Leyendo MOMO

7 de Julio

LA EXTRAÑA HISTORIA DE LOS LADRONES DEL TIEMPO Y DE LA NIÑA QUE DEVOLVIÓ EL TIEMPO A LOS HOMBRES.​

Hasta ahora hemos acompañado a la pequeña protagonista de este cuento, aprendiendo con ella el valor del tiempo, ese tiempo que es vida y que reside en el corazón, y que ha de convertirse en don para otros si no queremos que sea un tiempo muerto, devorado por la enfermedad mortal de la tristeza, del aburrimiento o de la banalidad.

Este tiempo es en realidad la oportunidad que se nos ofrece para embellecer el mundo; una ingente cantidad de instantes, de “ahoras” irrepetibles que hemos de convertir en don. ¿Os habéis dado cuenta de que al ahora lo llamamos también presente, porque tiene sentido de regalo? La lógica del don es paradójica: cuando uno da, y da de corazón, no pierde. En su libro La ciudad de la alegría, el escritor Dominique Lapierre recuerda un proverbio indio: “Todo lo que no es dado, es perdido”, todo lo que no se da, se pierde. Y es que en el fondo sólo se tiene lo que se da.

En una sociedad economicista, movida sólo por el deseo de tener y acaparar, esto no se entiende. Si das algo, lo pierdes, te quedas sin ello. Y por eso el tiempo se convierte en oro, en un capital que no debe darse gratis sino que ha de invertirse para obtener rendimiento, ganancias, para lograr algo a cambio. Hacer y tener: así razonan los hombres grises en el cuento de Michael Ende, y con ese razonamiento convencen y esclavizan a las gentes que, sin saber por qué, empiezan a correr y a correr, pensando en no perder el tiempo en cosas inútiles, para tener éxito y ser más ricos, para tener más cantidad de un tiempo que ya no es vida, sino humo, banalidad. Tiempo muerto. La radical esterilidad.

Sin embargo hay bienes que no se ven ni se miden, pero que hacen que esta vida valga la pena ser vivida. Son los bienes mayores, los más valiosos, los que precisamente no tienen precio: el amor personal, la amistad, el perdón, la experiencia de la belleza, la acogida sincera, el esmero que se pone en el trabajo bien hecho, la ayuda generosa, la heroicidad en lo pequeño como en lo extraordinario…

Este es el gran error: pensar que somos lo que tenemos, pensar que se puede comprar cualquier cosa, incluso el aprecio incondicional de los demás. ¿En qué consiste la situación más trágica para la persona? De acuerdo con la lógica de los hombres grises, la escasez de recursos, la pobreza o indigencia material.

Pero según la lógica de la donación, la de Momo, la auténtica pobreza sería más bien la escasez de alegría, la incapacidad de hacer del propio tiempo un don incondicional, gratuito; y por lo tanto el carecer de amigos. Porque, como dice el psiquiatra Viktor Frankl, “la puerta de la felicidad sólo se abre hacia afuera”.

¿Recuerdan lo que se dice en El principito? “Lo que hace importante a tu rosa es el tiempo que tú has perdido con ella”. Pocas cosas hay que contribuyan tanto a crear lazos personales, vínculos y realidades valiosas, como el dedicar tiempo gratuitamente a los demás. ¿Por qué? Porque el tiempo nos pertenece en exclusiva, y una vez gastado, ya no vuelve. Es totalmente nuestro. Y así, al dedicar tiempo a alguien, ese alguien se hace único en nuestra vida. Porque somos nosotros los que nos damos en ese tiempo. Y eso es precisamente el amor. Darse, servir, dedicar tiempo y atención a quien amamos.

Nos vamos acercando ya al final de nuestra viaje de la mano de Michel Ende y la pequeña Momo.

Momo, después de haber contemplado las flores horarias, los “instantes” que residen en su corazón y la hermosura de ese milagro que es la existencia, se siente apesadumbrada y a oscuras. Al volver al lugar donde conoció a sus amigos, comprueba que todos han caído en la trampa de la avidez, de la codicia y de la explotación del tiempo; y se siente terriblemente sola y abandonada pues ya no hay quien la escuche.

Ella habría querido volver a encerrarse en su corazón para acariciar sus “flores horarias” y escuchar su eterna y misteriosa melodía, pero no termina de conseguirlo. La oscuridad se agranda. Es entonces cuando cae en la cuenta de algo muy profundo:

 “Que durante este tiempo de oscuridad había pensado solo en sí misma, en su propio abandono, en su miedo. Cuando en realidad eran sus amigos los que estaban en peligro.”

Uno de los hombres grises le había dicho a Momo, a gritos:

“—Los hombres hace tiempo que son inútiles. Ellos mismos han convertido el mundo en un lugar donde ya no hay sitio para ellos. “Nosotros” dominaremos el mundo.”

Y se dio cuenta de que su tiempo le había sido dado para ayudar a sus amigos a ser mejores y felices.

“Eso era lo que vivía ahora: que hay riquezas que lo matan a uno si no puede compartirlas.”

Y entonces se produjo el cambio. “El sentimiento de miedo y desamparo, repentinamente, se volvió en su contrario. Lo había superado. Ahora se sentía valerosa y confiada, como si ninguna fuerza del mundo pudiera hacerle nada; o, mejor dicho, ya no le importaba nada de lo que le pudiera ocurrir.”

Momo se lanza entonces a luchar contra los hombres grises para devolver su tiempo a los hombres, ese tiempo que es vida y gracia. Para ello tendrá que superar una espesa y asfixiante cortina de humo –que desde una clave cristiana bien podríamos interpretar como el pecado, puesto que surge de la putrefacción de la vida, del tiempo entregado a los hombres, bajo la insidia tentadora de los ladrones del tiempo y de la vida por los que los humanos se han dejado convencer: “es un infierno”, llega a decir Gigi, convertido en el triunfador pero desesperado Girolamo, “pero es cómodo…”

 “Esa muralla de humo –explica el Maestro Hora a Momo- se compone de tiempo muerto… En cada hora que yo doy a los hombres se mezcla algo del tiempo muerto, fantasmal, de los hombres grises. Y cuando los hombres lo reciban, enfermarán de ello, enfermarán de muerte.

-¿Qué enfermedad es esa?, pregunta Momo.

—Al principio apenas se nota. Un día, ya no se tiene ganas de hacer nada. Nada le interesa a uno, se aburre. Y esa desgana no desaparece, sino que aumenta lentamente. Se hace peor de día en día. Uno se siente cada vez más descontento, más vacío, más insatisfecho con uno mismo y con el mundo. Después desaparece incluso este sentimiento y ya no se siente nada. Uno se vuelve totalmente indiferente y gris, todo el mundo parece extraño y ya no importa nada. Uno ya no puede alegrarse ni entristecerse, se olvida de reír y llorar. Entonces se ha hecho el frío dentro de uno y ya no se puede querer a nadie. Cuando se ha llegado a este punto, la enfermedad es incurable. Ya no hay retorno. Se corre de un lado a otro con la cara vacía, gris, y se ha vuelto uno igual que los propios hombres grises. Se es uno de ellos. Esta enfermedad se llama aburrimiento mortal.

No vamos a detallar la confrontación entre Momo y los hombres grises. Baste decir que es el enfrentamiento entre la pureza, la ingenuidad, la esperanza, la vitalidad de una niña que no tiene ningún bien material pero que conoce los valores importantes de la vida: la amistad, la generosidad, la bondad y la escucha. Por otro lado, los hombres grises, fantasmas tristes y fríos, que viven robando tiempo, vida y sentido a los hombres.

El triunfo de Momo es el del bien sobre el mal, y llevará finalmente a que las gentes vuelvan a dedicar su atención a sus semejantes, a admirar la belleza de una flor y el canto de los pájaros… Todo culmina, como debe ser, con una celebración festiva, que durará hasta que el cielo se cubra de estrellas… Una fiesta de esas que brotan al lograr el bien que amamos; una fiesta que es un a la vida y gratitud.

 “Y cuando hubieron acabado el júbilo y los abrazos y los apretones de manos y las risas y los gritos, todos se sentaron en las gradas de piedra, cubiertas de hierba. Se hizo un gran silencio. Y Momo se puso en el centro de la plazoleta. Pensaba en las voces de las estrellas y las flores horarias.

Y entonces se puso a cantar con voz clara.”

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16 de Junio

LA EXTRAÑA HISTORIA DE LOS LADRONES DEL TIEMPO Y DE LA NIÑA QUE DEVOLVIÓ EL TIEMPO A LOS HOMBRES.​

En el programa anterior, dejamos al bueno de Gigi, el contador de historias amigo de Momo, encumbrado en el éxito y la riqueza, sumido en el utilitarismo difundido por los ladrones del tiempo, y convertido en un mentiroso. Era rico y famoso, pero era esclavo de las prisas, de la superficialidad y de las apariencias. Ya no era él mismo.

Hoy leemos en el capítulo 15 del libro de Michael Ende, que Momo ha regresado de nuevo a la ciudad, y buscando a sus amigos tiene noticia de que Gigi es la nueva estrella de la televisión, la radio y los periódicos y que solo se dedica a cosas importantes… Además, ahora vive en la zona más rica de la ciudad. Por eso, Momo decide ir a buscarle.

Pero el encentro no puede ser más decepcionante. Gigi habla sin parar y no escucha. Sabe que su vida “de tejas abajo” es superficial y vacía, ya no es capaz de soñar. No vive en paz, sino disperso y apresurado, esclavo de las prisas y de su propia jaula de oro. Su vida es en el fondo es un infierno… pero es un infierno “cómodo”, dirá. Aunque eso tampoco es verdad.

Gigi sabe que necesita Momo, pero quiere arrastrarla a su vida de lujo, apariencias y apresuramiento. Gigi necesitaba volver a ser Gigi, pero no le habría servido de nada que Momo dejar de ser Momo. Sólo podremos ayudar a los demás a sacar lo bueno de sí mismos cuando nosotros luchemos por ofrecerles también lo mejor de nosotros, y de verdad. Si esta comunicación profunda no es posible, la mera proximidad física se convierte en una insalvable distancia, y en una coexistencia insoportable.

La última casa, en lo alto de la calle, estaba rodeada de un muro de altura superior a un hombre. Y la puerta del jardín era de planchas de hierro, de modo que no se podía mirar al interior. No se veía por ninguna parte un timbre o una placa con un nombre.

En ese momento se abrió, de repente, la puerta y salió, a toda marcha, un gran coche de lujo. Momo tuvo el tiempo justo de salvarse con un salto hacia atrás y cayó.

El coche frenó con un gran chirrido de neumáticos. Se abrió la portezuela y Gigi saltó al suelo.

—¡Momo! —gritó, con los brazos extendidos—. ¡Es Momo en persona; mi pequeña Momo!

Momo se había levantado de un salto y corrió hacia él. Gigi la recogió y la levantó en sus brazos.

—¿Te has hecho daño? —preguntó, sin aliento, pero siguió hablando—:

Me sabe mal haberte asustado, pero tengo una prisa enorme, ¿entiendes? Ya vuelvo a llegar tarde. ¿Dónde has estado todo este tiempo? Tienes que contármelo todo. Ya no creía que volvieras. ¿Has encontrado mi carta? ¿Sí? ¿Estaba todavía? ¡Tenemos que contarnos tantas cosas, Momo; han pasado tantas cosas mientras tanto! ¿Como te va? ¡Pero habla! Y el viejo Beppo, ¿qué hace? Hace siglos que no le veo. ¿Y los niños? ¿Sabes, Momo?, muchas veces pienso en la época en que todavía estábamos todos juntos y yo os contaba historias. ¡Qué tiempos tan bonitos! Pero ahora todo, todo es diferente.

Momo había intentado varias veces contestar a Gigi. Pero él no interrumpía su torrente de palabras, se limitó a esperar y mirarle. Tenía un aspecto distinto de antes, tan cuidado, y olía tan bien. Pero, de alguna manera, le resultaba muy extraño.

Mientras tanto, se habían apeado del coche cuatro personas más: un hombre con un uniforme de cuero de chófer y tres señoras de caras severas y muy maquilladas.

La segunda señora echó una mirada a su reloj.

—Si no vamos a toda velocidad, el avión se nos irá delante de las narices.

—Dios mío —contestó Gigi, nervioso—, es que ya no puedo hablar unas palabras con tranquilidad, después de tanto tiempo. Ya lo ves, Momo, no me dejan.

—Nosotras sólo hacemos nuestro trabajo. Usted nos paga para que le organicemos sus citas, estimado jefe.

  [Entonces invitó a la niña a subir al enorme vehículo.]

—Ya lo ves. A eso hemos llegado. No puedo volverme atrás, ni aunque quisiera. Se acabó. Ya no me queda nada con qué soñar. Estoy harto de todo.

Miró por la ventanilla, triste.

—Lo único que todavía podría hacer sería cerrar la boca, no contar nada más, enmudecer, quizá hasta el fin de mi vida, volver a ser un pobre diablo desconocido. Pero pobre, y sin ilusiones... No, Momo, eso será el infierno. Por eso prefiero quedarme donde estoy. También es un infierno, pero por lo menos es cómodo... ¡Qué tonterías estoy diciendo! No podrás entenderlo.

Momo sólo le miraba y entendía que estaba enfermo, mortalmente enfermo. Intuía que los hombres grises no eran ajenos a ello. Pero no sabía cómo ayudarle cuando él mismo no lo quería.

En ese momento, el coche paró ante el aeropuerto. Allí ya esperaban a Gigi algunas azafatas uniformadas. Unos periodistas le fotografiaban y le hacían preguntas. Pero las azafatas le daban prisa, porque el avión tenía que despegar en pocos minutos.

Gigi se inclinó hacia Momo y la miró. De repente se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Escúchame, Momo —dijo en voz baja—, quédate conmigo. Te llevo conmigo en este viaje y a todas partes. Vivirás conmigo en mi hermosa casa. Puede que entonces se me vuelvan a ocurrir cuentos de verdad, como los de antes, ¿te acuerdas? Por favor, ayúdame.

A Momo le habría gustado ayudar a Gigi. Le dolía el corazón por ello. Pero sentía que ese no era el buen camino, que Gigi tenía que volver a ser Gigi y que no le serviría de nada el que ella dejara de ser Momo. También sus ojos se llenaron de lágrimas. Movió la cabeza. Y Gigi la entendió. Asintió, triste, mientras que las señoras, a las que él mismo pagaba para eso, se le llevaron. Volvió a saludar con la mano, desde lejos. Momo le devolvió el saludo, y ya había desaparecido.

Durante su encuentro con Gigi, Momo no había podido decir ni una sola palabra. Y habría tenido tanto que decirle. Le parecía que ahora, cuando le había encontrado, le había perdido de verdad. 

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2 de Junio

LA EXTRAÑA HISTORIA DE LOS LADRONES DEL TIEMPO Y DE LA NIÑA QUE DEVOLVIÓ EL TIEMPO A LOS HOMBRES.​

A cada día le basta su afán (Mt. 6, 34). Son palabras de Cristo, invitando a confiar en la Providencia divina. Pero son también palabras de una gran sabiduría humana.

El pasado ya no existe, el futuro no sabemos si vendrá, y la vida se reduce al momento presente; por eso lo más realista es vivir con plena intensidad el ‘ahora’, haciendo sólo lo que nos pide en este instante la voluntad de Dios, arrojando el pasado a la misericordia, encomendando el futuro a la confianza y viviendo el presente con esmero, con paciencia y con amor.

Si bien se mira, el presente es el único tiempo real, pero es fugaz. Es un fluir, instante a instante.

Muy a menudo nos perdemos en la nostalgia de un pasado irrecuperable, a menudo enmarañado, cargado de frustraciones y de culpas… Nos refugiamos en él, le damos vueltas y más vueltas… encadenados a la melancolía o quizás al rencor.  Y se nos olvida que tenemos que vivir aquí y ahora, junto a los que ahora nos rodean y caminan a nuestro lado.

Pero también puede que nos proyectemos con ansiedad hacia un futuro que la imaginación y la sensibilidad desfiguran como si se tratara de algo real, cuando sólo es un espejismo. Vivimos así atemorizados, o alimentando ensoñaciones que nos sacan de la realidad presente. El que sólo mira hacia un futuro irreal, con temor o con fantasía infantil, no afronta con madurez los acontecimientos y pruebas del momento; se evade, lo mismo que el nostálgico se refugia en lo que pasó, y se inhiben ambos de la responsabilidad presente dejando pasar con cada instante una ocasión irrepetible.

El pasado, lo ya vivido, es experiencia y legado, es lección para quien reflexiona y extrae consecuencias para un futuro, el ahora, que es resultado de lo que se ha vivido. A su vez, lo que está por venir se halla sujeto a mil contingencias. Cuando lo anticipamos, a menudo deformado por la imaginación y por la sensibilidad, y no vivimos responsablemente el ahora que lo hará posible, el futuro se convierte en fantasma que roba el sosiego y la paz.

¿Es que no hay que soñar? Sí, desde luego. Pero poniendo a continuación la mano en el arado, afrontando serena e intensamente el presente para sembrar el futuro con tenacidad y esperanza.

A7.- Hay sin embargo formas inadecuadas de vivir el presente; como el “carpe diem” hedonista: la mirada febril de quien vive a toda prisa y se afana por la satisfacción inmediata. Se vive atropelladamente, haciendo una cosa dentro de otra, dejando de atender a lo real y de saborearlo, secuestrados por el deseo de placer o por la melancolía. Sin paz.

También se prodiga entre nosotros desde hace algún tiempo una forma de concentrar la atención en el presente, influida por misticismos afines al budismo. Se muestra como una forma de autoconocimiento y autoayuda en la que se busca un equilibrio, una quieta identificación con el “todo universal”, pero sin trascendencia alguna. En la novela Momo, que venimos comentando, se intuye cierta familiaridad con ese género de inspiración; no obstante, permite hacer también una lectura más universal y trascendente, como la que venimos haciendo aquí.

El fragmento que hoy les acercamos, tomado del capítulo 7 de la novela de Michael Ende, habla de la belleza de esas “flores horarias” que llamamos instantes, de cada “ahora” irrepetible que llega y se va, y que debemos aprender a descubrir en su valor. Nuestra vida se compone de momentos presentes, misteriosos ojos de un puente frágil que une las riberas del tiempo y de la eternidad, del nacer y del morir. Atravesar cada uno de esos ojos mirando a Dios, atento a su Voluntad, es el secreto de la felicidad humana, incluso de la santidad. "Cada segundo -escribe San Francisco de Sales- viene a nosotros cargado de una invitación de Dios, y cada segundo se hunde en la Eternidad cargado de nuestra respuesta".

Haz lo que haces, lo que estés haciendo; hazlo bien, conviértelo en don. Ofrécelo al Señor. En todos los órdenes de la vida: si estudias, pon todo tu empeño, de igual manera que si estás orando o haciendo deporte. Incluso en tiempo de confinamiento obligado.

Durante su vida en la tierra, Cristo estaba donde tenía que estar. En vez de soñar su obra, la realizaba. En lugar de pensar cuando trabajaba en Nazaret: ‘es demasiado poco para mí’, decía: ‘aquí está mi tarea y mi lugar’. Hay que saber estar donde se debe estar… En un espacio pequeño, en una ocupación insignificante, un alma grande encuentra donde desplegarse. Profundiza. Trasciende. No es preciso cruzar todo el mundo… Basta trabajar donde Dios nos coloca, llenando de amor la obligación de cada instante. A cada día le basta su afán.

 

Rodeaba a Momo una penumbra dorada... Poco a poco, se fue dando cuenta de que se hallaba bajo una cúpula inmensa, totalmente redonda, que le pareció tan grande como todo el firmamento.

En el centro, en el punto más alto, había una abertura circular por la que caía, vertical, una columna de luz sobre un estanque igualmente circular, cuya agua negra estaba lisa e inmóvil como un espejo oscuro.

Muy poco por encima del agua titilaba en la columna de luz algo así como una estrella luminosa; era como un péndulo increíble que oscilaba sobre el espejo oscuro.

Cuando el péndulo estelar se acercaba lentamente a un extremo del estanque, salía del agua, en aquel punto, un gran capullo floral. Cuanto más se acercaba el péndulo, más se abría, hasta que por fin quedaba totalmente abierto sobre las aguas.

Era una flor de belleza tal, que Momo no la había visto nunca. Parecía componerse solamente de colores luminosos que Momo nunca había sospechado siquiera existieran.

Pero entonces, muy lentamente, el péndulo volvió a oscilar hacia el otro lado. Y mientras, muy poco a poco, se alejaba, Momo vio consternada que la maravillosa flor comenzaba a marchitarse… como si desapareciera para siempre algo totalmente irrepetible.

Pero al mismo tiempo comenzaba a abrirse al otro lado del estanque el capullo de una nueva flor, más hermosa todavía. (…) Momo se fue dando cuenta de que cada nueva flor era totalmente diferente a la anterior y que la que estaba floreciendo le parecía cada vez la más hermosa.

Le parecía que nunca se cansaría de este espectáculo.

Y Momo escuchó… Era la música que a veces oía, muy bajito y como de muy lejos, mientras escuchaba el silencio de la noche estrellada... Iba entendiendo poco a poco... Eran el sol y la luna y todos los planetas y las estrellas que revelaban sus propios nombres, los verdaderos. Y comprendió que todas esas palabras iban dirigidas a “ella”.

—Maestro “Hora” —murmuró—, nunca pensé que el tiempo de todos los hombres es... tan grande —dijo por fin.

—Lo que has visto y oído, Momo —respondió el maestro “Hora”—, no era el tiempo de todos los hombres. Sólo era tu propio tiempo. En cada hombre existe ese lugar, en el que acabas de estar. Pero no se puede ver con ojos corrientes.

—¿Donde estuve, pues?

—En tu propio corazón —dijo el maestro “Hora”, y le acarició el revuelto pelo. 

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5 de Mayo

 LA EXTRAÑA HISTORIA DE LOS LADRONES DEL TIEMPO Y DE LA NIÑA QUE DEVOLVIÓ EL TIEMPO A LOS HOMBRES.

Si tuviéramos que reducir a un solo tema el mensaje de Michael Ende en la novela Momo, sin duda habría que señalar el tiempo y su valor. Es conocido aquel texto de San Agustín en sus Confesiones:

“¿Qué es, pues, el tiempo? ¿Quién podrá explicar esto fácil y brevemente? ¿Quién podrá comprenderlo con el pensamiento, para hablar luego de él? Y, sin embargo, ¿qué cosa más familiar y conocida mentamos en nuestras conversaciones que el tiempo? … ¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé.”

     San Agustín, sin embargo, profundizó en la temporalidad como dimensión propia y constitutiva de las criaturas, que están sujetas al cambio. La temporalidad, afirma, es un pasar, un sucederse. Se manifiesta distendiéndose en tres momentos: como futuro -lo que todavía no es-, como pasado -lo que ya no es- y como presente -el tenue y misterioso "filo" entre el futuro y el pasado, entre lo que todavía no es y lo que ya no es. El presente es un "estado que no permanece", un devenir o pasar irretenible entre esas dos "nadas": lo que no es aún y lo que ya no es.

Nuestro ser es un "ser en la temporalidad", un fluir, "ser dejando de ser". De este modo se advierte claramente lo precario, fugaz y limitado de nuestra existencia.

 Sin embargo, aunque sujeto a la condición de criatura sumida en el tiempo, en el hombre -imagen de Dios que posee memoria, entendimiento y voluntad- se da una cierta elevación; puede trascender de algún modo el fluir del tiempo con su conciencia: Con la memoria podemos hacer presente algo del pasado, y con la expectación (esperanza), anticipar de algún modo el futuro. Podemos traerlos en parte a nuestro fugaz presente, efímero pero intenso; el único real, pero precario.

 El tiempo -la temporalidad- es la condición propia de las criaturas; es estar sometido a un pasar continuo, acercándonos a lo que está por venir para dejar inmediatamente de tenerlo, disuelto en lo que ya ha sido. Las cosas de este mundo son pasajeras, su ser es pasar, existir de manera sucesiva, “poco a poco”, ser dejando de ser al mismo tiempo.

Pero en Dios, añade San Agustín, no hay tiempo. Él es permanencia, un presente que no pasa. Es Eternidad, plenitud de ser. La eternidad no es una mera prolongación indefinida en el tiempo, sino la condición propia del Ser perfecto, una posesión plena y simultánea de una realidad presente y permanente: sin principio, fin, futuro ni pasado. Un presente de duración eterna.

Pero algo diremos de Momo también, claro está. Después de haberse encontrado la protagonista con los hombres grises, esos ladrones del tiempo que hacen vivir a los hombres de manera superficial y precipitada, se encuentra con una tortuga llamada Casiopea, que camina muy despacio pero avanza más deprisa que nadie, y que le conduce hasta el Maestro Hora: un misterioso personaje, especie de ángel que asigna vida y muerte a los humanos, y que enseña a Momo a comprender qué es el tiempo y su valor.

El tiempo, le dice, es personal e intransferible: “-Cada hombre tiene su tiempo”. “-Yo, le contesta Momo, no dejaré que nadie me robe mi tiempo”. Y el maestro le propone a la niña un misterioso acertijo.

 “Tres hermanos viven en una casa:

son de veras diferentes;

si quieres distinguirlos,

los tres se parecen.

El primero no está: ha de venir.

El segundo no está: ya se fue.

Sólo está el tercero, el menor de todos;

sin él, no existirían los otros.

Aún así, el tercero sólo existe

porque en el segundo se convierte el primero.

Si quieres mirarlo

no ves más que otro de sus hermanos.

Dime pues: ¿los tres son uno?,
¿o sólo dos?, ¿o ninguno?
Si sabes cómo se llaman

reconocerás tres soberanos.
Juntos reinan en un país

que ellos son. En eso son iguales.”

 

-¡Uy!, sí que es difícil. Exclamó Momo.”

 

(Y tras pensarlo durante un buen rato, Momo exclamó al fin:) “-¡El futuro! El primero no está: ha de venir: es el futuro… Y el segundo –prosiguió- no está porque ya se fue: es el pasado.

El maestro Hora asintió y sonrió encantado.

-Pero ahora se vuelve difícil… ¿Quién es el tercero? Es el menor de todos, y sin él no existirían los otros… Pero es el único que está… ¡¡Es ahora!! ¡Este instante! El pasado son los instantes que ya han sido y el futuro son los que han de venir. Así que los dos no existirían si no hubiera el presente. Eso es verdad.

-¿Pero qué significa lo que viene ahora? “Aún así, el tercero sólo existe porque en el segundo se convierte el primero…” Eso quiere decir que el presente sólo existe porque e futuro se convierte en pasado… Pero “si quieres mirarlo no ves más que otro de sus hermanos.” Y ahora entiendo también lo demás, porque se puede pensar que sólo existe uno de los tres hermanos… o ninguno, porque uno sólo existe porque también hay los demás. Se le revuelve a uno la cabeza…

-Pero el acertijo no ha terminado todavía –dijo el maestro Hora- ¿Cuál es el país e que los tres reinan juntos y qu ellos mismos son?

-¿El tiempo! –exclamó Momo, mientras batía palmas-. ¡Sí, es el tiempo! ¡Es el tiempo!

-Dime todavía cuál es la casa en la que viven los tres hermanos –le exigió el maestro Hora.

-Es el  mundo –contestó Momo.

-¡Bravo! (…)

-¿Y qué es en realidad el tiempo? -Se preguntó la niña. Está ahí, pero no se le puede tocar ni retener. Es algo que siempre pasa… Quizá sea una especie de música que no se oye porque suena siempre. Aunque creo que ya la he oído alguna vez, muy bajito… Venía de muy lejos, pero sonaba muy dentro de mí.

El tiempo, dijo el maestro Hora, es algo que todo hombre lleva en su pecho. Y al igual que tenéis ojos para ver la luz, oídos para oír los sonidos, tenéis un corazón para percibir, con él, el tiempo…

Y entonces, preguntó Momo: -¿Eres tú la muerte?

El maestro Hora sonrió: -Si los hombres supiesen lo que es la muerte ya no le tendrían miedo. Y si ya no le tuviesen miedo, nadie podría robarles su tiempo de vida. Yo se lo digo con cada hora que les adjudico. Pero creo que no quieren escucharlo. Prefieren creer a aquellos que les dan miedo.”

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21 de Abril

LA EXTRAÑA HISTORIA DE LOS LADRONES DEL TIEMPO Y DE LA NIÑA QUE DEVOLVIÓ EL TIEMPO A LOS HOMBRES.

En estos días de confinamiento, para muchas personas, se ha dado la ocasión de redescubrir el valor de lo que de verdad importa: muchas cosas que no necesitamos de verdad y de las que podemos prescindir; personas con las que hemos podido reaprender a vincularnos hondamente…

En el fragmento que hoy traemos a nuestro programa, tomado del capítulo 7 de Momo, se ofrece una certera crítica a una mentalidad basada en el tener como fuente del máximo valor para las cosas, las acciones y las personas.

El mayor engaño de la mentalidad pragmática vigente en nuestros días es pensar que en el fondo somos lo que tenemos. Pero la verdad es otra: la persona es siempre más que lo que tiene y hace. Y sólo un amor incondicional, una amistad verdadera, es capaz de sacar a una persona del “anonimato” y de hacerla reconocerse valiosa por el mero hecho de ser ella misma.

La abundancia de cosas, de bienes de consumo, no es capaz de llenar el corazón humano. En el fragmento se habla de una muñeca extraordinaria –“Bebenín, la muñeca perfecta”-, pero donde dice muñeca podríamos poner el nombre de tantas cosas que han usurpado su lugar a las relaciones profundas entre las personas, singularmente el tiempo, el amor y la amistad.

 

Sin saberlo, Momo se había cruzado en el camino de los hombres grises…. Una tarde especialmente calurosa Momo encontró una muñeca en las escaleras laterales del anfiteatro… Era casi tan grande como la propia Momo y reproducida con tal verismo, que se la hubiera tomado por una persona pequeña, una damisela elegante o un maniquí de escaparate. Llevaba un vestido rojo de falda corta y zapatitos de tacón.

Momo la miraba fascinada. Cuando al cabo de un rato la tocó con la mano, la muñeca agitó un par de veces los párpados, movió la boca y dijo con voz rara, como si saliera de un teléfono:

—Hola. Soy “Bebenín”, la muñeca perfecta.

Momo se retiró asustada, pero entonces contestó, casi sin querer: —Hola; yo soy Momo. De nuevo, la muñeca movió los labios y dijo:

—Te pertenezco. Por eso te envidian todos.

—No creo que seas mía. Alguien te habrá olvidado.

Tomó la muñeca y la levantó. Entonces se movieron de nuevo sus labios y dijo:

—Quiero tener más cosas.

—¿Ah, sí? —contestó Momo, y reflexionó—. No sé si tendré algo que te vaya bien.

—Hola —sonó la muñeca—. Soy “Bebenín”, la muñeca perfecta.

—Sí —dijo Momo—, ya lo sé.

—Te pertenezco —contestó la muñeca—. Por eso te envidian todos.

—Eso ya lo has dicho…

—Quiero tener más cosas —repitió la muñeca.

—No tengo nada… (pero podemos) jugar a que vienes de visita —propuso Momo.

—Hola —dijo la muñeca—, soy “Bebenín”, la muñeca perfecta. Te pertenezco. Por eso te envidian todos.

—Escucha —dijo Momo—, así no podemos jugar, si siempre dices lo mismo.

—Quiero tener más cosas —contestó la muñeca, mientras pestañeaba.

Momo lo intentó con otro juego, y cuando éste también fracasó, con otro y otro más. Pero no salían bien.

Al cabo de un rato, Momo tuvo una sensación que no había sentido nunca antes: aburrimiento.

Entonces se asustó un poco. Porque muy cerca había un elegante coche gris ceniza, de cuya llegada no se había dado cuenta. Había un hombre que llevaba un traje de color telaraña, que fumaba un pequeño cigarro gris. También su cara era cenicienta. Momo sintió escalofríos.

—Qué muñeca tan bonita tienes —dijo con una voz monótona—. Todos tus amiguitos te la envidiarán. Seguro que ha sido muy cara, ¿no? —continuó el hombre gris. —Me parece que eres muy afortunada. Pero tengo la impresión de que no sabes cómo hay que jugar con una muñeca tan fabulosa.

—Quiero tener más cosas —sonó de repente la muñeca.

—¿Lo ves, pequeña? —dijo el hombre gris—, ella misma lo está diciendo. Con una muñeca tan fabulosa no se puede jugar igual que con otra cualquiera. Hay que ofrecerle algo, si uno no quiere aburrirse con ella.

Fue hacia su coche y abrió el maletero. —En primer lugar —dijo—, necesita muchos vestidos. Aquí tenemos, por ejemplo, un precioso vestido de noche. Y aquí hay un abrigo de pieles de visón auténtico. Y aquí una bata de seda. Y un equipo de esquí. Y un traje de baño. Y un traje de montar. Un pijama. Un camisón. Un vestido. Y otro. Y otro...

Poco a poco se formaba una montaña.

—Bueno —dijo,—, con esto ya podrás jugar un buen rato, ¿no es verdad? Pero al cabo de unos días también esto se vuelve aburrido, ¿no crees? Pues bien, entonces tendrás que tener más cosas para tu muñeca. Aquí hay, por ejemplo, un bolso pequeñito de piel de serpiente, con un lápiz de labios pequeñito y una polvera de verdad, dentro. Aquí hay una pequeña cámara fotográfica. Aquí un televisor de muñecas, que funciona de verdad. Aquí una pulsera, pendientes, … un sombrerito de primavera, palos de golf, frasquitos de perfume, sales de baño...

—Como ves —prosiguió el hombre gris—, es muy sencillo. Sólo hace falta tener más y más cada vez, entonces no te aburres nunca. Pero a lo mejor piensas que algún día la perfecta “Bebenín” podría tenerlo todo, y que entonces volvería a ser aburrido. Pues no te preocupes, pequeña. Porque tenemos el compañero adecuado para “Bebenín”.

Con esto sacó del maletero otra muñeca. Era igual de grande que “Bebenín”, igual de perfecta, sólo que se trataba de un joven caballero.

—Éste es “Bebenén”. Para él también hay interminables accesorios. Y si todo eso se ha vuelto aburrido, hay todavía una amiga de “Bebenín”, que también tiene un equipo completo que sólo le va bien a ella. Y para “Bebenén” hay también el amigo adecuado. Como ves, se puede seguir así interminablemente, y siempre sigue habiendo algo que todavía puedes desear.

—Y bien —dijo el hombre por fin, mientras expulsaba densas nubes de humo—, ¿comprendes ahora cómo se ha de jugar con una amiga así?

—Sí —contestó Momo. Empezaba a tiritar de frío.

—Entonces ya no necesitarás a tus amigos, ¿entiendes? Ahora ya tendrás bastantes diversiones, pues tendrás todas esas cosas bonitas y recibirás cada vez más, ¿no es verdad?. Y eso es lo que quieres, ¿verdad? Tú quieres tener esta fabulosa muñeca, ¿no? La quieres, ¿verdad?

Momo movió la cabeza.

—Qué, ¿qué pasa? —dijo el hombre gris, enarcando las cejas— ¿Quieres decirme qué le falta a esa muñeca perfecta?

Momo miró al suelo y reflexionó.

—Creo —dijo en voz baja— que no se la puede querer.

Durante un buen rato, el hombre gris no dijo nada. Finalmente hizo un esfuerzo.

—No es eso lo que importa —dijo con voz gélida. Momo le miró a los ojos.

—Lo único que importa en la vida —prosiguió el hombre—, es llegar a ser alguien, llegar a tener algo. Quien llega más lejos, quien tiene más que los demás recibe lo demás por añadidura: la amistad, el amor, el honor, etc.

—¿Es que a ti no te quiere nadie? —preguntó Momo con un susurro.

El hombre gris se dobló y se hundió un tanto en sí mismo. Entonces contestó con voz cenicienta:

—Tengo que reconocer que no me he encontrado con mucha gente como tú.

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