Leyendo  "El Principito"

17 de Octubre 2017

Estamos en el capítulo central del libro de Saint-Exupéry, el 21, en el que se produce el encuentro entre el principito y el zorro. El principito se encontraba abrumado por una brutal decepción, tras encontrar en un solo jardín de la Tierra 5.000 rosas tan hermosas o más que la que dejó en su planeta y que él creyó única en el universo. Pero el zorro acaba de mostrarle que a pesar de ello, su flor sigue siendo única.

¿Cuál es el secreto? Se encuentra en algo esencial, que el zorro llama “domesticar”:

“Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos; y no te necesito. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...”

Domesticar, se nos dice, es “crear lazos”, vincularse. El vínculo al que aquí se refiere el libro no es otro que el amor de amistad, el amor de benevolencia, la entrega que busca el bien de la persona amada. Y este vínculo, que nos ata dulcemente a la persona del amigo o del amado, lo hace absolutamente único: muestra su singularidad y su valor incomparable. Es a través de este vínculo como se muestra la hondura y el valor profundo, único, de cada persona, y también de todo aquello que tiene que ver con ella.

Más aún. Los vínculos con los que otras personas se atan a nosotros, su aprobación hecha entrega y donación, hacen que descubramos el valor del que nosotros mismos somos portadores. Al haber sido elegidos no a la fuerza sino con libertad, al comprobar que alguien nos prefiere a otros, e incluso -oh maravilla- antes que a sí mismo -puesto que llega a anteponer nuestro bien al suyo propio y se sacrifica por él-, nos vemos obsequiados con el más grande de los regalos: nos descubrimos llenos de valor, hasta el punto de haber hecho exclamar a quien nos ama:  “-Tú me importas; es bueno que existas, que estés en el mundo, y estoy dispuesto o dispuesta a ponerme a tu disposición para que crezcas, para que aumente tu bien, para lo que necesites; porque quiero tu bien incluso por encima del mío”.

Erich Fromm escribe que “el amor inmaduro dice: ‘Te amo porque te necesito’. Y el amor maduro responde: ‘¡Te necesito porque te amo’.”

Ser elegidos, preferidos, amados así, hace que el mundo y la vida se llenen de sol para nosotros, que todo tenga sentido, incluso las cosas que no nos son útiles. El ruido de los pasos de la persona amada ya no es una posible amenaza, se convierte en música. El trigo es para el zorro un recuerdo del amigo y se transforma, el trigo también, en algo importante y lleno de sentido; en objeto de amor.

“-Si me domesticas, mi vida se llenará de sol -dirá el zorro al principito. Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los otros. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra. El tuyo me llamará fuera de la madriguera, como una música. Y además, mira: ¿Ves allá los campos de trigo? Yo no como pan. Para mí el trigo es inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada. ¡Es bien triste! Pero tú tienes cabellos color de oro. Cuando me hayas domesticado, ¡será maravilloso! El trigo dorado será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo… ¡Por favor, domestícame!”

Cuando, tiempo después, el principito haya domesticado al zorro y tenga que separarse de él para regresar junto a su flor, éste se echará a llorar:

–No deseaba hacerte daño, dijo el principito, pero quisiste que te domesticara… –Si, dijo el zorro. –¡Pero vas a llorar! –Sí. –Entonces, no ganas nada. –Gano -dijo el zorro-, gano por el color del trigo.

Se nos está diciendo que el amor da sentido a todas las cosas, incluso a las lágrimas. Y que es necesario para que el mundo, y aquellos que nos aman o a quienes amamos, salgan del anonimato y de la indiferencia. Y que existen formas de valor que rebasan la utilidad.

¿Y qué hace falta para amar así?: –Tiempo, dedicación, paciencia. Las prisas y el utilitarismo son la muerte del amor humano y de la amistad. En un magnífico párrafo, se nos insiste en la necesidad de dedicar tiempo a la persona amada; y en el amor que profundiza en el ser amado haciendo posible el verdadero conocimiento: sólo se comprenden, sólo se conocen a fondo las cosas que se aman.

-Por favor, domestícame, dijo el zorro al principito.

-Bien lo quisiera, respondió el principito, pero no tengo mucho tiempo. Tengo que encontrar amigos y conocer muchas cosas.

-Sólo se conocen las cosas que se domestican –dijo el zorro-. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Compran cosas hechas a los mercaderes. Pero como no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos. Si quieres un amigo ¡domestícame!

-¿Qué hay que hacer? –dijo el principito.

-Hay que ser muy paciente…

Para crear lazos hace falta tiempo, paciencia, respeto, entrega.

…Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en la hierba. Te miraré de reojo y no dirás nada. La palabra es fuente de malentendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca…

Es preciso respetar el ritmo y el espacio que la otra persona necesita. No debemos invadir su intimidad de forma precipitada o abusiva. El amor no es forzado. Para amar primero es necesario el respeto.

Y jalonando, educando y expresando este respeto, aparecen los ritos, esos gestos simbólicos, que hacen diferentes y especiales los momentos, los lugares, la actividad a través de la que discurre la vida y la relación entre las personas: un aniversario, un modo respetuoso y cuidado de hacer las cosas, un gesto de deferencia, una celebración festiva… El rito salvaguarda el valor y el sentido de las cosas y de los acontecimientos importantes que tienen que ver con las personas que amamos. Señala el significado especial que tienen las cosas importantes de nuestra vida. Y por ello mismo un rito no puede separarse de la vida, que es la que le da contenido. 

—Hubiera sido mejor —dijo el zorro— que vinieras a la misma hora. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, desde las tres yo empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así el precio de la felicidad. Pero si vienes a cualquier hora, nunca sabré cuándo preparar mi corazón... Los ritos son necesarios.

—¿Qué es un rito? —inquirió el principito.

—Es también algo demasiado olvidado —dijo el zorro—. Es lo que hace que un día no se parezca a otro día y que una hora sea diferente a otra. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo. Los jueves entonces son días maravillosos en los que puedo ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.

Y llegamos al momento final de este encuentro de amistad con el zorro, ese maestro sabio que enseñará al principito a mirar más allá de las apariencias y de la utilidad. Que le muestra, desde una amistad vivida honda y respetuosamente, que existe una fuente de sentido que hace nuevo y único aquello y a aquellos a quienes amamos.

Es entonces cuando el zorro dice al principito:

—Vete a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a decirme adiós y yo te regalaré un secreto.

El principito se fue a ver las rosas:

—No sois en absoluto parecidas a mi rosa: no sois nada aún –les dijo. Nadie os ha domesticado y no habéis domesticado a nadie. Sois como era mi zorro. No era más que un zorro semejante a otros cien mil zorros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.

Y las rosas se sintieron molestas.

—Sois bellas, pero estáis vacías –les dijo todavía-. No se puede morir por vosotras. Sin duda que un transeúnte común creerá que mi rosa se os parece. Pero ella sola es más importante que todas vosotras, porque es ella a la que yo he regado, porque ha sido a ella a la que abrigué con el biombo, porque es ella la rosa cuyas orugas maté (salvo las dos o tres que se hicieron mariposas ) y es a ella a la que yo he oído quejarse, alabarse, o aun, algunas veces, callarse. Porque ella es mi rosa. 

Y volvió con el zorro.

—Adiós —le dijo.

—Adiós —dijo el zorro—. He aquí mi secreto, es muy simple: sólo se ve bien con el corazón; lo esencial es invisible para los ojos.

—Lo esencial es invisible para los ojos —repitió el principito para acordarse.

—Lo que hace más importante a tu rosa, es el tiempo que tú has perdido con ella.

—Es el tiempo que yo he perdido con ella... —repitió el principito para recordarlo.

—Los hombres han olvidado esta verdad —dijo el zorro—, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa...

—Soy responsable de mi rosa... —repitió el principito a fin de recordarlo.

Ojos para ver lo esencial, los ojos del corazón. Ojos para comprender. La mirada interior de quien ama con un amor clarividente, un amor que no es ciego, ve más allá de las apariencias, del placer y del sufrimiento, de la utilidad o la inutilidad, de las ganas y las desganas.

Más allá de la belleza externa –“sois hermosas, pero estáis vacías”-, se descubre la belleza interior y el valor magnífico del ser amado, de quien es nuestro tiempo y nuestra vida. El tiempo que es vida. –“El tiempo que perdiste por tu rosa hace que sea tan importante… eres responsable para siempre de lo que has domesticado.”

Los vínculos del amor de benevolencia, de auténtica amistad, hacen que no podamos concebir nuestra vida –esa vida que se ha hecho don- sin la persona amada, sin esa responsabilidad por su bien que da sentido a nuestro trabajo, a nuestro afecto, a nuestra alegría, a nuestras lágrimas. Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos.

Y esa entrega es la que hace nuevas y únicas todas las cosas. Hasta el color del trigo.

 

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3 de Octubre 2017

Empezamos hoy a adentrarnos en el capítulo nuclear de El principito, el capítulo 21. Una vez en la tierra y habiendo llegado a la morada de los hombres en busca de un amigo, el  muchacho se vino abajo cuando descubrió que en un solo jardín había más de 5.000 rosas, tan hermosas o más que la que había dejado en su planeta. Pensó que ésta no poseía tanto valor como él creía, ya que era sólo una flor entre miles, “una rosa ordinaria”. Sorprendentemente, su amor hacia ella no se había apagado, pero pensó que la flor que amaba no era diferente a las demás… Y entonces le sobrevino el llanto.

Pero he aquí que, de repente, se escucha una voz inesperada:   

“-Buenos días”.

“-Buenos días”, respondió sorprendido el principito, que al principio no había visto bajo un manzano al zorro que le hablaba.

El muchachito, entonces, le manifiesta su necesidad más inmediata: “-Ven a jugar conmigo. ¡Estoy tan triste!…”

A lo que el zorro contestó: “-No puedo. No estoy domesticado”.

“-¿Qué significa “domesticar”?”

Pero el zorro no estaba dispuesto a contestar de inmediato, tal vez porque pensaba que se trataba de algo evidente. “-¿Qué buscas?, le contestó”.

“-Busco a los hombres”, le dirá el muchacho.

-“Los hombres cazan y crían gallinas, es su único interés”, contesta el zorro. “¿Buscas gallinas?”

- No, dijo el principito. Busco amigos. ¿Qué significa “domesticar”?, insistió.  Y entonces el zorro revelará al principito algo sumamente importante:

- Es una cosa ya olvidada, significa "crear lazos... "

- ¿Crear lazos?

- Efectivamente—dijo el zorro—. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos; y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...

Y entonces se produjo la primera luz en el alma confusa del muchacho:

- Comienzo a comprender —dijo—. Hay una flor... creo que me ha domesticado... “

…Pero como esto es tan, tan importante, y como hoy no nos queda ya mucho tiempo –¡ah, qué importante es el tiempo…!, ¿verdad?– con el permiso de Santiago, dedicaremos un buen rato de nuestro próximo programa a saborear este episodio tan importante para el principito… -y…, ya verán, ya verán: también para todos nosotros-.  

 

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19 de Septiembre 2017

El capítulo 20 de El Principito es muy breve y sirve de antesala al capítulo central del libro, el 21. Pero es muy interesante, porque en él se plantea la  triste situación del joven. Sus expectativas de encontrar amigos entre los hombres que habitan la Tierra se han visto inquietadas por la visión general del planeta, un planeta “seco, puntiagudo y salado”, en el que lo primero que encuentra es el desierto –“con los hombres también se está solo”, se le dice– y la muerte, simbolizada por la serpiente, que al parecer sería el desenlace de todos los enigmas.

Sin embargo, el principito descubrió al fin una ruta, un camino. Y en él se produjo un encuentro insólito, que le ocasionará un gran impacto.

“-Buenos días”.

Se encontraba nada menos que en un jardín florido de rosas. -¡¡De rosas…!!-.

“-Buenos días”, le respondieron éstas. Todas se parecían a su flor.

Estupefacto, preguntó el muchacho: “-¿Quiénes sois?”

         -Somos rosas, dijeron las rosas.

Y el principito se sintió muy desdichado, puesto que  su flor le había contado que era la única de su especie en el universo. Y él lo había creído. Y he aquí… que había cinco mil -¡¡cinco mil!!- todas semejantes, en un solo jardín.

Aunque uno esperaría que el muchacho se sintiera engañado y consternado por el despecho, la limpieza de su corazón le lleva a pensar en que su flor, si lo supera, se sentiría humillada hasta dejarse morir.

Pero se impone el hecho tremendo, al que sigue una profunda decepción, un desencanto terrible:

“Me creía rico con una flor única y no poseo más que una rosa ordinaria. La rosa y mis tres volcanes que me llegan a la rodilla, uno de los cuales quizá está apagado para siempre. Realmente no soy un gran príncipe.” Y, tendido sobre la hierba, se echó a llorar.

Abrumado por el desencanto causado al pensar que aquella a la que amaba carecía de valor, siente que su vida tampoco lo tiene. Piensa que la suya es una vida insignificante, anodina, sin valor y sin sentido…

El principito no se ha dado cuenta aún de que algo, o alguien, es “único”, no por no tener semejantes, sino por la existencia de vínculos de intimidad, confianza y fidelidad… Seguramente, porque aún no ha aprendido a “ver con el corazón”.

 

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5 de Septiembre 2017

Capítulos 16 al 19

    El principito venía de visitar seis curiosos planetas habitados por “personas mayores”. Tras el infructuoso esfuerzo de entablar amistad con ellas, llega finalmente a la Tierra. Si algo destaca en ella, a juicio del narrador, es que está habitada por multitud de personas mayores: 111 reyes, 7.000 geógrafos, 900.000 hombres de negocios, etc. Con ironía, finge darnos una cifra exacta que sin embargo no lo es…

¿Y cómo es la Tierra, un planeta en el que hay tantas personas mayores?

Se trata en este caso de un planeta de grandes dimensiones, en el que los hombres, a pesar de su número tan elevado, no ocupan tanto lugar. Exagerando, el narrador llega a afirmar que podría amontonarse a la humanidad sobre una diminuta isla del Pacífico. No obstante, se nos dice algo significativo: “Las personas mayores se imaginan que ocupan mucho lugar. Se sienten importantes…”

Y sin embargo, al llegar a la Tierra, el principito no vio a nadie… Bueno, hace sentir más bien escalofríos lo que ocurrió en realidad: a quien primero se encontró fue a la muerte. una serpiente que advierte al principito que es más poderosa que el dedo de un rey, que a quien toca lo devuelve a la tierra de donde salió, que, mostrándose ella misma como un enigma, sin embargo los resuelve todos…  Y el “buenas noches” con el que se saludan nos habla también de soledad y de falta de relación humana: “-¿No hay nadie en la Tierra?”, preguntará el muchacho. Y la serpiente le contesta: “–Aquí es el desierto… ¿-Dónde están los hombres…? Se está un poco solo en el desierto… -Con los hombres también se está solo”, sentencia el reptil.

El panorama no es precisamente alentador. La Tierra es un planeta de muerte y de soledad. No olvidemos que los tiempos en que se escribe este libro son de guerras, de angustias y tristeza. Los filósofos existencialistas del momento, muchos de ellos compatriotas de Saint-Exupéry, vienen proyectando en el mundo intelectual un halo de penumbra, de angustia y sinsentido acerca de la vida humana: El hombre, dirán, es un ser para la muerte, una pasión inútil; hemos sido arrojados a un mundo en el que nosotros y todo está de más…

Se esperaría que un planeta tan poblado como la Tierra fuera un lugar en el que será fácil hallar amigos. Pero a veces las grandes ciudades, los abarrotados autobuses y metros, las calles y plazas atestadas por la multitud, resultan ser auténticos desiertos. Con los hombres, dice la serpiente, también se está solo… Ante la muerte acaba imponiéndose el silencio.

El diagnóstico es brutal. La sensación dominante es abrumadora, de un pesimismo imponente. Una pequeña flor en medio del desierto asegurará que los hombres son muy pocos –“seis o siete”, afirma-, y no se sabe nunca dónde encontrarlos, pues no tienen raíces y el viento los lleva… El sinsentido, el desarraigo, la indiferencia… se agudizan. Advertimos que este pequeño libro tiene un calado más hondo de lo que parecía a una mirada superficial.

Así las cosas, el principito sube a una alta montaña: “-Desde una montaña alta como ésta, se dijo, veré de golpe todo el planeta y todos los hombres…”. Pero lo que se encontró sólo fueronagujas de rocas bien afiladas”. Hostilidad, peligro, aristas que presagian una vida angosta y dura… en suma. Y aún más terrible: A su saludo, lanzado al azar -“Buenos días”-, le sigue una respuesta pasmosa:

 “-Buenos días… Buenos días… Buenos días… -respondió el eco.

-¿Quién eres? –dijo el principito.

-Quién eres… quién eres…, -respondió el eco.

-Sed amigos míos, estoy solo –dijo el principito.

-Estoy solo, estoy solo, estoy solo… -respondió el eco.”

De manera admirable, sirviéndose de la imagen del eco, se nos muestra un mundo en el que la soledad lo invade todo. La situación no puede ser más desoladora. La soledad rodea al muchacho por todas partes. Todo el mundo a la vista es un enorme desierto: “¡Qué planeta tan raro!: es seco, puntiagudo y salado”, pensó el principito. Da lo mismo estar en medio de un espacio vacío que estar rodeado de gente… La soledad de tantos y tantos, multitudes solitarias, gentes que vagan sin sentido y sin rumbo, donde el viento las lleve… Hostilidad, desconfianza, ausencia de vida, amenaza: “Seco, puntiagudo, salado.” Es demoledor pensar que en las casas de los hombres también es todo soledad, sequedad, conflicto, amenaza, aridez. Que en ellas no hay amor.

-“Y los hombres no tienen imaginación”, añadió el principito: “Repiten lo que se les dice… En mi casa –es así como llama a su planeta- tenía una flor: era siempre la primera en hablar…” Pero lo más importante está aún por acontecer… Al principito le esperan aun más y mayores sorpresas.

Lo mejor está por llegar, a punto de llegar.

 

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18 de Agosto 2017

Nos asomamos en esta mañana al capítulo 15 de El principito. Con él culmina la travesía de nuestro joven protagonista por varios planetas tras haber dejado en el suyo, como consecuencia de una decepción profunda, a la rosa a quien quería. Experimentaba la necesidad de un amigo, pero ha ido encontrando en su viaje a “personas mayores” (el rey, el vanidoso, el bebedor, el hombre de negocios, el farolero…) que no le han puesto las cosas fáciles. En esta ocasión llega al sexto planeta, un planeta bastante amplio, habitado por un anciano geógrafo, que simboliza, como veremos, a un moderno hombre de ciencia.

La primera sorpresa vendrá dada, nada más llegar, porque recibe el siguiente saludo: “-Anda! ¡He aquí un explorador!! 

Es esta una interpelación que recuerda mucho a la recepción de otros personajes, como el rey, para quien el joven fue tomado y valorado como un súbdito, como el vanidoso, que le recibió como un admirador, o como el hombre de negocios, que vio en él una inoportuna molestia para sus ocupaciones. Todo ellos veían en el principito, no una persona, no al joven que él es, sino a alguien que podía resultar útil o contraproducente para sus intereses. Hay en todos ellos un prejuicio, una etiqueta que clasifica al muchacho ante estos personajes, en cuyos planetas el principito no podrá quedarse a vivir por ser imposible una relación de amistad. El amor de amistad es, ante todo, un amor de persona, que considera al amigo como una persona cuyo bien se quiere.

Pues bien, nuestro anciano se encuentra ante un grueso libro de anotaciones. –“Soy un geógrafo”, le dice. “Un sabio que conoce dónde se encuentran los mares, los ríos, las ciudades, las montañas y los desiertos”…

“-Es muy interesante, dice el principito. Por fin un verdadero oficio… Es muy bello vuestro planeta: ¿Tiene océanos? –No puedo saberlo, contesta el geógrafo. –Ah, ¿y montañas? –No puedo saberlo… -¿Y ciudades, ríos o desiertos?... –Tampoco puedo saberlo. -Pero eres geógrafo. –Es cierto, pero carezco de exploradores. Un geógrafo es demasiado importante para deambular por ahí. No debe dejar su despacho.”

Y así vamos descubriendo cómo el geógrafo toma el mundo como objeto de cómputo y registro. Viene aureolado por el oficio de sabio, pero como ocurre a tantos especialistas del saber, resultan ser escépticos acerca de su propia vida. No olvidemos que los planetas en esta narración simbolizan nuestra vida.

    Sólo admite como real lo que encaja en sus procedimientos de investigación. Exige “pruebas”. Le interesan las grandes leyes y fenómenos de la naturaleza, que puede incorporar a sus cálculos estadísticos. “Llegará a afirmar: “Escribimos cosas eternas”.

 

 

Cuando el principito le refiere que en su vida pasan cosas no muy aparatosas ni destacables, el geógrafo le dirige una mirada despectiva. Pero sobre todo la gran decepción se producirá cuando salga a colación el tema de la flor:

“—También tengo una flor. –No anotamos las flores, dijo el geógrafo. – Por qué? ¡Es lo más lindo! (…)

—Porque las flores son efímeras. -¿Efímeras”? -Sí. Significa que algo está amenazado por una próxima desaparición.

         —¿Mi flor está amenazada de desaparecer próximamente?

         —Indudablemente.

         Mi flor es efímera —se dijo el principito— y no tiene más que cuatro espinas para defenderse contra el mundo. ¡Y la he dejado allá sola en mi casa!". Por primera vez se arrepintió de haber dejado su planeta, pero bien pronto recobró su valor.

         —¿Qué me aconseja usted que visite ahora? —preguntó.
—La Tierra —le contestó el geógrafo—. Tiene muy buena reputación... Y el principito partió pensando en su flor. “

Parece que el principito acaba de advertir que la sabiduría que de verdad merece la pena no es la que se alza como un absoluto pero que al final oculta una profunda ignorancia acerca de lo que en realidad a él le parece más valioso: que la vida está para amar y ser amado. Que el ser amado es quien de verdad cuenta cuando buscamos el sentido de la vida.

 

 

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18 de Julio - 2017

El trabajo es para la vida, y es vida él también. Pero sólo adquiere sentido verdadero cuando es elevado por el amor, cuando se convierte en don para el bien de alguien. En medio de la soledad radical amenaza el vacío existencial, y el trabajo, buscado por sí mismo o sólo como el mero cumplimiento de un deber, y no por otro valor más alto, termina por perder su sentido y se convierte en una agotadora cadena, en una alienación insoportable.

Este es el drama del farolero que habitaba en el más pequeño de los planetas que el principito visitó al dejar su casa, buscando el modo de hacer amigos.

Lo que el principito encontró aquí le resultó extraño y chocante: Un farol y un farolero. Eso es todo. Un hombre y su trabajo cotidiano. Y nada más. Lo extraño del caso era este “nada más”: “el principito no lograba explicarse para qué podrían servir, en algún lugar del cielo, en un planeta sin casa ni población, un farol y un farolero.” Un planeta sin casa ni población, en un lugar perdido, sin tradiciones ni raíces, un lugar como otro cualquiera, una vida que se vive por inercia y sin vínculos ni cuidados hacia nadie en concreto… el desarraigo de tantos individuos que hoy viven para trabajar, descansan lo mínimo para trabajar más aún, y que se precipitan hacia una soledad completa.

Absurdo. ¿Qué hace un hombre que vive para trabajar pero no sabe para qué sirve su trabajo?... No es que su trabajo no pudiera tener un sentido, es que el farolero ni se lo había planteado. He ahí el drama… Y para colmo, como su trabajo es su vida, tampoco tiene capacidad de ocio y de descanso, de fiesta, de celebración, de vinculación a nadie… Y es que su trabajo no lo vive como un servicio, como una donación de sí mismo por el bien de alguien concreto. Si trabaja es… “por la consigna”, sólo porque tiene el deber de trabajar. Y lo hace muy disciplinadamente.

Cuando el principito le pregunte qué es la consigna, el farolero sólo acierta a responder: “es la consigna”. “–No comprendo, dijo el principito entonces. –No hay nada que comprender, dijo el farolero. La consigna es la consigna. Buenos días, y apagó el farol.”

El cumplimiento del deber al principio resultaba asequible y hasta razonable, se podía alternar el trabajo y el descanso… Pero “de año en año el planeta gira más rápido y la consigna no ha cambiado”. Así es su vida y la de muchos de nosotros… la prisa y el activismo se apoderan de nosotros, hacemos y hacemos, corremos y corremos… y se nos olvida por qué y para qué hacemos y corremos tanto. Vamos muy deprisa hacia ninguna parte. Y la vida se escapa fugaz y vertiginosa: “¡Qué raro, en tu planeta los días duran un minuto!”

Un trabajo, carente de sentido, así pues, agobia al farolero y no le deja comprender el valor de lo que hace ni disfrutar de ello. Pero tampoco le deja comprender y saborear el verdadero descanso, el ocio, la celebración y la alegría. El principito sugiere al farolero, encadenado a su deber, que puede encontrar el verdadero descanso caminando lentamente para quedar siempre al sol. El sol representa en el libro la fuente del sentido, se trata pues de pararse a contemplar, a pensar, a celebrar, a orientarse… es decir, dejar que el amor, la gratitud y el gozo se introduzcan en su vida y en su trabajo. Convertir el tiempo y el esfuerzo en don. Pero el farolero le responderá que no. “Lo que me gusta en la vida, le dice, es dormir”…

El amor –el querer y procurar el bien para alguien- proporciona el verdadero valor de las cosas y de las personas. Eso es lo que falta en la vida del rey, del vanidoso, del hombre de negocios, del bebedor... También en la del farolero, aunque de él dirá el principito: «es el único que no me parece ridículo. Quizá porque se ocupa de una cosa ajena a sí mismo... Es el único de quien pude haberme hecho amigo.»  Pero… Sí, había un pero. Dedicado a un trabajo cuya verdadera belleza y utilidad desconocía, y sin haber descubierto que el sentido último del trabajo está en el amor y en el servicio a las personas,  el farolero se ha encapsulado en su soledad. “Su planeta –dirá el principito- es verdaderamente demasiado pequeño. No hay lugar para dos...”

Todos los demás han visto en el pequeño un «súbdito», un «admirador», una «pesada molestia»… Le han valorado por la utilidad que pueden obtener de él, incapacitándose para amarle y aceptarle por él mismo, tal y como es. Y el farolero, encadenado a la consigna, no ha descubierto el valor de su trabajo por no haber sido capaz de convertido en dádiva, en oblación.

 

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13 de Junio - 2017

Los capítulos XII y XIII de El principito son de notable interés. El primero de ellos es muy breve, pero de una tristeza inmensa. Es la llegada del principito al planeta habitado por un bebedor. Representa a esas “personas mayores” que viven encadenadas a algún tipo de adicción, ya sea por la dependencia hacia una sustancia, o a un trabajo, al juego, al sexo o a cualquier otra actividad que ha perdido su sentido y absorbe de tal modo a la persona que le quita todo poder de decisión. Encerrada en sí misma, carece de todo horizonte. Melancolía y amargura lo llenan todo.

—¿Qué haces ahí? —preguntó al bebedor que estaba sentado en silencio ante un sinnúmero de botellas vacías y otras tantas botellas llenas.

—¡Bebo! —respondió el bebedor con tono lúgubre.

—¿Por qué bebes? —volvió a preguntar el principito.

—Para olvidar.

—¿Para olvidar qué? —inquirió el principito ya compadecido.

—Para olvidar que siento vergüenza —confesó el bebedor bajando la cabeza.

—¿Vergüenza de qué? —se informó el principito deseoso de ayudarle.

—¡Vergüenza de beber! —concluyó el bebedor, que se encerró nueva y definitivamente en el silencio.

Y el principito, perplejo, se marchó.

"No hay la menor duda de que las personas mayores son muy extrañas", seguía diciéndose para sí el principito durante su viaje.”

*        *        *

El capítulo 13, sin embargo, correspondiente al cuarto de los planetas, es demoledor por otros motivos. Nos encontramos ante la mirada en extremo pragmática y utilitarista del hombre de negocios. Si el rey, nada más divisar al principito, creyó ver en él a un súbdito, y el vanidoso sólo supo ver un admirador, el hombre de negocios, concentrado en laboriosos cálculos, sumas y restas, sólo verá en el recién llegado una molesta interrupción.

Se halla sumamente atareado en precisar que posee ni más ni menos que “quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y un…” “-De… Ya no sé. ¡Tengo tanto trabajo!”…

Cuando el principito le pregunte “-¿Quinientos millones de qué?” No sabrá decir de qué se trata. “-Millones de esas cositas que se ven a veces en el cielo”. Apretado por las preguntas insistentes, añadirá: “Cositas que brillan…, cositas doradas que hacen desvariar a los holgazanes.” “–¡Ah, estrellas!”, caerá en la cuenta al fin el principito.

¡¡Precisión. Precisión!!: “-Quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y uno”, exactamente. Y repetirá una y otra vez: “-Yo soy serio, no me divierto con tonterías. Yo soy serio. No tengo tiempo para desvariar. Yo soy serio. Soy preciso.” Este “pobre rico”, no tiene tiempo. Qué lástima. Porque, bien mirado, no tener tiempo es no tener vida.

 “-Poseo las estrellas, son mías, porque jamás, nadie antes que yo, soñó con poseerlas.” Razonando con tan poco fundamento como el ebrio, argumenta: “-Poseo las estrellas para ser rico, y soy rico para comprar más estrellas…” En su afán de posesión, posee y compra más y más y más estrellas, con el único fin de poder asegurar que son suyas, depositarlas en el banco, escribir su cantidad en un papel y después encerrar el papelito, “bajo llave, en un cajón.” Reduce el ser y el valor de las cosas a meros objetos manipulables, incluso a las personas. Imposible la amistad y el amor con quien sólo busca poseerte.

El principito no dudará en calificar a este curioso y terrible personaje -que aspira a poseer y dominar el mundo entero y en especial aquello que tiene algún valor para los demás- de “apenas humano”: “¡No es un hombre, es un hongo!”, dirá en otro lugar. Para añadir seguidamente: “Jamás ha aspirado una flor. Jamás ha mirado a una estrella. Jamás ha querido a nadie…” Presume de ser serio, pero esta seriedad al principito le produce verdadero horror. “¿Serio?” Con ironía dirá que tal vez sea divertido y hasta poético, pero no tiene nada de serio. Y es que no hace justicia al verdadero valor de las cosas ¡y de las personas!.

Porque la “posesión” a la que se refiere el principito es muy diferente; más aún, es todo lo contrario. No consiste en asfixiar, controlar y decidir sobre los demás, a quienes se toma por “cosas”, sino en ponerse a disposición de “los míos”. El “mi” de intimidad, del verdadero amor, es todo lo contrario del ”mi” de posesión y manipulación. El amor posesivo no es amor. Es violencia. El verdadero amor y la amistad se basan en el respeto, en dejar ser al otro, en buscar su bien, en ayudarle a ser quien es, y a ser lo mejor que pueda ser. “Mi” flor, “mis” volcanes… Es útil que yo los posea, “pero tú no eres útil a las estrellas…”

“El hombre de negocios, concluye el capítulo, abrió la boca pero no encontró respuesta”, y el principito se fue, repitiéndose otra vez que “decididamente, las personas mayores son enteramente extraordinarias”.

 

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13 de Junio - 2017

El capítulo X de El Principito nos muestra la figura curiosa de un rey que habita en un pequeño y solitario planeta: el planeta 325 (ya se sabe que a las personas mayores les encantan las cifras).

Este personaje, será, como los que conocerá el principito en los otros planetas que se dispone a visitar, ejemplo de un tipo de “persona mayor”. Con esta expresión el libro se refiere simbólicamente a una forma de mirar el mundo, las cosas y a las personas, eminentemente utilitarista y superficial; una mirada del todo incapaz de comprender el verdadero valor de las cosas y de las personas. Y como empezaremos a ver en seguida, incapaz también de apreciar el verdadero valor de la amistad. Para el utilitarista, todo –incluidas las personas- se divide en dos simples tipos: lo que me es útil y lo que no.

Y a estas personas mayores es a las que precisamente se dirige el principito, llamando a la puerta de sus vidas, asomándose a sus planetas, con el propósito de encontrar un amigo.

Y la primera persona a la que se encuentra es alguien que, sin más presentación, exclama: “¡Ah, he aquí un súbdito!”, porque para él todos a su alrededor son súbditos, gente sometida a lo que él mande.

Pero con una cruel ironía, no exenta de fino humor, se nos presenta el mundo de este rey absoluto y universal: el planeta está cubierto por su magnífico manto de armiño y es minúsculo y solitario. Hasta el punto de que no cabe nadie más que un pobre rey, triste y solo, y su absurda pretensión de imponerse sobre todo.

Es tal su afán de control que ordena al principito que bostece y que no bostece, según lo que éste vaya a hacer. Para el rey, lo que no está prohibido es obligatorio. Y por consiguiente, nadie se siente cómodo y libre junto a él, porque no deja lugar a la iniciativa y a la normalidad.

Pero se nos dice además que este rey era también “muy bueno”. Esa forma de ser a la vez autoritario y bueno se conoce con el nombre de paternalismo. Al ejercer el paternalismo, una persona toma decisiones que no pueden discutirse ni cuestionarse, pero a la vez también otorga consentimientos y transmite un cierto afecto. En definitiva, no obstante, quita iniciativa a los demás con la intención de procurarles el bien, porque cree saber mejor que nadie lo que les conviene. Considera al otro incapaz de valerse por sí mismo, no le valora como persona sino más bien como una especie de apéndice suyo, como “súbdito”.

Es importante señalar que no se habla aquí simplemente de política. Se trata de la relación entre la autoridad y la libertad en el ámbito de la convivencia; se puede aplicar al ámbito familiar, al del trabajo o al de la amistad, por ejemplo.

Nuestro rey, tal vez resignado ante la evidencia de una realidad tozuda, que no siempre obedece nuestros deseos,  prefiere dar “órdenes razonables”, pero que en el fondo no son ni verdaderas órdenes ni son tampoco razonables. Así, para que tenga lugar una puesta de sol, “manda” que ocurra cuando necesariamente va a ocurrir. “Lo exigiré, ¡será esta noche… a las siete y cuarenta! ¡Y verás cómo soy obedecido”. Evidentemente eso ni es mandar ni es de veras razonable.

Pero este rey bueno, aunque autoritario, no deja de decir cosas verdaderas: La primera: “La autoridad reposa, en primer término, sobre la razón”. Pero, claro, la verdadera autoridad no se da cuando no se aplica a quien se le ha quitado la libertad. Eso es poder, control, imposición. La verdadera autoridad consiste en ayudar a crecer, en dar auge.

Otra notable sentencia del rey: Al querer retener al principio bajo la sombra de su manto real, pretende nombrarle ministro de Justicia… Pero como el principito repone que no hay en el planeta nadie a quien juzgar porque la vida del rey no deja espacio para que nadie participe de ella de verdad… el rey responde: “-Te juzgarás a ti mismo. Es lo más difícil. Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo que juzgar a los demás. Si logras juzgarte bien a ti mismo eres un verdadero sabio.”

Nada más cierto. Pero la respuesta del principito, contundente y asertiva, no lo es menos: “-Yo puedo juzgarme a mí mismo en cualquier parte. No tengo necesidad de vivir aquí.”

Tampoco le gusta condenar a muerte y perdonar la vida a nadie, como le ordena el rey.

En definitiva, como el principito ve que no puede respirar, agobiado por el afán del rey de ser siempre obedecido, de imponer de un modo u otro su voluntad sin dejar espacio ni capacidad a los demás para ser ellos mismos, decide alejarse. Ante lo irremediable de la partida, el rey exclama: “¡Te hago embajador!”

Qué difícil es entrar en la vida de alguien que no te ve como amigo ni te valora por ser tú mismo sino en función sus intereses. Y qué tristeza y soledad la de su vida.

 

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16 de Mayo - 2017

Los capítulos 8 y 9 del libro se refieren a la aparición de la rosa en el planeta del principito y a la decepción, y consiguiente partida de éste, al sentirse defraudado por los defectos y errores que había encontrado en ella.

Sin ser capaz de ver más allá de las espinas, hasta llegar al fondo de la persona amada, a lo que ella representa para su vida y a sus intenciones verdaderas, el muchacho decide dejarla y marchar lejos -abandonarla- para encontrar amigos, conocer el mundo y aprender de la vida.

Le faltaba esa mirada profunda que da el amor aquilatado y que va más allá de las apariencias, de los malentendidos o de los contratiempos que surgen. Se precipitó, sin duda, como él mismo reconocerá más adelante: “-No supe comprender nada entonces… me perfumaba y me iluminaba. ¡No debí haber huido jamás! Debía haber adivinado su ternura, detrás de sus pobres astucias… Pero yo era demasiado joven para saber amarla.”

Será en el momento de la despedida cuando empiece a dudar de lo correcto de su decisión, pero ya no será capaz de rectificar; y partirá, con una profunda melancolía en el corazón, tras escuchar de la flor su verdadera disposición: “-He sido tonta, le dice. Te pido perdón.. Procura ser feliz… Te quiero. No has sabido nada por mi culpa… Has sido tan tonto como yo.”

El orgullo impedirá a la flor retener al principito, y éste, a su vez, creerá que le será más fácil encontrar lo que busca si se aleja de su hogar. Como tantos casos que seguramente conocemos, a veces se confunde la libertad con el desarraigo.

Para su evasión aprovechará “una migración de pájaros silvestres”... Gentes, mensajes, modas que van de acá para allá sin rumbo fijo y que atraen tras de sí a jóvenes y no tan jóvenes que, por carecer de maestros de vida, buscan sin saber muy bien dónde se encuentran el bien, la verdad, la felicidad, la belleza.

Se asomará así a la vida de otras gentes intentando quedarse e iniciar con ellas una relación de amistad para intentar llenar el hueco que siente por la ausencia de su flor.

Conocerá así, en la región de los asteroides 325 a 330, personajes representativos de diferentes estilos y actitudes ante la vida, la felicidad, el amor y la amistad misma. El primero de ellos será un rey. Un rey que en su planeta minúsculo se viste de púrpura y armiño… y que sueña con reinar sobre todas las cosas y destinos. Pero esa historia… la conoceremos el próximo día.

 

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2 de Mayo - 2017

Capítulo VIII

         En nuestra lectura de El principito llegamos al capítulo octavo, en el cual se nos da noticia de una flor, una rosa –símbolo de la persona amada- que marcará muy hondamente la vida del muchacho. Es la experiencia del amor temprano, que fascina y a la vez desconcierta, y en el que la falta de una mirada profunda, capaz de “comprender” -que sepa ver el valor de la persona amada más allá de las apariencias y de los contratiempos-, dará lugar a la primera y precipitada decepción amorosa.

         Sucedió, así, que en su pequeño planeta, en su modesta vida, apareció un buen día una flor distinta de otras que habían pasado por él sin dejar una huella profunda: que “aparecían una mañana entre la hierba y luego se extinguían por la noche”. Pero ésta no, ésta era muy especial; hizo su aparición –“una mañana, exactamente a la hora de la salida del sol”- tras una elaborada preparación que la hizo mostrarse “con el pleno resplandor de su belleza”.

         A la admiración inicial por la deslumbrante belleza y la magnífica apariencia de la flor, empieza a suceder el desconcierto: no se trataba de una rosa cualquiera, era una flor sumamente vanidosa: “-¡Qué hermosa eres!”, exclamó el muchacho. –“¿Verdad?, respondió la flor, y he nacido al mismo tiempo que el sol…”

         Pero más notable de la aparición de esta persona tan singular es que inicia su diálogo reclamando la atención del principito: le pide que la riegue, pues era la hora del desayuno. Más tarde le pedirá que le coloque un biombo, pues teme las corrientes de aire… -“Y por la noche me meterás bajo un globo. Aquí hace mucho frío”, añadirá. El principito empieza a desvivirse por atenderla hasta que, en un momento dado, descubre que la flor también le dice algunas mentiras para encumbrarse ante él. Por eso, “a pesar de la buena voluntad de su amor, empezó a dudar de ella”.

         Al cabo del tiempo, el principito reconocerá que se dejó entonces llevar en su decepción por aspectos superficiales –las “espinas” de las rosas, esos defectos o errores que hallamos en las personas que están a nuestro lado- y no supo ir más allá, hasta la persona misma, para apreciar la grandeza del bien que ésta suponía:

         “-No debí haberla escuchado; nunca hay que escuchar a las flores. Hay que mirarlas y aspirar su aroma. La mía perfumaba mi planeta, pero yo no podía gozar con ello… No supe comprender nada entonces. Debí haberla juzgado  por sus actos y no por sus palabras. Me perfumaba y me iluminaba. ¡No debí haber huido jamás! Debí haber adivinado su ternura detrás de sus pobres astucias… Pero, termina diciendo- “yo era demasiado joven para saber amarla”.

         Y es que un aspecto esencial del amor verdadero es el perdón: ese ponerse ante la persona que nos hizo daño o nos confundió, y decirle: “Tú me importas más que tus errores”. Porque es preciso llegar a amar en la rosa hasta la espina.

 

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18 de Abril - 2017

Estamos ante el capítulo VII de El principito: Es breve pero contiene varias claves de sentido y desde él podemos entender muchos aspectos del libro. Asistimos a una tremenda discusión entre el aviador y el principito y a la confrontación de las dos mentalidades, la de los niños y las personas mayores, personificadas en ambos protagonistas.

Situémonos. Estamos en el quinto día de la caída en el desierto. El aviador no consigue arreglar la avería del avión que es también la crisis de sentido por la que atraviesa su vida. Él pensaba que era una cuestión laboral o técnica, relativa sin más a su trabajo; pero aún no ha caído en la cuenta de que el asunto es más grave en realidad. Lo que le falta es una finalidad en la vida, el verdadero motor que nos impulsa y que nos lleva a afrontar y superar las dificultades del camino, por la que merece la pena entregar la misma vida. Cree que se trata de una situación de emergencia pues le queda agua para apenas tres días... Pero la verdadera cuestión es que no encuentra aliciente ni finalidad…, afecta a su escala de valores, al sentido de su vida.

El principito, a partir de su preocupación por las espinas de su rosa -asunto menos banal de lo que a simple vista parece-, le hará ver que el verdadero problema no afecta a los medios, sino a las finalidades de la vida. El problema auténtico no es del avión, sino del corazón del piloto: Lo que le pasa no es que ha surgido una dificultad en el trabajo; es que no ha querido de verdad a nadie. Que está solo, profundamente solo.

Pero él sigue pensando que resolver la situación laboral es algo serio e importante. Y entonces el principito le hace ver que no es así. Que lo de verdad importante en la vida es si algo o alguien puede hacer daño a quien se quiere de verdad y por quien se vive.

Las “espinas” de la flor que el príncipe dejó abandonada en su planeta, es decir sus errores, sus limitaciones y culpas, sus defectos… también necesitan ser compadecidos. Además, sería terrible que un cordero, es decir la amistad de un amigo, pudiera interponerse entre el principito y su flor y llegara a hacerle daño a ella.

Aparece mencionado un señor gordo y colorado: el hombre de negocios que encontraremos en el capítulo XIII, prototipo de quien sólo piensa en sí mismo y en enriquecerse, pero que se ha olvidado de qué son las cosas y de para qué vive. “-¡Pero no es un hombre, es un hongo!”, exclamará airado el principito. Alegoría de muchas situaciones que hallamos a nuestro alrededor, o tal vez de nuestra propia situación.

Ha caído la noche, es decir, llega la desolación. Anegado en llanto, tras el gran arrebato de ira y de haber revelado sus temores, el principito se muestra frágil y necesitado de consuelo. Será en ese momento cuando el aviador deje por primera vez de pensar en sus preocupaciones inmediatas y salga de sí mismo, para caer en la cuenta de que a su lado hay alguien más que necesita consuelo:  “Yo había soltado las herramientas y ya no importaban nada el martillo, el perno, la sed y la muerte. ¡Había en una estrella, en un planeta, el mío, la Tierra, un principito a quien consolar!”, confesará hondamente conmovido nuestro personaje.

(Narración grabada CAPÍTULO VII, parte FINAL)

—¡Hablas como las personas mayores!
Me avergonzó un poco. Pero él, implacable, añadió:
—¡Lo confundes todo, lo mezclas todo!
Estaba verdaderamente irritado; sacudía la cabeza, agitando al viento sus cabellos dorados.

—Conozco un planeta donde vive un señor muy colorado, que nunca ha olido una flor, ni ha mirado una estrella y que jamás ha querido a nadie. En toda su vida no ha hecho más que sumas. Y todo el día se lo pasa repitiendo como tú: "¡Yo soy un hombre serio, yo soy un hombre serio!" Al parecer esto le llena de orgullo. Pero eso no es un hombre, ¡es un hongo!

—¿Un qué?
—Un hongo.
El principito estaba pálido de cólera.

—Hace millones de años que las flores tienen espinas y hace también millones de años que los corderos, a pesar de las espinas, se comen las flores. ¿Es que no es cosa seria averiguar por qué las flores pierden el tiempo fabricando unas espinas que no les sirven para nada? ¿Es que no es importante la guerra de los corderos y las flores? ¿No es esto más serio e importante que las sumas de un señor gordo y colorado? Y si yo sé de una flor única en el mundo y que no existe en ninguna parte más que en mi planeta; si yo sé que un buen día un corderillo puede aniquilarla sin darse cuenta de ello, ¿es que esto no es importante?

—Si alguien ama a una flor de la que sólo existe un ejemplar en millones y millones de estrellas, basta que las mire para ser dichoso. Puede decir satisfecho: "Mi flor está allí, en alguna parte " ¡Pero si el cordero se la come, para él es como si de pronto todas las estrellas se apagaran! ¡Y esto no es importante!

No pudo decir más y estalló bruscamente en sollozos.

La noche había caído. Yo había soltado las herramientas y ya no importaban nada el martillo, el perno, la sed y la muerte. ¡Había en una estrella, en un planeta, el mío, la Tierra, un principito a quien consolar! Lo tomé en mis brazos y lo mecí diciéndole: "la flor que tú quieres no corre peligro te dibujaré un bozal para tu cordero y una armadura para la flor te ". No sabía qué decirle, cómo consolarle y hacer que tuviera nuevamente confianza en mí; me sentía torpe. ¡Es tan misterioso el país de las lágrimas!

 

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21 de Marzo - 2017

El capítulo 5 de El Principito es muy aleccionador. El narrador confiesa que no le gusta “adoptar tono de moralista”, pero es que este libro es un puñado de reflexiones acerca del sentido de la vida, de la amistad y de la felicidad y nada de eso se improvisa. Este capítulo trata de los baobabs que, como todos sabemos, son enormes árboles que crecen en las sabanas africanas. Alcanzan los 25 m de altura y 10 metros de diámetro.

 

         En este curioso y sugerente episodio se aprecia el simbolismo general de la historia. En ella aparecerán diferentes planetas, entre ellos el del principito o la Tierra misma, por ejemplo. Pero esos planetas representan nuestras vidas: el mundo en el que nos desenvolvemos, el tipo de vida, nuestra escala de valores, nuestra personalidad incluso. ¿Cómo es nuestra vida? La del principito era bastante insignificante, habitaba un planeta muy pequeño que no llamaba la atención. Era su hogar, sus costumbres, sus relaciones, los principios y valores, la actividad a la que dedicaba su tiempo… Nada llamativo, la verdad. Como puede serlo también la vida de muchos de nosotros, que ni salimos en los periódicos ni por la tele, ni hemos protagonizado nunca grandes heroicidades ni escándalos. Tal vez “algún transeúnte común” diría que se trata de una vida o de un mundo anodinos, sin interés especial, sin valor incluso.

 

         Pero se nos advierte aquí una cosa: pequeña o grande, llamativa o no, nuestra vida puede ser escenario y campo de cultivo de acciones buenas o malas; de valores o vicios. Y estas virtudes o hábitos torcidos pueden embellecer nuestra vida, en primer caso, o, asfixiarla o esclavizarla hasta hacerla saltar por los aires. Y esto es lo que representan aquí los baobabs: esos hábitos que empiezan por ser acciones o caprichos insignificantes, y que la negligencia puede provocar que –en palabras de San Ignacio en sus Ejercicios espirituales- pasen de ser “hilillos” que nos atan a ser gruesas cuerdas y redes o cadenas que nos quiten toda libertad, todo amor y todo bien.

 

         “En efecto, en el planeta del principito, como en todos los planetas, había hierbas buenas y malas, como resultado de buenas y malas semillas”.

 

         Semillas invisibles pero que, al hacer aparición, deben ser examinadas con atención, por si se trata de rosales o de baobabs, por ejemplo. Es decir, de acciones, inclinaciones y hábitos, buenos o malos.

“-Los baobabs, antes de crecer, comienzan por ser muy pequeños”, dice el principito. “Y si un baobab no se arranca a tiempo, ya no es posible desembarazarse de él. Invade todo el planeta. Lo perfora con sus raíces. Y si el planeta es demasiado pequeño y los baobabs demasiado numerosos, lo hacen estallar.”

 

         Así ocurre con nuestros hábitos. Si son buenos los llamamos virtudes, disposiciones estables que orientan nuestra vida al bien y la llenan de belleza auténtica. Pero si son malos hábitos, se convierten en vicios, que nos van anulando y quitando libertad, y llenan la vida de oscuridad y de amargura. De infelicidad.

 

         Por eso el narrador nos dice que el peligro de los baobabs es poco conocido, lo cual hace que los riesgos sean aún mayores y más importantes. Y por eso también, nos confiesa, ha procurado ilustrar su historia con uno de sus dibujos más grandiosos, impulsado por la urgencia y gravedad del asunto.

 

         ¿Cómo se evita que los vicios arraiguen en nuestra vida?, se pregunta. “Es cuestión de disciplina”, contesta con palabras del principito. “Hay que dedicarse regularmente” cada día “a arrancar los baobabs en cuanto se los distingue de los rosales, a los que se parecen mucho cuando son muy jóvenes.” Es un rutina que requiere insistencia y vencer la pereza.

 

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7 de Marzo - 2017

En el capítulo III de El principito, nuestro aviador recibe un disgusto notable cuando su nuevo y misterioso amigo le pregunta por su avión averiado y se refiere a él diciendo:

“-¿Qué es esta cosa?”

“-No es una cosa. Vuela. Es un avión. Es mi avión”, contesta, algo picado, el piloto, que hasta hoy se había sentido orgulloso de su profesión y de su género de vida, pero que ha descubierto ahora la soledad real en la que vivía.

Y entonces el principito soltó una magnífica carcajada que irritó al aviador:

-“¡Tú también has caído del cielo… qué gracioso… La verdad es que en esto no puedes haber venido de muy lejos…”

Y es que al aviador, como a cualquiera, no le gustaba que se tomaran a broma su desgracia, especialmente al comprobar que su proyecto de vida no daba para mucho.

Pero ya en el capítulo IV, ese “tú también has caído del cielo”, lleva al piloto a interesarse por el lugar de origen del niño. Sí, el jovencito procedía de otro planeta, de otro mundo… Por cierto, nada grande ni vistoso. Llevaba allí una vida muy corriente en un planeta pequeño, vulgar incluso. Presumiblemente, se nos dirá, se trataba del asteroide B 612. Porque habrá de saberse que los astrónomos asignan un número por nombre a esos pequeños mundos, a esas vidas que son tan simples que apenas se ven con el telescopio o con los grandes titulares.

 

 

Es muy divertida la historia del descubrimiento del asteroide B 612, por cierto. A través de ella, en el libro se acentúa el contraste entre aquellas dos miradas tan distintas: la mirada de los niños –esa mirada que lleva a comprender la vida- y la superficial mirada de las personas mayores, tan “razonable y común”, tan atenta a lo inmediato, a la rentabilidad de los resultados y sobre todo a las apariencias.

 

 

 

 

La indumentaria del astrónomo turco que descubrió el planeta del principito hizo que nadie creyera su demostración. Pero cuando la repitió vestido a la europea, “todo el mundo compartió su opinión”. Y comenta el autor:

         “A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial del mismo.

         Nunca se les ocurre preguntar: "¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas?" Pero en cambio preguntan: "¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?" Solamente con estos detalles creen conocerle. Si les decimos a las personas mayores: "He visto una casa preciosa de ladrillo rosa, con geranios en las ventanas y palomas en el tejado", jamás llegarán a imaginarse cómo es esa casa. Es preciso decirles: "He visto una casa que vale cien mil pesos". Entonces exclaman entusiasmados: "¡Oh, qué preciosa es!"

         De tal manera, si les decimos: "La prueba de que el principito ha existido está en que era un muchachito encantador, que reía y quería un cordero. Querer un cordero es prueba de que uno existe", las personas mayores se encogerán de hombros y os tratarán como a unos niños. Pero si les decimos: "el planeta de donde venía el principito era el asteroide B 612", quedarán convencidas y no se preocuparán de hacer más preguntas. Son así. No hay por qué guardarles rencor. Los niños deben ser muy indulgentes con las personas mayores.

         Pero nosotros, que sabemos comprender la vida, nos burlamos tranquilamente de los números. A mí me habría gustado más comenzar esta historia a la manera de los cuentos de hadas. Me habría gustado decir:

         "Érase una vez un principito que habitaba un planeta apenas más grande que él y que tenía necesidad de un amigo". Para aquellos que comprenden la vida, esto hubiera parecido más real.”

         La mirada superficial y pragmática de las personas mayores impide ver a la persona más allá de su apariencia. Es algo así como aquellos dos circos: el Circo Carnaval, fascinado por las máscaras y desentendido de las personas,  y el Circo de la Mariposa, en el que se todos se saben portadores en su interior de una dignidad única.

         Ocurre además que los números son anónimos y sustituibles (“un hombre es un millón de hombres partido por un millón”, decía Koestler), pero las personas no. Por eso puede ser muy, pero que muy peligroso, que a las personas se las trate como números. Y quizás ello explique que sea tan difícil encontrar un verdadero amigo -único, irrepetible- que nos haga salir de nuestra soledad. Por eso, el aviador, años más tarde, pondrá todo su afán en no olvidar a su amigo el principito:

         “Es muy triste olvidar a un amigo. No todos han tenido un amigo. Y yo puedo llegar a ser como las personas mayores, que sólo se interesan por las cifras.”

La mirada de los niños, ajena a todo utilitarismo, es capaz de “ver corderos a través de las cajas”; pero el pobre aviador confiesa desconsolado que le resulta imposible: “-Soy quizá un poco como las personas mayores. Debo de haber envejecido”. En la dedicatoria del libro, Saint Exupèry había escrito que “todas las personas mayores han sido niños antes… Pero pocas lo recuerdan.” Quizás por eso es tan importante haber hallado por fin a un amigo, al otro lado de la desolación.

Y hay aún otro dato muy interesante: se nos ha dicho que el principito “tenía necesidad de un amigo”. Es decir, que ya ha pasado por una situación parecida a la que ahora atraviesa el aviador. Dos historias paralelas de desencuentro y de amistad… Tal vez, en el fondo, la misma historia.

 

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21 de Febrero - 2017

Seguimos con el comentario de El principito, un auténtico clásico del siglo XX que encierra lecciones de gran valor acerca de la vida y su sentido, y páginas de una belleza singular.

En nuestro programa anterior, acerca del capítulo II, dejamos al narrador tras haber centrado toda su vida y su voluntad en un trabajo notable, el de aviador, que terminó por dejarle tirado sin embargo, en una situación de precariedad vital. Su trabajo era su refugio y su último asidero en una vida gris, basada en el utilitarismo y en lo políticamente correcto. Sin embargo acaba por fallarle; y lo que venía siendo el “motor” de su vida se avería gravemente; se queda tirado y solo, como si estuviera en medio del desierto del Sahara, desesperado y en situación de urgencia extrema, sin recursos para subsistir (eso pensaba él): “Estaba a mil millas de todo lugar habitado y me quedaba agua apenas para ocho días…”

A su parecer, de esa supervivencia a toda costa dependía el  sentido de su vida. La aparición del principito le irá haciendo ver poco a poco otra cosa muy diferente: que su sed, sobre todo, no era la del agua para beber… era una sed más profunda, la sed de su corazón, la irrupción en su vida de alguien singular, la necesidad de sentido.

Pero aún estamos en el principio de toda esta peripecia. Nuestro piloto, perplejo ante el misterio de la aparición del niño que se dirige a él en medio de esta situación crítica, de soledad y desmoralización, se ve obligado a satisfacer una demanda insólita: “-Por favor, dibújame un cordero”.  De esta manera, el aviador -aunque el hecho le parecía absurdo al principio y no entendía nada- ha tenido que salir de sí mismo y de su apremiante situación, para satisfacer la exigente demanda de otra persona, dibujando corderos a su modo que no complacen al muchachito, hasta que termina dibujándole una caja con tres agujeros y le dice:  “-El cordero que quieres está dentro”. A lo que el principito responde: “-¡Es exactamente como lo quería!”.

A veces, lo esencial no radica en las cosas, sino en el sentido de las cosas, ese sentido que no aparece a simple vista y que trasciende lo inmediato. No se trata de la materialidad del regalo, de lo que se ve a simple vista, sino del valor de la amistad o del amor que representa. El secreto de la amistad y del amor humano estriba seguramente en esto, en alcanzar la hondura del corazón del otro, desde el fondo de uno mismo. No tanto por lo que damos, sino porque nos ponemos a nosotros mismos en lo que damos. La amistad consiste en querer el bien del otro, en ofrecerle lo mejor que uno tiene. Decía Simone Weil que las mismas palabras -“te quiero”- pueden ser triviales o extraordinarias dependiendo de la profundidad de la que proceden y a la que se dirigen.

El cordero que ofrece el aviador al principito no es el que le hubiera gustado al autor, sino el que –portador de un sentido más profundo- el receptor precisa. Este cordero, símbolo de amistad, que le ha regalado el aviador será para el muchacho todo un tesoro. Muchas veces ni siquiera somos conscientes del valor de lo que damos a los demás, y son ellos los que nos hacen caer en la cuenta, justamente por su aprecio y por el valor que le atribuyen.

El principito, como iremos viendo, esconde auténticas bellezas y claves de sentido.

 

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7 de Febrero - 2017

En los programas de este año 2017 dedicaremos la última sección de nuestro programa a leer y comentar El principito, de Antoine de Saint Exupèry. Se trata de un auténtico clásico del siglo XX que encierra lecciones de gran valor acerca de la vida y su sentido, y páginas de una belleza singular.

En la dedicatoria y en el primer capítulo, que ya hemos tenido ocasión de comentar, hemos hablado del valor simbólico que se da en este libro a los niños y a las personas mayores, que representan sendos modos de mirar y de entender la vida.

El narrador confiesa que las personas mayores –esas que dan tanta importancia a las apariencias- le instaron a que fuera como todo el mundo y que se dedicara a estudiar y a realizar actividades útiles y prácticas, nada de cosas raras como el dibujo.

Por eso se dedicó a la profesión de aviador, y aceptó vivir entre tanta gente hablando de lo habla todo el mundo, y diciendo lo que todo el mundo dice, y pensando como todo el mundo piensa. Pero el resultado no fue, por desgracia, una vida feliz, de convivencia social grata y de rica comunicación con quienes ha vivido durante años. He aquí su confesión, terrible: “Viví así, solo, nadie con quien poder hablar verdaderamente”. Soledad, incomunicación, una vida intrascendente y superficial.

Y no sólo eso, el aviador vivía entregado a su trabajo, su trabajo se había convertido en al fin y el fundamento de su vida…, hasta que, de pronto…

…“hasta cuando hace seis años tuve una avería en el desierto de Sahara. Algo se había estropeado en el motor. Como no llevaba conmigo ni mecánico ni pasajero alguno, me dispuse a realizar, yo solo, una reparación difícil. Era para mí una cuestión de vida o muerte, pues apenas tenía agua de beber para ocho días.

La primera noche me dormí sobre la arena, a unas mil millas de distancia del lugar habitado más próximo. Estaba más aislado que un náufrago en una balsa en medio del océano.”

No nos engañemos. No se habla aquí de un aviador caído en medio del Sáhara. Estamos ante un hombre –tal vez tú yo, amigo o amiga oyente- al que su trabajo, su único asidero, ha terminado también por fallarle. Un despido, un fracaso, una operación ruinosa, una deslealtad… “Algo se había roto en mi motor”. Nuestro hombre se encuentra vacío, tirado, solo, desorientado y en plena frustración, “a mil millas de todo lugar habitado”. En pleno desierto y verdaderamente solo aunque pueda estar físicamente rodeado de gente.

Y de súbito…

Imagínense, pues, mi sorpresa cuando al amanecer me despertó una extraña vocecita que decía:

— ¡Por favor... píntame un cordero! —¿Eh?
—¡Píntame un cordero!

Me puse en pie de un salto como herido por el rayo. Me froté los ojos. Miré a mi alrededor. Vi a un extraordinario muchachito que me miraba gravemente. Ahí tienen el mejor retrato que más tarde logré hacer de él, aunque mi dibujo, ciertamente es menos encantador que el modelo. Pero no es mía la culpa. Las personas mayores me desanimaron de mi carrera de pintor a la edad de seis años y no había aprendido a dibujar otra cosa que boas cerradas y boas abiertas.

Miré, pues, aquella aparición con los ojos redondos de admiración. No hay que olvidar que me encontraba a unas mil millas de distancia del lugar habitado más próximo. Y ahora bien, el muchachito no me parecía ni perdido, ni muerto de cansancio, de hambre, de sed o de miedo. No tenía en absoluto la apariencia de un niño perdido en el desierto, a mil millas de distancia del lugar habitado más próximo.

Una de las cosas curiosas del libro es que a los encuentros humanos que en él se producen les acompaña la salida del sol, como iremos viendo. Y del mismo modo, en los momentos de agonía, desencuentro o desesperación, se lee siempre: “cayó la noche”. En este caso, la narración nos dice que el principito apareció ante el aviador justamente “al amanecer”.

Cuando el misterio es demasiado impresionante, es imposible desobedecer. Por absurdo que aquello me pareciera, a mil millas de distancia de todo lugar habitado y en peligro de muerte, saqué de mi bolsillo una hoja de papel y una pluma fuente. Recordé que yo había estudiado especialmente geografía, historia, cálculo y gramática y le dije al muchachito (ya un poco malhumorado), que no sabía dibujar.

—¡No importa —me respondió—, píntame un cordero!

Como nunca había dibujado un cordero, rehíce para él uno de los dos únicos dibujos que yo era capaz de realizar: el de la serpiente boa cerrada. Y quedé estupefacto cuando oí decir al hombrecito:

— ¡No, no! Yo no quiero un elefante en una serpiente. La serpiente es muy peligrosa y el elefante ocupa mucho sitio. En mi tierra es todo muy pequeño. Necesito un cordero. Píntame un cordero.

Abrumado por la perplejidad y deseoso de comenzar a arreglar el motor, nuestro piloto dibuja una y otra vez corderos que por su aspecto exterior no complacen a su pequeño interlocutor. Harto, así pues, dibuja una caja con tres agujeros y exclama:

—Esta es la caja. El cordero que quieres está adentro. Con gran sorpresa mía el rostro de mi joven juez se iluminó:

—¡Así es como yo lo quería! ¿Crees que sea necesario mucha hierba para este cordero? —¿Por qué?
—Porque en mi tierra es todo tan pequeño 
Se inclinó hacia el dibujo y exclamó:

—¡Bueno, no tan pequeño ! Está dormido Y así fue como conocí al principito.

    Es curioso pero, en medio de la soledad y desesperación de piloto, el principito ha roto su ensimismamiento y le ha sacado del sentimiento de desesperación, obligándole -convertido en pintor improvisado- a salir de sí mismo, de su problema y de su angustia, y a preocuparse por complacer la necesidad de otra persona, de modo exigente incluso, aportando no lo que uno quiere sino lo que el otro necesita; sin dar importancia a la apariencia, para centrarse en algo más profundo e íntimo, invisible tal vez a los ojos.

 

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17 de Enero - 2017

El Principito, como ya decíamos en nuestro programa anterior, es la narración, en 28 breves capítulos, de un proceso espiritual que desea hacer pensar al lector sobre el sentido de la vida. Adopta la forma de un cuento para reflexionar acerca de dos actitudes contrapuestas acerca de la realidad, representadas aquí por la mirada de “las personas mayores”, por un lado, y la mirada propia de “los niños”.

El argumento parte de una reflexión retrospectiva del narrador sobre su propia infancia, en la que la mirada asombrada y en apariencia ingenua del niño contrasta con la mentalidad utilitarista y pragmática de las personas mayores entre las que finalmente ha termina­do por incluirse.

El libro es una alegoría en la que aparecen múltiples símbolos, paradojas e ironías. La más importante seguramente es la contraposición permanente entre los niños y las llamadas “personas mayores”. Se trata, como decíamos más arriba, de dos actitudes ante la realidad, de dos miradas o modelos de vida.

La mirada de las personas mayores, de la “gente seria”, representa la mentalidad utilitarista y pragmática que es propia de nuestro mundo contemporáneo. Fascinada por las apariencias, los números, el relumbrón y la eficacia, pero a la vez superficial, desesperada y cerrada a la trascendencia. Pero como es la actitud más general, se muestra como la más realista y  “razonable” (entre comillas).

En contraposición, la mirada de los niños simboliza una mirada abierta al ser de las cosas y a su razón de ser. Más allá de las apariencias, la prisa o el afán de resultados y de éxitos, se centra en el valor de las cosas sencillas y cotidianas, en la amistar y el amor desinteresados, en el trabajo bien hecho y realizado con espíritu de servicio… Es una mirada, una actitud, que nos lleva a descubrir que la felicidad, la plenitud a la que aspira todo ser humano, se alcanza por medio de la autodonación libre y amorosa. Así como la mirada de las personas mayores es calificada como “razonable”, a la mirada de los niños se la identifica con la capacidad de comprensión, con la hondura que va más allá de las apariencias, de lo que se ve a simple vista, y profundiza en lo esencial.

Los niños, no nos engañemos, no son quienes tiene una edad cronológica temprana, sino quienes, con independencia de sus años, mantiene una mirada limpia, honesta y sencilla. Hay entre muchos jóvenes, demasiados “adultos prematuros”.

Arranca el capitulo primero con una especie de confidencia: un adulto recuerda que en su infancia, impresionado por la lectura de un libro sobre la vida salvaje, dibujó un elefante engullido por una serpiente boa. Visto “desde fuera”, y sin averiguar los motivos que llevaron al niño a realizar su dibujo, a las personas mayores les parecía un sombrero…

 “Las personas mayores me aconsejaron abandonar el dibujo de serpientes boas, ya fueran abiertas o cerradas, y poner más interés en la geografía, la historia, el cálculo y la gramática. De esta manera a la edad de seis años abandoné una magnífica carrera de pintor. (…)

Tuve, pues, que elegir otro oficio y aprendí a pilotar aviones. He volado un poco por todo el mundo y la geografía, en efecto, me ha servido de mucho; al primer vistazo podía distinguir perfectamente la China de Arizona. Esto es muy útil, sobre todo si se pierde uno durante la noche.

A lo largo de mi vida he tenido multitud de contactos con multitud de gente seria. Viví mucho con personas mayores y las he conocido muy de cerca; pero esto no ha mejorado demasiado mi opinión sobre ellas.

Cuando me he encontrado con alguien que me parecía un poco lúcido, lo he sometido a la experiencia de mi dibujo número uno que he conservado siempre. Quería saber si verdaderamente era un ser comprensivo. E invariablemente me contestaban siempre: "Es un sombrero". Me abstenía de hablarles de la serpiente boa, de la selva virgen y de las estrellas. Poniéndome a su altura, les hablaba del bridge, del golf, de política y de corbatas. Y mi interlocutor se quedaba muy contento de conocer a un hombre tan razonable.”

El niño que quería mostrar lo que le había asombrado en sus lecturas es reconvenido para que se deje de sueños y de tonterías y vaya a lo práctico, que sea como los demás, que se dedique a estudiar materias útiles y a hacer cosas rentables…

Pero ante lo que podría haberse considerado una “adecuada socialización” del niño, una “integración en el mundo real y realista” en el que ante todo hay que ser eficaces; ante una forma de vida tan “razonable” en apariencia, el narrador confiesa, a continuación, en el comienzo del capítulo segundo:

“Viví así, solo, sin nadie con quien hablar verdaderamente".

         Tal vez una existencia convencional y aburguesada no es capaz de satisfacer las ansias humanas de felicidad y tras ella sólo existe una cosa: el vacío. 

 

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3 de Enero - 2017

     Una vez concluido el año centenario de la muerte de Miguel de Cervantes, vamos a dedicar el tramo final de nuestro programa a comentar un auténtico clásico del siglo XX que encierra lecciones de gran valor acerca de la vida y su sentido, y páginas de una belleza singular: El Principito, de Antoine de Saint Exupèry.

ARGUMENTO

Publicado en 1943 por primera vez El Principito es la narración, en 28 breves capítulos, de un proceso espiritual. Adoptando la forma de un cuento, el narrador refiere en primera persona su encuentro en pleno desierto del Sahara con un misterioso niño, tras haber sufrido una avería durante una trave­sía aérea en solitario.

La lectura de esta obrita es un excelente marco para la reflexión acerca del sentido de la vida, del verdadero valor de las cosas, de las personas, de la amistad, del tiempo que se vive y del trabajo.

Es una llamada al descubrimiento de la trascenden­cia que se oculta en cada cosa, en la actividad humana, en cada rincón del mundo. Y es también una profunda pero comprensiva crítica al pragmatismo que tan a menu­do hace estéril la vida de muchos hombres y mujeres. Esas “personas mayores…”

        

A una mirada superficial o pragmática chocará sin duda la dedicatoria de este libro.

A LEÓN WERTH

Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor. Tengo una seria excusa: esta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el mundo. Pero tengo otra excusa: esta persona mayor es capaz de comprenderlo todo, incluso los libros para niños. Tengo una tercera excusa todavía: esta persona mayor vive en Francia, donde pasa hambre y frío. Tiene, por consiguiente, una gran necesidad de ser consolada. Si no fueran suficientes todas esas razones, quiero entonces dedicar este libro al niño que fue hace tiempo esta persona mayor. Todas las personas mayores antes han sido niños. (Pero pocas de ellas lo recuerdan). Corrijo, por consiguiente, mi dedicatoria:

A LEÓN WERTH, cuando era niño.

Va dirigida a Léon Werth, una persona que padece hambre y frío, pero cuya mayor necesidad no es -contra lo que cabría esperar a simple vista- alimento y abrigo. Esta persona «tiene verdadera necesidad de consuelo», de un agua que es buena para el corazón... La vida no consiste en sobrevivir solamente, sino en saberse atendido, comprendido, aceptado, valorado. «Todas las personas mayores han sido niños antes. (Pero pocas lo recuerdan.) Corrijo, pues, mi dedicatoria: A Léon Werth, cuando era niño.»

El argumento parte de una reflexión retrospectiva del narrador y protagonista sobre su propia infancia, en la que la mirada asombrada y en apariencia ingenua del niño contrasta con la mentalidad utilitarista y pragmática de las personas mayores entre las que finalmente ha termina­do por incluirse. Alejado, no sólo en el tiempo, de su infancia, su existencia convencional y aburguesada le deja vacío: “Viví así, solo, sin nadie con quien hablar verdaderamente" (cap. II). Pero de esto… hablaremos el próximo día.

 

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