Leyendo MOMO

21 de Abril

LA EXTRAÑA HISTORIA DE LOS LADRONES DEL TIEMPO Y DE LA NIÑA QUE DEVOLVIÓ EL TIEMPO A LOS HOMBRES.

En estos días de confinamiento, para muchas personas, se ha dado la ocasión de redescubrir el valor de lo que de verdad importa: muchas cosas que no necesitamos de verdad y de las que podemos prescindir; personas con las que hemos podido reaprender a vincularnos hondamente…

En el fragmento que hoy traemos a nuestro programa, tomado del capítulo 7 de Momo, se ofrece una certera crítica a una mentalidad basada en el tener como fuente del máximo valor para las cosas, las acciones y las personas.

El mayor engaño de la mentalidad pragmática vigente en nuestros días es pensar que en el fondo somos lo que tenemos. Pero la verdad es otra: la persona es siempre más que lo que tiene y hace. Y sólo un amor incondicional, una amistad verdadera, es capaz de sacar a una persona del “anonimato” y de hacerla reconocerse valiosa por el mero hecho de ser ella misma.

La abundancia de cosas, de bienes de consumo, no es capaz de llenar el corazón humano. En el fragmento se habla de una muñeca extraordinaria –“Bebenín, la muñeca perfecta”-, pero donde dice muñeca podríamos poner el nombre de tantas cosas que han usurpado su lugar a las relaciones profundas entre las personas, singularmente el tiempo, el amor y la amistad.

 

Sin saberlo, Momo se había cruzado en el camino de los hombres grises…. Una tarde especialmente calurosa Momo encontró una muñeca en las escaleras laterales del anfiteatro… Era casi tan grande como la propia Momo y reproducida con tal verismo, que se la hubiera tomado por una persona pequeña, una damisela elegante o un maniquí de escaparate. Llevaba un vestido rojo de falda corta y zapatitos de tacón.

Momo la miraba fascinada. Cuando al cabo de un rato la tocó con la mano, la muñeca agitó un par de veces los párpados, movió la boca y dijo con voz rara, como si saliera de un teléfono:

—Hola. Soy “Bebenín”, la muñeca perfecta.

Momo se retiró asustada, pero entonces contestó, casi sin querer: —Hola; yo soy Momo. De nuevo, la muñeca movió los labios y dijo:

—Te pertenezco. Por eso te envidian todos.

—No creo que seas mía. Alguien te habrá olvidado.

Tomó la muñeca y la levantó. Entonces se movieron de nuevo sus labios y dijo:

—Quiero tener más cosas.

—¿Ah, sí? —contestó Momo, y reflexionó—. No sé si tendré algo que te vaya bien.

—Hola —sonó la muñeca—. Soy “Bebenín”, la muñeca perfecta.

—Sí —dijo Momo—, ya lo sé.

—Te pertenezco —contestó la muñeca—. Por eso te envidian todos.

—Eso ya lo has dicho…

—Quiero tener más cosas —repitió la muñeca.

—No tengo nada… (pero podemos) jugar a que vienes de visita —propuso Momo.

—Hola —dijo la muñeca—, soy “Bebenín”, la muñeca perfecta. Te pertenezco. Por eso te envidian todos.

—Escucha —dijo Momo—, así no podemos jugar, si siempre dices lo mismo.

—Quiero tener más cosas —contestó la muñeca, mientras pestañeaba.

Momo lo intentó con otro juego, y cuando éste también fracasó, con otro y otro más. Pero no salían bien.

Al cabo de un rato, Momo tuvo una sensación que no había sentido nunca antes: aburrimiento.

Entonces se asustó un poco. Porque muy cerca había un elegante coche gris ceniza, de cuya llegada no se había dado cuenta. Había un hombre que llevaba un traje de color telaraña, que fumaba un pequeño cigarro gris. También su cara era cenicienta. Momo sintió escalofríos.

—Qué muñeca tan bonita tienes —dijo con una voz monótona—. Todos tus amiguitos te la envidiarán. Seguro que ha sido muy cara, ¿no? —continuó el hombre gris. —Me parece que eres muy afortunada. Pero tengo la impresión de que no sabes cómo hay que jugar con una muñeca tan fabulosa.

—Quiero tener más cosas —sonó de repente la muñeca.

—¿Lo ves, pequeña? —dijo el hombre gris—, ella misma lo está diciendo. Con una muñeca tan fabulosa no se puede jugar igual que con otra cualquiera. Hay que ofrecerle algo, si uno no quiere aburrirse con ella.

Fue hacia su coche y abrió el maletero. —En primer lugar —dijo—, necesita muchos vestidos. Aquí tenemos, por ejemplo, un precioso vestido de noche. Y aquí hay un abrigo de pieles de visón auténtico. Y aquí una bata de seda. Y un equipo de esquí. Y un traje de baño. Y un traje de montar. Un pijama. Un camisón. Un vestido. Y otro. Y otro...

Poco a poco se formaba una montaña.

—Bueno —dijo,—, con esto ya podrás jugar un buen rato, ¿no es verdad? Pero al cabo de unos días también esto se vuelve aburrido, ¿no crees? Pues bien, entonces tendrás que tener más cosas para tu muñeca. Aquí hay, por ejemplo, un bolso pequeñito de piel de serpiente, con un lápiz de labios pequeñito y una polvera de verdad, dentro. Aquí hay una pequeña cámara fotográfica. Aquí un televisor de muñecas, que funciona de verdad. Aquí una pulsera, pendientes, … un sombrerito de primavera, palos de golf, frasquitos de perfume, sales de baño...

—Como ves —prosiguió el hombre gris—, es muy sencillo. Sólo hace falta tener más y más cada vez, entonces no te aburres nunca. Pero a lo mejor piensas que algún día la perfecta “Bebenín” podría tenerlo todo, y que entonces volvería a ser aburrido. Pues no te preocupes, pequeña. Porque tenemos el compañero adecuado para “Bebenín”.

Con esto sacó del maletero otra muñeca. Era igual de grande que “Bebenín”, igual de perfecta, sólo que se trataba de un joven caballero.

—Éste es “Bebenén”. Para él también hay interminables accesorios. Y si todo eso se ha vuelto aburrido, hay todavía una amiga de “Bebenín”, que también tiene un equipo completo que sólo le va bien a ella. Y para “Bebenén” hay también el amigo adecuado. Como ves, se puede seguir así interminablemente, y siempre sigue habiendo algo que todavía puedes desear.

—Y bien —dijo el hombre por fin, mientras expulsaba densas nubes de humo—, ¿comprendes ahora cómo se ha de jugar con una amiga así?

—Sí —contestó Momo. Empezaba a tiritar de frío.

—Entonces ya no necesitarás a tus amigos, ¿entiendes? Ahora ya tendrás bastantes diversiones, pues tendrás todas esas cosas bonitas y recibirás cada vez más, ¿no es verdad?. Y eso es lo que quieres, ¿verdad? Tú quieres tener esta fabulosa muñeca, ¿no? La quieres, ¿verdad?

Momo movió la cabeza.

—Qué, ¿qué pasa? —dijo el hombre gris, enarcando las cejas— ¿Quieres decirme qué le falta a esa muñeca perfecta?

Momo miró al suelo y reflexionó.

—Creo —dijo en voz baja— que no se la puede querer.

Durante un buen rato, el hombre gris no dijo nada. Finalmente hizo un esfuerzo.

—No es eso lo que importa —dijo con voz gélida. Momo le miró a los ojos.

—Lo único que importa en la vida —prosiguió el hombre—, es llegar a ser alguien, llegar a tener algo. Quien llega más lejos, quien tiene más que los demás recibe lo demás por añadidura: la amistad, el amor, el honor, etc.

—¿Es que a ti no te quiere nadie? —preguntó Momo con un susurro.

El hombre gris se dobló y se hundió un tanto en sí mismo. Entonces contestó con voz cenicienta:

—Tengo que reconocer que no me he encontrado con mucha gente como tú.

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