sobrepone al miedo, demuestra una entereza ante la adversidad y el dolor muy superior al estoicismo y que con conocimiento, dominio técnico e inspiración artística, en el espacio redondo del ruedo, en contienda con la muerte, sí, pero para hacer triunfar la vida…, un ser humano -alma ante todo- sin otra armadura que la elegancia  frágil de la seda, domina la fuerza descomunal de una naturaleza desatada siendo ocasión de una belleza, fugaz como el instante en que se crea, pero inolvidable para el que la ha contemplado.

La convocatoria de una corrida no engaña a nadie -Lidia y muerte de seis toros de la ganadería seleccionada y a manos de los toreros comprometidos. Aquí no se engaña a nadie. Y sin embargo no conozco a ningún aficionado que pague su entrada para ver cómo muere un toro y cómo se desangra durante la lidia. El aficionado está esperando el instante mágico en que una fiera de fuerza descomunal es sometida y encauzada mediante una danza de ballet que lo para, lo templa y lo manda con el prodigio de una muñeca y el engaño de un trozo de tela  que desengaña a una,  en tantas ocasiones, descomunal alimaña. No hay tragedia antigua o moderna que tenga la fuerza escénica de una corrida de toros.

No te pido que me creas. Solo te pido que no me impidas contemplarla

 

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16 de Junio - 2016

Mirad al que traspasaron. Nos gustaría que todo el programa de Ojos para ver hoy tuviera como idea directriz este  Mirad al que traspasaron. Es necesario contemplar ese Corazón que tanto ha amado y ama a los hombres.

Estamos ante una imagen síntesis de toda nuestra fe. El Dios es amor se nos hace visible en un corazón, símbolo universal del amor en todos los tiempos y culturas. Se nos dice en él  que Dios, desde la Encarnación, tiene corazón, corazón físico, de carne, que palpita como el nuestro; y corazón símbolo de  un Amor lleno de ternura y a la vez tan inmenso que nos recuerda que ha dado su vida por nosotros hasta la última gota de su sangre.

Mirad la llaga del costado que deja herido su corazón coronado de espinas, en llamas encendido, sobre la que se alza la cruz. En  ese Corazón traspasado se nos proclama que el hecho más grandioso de su amor es nuestra Redención.

Sí, en estos tiempos en los que, como escribió Alberti, “ya a muy pocos tu pasión redime”, en que,  con una autosuficiencia orgullosa y vana, se  pretende construir un mundo feliz sin Dios, fue Dios mismo quien le manifestó a una sencilla  monjita de Paray Lemonial, a Santa Margarita María de Alacoque y le encomendó  que se difundiera la imagen  de su Corazón como remedio a la impiedad; recuerdo  de  que sin  mi nada podéis; llamada a corresponder agradecidos al Amor con amor e invitación a proclamar, una y mil veces, Sagrado Corazón en ti confío como prenda  de la civilización del amor que esperamos y signo del Reino que se nos ha prometido. En  el Corazón de Jesús se proclama la Realeza de Cristo y su Reino de paz, justicia, vida y amor.

Es verdad, aunque misteriosa, que toda la historia de nuestra salvación, toda la trágica gesta de nuestra redención, tiene como impulso germinal, un Amor inconmensurable de Dios por toda la Humanidad, por cada uno de los seres humanos, hombres y mujeres, desde el inicio de la Creación, hasta el acabamiento final de los tiempos.

Un Amor que no se reduce a haber puesto en marcha el proceso del mundo y de nuestra historia, sino que desde el origen se ha implicado  en el suceder de cada día, con cada uno de los hombres, tribus y pueblos, Desde Adán y sus descendientes a todos los habitantes de la Tierra.

Gozoso es para quienes nos hemos formado en  el misterio del Corazón de Cristo, ver que aquel arroyo inicial, allá en el último tercio del siglo XVII, aunque  presente ya en todos los tiempos de la Hª de la Iglesia, se ha convertido en río de aguas caudalosas, que pretende anegar toda la tierra como concreción  visible  del Reino de Cristo en la anunciada civilización del amor, tal como lo había contemplado el profeta Ezequiel.

Esta maravillosa historia de amor no ha sido aceptada  gozosa y decididamente por la Humanidad.  Desde el principio de los tiempos  el hombre receló de la bondad de Dios y se rebeló contra unos mandatos que aseguraban nuestro bien. No se puede entender la Historia de la Humanidad, en sus luces y en sus sombras, si no tenemos en cuenta la Tentación y Caída del primer hombre en el Paraíso Terrenal. Pero mucho menos entenderemos nada,  si nos olvidamos de El Tentador, de Satanás,  del Padre de la Mentira, acusador del hombre ante el tribunal de Dios, el mismo que lo ha seducido y engañado incitándole al rechazo y rebeldía contra Dios.

Es verdad que todos los seres humanos pasamos por la  prueba de sentirnos como dioses. Neciamente decimos: “sin las Leyes divinas todo nos iría mejor”. Ignorantes y Necios.  Desconfiamos y recelamos de Dios como si fuese el enemigo que limita con sus  leyes nuestra felicidad y libertad.

Pero no es verdad que en todas las épocas y en todos los tiempos la Humanidad ha respondido  a la tentación sucumbiendo inevitablemente.  Hay momentos esplendorosos, en que el hombre,  sin dejar de ser pecador, sabía dónde se encontraba El Bien, La Verdad y La Belleza  para la Humanidad y tenía junto a los dones de Sabiduría y Ciencia, el de Temor de  Dios. Como tampoco es temerario esperar que un día toda la Humanidad ha de proclamar que Jesucristo es el Mesías es el Señor. Y todo porque el curso de la Historia está en manos de un Dios que es Amor, de un Dios encarnado que tiene Corazón.

El remedio a nuestras inquietudes, desgracias individuales y colectivas es contemplar la asombrosa lección de amor del Corazón de Jesús traspasado por la lanza del centurión. El que lo vio da testimonio de ello.

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2 de Junio - 2016

EN HOMENAJE AL CORPUS CHRISTI

 

   Nos hallamos en la octava del Corpus. La conocida coplilla “Tres jueves hay en el año que relumbran más que el sol, Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión” señala el arraigo popular con que España -la sociedad entera-, se vestía de gala para  celebrar  la fiesta. Fiestas religiosas que ponían en pie a toda la ciudad.

   El Corpus fue siempre un día de esplendor y de hermosura. Las campanas sonaban con aires solemnes, cohetes bulliciosos estallaban en el cielo, se engalanaban los balcones, las mozas lucían de estreno sus regocijados atuendos, los niños y niñas de primera comunión volvían a ponerse sus vestidos –princesas y marineros-  de ensueño. Mantillas y peinetas  para las señoras y trajes severos -de bodas y  entierros- con camisas blancas y corbatas a su modo para los caballeros, porque había que acompañar por las calles al Señor. Incienso y pétalos a su paso subían hacia el cielo o caían como enjambres  de aroma y colorido desde los balcones o los lanzaban a la custodia, como besos de ternura, niños y niñas joviales a los susurros de las madres.

Las carrozas procesionales. El palio de hidalguía. Los oros de la custodia y de las ropas de los celebrantes -capas pluviales y dalmáticas para acompañar al Rey-. Banderas, estandartes, cofradías, cruces procesionales y bandas de música y el séquito de autoridades con sus varas de mando, y desfile de guardias civiles o escuadrón de soldados con sus toques de clarines o cornetas.

Era la fiesta, era la alegría contagiosa ante un Dios que recorre las calles alfombradas de flores y hierbas aromáticas, romero, hierbabuena, hierbaluisa… y que se detiene en altares ocasionales para bendecir calles, casas, plazas e instituciones.

Hoy podemos verlo admirablemente conservado en todo su esplendor en muchas ciudades y pueblos.

En el siglo XVII todavía el esplendor de la fiesta alcanzaba rango mayor. En la plaza mayor, antes de regresar a los templos, se alzaba un escenario sobre el que se representaba un auto sacramental, asombrosas obras teatrales que explicaban aspectos teológicos del misterio eucarístico. Obras de un solo acto, con personajes alegóricos como la naturaleza, la gracia, la virtud o el vicio que regocijaban a los espectadores y enseñaban teología al pueblo. Al terminar la obra, subía la custodia al escenario, se arrodillaban todos y recibían la bendición de Cristo Sacramentado. Los autos sacramentales eran el corazón de las fiestas del Corpus.

Esta fiesta, este gozoso regocijo, quisiéramos evocarlo en este programa de Ojos para ver. Todo él quisiéramos que fuera una alabanza y una exaltación al Señor que se ha quedado en el pan y en el vino, y que en esta festividad ha paseado por nuestras calles para salir al encuentro de todos los hombres.

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21 de Mayo - 2016

LA BELLEZA DE MARÍA, ROSA ESCOGIDA       

 

     Vamos a dedicar este programa, en el corazón del mes de mayo, a la Virgen María. El arte es espejo de la condición humana, y hay muestras magníficas, en todas sus expresiones, acerca de la figura de esta mujer cuyo protagonismo histórico resulta excepcional, a pesar de la humildad de su origen y de su vida.

 

         Ella se ha convertido, de la mano de la literatura, la pintura, la música, la escultura o la arquitectura, en prototipo y expresión sublime de lo mejor de la naturaleza humana: es modelo de humanidad, lo que Dios mismo soñó que fuéramos si no hubiéramos sucumbido al pecado.

 

         Es también la “tota pulchra”, la toda hermosa: prodigio de belleza interior y exterior, de quien tomó su corporalidad y su porte “el más hermoso de los hijos de los hombres”. Modelo de humildad, servicialidad, fortaleza, delicadeza, equilibrio, paciencia, fidelidad…

 

         María es el mejor espejo de la feminidad y la maternidad: Madre de Cristo, de Dios, nuestra. En Ella resplandece el amor de madre, es puerta y cauce de la misericordia.

 

         Es madre de la fe de la Iglesia -por encima de Abraham, el padre de los creyentes-, la “bienaventurada porque creyó que lo que el Señor le dijo se cumpliría”. Se le pidió una confianza ciega en Dios en medio de la oscuridad y del dolor.

 

         Fue y es la primera discípula de Cristo, por su apertura a Dios en la Anunciación; instrumento dócil a la acción de Dios en la Encarnación, mediadora y cauce de la Misericordia divina en la Visitación, el Belén, en Caná, en el Calvario… Compañera y protectora de un Dios perseguido y en busca de refugio.

 

         Maestra de Cristo hombre, le enseñó a mirar las cosas, los acontecimientos y el drama humano mismo; de Ella aprendió Jesús a decir “Abbá” por primera vez, a compadecerse con corazón de hombre, a convertir en amor y servicio su trabajo cotidiano, a descubrir que “ser Dios” también implica “tener un corazón de madre”…

 

         Ella le proporcionó a Jesús un cuerpo y una sensibilidad para poder decir con palabras y hechos de hombre, “aquí estoy para hacer tu Voluntad”. Y así, antes que el Bautista, fue Ella la que presentó a Cristo proclamando: “este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”. Y lo hizo con todo su amor pero entre lágrimas. Dice San Juan de Ávila que amar, según el decir común, consiste en ‘dar la vida’. Pero, añade, aún es mayor grado de amor “dar lo que más se ama en la vida”, y así Ella nos dio a su hijo...

        

         De todo esto nos hablan la imagen, la palabra, la melodía, la piedra o el color… Desde la Inmaculada Concepción, pasando por la Anunciación y la maternidad, el sufrimiento y la piedad, la esperanza inaudita y la apertura al Espíritu, hasta la Asunción y el abrazo definitivo de la coronación en el seno de la Trinidad.

 

         Esto nos dice el mejor arte: Mira a la toda hermosa, descubre a la Amada del Señor, a la Madre y espejo de la humanidad. Ve en María la ternura infinita de Dios. Contempla en ella más hermoso de sus sueños.

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5 de Mayo - 2016

EL DON DE CONSEJO Y LA PATERNIDAD

En la familia se tejen los lazos del amor humano. Pero la rapidez del cambio, la incertidumbre, el relativismo moral…, han convertido a la nuestra en una sociedad “sin padre y sin madre”. Esta sociedad se quiere fundar a sí misma sobre un “pacto social”, bajo la hegemonía del liberalismo y el socialismo.

Se garantizan las libertades individuales -en realidad hasta los deseos más disparatados-, que quedan inmersas en la “sociedad del bienestar y del consumo” y en la supremacía del orden legal sobre el moral. Las familias, en este entorno, claudican frecuentemente en su misión de transmitir valores, criterios y estilos de vida.

Hedonismo, permisividad, egoísmo, relativismo, individualismo… generan una sociedad enfermiza en la que se multiplican síndromes morales como la melancolía, el vacío moral, la depresión, la infelicidad, la insatisfacción, el pesimismo y la desesperanza. 

Asistimos así al desplome generalizado de la autoridad de los padres, que cada vez demandan más la intervención de los expertos para la orientación de sus conflictos familiares. La escuela, muy cercana en esto a la familia, vive tensiones semejantes, con problemas serios de convivencia, orden y disciplina, que trascienden a toda la sociedad.

Escribe Antoine de Saint-Exupèry en su obra póstuma, Ciudadela: “He descubierto una gran verdad: que los hombres habitan..., y que el sentido de las cosas cambia para ellos según el sentido de la casa”.  Este pensamiento es nuclear para la familia, porque habitar una casa, establecer un espacio de convivencia e intimidad, es distinto del mero hecho de residir juntos. La familia es el lugar de encuentro por excelencia, el hábitat natural del hombre, el último baluarte de la humanidad.

Para el niño sus padres son su primer libro cargado de gestos, miradas, actitudes, comportamientos, deseos, que dejarán huellas imperecederas. Es la función de educar, la que confirma a los padres en su ser de padres.

En nuestro programa de hoy nos acercaremos a través del arte a esta función esencial para la humanidad: la tarea impagable de la paternidad y la maternidad.

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2 de Junio - 2016

    Nos hallamos en la octava del Corpus. La conocida coplilla “Tres jueves hay en el año que relumbran más que el sol, Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión” señala el arraigo popular con que España -la sociedad entera-, se vestía de gala para  celebrar  la fiesta. Fiestas religiosas que ponían en pie a toda la ciudad.

    El Corpus fue siempre un día de esplendor y de hermosura. Las campanas sonaban con aires solemnes, cohetes bulliciosos estallaban en el cielo, se engalanaban los balcones, las mozas lucían de estreno sus regocijados atuendos, los niños y niñas de primera comunión volvían a ponerse sus vestidos –princesas y marineros-  de ensueño. Mantillas y peinetas  para las señoras y trajes severos -de bodas y  entierros- con camisas blancas y corbatas a su modo para los caballeros, porque había que acompañar por las calles al Señor. Incienso y pétalos a su paso subían hacia el cielo o caían como enjambres  de aroma y colorido desde los balcones o los lanzaban a la custodia, como besos de ternura, niños y niñas joviales a los susurros de las madres.

Las carrozas procesionales. El palio de hidalguía. Los oros de la custodia y de las ropas de los celebrantes -capas pluviales y dalmáticas para acompañar al Rey-. Banderas, estandartes, cofradías, cruces procesionales y bandas de música y el séquito de autoridades con sus varas de mando, y desfile de guardias civiles o escuadrón de soldados con sus toques de clarines o cornetas.

Era la fiesta, era la alegría contagiosa ante un Dios que recorre las calles alfombradas de flores y hierbas aromáticas, romero, hierbabuena, hierbaluisa… y que se detiene en altares ocasionales para bendecir calles, casas, plazas e instituciones.

Hoy podemos verlo admirablemente conservado en todo su esplendor en muchas ciudades y pueblos.

En el siglo XVII todavía el esplendor de la fiesta alcanzaba rango mayor. En la plaza mayor, antes de regresar a los templos, se alzaba un escenario sobre el que se representaba un auto sacramental, asombrosas obras teatrales que explicaban aspectos teológicos del misterio eucarístico. Obras de un solo acto, con personajes alegóricos como la naturaleza, la gracia, la virtud o el vicio que regocijaban a los espectadores y enseñaban teología al pueblo. Al terminar la obra, subía la custodia al escenario, se arrodillaban todos y recibían la bendición de Cristo Sacramentado. Los autos sacramentales eran el corazón de las fiestas del Corpus.

Esta fiesta, este gozoso regocijo, quisiéramos evocarlo en este programa de Ojos para ver. Todo él quisiéramos que fuera una alabanza y una exaltación al Señor que se ha quedado en el pan y en el vino, y que en esta festividad ha paseado por nuestras calles para salir al encuentro de todos los hombres.

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21 de Abril - 2016

CUATROCIENTOS AÑOS DE LA MUERTE DE CERVANTES

Cristiano y Amoroso Caballero

(Y DON QUIJOTE)

El próximo sábado,  23 de abril, se cumplen 400 años de la muerte de Don Miguel Cervantes Saavedra. Todo nuestro programa queremos convertirlo en homenaje a su persona y a su obra, sin duda un hombre bueno y el escritor más granado y pleno de nuestras letras.

 

         Hoy que se pone  en entredicho todo y gusta revolver el mito para desvelar al hombre en su condición más empequeñecida y vulgar, queremos en este programa velar por su condición de hombre bueno y sinceramente cristiano, como lo llamó Rubén Darío “Cristiano y amoroso caballero”.

 

         Su vida estuvo llena de adversidades. Era, de siete, el cuarto hijo, su padre barbero y cirujano de los que lo mismo realizaban una sangría que sacaban una muela. No andaban sobrados de bienes materiales. En una de sus estancias familiares, la de Sevilla, sabemos que estudió en el colegio de jesuitas y que dejó fama  de alumno destacado como lo recordó su maestro Lopez de Hoyos a quien calificó de “nuestro caro y amado discípulo” en su Historia y relación verdadera de la enfermedad, felicísimo tránsito y suntuosas exequias de la Serenísima Reina de España Doña Isabel de Valois. No cursó estudios universitarios.

 

         Su estancia en Italia le permitió conocer con avidez los mejores escritores del Renacimiento y se impregnó de su visión optimista de la vida, optimismo que mantuvo hasta el final de sus días. Fue soldado y estuvo orgulloso  de haber participado en la mayor ocasión que vieron los siglos, la batalla de Lepanto 1571, donde fue herido y perdió la movilidad de su mano izquierda.

 

         Estuvo cautivo en Argel durante cinco años. Allí conoció la cruda realidad en que vivían los esclavos cristianos, huella que permaneció durante toda su vida como puede verse hasta en los últimos capítulos de Don Quijote.

 

         Al  regresar, libre, a España pensaba ingenuamente que lo iban a recibir como a un héroe. Es la otra etapa de su vida: desengaño, tras desengaño, desde su matrimonio con Catalina de Salazar y Palacios joven a la que le pasaba 18 años y que, aunque siempre se llevaron bien, no llegaron a entenderse plenamente. Esperó un puesto administrativo y consiguió, primero el de recoger alimentos para la armada “invencible” y luego, recaudador de impuestos. Estos puestos le permitieron conocer el mundo social de pícaros, malandantes, y celestinas, incluida  la cárcel.

 

         Lo admirable: no perdió su mirada optimista inicial y frente al pesimismo barroco, nos legó  su fe en los grandes ideales del espíritu en su obra y en su vida.

 

         Por ello hoy vamos a presentar unos momentos privilegiados de su muerte, el día 22 de abril de 1616. Fue enterrado el día 23 en el monasterio de San Ildefonso y San Juan de Mata, más conocido por su antiguo nombre de Convento de las Trinitarias Descalzas de San Ildefonso. También para nosotros Cervantes es un buen  amigo: “Endulza mis instantes ásperos, y reposa mi cabeza”. Descanse en paz

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7 de Abril - 2016

VOCACIÓN EN  TODA VIDA HUMANA

       Decía Aristóteles que la naturaleza de una cosa, y en particular del ser humano, era el proceso de desarrollo que le lleva a su perfección. Así, sólo podemos saber qué es una semilla cuando ha madurado y llevado a cumplimiento su potencial; y lo mismo puede decirse del ser humano. Somos, en realidad, lo que estamos llamados a ser. Por eso Píndaro decía: “Llega a ser el que eres”.

         Alfred de Vigny, el taciturno poeta romántico, escribió que “una vida lograda es un sueño de juventud realizado en la edad madura”. Es otra forma de verlo, pero esta vez se queda en el círculo de los sueños y las ilusiones personales, que bien están, pero que necesitan ser atraídas hacia lo más alto, hacia ese “mejor tú”, del que hablaba el poeta Pedro Salinas.

         Ahora bien, ¿qué es lo que nos impulsa de verdad hacia lo alto? Ni son las leyes del desarrollo natural ni los sueños de nuestra imaginación, por importantes que sean. Son los ideales. Y son también aquellas personas que nos obsequian con su confianza estimulante y nos dicen de mil maneras: “Es bueno que existas, es bueno que estés en el mundo. Y el bien que tú no hagas se quedará sin hacer. Ánimo, estoy aquí; cuenta conmigo si me necesitas”.

         Lo que nos impulsa hacia lo mejor de nosotros mismos es una llamada, una voz que nos emplaza, ya sea escuchada o presentida (aquel “nos hiciste Señor para Ti…” de San Agustín). Una mirada que nos saca del anonimato, nos despierta y nos llena de confianza al afirmarnos en nuestra dignidad y en nuestra valía. Alguien, siempre alguien, que nos declara su esperanza en lo que podemos y debemos llegar a ser. Alguien que nos ama y nos bendice, a menudo de manera exigente pero también alentadora.

         También se hace llamada y vocación para nosotros el contemplar y sentir en lo profundo la miseria y el dolor, la desnudez y la necesidad de otros, a quienes vemos como hermanos. Se ha dicho que la solidaridad, y la caridad, en lo que tienen en común, consisten en ver las necesidades de otro como si fueran las nuestras, y en buscar su solución como si al hacerlo buscáramos solucionar nuestra propia necesidad. Eso es también vocación, llamada al cumplimiento de lo mejor de nosotros mismos y a la mejora de nuestro mundo.

         Hay una belleza magnífica en la voluntad que afronta las dificultades y las tareas de cada día, los pequeños y grandes desafíos de la vida, con esperanza, no cansándose nunca de estar empezando siempre. Esta es la más valiosa de las obras de arte, en la cual nosotros mismos somos el mármol y el escultor.

A menudo, el mal y el sufrimiento son ingredientes inevitables cuando nos preguntamos por el sentido de la vida. No podemos ignorar que este mundo se nos muestra a veces como un “valle de lágrimas”. Y se hace necesario, no sin dolor, “esperar contra toda esperanza”. Una esperanza que es capaz de aguardar, más allá de un horizonte de pruebas y de sufrimiento, la certeza del amanecer. Un amanecer al que hemos sido convocados.

 

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3 de Marzo - 2016

LA BELLEZA Y LA EDUCACIÓN

 

 

La Belleza está por todas partes y se ofrece a todos, pero sólo las personas con sensibilidad para percibirla pueden disfrutar de ella. Sensibilidad y capacidad de asombro son el camino educativo que conduce a la contemplación y la admiración de la Belleza y hacen posible que ésta se encarne en la vida.

 

Es preciso para ello aprender a mirar, ser capaces de contemplar las cosas con ojos nuevos, y hacerlo sin violentar su ser y su naturaleza ni acercarse sólo para extraer de ellas lo útil e inmediato. Antes bien, hay que educar y madurar en la capacidad de abrirse, contemplar y descubrir lo que las cosas son, simplemente, y advertir que a través de ellas se capta algo más: un cierto orden, una gracia o una armonía, una luz o un encanto que no se ve ni se oye. Para captar la belleza, para contemplar su esplendor luminoso, no basta siquiera con ver, también hay que saber. Porque, como dice Saint-Exupèry en ese libro extraordinario que es El principito, “lo esencial es invisible a los ojos y sólo se ve bien con el corazón”.

 

Más de uno pensará que esto -aprender a contemplar desde el asombro y saber gozar de la belleza del mundo- hoy no es útil, que no sirve para nada, que no es eficaz. Y que, como decía el castizo, “no corren buenos tiempos para la lírica”...

 

Pero sin esa mirada capaz de contemplar y de asombrarse, sin esa sensibilidad, todo se hace banal, al acontecimiento maravilloso se le llama casualidad o simplemente se ignora, y se pierde la virtud del agradecimiento.

 

Y con una mirada tan miope -incapaz para el asombro- no es posible tampoco captar la belleza moral de las personas. Se malentiende la alegría y se reduce a mera estridencia; sólo se reacciona -si es el caso- de forma primaria y grosera ante lo extravagante, lo zafio, lo cutre o lo voluptuoso. La risotada destemplada desplaza al gozo interior. La sobreestimulación y el frenesí acaban saturando y estragando la percepción sensible y la finura del espíritu. Sin capacidad de asombro, la genuina experiencia estética -el maravillado encuentro con la Belleza que tiene lugar en la contemplación- es sustituida por la fascinación grosera, por una torpe sumisión a la moda y a la apariencia cosmética.

 

Uno de los obstáculos que impiden a muchos niños -y adultos- llegar a captar la Belleza es precisamente la falta de sensibilidad, que va de la mano de la incapacidad para asombrarse. Extraviados el asombro y la sensibilidad para gozar de lo hermoso, brota la vulgaridad del vacío, de lo mostrenco y lo anormal, y nos instalamos en la superficialidad. Se pierde así el encanto de la naturaleza y de la realidad, de todo aquello que despierta nuestra sed de sentido y nos orienta hacia la felicidad auténtica.

 

La Belleza, la verdadera belleza que resplandece en lo real, provoca un gozo profundo, no solo una sugestión superficial y pasajera. Y la vía de acceso a la Belleza, decimos, empieza por la  capacidad de asombro y de admiración profunda. Es el sentido del asombro lo que hace que se contemple la realidad con humildad, agradecimiento, deferencia, sentido del misterio y admiración. Y así, a través de esta admiración hacia lo que se descubre, se genera y se aprende algo tan esencial como el respeto.

 

Si en la infancia la capacidad de asombro se ve impedida por las prisas, la saturación, la inmediatez, la exaltación de lo cutre y lo feo, por la sobreexcitación a través de imágenes y efectos virtuales, entonces -perdida la capacidad de asombro- la sensibilidad se atrofia y se ciega.

 

Educar para la Belleza, antes que en el cultivo de tal o cual habilidad o técnica, consiste en fomentar la sensibilidad y hacer posible el asombro desde las primeras peripecias de nuestra vida. 

        Pero en el programa de hoy, centrado en la educación, no solo nos preguntaremos cómo educar en y para la Belleza, sino que también reflexionaremos sobre la educación de las personas y sobre el modo en que el arte -como espejo de la condición humana- nos puede ayudar a comprenderla mejor.

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18 de Febrero - 2016

El espíritu humano se caracteriza por su apertura radical y creativa a lo real, que es verdadero, bueno y bello. A diferencia de los demás seres vivos, la naturaleza racional del ser humano no está sujeta a esquemas fijos de captación y de reacción ante los estímulos que le llegan de su entorno. Conoce lo que las cosas son y a sí mismo, descubriendo su propia singularidad y su ansia de infinito.

 

Y advierte también que tiene en su querer la posibilidad y la necesidad de elegir el contenido y la orientación de su vida. Y por ello el ser humano puede aportar novedades. Y recrear el mundo a través de sus acciones, humanizándolo y suscitando belleza en él. Así, de la hondura del alma humana, de la naturaleza racional del hombre, emana su libertad, su vocación de verdad, de bien y de belleza.

 

Por esta libertad fundamental, el ser humano toma conciencia de lo real y aspira a todo lo que es verdadero, noble y hermoso. Pero como todo en la naturaleza humana, también puede malograrse y engendrar desorden y rebeldía.

 

Ser libre es ser dueño y protagonista del propio actuar, ser sujeto del propio obrar. Tener en nuestras manos los mandos de la propia vida. Significa poder querer, y querer de modo efectivo. Elegir, tomar decisiones por propia iniciativa, aunque para ello haya que contar con condiciones y determinaciones, tanto externas como internas.

 

Pero puede ocurrir, de hecho, que en determinados casos la elección se vuelva contra sí misma y engendre esclavitud, adicción o dependencia, y vea reducida su propia energía y su horizonte. Por eso, la libertad más plena, la más plenamente humana, es aquella por la que la mujer o el hombre se hacen más dueños de sí mismos, más plenamente humanos.

 

La libertad es una dimensión de la naturaleza humana, forma parte de ella y debe contar con ella. No podemos disponer de nosotros mismos como si no fuéramos humanos nos halláramos por encima del bien y del mal. Pretenderlo nos llevará necesariamente al desequilibrio y la ruptura interior, y a la destrucción.

 

Tampoco es realmente libre quien, por resignarse a un actuar empobrecido, gregario y comodón, no puede disponer de lo mejor de sí mismo. Nadie da lo que no tiene, y quien no se posee a sí mismo (puesto que se halla más bien a merced de sus necesidades, encadenadas a estímulos o influencias más fuertes que el propio yo), tampoco puede darse, no puede disponer de sí, ya que en rigor no es dueño de sí mismo, y por ello, si ama, lo hace poco y mal.

 

Por el contrario, nadie es más libre que aquel hombre o aquella mujer que sabe hacer de su libertad un don y contribuye a mejorar y hacer más hermoso el mundo. El más alto grado de libertad estriba en disponer de sí mismo para el bien, aportar perfección y belleza al mundo, constituirse en autor, ser creativo, es decir, amar. 

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4 de Febrero - 2016

LA BELLEZA, VÍA AMORIS.

Es mucho lo que podría decirse de esas formas de usurpar al arte su primigenia vocación a la belleza que hoy contemplamos a nuestro alrededor: la cosmética efímera en la que la belleza queda reducida a fachada de apariencia sin contenido ni perdurabilidad, al compás del consumismo, de los gustos caprichosos y las modas programadas. O el simple y llano feísmo, que busca a propio intento provocar e incluso herir; por no hablar de esas “flores del mal” que convierten al icono en ídolo, y que se recrean en una belleza en la que, en expresión de Baudelaire, da lo mismo “que proceda del cielo o del infierno”.

Nosotros, por el contrario, vamos a hablar hoy del vínculo indispensable que existe entre el bien, la belleza, la verdad… y el amor.

Cada hombre, por miserable que sea, es un relicario donde se cobija el infinito. Y alcanzar a vislumbrarlo, a través de una contemplación que sólo el amor puede iluminar, es lo que hace emerger la belleza en lo auténticamente humano. No es bello algo porque nos gusta, sino que nos gusta porque es bello. La belleza es más que aquello que al contemplarlo me complace. Hay una gracia y una armonía que conmueven a quien sabe mirar con hondura y sensibilidad, con capacidad de admiración.

Decimos, y es una gran verdad, que sólo se puede amar lo que se conoce. Pero no es esta toda la verdad. También es cierto -y con un mayor nivel de hondura- que sólo se conoce y comprende de verdad lo que se ama.

Porque el amor -el verdadero amor- libera de prejuicios, va más allá de las apariencias, capta el bien, sabe admirarse, descubre la verdad del ser, las realidades más valiosas. Y, además, el amor, como decía Tagore, es una forma de generosidad que puede permitirse hasta el último de los pobres.

El amor es capaz de ir más allá de la cosmética ilusoria; la mirada amorosa y agradecida es capaz de bendecir el valor de lo cotidiano y lo sencillo; el amor que no es simple deseo de posesión y de deleite puede percibir la sublime belleza que emana de un cuerpo crucificado, expresión de quien ha ofrecido su vida para dar la vida a los demás. Está capacitada para descubrir ese “no se qué que quedan balbuciendo” las cosas finitas y pasajeras en las que se plasma la belleza perdurable. La mirada amorosa y agradecida presiente con certeza que, en el fondo, las cosas son bellas porque han nacido del Amor y amor son, en el fondo.

San Agustín dio en el clavo con aquél lamento bendecido: “¡Tarde te amé, belleza siempre antigua y siempre nueva, tarde te amé!”.

Con qué maestría definió Platón el amor al decir que es la capacidad de engendrar en la belleza. Por eso también la belleza es una vía amoris, un modo de mostrar la presencia del amor en las cosas, las personas y los acontecimientos, un modo de abrirse a ese Amor que hace nuevas y da sentido a todas las cosas.

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21 de Enero - 2016

LA BELLEZA DE LO HUMILDE Y OLVIDADO

Decía Aristóteles que “el arte imita la naturaleza”. Es ésta, sin duda, una de las definiciones y maneras más habituales de entender la actividad humana que busca contribuir a la belleza de este mundo y de la vida.

       Pero esta sólo es una parte de la verdad…, o de la belleza, claro.

       Quien lleva a cabo la actividad artística, en este caso, es el ser humano. Pero al hacerlo no sólo “imita”, no sólo reproduce con más o menos exactitud lo que ve o lo que contempla. Lo que hace es recrearlo. Y la creatividad, la humana capacidad de crear, siempre implica algo nuevo, una nueva forma, una resonancia interior que se plasma en lo que vemos, o escuchamos, o sentimos al admirar una obra de arte.

       El artista ve “más allá de lo que ve”. Capta, adivina incluso, una clave de sentido que se revela a través de lo que contempla o imagina. Y es “ese no se qué” que percibe en la naturaleza, pero que está más allá o más adentro, y que es lo que llamamos la belleza.

       El arte, diríamos pues, imita la belleza, la recrea, la descubre y contribuye a manifestarla.

       Puede tratarse de la belleza de un atardecer grandioso, o de un magnífico edificio como la Sagrada Familia de Barcelona, el Partenón ateniense, la basílica de San Pedro o la torre Eiffel. Pero también puede tratarse del motivo más sencillo y cotidiano: la disposición de una mesa familiar, la sonrisa de un bebé o el portal de nuestra casa. Decía Beethoven que “lo más bello que hay en el mundo, es un rayo de sol atravesando la copa de un árbol”. Insisto: lo decía Beethoven, uno de los genios artísticos más grandes de la historia.

       El secreto es que los ojos del artista –y aquí el artista podemos ser cualquiera de nosotros- es capaz de ver más allá y más en el fondo, tras la superficie de las cosas y de los acontecimientos, una fuente de armonía y de sentido.

       Lo cotidiano, o si se quiere lo profano, no es malo, ni feo, ni engañoso. Lo malo, lo feo, lo falso es la profanación. La prosa de la vida no está carente de belleza, la fealdad estriba en hacer de la vida algo prosaico.

       La armonía y el esplendor de lo real, eso que nos maravilla y nos cautiva elevándonos, no es sólo el orden geométrico o lo grandioso y espectacular. Es, puede ser, también, la gracia del instante. Un instante que se puede vivir eternamente.

       Hoy vamos a dedicar nuestro programa a reflexionar y a gozarnos con la belleza de lo humilde y de lo olvidado. En el tiempo puede hacerse presente, a través de la belleza, la Eternidad. Porque también entre los pucheros anda la Belleza. La Belleza de Dios.

 

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17 de Diciembre - 2015

Cercana la Navidad, vamos andando, como Machado, caminos de la tarde, pero llenos de gozo y esperanza, porque vamos, en este recogido tiempo de Adviento, camino de Belén. Hay demasiados escombros de la historia pasada que ocultan la senda verdadera y un bullicio de oropeles y luces que distraen lo que nuestro corazón está anhelando. No necesitamos, para andar confiados, las fuerzas de ningún Imperio -antiguo o moderno- que nos conforte; ni envidiamos los fastuosos palacios de ninguno de los mercaderes ni  suspiramos por las sendas de los prestidigitadores de las riquezas.

La voz luminosa de los antiguos profetas nos lo viene anunciando. Ha llegado la hora, se ha cumplido la alianza. Nos va a nacer un Niño: “por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará un sol nacido de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz”.

Esta es la causa de nuestra alegría. El Señor ha sido grande con nosotros y estamos alegres. Y cantaremos y volveremos a cantar con todo lo que produzca ritmo o melodía al son de villancicos porque ha nacido el Niño Dios. Decídselo a los hijos y contádselo a los nietos y abrid la puerta y llamad  a los hermanos porque es la hora de la familia y es la hora de los pueblos y de las naciones, es la hora de la tierra entera y es la hora de la buena noticia que nos trae la paz.

El olvido de la Providencia de Dios en el curso creciente de la Creación, nos ha dejado a los hombres sin esperanza. La historia se ha convertido en un acontecimiento ciego. Somos, se nos dice, fruto del azar, determinados como seres constituidos sólo de materia sometida a una evolución inexorable.

¿Tiene que ser el azar más razonable que el reconocimiento de  un Dios creador de todas las cosas accesible a la luz de la razón natural, y que por Revelación sabemos que todo lo hizo no por necesidad sino por amor?

Quitad al Niño Dios y haremos de nuestra fiesta una francachela, es decir, una reunión de varias personas para divertirse comiendo o bebiendo normalmente con desmesura y sin moderación, o sea, una cuchipanda; o un burdo remedo de las fiestas de la antigua Roma, las lupercales del solsticio de invierno, en las que encontraremos hartazgo de manjares, pero no menos hastío y rabia enconada de rencillas y enquistados rencores.

La Navidad es para enamorarse. Como podéis imaginar, no por la bobaliconería cursi con que se nos envuelve en un halo radiante  de anuncios de ensueño, escaparates psicodélicos  y espectáculos infantiles a veces con muy pocos valores educativos. La Navidad  en su origen  y en su desarrollo cultural; la Navidad que quisieron celebrar los pueblos cristianos, no tiene nada que ver con el montaje actual. Se ha convertido en celebraciones paganas  como las del Imperio Romano decadente. Hoy se entremezclan dos tradiciones opuestas, la cristiana y la pagana, y sus efectos llevan al gozo, la una, o al vacío sin esperanza la otra.

 Nuestro programa, desde el ventanal del arte, pretende mostraros que la Navidad es el canto de asombro y alegría de una humanidad desesperanzada cuando descubre que Dios mismo se ha hecho  hombre  para vencer a la muerte y dar valor de eternidad a  todo lo que  llena nuestra vida de cada día, en cada uno de sus efímeros instantes.

Este es el motivo por el que los pueblos cristianos alzaron las copas para brindar ante una nueva explicación de la existencia humana. La vida tiene sentido. Nacer vale la pena y hasta morir vale la pena porque tiene  sentido. La Virgen y Madre nuestra, María, la maravillosa mujer de Nazaret, se ha convertido en “causa de nuestra alegría”. Por eso cantamos nuestros villancicos  en una noche inolvidable donde se hace posible la paz. 

Un poeta anónimo de principios del siglo XVI nos lo resumió de esta manera:

                    -¡Dadme albricias, hijos de Eva!

                    -  Di, ¿de qué dártelas han?

                    - ¡Que es nacido el nuevo Adán

                    hoy de Dios y qué nueva!

                    Dádmelas y habed placer

                    Pues esta noche es nacido,

                    El Mesías prometido,

                    Dios y hombre, de mujer.

                    Y su nacer nos releva

                    Del pecado y de su afán,

                    Pues nació el nuevo Adán.

                    ¡Hoy de Dios, y qué nueva!

Es un diálogo alegórico, entre la Humanidad en representación de “los hijos de  Eva”; y un ángel. Albricias, término árabe, significa regalo que debe recibir el portador de una buena noticia. Los ángeles nos anunciaron la gran noticia de la Noche buena. Albricias también significa  exclamación de júbilo por una noticia feliz.

Por eso, nuestra felicitación de este año para todos vosotros, en medio del Adviento, desde este programa de “Ojos para ver” es: “Albricias, hijos de Eva”.

 

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5 de Noviembre - 2015

      Escribía Benedicto XVI que “una obra de arte es fruto de la capacidad creativa del ser humano:

  • que se interroga ante la realidad visible,
  • que intenta, descubrir su sentido profundo
  • y que trata de comunicarlo a través del lenguaje de las formas, de los colores, de los sonidos.

 

El arte -añadía- es capaz de expresar y hacer visible la necesidad del hombre de ir más allá de lo que se ve, manifiesta la sed y la búsqueda de lo infinito... Una obra de arte –concluía- puede abrir los ojos de la mente y del corazón, empujándonos hacia lo alto.”

 

Ese deseo de ir “más allá”, de alzarse “hacia lo alto”, está escrito en el corazón de todo ser humano. Es la sed de la Belleza –con mayúscula- que ha impulsado a tantos hombres y mujeres por el camino del amor más noble. Es un sello impreso en nuestra naturaleza, a un tiempo racional y emocional, pero abierta, ante todo, a lo infinito.

Hay sin embargo una obra de arte de la que es autor el mismo Dios; su obra maestra: y no es otra que el rostro y la humanidad de Cristo. Y donde mejor podemos ver reflejada la belleza del Verbo y el Amor encarnado es en la vida de la Virgen María y de los santos, nuestros amigos. La santidad es la obra maestra de la Gracia, pero también es la más hermosa obra en la que podemos afanarnos los seres humanos.

 

Acabamos de celebrar la fiesta de Todos los santos, que –no lo olvidemos- no es una fiesta de muertos sino de vivos. Y también hemos recordado de manera entrañable a nuestros hermanos difuntos.

La muerte es el reverso de nuestra vida temporal. Vida, muerte y vida eterna: este es el argumento de nuestra vida humana. Y nuestros amigos los santos son los mejores intérpretes de esta obra de arte que es la santidad.

 

Hoy nuestro programa se asoma a este escenario y, volviendo a la reflexión inicial de Benedicto XVI, también el arte de todos los tiempos se ha interrogado ante la muerte y la vida, ha intentado descubrir su sentido último y ha pugnado por comunicar este sentido a través del lenguaje de las formas, los colores, la música y las palabras.

 

No somos “seres para la muerte” sino para la vida. Pero hemos de atravesar el velo de nuestra hermana la muerte corporal, que es la puerta hacia el abrazo definitivo, pues “inquieto está nuestro corazón hasta descansar” en Dios, como decía San Agustín, ese gran santo enamorado de la Belleza infinita, siempre antigua y siempre nueva.

 

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15 de Octubre - 2015

       Dijo el gran escritor Dostoyevski (que) "La humanidad puede vivir sin la ciencia, puede vivir sin pan; pero sin la belleza no podría seguir viviendo, porque no habría nada que hacer en el mundo. Toda la historia está aquí."

        Lo sorprendente es que la frase la citó Benedicto XVI ante 250 artistas, con algunos matices: “La expresión de Dostoyevski –decía el pontífice- es sin duda audaz y paradójica, pero invita a reflexionar. Se hizo eco de sus palabras el pintor Georges Braque: "El arte está hecho para turbar, mientras que la ciencia tranquiliza". La belleza golpea, pero por ello mueve al hombre hacia su destino último, lo pone en marcha, lo llena de nueva esperanza, le dona la valentía de vivir -hasta el final- el don único de la existencia.

        Y aludiendo a Platón, el Papa Benedicto añadía que: “Una función esencial de la verdadera belleza consiste en provocar en el hombre una saludable "sacudida", que le haga salir de sí mismo, le arranque de la resignación, de la comodidad de lo cotidiano, que le haga también sufrir, como un dardo que lo hiere pero que le "despierta", abriéndole nuevamente los ojos del corazón y de la mente, poniéndole alas, empujándole hacia lo alto.“

 

        El artista, si lo es de verdad, tiene que tener algo que decir. Si no, como advirtió Pedro Salinas, "cuando no se tiene nada que decir, tampoco importa decirlo mal”.

       En el arte siempre se da una forma y un fondo, una materia que es necesario dominar. Bécquer hablaba de “domar el mezquino idioma” hasta conseguir “palabras que fueran a un tiempo, suspiros y risas, colores y notas”. Pero debe ofrecer un contenido, un hallazgo que ilumina nuestra condición humana.

        Y precisamente, el programa de hoy se lo dedicamos a un prodigio de la literatura española de todos los tiempos, a Santa Teresa de Jesús, maestra en la forma literaria, que pone al servicio de un contenido luminoso, que es su rica espiritualidad.

 

1 de Octubre - 2015

La exposición que tiene lugar en el museo del Prado en estas fechas sobre la obra del pintor Jheronimus van Aken, conocido en España  como el Bosco, constituye  un momento privilegiado para los amigos del arte. Dedicaremos este programa al controvertido y genial pintor holandés.

 

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