La Odisea

20 de Noviembre

CAPÍTULO XXIV,  EL ENCUENTRO CON LAERTES, EL PADRE

 “Tales fueron sus palabras; y negra nube de pesar envolvió a Laertes, que tomó ceniza con ambas manos y echóla sobre su cabeza cana, suspirando muy gravemente.

Conmoviósele el corazón a Odiseo; sintió el héroe aguda picazón en la nariz al contemplar a su padre, y dando un salto, le besó y le dijo:

—Yo soy, oh padre, ése mismo por quien preguntas; que tornó en el vigésimo año a la patria tierra. Pero cesen tu llanto, tus sollozos y tus lágrimas. Y te diré, ya que el tiempo nos apremia, que he muerto a los pretendientes en nuestra casa, vengando así sus dolorosas injurias y sus malvadas acciones.

Laertes le contestó diciendo:

—Pues si eres mi hijo Odiseo que ha vuelto, muéstrame alguna señal evidente para que me convenza.

Respondióle el ingenioso Odiseo:

—Primeramente vean tus ojos la herida que en el Parnaso me hizo un jabalí con su blanco diente, cuando tú y mi madre veneranda me enviasteis a Autólico, mi caro abuelo paterno, a recibir los dones que al venir acá prometió hacerme. Y, ea, si lo deseas, te enumeraré los árboles que una vez me regalaste en este bien cultivado huerto: pues yo, que era niño, te seguía y te los iba pidiendo uno tras otro; y, al pasar por entre ellos me los mostrabas y me decías su nombre. Fueron trece perales, diez manzanos y cuarenta higueras; y me ofreciste, además, cincuenta plantas de cepas, cada uno de los cuales daba fruto en diversa época, pues hay aquí racimos de uvas de todas clases cuando los hacen madurar las estaciones que desde lo alto nos envía Zeus.

Así le dijo; y Laertes sintió desfallecer sus rodillas y su corazón reconociendo las señales que Odiseo iba describiendo con tal certidumbre. Echó los brazos sobre su hijo; y el paciente divinal Odiseo trajo hacia si al anciano, que se hallaba sin aliento. Y cuando Laertes tornó a respirar y volvió en su acuerdo, respondió con estas palabras:

—¡Padre Zeus! Vosotros los dioses permanecéis aún en el vasto Olimpo, si es verdad que los pretendientes recibieron el castigo de su temeraria insolencia. Mas ahora teme mucho mi corazón que se reúnan y vengan muy pronto todos los itacenses, y que además envíen emisarios a todas las ciudades de los cefalenos.

Respondióle el ingenioso Odiseo:

—Cobra ánimo y no te den cuidado tales cosas. Pero vámonos a la casa que se halla próxima a este huerto, que allí envié a Telémaco, al boyero y al porquerizo para que cuanto antes nos aparejen la comida.

Pronunciadas estas palabras, encamináronse a la cómoda mansión.”

 

El  Canto XXIV pone fin a la  arriesgada aventura del regreso de Ulises a su patria Ítaca. Nada más alejado del individualismo contemporáneo que el entramado social de la Odisea.  Ulises es griego, forma parte del pueblo aqueo. Por eso cuando Agamenón le convocó a ir a Troya a restablecer el honor perdido de Menelao en guerra terrible cuanto incierta, no dudó en dejar mujer, hijo, padres, tierra y patria por servir a Grecia, su nación. Terminada, decidió regresar a lo suyo, a lo más íntimo, a su Ítaca, a su patria, en sentido etimológico,  adonde está su estirpe y abolengo, en donde se encuentra su padre Laertes.

Ulises se presentará como el Laértida porque forma parte de una estirpe constituida por las personas (ascendientes y descendientes) pertenecientes a una misma familia. Ulises no es un individuo solitario y aislado; pertenece a un linaje, tiene abolengo. En el texto se nombra a “Autólico, mi caro abuelo paterno” al que fue a visitar, para “recibir los dones que al venir acá prometió hacerme”. Vínculos de afecto y de sangre.

 Por esto el regreso es la narración del reencuentro con todo lo que forma parte de su persona: desde su perro Argos, al porquerizo, a la nodriza, a su hijo, a su esposa y  finalmente a su padre. Ítaca no es un espacio geográfico donde Ulises tiene sus posesiones. Ítaca es una comunidad donde las relaciones de servicio, laborales, sociales se cimentan en el afecto. Es una familia patriarcal, entrelazada con otros clanes familiares que necesitan de una autoridad común. Ulises es el primero entre los iguales al que se le asigna el papel de Rey. Es el valedor de la justicia.

El reencuentro con Laertes es conmovedor. Ulises en su descenso al Hades ya sabe que a causa del dolor de ausencia perdió a su madre. La deplorable situación de abandono de su padre, desilusionado de todo, malviviendo día a día, perdida la esperanza de encontrar a su hijo, nos mueve a lástima pero al mismo tiempo es un canto al sentido profundo que supone toda paternidad, vinculada siempre al crecimiento y protección del hijo. Ulises le mostrará las señales y cicatrices de su cuerpo, pero lo mismo que con Penélope y el lecho conyugal, desarmará la resistencia de su padre con un dato íntimo que sólo pueden conocer el hijo y el padre. Me conmueve que sea  un recuerdo de niño: los frutales y vides que plantó para cuando fuese mayor;  pero más aún que el niño aprendiese el nombre de los árboles de la boca de su padre. La paternidad no es solo afecto, es además transmisión de lo que conocemos, todo lo que tenemos por mejor, sean sencillas como el nombre de los frutales y sus características o más importantes. Es curioso que Laertes le advierta del peligro que amenaza a su hijo tras la matanza de los pretendientes, aunque ya sabemos que Ulises previsor conoce perfectamente las medidas que debe adoptar. No menos significativa la disposición de unirse al hijo y nieto para defender su causa.

Todavía tendrán que morir algunos itacenses pero la cordura y la justicia se impone por encima de la venganza. La paz vuelve a Ítaca. Hechos de tiempo, nuestros protagonistas, morirán en la vejez. Ulises ha preferido ser un humano para estar entre los suyos; su gozo: vivir con su esposa fiel, cuidar en la vejez a su anciano padre y ser testigo de la continuidad en su hijo Telémaco que ha aprendido a  ser el hijo de Ulises, a tener como referente a un padre.

4 de Diciembre

CANTO XXIV

LAS ALMAS DE LOS PRETENDIENTES

M.A.- Agamenón reconoció al hijo amado de Menelao, Y le dijo

—¡Afimedonte! ¿Qué os ha sucedido, que penetráis en la obscura tierra tantos y tan selectos varones, y todos de la misma edad? Si se escogieran por la población, no se hallaran otros más excelentes. ¿Acaso Poseidón os mató en vuestras naves, desencadenando el fuerte soplo de terribles vientos y levantando grandes olas? ¿O quizás hombres enemigos acabaron con vosotros en el continente porque os llevabais sus bueyes y sus magníficos rebaños de ovejas, o porque combatíais para apoderaros de su ciudad y de sus mujeres? ….

Díjole a su vez el alma de Afimedonte:

—¡Atrida gloriosísimo, rey de hombres Agamenón! Recuerdo cuanto dices, oh alumno de Zeus, y te contaré exacta y circunstanciadamente de qué triste modo ocurrió que llegáramos al término de nuestra vida. Pretendíamos a la esposa de Odiseo, ausente a la sazón desde largo tiempo, y ni rechazaba las odiosas nupcias ni quería celebrarlas, preparándonos la muerte y la negra Moira; y entonces discurrió en su inteligencia este nuevo engaño. Se puso a tejer en el palacio una gran tela sutil e interminable... 

 (Narra la ingeniosa argucia de Penélope de no casarse hasta terminar el sudario-mortaja para su suegro Laertes)

Al fin, regresa Ulises, viste como un mendigo. En el palacio se burlan de él:

Ninguno de nosotros pudo conocerle, ni aún los mas viejos, cuando se presentó de súbito; y lo maltratábamos, dirigiéndole injuriosas palabras y dándole golpes. Con ánimo paciente sufría Odiseo que en su propio palacio se le hiriera e injuriara, mas apenas le incitó Zeus, que lleva la égida, comenzó a quitar de las paredes, ayudado de Telémaco, las magníficas armas, que depositó en su habitación, corriendo los cerrojos; y luego, con refinada astucia, aconsejó a su esposa que nos sacara a los pretendientes el arco y el blanquizco hierro a fin de celebrar el certamen que había de ser para nosotros, oh infelices, el preludio de la matanza.

Ninguno logró tender la cuerda del recio arco, pues nos faltaba mucho parte del vigor que para ello se requería. Cuando el gran arco iba a llegar a manos de Odiseo, todos increpábamos al porquero para que no se lo diese, por más que lo solicitara y tan sólo Telémaco, animándole, mandó que se lo entregase. El paciente divinal Odiseo lo tomó en las manos, tendiólo con suma facilidad, e hizo pasar la flecha por el hierro; inmediatamente se fue al umbral, derramó por el suelo las veloces flechas, echando terribles miradas, y mató al rey Antínoo.

Pero en seguida disparó contra los demás las dolorosas saetas, apuntando a su frente; y caían los unos en pos de los otros. ..Así hemos perecido, Agamenón, y los cadáveres yacen abandonados todavía en el palacio de Odiseo, porque la nueva aún no ha llegado a las casas de nuestros amigos, los cuales nos llorarían después de lavarnos la negra sangre de las heridas y de colocarnos en lechos; que tales son los honores que han de tributarse a los difuntos.”

 

El canto XXIV de la Odisea comienza de una manera sorprendente. Nos presenta las  almas de los pretendientes difuntos,  conducidas por Hermes al Hades, “profiriendo estridentes gritos, como los murciélagos revolotean chillando en lo más hondo de una vasta gruta”. Las almas para los griegos eran inmortales, pero su destino era deplorable. Un lugar tenebroso, sin esperanza donde hasta privilegiados héroes como el semidiós Aquiles, prefiere vivir como esclavo en la tierra que afamado entre los muertos.

Dos hechos consuelan a los espíritus: primero  los funerales “que tales son los honores que han de tributarse a los difuntos”; segundo, el buen nombre, la fama dejada a la posteridad, aquella que nuestro Jorge Manrique  le reconocía a su padre: "Pues otra vida más larga /de la fama glorïosa acá dejáis./Aunque esta vida de honor /tampoco no es eternal ni verdadera; /mas, con todo, es muy mejor /que la otra temporal, perecedera”. El referente será Aquiles, como lo atestiguan los honores recibidos en sus funerales y el monumento erigido en su memoria. Grandeza alcanzada imperecederamente por las hazañas de Ulises y la fidelidad ejemplar de Penélope.

Es admirable que en la  repetición de los hechos ya conocidos, Homero pretenda nada menos que sepamos que también son admirarlos desde la perspectiva de los muertos, de las almas errantes de los habitantes del tenebroso Hades. Os he de confesar que cuando leo estos pasajes no puedo evitar recordar La Divina Comedia de Dante. Sin los sufrimientos del infierno, el Hades sí que se asemeja por la carencia de toda esperanza. Pero carecen del transitorio Purgatorio y el  asombroso mundo maravilloso de las almas a la espera de la resurrección para que la felicidad sea completa. La resurrección de la carne y la vida eterna que proclamamos en el credo, harto consoladora al menos para mí.

En el fragmento destaca la presencia del Rey Agamenón. Su muerte cruel a manos de su esposa  y de Egisto, sirve de contraste con Aquiles y a su vez con los pretendientes, muertos violentamente, pero no por la traición, sino por la justicia implacable aplicada por Ulises, su hijo  Telémaco y sus fieles criados.

La pregunta que les plantea Agamenón no deja lugar a la escapatoria. ¿Ha sido un terrible accidente en medio de una tormenta indomable en el mar? ¿Ha sido por una aventura arriesgada de robar vacas y bueyes a pueblos vecinos? ¿Fue una aventura amorosa que pretendió raptar a bellas doncellas conquistando ciudades? Nada heroico les ampara, aunque las motivaciones moralmente hubieran sido dudosas. Han muerto a manos de un Ulises vengador del deshonor infringido en los cuatro últimos años a su casa y en su tierra. Sin recibir todavía el funeral debido a los muertos y sin más fama futura que el deshonor, pues  ni quisieron escuchar las buenas razones que Telémaco expuso en el Ágora ni asumieron su responsabilidad los padres, que dejaron a sus hijos seguir cometiendo sus tropelías.

Tampoco entre los griegos era indiferente cumplir con el bien natural que la razón avala o seguir los impulsos ciegos de las pasiones.

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