Momento para el arte

20 de Noviembre

El Padre Brown es sin duda el personaje más conocido salido de la pluma de Chesterton. Se trata un cura católico de apariencia ingenua pero cuya agudeza psicológica lo convierte en un formidable detective. Chesterton sitúa además a este sacerdote papista en plena Inglaterra anglicana. De aspecto rechoncho, va acompañado de un enorme paraguas y suele resolver los crímenes más truculentos y complicados gracias a su conocimiento de la naturaleza humana más aún que por el razonamiento lógico. Para crear este personaje Chesterton se inspiró en su amigo el Padre John O'Connor, muy relacionado con la conversión al catolicismo de nuestro autor en 1922.

Hizo su primera aparición en 1910, en la historia titulada La Cruz azul, y continuó a lo largo de cinco volúmenes de historias cortas, que llegan a más del medio centenar y concluyen en 1935. Se ha dicho, con cierto fundamento, que a diferencia de Sherlock Holmes, los métodos del Padre Brown tienden a ser más intuitivos que deductivos. Pero esa intuición tiene mucho que ver con su formación teológica católica y sobre todo con su dedicación al confesionario. Él mismo explica así su método en "El secreto del Padre Brown":

"Verá usted, yo los he asesinado a todos ellos por mí mismo [...] He planeado cada uno de los crímenes muy cuidadosamente, he pensado exactamente cómo pudo ser hecho algo así y con qué disposición de ánimo o estado mental pudo un hombre hacerlo realmente. Y cuando estaba bastante seguro y sentía exactamente como el asesino mismo, entonces, por supuesto, sabía de quién se trataba."

En La Cruz azul, cuando es interrogado por el malhechor Flambeau, quien se ha disfrazado de sacerdote, acerca de cómo un cura ha podido adquirir tal conocimiento de todo tipo de crímenes desastrosos, el responde:

"¿Nunca se le ha ocurrido pensar que un hombre que casi no hace otra cosa que oír los pecados de los demás no puede dejar de estar al corriente del mal de la humanidad?"

Un ejemplo de su peculiar perspicacia aparece en la misma historia, cuando explica a Flambeau cómo descubrió que no éste era un verdadero sacerdote: "-Usted atacó a la razón. Y eso es mala teología."

Sin lugar a dudas la lectura de las historias del Padre Brown, que en castellano ya se encuentran recogidas en un solo tomo, es una de las mejores formas de iniciarse en la lectura de Chesterton.

Pero hemos traído a este simpático curita a esta sección porque también ha sido llevado a las pantallas del cine y la televisión.

El primer rostro que toma prestado el padre Brown para asomarse a las pantallas es el de Walter Conolly en la película "Father Brown, Detective", de Edward Sedgwick, en 1934, una de las pioneras del cine sonoro por lo demás. Dicho sea de paso, a Chesterton no le habían agradado mucho las primeras andanzas del cinematógrafo, aquel cine mudo de altísimas velocidades, pero sí conoció esta primera versión de su cura detective, y le sorprendió gratamente. La historia está basada en el relato La Cruz azul.

20 años más tarde se estrenó El Detective, con un elenco formidable, encabezado nada menos que por Sir Alec Guinness, que personificó al Padre Brown, y Peter Finch, que puso rostro a Flambeau, en otra versión del relato de La Cruz azul, esta vez bajo la dirección de Robert Hamer. El resultado fue una estimable comedia de misterio, con un guión ingenioso y divertido y un Guinness que exprime todo el jugo cómico de cada situación. El rodaje de la película, tuvo además importancia porque coincidió con el primer paso del actor hacia la fe católica.

         En TV encontramos en los años 70 una notable serie de 13 episodios protagonizada por un buen Kenneth More, correctamente guionizada, sin duda la más conocida hasta hace poco.

         Italia aportó dos series para televisión: "I Racconti di Padre Brown" (1970) y "Sei Delitti per Padre Brown" (1988), que podríamos calificar de dignas. Por su parte el gran actor Heinz Rühmann personificó al Padre Brown en dos adaptaciones alemanas de las historias de Chesterton en los años 1960 y 1062 [Das schwarze Schaf (1960) y Er kanns nicht lassen (1962).]

         Entre 1966 y 1973, Josef Meinrad interpretó al padre Brown en una coproducción austro-alemana, con un total de 39 episodios.

         Y finalmente, desde el 14 de enero de 2013 el actor Mark Williams interpreta el personaje del Padre Brown en la serie británica "Father Brown", que ha gozado de gran éxito. Está inspirada en los relatos de Chesterton, pero se sitúa en un pequeño pueblo de Inglaterra a principios de los años 50, e introduce notables novedades que lo diferencian del personaje original y por supuesto de la genialidad de su creador. La música de la serie -que venimos escuchando de fondo- está compuesta por Debbie Wiseman y tiene el nombre de "Father Brown Theme".

4 de Diciembre

Recordarán que en esta misma sección del programa pasado, les hablamos del sacerdote detective creado por Chesterton, el padre Brown. El mismo Chesterton explicó que el personaje se inspiraba en su amigo el padre John O’Connor, al que conoció en 1907, quince años antes de hacerse católico, en una conferencia en una pequeña ciudad industrial. Le llamó la atención su tacto y la simpatía que despertaba en medio de una Inglaterra protestante que despreciaba habitualmente a los católicos, "un hombre inteligentísimo y humilde. Tan sencillo que un tonto lo puede tomar por tonto".

O’Connor escucharía la confesión general de Chesterton cuando se hiciera católico y sería siempre su amigo. Pero ya desde sus primeros encuentros marcó el futuro del que acabaría siendo su mejor personaje detective: “Surgió en mi mente la vaga idea de construir una comedia en la que un sacerdote aparentaría no saber nada, conociendo, en el fondo, el crimen mejor que los mismos criminales."

Una y otra vez, Chesterton muestra cómo los grandes señores y los expertos y sabios tienden a menospreciar al sacerdote, pequeño y callado... hasta que él, con su perspicacia, logra resolver el caso, dejando caer por el camino, a veces, algunos comentarios irónicos, pero con más frecuencia, recordando que su vocación y su actividad como confesor le han ayudado a entender a los hombres y profundizar en sus almas y motivaciones.

En el relato "El martillo de Dios", fielmente recogido en el episodio de la serie interpretada en los años 70 por Kenneth More, el P. Brown, se hallaba presente en la localidad cuando fue asesinado el hermano del pastor anglicano de la misma, el reverendo Wilfrid Bohun. Hay varios sospechosos: el herrero, su mujer... El pastor Bohun sugiere que ha podido tratarse del tonto del pueblo. Tras diversas averiguaciones y vicisitudes, en la escena final,  ambos clérigos han subido a la alta torre de la iglesia anglicana.

El reverendo Bohun lo condujo directamente a su rincón favorito, a esa zona de la galería que estaba más cerca del techo labrado... Se dominaba la extensísima llanura donde se alzaba la pequeña colina del pueblo, llena de vegetación hasta el límite rojizo del horizonte, y salpicada aquí y allá de aldeas y granjas. Hacia abajo, como un cuadro blanco y pequeño, se veía el patio de la fragua, donde el inspector seguía tomando notas, y el cadáver yacía aún como una mosca aplastada. (...)

Debajo y alrededor de ellos las líneas del edificio gótico se sumergían en el vacío con una agilidad vertiginosa y suicida...

—Creo que adentrarse en estas alturas, aun para rezar, es arriesgado —observó el padre Brown—. Las alturas no fueron hechas para ser admiradas desde arriba, si no desde abajo... Desde la cumbre sólo se ven las cosas pequeñas. Conocí a un hombre que comenzó por arrodillarse ante el altar, como hacen los demás, luego se fue enamorando de lugares altos y solitarios para entregarse a sus oraciones, como, por ejemplo, los rincones y nichos de los campanarios y chapiteles. Instalado allí, le parecía que el mundo todo giraba a sus pies como una rueda, su mente también se trastornaba, y se imaginaba ser Dios. De ese modo, aunque era un hombre bueno, cometió un gran crimen.

Wilfrid estaba mirando hacia otro lado, pero sus huesudas manos, apretadas al parapeto de piedra, se pusieron blancas y azules.

—Ese hombre creyó que a él le tocaba juzgar al mundo y castigar al pecador. Eso nunca se le hubiera ocurrido de haber mantenido la costumbre de arrodillarse en el suelo, como los demás hombres. Pero, desde las alturas, los hombres le parecían insectos. Un día distinguió, a sus pies, exactamente debajo de él, a uno que se pavoneaba muy orgulloso, llevaba un sombrero verde que lo hacía muy visible... Había algo más para tentarlo: en su mano tenía uno de los instrumentos más terribles de la Naturaleza; me refiero a la ley de la gravedad, esa energía loca y feroz en virtud de la cual todas las criaturas de este mundo caen hacia el corazón de la tierra en cuanto pueden hacerlo. Fíjese: el inspector pasea ahora exactamente allá abajo, en el patio de la fragua. Si yo le lanzo una piedrita desde este parapeto, llegará a él con la fuerza de una bala. Si dejo caer un martillo, aunque sea un martillo pequeño…

Wilfrid Bohun pasó una pierna por encima del parapeto, y el padre Brown se lanzó ágilmente tomándolo del cuello para retenerlo.

—No por esa puerta —le dijo con mucha afabilidad—. Esa puerta lleva al infierno.

—¿Cómo sabe todo eso? —gritó el reverendo Bohun—. ¿Es usted el diablo?

—Soy un hombre —contestó gravemente el padre Brown—; en consecuencia, todos los diablos residen en mi corazón. Escúcheme… Sé lo que hizo, o, al menos, adivino lo esencial. Cuando usted se separó de su hermano estaba poseído por la ira, una ira no injustificada, al extremo que tomó un martillo al azar, sintiendo un deseo sordo de matarlo en el sitio mismo del pecado. Pero, dominándose, se lo guardó y se metió en la iglesia. Estuvo rezando en la plataforma de arriba, desde donde usted podía ver el sombrero oriental del coronel como el dorso verde de un escarabajo rampante. Pero de pronto, algo estalló dentro de su alma, y obedeciendo a un impulso súbito de procedencia indeterminada, dejó caer el rayo de Dios.

Pero, escúcheme un poco más. Sé todo esto, pero nadie más lo sabrá. Usted es quien tiene que dar el próximo paso; yo no doy más pasos: dejo esto sellado con el sello de la confesión. Lo dejo en libertad de obrar, porque usted no está aún muy corrompido, como suelen estarlo los asesinos. Usted se negó a contribuir a la acusación del herrero, que era lo más fácil, trató de culpar al idiota, sabiendo que no se le podía castigar. Y encontrar tales señales en los asesinos es algo concerniente a mi oficio. Y ahora, baje al pueblo, y haga lo que quiera, usted es tan libre como el viento. Porque yo ya he dicho mi última palabra.

Bajaron la escalera caracol en el mayor silencio, y aparecieron frente a la fragua, a la luz del sol. Wilfrid Bohun levantó delicadamente la aldaba, abrió la puerta de la cerca de madera y, dirigiéndose al inspector, dijo:

—Me entrego a la justicia: he matado a mi hermano.

17 de Octubre

Tomás Luis de Victoria: Ave María

       Tomás Luis de Victoria, nacido en Ávila en 1548 y fallecido en Madrid en 1610, es considerado el principal representante del Siglo de Oro de la polifonía española. Sacerdote, se formó principalmente en Roma, donde fue discípulo de Palestrina, a quien muchos consideran que igualó por la belleza y pureza de sus composiciones, todas ellas de tipo religioso.

 

         Representa el espíritu de la Reforma Católica, poniendo su música al servicio del mensaje revelado, la oración y la liturgia. Durante la última etapa de su vida ejerció como organista de las Descalzas Reales de Madrid.

 

         El Ave María es sin duda el corazón del Santo Rosario. De la ingente obra del maestro Tomás Luis de Victoria es justamente celebrada su versión musical de aquélla, que escuchamos en versión del Orfeón Valenciano.

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15 de Agosto

DON JUAN TENORIO: DEL AMOR Y DE LA BURLA

      Como diametral contraste, recordamos al personaje teatral de Don Juan. Don Juan es un personaje arquetípico del libertino, configurado en la literatura española -de forma señalada por el burlador de Tirso de Molina- y recreado después profusamente por otros muchos autores hasta convertirse en mito. Se trata de un seductor osado hasta la temeridad, que no respeta ninguna ley divina o humana. Que presume de poseer y abandonar a quien seduce, que se jacta de matar a quien se le enfrenta o estorba sus deseos. El vértigo de esta forma de vivir llevará finamente, como es sabido, a la tragedia.

       En este personaje lo que más llama la atención es su desprecio del amor auténtico. No obstante, en la versión tan famosa del Tenorio de José Zorrilla, la última palabra acerca de su destino no será la condena, sino la misericordia a través del personaje de Doña Inés, con la que el caballero entabla una sorprendente relación de amor profundo.

         No descartamos tratar más a fondo la figura de Don Juan -tal vez para noviembre, para rendir culto a la tradición teatral lamentablemente olvidada-. Hoy traemos a este espacio un fragmento de la apuesta entre Don Juan y Don Luis Mejía, donde se pone de manifiesto por parte de ambos el aberrante desprecio del amor y de la persona, en este caso de la mujer, a la que se toma como objeto de placer, de mero “usar y tirar”.

         Los personajes centrales son interpretados en este caso por los recordados Paco Rabal y Fernando Guillen.

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1 de Agosto

EL ICONO. Entrevista a MARÍA DOLORES FERRER

   Venimos diciendo que el amor humano nos retrotrae, cuando es considerado en su hondura, a lo más grande y profundo del ser humano: a su ser persona. La persona es el ser que puede hacer donación de sí mismo sin perderse, por medio del amor. Es lo más digno en toda la naturaleza, como afirmaba Santo Tomás de Aquino.

Pero esto es así, en última instancia, porque somos imagen y semejanza de un Dios personal, de un Dios que es Amor, eterna y plena donación de Sí.

 

      Dedicaremos a esta maravilla un próximo programa, pero no queremos dejar de aludir hoy a una expresión artística que, paradójicamente, rebasa la condición de arte, y que se muestra, trascendiendo lo meramente artístico, como una “ventana abierta al infinito” que nos permite acceder al misterio de Dios y de su Amor, de la Virgen y de los Santos: nos referimos a la mirada del icono.

 

¿Qué es un icono? Icono, etimológicamente, significa “imagen”, pero llamamos icono a unas representaciones religiosas nacidas en el seno de la Iglesia Oriental, en la Iglesia Bizantina, y que posteriormente ha venido a ser nuclear en la Iglesia Ortodoxa.

Para hablar de los iconos, su espiritualidad, su elaboración…, traemos hoy a nuestro micrófono a la iconógrafa afincada en Valencia María Dolores Ferrer.


Entrevista a María Dolores Ferrer

Se puede acceder a la obra de María Dolores Ferrer a través de internet visitando el blog: losiconosdemariadoloresferrer.blogspot.com

          Y también la web: www.mariadoloresferrer.com

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18 de Julio

En nuestra época nos hallamos sumidos en una mentalidad eminentemente pragmática, dominada por la importancia del “nec-otium” (el negocio), por el utilitarismo. El pragmatismo es una mirada febril hacia el mundo en la que, bajo una actividad a menudo frenética, está ausente el sentido. Según esta moral se vive para trabajar, el tiempo es oro y no se puede perder en algo inútil; ha de invertirse de forma rentable. No se permite regalar el tiempo. El tiempo es para ganarlo. Y, así, ganar tiempo es hacer buenos negocios, producir más, tener más cosas, vivir deprisa. Se trabaja y se descansa para trabajar más. El valor de las cosas y del tiempo mismo se confunde con su precio, creando una ficción que nos permite tasar tiempo y vida en los mismos términos que cualquier bien de consumo.

Pero no sólo el trabajo pierde sentido bajo la inquieta mirada del pragmatismo. La fiesta, manifestación de una riqueza existencial cuya razón de ser es la de celebrar la vida, se ve reducida desde el punto de vista pragmático a lo que no es; a menudo se ve convertida en el intento frenético de escapar a la rutina sin sentido de cada día. La celebración gozosa da paso al vértigo y a la evasión etílica, a la euforia brutal, a la asfixia de la lucidez y de la conciencia. Se multiplican las “fiestas” –entre comillas- en las que no se celebra nada, o se celebra cualquier cosa, que es lo mismo.

Una fiesta o una supuesta celebración cuyo sentido y contenido consista en beber alcohol y cuya finalidad sólo sea experimentar sus efectos euforizantes, no es ya una celebración sino un desorden que termina por engendrar hastío, tristeza y decepción. Porque, estrictamente, carece de verdadero sentido.

Por eso os traemos aquí, entre una infinidad de ejemplos posibles, la más emblemática canción de uno de los más destacados grupos musicales del pop-rock español: “La senda del tiempo”, de Celtas Cortos. Es un tema incluido en su segundo álbum de estudio, Gente impresentable y fue publicado como sencillo en 1990.

En esta canción la melancolía, el sinsentido, el sumergirse en el alcohol… ponen de manifiesto que el ser humano está hecho para algo más, para el amor. Y que el sentido de la fiesta no es huir, refugiarse en la evasión o el vértigo de la droga, sino la memoria de lo que somos y compartimos. De lo contrario, entregado al desencanto, uno se siente como si se hubiera hecho “viejo de repente, sin arrugas en la frente, pero con ganas de morir…”

 

A veces llega un momento en que 
te haces viejo de repente 
sin arrugas en la frente 
pero con ganas de morir 
paseando por las calles 
todo tiene igual color 
siento que algo echo en falta 
no sé si será el amor 

Me despierto por la noches 
entre una gran confusión 
es tal la melancolía 
que está acabando conmigo 
siento que me vuelvo loco 
y me sumerjo en el alcohol 
las estrellas por la noche 
han perdido su esplendor 

He buscado en los desiertos 
de la tierra del dolor 
y no he hallado más respuesta 
que espejismos de ilusión 
he hablado con las montañas 
de la desesperación 
y su respuesta era solo 
el eco sordo de mi voz.

 

Cuando la monotonía y el sinsentido nos asfixian diariamente, el ser humano anhela aquello para lo que fue creado y necesita la celebración festiva de la vida, no la euforia etílica para huir de la melancolía y la desesperación.

La verdadera alegría es en realidad un aspecto de la contemplación y una consecuencia de lo bien hecho.

Escuchemos solo unos compases de esa obra maestra que es la Sinfonía número 9 de Beethoven: el himno a la alegría.

Conviene preguntarse sin complacencias, si una sociedad sin fiesta –sin verdadera fiesta, es decir sin nada que celebrar- no será una sociedad condenada a muerte; si el placer efímero y el vértigo de las bacanales no será uno de esos bienestares falaces que disimulan a los moribundos su agonía.

El ocio ha de ser tiempo y ámbito para el descubrimiento o la recuperación del sentido, para disfrutar de la amistad, para el gozo jovial, para alimentar el entusiasmo. La fiesta interrumpe el trabajo, justamente, para incrementar el gozo de la vida, para recordar por qué y para qué trabaja. El hombre, aunque se fatigue, necesita disfrutar, vincularse con los suyos y celebrar lo que les une. La fiesta compartida es un “himno a la alegría”, es amistad, humor, juego, convivencia con los seres queridos, gratitud y homenaje a la Divinidad de quien recibimos la vida... La fiesta transfigura la realidad, le da vida por dentro, reaviva el sentido de lo que se hace, introduce el valor de lo simbólico en el quehacer cotidiano.

Por ello, un contenido educativo nada desdeñable, y una finalidad para el arte, consistiría en enseñar (y aprender) a celebrar de forma adecuada los acontecimientos y aspectos positivos de la vida. 

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13 de Junio

ALABANZAS AL SANTÍSIMO SACRAMENTO

Seleccionamos tres poemas dedicados a exaltar el misterio del Santísimo Sacramento.

El primero pertenece al  licenciado Juan López de Úbeda, del que conocemos muy poco de su biografía. Nació en Toledo y transcurrió su vida en Alcalá de Henares  donde había fundado el colegio-seminario de Niños de la Doctrina Cristiana, en donde fue maestro. Destaca en la historia de la literatura española principalmente como compilador de dos volúmenes de poesía religiosa: el Cancionero general de la doctrina cristiana, publicado en 1579, y el Vergel de flores divinas, publicado en 1582. Fue autor de obras teatrales como La comedia de san Alejo incluida dentro de la producción teatral con fines escolares como afirmó en su estudio clásico Justo García Soriano.

En La Cena del Cordero, el poeta evoca la institución de la Eucaristía en la última cena. Resalta el paso dado por Jesucristo al transformar la figura  –pan y vino- en la realidad de Cristo, cuerpo, sangre, alma y divinidad y todo por un motivo: “cómo está de amor llagado”.

 Estamos ante un romance narrativo de factura muy sencilla. Las rimas del participio lo delatan. En la  segunda parte aparece el predominio de una emoción que se refleja en las exclamaciones y en los juegos conceptistas que mediante antítesis y contrastes resaltan  el prodigio acontecido. Dios es el manjar, y, en contra de lo establecido en todas las normas de cortesía, es el hombre el invitado. El bocado a la manzana de los primeros Padres, se remedia con el bocado eucarístico en  el que la muerte se hace vida y el veneno encuentra en Cristo su antídoto o triaca. La humanidad tiene motivos para exultar de alegría y de asombro pues recibimos a un  Dios que no cabe en el cielo y sin embargo se acomoda con holgura en nuestra alma.

           

En la cena del Cordero,

            habiendo ya cenado,

            acabada la figura,

            comenzó lo figurado

            por mostrar Dios a los suyos

            cómo está de amor llagado,

            todas las mercedes juntas

            en una las ha cifrado:

            pan y vino material

            en sus manos ha tomado,

            y en lugar de pan y vino,

            cuerpo y sangre les ha dado.

 

            ¡Oh, qué infinita distancia

            y qué amor tan extremado,

            es manjar Dios, y convida

            y el hombre es convidado!

            Si un bocado nos dio muerte,

            la Vida se da en bocado;

            si el pecado dio el veneno,

            la triaca Dios la ha dado;

            y haga fiesta el cielo y la tierra,

            y alégrese lo criado,

            pues Dios, no cabiendo en ello,

            en mi alma se ha encerrado.

                        

El segundo es de Luis de Góngora, quien cultiva poesía religiosa y popular, no sólo la exquisita del cultismo o culteranismo.  La estrofa es más compleja que la anterior. Está configurada por una redondilla  que actúa como estribillo y dos  sextillas en la que cinco  versos se organizan como una quintilla y el sexto, que acaba en palabra aguda, en una rima con el cuarto verso del estribillo y en la otra estrofa no.

El poemilla evoca a Cristo como buen pastor que va en busca de la oveja perdida. Escuchamos la voz del Señor que la llama persuasivamente ofreciéndole no solo sus hombros para retornarla, sino a sí  mismo como pasto, en un  juego retórico que aproxima dos palabras de origen común para resaltar su contraste y a la vez aproximar dos elementos complementarios pero distintos. Cristo es Pastor y Pasto.

En la primera sextilla, escuchamos la voz del pastor que al oír los balidos de la oveja perdida se ha subido a un árbol donde ha entregado su vida por amor y desde allí, le arguye que vea las obras y no solo sus palabras.  ¿Qué mayor señal o prenda?

En la segunda sextilla vuelve Cristo a contraponer dos realidades distintas pero que ambas nos desvelan su inconmensurable amor. Nos invita a todos –incluidos en la oveja perdida- a resolver, casi como en acertijo, ¿cuál es mayor traer: ir en los hombros de Dios o llevar a Dios en nuestro pecho?

 

             Oveja perdida, ven

            Sobre mis hombros, que hoy

            No sólo tu pastor soy,

            Sino tú pasto también.

 

            Por descubrirte mejor

            Cuando balabas perdida,

            Dejé en un árbol la vida

            Donde me subió el amor;

            Si prenda quieres mayor,

            Mis obras hoy te la dan.

 

            Pasto, al fin, hoy tuyo hecho,

            ¿Cuál dará mayor asombro,

            o al traerte yo al hombro

            o el traerme tú en el pecho?

            Prenda son de amor estrecho

            que aun los más ciegos las ven.

             

Nuestro tercer poema pertenece a otro de los escritores  de gran prestigio por su lucidez y  fuerza para concentrar la verdad en la brevedad. Bartolomé L. de Argensola, coetáneo de Lope, Góngora, Cervantes, etc. Su nombre va asociado al de su hermano Lupercio, sacerdote también y ambos de extraordinaria cultura. Se trata nuevamente de un  canto al Santísimo Sacramento en redondillas. El poeta se dirige al entendimiento y, como en las alegorías de un auto sacramental, le ordena que ponga el fundamento en la fe, virtud que permite disfrutar del manjar, poner solidez a los afanes de la vida. Sólo se exige callar para entrar en el misterio y comer para saborear. Pero esto no sirve de nada si falta el amor. Solo el amor corresponde al amor.

 

            Deteneos, entendimiento,

            que si no os pensáis fundar

            en la fe de este manjar

            os faltará el fundamento.

 

            La fe sólo es la que sabe

            cómo este manjar encierra

            al que ni en toda la tierra

            ni en todos los cielos cabe;

 

            y así, ni torres de viento

            podréis sin ella fundar;

            porque aun para comenzar

            os faltará el fundamento.

 

            Si logrado queréis ver

            el amor de vuestra empresa,

            no hagáis, llegado a la mesa,

            sino callar y comer.

 

            Callar, porque es sacramento,

            y comer, porque es manjar;

            pero amad; que para amar

            no os faltará fundamento.

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