Lecciones de D. Quijote

20 de Diciembre - 2016

De bien nacidos es ser agradecidos (Capítulo LVIII, segunda parte)

 

    Terminamos este año del centenario cuarto de la muerte de Don Miguel de Cervantes con un pasaje de su Don Quijote en que ensalza la virtud del agradecimiento. Él lo enseña como virtud que no debía faltar nunca entre los hombres. En esta víspera de la Navidad queremos que sus palabras nos recuerden el agradecimiento que le debemos mostrar a nuestro Dios.

    Pertenece al capítulo LVIII de la segunda parte. A lo largo de todo el capítulo, encontramos un Don Quijote, sensato  en sus sentencias, atinado en sus observaciones, prudente en su comportamiento.  Las aventuras,  aunque alguna arriesgada y adversa, como su encuentro con los toros de un  encierro,  no lo son  tanto que nos dejen a los protagonistas descalabrados y necesitados del bálsamo mágico de Fierabrás. El mejor resumen nos lo brinda el sagaz Sancho:

“Digan vuestras mercedes, señores pastores:

¿hay cura de aldea, por discreto y por estudiante que sea,

que pueda decir lo que mi amo ha dicho,

ni hay caballero andante, por más fama que tenga de valiente, que pueda ofrecer lo que mi amo aquí ha ofrecido?”

   Aunque sus atinadas afirmaciones le hayan ocasionado una reprimenda enojada a Sancho

“¿Quién te mete a ti en mis cosas y en averiguar si soy discreto o majadero? Calla y no me repliques, sino ensilla, si está desensillado Rocinante”.

Pero Sancho tiene razón. Don Quijote resume la sabiduría de un clérigo y la hidalguía caballeresca del más afamado caballero que haya existido.

Lo están pasando agradablemente entre aquellas familias que han decidido vivir unos días en el monte, a la usanza de los pastores idealizados de la Arcadia mítica. Pero lo suyo es pelear, acudir al remedio de quienes están necesitados de su lanza. Cualquiera le hubiera aconsejado que descansara entre personas tan gratas; que cada día trae su afán, y que nada mejor que reconfortar sus fantasías con personas que restauran ideales no menos imposibles que los de la caballería. Recordad su novelita ejemplar “El coloquio de los perros” y sus diálogos y descripciones de la cruda realidad de los pastores frente  al mundo soñado.

Don Quijote tiene que partir,  pero previamente nos deja una perla  para todo el que esté preocupado por la educación de la juventud. Aprender a ser agradecidos.

Se dice que los españoles del siglo XVII eran, si no filósofos, teólogos. Se afirma al ver el entusiasmo con que vivían las representaciones de los “autos sacramentales” no asequibles a quienes ignorasen aspectos doctrinales de la Iglesia católica tan profundos y matizados como los sacramentos, la gracia, la redención o el pecado original, por poner unos ejemplos.

Aquí  tenéis la muestra: Don Quijote  entra en el juego de una disquisición teológica. ¿Existe un pecado más grande que el de ser desagradecidos? Cualquiera le hubiera respondido que el mayor de todos es el de la soberbia. La respuesta de Don Quijote nos matiza la pregunta. No lo llama más grande por ser el que más ofende a Dios en intensidad sino en cantidad. No emplea en su argumentación una cita libresca. Arguye con un dicho popular: “de los desagradecidos está lleno el infierno”.

Conociendo a Don Quijote no cabe poner en duda su afirmación de que es un pecado que no figura en su conciencia, desde que tiene uso de razón. El análisis que realiza  es muy ilustrativo  de un mundo social en el que todo estaba impregnado de los ideales del evangelio. El agradecimiento exige mucho más que el corresponder con unas palabras corteses. El reconocimiento del bien que otros han hecho en ti exige estar dispuesto a pagar con moneda  semejante; y si no es posible, publicando con ocasión y sin ella, los bienes que se nos han otorgado.

El salto desde la cotidianidad  a la mirada sobrenatural, intercalándolo en medio de una conversación ordinaria, nos muestra la finura del alma de Don Quijote. La fuerza de su razonamiento es su referencia a nuestra relación de agradecimiento  con Dios.

“Porque por la mayor parte los que reciben son inferiores a los que dan, y así es Dios sobre todos, porque es dador sobre todos, y no pueden corresponder las dádivas del hombre a las de Dios con igualdad, por infinita distancia, y esta estrechez y cortedad en cierto modo la suple el agradecimiento.”

Sólo el agradecimiento puede suplir la desigualdad de Dios respecto al hombre.  Aceptar la premisa de que quien recibe es inferior al que da, reconduce el análisis  a la verdad puesta en duda verbal en el inicio. Con la soberbia nos hemos topado. El agradecimiento exige reconocimiento y humildad. Las dádivas del hombre no pueden nunca corresponder a las de Dios. Pero sí el agradecimiento.

 “Juntáronse en aquel sitio más de treinta personas, todas bizarramente de pastores y pastoras vestidas, y en un instante quedaron enteradas de quiénes eran don Quijote y su escudero, de que no poco contento recibieron, porque ya tenían dél noticia por su historia. Acudieron a las tiendas, hallaron las mesas puestas, ricas, abundantes y limpias; honraron a don Quijote dándole el primer lugar en ellas; mirábanle todos y admirábanse de verle. Finalmente, alzados los manteles, con gran reposo alzó don Quijote la voz y dijo:

—Entre los pecados mayores que los hombres cometen, aunque algunos dicen que es la soberbia, yo digo que es el desagradecimiento, ateniéndome a lo que suele decirse: que de los desagradecidos está lleno el infierno. Este pecado, en cuanto me ha sido posible, he procurado yo huir desde el instante que tuve uso de razón, y si no puedo pagar las buenas obras que me hacen con otras obras, pongo en su lugar los deseos de hacerlas, y cuando estos no bastan, las publico, porque quien dice y publica las buenas obras que recibe, también las recompensara con otras, si pudiera; porque por la mayor parte los que reciben son inferiores a los que dan, y así es Dios sobre todos, porque es dador sobre todos, y no pueden corresponder las dádivas del hombre a las de Dios con igualdad, por infinita distancia, y esta estrechez y cortedad en cierto modo la suple el agradecimiento. Yo, pues, agradecido a la merced que aquí se me ha hecho, no pudiendo corresponder a la misma medida, conteniéndome en los estrechos límites de mi poderío, ofrezco lo que puedo y lo que tengo de mi cosecha; y, así, digo que sustentaré dos días naturales, en mitad de ese camino real que va a Zaragoza, que estas señoras zagalas contrahechas que aquí están son las más hermosas doncellas y más corteses que hay en el mundo, exceptuando solo a la sin par Dulcinea del Toboso, única señora de mis pensamientos, con paz sea dicho de cuantos y cuantas me escuchan.

Oyendo lo cual Sancho, que con grande atención le había estado escuchando, dando una gran voz dijo:

—¿Es posible que haya en el mundo personas que se atrevan a decir y a jurar que este mi señor es loco? Digan vuestras mercedes, señores pastores: ¿hay cura de aldea, por discreto y por estudiante que sea, que pueda decir lo que mi amo ha dicho, ni hay caballero andante, por más fama que tenga de valiente, que pueda ofrecer lo que mi amo aquí ha ofrecido?

 

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15 de Noviembre - 2016

Sancho Panza, catador de vinos. Capítulo XIII de la 2ªparte.

   

     Hemos seleccionado un fragmento del capítulo XIII de la segunda parte. Don Quijote y Sancho se dirigen hacia Zaragoza y se han encontrado al Caballero del Bosque acompañado también de su escudero, unos y otros con la intención de participar en las justas que la ciudad ha convocado. Mientras los caballeros hablan de las cualidades de amores y damas, los escuderos intercambian un jugoso diálogo en el que  se manifiestan una vez más las visiones tan contrarias del idealismo caballeresco y el pragmatismo realista de los escuderos. Sólo el provecho material parece moverles a servir como confiesa Sancho le  espolea el recuerdo de los cien doblones de oro que encontró en Sierra Morena y la promesa de ínsulas o ducados. Mejor y con  menos riesgo volver a casa y cuidar a la mujer y los hijos. Tanto han hablado que se les ha secado la boca. El escudero del del Bosque no se anda con chiquitas, saca una bota tan grande que más que de conejo parece de un macho cabrío. Nada de quesos duros. Sino buenos tasajos y  buenas fiambreras. Buen bocado y buen trago. Esto sí que es vida y no los ayunos de anacoreta del bueno de Don Quijote. Tan admirado está Sancho que sospecha que más que realidad debe ser cosa de un encantamiento bueno y no enemigo.

 

    La contraposición es evidente: los móviles primarios de los escuderos, frente a la visión idealista de los caballeros.  Sancho no se queda a la zaga. Trago tras trago se acaban la inmensa bota y terminan en los brazos del sueño. Sancho no deja de sorprendernos nadie como él distingue los linajes y ascendencias del vino. De casta le viene al galgo. Acierta de dónde es el vino y alardea de saber distinguir “¿No será bueno, señor escudero, que tenga yo un instinto tan grande y tan natural, en esto de conocer vinos, que, en dándome a oler cualquiera, acierto la patria, el linaje, el sabor, y la dura, y las vueltas que ha de dar, con todas las circunstancias al vino atañederas?”. Sabíamos de las aficiones al vino de Sancho, pero no que fuera tan esmerado catador. Mira por dónde. Al fin y al cabo: so mala capa yace buen bebedor.

 

-Paréceme que de lo que hemos hablado se nos pegan al paladar las lenguas; pero yo traigo un despegador pendiente del arzón de mi caballo, que es tal como bueno.

 

Y, levantándose, volvió desde allí a un poco con una gran bota de vino y una empanada de media vara; y no es encarecimiento, porque era de un conejo albar, tan grande que Sancho, al tocarla, entendió ser de algún cabrón, no que de cabrito; lo cual visto por Sancho, dijo:

 

-Y ¿esto trae vuestra merced consigo, señor?

 

-Pues, ¿qué se pensaba? -respondió el otro-. ¿Soy yo por ventura algún escudero de agua y lana? Mejor repuesto traigo yo en las ancas de mi caballo que lleva consigo cuando va de camino un general.

 

Comió Sancho sin hacerse de rogar, y tragaba a escuras bocados de nudos de suelta. Y dijo:

 

-Vuestra merced sí que es escudero fiel y legal, moliente y corriente, magnífico y grande, como lo muestra este banquete, que si no ha venido aquí por arte de encantamiento, parécelo, a lo menos; y no como yo, mezquino y malaventurado, que sólo traigo en mis alforjas un poco de queso, tan duro que pueden descalabrar con ello a un gigante, a quien hacen compañía cuatro docenas de algarrobas y otras tantas de avellanas y nueces, mercedes a la estrecheza de mi dueño, y a la opinión que tiene y orden que guarda de que los caballeros andantes no se han de mantener y sustentar sino con frutas secas y con las yerbas del campo.

 

-Por mi fe, hermano -replicó el del Bosque-, que yo no tengo hecho el estómago a tagarninas, ni a piruétanos, ni a raíces de los montes. Allá se lo hayan con sus opiniones y leyes caballerescas nuestros amos, y coman lo que ellos mandaren. Fiambreras traigo, y esta bota colgando del arzón de la silla, por sí o por no; y es tan devota mía y quiérola tanto, que pocos ratos se pasan sin que la dé mil besos y mil abrazos.

 

Y, diciendo esto, se la puso en las manos a Sancho, el cual, empinándola, puesta a la boca, estuvo mirando las estrellas un cuarto de hora, y, en acabando de beber, dejó caer la cabeza a un lado, y, dando un gran suspiro, dijo:

 

-¡Oh hideputa bellaco, y cómo es católico!

 

-¿Veis ahí -dijo el del Bosque, en oyendo el hideputa de Sancho-, cómo habéis alabado este vino llamándole hideputa?

 

-Digo -respondió Sancho-, que confieso que conozco que no es deshonra llamar hijo de puta a nadie, cuando cae debajo del entendimiento de alabarle. Pero dígame, señor, por el siglo de lo que más quiere: ¿este vino es de Ciudad Real?

 

-¡Bravo mojón! -respondió el del Bosque-. En verdad que no es de otra parte, y que tiene algunos años de ancianidad.

 

-¡A mí con eso! -dijo Sancho-. No toméis menos, sino que se me fuera a mí por alto dar alcance a su conocimiento. ¿No será bueno, señor escudero, que tenga yo un instinto tan grande y tan natural, en esto de conocer vinos, que, en dándome a oler cualquiera, acierto la patria, el linaje, el sabor, y la dura, y las vueltas que ha de dar, con todas las circunstancias al vino atañederas? Pero no hay de qué maravillarse, si tuve en mi linaje por parte de mi padre los dos más excelentes mojones que en luengos años conoció la Mancha; para prueba de lo cual les sucedió lo que ahora diré: «Diéronles a los dos a probar del vino de una cuba, pidiéndoles su parecer del estado, cualidad, bondad o malicia del vino. El uno lo probó con la punta de la lengua, el otro no hizo más de llegarlo a las narices. El primero dijo que aquel vino sabía a hierro, el segundo dijo que más sabía a cordobán. El dueño dijo que la cuba estaba limpia, y que el tal vino no tenía adobo alguno por donde hubiese tomado sabor de hierro ni de cordobán. Con todo eso, los dos famosos mojones se afirmaron en lo que habían dicho. Anduvo el tiempo, vendióse el vino, y al limpiar de la cuba hallaron en ella una llave pequeña, pendiente de una correa de cordobán.» Porque vea vuestra merced si quien viene desta ralea podrá dar su parecer en semejantes causas.

 

-Por eso digo -dijo el del Bosque- que nos dejemos de andar buscando aventuras; y, pues tenemos hogazas, no busquemos tortas, y volvámonos a nuestras chozas, que allí nos hallará Dios, si Él quiere.

 

-Hasta que mi amo llegue a Zaragoza, le serviré; que después todos nos entenderemos.

 

Finalmente, tanto hablaron y tanto bebieron los dos buenos escuderos, que tuvo necesidad el sueño de atarles las lenguas y templarles la sed, que quitársela fuera imposible; y así, asidos entrambos de la ya casi vacía bota, con los bocados a medio mascar en la boca, se quedaron dormidos, donde los dejaremos por ahora, por contar lo que el Caballero del Bosque pasó con el de la Triste Figura.

 

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1 de Noviembre - 2016

Capítulo LXXIV. De cómo don Quijote cayó malo, y del testamento que hizo, y su muerte

 

    Escuchemos los últimos momentos de la vida de Alonso Quijano el Bueno conocido en su vida por Don Quijote:

 

Cerró con esto el testamento, y, tomándole un desmayo, se tendió de largo a largo en la cama. Alborotáronse todos y acudieron a su remedio, y en tres días que vivió después deste donde hizo el testamento, se desmayaba muy a menudo. Andaba la casa alborotada; pero, con todo, comía la sobrina, brindaba el ama, y se regocijaba Sancho Panza; que esto del heredar algo borra o templa en el heredero la memoria de la pena que es razón que deje el muerto.

En fin, llegó el último de don Quijote, después de recebidos todos los sacramentos, y después de haber abominado con muchas y eficaces razones de los libros de caballerías. Hallóse el escribano presente, y dijo que nunca había leído en ningún libro de caballerías que algún caballero andante hubiese muerto en su lecho tan sosegadamente y tan cristiano como don Quijote; el cual, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu: quiero decir que se murió.

Viendo lo cual el cura, pidió al escribano le diese por testimonio cómo Alonso Quijano el Bueno, llamado comúnmente don Quijote de la Mancha, había pasado desta presente vida y muerto naturalmente; y que el tal testimonio pedía para quitar la ocasión de algún otro autor que Cide Hamete Benengeli le resucitase falsamente, y hiciese inacabables historias de sus hazañas.

Este fin tuvo el Ingenioso Hidalgo de la Mancha, cuyo lugar no quiso poner Cide Hamete puntualmente, por dejar que todas las villas y lugares de la Mancha contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele por suyo, como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero.

 

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18 de Octubre - 2016

Capítulo 26 (2ª parte) 

   

    Os ofrecemos hoy un pasaje en que vamos a descubrir al caballero manchego como poeta y como devoto del santo rosario. Enamorado de Dulcinea, eso no es novedad. Imitar a los libros de caballería, que es la excusa de la obra, tampoco es novedad. La escena se centra en los intentos de Don Quijote por imitar a su admirado Amadís de Gaula cuando fue a hacer penitencia como ermitaño  metido en medio del bosque. Sierra morena le viene al pelo, después del suceso aciago de los galeotes y mientras Sancho va al Toboso para enterarse de nuevas de Dulcinea, Don Quijote se dedicará austeramente, penitencialmente, a la naturaleza y a la oración. La verdad es que como poeta se queda corto. El mismo narrador se burla de que tenga que añadir innecesariamente lo “del Toboso”. Sus versos son lugares comunes y ripios. Su admiración a los ambientes pastoriles le lleva a referirse a la naturaleza idealizada con los faunos y silvanos de aquellos bosques, a las ninfas de los ríos, a la dolorosa y húmida Eco.  Lo importante es la oración, en clave de cristiano verdadero. Un millón de avemaría confiesa que rezó y cómo se las ingenió para construirse un rosario con una tira del faldón de su camisa y la solicitud de un ermitaño para confesarse. Está claro que aquí aparecen los hábitos religiosos de Alonso Quijano el bueno.

 

Capítulo XXVI. Donde se prosiguen las finezas que de enamorado hizo don Quijote en Sierra Morena

Ea, pues, manos a la obra: venid a mi memoria, cosas de Amadís, y enseñadme por dónde tengo de comenzar a imitaros. Mas ya sé que lo más que él hizo fue rezar y encomendarse a Dios; pero, ¿qué haré de rosario, que no le tengo? En esto le vino al pensamiento cómo le haría, y fue que rasgó una gran tira de las faldas de la camisa, que andaban colgando, y diole once ñudos, el uno más gordo que los demás, y esto le sirvió de rosario el tiempo que allí estuvo, donde rezó un millón de avemarías. Y lo que le fatigaba mucho era no hallar por allí otro ermitaño que le confesase y con quien consolarse. Y así, se entretenía paseándose por el pradecillo, escribiendo y grabando por las cortezas de los árboles y por la menuda arena muchos versos, todos acomodados a su tristeza, y algunos en alabanza de Dulcinea. Mas los que se pudieron hallar enteros y que se pudiesen leer, después que a él allí le hallaron, no fueron más que estos que aquí se siguen:

 

Árboles, yerbas y plantas

que en aqueste sitio estáis,

tan altos, verdes y tantas,

si de mi mal no os holgáis,

escuchad mis quejas santas.

Mi dolor no os alborote,

aunque más terrible sea,

pues, por pagaros escote,

aquí lloró don Quijote

ausencias de Dulcinea

del Toboso.

Es aquí el lugar adonde

el amador más leal

de su señora se esconde,

y ha venido a tanto mal

sin saber cómo o por dónde.

Tráele amor al estricote,

que es de muy mala ralea;

y así, hasta henchir un pipote,

aquí lloró don Quijote

ausencias de Dulcinea

del Toboso.

Buscando las aventuras

por entre las duras peñas,

maldiciendo entrañas duras,

que entre riscos y entre breñas

halla el triste desventuras,

hirióle amor con su azote,

no con su blanda correa;

y, en tocándole el cogote,

aquí lloró don Quijote

ausencias de Dulcinea

del Toboso.

 

           No causó poca risa en los que hallaron los versos referidos el añadidura del Toboso al nombre de Dulcinea, porque imaginaron que debió de imaginar don Quijote que si, en nombrando a Dulcinea, no decía también del Toboso, no se podría entender la copla; y así fue la verdad, como él después confesó. Otros muchos escribió, pero, como se ha dicho, no se pudieron sacar en limpio, ni enteros, más destas tres coplas. En esto, y en suspirar y en llamar a los faunos y silvanos de aquellos bosques, a las ninfas de los ríos, a la dolorosa y húmida Eco, que le respondiese, consolasen y escuchasen, se entretenía, y en buscar algunas yerbas con que sustentarse en tanto que Sancho volvía; que, si como tardó tres días, tardara tres semanas, el Caballero de la Triste Figura quedara tan desfigurado que no le conociera la madre que lo parió.

 

Y será bien dejalle, envuelto entre sus suspiros y versos, por contar lo que le avino a Sancho Panza en su mandadería.

 

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4 de Octubre - 2016

    En el Quijote sólo aparece una vez la palabra otoño y no como referencia  al momento en que transcurre la acción, sino como reflexión intemporal. Toda la aventura de Don Quijote transcurre entre la primavera y el verano, incluido el momento final de se muerte. El texto aparece en el Capítulo LIII: Del fatigado fin y remate que tuvo el gobierno de Sancho Panza.

 

    ''Pensar que en esta vida las cosas della han de durar siempre en un estado es pensar en lo escusado; antes parece que ella anda todo en redondo, digo, a la redonda: la primavera sigue al verano, el verano al estío, el estío al otoño, y el otoño al invierno, y el invierno a la primavera, y así torna a andarse el tiempo con esta rueda continua; sola la vida humana corre a su fin ligera más que el tiempo, sin esperar renovarse si no es en la otra, que no tiene términos que la limiten''. Esto dice Cide Hamete, filósofo mahomético; porque esto de entender la ligereza e instabilidad de la vida presente, y de la duración de la eterna que se espera, muchos sin lumbre de fe, sino con la luz natural, lo han entendido; pero aquí, nuestro autor lo dice por la presteza con que se acabó, se consumió, se deshizo, se fue como en sombra y humo el gobierno de Sancho”.

         Prefiero ofreceros un fragmento del capítulo XI, también de la 2ª Parte. Es el lamento de Don Quijote por haberle impedido los malvados encantadores contemplar la hermosura de Dulcinea. Mala era la burla, pero el lector sabe, que ha sido Sancho quien, para salir de sus mentiras, ha urdido el engaño. Nos conmueve Don Quijote por su verdadero dolor: encontrar fea y rústica a la que consideraba dechado de hermosura y distinción. Seguir amándola por encima de las apariencias, en una fidelidad por encima de los desastres causados por sus enemigos los encantadores o, por elevar el asunto a categoría más universal, por los estragos que causa el tiempo y la edad en cualquier hermosura. No pone en duda el seguir amándola, a pesar de no haber recibido el consuelo de contemplarla. Ni siquiera descubre la burla, por su ingenua credulidad, cuando corrige el error descriptivo de Sancho al referirse a los ojos de Dulcinea como perlas y no como esmeraldas.

 

         Sancho es ingenioso y sabe encontrar salida para todo. “Porque también me turbó a mí su hermosura como a vuestra merced su fealdad”. Y sigue, como si nada hubiera ocurrido señalando posibles consecuencias del engaño. Hablará del valle de lágrimas y como si no fuera con él, trata de consolar al amo con lo que el mismo ha infringido “donde apenas se halla cosa que esté sin mezcla de maldad, embuste y bellaquería”.

 

         Y sin embargo este pícaro de Sancho, ama de verdad a Don Quijote y de verdad le quiere consolar: -Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres; pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias: vuestra merced se reporte, y vuelva en sí, y coja las riendas a Rocinante, y avive y despierte, y muestre aquella gallardía que conviene que tengan los caballeros andantes. ¿Qué diablos es esto?. Este es nuestro Sancho, Pícaro, socarrón, y a la vez el mejor de los escuderos, como la vida misma.

                                                                                                                                             

Pensativo además iba don Quijote por su camino adelante, considerando la mala burla que le habían hecho los encantadores, volviendo a su señora Dulcinea en la mala figura de la aldeana, y no imaginaba qué remedio tendría para volverla a su ser primero; y estos pensamientos le llevaban tan fuera de sí, que, sin sentirlo, soltó las riendas a Rocinante, el cual, sintiendo la libertad que se le daba, a cada paso se detenía a pacer la verde yerba de que aquellos campos abundaban. De su embelesamiento le volvió Sancho Panza, diciéndole:

-Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres; pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias: vuestra merced se reporte, y vuelva en sí, y coja las riendas a Rocinante, y avive y despierte, y muestre aquella gallardía que conviene que tengan los caballeros andantes. ¿Qué diablos es esto? ¿Qué descaecimiento es éste? ¿Estamos aquí, o en Francia? Mas que se lleve Satanás a cuantas Dulcineas hay en el mundo, pues vale más la salud de un solo caballero andante que todos los encantos y transformaciones de la tierra.

-Calla, Sancho -respondió don Quijote con voz no muy desmayada-; calla, digo, y no digas blasfemias contra aquella encantada señora, que de su desgracia y desventura yo solo tengo la culpa: de la envidia que me tienen los malos ha nacido su mala andanza.

-Así lo digo yo -respondió Sancho-: quien la vio y la ve ahora, ¿cuál es el corazón que no llora?

-Eso puedes tú decir bien, Sancho -replicó don Quijote-, pues la viste en la entereza cabal de su hermosura, que el encanto no se extendió a turbarte la vista ni a encubrirte su belleza: contra mí solo y contra mis ojos se endereza la fuerza de su veneno. Mas, con todo esto, he caído, Sancho, en una cosa, y es que me pintaste mal su hermosura, porque, si mal no me acuerdo, dijiste que tenía los ojos de perlas, y los ojos que parecen de perlas antes son de besugo que de dama; y, a lo que yo creo, los de Dulcinea deben ser de verdes esmeraldas, rasgados, con dos celestiales arcos que les sirven de cejas; y esas perlas quítalas de los ojos y pásalas a los dientes, que sin duda te trocaste, Sancho, tomando los ojos por los dientes.

-Todo puede ser -respondió Sancho-, porque también me turbó a mí su hermosura como a vuestra merced su fealdad. Pero encomendémoslo todo a Dios, que Él es el sabidor de las cosas que han de suceder en este valle de lágrimas, en este mal mundo que tenemos, donde apenas se halla cosa que esté sin mezcla de maldad, embuste y bellaquería. De una cosa me pesa, señor mío, más que de otras; que es pensar qué medio se ha de tener cuando vuestra merced venza a algún gigante o otro caballero, y le mande que se vaya a presentar ante la hermosura de la señora Dulcinea: ¿adónde la ha de hallar este pobre gigante, o este pobre y mísero caballero vencido? Paréceme que los veo andar por el Toboso hechos unos bausanes, buscando a mi señora Dulcinea, y, aunque la encuentren en mitad de la calle, no la conocerán más que a mi padre.

-Quizá, Sancho -respondió don Quijote-, no se extenderá el encantamiento a quitar el conocimiento de Dulcinea a los vencidos y presentados gigantes y caballeros; y, en uno o dos de los primeros que yo venza y le envíe, haremos la experiencia si la ven o no, mandándoles que vuelvan a darme relación de lo que acerca de esto les hubiere sucedido.

-Digo, señor -replicó Sancho-, que me ha parecido bien lo que vuesa merced ha dicho, y que con ese artificio vendremos en conocimiento de lo que deseamos; y si es que ella a solo vuestra merced se encubre, la desgracia más será de vuestra merced que suya; pero, como la señora Dulcinea tenga salud y contento, nosotros por acá nos avendremos y lo pasaremos lo mejor que pudiéremos, buscando nuestras aventuras y dejando al tiempo que haga de las suyas, que él es el mejor médico de estas y de otras mayores enfermedades.

 

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15 de Septiembre - 2016

   Con ocasión del cuarto centenario de las muertes de William Shakespeare y Miguel de Cervantes, han tenido lugar numerosas celebraciones: representaciones teatrales, reedición de obras, veladas musicales, tertulias sin número y actos académicos.

 

     Nosotros queremos unirnos a las celebraciones  trayendo a las ondas radiofónicas un fragmento de la conferencia que pronunció Iván Serguéievich Turguénev, quien vivió en el siglo XIX, y publicada en abril de 1998 en Nueva Revista, nº 56. En ella se compara a Hamlet y Don Quijote. Dos miradas opuestas y contrapuestas. Se preguntaba el escritor y conferenciante ruso:

 

         “¿Qué representa don Quijote? No debemos contemplarlo con esa mirada apresurada que solo se detiene en los rasgos superficiales y menudos… tratemos de penetrar en la esencia de la obra. Repitamos de nuevo: ¿qué representa don Quijote? Ante todo, la fe; la fe en algo eterno, inmutable; en una palabra: en la verdad, en la verdad que se encuentra fuera del individuo, pero que es posible alcanzar; que exige un servicio y sacrificios, pero a la que se accede gracias a la constancia en ese servicio y a la fuerza de esos sacrificios. Don Quijote está penetrado por entero de la lealtad al ideal, por el cual está dispuesto a padecer todas las privaciones posibles, a sacrificar su vida; de hecho, solo valora su propia vida en cuanto que le permite encarnar el ideal e instaurar la verdad y la justicia en el mundo. Se nos dirá que su imaginación trastornada extrae ese ideal del mundo fantástico de las novelas de caballerías –y en eso consiste precisamente el aspecto cómico de don Quijote—, pero toda la pureza del ideal permanece intacta.

 

         “Don Quijote consideraría vergonzoso vivir para sí mismo, preocuparse de su persona. Él vive (si se puede expresar así) fuera de sí mismo, para los otros, para sus hermanos, para extirpar el mal, para enfrentarse a las fuerzas enemigas de la humanidad —a los magos y a los gigantes, es decir, a los opresores. En él no hay ni rastro de egoísmo, no se preocupa de su persona, se autosacrifica por entero —¡aprecien el valor de esa palabra!—, cree, cree firmemente y marcha sin volver la vista atrás. Por eso es intrépido, paciente y se contenta con una comida frugal, con las ropas más pobres: él no se preocupa de esas cosas.

 

 

         “Su corazón es humilde; su alma, grande y audaz. Su conmovedora devoción no restringe su libertad. Ajeno a la soberbia, no alberga dudas sobre sí mismo, sobre su vocación, ni siquiera sobre sus fuerzas físicas. Su voluntad es una voluntad inquebrantable. Su constante aspiración a un mismo ideal dota de una cierta uniformidad a sus pensamientos, de una cierta exclusividad a su espíritu. Sabe pocas cosas, pero no necesita saber mucho. Sabe cuál es su misión, para qué vive en el mundo, y ése es el conocimiento más importante. Don Quijote puede aparecer como un verdadero loco, porque incluso la realidad más evidente desaparece de su vista, se derrite como la cera bajo el fuego de su entusiasmo (confunde muñecos de madera con moros de carne y hueso, rebaños de corderos con caballeros andantes); en otras ocasiones, en cambio, parece un hombre limitado, porque se muestra reacio a la compasión y al placer; no obstante, lo mismo que un árbol añoso, ha echado profundas raíces en el suelo y no está en condiciones ni de cambiar sus convicciones ni de pasar de una tarea a otra; la fortaleza de su estructura moral (fíjense en que este loco caballero andante es la criatura más profundamente moral que existe en el mundo) dota de una grandeza, de una fuerza especial a todos sus juicios y palabras, a toda su figura, a pesar de las situaciones cómicas y humillantes en las que cae constantemente... Don Quijote es un entusiasta, un servidor de una idea, que le ilumina con su fulgor.

 

         “¿Y qué es lo que representa Hamlet? Ante todo, el análisis y el egoísmo y, por tanto, la incredulidad. Solo vive para sí mismo, es un egoísta; pero este egoísta ni siquiera puede creer en sí mismo; pues solo se puede creer en lo que está fuera de nosotros, por encima de nosotros. No obstante, ese yo en el que ‘no cree’ le resulta muy caro a Hamlet. Es su punto de partida, al que regresa continuamente, ya que no encuentra nada en este mundo a lo que poder ligarse con toda su alma. Es un escéptico al que solo preocupa e interesa su propia persona; en todo momento piensa no en sus deberes, sino en su propia situación. Al dudar de todo, Hamlet no se compadece de sí mismo; su espíritu está demasiado desarrollado como para contentarse con lo que hay en su propia persona. Es consciente de su propia debilidad, pero en toda conciencia de sí mismo hay fuerza; de ahí proviene su ironía, contraria al entusiasmo de don Quijote.

 

         “Hamlet se flagela con entusiasmo, de manera exagerada, se analiza a sí mismo sin descanso, bucea incesantemente en su interior, conoce en todo detalle cada una de sus faltas, las desprecia, se desprecia a sí mismo; y al mismo tiempo, puede decirse, vive, se alimenta de ese desprecio. Es decir: no cree en sí mismo y, sin embargo, es vanidoso. No sabe lo que quiere ni para qué vive y, sin embargo, siente apego por la vida... "-¡Oh Dios, oh Dios! (exclama en la segunda escena del primer acto), si el Eterno no hubiera dictado su ley contra el suicidio!... ¡Qué fatigosas, rancias e inútiles me parecen todas las costumbres de este mundo!". Pero no sacrificará esa fatigosa y rancia vida; sueña con el suicidio hasta la aparición de la sombra de su padre, hasta que recibe la terrible misión que aniquilará definitivamente su ya quebrantada voluntad; pero no se mata. Su amor a la vida se manifiesta incluso en esos mismos sueños de terminar con ella…

 

         Pero no debemos ser muy severos con Hamlet, pues en verdad sufre, y sus sufrimientos son más dolorosos y profundos que los de don Quijote.”

 

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1 de Septiembre - 2016

Capítulo XLI (41). De la venida de Clavileño, con el fin desta dilatada aventura

 

Elegimos un fragmento de lo que el propio Cervantes calificó de “dilatada aventura de Clavileño”. Es larga, pero sobretodo amena, ingeniosa, y como siempre con ese humor cervantino que nos hace reír a la vez que se nos llena el alma de melancólica tristeza: se trata de una broma urdida por los Duques, siguiéndole el hilo a los deseos de aventuras de nuestro caballero y a su propósito de poner remedio a tanta necesidad.

Un caballo de madera y poner remedio al horror que padecen unas dueñas allí presentes de haber aparecido, por encantamiento, con más barbas que el más velludo de los varones, serán el medio y el fin.  

Estamos en casa de los duques. No pueden quejarse de las atenciones que reciben de dueños y criados. Sancho está en su salsa y como jamás hubiera podido imaginar. Don Quijote no puede quejarse del hospedaje y trato que recibe como caballero. A mí me duele que dos representantes de la alta aristocracia  se tomen como ocasión de diversión y regocijo a alguien que pretende restaurar los ideales y valores que fueron en otro tiempo la razón de ser de la nobleza.

En la aventura de Clavileño asistimos a una escenificación teatral, donde todos se convierten en actores, menos Don Quijote y Sancho que no impostan ni su actuación ni su voz, sino que actúan como caballero andante y escudero.

Todo lo demás es burla: liberar de su oprobio a las damas barbudas, montar sobre un caballo de madera que va a ser capaz de transportar al otro lado del mundo a los héroes, volar por los espacios y atravesar mundos solo visitados por brujos o personajes poseídos por los espíritus, conseguir la victoria sin realizarla y caer derribados por el suelo cuando unos petardos hagan volar al caballo y a sus jinetes por los suelos como en las cremás valencianas. La sociedad anda mal; pero qué difícil que su remedio venga de manos de los hombres, que aunque no persigue al caballero lo convierte en ocasión para un hazmerreir.

La consecuencia más negativa de la aventura es que con el caballo de madera lo que salta por los aires es la fantasía. Lo que iban a conseguir los ilustrados del XVIII, tienen como precedente las burlas de Clavileño, que como el de Troya, destruirá la ciudad de la fantasía, de la imaginación. ¡Quién va a creer en cuentos y en leyendas y en historias de hadas y duendes!. Don Quijote sí cree en ellas y dirá: no busquemos razones a lo que se sale del curso natural de las cosas.  El socarrón de Sancho, echará su cuarto de imaginación cuando les cuenta sobre las cabras con que se encuentra en el cielo. Una vez más  las aventuras de Don Quijote nos hacen reír, nos hacen pensar y nos hacen llorar.

 

 

Y así era ello, que unos grandes fuelles le estaban haciendo aire: tan bien trazada estaba la tal aventura por el duque y la duquesa y su mayordomo, que no le faltó requisito que la dejase de hacer perfecta.

Sintiéndose, pues, soplar don Quijote, dijo:

-Sin duda alguna, Sancho, que ya debemos de llegar a la segunda región del aire, adonde se engendra el granizo, las nieves; los truenos, los relámpagos y los rayos se engendran en la tercera región, y si es que desta manera vamos subiendo, presto daremos en la región del fuego, y no sé yo cómo templar esta clavija para que no subamos donde nos abrasemos.

En esto, con unas estopas ligeras de encenderse y apagarse, desde lejos, pendientes de una caña, les calentaban los rostros. Sancho, que sintió el calor, dijo:

-Que me maten si no estamos ya en el lugar del fuego, o bien cerca, porque una gran parte de mi barba se me ha chamuscado, y estoy, señor, por descubrirme y ver en qué parte estamos.

-No hagas tal -respondió don Quijote-, y acuérdate del verdadero cuento del licenciado Torralba, a quien llevaron los diablos en volandas por el aire, caballero en una caña, cerrados los ojos, y en doce horas llegó a Roma, y se apeó en Torre de Nona, que es una calle de la ciudad, y vio todo el fracaso y asalto y muerte de Borbón, y por la mañana ya estaba de vuelta en Madrid, donde dio cuenta de todo lo que había visto; el cual asimismo dijo que cuando iba por el aire le mandó el diablo que abriese los ojos, y los abrió, y se vio tan cerca, a su parecer, del cuerpo de la luna, que la pudiera asir con la mano, y que no osó mirar a la tierra por no desvanecerse. Así que, Sancho, no hay para qué descubrirnos; que, el que nos lleva a cargo, él dará cuenta de nosotros, y quizá vamos tomando puntas y subiendo en alto para dejarnos caer de una sobre el reino de Candaya, como hace el sacre o neblí sobre la garza para cogerla, por más que se remonte; y, aunque nos parece que no ha media hora que nos partimos del jardín, creéme que debemos de haber hecho gran camino.

-No sé lo que es -respondió Sancho Panza-, sólo sé decir que si la señora Magallanes o Magalona se contentó destas ancas, que no debía de ser muy tierna de carnes.

Todas estas pláticas de los dos valientes oían el duque y la duquesa y los del jardín, de que recibían estraordinario contento; y, queriendo dar remate a la estraña y bien fabricada aventura, por la cola de Clavileño le pegaron fuego con unas estopas, y al punto, por estar el caballo lleno de cohetes tronadores, voló por los aires, con estraño ruido, y dio con don Quijote y con Sancho Panza en el suelo, medio chamuscados.

 

 

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18 de Agosto - 2016

Capítulo IV de la Primera Parte

“Apenas los divisó don Quijote, cuando se imaginó ser cosa de nueva aventura; y, por imitar en todo cuanto a él le parecía posible los pasos que había leído en sus libros, le pareció venir allí de molde uno que pensaba hacer. Y así, con gentil continente y denuedo, se afirmó bien en los estribos, apretó la lanza, llegó la adarga al pecho, y, puesto en la mitad del camino, estuvo esperando que aquellos caballeros andantes llegasen, que ya él por tales los tenía y juzgaba; y, cuando llegaron a trecho que se pudieron ver y oír, levantó don Quijote la voz, y con ademán arrogante dijo:

-Todo el mundo se tenga, si todo el mundo no confiesa que no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso.

Paráronse los mercaderes al son de estas razones, y a ver la extraña figura del que las decía; y, por la figura y por las razones, luego echaron de ver la locura de su dueño; mas quisieron ver despacio en qué paraba aquella confesión que se les pedía, y uno de ellos, que era un poco burlón y muy mucho discreto, le dijo:

-Señor caballero, nosotros no conocemos quién sea esa buena señora que decís; mostrádnosla: que si ella fuere de tanta hermosura como significáis, de buena gana y sin apremio alguno confesaremos la verdad que por parte vuestra nos es pedida.

-Si os la mostrara -replicó don Quijote-, ¿qué hiciérades vosotros en confesar una verdad tan notoria? La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender; donde no, conmigo sois en batalla, gente descomunal y soberbia. Que, ahora vengáis uno a uno, como pide la orden de caballería, ora todos juntos, como es costumbre y mala usanza de los de vuestra ralea, aquí os aguardo y espero, confiado en la razón que de mi parte tengo.

-Señor caballero -replicó el mercader-, suplico a vuestra merced, en nombre de todos estos príncipes que aquí estamos, que, porque no encarguemos nuestras conciencias confesando una cosa por nosotros jamás vista ni oída, y más siendo tan en perjuicio de las emperatrices y reinas del Alcarria y Extremadura, que vuestra merced sea servido de mostrarnos algún retrato de esa señora, aunque sea tamaño como un grano de trigo; que por el hilo se sacará el ovillo, y quedaremos con esto satisfechos y seguros, y vuestra merced quedará contento y pagado; y aun creo que estamos ya tan de su parte que, aunque su retrato nos muestre que es tuerta de un ojo y que del otro le mana bermellón y piedra azufre, con todo eso, por complacer a vuestra merced, diremos en su favor todo lo que quisiere.”

 

La segunda aventura que le sucede a Don Quijote en su primera salida, recién armado caballero en la venta que él consideró castillo, nos plantea  el contraste entre la  visión literaria de una sociedad idealizada, aprendida en los libros de caballería y la realidad pura y dura en la que  va entrando  España. Si en la primera aventura la contraposición se dará con el rico Haldudo, que ni por linaje ni por sus obras tiene nada de caballero; ahora a quienes de nuevo confunde con caballeros es nada menos que a unos mercaderes de Toledo.

No es que no pueda haber caballeros entre los mercaderes, pero no era ni su oficio ni su razón de estado. Los mercaderes iban a comprar mercancía para  venderla luego en su ciudad. No están realizando ninguna acción ni moral ni socialmente  reprobable. No va a arremeter contra ellos para deshacer un entuerto sino para exigirles  una concepción de la vida que había desaparecido  en Europa doscientos años antes y que el género novelesco  aspiró a conservar en su mundo de  ficción.

Cervantes ridiculiza las aventuras de nuestro héroe,  pero no puede ocultar su íntima nostalgia ni admiración por ese mundo desaparecido, pero admirable. De la doble y contradictoria vivencia de estos sentimientos, surge el humor cervantino.  La originalidad fue mantener rediviva  la caballería idealizada en la mente de un hidalgo de la Mancha  y  enfrentarla a una realidad opuesta en la que solo es asumible y aun con desconfianza,  lo que se percibe  por  los sentidos. Lo demás  no existe, por prestigiosa que sea la autoridad que la avale; aunque poco después,  en pleno barroco, también los sentidos nos pueden engañar.

Lo que don Quijote plantea a los mercaderes no como cuestión ingeniosa de  naturaleza lúdica o de simple pasatiempo, sino a vida o muerte,  es que por el mero hecho de proclamar su aserto  un caballero, su afirmación no puede ser puesta en duda, porque desmoronaría la razón más íntima de ser caballero: la veracidad de su palabra, la honestidad sin engaño de su vivir.  Y esta confesión  nada menos que se la plantea a unos mercaderes, que por oficio han de desconfiar de lo evidente, cuánto más de lo dudoso.

Lo cómico consiste en pedir un imposible a quien por maña y oficio no te lo puede dar, ni siquiera tratándose de un asunto, que en ánimos menos puntillosos ni  proclives a la sorna, hubieran podido condescender, ya que no seguirle la corriente al loco, no les podía acarrear provecho alguno. De mercaderes es el dicho de que donde no se saca beneficio está asegurada la pérdida. Pero no. Uno de ellos, que era un poco burlón y un mucho discreto, por su buen argumentar, entra en el juego; y, con gran riesgo  de desencadenar un percance mayor, nada menos que  posibilita la contraposición paradigmática entre el modo de razonar de El Caballero; y la actitud pragmática  del mundo contemporáneo: “que vuestra merced sea servido de mostrarnos algún retrato de esa señora, aunque sea tamaño como un grano de trigo; que por el hilo se sacará el ovillo, y quedaremos con esto satisfechos y seguros”. Antítesis  del razonar de Don Quijote: “Si os la mostrara  ¿qué hicierais vosotros en confesar una verdad tan notoria? La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender”.

En el fondo Cervantes está señalando la escasa valoración de la palabra dada, de la palabra como signo de verdad y no como signo inútil, por culpa del recelo, del engaño, y de la mentira.  Y lo que es más lamentable: rechazamos la existencia de valores que no se pueden ni palpar, ni constatar por los sentidos ni recogerlos en los cestillos de la utilidad. Nos reímos por la comicidad de la escena. Pero como decía el poeta alemán Heine, en el fondo del alma se nos escapa una lágrima. En eso radica el humor cervantino.

De  la aventura todavía me abochornan más las últimas palabras que pronuncia el mercader. Son burla, claro; pero no dejan de ser iluminadoras del escaso aprecio que nuestro mundo tiene por la verdad.  “y aun creo que estamos ya tan de su parte que, aunque su retrato nos muestre que es tuerta de un ojo y que del otro le mana bermellón y piedra azufre, con todo eso, por complacer a vuestra merced, diremos en su favor todo lo que quisiere”. Conocida la verdad, será posible por halagarle, mentir.

El final de la aventura anuncia la sucesión de calamidades que le han de convertir en “El Caballero de la triste Figura”. Derribado de Rocinante, molido a palos y tendido pero gritando: “Non fuyades cobardes”. Inasequible al desaliento.

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21 de Julio - 2016

                   Evocando a la Virgen del Carmen, como venimos haciendo en el programa de hoy,  nos asomamos en el Quijote a un momento en el que se reflexiona sobre la ficción o la realidad de Dulcinea del Toboso, la dama de Don Quijote, plenitud de hermosura y virtud, mujer perfecta que motiva los amores fidelísimos y castos de Don Quijote. Se halla en el capítulo 32 de la 2ª parte.

 

                   El racionalismo del mundo contemporáneo solo acepta verdades que se puedan medir y contar. ¿Qué mérito tendría proclamar la sublime belleza de Dulcinea, si en lugar de por un acto de fe, la hubiéramos visto aunque fuera en una diminuta miniatura?, argumenta Don Quijote en su aventura con los galeotes. Los grandes valores del espíritu humano están por encima de la constatación  y contraste experimental. 

 

                   Para quien tiene la certeza de los Ideales, Dulcinea existe con más realidad que la aldeana Aldonza Lorenzo. Están nuestros corazones necesitados de esperanzas acordes con lo que en nuestro interior echamos en falta, aunque el escepticismo contemporáneo se burle de creencias. Quien sabe del amor misericordioso de Dios, quien conoce el cuidado atento de una Madre como La Virgen María, sabe que no son  palabrería embaucadora las promesas de los nueve primeros viernes, ni el escapulario ni la promesa sabatina. Don Quijote lo sabe; como nosotros  la bondad de Nuestro Dios y la misericordia de su Madre.

                    

                   La transformación que está  teniendo lugar en  la sociedad del siglo XVI  es tan  radical que es comprensible que  a un hidalgo de la Mancha, que se ha propuesto restablecer el mundo espiritual perdido, le parezca evidente que todo lo que está ocurriendo sea achacable a unos encantadores malignos que no soportan ni el bien, ni la virtud en nada y menos la hermosura alzada sobre la virtud. 

                    

                   Puede parecer un salirse del enredo por una puerta tan fácil como falsa, lo que en el teatro se llama “deus ex machina” y que se utilizaba en el teatro griego y romano, cuando una  especie de grúa (machina) introducía una divinidad (deus) para resolver una situación de modo inesperado.

                    

                   No,  no se trata de eso. Es el reflejo  de una concepción de la vida que acepta la existencia de seres visibles o invisibles que buscan nuestra perdición y que fracasemos en la gran aventura de la vida.

 

                   Don Quijote lo arguye  en  dependencia  directa de las novelas de  caballería; pero a su vez, en el momento postrero, Don Alonso Quijano, lo acepta  como buen cristiano. La separación del mundo terrenal del sobrenatural es un hecho en la cultura dominante desde el Renacimiento.

                    

                   Dos cuestiones del arte de la creación literaria sobresalen en este fragmento. La primera, la insistencia con que los Duques se refieren a la publicación de la primera parte como un libro de Historia y no como una novela, detalle de una de las preocupaciones constantes de Cervantes a lo largo de Don Quijote: narración verdadera, no creación fantástica. Los trucos del escritor para hacer crónica y no fábula son ingeniosos y admirables. En este pasaje mientras oímos hablar de la “historia” publicada en imprenta recientemente (1605) Don Quijote y Sancho se mueven en este lado de la existencia como si fueran uno más entre los que vivimos; están realizando las aventuras que poco después hemos de leer tras la publicación de la 2ª Parte (1615). Ficción y vida intercambian sus posiciones.  Para don Miguel la literatura, lo mismo que para Aristóteles, era algo más que una cuestión de entretenimiento o de evasión.

                   La segunda cuestión tiene que ver con el modo como afronta Cervantes la creación de sus personajes. Los más parecen sacados de la misma sociedad aunque se disfracen de personajes fantásticos, moldeados como Don Quijote según el canon del héroe caballeresco. El caso de Dulcinea, es un reto todavía mayor, nos permite  constatar que el autor era todo menos un ingenio lego.

                    

                   En efecto: ¿Es Dulcinea un personaje de ficción, “esta tal señora no es en el mundo, sino que es dama fantástica, que vuestra merced la engendró y parió en su entendimiento”, como se dice en el texto?

                    

                   Todos los personajes que aparecen en una obra literaria, por muy verosímiles, incluso iguales a otros de carne y hueso que hemos conocido o que hayan tenido existencia en nuestro mundo, son seres de ficción, sin más realidad que la de ser entes en la razón de su creador y sin otro escenario que el del espacio de la escritura.

                    

                   Hemos admitido, por referirme sólo a los protagonistas, que don Quijote y Sancho son dos españoles que en el capítulo seleccionado viven como  si estuvieran en la España gobernada por Felipe III. ¿Ocurre lo mismo con Dulcinea?  El interrogatorio  a Don Quijote por parte de los Duques no puede ser más perspicaz. Uno y otro esposos deducen de la “historia” publicada  que  nunca  el caballero la ha visto en persona, “que la parió en su entendimiento y por eso la pintó no como era, sino como quiso”. Aun aceptando su existencia, dos obstáculos se oponen para hacerla creíble: su dudoso linaje y las bajas acciones que, según Sancho contó,  realizaba Dulcinea “ahechando” trigo de baja calidad, rubión.

                    

                   La respuesta de Don Quijote es cuando menos  desconcertante. “Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, o si es fantástica o no es fantástica; y estas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo”. Sólo Dios lo sabe. Mejor no averiguarlo hasta el cabo. ¿Cómo puede ser que esta sea la respuesta? La clave parece hallarse en la segunda parte de la argumentación: “Ni yo engendré ni parí a mi señora, puesto que la contemplo como conviene que sea una dama que contenga en sí las partes que puedan hacerla famosa en todas las del mundo, como son hermosa sin tacha, grave sin soberbia, amorosa con honestidad, agradecida por cortés, cortés por bien criada, y, finalmente, alta por linaje”. La verdad de su existencia se demuestra no en engendrar ni parir, sino en  la contemplación de su ser en el grado supremo de la perfección, y por lo tanto también existiendo, porque, si no, carecería del atributo que la convierte en acabada y perfecta.  ¿Recordáis el argumento ontológico de San Anselmo? Recordáis el argumento de Descartes en el Discurso del método? Pensar la perfección arguye de su existencia. Vaya por Dios: Don Quijote se ha convertido en cartesiano con una antelación de veinte años. Vivir para ver.

 

“—No hay más que decir —dijo la duquesa—. Pero si, con todo eso, hemos de dar crédito a la historia que del señor don Quijote de pocos días a esta parte ha salido a la luz del mundo, con general aplauso de las gentes, de ella se colige, si mal no me acuerdo, que nunca vuestra merced ha visto a la señora Dulcinea, y que esta tal señora no es en el mundo, sino que es dama fantástica, que vuestra merced la engendró y parió en su entendimiento, y la pintó con todas aquellas gracias y perfecciones que quiso..

—En eso hay mucho que decir —respondió don Quijote—. Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, o si es fantástica o no es fantástica; y estas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo. Ni yo engendré ni parí a mi señora, puesto que la contemplo como conviene que sea una dama que contenga en sí las partes que puedan hacerla famosa en todas las del mundo, como son hermosa sin tacha, grave sin soberbia, amorosa con honestidad, agradecida por cortés, cortés por bien criada, y, finalmente, alta por linaje, a causa que sobre la buena sangre resplandece y campea la hermosura con más grados de perfección que en las hermosas humildemente nacidas.

—Así es —dijo el duque—, pero hame de dar licencia el señor don Quijote para que diga lo que me fuerza a decir la historia que de sus hazañas he leído, de donde se infiere que, puesto que se conceda que hay Dulcinea en el Toboso, o fuera de él, y que sea hermosa en el sumo grado que vuestra merced nos la pinta, en lo de la alteza del linaje no corre parejas con las Orianas, con las Alastrajareas, con las Madasimas, ni con otras de este jaez de quien están llenas las historias que vuestra merced bien sabe.

—A eso puedo decir —respondió don Quijote— que Dulcinea es hija de sus obras, y que las virtudes adoban la sangre, y que en más se ha de estimar y tener un humilde virtuoso que un vicioso levantado, cuanto más que Dulcinea tiene un jirón que la puede llevar a ser reina de corona y cetro; que el merecimiento de una mujer hermosa y virtuosa a hacer mayores milagros se extiende, y, aunque no formalmente, virtualmente tiene en sí encerradas mayores venturas

—Digo, señor don Quijote —dijo la duquesa—, que en todo cuanto vuestra merced dice va con pie de plomo y, como suele decirse, con la sonda en la mano; y que yo desde aquí adelante creeré y haré creer a todos los de mi casa, y aun al duque mi señor, si fuere menester, que hay Dulcinea en el Toboso, y que vive hoy día, y es hermosa, y principalmente nacida, y merecedora de que un tal caballero como es el señor don Quijote la sirva, que es lo más que puedo ni sé encarecer. Pero no puedo dejar de formar un escrúpulo y tener algún no sé qué de ojeriza contra Sancho Panza: el escrúpulo es que dice la historia referida que el tal Sancho Panza halló a la tal señora Dulcinea, cuando de parte de vuestra merced le llevó una epístola, ahechando un costal de trigo, y por más señas dice que era rubión, cosa que me hace dudar en la alteza de su linaje.”

7 de Julio - 2016

2 de Junio - 2016

Capítulo LVIII de la segunda parte

      Y llegamos ya a nuestra sección conclusiva: Lecciones del Quijote.

   Que yo tenga constancia, en el Quijote no aparece tratado el sacramento de la Eucaristía, sí el del matrimonio, el orden sacerdotal al menos indirectamente y el sacramento de la unción de los enfermos. Y no porque Cervantes no fuera devoto, pues en 1607 se hizo miembro de los esclavos del Santísimo Sacramento y conocemos algunas poesías entresacadas de sus obras como esta, tan sencilla y delicada como certera en la confesión de su fe:

Si en pan tan soberano,

se recibe al que mide cielo y tierra;

si el Verbo, la Verdad, la Luz, la Vida

en este pan se encierra;

si Aquel por cuya mano

se rige el cielo, es el que convida

con tan dulce comida

en tan alegre día.

 

¡Oh cosa maravillosa!

Convite y quien convida es una cosa,

alégrate, alma mía,

pues tienes en el suelo

tan blanco y tan lindo pan como en el cielo.

 

Os he seleccionado un fragmento del Quijote que habla del agradecimiento, sentimiento virtuoso que debe acompañar la eucaristía.

Tengo entendido que el capítulo LVIII de la segunda parte está repleto de rincones fecundos en los que aparecen lecciones estéticas, educativas y morales que nos puede brindar una lectura atenta, sin necesidad de elevarse a la hondura de los expertos estudiosos de las maravillas que  don Miguel de Cervantes reserva a los entendidos.

A lo largo de todo el capítulo, encontramos un Don Quijote sensato  en sus sentencias, atinado en sus observaciones, prudente en su comportamiento.  Las aventuras,  aunque alguna arriesgada y adversa, como su encuentro con los toros de un  encierro,  no lo son  tanto que nos dejen a los protagonistas descalabrados y necesitados del bálsamo mágico de Fierabrás. El mejor resumen nos lo brinda el sagaz Sancho:

“-Digan vuestras mercedes, señores pastores: ¿hay cura de aldea, por discreto y por estudiante que sea, que pueda decir lo que mi amo ha dicho, ni hay caballero andante, por más fama que tenga de valiente, que pueda ofrecer lo que mi amo aquí ha ofrecido?”. Aunque sus atinadas afirmaciones le hayan ocasionado una reprimenda enojada a Sancho:           “-¿Quién te mete a ti en mis cosas y en averiguar si soy discreto o majadero? Calla y no me repliques, sino ensilla, si está desensillado Rocinante”. Pero Sancho tiene razón. Don Quijote resume la sabiduría de un clérigo y la hidalguía caballeresca del más afamado caballero que haya existido.

Lo están pasando agradablemente entre aquellas familias que han decidido vivir unos días en el monte, a la usanza de los pastores idealizados de la Arcadia mítica. Pero lo suyo es pelear, acudir al remedio de quienes están necesitados de su lanza. Cualquiera le hubiera aconsejado que descansara entre personas tan gratas; que cada día trae su afán, y que nada mejor que reconfortar sus fantasías con personas que restauran ideales no menos imposibles que los de la caballería. Recordad su novelita ejemplar “El coloquio de los perros” y sus diálogos y descripciones de la cruda realidad de los pastores frente  al mundo soñado.

Tiene que partir,  pero previamente nos deja una perla  para todo el que esté preocupado por la educación de la juventud: aprender a ser agradecidos.

Se dice que los españoles del siglo XVII eran, si no filósofos, teólogos. Se afirma al ver el entusiasmo con que vivían las representaciones de los “autos sacramentales” no asequibles a quienes ignorasen aspectos doctrinales de la Iglesia católica tan profundos y matizados como los sacramentos, la gracia, la redención o el pecado original, por poner unos ejemplos.

Aquí  tenéis la muestra: Don Quijote  entra en el juego de una disquisición teológica. ¿Existe un pecado más grande que el de ser desagradecidos? Cualquiera le hubiera respondido que el mayor de todos es el de la soberbia. La respuesta de Don Quijote nos matiza la pregunta. No lo llama más grande por ser el que más ofende a Dios en intensidad sino en cantidad. No emplea en su argumentación una cita libresca. Arguye con un dicho popular: “de los desagradecidos está lleno el infierno”.

Conociendo a Don Quijote no cabe poner en duda su afirmación de que es un pecado que no figura en su conciencia, desde que tiene uso de razón. El análisis que realiza  es muy ilustrativo  de un mundo social en el que todo estaba impregnado de los ideales del Evangelio. El agradecimiento exige mucho más que el corresponder con unas palabras corteses. El reconocimiento del bien que otros han hecho en ti exige estar dispuesto a pagar con moneda  semejante; y si no es posible, publicando con ocasión y sin ella, los bienes que se nos han otorgado.

El salto desde la cotidianidad a la mirada sobrenatural, intercalándolo en medio de una conversación ordinaria, nos muestra la finura del alma de Don Quijote. La fuerza de su razonamiento es su referencia a nuestra relación de agradecimiento  con Dios, “porque por la mayor parte los que reciben son inferiores a los que dan, y así es Dios sobre todos, porque es dador sobre todos, y no pueden corresponder las dádivas del hombre a las de Dios con igualdad, por infinita distancia, y esta estrechez y cortedad en cierto modo la suple el agradecimiento.” Sólo el agradecimiento puede suplir la desigualdad de Dios respecto al hombre.  Aceptar la premisa de que quien recibe es inferior al que da, reconduce el análisis  a la verdad puesta en duda verbal en el inicio. Con la soberbia nos hemos topado. El agradecimiento exige reconocimiento y humildad. Las dádivas del hombre no pueden nunca corresponder a las de Dios. Pero sí el agradecimiento.

La consideración final cierra el asunto. Su hablar no ha sido “moco de pavo”: “Yo, pues, agradecido a la merced que aquí se me ha hecho, no pudiendo corresponder a la misma medida, conteniéndome en los estrechos límites de mi poderío, ofrezco lo que puedo y lo que tengo de mi cosecha”.

 “Juntáronse en aquel sitio más de treinta personas, todas bizarramente de pastores y pastoras vestidas, y en un instante quedaron enteradas de quiénes eran don Quijote y su escudero, de que no poco contento recibieron, porque ya tenían dél noticia por su historia. Acudieron a las tiendas, hallaron las mesas puestas, ricas, abundantes y limpias; honraron a don Quijote dándole el primer lugar en ellas; mirábanle todos y admirábanse de verle. Finalmente, alzados los manteles, con gran reposo alzó don Quijote la voz y dijo:

—Entre los pecados mayores que los hombres cometen, aunque algunos dicen que es la soberbia, yo digo que es el desagradecimiento, ateniéndome a lo que suele decirse: que de los desagradecidos está lleno el infierno. Este pecado, en cuanto me ha sido posible, he procurado yo huir desde el instante que tuve uso de razón, y si no puedo pagar las buenas obras que me hacen con otras obras, pongo en su lugar los deseos de hacerlas, y cuando estos no bastan, las publico, porque quien dice y publica las buenas obras que recibe, también las recompensara con otras, si pudiera; porque por la mayor parte los que reciben son inferiores a los que dan, y así es Dios sobre todos, porque es dador sobre todos, y no pueden corresponder las dádivas del hombre a las de Dios con igualdad, por infinita distancia, y esta estrechez y cortedad en cierto modo la suple el agradecimiento. Yo, pues, agradecido a la merced que aquí se me ha hecho, no pudiendo corresponder a la misma medida, conteniéndome en los estrechos límites de mi poderío, ofrezco lo que puedo y lo que tengo de mi cosecha; y, así, digo que sustentaré dos días naturales, en mitad de ese camino real que va a Zaragoza, que estas señoras zagalas contrahechas que aquí están son las más hermosas doncellas y más corteses que hay en el mundo, exceptuando solo a la sin par Dulcinea del Toboso, única señora de mis pensamientos, con paz sea dicho de cuantos y cuantas me escuchan.

Oyendo lo cual Sancho, que con grande atención le había estado escuchando, dando una gran voz dijo:

—¿Es posible que haya en el mundo personas que se atrevan a decir y a jurar que este mi señor es loco? Digan vuestras mercedes, señores pastores: ¿hay cura de aldea, por discreto y por estudiante que sea, que pueda decir lo que mi amo ha dicho, ni hay caballero andante, por más fama que tenga de valiente, que pueda ofrecer lo que mi amo aquí ha ofrecido?”

 

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19 de Mayo - 2016

El milagro de Lela Marién:

La Historia del cautivo (capítulos  39 a 42 de la 1ª parte)

       

 

     Estamos en la estela de las celebraciones y recuerdos que se han dirigido a Cervantes con ocasión del aniversario de su muerte. Como saben nuestros oyentes, durante todo este año 2016, nuestro programa se cierra con la sección “Lecciones del Quijote”, en homenaje al caballero cristiano Miguel de Cervantes, autor de la “Suma” de la literatura castellana.

         Se suele repetir en los manuales de literatura que las cinco novelitas breves que aparecen en la primera parte de Don Quijote aparecen como forzadas. Es verdad que parecen paréntesis que a primera vista rompen el hilo de la narración. Don Quijote, según estos críticos, se convierte de protagonista en testigo de lo narrado.

         Nunca tuve por acertada esta opinión. Independientemente de que son joyas en el arte de la narración, valiosas por sí mismas, a veces se nos olvida que el Quijote está reflejando una sociedad en cambio y en  tensión.

         Es importante recalcar que Cervantes ofrece una reflexión crítica de su tiempo y de esta “Europa de los mercaderes”, de una modernidad secularizada que mira sólo al triunfo de los intereses y ambiciones mundanas... Una Europa, por cierto, que es la nuestra también. El mundo social de La Celestina es el que motiva al hidalgo Alonso Quijano, a echarse al monte para restaurar el mundo idealizado de la caballería andante por parecerle un  desastre lo que veía a su alrededor.

         Por ejemplo, le dice Don Quijote a Sancho al verle contrariado por el tipo de comidas que se ven obligados a hacer en medio de la naturaleza:

         -“Así que, Sancho amigo, no te congoje lo que a mí me da gusto. Ni querrás tú hacer mundo nuevo, ni sacar la caballería andante de sus quicios”.

         La novelita pastoril de los capítulos XI a XIV de la primera parte, al contarnos los amores de Crisóstomo y Marcela, nos pone en contraste con el mundo exigente de la Caballería. Así, frente a un mundo que no nos gusta, existe la opción  de la evasión, de vivir en medio de la naturaleza ajenos al mundo que los rodea y, como le dirán al final de la novela, para vivir como príncipes.

         Otro tanto ocurre con la “novela del cautivo” pero en dirección contraria. La historia del cautivo nos pone a la vista algo más doloroso y dramático, que Cervantes conoció en su carne. Más de 25.000 cristianos están sometidos a la esclavitud en Argel, Túnez o Constantinopla. En la historia de la morisca, al final de la segunda parte, después de haber sido Don Quijote derrotado en las playas de Barcelona, todavía ofrece su espada para librar definitivamente a tanto cautivo.

         Estas narraciones sirven de contrapunto. Nos dan idea del mundo dramático que vive España: en el norte, por la fragmentación de la cristiandad, y en el Mediterráneo por la inseguridad que las incursiones de los corsarios musulmanes producían en las ciudades costeras.

         En este mes de María nos pareció oportuno seleccionar un fragmento de la Historia del cautivo (capítulos  39 al 42 de la primera parte) en que la mora Zoraida -bellísima doncella y única heredera del hombre más rico de Argel- nos cuenta su conversión al catolicismo y cómo se las ingenió para huir a España en compañía de Ruy Pérez de Viedma, el capitán cautivo, que contará la peregrina historia y la no menos peregrina de Zoraida quien eligió María, como nuevo nombre tras su bautismo.

“Leímos el papel, y decía así:

         Cuando yo era niña, tenía mi padre una esclava, la cual en mi lengua me mostró la zalá cristianesca, y me dijo muchas cosas de Lela Marién (la Virgen María). La cristiana murió, y yo sé que no fue al fuego, sino con Alá, porque después la vi dos veces, y me dijo que me fuese a tierra de cristianos a ver a Lela Marién, que me quería mucho. No sé yo cómo vaya: muchos cristianos he visto por esta ventana, y ninguno me ha parecido caballero sino tú. Yo soy muy hermosa y muchacha, y tengo muchos dineros que llevar conmigo: mira tú si puedes hacer cómo nos vamos, y serás allá mi marido, si quisieres, y si no quisieres, no se me dará nada, que Lela Marién me dará con quien me case. Yo escribí esto; mira a quién lo das a leer: no te fíes de ningún moro, porque son todos marfuces. Desto tengo mucha pena: que quisiera que no te descubrieras a nadie, porque si mi padre lo sabe, me echará luego en un pozo, y me cubrirá de piedras. En la caña pondré un hilo: ata allí la respuesta; y si no tienes quien te escriba arábigo, dímelo por señas, que Lela Marién hará que te entienda. Ella y Alá te guarden, y esa cruz que yo beso muchas veces; que así me lo mandó la cautiva.

 

         »Mirad, señores, si era razón que las razones deste papel nos admirasen y alegrasen. Y así, lo uno y lo otro fue de manera que el renegado entendió que no acaso se había hallado aquel papel, sino que realmente a alguno de nosotros se había escrito; y así, nos rogó que si era verdad lo que sospechaba, que nos fiásemos dél y se lo dijésemos, que él aventuraría su vida por nuestra libertad. Y, diciendo esto, sacó del pecho un crucifijo de metal, y con muchas lágrimas juró por el Dios que aquella imagen representaba, en quien él, aunque pecador y malo, bien y fielmente creía, de guardarnos lealtad y secreto en todo cuanto quisiésemos descubrirle, porque le parecía, y casi adivinaba que, por medio de aquella que aquel papel había escrito, había él y todos nosotros de tener libertad, y verse él en lo que tanto deseaba, que era reducirse al gremio de la Santa Iglesia, su madre, de quien como miembro podrido estaba dividido y apartado por su ignorancia y pecado.

 

         »Con tantas lágrimas y con muestras de tanto arrepentimiento dijo esto el renegado, que todos de un mesmo parecer consentimos, y venimos en declararle la verdad del caso; y así, le dimos cuenta de todo, sin encubrirle nada. Mostrámosle la ventanilla por donde parecía la caña, y él marcó desde allí la casa, y quedó de tener especial y gran cuidado de informarse quién en ella vivía. Acordamos, ansimesmo, que sería bien responder al billete de la mora; y, como teníamos quien lo supiese hacer, luego al momento el renegado escribió las razones que yo le fui notando, que puntualmente fueron las que diré, porque de todos los puntos sustanciales que en este suceso me acontecieron, ninguno se me ha ido de la memoria, ni aun se me irá en tanto que tuviere vida.

 

         »En efeto, lo que a la mora se le respondió fue esto:

         El verdadero Alá te guarde, señora mía, y aquella bendita Marién, que es la verdadera madre de Dios y es la que te ha puesto en el corazón que te vayas a tierra de cristianos, porque te quiere bien. Ruégale tú que se sirva de darte a entender cómo podrás poner por obra lo que te manda, que ella es tan buena que sí hará. De mi parte y de la de todos estos cristianos que están conmigo, te ofrezco de hacer por ti todo lo que pudiéremos, hasta morir. No dejes de escribirme y avisarme lo que pensares hacer, que yo te responderé siempre; que el grande Alá nos ha dado un cristiano cautivo que sabe hablar y escribir tu lengua tan bien como lo verás por este papel. Así que, sin tener miedo, nos puedes avisar de todo lo que quisieres. A lo que dices que si fueres a tierra de cristianos, que has de ser mi mujer, yo te lo prometo como buen cristiano; y sabe que los cristianos cumplen lo que prometen mejor que los moros. Alá y Marién, su madre, sean en tu guarda, señora mía.

 

         »Escrito y cerrado este papel, aguardé dos días a que estuviese el baño solo, como solía, y luego salí al paso acostumbrado del terradillo, por ver si la caña parecía, que no tardó mucho en asomar. Así como la vi, aunque no podía ver quién la ponía, mostré el papel, como dando a entender que pusiesen el hilo, pero ya venía puesto en la caña, al cual até el papel, y de allí a poco tornó a parecer nuestra estrella, con la blanca bandera de paz del atadillo. Dejáronla caer, y alcé yo, y hallé en el paño, en toda suerte de moneda de plata y de oro, más de cincuenta escudos, los cuales cincuenta veces más doblaron nuestro contento y confirmaron la esperanza de tener libertad.

 

         »Aquella misma noche volvió nuestro renegado, y nos dijo que había sabido que en aquella casa vivía el mesmo moro que a nosotros nos habían dicho que se llamaba Agi Morato, riquísimo por todo extremo, el cual tenía una sola hija, heredera de toda su hacienda, y que era común opinión en toda la ciudad ser la más hermosa mujer de la Berbería; y que muchos de los virreyes que allí venían la habían pedido por mujer, y que ella nunca se había querido casar; y que también supo que tuvo una cristiana cautiva, que ya se había muerto; todo lo cual concertaba con lo que venía en el papel. Entramos luego en consejo con el renegado, en qué orden se tendría para sacar a la mora y venirnos todos a tierra de cristianos, y, en fin, se acordó por entonces que esperásemos el aviso segundo de Zoraida, que así se llamaba la que ahora quiere llamarse María; porque bien vimos que ella, y no otra alguna era la que había de dar medio a todas aquellas dificultades. Después que quedamos en esto, dijo el renegado que no tuviésemos pena, que él perdería la vida o nos pondría en libertad.

 

         »Cuatro días estuvo el baño con gente, que fue ocasión que cuatro días tardase en parecer la caña; al cabo de los cuales, en la acostumbrada soledad del baño, pareció con el lienzo tan preñado, que un felicísimo parto prometía. Inclinóse a mí la caña y el lienzo, hallé en él otro papel y cien escudos de oro, sin otra moneda alguna. Estaba allí el renegado, dímosle a leer el papel dentro de nuestro rancho, el cual dijo que así decía:

 

         Yo no sé, mi señor, cómo dar orden que nos vamos a España, ni Lela Marién me lo ha dicho, aunque yo se lo he preguntado. Lo que se podrá hacer es que yo os daré por esta ventana muchísimos dineros de oro: rescataos vos con ellos y vuestros amigos, y vaya uno en tierra de cristianos, y compre allá una barca y vuelva por los demás; y a mí me hallarán en el jardín de mi padre, que está a la puerta de Babazón, junto a la marina, donde tengo de estar todo este verano con mi padre y con mis criados. De allí, de noche, me podréis sacar sin miedo y llevarme a la barca; y mira que has de ser mi marido, porque si no, yo pediré a Marién que te castigue. Si no te fías de nadie que vaya por la barca, rescátate tú y ve, que yo sé que volverás mejor que otro, pues eres caballero y cristiano. Procura saber el jardín, y cuando te pasees por ahí sabré que está solo el baño, y te daré mucho dinero. Alá te guarde, señor mío.”

5 de Mayo - 2016

Los consejos antes de se ser gobernador Sancho

(Parte II, cap. XLII)

 

El cuarto centenario de la muerte de Don Miguel de Cervantes es una ocasión propicia para ver también en la más egregia obra cervantina uno de los más luminosos libros católicos que se han escrito.

Sí, el Quijote es también un libro católico. Y no, no es una obra de piedad. Pero si es, entre otras cosas, un magnífico monumento de humanismo cristiano. Es una Suma literaria sobre la condición humana, una mirada a la vez sabia, emotiva, inteligente, melancólica y visionaria, que cabalga entre el tiempo de los caballeros y el de los mercaderes, y que brota, ante todo, de una conciencia cristiana que capta con preocupación la gravedad del momento histórico que vive.

Dicho de otro modo, y concretando, estamos hablando de una contraposición de fondo entre Cervantes y Maquiavelo.

Nos van a permitir citar aquí un fragmento del libro El príncipe, de Maquiavelo, prototipo del pragmatismo político y moral, e inspirador de la política de nuestros días en muchos aspectos:

“Todos sabemos cuán digno de ala­banza es que el príncipe mantenga la fe dada y viva con integridad y sin astucia. Pero la experiencia de nuestros tiempos nos dice que los príncipes que han hecho grandes cosas son los que menos han mante­nido su palabra y con la astucia han sabido engañar a los hombres, su­perando en fin de cuentas a quienes ponen sus fundamentos en la lealtad.

...Es cosa que conviene entender bien: que un príncipe, sobre todo un príncipe nuevo, no debe obser­var todo lo que hace que los hom­bres sean tenidos por buenos, por­que en ocasiones, para defender su Estado, necesitará actuar contra la lealtad, contra la caridad, la huma­nidad y la religión. Tiene que con­tar con un ánimo dispuesto a mo­verse según sople el viento de la fortuna e impongan las diferentes circunstancias, sin apartarse del bien -si es posible- pero sabiendo también entrar en el mal, si es ne­cesario...

Haga el príncipe cuanto deba por dominar y conservar el Estado, que los medios siempre serán considera­dos justos y alabados por todos; pues al vulgo lo convencen las apa­riencias y el resultado de cada cosa.” (El Príncipe, cap. XVIII)

Veamos ahora el contraste, la diferente visión acerca de la vida y de la política que encontramos en la pluma y en la conciencia moral de Don Miguel de Cervantes... Nos encontramos en el capítulo 42 de la 2ª parte del Quijote. La cruel chanza de los duques les lleva a conceder a Sancho Panza el gobierno de una ínsula. Don Quijote se apresta a ofrecerle consejo para el gobierno de los asuntos públicos y de su persona, y ambas cosas, esto es notable, con la misma vara de medir, y no con dos morales o con la ley del embudo.

Es posiblemente una de las más sabias páginas que jamás se hayan escrito:

     “Infinitas gracias doy al cielo, Sancho amigo, de que antes y primero que yo haya encontrado alguna buena dicha, te haya salido a ti a recibir y encontrar la buena ventura... No atribuyas a tus merecimientos la merced recibida, sino da gracias al cielo, que dispone suavemente las cosas... Primeramente, oh, hijo, has de temer a Dios; porque en el temerle está la sabiduría, y siendo sabio no podrás errar en nada. Lo segundo, has de poner los ojos en quién eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey...

     Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores... Préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio. Mira, si tomas por medio a la virtud, y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que los tienen de príncipes y señores; porque la sangre se hereda y la virtud se adquiere, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale...

     Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia, que las informaciones del rico. Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del rico como por entre los sollozos e importunidades del pobre. Cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente; que no es mejor la fama del juez rigoroso que la del compasivo. Si acaso doblares la vara de la justica, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia.”

He aquí una pequeña muestra de sabiduría y de prudencia, un tesoro de prudentes consejos paternales -qué elocuente la expresión del caballero: “primeramente, oh hijo, has de temer a Dios…”-. Es un espejo de respeto a la dignidad humana, que habla del legado de lucidez que la fe cristiana –en la persona de Cervantes, en este caso- ofrece a la cultura.

Un tesoro, no lo olvidemos, del que también nosotros somos portadores, en medio de un mundo poderoso pero tanto más necesitado de amor y de sabiduría, de prudencia y de honestidad, en la vida privada como en la pública, cuanto mayor es su aparente y ciega autosuficiencia.

21 de Abril - 2016

Capítulo LXXIV (74, final)

 

         A.- Pocos momentos tan conmovedores como la muerte cristiana de Don Quijote. Recuperada la razón, anuncia su muerte inmediata, por eso rechaza consejos interesados y bromas con una frase contundente “que en tales trances como éste no se ha de burlar el hombre con el alma”.

         S.- Cervantes en el capítulo LXII (62), el de la cabeza encantada, nos había contado la visita que Don Quijote había hecho a una imprenta de Barcelona. En ella ve que están imprimiendo un libro que se titula Luz del alma; y, “en viéndole, dijo: -Estos tales libros, aunque hay muchos de este género, son los que se deben imprimir, porque son muchos los pecadores que se usan, y son menester infinitas luces para tantos desalumbrados.” Puede ser que Cervantes se refiera a una especie de Catecismo que Felipe de Meneses había reeditado en numerosas ediciones con el título Luz del alma cristiana. Era un tratado para disponerse a la buena muerte. Está claro que le sirve de inspiración para la muerte de Don Quijote  y no menos para su propia muerte.

         Es muy recomendable empezar la lectura del Quijote leyendo despacio el capítulo final. No sólo para conocer desde el principio el alma del protagonista. El último capítulo encierra lecciones existenciales y aún filosóficas que llegan emocionalmente a cada uno de los lectores. Emotiva es su muerte, ejemplar y cristiana, dejando cada cosa en su sitio: su confesión, su testamento, la recuperación de la razón, la valoración de su vida pasada y hasta el hecho de que no le mate otra causa  sino la de la melancolía, rodeado de los suyos, serenamente, adelantando en ficción el morir del propio Cervantes, pues “ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño”.

 

         A.- Oigamos un fragmento del capítulo LXXIV:

 

“-Los de hasta aquí -replicó don Quijote-, que han sido verdaderos en mi daño, los ha de volver mi muerte, con ayuda del cielo, en mi provecho. Yo, señores, siento que me voy muriendo a toda priesa; déjense burlas aparte, y traíganme un confesor que me confiese y un escribano que haga mi testamento, que en tales trances como éste no se ha de burlar el hombre con el alma; y así, suplico que, en tanto que el señor cura me confiesa, vayan por el escribano.

Miráronse unos a otros, admirados de las razones de don Quijote, y, aunque en duda, le quisieron creer; y una de las señales por donde conjeturaron se moría fue el haber vuelto con tanta facilidad de loco a cuerdo, porque a las ya dichas razones añadió otras muchas tan bien dichas, tan cristianas y con tanto concierto, que del todo les vino a quitar la duda, y a creer que estaba cuerdo.

Hizo salir la gente el cura, y quedóse solo con él, y confesóle.

El bachiller fue por el escribano, y de allí a poco volvió con él y con Sancho Panza; el cual Sancho, que ya sabía por nuevas del bachiller en qué estado estaba su señor, hallando a la ama y a la sobrina llorosas, comenzó a hacer pucheros y a derramar lágrimas. Acabóse la confesión, y salió el cura, diciendo:

-Verdaderamente se muere, y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el Bueno; bien podemos entrar para que haga su testamento.

Estas nuevas dieron un terrible empujón a los ojos preñados de ama, sobrina y de Sancho Panza, su buen escudero, de tal manera, que los hizo reventar las lágrimas de los ojos y mil profundos suspiros del pecho; porque, verdaderamente, como alguna vez se ha dicho, en tanto que don Quijote fue Alonso Quijano el Bueno, a secas, y en tanto que fue don Quijote de la Mancha, fue siempre de apacible condición y de agradable trato, y por esto no sólo era bien querido de los de su casa, sino de todos cuantos le conocían.

Entró el escribano con los demás, y, después de haber hecho la cabeza del testamento y ordenado su alma don Quijote, con todas aquellas circunstancias cristianas que se requieren, llegando a las mandas, dijo:

-Ítem, es mi voluntad que de ciertos dineros que Sancho Panza, a quien en mi locura hice mi escudero, tiene, que, porque ha habido entre él y mí ciertas cuentas, y dares y tomares, quiero que no se le haga cargo dellos, ni se le pida cuenta alguna, sino que si sobrare alguno, después de haberse pagado de lo que le debo, el restante sea suyo, que será bien poco, y buen provecho le haga; y, si como estando yo loco fui parte para darle el gobierno de la ínsula, pudiera agora, estando cuerdo, darle el de un reino, se le diera, porque la sencillez de su condición y fidelidad de su trato lo merece.

 

Y, volviéndose a Sancho, le dijo:

-Perdóname, amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído, de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo.

-¡Ay! -respondió Sancho, llorando-: no se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire no sea perezoso, sino levántese desa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea desencantada, que no haya más que ver. Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron; cuanto más, que vuestra merced habrá visto en sus libros de caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros, y el que es vencido hoy ser vencedor mañana.

-Así es -dijo Sansón-, y el buen Sancho Panza está muy en la verdad destos casos.

-Señores -dijo don Quijote-, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño: yo fui loco, y ya soy cuerdo; fui don Quijote de la Mancha, y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno. Pueda con vuestras mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la estimación que de mí se tenía, y prosiga adelante el señor escribano.”

7 de Abril - 2016

MARCELA, OPCIÓN DE LIBERTAD (Cap. XIV. Parte I)

Nos acercamos al final de nuestro programa con una mirada de asombro a ese prodigio que es nuestra Summa literaria castellana, el Quijote, en el IV centenario de la muerte de Don Miguel de Cervantes. Hoy Santiago nos hace asomarnos al Capítulo 14 de la 1ª parte, en el que se habla de Marcela, la pastora.

Al poco de su segunda salida, ya en compañía de Sancho, hallamos cuatro capítulos asombrosos en que nos vamos a encontrar de lleno con la literatura pastoril convertida en opción de vida. Jóvenes, hombres y mujeres, que deciden vivir como los pastores de la mítica Arcadia en contacto con la naturaleza, cuidando sus cabras y cantando sus amores. Si ser caballero andante es de común sentir ser o parecer un loco, no lo parece así ser un pastor o una pastora.

Unos amores no correspondidos, han llevado al enamorado Crisóstomo a quitarse la vida por el rechazo de la bellísima Marcela. Todos la acusan de cruel e ingrata. Y cuando acude Marcela al lugar del entierro os podéis imaginar qué improperios no escucharía. En ese momento pide la palabra Marcela y como una oradora clásica pronuncia estas palabras:

»Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos. Los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas destos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado y espada puesta lejos. A los que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras. Y si los deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna a Grisóstomo ni a otro alguno, el fin de ninguno dellos, bien se puede decir que antes le mató su porfía que mi crueldad. Y si se me hace cargo que eran honestos sus pensamientos, y que por esto estaba obligada a corresponder a ellos, digo que, cuando en ese mismo lugar donde ahora se cava su sepultura me descubrió la bondad de su intención, le dije yo que la mía era vivir en perpetua soledad, y de que sola la tierra gozase el fruto de mi recogimiento y los despojos de mi hermosura; y si él, con todo este desengaño, quiso porfiar contra la esperanza y navegar contra el viento, ¿qué mucho que se anegase en la mitad del golfo de su desatino? Si yo le entretuviera, fuera falsa; si le contentara, hiciera contra mi mejor intención y prosupuesto.

Porfió desengañado, desesperó sin ser aborrecido mirad ahora si será razón que de su pena se me dé a mí la culpa. Quéjese el engañado, desespérese aquel a quien le faltaron las prometidas esperanzas, confíese el que yo llamare, ufánese el que yo admitiere; pero no me llame cruel ni homicida aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo ni admito.

»El cielo aún hasta ahora no ha querido que yo ame por destino, y el pensar que tengo de amar por elección es escusado. Este general desengaño sirva a cada uno de los que me solicitan de su particular provecho; y entiéndase, de aquí adelante, que si alguno por mí muriere, no muere de celoso ni desdichado, porque quien a nadie quiere, a ninguno debe dar celos; que los desengaños no se han de tomar en cuenta de desdenes. El que me llama fiera y basilisco, déjeme como cosa perjudicial y mala; el que me llama ingrata, no me sirva; el que desconocida, no me conozca; quien cruel, no me siga; que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta desconocida, ni los buscará, servirá, conocerá ni seguirá en ninguna manera. Que si a Grisóstomo mató su impaciencia y arrojado deseo, ¿por qué se ha de culpar mi honesto proceder y recato? Si yo conservo mi limpieza con la compañía de los árboles, ¿por qué ha de querer que la pierda el que quiere que la tenga con los hombres? Yo, como sabéis, tengo riquezas propias y no codicio las ajenas; tengo libre condición y no gusto de sujetarme ni quiero ni aborrezco a nadie. No engaño a éste ni solicito aquél, ni burlo con uno ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de las zagalas destas aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene. Tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen, es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera.

Y, en diciendo esto, sin querer oír respuesta alguna, volvió las espaldas y se entró por lo más cerrado de un monte que allí cerca estaba, dejando admirados, tanto de su discreción como de su hermosura, a todos los que allí estaban.”

Os ofrecemos esta segunda parte del discurso de Marcela, sorprendente y antológico, por estar en boca de una mujer (estamos en los inicios del siglo XVII) y  defender el derecho  a elegir libremente la opción de vida, no sólo la del  amor, faltaba más, sino el  estilo de vida  que dé sentido a su existencia.

Puede decirse que Marcela rompe todos los estereotipos de la mujer de aquel tiempo. Contra pareceres y consejos, opta por la libertad. “Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos”. Desde luego, nada tiene que ver con aquello de “hacer de su cuerpo lo que le plazca”. La honestidad cuidadosa y limpia quiere manifestarla entre el bosque, las aguas claras y las conversaciones honestas con las demás zagalas, porque lo que quiere de verdad -y esto es muy sugerente- es contemplar, gozosa,  montañas y cielo como “pasos con que camina el alma a su morada primera.”

Consagra su vida a contemplar la belleza de la creación  apoyada en el neoplatonismo, con una vida casi eremítica y una  dedicación religiosa nueva. Su renuncia al amor humano no puede quedar más explícita. Ni por destino, ni por elección. Allá cada cual con sus deseos y pretensiones;  que nadie le inculpe por las locuras de los demás. Como veis se sale del canon pastoril. Está más próxima al ideal de vida cantado por Fray Luis “vivir quiero conmigo, a solas, sin testigo..” ¿Es un nuevo modo de consagración religiosa, sin reglas ni compañía?  Marcela nos amonesta, sin palabras, del olvido en que vivimos, siempre de espaldas a la belleza de la creación.

 Me hubiera gustado que Cervantes nos hubiera narrado la biografía de Marcela hasta el final de sus días. ¿Pasados los años siguió fiel a su vocación? Volved a leer el discurso sobre “la edad de oro”  con que nos deleitó Don Quijote. Marcela encaja entre  aquellas doncellas que podían recorrer los montes sin temer las  miradas lascivas de los demás. Qué unidad se establece entre los cuatro capítulos. Don Quijote no está como convidado de piedra. Interviene como requería el momento “-Ninguna persona, de cualquier estado y condición que sea, se atreva a seguir a la hermosa Marcela, so pena de caer en la furiosa indignación mía.”

18 de Febrero - 2016

EL VALOR SUPREMO DE LA LIBERTAD

Capítulo LVIII (2ª parte)

“Cuando don Quijote se vio en la campaña rasa, libre y desembarazado de los requiebros de Altisidora, le pareció que estaba en su centro y que los espíritus se le renovaban para proseguir de nuevo el asunto de sus caballerías, y volviéndose a Sancho le dijo:

 

         —La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad  así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido; pues en mitad  de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve me parecía a mí que estaba metido entre las estrecheces de la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos, que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recibidas son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!

 

         —Con todo eso —dijo Sancho— que vuestra merced me ha dicho, no es bien que se quede sin agradecimiento de nuestra parte doscientos escudos de oro que en una bolsilla me dio el mayordomo del duque, que como pítima y confortativo la llevo puesta sobre el corazón, para lo que se ofreciere, que no siempre hemos de hallar castillos donde nos regalen, que tal vez toparemos con algunas ventas donde nos apaleen.”

 

         Probablemente nuestros tiempos, inmersos en el vértigo de las prisas,  dificultan, si no lo atrofian,  el deleite de escuchar,  el sabroso gozo de oír a alguien  que hable con mesura, tiento, galanura y verdad.

 

         Han abandonado el palacio de los Duques, donde amo y criado han recibido un trato cortés, en medio del lujo, mesa repleta, comidas opíparas y exquisitas; y refrescantes bebidas. Humanamente no se podía desear más  ni  quejarse de nada, como no fuera haberlos convertido  en ocasión de divertimento y burla, de los que, menos mal, no se percataron.

 

         Debía haber salido don Quijote con el gozo de Sancho. Pero la exigencia de su espíritu se mueve por otros derroteros. Su espíritu aspira a ideales  superiores; por ejemplo, cumplir con su misión, la que le sacó de la aldea y le puso en el camino exigente de la Caballería, sin que nada ni nadie se lo impida.

 

         En ese momento, en ese preciso momento, Don Quijote  exalta la alegría de ser y sentirse libre. Con el lenguaje solemne de las  sentencias indiscutibles, le confiesa a Sancho el lugar que ocupa en su escala de valores la libertad: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad  así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”.  Bien sabía Miguel de Cervantes lo que eran la esclavitud  y el cautiverio. Por experiencia propia sabe que es el mayor mal que le puede sobrevenir al ser humano, por encima de la enfermedad y de la misma muerte. Para don Quijote, por dos  valores debe arriesgarse  la vida: por la libertad y por la honra, que no es otra cosa que la imagen de bien que reconocen los demás y uno  mismo por  un vivir acorde con su conciencia.

 

         Para don Quijote la libertad no es un concepto abstracto, sino algo muy concreto. Sabe muy bien que la libertad consiste  en verse libre de todo lo que ponga  en dificultad o eche a pique la razón de ser de una vida. En esta ocasión no se siente libre por carecer de cadenas y prisiones  que impidan su movilidad física; las cadenas que cita son más sutiles y no menos pesadas. Las pasiones, todas las pasiones no controladas, terminan  aherrojando nuestra libertad.

 

         Menos comprensible se nos hace a los que nos hemos acostumbrado a vivir en una sociedad de bienestar, la lectura que hace Don Quijote de las atenciones recibidas de los Duques y, desde luego, el que menos lo entiende es Sancho, que sabe lo que significa llevar como emplasto junto a su corazón los doscientos ducados que le ha entregado el mayordomo, como le contesta  con ironía y sorna.

 

         Nada es bueno si dificulta o impide el cumplimiento de nuestro deber. Lo manifiesta con claridad: “le pareció que estaba en su centro y que los espíritus se le renovaban para proseguir de nuevo el asunto de sus caballerías”. La libertad no es poder gozar de todo lo que se nos presente como placentero, sino  poder dirigir nuestros pasos en dirección al fin que se nos ha encomendado, libres de toda traba física o moral.

 

         Un broche de oro más para aclarar nuestra embarullada psicología. El colmo de una libertad plena es una pobreza digna. Que el pedazo de pan  sólo tengas  que agradecérselo a Dios. De nuevo el ideal tan hispano de “la dorada medianía”. Algo ha cambiado nuestra sociedad desde entonces.

 

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4 de Febrero - 2016

Como venimos haciendo desde enero, concluimos nuestros programa durante el 2016, año en que recordamos la muerte de Don Miguel de Cervantes, con una reflexión acerca de un fragmento del Quijote. En el de hoy, nos asomamos al capítulo 58, en la Segunda Parte, para tratar de:

 

LA HERMOSURA Y EL AMOR

CAPÍTULO LVIII (Segunda parte)

 

“Mudó Sancho plática y dijo a su amo:

—Maravillado estoy, señor, de la desenvoltura de Altisidora, la doncella de la duquesa: bravamente la debe de tener herida y traspasada aquel que llaman «Amor», que dicen que es un rapaz ceguezuelo que, con estar lagañoso o, por mejor decir, sin vista, si toma por blanco un corazón, por pequeño que sea, le acierta y traspasa de parte a parte con sus flechas. He oído decir también que en la vergüenza y recato de las doncellas se despuntan y embotan las amorosas saetas, pero en esta Altisidora más parece que se aguzan que despuntan.

—Advierte, Sancho —dijo don Quijote—, que el amor ni mira respetos ni guarda términos de razón en sus discursos, y tiene la misma condición que la muerte, que así acomete los altos alcázares de los reyes como las humildes chozas de los pastores y, cuando toma entera posesión de una alma, lo primero que hace es quitarle el temor y la vergüenza; y, así, sin ella declaró Altisidora sus deseos, que engendraron en mi pecho antes confusión que lástima.

—¡Crueldad notoria! —dijo Sancho—. ¡Desagradecimiento inaudito! Yo de mí sé decir que me rindiera y avasallara la más mínima razón amorosa suya. ¡Hideputa, y qué corazón de mármol, qué entrañas de bronce y qué alma de argamasa! Pero no puedo pensar qué es lo que vio esta doncella en vuestra merced que así la rindiese y avasallase: qué gala, qué brío, qué donaire, qué rostro, que cada cosa por sí de estas o todas juntas la enamoraron; que en verdad en verdad que muchas veces me paro a mirar a vuestra merced desde la punta del pie hasta el último cabello de la cabeza, y que veo más cosas para espantar que para enamorar; y habiendo yo también oído decir que la hermosura es la primera y principal parte que enamora, no teniendo vuestra merced ninguna, no sé yo de qué se enamoró la pobre.

—Advierte, Sancho —respondió don Quijote—, que hay dos maneras de hermosura: una del alma y otra del cuerpo; la del alma campea y se muestra en el entendimiento, en la honestidad, en el buen proceder, en la liberalidad y en la buena crianza, y todas estas partes caben y pueden estar en un hombre feo; y cuando se pone la mira en esta hermosura, y no en la del cuerpo, suele nacer el amor con ímpetu y con ventajas. Yo, Sancho, bien veo que no soy hermoso, pero también conozco que no soy deforme, y bástale a un hombre de bien no ser monstruo para ser bien querido, como tenga los dotes del alma que te he dicho.”

 

La cordura y honradez de Don Quijote se constatan por cualquier rincón de la novela. Con razón Sancho se sorprende por el derroche de sabiduría que ante cualquier asunto manifiesta su amo. En este caso no es sólo el bien hablar sino el bien hacer. Obras son amores, no buenas razones.

Al despedirse de la casa palacio de los Duques todavía tenía que superar una nueva aventura en este caso amorosa, una prueba para valorar su integridad y medir la verdad de su entereza humana.

Altisidora, doncella desenvuelta y discreta, ingeniosa y atrevida, urde una burla, que engaña hasta al mismo Sancho. A voz en grito Altisodora declara sus amores a Don Quijote y además le acusa de llevarse unas prendas íntimas. Peor que José con sus hermanos.

“-Tú llevas, ¡llevar impío!, en las garras de tus cerras (en tus manos hechas garras) las entrañas de una humilde, como enamorada, tierna.    Llévaste tres tocadores (gorros de dormir) y unas ligas de unas piernas”…

La situación no puede ser más bochornosa para don Quijote ni más jocosa para los que estaban en la broma o la descubren. Enamorada o no, el suceso no ponía en culpa al buen caballero, pero el hurto desbarataba su intachable integridad moral. Sancho llevaba los tres gorros de dormir, sin explicarnos cómo han llegado a sus alforjas; pero niega que las ligas estén entre sus pertrechos. Ni Sancho puede admitir el robo, nada menos que alegando su paso por la gobernación de la ínsula de Barataria donde tuvo ocasión para hacerlo; ni don Quijote, intachable donde los haya. Hasta el propio Duque sale como valedor de la joven doncella y sólo la lealtad del caballero a señores que con tanto agasajo le han acogido como anfitriones, impide llegar a las armas. Todo queda en nada.

Pero es en el capítulo siguiente -el que hemos escuchado- cuando escuchamos los comentarios del suceso entre caballero y escudero. De nuevo se ponen ante nuestros ojos los dos mundos opuestos, las dos concepciones tan contrarias de Sancho y Don Quijote.

El asunto roza la inmoralidad. En primer lugar Sancho reprocha a su amo, no haber aprovechado la ocasión. ¿Qué le hubiera costado acceder a las demandas de la moza?. Es evidente que Sancho ha creído que Altisidora está hablando en serio. Por ello reprocha a su amo la ocasión perdida: “—¡Crueldad notoria! —dijo Sancho—. ¡Desagradecimiento inaudito! Yo de mí sé decir que me rindiera y avasallara la más mínima razón amorosa suya. ¡Hideputa, y qué corazón de mármol, qué entrañas de bronce y qué alma de argamasa!”

No le responde Don Quijote a esta cuestión, aunque su fidelidad a Dulcinea nos permite adivinar la respuesta. Más interesante es su explicación del poco recato de Altisidora, doncella imprudente y poco decorosa. El diálogo es jugoso. Si Sancho critica el comportamiento de la doncella, Don Quijote la comprende y disculpa: “el amor ni mira respetos ni guarda términos de razón en sus discursos, y tiene la misma condición que la muerte”. Nadie está libre de sentir sus flechas. Quita la vergüenza e impulsa todo atrevimiento.

Pero el último diálogo del fragmento nos depara un sentimiento cercano a la envidia. Y es que no le cabe a Sancho en la cabeza que una jovencita haya descubierto algo atractivo en la figura lamentable de nuestro caballero.

 Sancho sin ningún miramiento reprocha: “qué gala, qué brío, qué donaire, qué rostro, que cada cosa por sí de estas o todas juntas la enamoraron; que en verdad en verdad que muchas veces me paro a mirar a vuestra merced desde la punta del pie hasta el último cabello de la cabeza, y que veo más cosas para espantar que para enamorar; y habiendo yo también oído decir que la hermosura es la primera y principal parte que enamora, no teniendo vuestra merced ninguna, no sé yo de qué se enamoró la pobre.”

Don Quijote no se enfada, responde con una verdad irreprochable. Hay más que la hermosura corporal, hay hermosura más atractiva que los bienes caducos del mundo. El alma y sus virtudes hermosean, embellecen al mismo cuerpo. Una vez más la cordura y sabiduría de Alonso Quijano: “la del alma campea y se muestra en el entendimiento, en la honestidad, en el buen proceder, en la liberalidad y en la buena crianza, y todas estas partes caben y pueden estar en un hombre feo; y cuando se pone la mira en esta hermosura, y no en la del cuerpo, suele nacer el amor con ímpetu y con ventajas” No sólo en el hombre, sino en la mujer.

Me conmueve el humilde reconocimiento que hace de su figura. No es hermoso, pero es un hombre de bien.

 

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21 de Enero - 2016

DON QUIJOTE, HIDALGO Y CABALLERO

Durante este año 2016 se celebra, como saben nuestros oyentes, el 4º Centenario de la muerte de Don Miguel de Cervantes. Por este motivo, dedicamos la parte final de nuestro programa al comentario de algún pasaje de su obra más universal, el mejor tesoro de nuestra literatura castellana.

 

Capítulo 2º de la Primera Parte

“Hechas, pues, estas prevenciones, no quiso aguardar más tiempo a poner en efecto su pensamiento, apretándole a ello la falta que él pensaba que hacía en el mundo su tardanza, según eran los agravios que pensaba deshacer, tuertos que enderezar, sinrazones que enmendar, y abusos que mejorar y deudas que satisfacer. Y así, sin dar parte a persona alguna de su intención, y sin que nadie le viese, una mañana, antes del día, que era uno de los calurosos del mes de julio, se armó de todas sus armas, subió sobre Rocinante, puesta su mal compuesta celada, embrazó su adarga, tomó su lanza, y, por la puerta falsa de un corral, salió al campo con grandísimo contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su buen deseo. Mas, apenas se vio en el campo, cuando le asaltó un pensamiento terrible, y tal, que por poco le hiciera dejar la comenzada empresa; y fue que le vino a la memoria que no era armado caballero, y que, conforme a ley de caballería, ni podía ni debía tomar armas con ningún caballero; y, puesto que lo fuera, había de llevar armas blancas, como novel caballero, sin empresa en el escudo, hasta que por su esfuerzo la ganase. Estos pensamientos le hicieron titubear en su propósito; mas, pudiendo más su locura que otra razón alguna, propuso de hacerse armar caballero del primero que topase, a imitación de otros muchos que así lo hicieron, según él había leído en los libros que tal le tenían. En lo de las armas blancas, pensaba limpiarlas de manera, en teniendo lugar, que lo fuesen más que un armiño; y con esto se quietó y prosiguió su camino.”

 

     Si en el capítulo primero se nos describió y se nos encubrió la figura del héroe, en este segundo, arranca su prolija aventura. Se mete en el camino, se pone en marcha en busca de devolver cada cosa a su sitio. No es otra el ansia de aventura que anima a Don Quijote a recorrer los polvorientos caminos y posadas de España.

     El autor lo considera un loco desde el primer momento; pero nadie mejor que Cervantes conoce en su vida y en sus ideales la naturaleza y el modo de la locura de su héroe. De parodia de las novelas de caballería, hablan los eruditos. Me resisto a llamar locura a las acciones de un hombre bueno, como se nos desvelará en el último capítulo, que anhela un mundo regido por la justicia, es decir por la Verdad, el Bien y la Belleza, y que ingenuamente -esa es su locura- cree que ha llegado la hora de que alguien le ponga remedio, hasta el extremo de que retrasar su salida le hace sentirse culpable apretándole a ello la falta (trasgresión moral por omisión) que él pensaba que hacía en el mundo su tardanza”.

    

No se puede entender El Quijote sin tener en cuenta que está cayendo por tierra La Cristiandad. Los ideales caballerescos surgen como antítesis del realismo burgués, que en el medrar, el buen vivir y hacerse ricos centrará las razones de la existencia. Un mundo nuevo en el que no va a tener cabida, ni el honor ni el cumplimiento de la palabra dada, ni la misericordia con el que la haya menester, ni en modo alguno la exaltación de lo heroico.

    

Cuando aquella mañana luminosa de julio sale por la puerta falsa del corral de su casa, la puerta trasera y no por la puerta principal, podríamos sospechar que sale como si huyera, como si el temor le moviera a salir en sigilo. Don Quijote no huye de nada y menos como delincuente furtivo. Su locura no le hace perder la conciencia de la incomprensión, incluso de los suyos. En esta primera salida, lo hace solo, “sin dar parte a persona alguna de su intención, y sin que nadie le viese”, asumiendo en soledad la responsabilidad, en medio de penurias, descalabros y ensoñadas glorias, de recuperar el mundo perdido.

     Sale gozoso con sus armas estrafalarias y su caballo de penuria.

     Cómo puede aspirar, convertido en héroe solitario, él también solo ante el peligro, a salir victorioso con su lanza en unas batallas en las que la artillería ha desplazado el mérito individual y al héroe de las grandes epopeyas. Con razón se ha dicho que El Quijote es la última epopeya en prosa, no sólo la primera novela moderna. Sus batallas, a pesar de que físicamente lo van a convertir en “El Caballero de la Triste Figura” por sus heridas y quebrantamientos, son ideológicas. Don Quijote combate y pone su empeño por reconstruir unos estilos de vida que no van a tener lugar en el mundo económico y social surgente. Todo en esta novela tiene además una lectura simbólica. “Salió al campo con grandísimo contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su buen deseo”. El camino se convierte en espacio para la aventura; su buen deseo en la razón de ser de su empresa.

     No sin prevenir ni cavilar había puesto en marcha su deseo. Todo listo, hasta el momento de la acción “antes del día”, en previsión del caluroso sol de julio en cualquier lugar de la Mancha. De pronto, en medio del campo “le asaltó un pensamiento terrible, y tal, que por poco le hiciera dejar la comenzada empresa; y fue que le vino a la memoria que no era armado caballero”. Peor aún es que en el escalafón social de los linajes Don Quijote era sólo un hidalgo rural. La primera parte, la de 1605, lleva por título “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”. Será en la edición de la segunda parte, la de 1615, la que Cervantes titulará “El ingenioso caballero Don Quijote de la Mancha”.

    

     Un hidalgo podía ser caballero andante según los cánones de las fantasías novelescas que como regla monástica se había comprometido nuestro héroe a cumplir. Como Don Quijote nos razona, con ese fino humor al que nos ha de acostumbrar Cervantes, “propuso de hacerse armar caballero del primero que topase, a imitación de otros muchos que así lo hicieron, según él había leído en los libros que tal le tenían”. De lo contrario no podía entrar en combate con ningún caballero, tendría que portar armas blancas y no llevar en su escudo ningún emblema o blasón “hasta que por su esfuerzo la ganase”.

     En este pequeño contratiempo, tan lleno de socarronería, se encuentra la trama de casi todas las aventuras.

     Por los caminos de España ya no aparecen caballeros como en “el paso honroso de Suero de Quiñones”, en 1435, en el puente del río Órbigo. Rebaños, molinos, o gentes condenadas a galeras serán los enemigos imaginados. ¿Qué importa que quien le arme Caballero andante a nuestro Hidalgo, sea un ventero y damas de oficio las que le sirvan en el fantástico castillo? Las armas limpias como el armiño las convertirá en blancas tanto como su casto amor por Dulcinea. El caballero andante que surge de la imitación novelesca, refuerza la parodia y la locura; pero el caballero que brota del hombre bueno y culto que vive en carne propia la aventura, lo va a conseguir por su buen obrar, porque cada uno es, como repite, “hijo de sus obras”.  

     Cervantes se dio cuenta y lo reconoció como caballero. La caballería la había ganado por su esfuerzo y por sus méritos. No se lo otorgó un ventero socarrón.

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