Momento para el arte

18 de Agosto

La Capilla de Música de la Catedral de Pamplona

La capilla de música de la catedral de Pamplona es la institución musical más antigua de Navarra, su origen data de 1206.

Doscientos años antes de que el estamento civil creara su propia capilla musical con “chantres” o cantores traídos de Avignon, se consolidaba en la Catedral de Pamplona la dignidad de “chantre”, maestro director de la música catedralicia, y encargado de la educación humana y musical de los cantorcicos infantes y de los demás cantores.

La capilla de música se sirve del canto llano desde su origen,  dando paso a la polifonía en el siglo XV. Cuenta también con un importante Archivo Histórico Musical.

Con orquesta propia hasta mediados del siglo XX, está compuesta en la actualidad por 35 miembros, todos ellos seglares, excepto el organista, Julián Ayesa, y el maestro de capilla, Aurelio Sagaseta, ambos canónigos de la catedral.

De su repertorio hemos escogido para ofrecerles el comienzo de la pieza “Celestis urbs Jerusalem”, anónimo del siglo XVIII.

Escuchamos a la Capilla de música de la Catedral de Pamplona.

 

6.- LEYENDO CINCO PANES DE CEBADA, de Lucía Baquedano.

La novela Cinco panes de cebada cuenta la historia de una joven de ciudad de veintiún años, Muriel, que al finalizar la carrera de Magisterio y aprobar un examen duro y un extenso test con la felicitación del tribunal, es enviada para trabajar como maestra en un pueblo perdido de la montaña navarra, Beirechea.

La historia que nos narra Lucía Baquedano transcurre en los años 60 y tiene el sabor de aquellas anécdotas tan sabrosas que nos contaban nuestras abuelas acerca del pueblo y de sus años mozos, cuando en el corazón de las montañas solo el médico tenía coche –por supuesto, un seiscientos- y si nevaba un poco más de lo normal en el invierno, se cerraban los puertos de montaña y nadie podía ir o venir a la capital de la provincia. Años de escasez y de sencillas alegrías, de sucesos asombrosos y enseñanzas que se guardan en el corazón para siempre.

En muchos pueblos como ese se estrenaban por aquel entonces muchas maestras y maestros recién salidos del cascarón y se ponía a prueba, en ocasiones hasta lo heroico, su presunta y tierna vocación docente. Porque entonces casi nadie dudaba de que para ser maestro de verdad hacía falta auténtica vocación. Y de esto, de la vocación humana, es de lo que habla con delicadeza y con fino humor, sirviéndose de una prosa sencilla y deliciosa, Lucía Baquedano en Cinco panes de cebada.

La prosa es intimista, pues la narración corre por cuenta de la propia protagonista, que va dando a conocer los acontecimientos y anécdotas sufridas al aterrizar en el pueblo, y los sentimientos y reflexiones que en su alma femenina se van sucediendo por el brutal cambio, empezando por la decepción inicial con su primer destino, lo más parecido a un destierro. Pero lastrado además por la consternación que deja en ella la primera impresión durante el viaje en el trasto de autobús que le lleva a Beirechea:

 “…Lo noté en cuanto llegué a la estación y localicé el autobús rojo y azul, sin duda contemporáneo de Godoy, lleno de viajeros, y con el techo repleto de cestas, escobas, un cochecito de bebé, enormes fardos de plantas, un colchón y montones de cajas de cartón atadas con cuerdas.

Pregunté a una mujer si aquél era el coche que iba a Beirechea, con la esperanza de que me dijera que no, pero me contestó afirmativamente…

Me quedé en pie en aquel pasillo horrendo y esperé resignada a que el autobús se pusiera en marcha, si es que aún andaba aquel trasto… Y anduvo, claro. Yo soy así de desgraciada.

Y me despedí entonces de mi agradable vida de chica de ciudad. Lo último que vi de ella fue la sonrisa de mi madre, que agitaba la mano, y sus ojos llenos de lágrimas. Sentí un nudo en la garganta y apreté los puños con fuerza.”

Lo que al leer nos resulta tronchante, por grotesco, del ajetreado viaje en la tartana y el cúmulo de situaciones chuscas vividas en su interior, no hicieron más que aumentar la angustia y la desolación de la muchacha, desbordada por un destino ignoto que se le antojaba aterrador.

 “Bajé dando traspiés. Nunca en la vida me había sentido tan desgraciada… Allí sólo quedaba yo, junto a la cuneta de la carretera, sin saber qué hacer. Comenzaba a oscurecer.

Un hombre venía hacia mí, y no sé por qué, pero estuve tentada de echar a correr. Era altísimo y desgarbado, pero visto de cerca no tenía nada de amenazador, así que interiormente me sentí aliviada. Decidí pedirle que me indicara el camino del pueblo.

-¿Ha venido usted en el auto de Pamplona? –me preguntó.

-Sí. Sí señor.

-¿Y no sabe usted casualmente si en el auto venía la maestra?

-Yo soy la maestra –dije como en un sueño…

-Pero… ¿usted es la maestra? ¿La maestra que viene para Beirechea?

-Sí.

-¡Pues parece usted muy joven para ser la maestra! Bueno… ¡Qué le vamos a hacer…! Yo soy Pello, el amo de la casa donde vivirá usted.

-Mucho gusto –dije, tendiéndole la mano y tratando de olvidar aquel ¡Qué le vamos a hacer!

Hubiera dado cualquier cosa por volverme a casa.”

En los próximos programas acompañaremos a la angustiada Muriel, y tendremos ocasión de conocer sus andanzas entre las gentes de la montaña, su escuela y sus pequeños escolanos, como ella les llamará, su soledad, sus afanes y sus aventuras de maestra primeriza.

Y es que a menudo la vida nos zarandea con situaciones de incertidumbre que se presentan como infortunios y nos llenan de temor y de zozobra. Y nos sentimos entonces los seres más desgraciados de la tierra.

Pero tal vez, sin nosotros barruntarlo, como decía Chesterton: “nos espera algo que da esplendor a cuanto existe, y es la ilusión de encontrar una sorpresa a la vuelta de la esquina."

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7 de Julio

Una de las notas esenciales de la fiesta es el agradecimiento. Si la fiesta es en el fondo una celebración y una ratificación de la vida, cobra pleno sentido cuando se convierte en agradecimiento al Autor de la existencia. Como ese “séptimo día” en el que se recuerda la obra de la creación y “que todas las cosas eran buenas”.

La cantante y artista chilena Violeta Parra  fue la creadora de una bellísima canción, que seguramente todos conocemos: “Gracias a la vida”. Algunos la consideran un himno a la existencia, si bien otros señalan un acento de melancolía en el que, al no haber un referente personal divino, lo que se respira es una resignación estoica hecha de claroscuros, que tiene mucho de verdad pero en la que falta lo esencial: la esperanza. Porque, ¿quién es “la vida”? La gratitud mira hacia lo vivido, al pasado, pero no alude al autor de la existencia ni al futuro. A muchos les parece contradictorio -como en cierto modo toda la vida de Violeta, hecha de amores y desamores-, ya que solo un año más tarde, en 1967, a falta de un horizonte suficiente de sentido, Violeta Parra se quitaría la vida.

Es elocuente lo que escribiría entonces el periodista Tito Mundt: «Un día Violeta me dijo: —Me falta algo... No sé lo que es. Lo busco y no lo encuentro... Seguramente no lo hallaré jamás». 

 “Agradecer a la vida” es una forma metafórica de hablar, muy extendida por lo demás, pero en la que “la vida” parece ocultar y remitir a al mismo tiempo a “ese algo buscado” para sostener realmente nuestra esperanza. Es triste notar la ausencia de Quien nos hizo para Sí, de quien dijo ser y es “el camino, la verdad y la vida”.

La canción cuenta con un acompañamiento de charango y percusión, aunque el principal protagonista es la voz de la propia Violeta que, en las siete estrofas de la canción, se dedica a agradecer la existencia por las diversas bendiciones que ha recibido, aunque sin preguntarse de quién: la vista, el sonido, el lenguaje, la marcha de sus pies cansados, el corazón, y finalmente la risa y el llanto, que forman, según reconoce, la materia prima "de su propio canto". 

[GRACIAS A LA VIDA. Violeta Parra.

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me dio dos luceros, que cuando los abro,
Perfecto distingo lo negro del blanco
Y en el alto cielo su fondo estrellado
Y en las multitudes el hombre que yo amo

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado el oído que en todo su ancho
Graba noche y día, grillos y canarios,
Martillos, turbinas, ladridos, chubascos,
Y la voz tan tierna de mi bien amado

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado el sonido y el abecedario;
Con él las palabras que pienso y declaro:
Madre, amigo, hermano, y luz alumbrando
La ruta del alma del que estoy amando

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado la marcha de mis pies cansados;
Con ellos anduve ciudades y charcos,
Playas y desiertos, montanas y llanos,
Y la casa tuya, tu calle y tu patio

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me dio el corazón que agita su marco
Cuando miro el fruto del cerebro humano,
Cuando miro al bueno tan lejos del malo,
Cuando miro al fondo de tus ojos claros

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado la risa y me ha dado el llanto
Así yo distingo dicha de quebranto,
Los dos materiales que forman mi canto,
Y el canto de ustedes que es mi mismo canto,
Y el canto de todos que es mi propio canto
Gracias a la vida que me ha dado tanto.]

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16 de Junio

Volvemos a Granada, pero en esta ocasión para volver a admirar el trono procesional con que el Santísimo Sacramento del Altar recorre las calles de la ciudad, siempre compitiendo con la belleza de Sierra Nevada o de los rincones espléndidos que a cada paso nos asaltan.

Un trono de plata. 200 kilos generosamente donados por el pueblo granadino y el propio cabildo. Pero el esplendor que el metal preciado aporta a la obra no puede reducirse al valor material. En seguida se percibe que es otro el criterio y el espíritu que sobreabunda en la obra: Tanto esplendor, para un tan cercano y maravilloso Dios y Señor. También aquí están de más las objeciones de Judas. La humildad del pan ha de ser contrastada por la mirada humana de la fe, que sabe dar tal honor a tal Señor. La valía no es su peso en metal preciado, la maravilla es el prodigio artístico que sobre ese material posibilitó la genialidad de los hombres.

La carroza procesional se debe al talento, fe y habilidad del gran escultor y orfebre Don Miguel Moreno Romera. Se superó a sí mismo para preparar una obra digna de la devoción ancestral al Cuerpo de Cristo.

Se  muestra, en efecto, espléndida y perfecta, sin salirse de la sencillez. Tenía que ser carro procesional y tenía que ser trono, basamento monumental, en el que pasear a Cristo en la humildad aparente de la Hostia pero, desde la fe, Señor y Soberano de todas las cosas. 

Sobre el carro se asienta en estructura piramidal un basamento  rectangular sobre el que se alza otro menor, y sobre este en forma hexagonal otro de menor alzada, sobre el que se asienta en forma circular con pequeños pináculos que lo adornan un pedestal sobre el que se sujetará la custodia donada por la reina Isabel la Católica. Sin duda es trono y pedestal majestuoso digno de tal Señor.

Pero cuando se acerca uno y lo contempla con atención descubre que además de trono, la custodia se alza sobre una alegoría o mejor aún un símbolo, porque el primer rectángulo toma la forma de una gran basílica, imagen de la Iglesia, que muestra como su tesoro y fundamento a Cristo Sacramentado.

El rectángulo mayor es un prodigio. En sus cuatro esquinas, a modo de capillitas   nos sitúa a los cuatro evangelistas en cuyos fondos aparecen  de manera vigorosa los símbolos correspondientes del águila, el toro, el ángel y el león. El rectángulo se levanta sobre una escalinata pétrea, como si se nos quisiera recordar que la Iglesia de Cristo se asienta sobre roca, sin temer ni tempestades ni borrascas.

En cada fachada, tres arcos con sus columnas, sobre cuyo fondo en forma de bajorrelieve se representan las iglesias más antiguas de la ciudad de Granada, la belleza de la Alhambra o paisajes espectaculares de Sierra Nevada. Exentos, bajo los arcos con fondo plano, se sitúan los apóstoles.

En la fachada principal, la orientada hacia el desfile procesional, destacan la figura de San Pedro y de San Pablo y entre los dos una reproducción fiel y al mismo tiempo original de la Inmaculada de Alonso Cano. Caemos en la cuenta de que la prodigiosa imagen representa el momento siguiente al de la anunciación, aquel instante en que María entra en oración con su hijo que acaba de comenzar a palpitar en sus entrañas. Elegante y profunda alegoría catequética.

Recordamos la descripción que hace San Juan de la nueva Jerusalén en el Apocalipsis:

 “Se acercó uno de los siete ángeles que tenían las siete copas llenas con las últimas siete plagas. Me habló así: «Ven, que te voy a presentar a la novia, la esposa del Cordero». Me llevó en el Espíritu a una montaña grande y elevada, y me mostró la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, procedente de Dios. Resplandecía con la gloria de Dios, y su brillo era como el de una piedra preciosa, semejante a una piedra de jaspe transparente. Tenía una muralla grande y alta, y doce puertas custodiadas por doce ángeles, en las que estaban escritos los nombres de las doce tribus de Israel. Tres puertas daban al este, tres al norte, tres al sur y tres al oeste. La muralla de la ciudad tenía doce cimientos, en los que estaban los nombres de los doce apóstoles del Cordero.

El ángel que hablaba conmigo llevaba una caña de oro para medir la ciudad, sus puertas y su muralla. La ciudad era cuadrada; medía lo mismo de largo que de ancho. El ángel midió la ciudad con la caña, su longitud, su anchura y su altura eran iguales. Midió también la muralla. La muralla estaba hecha de jaspe, y la ciudad era de oro puro, semejante a cristal pulido. Los cimientos de la muralla de la ciudad estaban decorados con toda clase de piedras preciosas: el primero con jaspe, el segundo con zafiro, el tercero con ágata, el cuarto con esmeralda, el quinto con ónice, el sexto con cornalina, el séptimo con crisólito, el octavo con berilo, el noveno con topacio, el décimo con crisoprasa, el undécimo con jacinto y el duodécimo con amatista. Las doce puertas eran doce perlas, y cada puerta estaba hecha de una sola perla. La calle principal de la ciudad era de oro puro, como cristal transparente.”

Es de valorar el esfuerzo y la habilidad  con que se ha ejecutado la obra.  Todos los relieves están repujados y no cincelados. Son golpes precisos en la cara oculta los que van configurando la cara visible, de tal manera que cualquier abolladura errónea destruiría la perfección de la imagen. El trabajo, ímprobo, está inspirado en  los cubiletes minoicos de Valio, de 1500 años antes de Cristo.

Admirable es la ejecución de las figuras del trono. Para bustos, manos y pies utiliza la microfusión, lo que da una impresión de naturalismo y de humanidad, pero el resto de cada figura supone un estudio minucioso del espacio interior y exterior, juego de luces y sombras que aportan vida y movimiento corporal y espiritual a cada apóstol. 

Todavía con más esmero y delicadeza estudia la figura de la Inmaculada, sorprendiendo la fidelidad en cuanto al simbolismo de la obra de Alonso Cano, pero es original y atrevida en el juego de pliegues visibles y vanos que ayudan a visualizar el misterio gozoso que representa y vive María. El encuentro íntimo y reposado de la carroza procesional llena de gozo al que la contempla.

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2 de Junio

 

En nuestra época nos hallamos confinados en una mentalidad dominada por el utilitarismo, esa mirada febril en la que, bajo una actividad frenética, está ausente el sentido. Y como se vive sin paz interior, la tentación es el vértigo: hacer mucho, no parar, producir más, tener más cosas, vivir deprisa. El valor de las cosas y del tiempo mismo se confunde con su precio, creando una ficción que nos permite tasar tiempo y vida en los mismos términos que cualquier bien de consumo.

Obligados por estos meses de pandemia, mucha gente ha podido darse cuenta de su vida un tanto frenética, volviendo a la intimidad del hogar y la familia, redescubriéndose y reencontrándose con los suyos. Pero no son pocos los que han seguido confinados en la play, en portales de internet que roban el alma, en la telebasura o enganchados a las series…; incluso a la bebida u otras formas de evasión. Y que cuando se han encontrado sin “nada que hacer”, han hallado un vacío interior.

Frente a la agobiante sensación de confinamiento, lo mismo antes que ahora, parece que la única salida a la desesperación y el aburrimiento es la “escapada”; esos limitados y breves resquicios para “salir” y a menudo también para “salirse”. En el fondo, como antes de la pandemia, muchos buscan entregarse a la evasión como contrapeso a su aburrimiento o a su activismo frustrado.

Pero si no hay vida interior, lo que se exterioriza es una máscara que disimula el vacío, solo hay activismo o vértigo para huir de sí mismo. Uno sale para respirar y “llenarse”, pero en el fondo muchos encuentros son superficiales y aportan poco, y el corazón sigue en su melancolía. Un ejemplo permanente de ello son ciertos festejos cuyo contenido y fin consiste solo en beber alcohol y experimentar sus efectos euforizantes. Pero eso solo es un artificio que termina por engendrar más hastío, tristeza y decepción.

Por eso traemos aquí, entre una infinidad de evocaciones posibles, “La senda del tiempo”, la más emblemática canción del grupo Celtas Cortos, publicada en 1990.

En esta canción la melancolía, el sinsentido, el sumergirse en el alcohol… ponen de manifiesto que el ser humano está hecho para algo más, que es el amor. Y que el sentido de la vida no está en huir a toda costa del aburrimiento, en refugiarse en la evasión televisiva o el vértigo de la droga, por ejemplo, sino en la memoria de lo que somos, en mantener vivos nuestros vínculos más valiosos y profundos.

Cuando la monotonía y el sinsentido nos asfixian, el ser humano anhela la verdadera felicidad para la que fue creado, no la euforia etílica o la evasión frenética para huir de la melancolía y la desesperación. Entregado al desencanto, uno se siente como si se hubiera hecho “viejo de repente, sin arrugas en la frente, pero con ganas de morir…” Es ese “siento que algo echo en falta” que repite el estribillo de la canción. 

A veces llega un momento en que 
te haces viejo de repente 
sin arrugas en la frente 
pero con ganas de morir 
paseando por las calles 
todo tiene igual color 
siento que algo echo en falta 
no sé si será el amor 

Me despierto por la noches 
entre una gran confusión 
es tal la melancolía 
que está acabando conmigo 
siento que me vuelvo loco 
y me sumerjo en el alcohol 
las estrellas por la noche 
han perdido su esplendor 

He buscado en los desiertos 
de la tierra del dolor 
y no he hallado más respuesta 
que espejismos de ilusión 
he hablado con las montañas 
de la desesperación 
y su respuesta era solo 
el eco sordo de mi voz.

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19 de Mayo

En este programa que dedicamos a María, auxilio de los cristianos y consuelo de los afligidos, les proponemos escuchar el conocido Ave Maria  de Franz Schubert, compuesto en 1825.

Aunque se conoce con este título, y muchos lo han versionado con la letra de esta oración tan entrañable, fue compuesta originalmente como un Lied (“canción”) que Schubert escribió basándose en el poema épico de Walter Scott “La dama del lago”.

En el poema de Scott, la dama es el personaje de Ellen Douglas y se enmarca en el contexto de las antiguas guerras entre los clanes de Escocia. Ellen ha ido con su padre, James Douglas, conde de Bothwell, a esconderse en la cercana «cueva del Duende» para evitar la venganza del rey James. La joven canta entonces una oración dirigida a la Virgen María, invocando su ayuda. Es la canción que conocemos y que habla de las desgracias de Ellen y su padre.

Las palabras de apertura de cada estrofa, así como el estribillo, son precisamente «Ave Maria», lo que condujo a la idea de adaptar la melodía de Schubert como un arreglo para el texto de la oración del Ave Maria en latín.

Nosotros hoy escucharemos el texto original. En la primera estrofa, la joven doncella Ellen reza así a la Virgen:

 

¡Ave María! Virgen piadosa,

Escucha el ruego de una doncella.

Desde esta roca rígida y salvaje

Mi oración llegará a ti.

Dormimos protegidos hasta la mañana,

A pesar de la crueldad de los hombres.

Oh Virgen, mira las penas de la doncella,

¡Oh Madre, escucha a una hija suplicante!

¡Ave María!

 

Escuchamos una versión poco habitual, en la preciosa voz de la cantante franco-canadiense Céline Dion, que recoge precisamente este texto en inglés, intercalándolo con el saludo del Ave María en latín.

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5 de Mayo

     Antonín Dvořák está considerado como uno de los grandes compositores de la segunda mitad del siglo XIX. Nació en Bohemia, cerca de Praga, en 1841, y falleció en esta capital en 1904. 

La Sinfonía n.º 9 en mi menor, también conocida como Sinfonía del Nuevo Mundo es sin duda su obra más conocida. Fue compuesta en 1893 durante la estancia del compositor en Estados Unidos. Desde su estreno en el Carnegie Hall de Nueva York, se convirtió en una de las sinfonías más populares de todos los tiempos.

En realidad la traducción es «Sinfonía desde el nuevo mundo» y es una referencia que hace Dvořák desde América hacia la antigua Europa. Es un homenaje a las tradiciones musicales americanas y a la vez a la moderna América que estaba surgiendo. Sin embargo, el compositor checo no se adaptó personalmente muy bien al “Nuevo Mundo”, y decidió regresar dos años después, en 1895, a Praga, donde fue distinguido en sus últimos años con los máximos honores.

Vamos a escuchar el comienzo del 4º movimiento de esta gran sinfonía, muy conocido seguramente por nuestros oyentes.

El 16 de abril de 2007, el director venezolano Gustavo Dudamel dirigió la Orquesta sinfónica de la Radio de Stuttgart en un concierto de homenaje al papa Benedicto XVI con ocasión de su ochenta cumpleaños; la versión que les ofrecemos corresponde al mismo. 

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21 de Abril

“LA DOLOROSA”

La Dolorosa es el nombre de una conocida zarzuela de Juan José Lorente y música del maestro José Serrano. Fue estrenada en el Teatro Apolo de Valencia, el día 23 de Mayo de 1930.

La historia se ambienta en Aragón. El primer acto introduce el personaje de Rafael, joven pintor que ahora es fraile novicio, recién llegado al convento. Está buscando ambientación para una Dolorosa que está pintando.

Perico, su ayudante, quiere aprender a pintar y ruega a Rafael que le explique el cuadro, a lo que accede cantando una romanza dolorida, de las más hermosas de la lírica española: La roca fría del Calvario, que escucharemos en la voz inigualable de Alfredo Kraus.

Que María sostenga nuestra esperanza en la Resurrección, que sea la mujer fuerte y la madre de la Iglesia naciente, no impide que ahondemos en su dolor profundo al ver sufrir y morir al Hijo amado, a su Redentor.

La letra de la romanza, recordamos, es de Juan José Lorente, y la música del maestro José Serrano.

 [La roca fría del Calvario (La Dolorosa)

La roca fría del calvario
Se oculta en negra nube
Por un sendero solitario
La Virgen Madre sube
Camina, y en su cara morena
Flor de azucena
Que ha perdido el color.
En su pecho lacerado
Se han clavado las espinas del dolor.

Su cuerpo vacilante
Se dobla al peso de la pena,
Pero sigue adelante.
Camina, y sus labios de hielo
Besan el suelo donde brota una flor
En cada gota de sangre
Derramada por Jesús el Redentor.

Sombra peregrina,
Emblema del dolor hecho luz.
Camina, camina, ligera
Que el hijo la espera
Muerto en la cruz.

Desde una loma del sendero
La Virgen caminante,
Ve la silueta del madero
Y al hijo agonizante,
Y llora su callado tormento
En un lamento, que no puede vencer.
Es el grito desgarrado
Arrancado a su carne de mujer.
Divina estrella sobre la huella
del humano dolor,
Triste camina, camina llorosa
La madre dolorosa del Redentor.]

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20 de Noviembre

El Padre Brown es sin duda el personaje más conocido salido de la pluma de Chesterton. Se trata un cura católico de apariencia ingenua pero cuya agudeza psicológica lo convierte en un formidable detective. Chesterton sitúa además a este sacerdote papista en plena Inglaterra anglicana. De aspecto rechoncho, va acompañado de un enorme paraguas y suele resolver los crímenes más truculentos y complicados gracias a su conocimiento de la naturaleza humana más aún que por el razonamiento lógico. Para crear este personaje Chesterton se inspiró en su amigo el Padre John O'Connor, muy relacionado con la conversión al catolicismo de nuestro autor en 1922.

Hizo su primera aparición en 1910, en la historia titulada La Cruz azul, y continuó a lo largo de cinco volúmenes de historias cortas, que llegan a más del medio centenar y concluyen en 1935. Se ha dicho, con cierto fundamento, que a diferencia de Sherlock Holmes, los métodos del Padre Brown tienden a ser más intuitivos que deductivos. Pero esa intuición tiene mucho que ver con su formación teológica católica y sobre todo con su dedicación al confesionario. Él mismo explica así su método en "El secreto del Padre Brown":

"Verá usted, yo los he asesinado a todos ellos por mí mismo [...] He planeado cada uno de los crímenes muy cuidadosamente, he pensado exactamente cómo pudo ser hecho algo así y con qué disposición de ánimo o estado mental pudo un hombre hacerlo realmente. Y cuando estaba bastante seguro y sentía exactamente como el asesino mismo, entonces, por supuesto, sabía de quién se trataba."

En La Cruz azul, cuando es interrogado por el malhechor Flambeau, quien se ha disfrazado de sacerdote, acerca de cómo un cura ha podido adquirir tal conocimiento de todo tipo de crímenes desastrosos, el responde:

"¿Nunca se le ha ocurrido pensar que un hombre que casi no hace otra cosa que oír los pecados de los demás no puede dejar de estar al corriente del mal de la humanidad?"

Un ejemplo de su peculiar perspicacia aparece en la misma historia, cuando explica a Flambeau cómo descubrió que no éste era un verdadero sacerdote: "-Usted atacó a la razón. Y eso es mala teología."

Sin lugar a dudas la lectura de las historias del Padre Brown, que en castellano ya se encuentran recogidas en un solo tomo, es una de las mejores formas de iniciarse en la lectura de Chesterton.

Pero hemos traído a este simpático curita a esta sección porque también ha sido llevado a las pantallas del cine y la televisión.

El primer rostro que toma prestado el padre Brown para asomarse a las pantallas es el de Walter Conolly en la película "Father Brown, Detective", de Edward Sedgwick, en 1934, una de las pioneras del cine sonoro por lo demás. Dicho sea de paso, a Chesterton no le habían agradado mucho las primeras andanzas del cinematógrafo, aquel cine mudo de altísimas velocidades, pero sí conoció esta primera versión de su cura detective, y le sorprendió gratamente. La historia está basada en el relato La Cruz azul.

20 años más tarde se estrenó El Detective, con un elenco formidable, encabezado nada menos que por Sir Alec Guinness, que personificó al Padre Brown, y Peter Finch, que puso rostro a Flambeau, en otra versión del relato de La Cruz azul, esta vez bajo la dirección de Robert Hamer. El resultado fue una estimable comedia de misterio, con un guión ingenioso y divertido y un Guinness que exprime todo el jugo cómico de cada situación. El rodaje de la película, tuvo además importancia porque coincidió con el primer paso del actor hacia la fe católica.

         En TV encontramos en los años 70 una notable serie de 13 episodios protagonizada por un buen Kenneth More, correctamente guionizada, sin duda la más conocida hasta hace poco.

         Italia aportó dos series para televisión: "I Racconti di Padre Brown" (1970) y "Sei Delitti per Padre Brown" (1988), que podríamos calificar de dignas. Por su parte el gran actor Heinz Rühmann personificó al Padre Brown en dos adaptaciones alemanas de las historias de Chesterton en los años 1960 y 1062 [Das schwarze Schaf (1960) y Er kanns nicht lassen (1962).]

         Entre 1966 y 1973, Josef Meinrad interpretó al padre Brown en una coproducción austro-alemana, con un total de 39 episodios.

         Y finalmente, desde el 14 de enero de 2013 el actor Mark Williams interpreta el personaje del Padre Brown en la serie británica "Father Brown", que ha gozado de gran éxito. Está inspirada en los relatos de Chesterton, pero se sitúa en un pequeño pueblo de Inglaterra a principios de los años 50, e introduce notables novedades que lo diferencian del personaje original y por supuesto de la genialidad de su creador. La música de la serie -que venimos escuchando de fondo- está compuesta por Debbie Wiseman y tiene el nombre de "Father Brown Theme".

4 de Diciembre

Recordarán que en esta misma sección del programa pasado, les hablamos del sacerdote detective creado por Chesterton, el padre Brown. El mismo Chesterton explicó que el personaje se inspiraba en su amigo el padre John O’Connor, al que conoció en 1907, quince años antes de hacerse católico, en una conferencia en una pequeña ciudad industrial. Le llamó la atención su tacto y la simpatía que despertaba en medio de una Inglaterra protestante que despreciaba habitualmente a los católicos, "un hombre inteligentísimo y humilde. Tan sencillo que un tonto lo puede tomar por tonto".

O’Connor escucharía la confesión general de Chesterton cuando se hiciera católico y sería siempre su amigo. Pero ya desde sus primeros encuentros marcó el futuro del que acabaría siendo su mejor personaje detective: “Surgió en mi mente la vaga idea de construir una comedia en la que un sacerdote aparentaría no saber nada, conociendo, en el fondo, el crimen mejor que los mismos criminales."

Una y otra vez, Chesterton muestra cómo los grandes señores y los expertos y sabios tienden a menospreciar al sacerdote, pequeño y callado... hasta que él, con su perspicacia, logra resolver el caso, dejando caer por el camino, a veces, algunos comentarios irónicos, pero con más frecuencia, recordando que su vocación y su actividad como confesor le han ayudado a entender a los hombres y profundizar en sus almas y motivaciones.

En el relato "El martillo de Dios", fielmente recogido en el episodio de la serie interpretada en los años 70 por Kenneth More, el P. Brown, se hallaba presente en la localidad cuando fue asesinado el hermano del pastor anglicano de la misma, el reverendo Wilfrid Bohun. Hay varios sospechosos: el herrero, su mujer... El pastor Bohun sugiere que ha podido tratarse del tonto del pueblo. Tras diversas averiguaciones y vicisitudes, en la escena final,  ambos clérigos han subido a la alta torre de la iglesia anglicana.

El reverendo Bohun lo condujo directamente a su rincón favorito, a esa zona de la galería que estaba más cerca del techo labrado... Se dominaba la extensísima llanura donde se alzaba la pequeña colina del pueblo, llena de vegetación hasta el límite rojizo del horizonte, y salpicada aquí y allá de aldeas y granjas. Hacia abajo, como un cuadro blanco y pequeño, se veía el patio de la fragua, donde el inspector seguía tomando notas, y el cadáver yacía aún como una mosca aplastada. (...)

Debajo y alrededor de ellos las líneas del edificio gótico se sumergían en el vacío con una agilidad vertiginosa y suicida...

—Creo que adentrarse en estas alturas, aun para rezar, es arriesgado —observó el padre Brown—. Las alturas no fueron hechas para ser admiradas desde arriba, si no desde abajo... Desde la cumbre sólo se ven las cosas pequeñas. Conocí a un hombre que comenzó por arrodillarse ante el altar, como hacen los demás, luego se fue enamorando de lugares altos y solitarios para entregarse a sus oraciones, como, por ejemplo, los rincones y nichos de los campanarios y chapiteles. Instalado allí, le parecía que el mundo todo giraba a sus pies como una rueda, su mente también se trastornaba, y se imaginaba ser Dios. De ese modo, aunque era un hombre bueno, cometió un gran crimen.

Wilfrid estaba mirando hacia otro lado, pero sus huesudas manos, apretadas al parapeto de piedra, se pusieron blancas y azules.

—Ese hombre creyó que a él le tocaba juzgar al mundo y castigar al pecador. Eso nunca se le hubiera ocurrido de haber mantenido la costumbre de arrodillarse en el suelo, como los demás hombres. Pero, desde las alturas, los hombres le parecían insectos. Un día distinguió, a sus pies, exactamente debajo de él, a uno que se pavoneaba muy orgulloso, llevaba un sombrero verde que lo hacía muy visible... Había algo más para tentarlo: en su mano tenía uno de los instrumentos más terribles de la Naturaleza; me refiero a la ley de la gravedad, esa energía loca y feroz en virtud de la cual todas las criaturas de este mundo caen hacia el corazón de la tierra en cuanto pueden hacerlo. Fíjese: el inspector pasea ahora exactamente allá abajo, en el patio de la fragua. Si yo le lanzo una piedrita desde este parapeto, llegará a él con la fuerza de una bala. Si dejo caer un martillo, aunque sea un martillo pequeño…

Wilfrid Bohun pasó una pierna por encima del parapeto, y el padre Brown se lanzó ágilmente tomándolo del cuello para retenerlo.

—No por esa puerta —le dijo con mucha afabilidad—. Esa puerta lleva al infierno.

—¿Cómo sabe todo eso? —gritó el reverendo Bohun—. ¿Es usted el diablo?

—Soy un hombre —contestó gravemente el padre Brown—; en consecuencia, todos los diablos residen en mi corazón. Escúcheme… Sé lo que hizo, o, al menos, adivino lo esencial. Cuando usted se separó de su hermano estaba poseído por la ira, una ira no injustificada, al extremo que tomó un martillo al azar, sintiendo un deseo sordo de matarlo en el sitio mismo del pecado. Pero, dominándose, se lo guardó y se metió en la iglesia. Estuvo rezando en la plataforma de arriba, desde donde usted podía ver el sombrero oriental del coronel como el dorso verde de un escarabajo rampante. Pero de pronto, algo estalló dentro de su alma, y obedeciendo a un impulso súbito de procedencia indeterminada, dejó caer el rayo de Dios.

Pero, escúcheme un poco más. Sé todo esto, pero nadie más lo sabrá. Usted es quien tiene que dar el próximo paso; yo no doy más pasos: dejo esto sellado con el sello de la confesión. Lo dejo en libertad de obrar, porque usted no está aún muy corrompido, como suelen estarlo los asesinos. Usted se negó a contribuir a la acusación del herrero, que era lo más fácil, trató de culpar al idiota, sabiendo que no se le podía castigar. Y encontrar tales señales en los asesinos es algo concerniente a mi oficio. Y ahora, baje al pueblo, y haga lo que quiera, usted es tan libre como el viento. Porque yo ya he dicho mi última palabra.

Bajaron la escalera caracol en el mayor silencio, y aparecieron frente a la fragua, a la luz del sol. Wilfrid Bohun levantó delicadamente la aldaba, abrió la puerta de la cerca de madera y, dirigiéndose al inspector, dijo:

—Me entrego a la justicia: he matado a mi hermano.

17 de Octubre

Tomás Luis de Victoria: Ave María

       Tomás Luis de Victoria, nacido en Ávila en 1548 y fallecido en Madrid en 1610, es considerado el principal representante del Siglo de Oro de la polifonía española. Sacerdote, se formó principalmente en Roma, donde fue discípulo de Palestrina, a quien muchos consideran que igualó por la belleza y pureza de sus composiciones, todas ellas de tipo religioso.

 

         Representa el espíritu de la Reforma Católica, poniendo su música al servicio del mensaje revelado, la oración y la liturgia. Durante la última etapa de su vida ejerció como organista de las Descalzas Reales de Madrid.

 

         El Ave María es sin duda el corazón del Santo Rosario. De la ingente obra del maestro Tomás Luis de Victoria es justamente celebrada su versión musical de aquélla, que escuchamos en versión del Orfeón Valenciano.

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15 de Agosto

DON JUAN TENORIO: DEL AMOR Y DE LA BURLA

      Como diametral contraste, recordamos al personaje teatral de Don Juan. Don Juan es un personaje arquetípico del libertino, configurado en la literatura española -de forma señalada por el burlador de Tirso de Molina- y recreado después profusamente por otros muchos autores hasta convertirse en mito. Se trata de un seductor osado hasta la temeridad, que no respeta ninguna ley divina o humana. Que presume de poseer y abandonar a quien seduce, que se jacta de matar a quien se le enfrenta o estorba sus deseos. El vértigo de esta forma de vivir llevará finamente, como es sabido, a la tragedia.

       En este personaje lo que más llama la atención es su desprecio del amor auténtico. No obstante, en la versión tan famosa del Tenorio de José Zorrilla, la última palabra acerca de su destino no será la condena, sino la misericordia a través del personaje de Doña Inés, con la que el caballero entabla una sorprendente relación de amor profundo.

         No descartamos tratar más a fondo la figura de Don Juan -tal vez para noviembre, para rendir culto a la tradición teatral lamentablemente olvidada-. Hoy traemos a este espacio un fragmento de la apuesta entre Don Juan y Don Luis Mejía, donde se pone de manifiesto por parte de ambos el aberrante desprecio del amor y de la persona, en este caso de la mujer, a la que se toma como objeto de placer, de mero “usar y tirar”.

         Los personajes centrales son interpretados en este caso por los recordados Paco Rabal y Fernando Guillen.

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1 de Agosto

EL ICONO. Entrevista a MARÍA DOLORES FERRER

   Venimos diciendo que el amor humano nos retrotrae, cuando es considerado en su hondura, a lo más grande y profundo del ser humano: a su ser persona. La persona es el ser que puede hacer donación de sí mismo sin perderse, por medio del amor. Es lo más digno en toda la naturaleza, como afirmaba Santo Tomás de Aquino.

Pero esto es así, en última instancia, porque somos imagen y semejanza de un Dios personal, de un Dios que es Amor, eterna y plena donación de Sí.

 

      Dedicaremos a esta maravilla un próximo programa, pero no queremos dejar de aludir hoy a una expresión artística que, paradójicamente, rebasa la condición de arte, y que se muestra, trascendiendo lo meramente artístico, como una “ventana abierta al infinito” que nos permite acceder al misterio de Dios y de su Amor, de la Virgen y de los Santos: nos referimos a la mirada del icono.

 

¿Qué es un icono? Icono, etimológicamente, significa “imagen”, pero llamamos icono a unas representaciones religiosas nacidas en el seno de la Iglesia Oriental, en la Iglesia Bizantina, y que posteriormente ha venido a ser nuclear en la Iglesia Ortodoxa.

Para hablar de los iconos, su espiritualidad, su elaboración…, traemos hoy a nuestro micrófono a la iconógrafa afincada en Valencia María Dolores Ferrer.


Entrevista a María Dolores Ferrer

Se puede acceder a la obra de María Dolores Ferrer a través de internet visitando el blog: losiconosdemariadoloresferrer.blogspot.com

          Y también la web: www.mariadoloresferrer.com

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18 de Julio

En nuestra época nos hallamos sumidos en una mentalidad eminentemente pragmática, dominada por la importancia del “nec-otium” (el negocio), por el utilitarismo. El pragmatismo es una mirada febril hacia el mundo en la que, bajo una actividad a menudo frenética, está ausente el sentido. Según esta moral se vive para trabajar, el tiempo es oro y no se puede perder en algo inútil; ha de invertirse de forma rentable. No se permite regalar el tiempo. El tiempo es para ganarlo. Y, así, ganar tiempo es hacer buenos negocios, producir más, tener más cosas, vivir deprisa. Se trabaja y se descansa para trabajar más. El valor de las cosas y del tiempo mismo se confunde con su precio, creando una ficción que nos permite tasar tiempo y vida en los mismos términos que cualquier bien de consumo.

Pero no sólo el trabajo pierde sentido bajo la inquieta mirada del pragmatismo. La fiesta, manifestación de una riqueza existencial cuya razón de ser es la de celebrar la vida, se ve reducida desde el punto de vista pragmático a lo que no es; a menudo se ve convertida en el intento frenético de escapar a la rutina sin sentido de cada día. La celebración gozosa da paso al vértigo y a la evasión etílica, a la euforia brutal, a la asfixia de la lucidez y de la conciencia. Se multiplican las “fiestas” –entre comillas- en las que no se celebra nada, o se celebra cualquier cosa, que es lo mismo.

Una fiesta o una supuesta celebración cuyo sentido y contenido consista en beber alcohol y cuya finalidad sólo sea experimentar sus efectos euforizantes, no es ya una celebración sino un desorden que termina por engendrar hastío, tristeza y decepción. Porque, estrictamente, carece de verdadero sentido.

Por eso os traemos aquí, entre una infinidad de ejemplos posibles, la más emblemática canción de uno de los más destacados grupos musicales del pop-rock español: “La senda del tiempo”, de Celtas Cortos. Es un tema incluido en su segundo álbum de estudio, Gente impresentable y fue publicado como sencillo en 1990.

En esta canción la melancolía, el sinsentido, el sumergirse en el alcohol… ponen de manifiesto que el ser humano está hecho para algo más, para el amor. Y que el sentido de la fiesta no es huir, refugiarse en la evasión o el vértigo de la droga, sino la memoria de lo que somos y compartimos. De lo contrario, entregado al desencanto, uno se siente como si se hubiera hecho “viejo de repente, sin arrugas en la frente, pero con ganas de morir…”

 

A veces llega un momento en que 
te haces viejo de repente 
sin arrugas en la frente 
pero con ganas de morir 
paseando por las calles 
todo tiene igual color 
siento que algo echo en falta 
no sé si será el amor 

Me despierto por la noches 
entre una gran confusión 
es tal la melancolía 
que está acabando conmigo 
siento que me vuelvo loco 
y me sumerjo en el alcohol 
las estrellas por la noche 
han perdido su esplendor 

He buscado en los desiertos 
de la tierra del dolor 
y no he hallado más respuesta 
que espejismos de ilusión 
he hablado con las montañas 
de la desesperación 
y su respuesta era solo 
el eco sordo de mi voz.

 

Cuando la monotonía y el sinsentido nos asfixian diariamente, el ser humano anhela aquello para lo que fue creado y necesita la celebración festiva de la vida, no la euforia etílica para huir de la melancolía y la desesperación.

La verdadera alegría es en realidad un aspecto de la contemplación y una consecuencia de lo bien hecho.

Escuchemos solo unos compases de esa obra maestra que es la Sinfonía número 9 de Beethoven: el himno a la alegría.

Conviene preguntarse sin complacencias, si una sociedad sin fiesta –sin verdadera fiesta, es decir sin nada que celebrar- no será una sociedad condenada a muerte; si el placer efímero y el vértigo de las bacanales no será uno de esos bienestares falaces que disimulan a los moribundos su agonía.

El ocio ha de ser tiempo y ámbito para el descubrimiento o la recuperación del sentido, para disfrutar de la amistad, para el gozo jovial, para alimentar el entusiasmo. La fiesta interrumpe el trabajo, justamente, para incrementar el gozo de la vida, para recordar por qué y para qué trabaja. El hombre, aunque se fatigue, necesita disfrutar, vincularse con los suyos y celebrar lo que les une. La fiesta compartida es un “himno a la alegría”, es amistad, humor, juego, convivencia con los seres queridos, gratitud y homenaje a la Divinidad de quien recibimos la vida... La fiesta transfigura la realidad, le da vida por dentro, reaviva el sentido de lo que se hace, introduce el valor de lo simbólico en el quehacer cotidiano.

Por ello, un contenido educativo nada desdeñable, y una finalidad para el arte, consistiría en enseñar (y aprender) a celebrar de forma adecuada los acontecimientos y aspectos positivos de la vida. 

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13 de Junio

ALABANZAS AL SANTÍSIMO SACRAMENTO

Seleccionamos tres poemas dedicados a exaltar el misterio del Santísimo Sacramento.

El primero pertenece al  licenciado Juan López de Úbeda, del que conocemos muy poco de su biografía. Nació en Toledo y transcurrió su vida en Alcalá de Henares  donde había fundado el colegio-seminario de Niños de la Doctrina Cristiana, en donde fue maestro. Destaca en la historia de la literatura española principalmente como compilador de dos volúmenes de poesía religiosa: el Cancionero general de la doctrina cristiana, publicado en 1579, y el Vergel de flores divinas, publicado en 1582. Fue autor de obras teatrales como La comedia de san Alejo incluida dentro de la producción teatral con fines escolares como afirmó en su estudio clásico Justo García Soriano.

En La Cena del Cordero, el poeta evoca la institución de la Eucaristía en la última cena. Resalta el paso dado por Jesucristo al transformar la figura  –pan y vino- en la realidad de Cristo, cuerpo, sangre, alma y divinidad y todo por un motivo: “cómo está de amor llagado”.

 Estamos ante un romance narrativo de factura muy sencilla. Las rimas del participio lo delatan. En la  segunda parte aparece el predominio de una emoción que se refleja en las exclamaciones y en los juegos conceptistas que mediante antítesis y contrastes resaltan  el prodigio acontecido. Dios es el manjar, y, en contra de lo establecido en todas las normas de cortesía, es el hombre el invitado. El bocado a la manzana de los primeros Padres, se remedia con el bocado eucarístico en  el que la muerte se hace vida y el veneno encuentra en Cristo su antídoto o triaca. La humanidad tiene motivos para exultar de alegría y de asombro pues recibimos a un  Dios que no cabe en el cielo y sin embargo se acomoda con holgura en nuestra alma.

           

En la cena del Cordero,

            habiendo ya cenado,

            acabada la figura,

            comenzó lo figurado

            por mostrar Dios a los suyos

            cómo está de amor llagado,

            todas las mercedes juntas

            en una las ha cifrado:

            pan y vino material

            en sus manos ha tomado,

            y en lugar de pan y vino,

            cuerpo y sangre les ha dado.

 

            ¡Oh, qué infinita distancia

            y qué amor tan extremado,

            es manjar Dios, y convida

            y el hombre es convidado!

            Si un bocado nos dio muerte,

            la Vida se da en bocado;

            si el pecado dio el veneno,

            la triaca Dios la ha dado;

            y haga fiesta el cielo y la tierra,

            y alégrese lo criado,

            pues Dios, no cabiendo en ello,

            en mi alma se ha encerrado.

                        

El segundo es de Luis de Góngora, quien cultiva poesía religiosa y popular, no sólo la exquisita del cultismo o culteranismo.  La estrofa es más compleja que la anterior. Está configurada por una redondilla  que actúa como estribillo y dos  sextillas en la que cinco  versos se organizan como una quintilla y el sexto, que acaba en palabra aguda, en una rima con el cuarto verso del estribillo y en la otra estrofa no.

El poemilla evoca a Cristo como buen pastor que va en busca de la oveja perdida. Escuchamos la voz del Señor que la llama persuasivamente ofreciéndole no solo sus hombros para retornarla, sino a sí  mismo como pasto, en un  juego retórico que aproxima dos palabras de origen común para resaltar su contraste y a la vez aproximar dos elementos complementarios pero distintos. Cristo es Pastor y Pasto.

En la primera sextilla, escuchamos la voz del pastor que al oír los balidos de la oveja perdida se ha subido a un árbol donde ha entregado su vida por amor y desde allí, le arguye que vea las obras y no solo sus palabras.  ¿Qué mayor señal o prenda?

En la segunda sextilla vuelve Cristo a contraponer dos realidades distintas pero que ambas nos desvelan su inconmensurable amor. Nos invita a todos –incluidos en la oveja perdida- a resolver, casi como en acertijo, ¿cuál es mayor traer: ir en los hombros de Dios o llevar a Dios en nuestro pecho?

 

             Oveja perdida, ven

            Sobre mis hombros, que hoy

            No sólo tu pastor soy,

            Sino tú pasto también.

 

            Por descubrirte mejor

            Cuando balabas perdida,

            Dejé en un árbol la vida

            Donde me subió el amor;

            Si prenda quieres mayor,

            Mis obras hoy te la dan.

 

            Pasto, al fin, hoy tuyo hecho,

            ¿Cuál dará mayor asombro,

            o al traerte yo al hombro

            o el traerme tú en el pecho?

            Prenda son de amor estrecho

            que aun los más ciegos las ven.

             

Nuestro tercer poema pertenece a otro de los escritores  de gran prestigio por su lucidez y  fuerza para concentrar la verdad en la brevedad. Bartolomé L. de Argensola, coetáneo de Lope, Góngora, Cervantes, etc. Su nombre va asociado al de su hermano Lupercio, sacerdote también y ambos de extraordinaria cultura. Se trata nuevamente de un  canto al Santísimo Sacramento en redondillas. El poeta se dirige al entendimiento y, como en las alegorías de un auto sacramental, le ordena que ponga el fundamento en la fe, virtud que permite disfrutar del manjar, poner solidez a los afanes de la vida. Sólo se exige callar para entrar en el misterio y comer para saborear. Pero esto no sirve de nada si falta el amor. Solo el amor corresponde al amor.

 

            Deteneos, entendimiento,

            que si no os pensáis fundar

            en la fe de este manjar

            os faltará el fundamento.

 

            La fe sólo es la que sabe

            cómo este manjar encierra

            al que ni en toda la tierra

            ni en todos los cielos cabe;

 

            y así, ni torres de viento

            podréis sin ella fundar;

            porque aun para comenzar

            os faltará el fundamento.

 

            Si logrado queréis ver

            el amor de vuestra empresa,

            no hagáis, llegado a la mesa,

            sino callar y comer.

 

            Callar, porque es sacramento,

            y comer, porque es manjar;

            pero amad; que para amar

            no os faltará fundamento.

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