Momento para el arte

16 de Mayo - 2017

CINE: EL GRAN SILENCIO (PH. GRÖNING, 2005)

 

Las dos normas que rigen la vida de los monjes cartujos: la soledad y el silencio, son el eje que utiliza el cineasta alemán Philip Groning en "El gran silencio", documental que, a pesar de sus 162 minutos sin palabra alguna, cautivó hace 10 años al público y la crítica, cosechando premios y récords de taquilla. Obtuvo el Gran Premio del Jurado del Festival de Sundance en 2005 y el de Mejor Documental en los galardones de la Academia de Cine Europea.

El director confiesa que perseguía este rodaje desde 1984. "Buscaba elaborar un estudio profundo del tiempo, y, a la vez, la experiencia de una vida dominada por la pureza y la sencillez", explica el cineasta, a quien sólo dieron permiso para rodar en 2003, 19 años después. Las condiciones: no utilizar luz artificial, no poner música adicional y no añadir comentario alguno.  “-Tampoco podía disponer de ningún equipo adicional, sólo podía estar yo. Estas condiciones encajaban perfectamente con mi concepto original, así que no fue ningún obstáculo para mí”, añade Groning. “Sin duda, uno de los mayores retos fue hacer una película sin diálogos ni narrador. El cine está compuesto de sonido, imagen y tiempo, ésta última es la parte más profunda. Con 'El gran silencio' he querido volver al cine en estado puro'.

La realización y el montaje duró unos tres años. El cineasta pasó cinco meses viviendo en la "Grande Chartreuse", el monasterio de referencia de la orden, situado en los Alpes franceses, al norte de Grenoble. Allí se integró totalmente en el día a día de los monjes, realizando las mismas tareas que ellos, de forma que sólo dedicaba dos o tres horas al día al rodaje. "Quería capturar ese ritmo de vida monástica -cuenta- y la única forma era integrarme en su día a día. Lo que me sorprendió fue que, a pesar de vivir su vida en soledad y silencio, tienen un profundo sentido de amistad y están muy unidos". 

Groning se confiesa creyente, influido por una mirada un tanto severa recibida en su familia durante su infancia, centrada en la culpa. “Pero en el monasterio descubrí otro catolicismo totalmente distinto, el que habla del amor y del concepto de que el mundo y la vida son un regalo. Fue -dice- una experiencia luminosa".

"Yo no quería rodar una película sobre un monasterio, sino sobre el hecho de ser monje", añade el director, quien eligió a los monjes cartujos por ser una de las órdenes más estrictas que se rigen por la soledad y el silencio.

 “El monasterio es un lugar donde puedes enfrentarte a ti mismo y a tus preguntas más profundas. Eso es lo que yo he intentado hacer. Vivimos en un mundo en el que circula información por doquier –y de hecho mucha gente me pregunta por qué no he contado en la película la historia de los Cartujos– pero yo creo que sobra información y lo que falta es la experiencia.”

"Sabía -dice- que había películas sobre monasterios asiáticos que habían gustado mucho, y pensé que sería lógico hacer algo así sobre nuestra cultura, ya que existe ese deseo de adentrarse en lugares como éste, puro, austero y fuera del tiempo". 

El silencio, ese “gran silencio” que nos hace captar el valor real del tiempo de nuestra vida, el momento presente con toda su trascendencia, incuso en los gestos más ordinarios e insignificantes en apariencia, da paso en un momento dado al canto gregoriano, a la oración común que transfigura todo en oración.

“Nunca había visto un lugar donde la gente fuera tan alegre y tan libre, donde no existía el miedo. Porque nosotros vivimos en una sociedad cuyo motor principal es el miedo. Se piensa que el motor es el deseo de los bienes materiales, pero eso no es más que una forma de esconder el miedo que hay detrás. A mí me cambió ver en la Cartuja una vida marcada, no por el miedo, sino por la confianza total en que la vida camina hacia el mayor Bien.”

Y añade Groning: “Decía Heidegger que el ser humano debe aprender a percibir lo que es el ser, ser que se revela en los objetos, en la creación. Nosotros tenemos que ver en los objetos, en el mundo que nos rodea, un signo consolador: Las nubes, la mesa, un rayo de luz en el que se detiene la imagen... son signos de que no estamos solos en el mundo. Hoy se ha distorsionado nuestra relación con los objetos, hemos dejado de descubrir su verdadero valor. Para los Cartujos, no sólo el tiempo, sino también el valor del trabajo y de los objetos parecen totalmente diferentes. Los Cartujos viven en la pobreza absoluta, pero son conscientes de su pobreza. Por ejemplo, el sastre guarda cada botón y cada trozo de tela. Cuando un monje muere los botones se reutilizan. En la película hay una escena en la que vemos la colección de botones en el taller del sastre. También hay cajas de hilos e incluso cada uno de los pequeños trozos de los hábitos de los monjes son reciclados. Si se observa de cerca los hábitos se puede ver que están hechos de pequeños trozos cosidos. Básicamente nunca se tira nada. Y todo el dinero que a finales de año no se ha gastado se dona. Así que nunca tienen dinero de sobra.”

Al final de "El gran silencio" un viejo monje ciego, el único que habla a cámara en todo el metraje, se lamenta de que la sociedad actual haya perdido el concepto de Dios. Cuando Groning se adentra en esos muros y casi al final retrata, con primeros planos, a algunos de los cartujos, el espectador puede percibir en ellos esa paz interior que todo ser humano busca. Es tal vez el momento culminante de la película.

Una película austera, cercana a la meditación, al silencio, a la vida en estado puro. Sin música excepto los cantos de los monjes, sin entrevistas, sin comentarios, sin material adicional. Ciento sesenta minutos de cine en silencio... En un “gran silencio”.

(La película puede verse entera en Youtube:

 https://youtu.be/ktWVyx2IupU)

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2 de Mayo- 2017

Marcelino Pan y Vino: el regalo de las madres

    Marcelino, pan y vino es una película española dirigida por Ladislao Vajda en 1954. Se basó en la novela homónima de José María Sánchez Silva. Interpretada por Pablito Calvo y con música del maestro Pablo Sorozábal. Obtuvo el Oso de Plata en el Festival de Berlín.

         En ella se puede apreciar, en el marco del candor de un cuento infantil, un mensaje universal, al menos para el niño que todos llevamos dentro. Es un mensaje que tiene un cierto paralelismo con la elección de tres pastorcillos, por parte de la Providencia, para trasladar un mensaje decisivo a todos los hombres: lo que nos salvará es participar en el sacrificio amoroso de Cristo redentor. En definitiva, dejarnos querer por Él. 

 

Las manos taladradas de Cristo toman el pan de las del niño y le bendicen…

https://youtu.be/_-E1HNDegqU

Pero ante todo, Marcelino se queda ensimismado cuando el Cristo le habla de lo que es una madre, de la belleza que atesoran todas las madres, las de la tierra y también la Madre del cielo.

 

         “ - Estás muy callado, ¿qué piensas, Marcelino?

  • Estoy pensando… en dónde estará tu madre.
  • Con la tuya, Marcelino.
  • ¿Y cómo son, que hacen las madres?
  • Dan, Marcelino. Siempre dan.
  • ¿Y qué dan?
  • Dan todo. Se dan a sí mismas, dan a los hijos sus vidas y la luz de sus ojos hasta quedarse viejas y arrugadas...
  • ¿Y feas?
  • Feas no, Marcelino, las madres nunca son feas.
  • …¿Y tú quieres mucho a tu madre?
  • Con todo mi corazón.
  • ¡Y yo a la mía más!
  • Bien, Marcelino, has sido un buen muchacho y estoy deseando darte como premio lo que tú más quieras… Dime…
  • Sólo quiero ver a mi madre… y también a la tuya después.
  • ¿Y quieres verlas ahora?
  • Sí, sí. Ahora.
  • Ven…”

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18 de Abril - 2017

     Posiblemente sea la música el arte más sublime y espiritual que puede acompañar la celebración de la liturgia eucarística, aunque ciertamente no es la única, puesto que la arquitectura de los templos, la pintura y la escultura en los retablos, por ejemplo, intentan formar una totalidad de belleza que sirva para elevar el alma en oración y para acompañar los distintos momentos de la celebración, con toda su carga de misterio y de solemnidad.

         Vamos a ofrecerles dos piezas breves. La primera, el Sanctus gregoriano de la Misa De angelis, interpretado por los monjes de la Abadía de Silos. El canto gregoriano es pura oración. La melodía, limpia y llana, sirve al texto y al momento litúrgico. Prepara y acompaña al alma, al tiempo que serena el cuerpo, para centrarse en lo que está apunto de ocurrir: el milagro de la consagración eucarística.

La segunda supone un cambio grandioso. A la limpia y transparente llaneza del canto gregoriano -voz, palabra y oración-, le sigue ahora el esplendor de la música de W. Amadeus Mozart, que rebosa vibrante de raudales de melodías e instrumentación. Escuchamos el Benedictus de la Misa de Coronación.

Benedictus  (Coronation Mass) Missa Brevis in C Major - KV 317.

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21 de Marzo - 2017

      El Credo cierra la liturgia de la palabra con la proclamación de nuestra fe. No es un himno, sino una confesión pública del contenido total de lo que creemos. Es una oración en la que expresamos todo lo que como don hemos recibido de lo alto. En tiempos de zozobra o penumbra es una manera oportuna de confirmarnos todos los presentes en la fe de la Iglesia, proclamada ante la asamblea, pero recitada en presencia de Dios. No digo que es un juramento, pero sí una proclamación solemne, que no pronunciamos a humo de pajas ni como quien oye llover. Ahí están todos los misterios de nuestra fe, todos, incluidos los que asaltan desde el asedio del mundo, nuestras zozobras y vacilaciones. Por ello es tan importante pronunciarlo consciente y libremente como antídoto contra las acechanzas del maligno.

     Por ejemplo los católicos creemos en la vida eterna y muchas personas todavía en nuestro entorno tienen una idea, aunque borrosa de la vida más allá  de la muerte. Pero es difícil encontrar personas que crean en la resurrección de la carne, en que un día los cuerpos que enterramos en debilidad, volverán a surgir de las tumbas a la vida nueva que nos prometió Jesucristo. Y no lo sabemos por argumentos racionales, sino porque creemos en las promesas de Jesucristo, el Verbo de Dios. Cada época ha planteado sus dudas y a cada época ha respondido con firmeza la Iglesia, repitiendo el depósito de la Fe, recibido por medio de los Apóstoles.

 

     El credo es “profesión de la fe de la iglesia”. “El Símbolo o Profesión de fe dentro de la misa tiende a que el pueblo dé su asentimiento y su respuesta a la palabra de Dios, oída en las lecturas y en la homilía, y traiga a su memoria, antes de empezar la celebración eucarística, la norma de su fe”

 

    Credo y Plegaria Eucarística de la misa mantienen una estrecha relación. Ambos exponen los hechos principales de la historia de la salvación; el Credo en forma histórica, y la Plegaria Eucarística en forma de acción de gracias.

 

CREDO APOSTOLICO

Creo en Dios, Padre todopoderoso,

Creador del cielo y de la tierra.

Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor,

(En las palabras que siguen, hasta "María Virgen", todos se inclinan).

que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo,

nació de Santa María Virgen,

padeció bajo el poder de Poncio Pilato,

fue crucificado, muerto y sepultado,

descendió a los infiernos,

al tercer día resucitó de entre los muertos,

subió a los cielos

y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso.

Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.

Creo en el Espíritu Santo,

la santa Iglesia católica,

la comunión de los santos,

el perdón de los pecados,

la resurrección de la carne

y la vida eterna. Amén.

 

 

    Por su naturaleza y su género literario, no es un himno, sino un símbolo dogmático destinado a ser proclamado y confesado, personal y comunitariamente. La costumbre de ser cantado responde a la idea de solemnizar las formulaciones de fe.

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21 de Febrero - 2017

Todas las artes expresan la capacidad humana de confrontarse con el mundo y con uno mismo, captando la belleza y expresándola a través de los sentidos, cargada de un sentido humano y a través de un lenguaje específico. El lenguaje del cine es sobre todo la imagen fotografiada en movimiento. Como otras obras artísticas, muchas películas se asoman a los interrogantes de nuestro tiempo y de todos los tiempos, replanteando las eternas preguntas por el sentido y el valor de las cosas, de los acontecimientos y de la vida, es decir, mostrando lo humano permanente.

Estamos hoy, así pues, en el cine. O si se prefiere, en esa modalidad que son los vídeos que pueblan nuestras redes sociales. Vamos a seleccionar algunos momentos del Circo de la mariposa.

 

En la década de los años 30 los Estados Unidos están sufriendo la Gran Depresión. Muchas personas están en paro y sin hogar, y todo parece como yermo, anegado por la tristeza y la desolación. Este clima preside fondo y forma en la película que comentamos.

Méndez es el carismático maestro de ceremonias y dueño del Circo de la Mariposa. Durante un viaje se detiene en el Circo Carnaval, un espectáculo de "rarezas y fenómenos" para la irrisión de la gente y cuya atracción principal es nuestro Will, el hombre que no tiene extremidades, que se exhibe como una burla de la especie humana y a quien el director del espectáculo presenta como: “Una perversión de la naturaleza. Un hombre, si se le puede llamar así, a quien Dios le volvió la espalda…”

Méndez, sin embargo, se le acerca diciéndole: "-Eres magnífico", a lo que Will responde escupiéndole, al pensar que se burla de él. Méndez, frente al estupor general, se limpia con calma y responde:

- Quizás me acerqué demasiado…

Ciertamente, para asomarse a la intimidad de una persona hay que respetar tiempos, ritmos, situaciones que reclaman paciencia, respeto y delicadeza.

 

Will, no obstante, se las arregla para esconderse en uno de los camiones del Circo de la Mariposa. Es acogido por sus miembros y empieza a descubrir que muchos de ellos provienen de una historia triste y que Méndez les ha dado una segunda oportunidad en la vida.

El director del circo exclama:

- Lo que el mundo necesita son maravillas…

Y añade dirigiéndose a Wil con mirada severa:

- …Pero tú…, “una perversión de la naturaleza. Un hombre, si se le puede llamar así, a quien Dios le volvió la espalda… “

- ¡Ya basta¡ ¿Por qué dices eso?, responde Will.

- Porque tú te lo creíste. Si pudieras ver la belleza que nace de las cenizas…

S.- Se suceden entonces en flash-back retazos del pasado de los artistas del circo: Anna, madre soltera, redimida de la prostitución, y hoy equilibrista. George, el forzudo que dejó atrás su alcoholismo, Puppy, el viejo mendigo que hoy es “el trapecista más anciano del mundo” y sigue haciendo las delicias del público desde las alturas… A lo que Will repone, casi desesperado:

 - Pero son diferentes a mí. Yo nunca seré como ellos. Sostiene Will.

 

 

- Tú les llevas ventaja: cuanto más fuerte es la prueba, más glorioso es el triunfo.

Unos días después, Will cae al río. Méndez dejará que Will se pruebe a sí mismo ante la dificultad y experimente que es capaz de mucho más de lo que todos y él mismo creían. Nadie  tiene que ayudarle para que pueda superarse por sí mismo. Es una lección universal  del arte de educar a nuestros hijos. Ayudar sí, pero nunca suplirlos. Tienen que superar por ellos mismos sus dificultades y carencias.

Así, Will, dejando atrás su autocompasión y su victimismo, llegará a convertirse en el artista más admirado del Circo de la Mariposa.

        

         El nombre del circo de Méndez nos habla de seres humanos que renacieron de las cenizas porque fueron mirados y valorados como personas.

 Sammy, el niño de Anna, la equilibrista, guarda en un frasco de cristal una oruga que se acaba de esconder en su capullo. Asustado, el niño le pregunta a su madre por el animal, que parece haber desaparecido.

“- Está ahí. No la reconocerás cuando salga.”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Aunque no se muestra a la vista, prepara su magnífica aparición alada, como tantos seres humanos, como el propio Will sin miembros.

La escena final muestra al pequeño grupo de artistas en el momento en que la mariposa del pequeño Sammy agita por fin sus alas y se lanza a cielo abierto. Es, ni más ni menos, la imagen de sus vidas.

Y como en el circo de la mariposa, en este otro gran circo que es nuestra vida, tantos seres humanos, a pesar de su humilde o pobre apariencia de orugas, están llamados a transfigurarse, impulsados por una mirada redentora, en una bella mariposa de alas capaces de volar –quién sabe- hasta la vida eterna.

21 de Febrero - 2017

DOS MOMENTOS MÁS PARA LA PINTURA: LA FAMILIA Y DIOS

       Antonio Muñoz Molina, en el artículo antes mencionado de 6 junio de  2009, refiriéndose a la casa museo de Sorolla afirma:

“Basta un paseo no muy largo para disfrutar en perfecto silencio del Museo Sorolla, para aproximarse con la necesaria quietud no sólo a su pintura sino a la atmósfera de la vida familiar que tanto le importó: los retratos de Clotilde, hermosa y deseada a través de los años, los de los hijos que se han ido haciendo adultos, los autorretratos del hombre que ya tiene canosa la barba pero sigue mirando con la misma codicia. Quien vivió consumido por esa urgencia trágica que adivinó en él Pérez de Ayala hubo de pasar inmóvil los tres años últimos de su vida, paralizado por una hemiplejía. En un banco del jardín que él mismo diseñó y que pintó tantas veces, oyendo el rumor del agua en la fuente, el de una brisa suave en los árboles, he querido imaginar cómo miraría Sorolla lo que yo estoy viendo cuando el cuerpo paralizado no le respondía. En una carta había escrito: "Yo pinto siempre con los ojos".

    Sorolla pinta con los ojos, pero yo añadiría, para expresar las emociones que inundan su corazón; lo demás es un dominio prodigioso de pincel.

    Una de las salas de la casa museo está dedicada a su familia: qué canto visual al amor  a la esposa, Clotilde García, y a sus tres hijos María, Joaquín y Helena.

Ramón Pérez de Ayala  resalta en su recuerdo: “la actitud del esposo que contempla a su mujer con un amor que parece haberlo unido a ella desde siempre y se fortalece con el paso de los años; la del padre que se asombra de la existencia soberana de los hijos y a la vez ve en ellos el fruto de la pasión que lo une a su mujer en una secreta conjura”.

 

     Sorolla escribió en una carta a su mujer refiriéndose a María: "...porque esa niña eres tú y soy yo, así que amándola tanto nos corrobora el cariño que sentimos por nosotros mismos".

    Nada más entrar en la sala nos encontramos con Clotilde, la esposa con su figura esbelta, vestida elegantemente, que mira con amable seriedad. Es la señora de la casa, la que va a organizar la intendencia del hogar y la que impecablemente vestida, está dispuesta para atender a cualquier visita distinguida que tenga que recibir. Cuando imagino la escena, me olvido de que está posando ante su marido, y me parece escuchar que le pregunta “Joaquín, ¿te parece que estoy bien? El espejo es su marido.

Retrato de esposa, Joaquín Sorolla

     De la familia tan sólo vamos a resaltar dos cuadros: El titulado Madre, y el que lleva el título Mujer desnuda.

 

      Madre, es un mar de blancura en fondo gris. La cama de matrimonio es una inundación de luz, almohadones, cubiertas y sábanas que se convierten por la magia del pincel en un caudal de blancos esplendentes que cae en cascada desde la cama hacia el suelo; en ella destacan la cabeza ladeada de Clotilde, soñolienta y cansada, que acaba de dar a luz; y a su lado la cabecita de María, recién nacida. Todo el cuadro es un  estallido de ternura, de inocencia y un canto a la maternidad y al don de la vida. Uno se queda en silencio y sale serenamente pensativo de la alcoba; sí, porque la sala de exposición tiene mucho de alcoba familiar.

Madre, Joaquín Sorolla

     El cuadro Mujer desnuda, desconcierta al visitante. Sobre un lujoso canapé de sedas y tules con brillos deslumbrantes, posa recostada, de espaldas, una mujer desnuda. Es Clotilde,  la esposa del pintor. Pero bueno, ¿se trata de una desfachatez? ¿Qué osadía o qué imprudencia contra el más simple  pudor es ésta? El prospecto informa que pertenece a una colección privada y al mismo tiempo observas que no es una imagen sensual, erótica ni siquiera impúdica. Clotilde no posa en un lugar público, a la vista exterior ni en un escenario; está en su habitación, a solas; más aún, está pensativa, como abstraída en una reflexión.

     Ni por asomo estamos ante la maja desnuda de Goya. No tienen en común nada. Sí nos recuerda la Venus del espejo de Velázquez, en una imagen y una simbología directa. Dijimos un día que Velazquez nos enseña que para llegar a conocer a una mujer, no es el camino mejor empezar por el cuerpo. El rostro del espejo estará siempre borroso. Tendrás que conocer a la persona primero, y para ello cambiar el ángulo de visión. El cuerpo de Clotilde, decía, nos recuerda a la Venus de Velázquez. Aquí no es el espejo la clave para encontrar el sentido. O  si prefieren el espejo aquí es metafórico. Lo sorprendente del cuadro no es el cuerpo, sino el objeto que mira reflexivamente Clotilde. Se  trata del anillo de prometida y si prefieren la alianza. Se trata de un canto bellísimo al matrimonio como entrega plena de los cuerpos, que se han de hacer uno, por el vínculo matrimonial; y un canto a la fidelidad simbolizada en el anillo conyugal.

Mujer desnuda, Joaquín Sorolla

    No hagamos melindres, los cuerpos son el mutuo don de los esposos, que constituyen la materia del sacramento, rato y consumado. Ese instante previo, reflexivo y consciente de Clotilde que sabe que a ella le corresponde entregar a su marido, con ese cuerpo bellísimo su persona, íntegra en cuerpo y alma.

      No se trata de una mujer desnuda como  una más de las bacanales que Sorolla pintó. Es un canto al don de los esposos cuyo vínculo carnal los constituye precisamente en matrimonio: este  es mi cuerpo que lo hago tuyo; esta es mi sangre, nuestra hasta la muerte. Como padre de familia católico, como esposo, salí de la sala exultante de gozo.  La Iglesia no condena el placer. La iglesia condena el pecado.

Mujer desnuda, Joaquín Sorolla

     La última reflexión nos acerca ahora a la temática religiosa de Don Joaquín Sorolla. Son numerosos los cuadros, sobre todo en la etapa inicial de su realismo o naturalismo costumbrista, en que aparecen escenas religiosas: El beso de la reliquia, la bendición de la barca, la primera comunión, el día más feliz, la ofrenda del niño a la Virgen, o uno de sus primeros cuadros titulado El entierro de Cristo, de poderosa originalidad: Cristo muerto llevado en parihuelas hacia el sepulcro, mientras la Virgen y San Juan, transidos de dolor, contemplan desde lo alto, la escena.

      El cuadro que hoy os comentamos no se encuentra en la exposición Sorolla en París, de la que venimos hablando. Está en el museo de La Cartuja de Miraflores en Burgos. Se titula La elevación de la Cruz, una impresionante grisalla, de 1910, pintada con gama de gris, blanco y negro, imitando el efecto del bajo relieve, sobre el momento en que se está alzando  la cruz con Cristo crucificado, horrorizada la Virgen y San Juan mirándola fijamente sobrecogido.

La elevación de la Cruz, Joaquín Sorolla

      Cristo clavado en la cruz apoya su cuerpo blanco sobre el madero a medio levantar, rostro sereno, ojos entornados, como ratificando el hágase tu voluntad y no la mía. Amarrado al extremo derecho del crucero surge una soga que permite imaginar que se apoya en un madero elevado a modo de polea rústica, pero que no nos presenta a quienes están estirando para levantarla. La escena se organiza en una diagonal marcada por Cristo y el madero de la cruz. Dos elementos llaman la atención, una gruesa soga viene de lo alto, no se ve que se apoye en el otro extremo del travesaño. Solo unas manos y sus brazos en claro signo de esfuerzo, están a la altura del espectador.

     En la parte baja, en un dibujo de increíble perfección, se alzan las manos y se contempla el rostro de la Virgen con las manos implorantes y rostro de dolor mientras el rostro de San Juan, espantado, toma mentalmente nota de todo. Un escalofrío te recorre el alma al contemplar la escena. Pero sobre todo cuando caes en la cuenta de que la soga que baja ante tus ojos y sujetan unas manos anónimas situadas en primer plano, en un escorzo genial, te hace caer en la cuenta, digo, de que yo soy uno de los que cruelmente ayudó a poner en vertical la cruz y el sufrimiento de Cristo. Mirad al que han alzado, como a la serpiente en el desierto para curar a los que la miraran.

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7 de Febrero - 2017

     Si solo se tratase de un juego de palabras podríamos exclamar: “¡hay que ver qué imaginación le echan  algunos a la vida!”, pero sobre las tablas de este escenario ficticio, entre decorados y tramoyas o enredos ingeniosos para dar verosimilitud a la ficción, se alza el ser humano desconcertado, en soledad, dubitativo, perplejo, al borde de la desesperación. Es muy duro ir contracorriente, es realmente heroico permanecer fiel a la verdad que ha configurado tu vida y ha dado sentido a tu vivir, cuando el ambiente en el que vives te descalifica con cualquier exabrupto y ni los tuyos te comprenden. ¿Qué has de hacer, irte al hilo de la gente pues que por ser leal te tratan mal? O nos encontramos en una encrucijada en que tu obstinada  fidelidad, contra viento y marea, salva al ser humano, sirves en verdad  al ser humano, y conservas a flote una tabla de salvación en la que podrá agarrarse la Humanidad entera.

    De entre todos los habitantes de esa pequeña ciudad sin nombre, porque puede ser cualquiera, solo queda Berenguer, el menos modélico de todos sus habitantes, sin grandes estudios, sin costumbres mesuradas, sin darse al trabajo de administrativo con ejemplaridad, en nada prototipo de ciudadano, sin embargo es el único que conserva con total lucidez el sentido común que los demás han perdido; tiene la certeza de que en la cumbre de los tres reinos de la Creación el hombre está por encima del reino animal, vegetal y mineral. Sabe que ser hombre es más que ser rinoceronte.

Os ofrecemos la última escena. Berenguer se ha quedado solo. Acaba de abandonarle Daisy, su prometida. El momento es de una enorme tensión dramática. Para entender su lección universal es necesario que nos identifiquemos con el personaje. También cada  uno de nosotros nos encontramos en el dilema de permanecer fieles a lo que hemos recibido como don de lo alto, o dejarnos llevar por la corriente que arrastra a los demás. Berenguer creía que si su novia permanecía a su lado, podrían afrontar cualquier adversidad, incluso la de regenerar la humanidad con sus futuros hijos. Pero Daisy lo ha abandonado. No coinciden ya en el criterio sobre los rinocerontes y mientras abandona la habitación y  baja por la escaleras Daisy le dice: Ya no es posible la vida en común. "No es amable, verdaderamente, no es amable" Y sin dar más explicaciones se marcha para ser un rinoceronte más. Berenguer en un monólogo dramático nos presenta su vacilación interior y al final su decisión heroica:

    (Intervienen Berenguer y un narrador)

Berenguer.-  Ahora estoy totalmente solo.

Narrador.- (Va a cerrar la puerta con llave, cuidadosamente, pero con rabia. También cierra cuidadosamente las ventanas).

B.-No podrán contra mí.

N.-(Se dirige a todas las cabezas de rinoceronte).

B.-No los seguiré, no los comprendo. Sigo siendo lo que soy. Soy un ser humano. Un ser humano. La situación es absolutamente insostenible. Es culpa mía que ella se haya ido. Yo era todo para ella. ¿Qué va a ser de ella? Otra persona más sobre mi conciencia. Imagino lo peor, lo peor es posible. ¡Pobre niña abandonada en este universo de monstruos! Nadie puede ayudarme a encontrarla, nadie, porque no hay nadie más.

N.-(Nuevos berridos, corridas locas, nubes de polvo).

B.-No quiero oírlos. Voy a ponerme algodón en los oídos.

N.-(Se pone algodón en los oídos y se habla a sí mismo en el espejo).

B.-No hay otra solución que convencerlos, ¿convencerlos de qué? ¿Y son reversibles las mutaciones? Eh, ¿son reversibles? Sería un trabajo de Hércules, por encima de mis fuerzas. Primero, para convencerlos hay que hablarles. Para hablarles hay que aprender su lengua. ¿O que ellos aprendan la mía? ¿Pero qué lengua hablo? ¿Cuál es mi lengua? ¿Es castellano esto? Tiene que ser castellano. ¿Pero qué es el castellano? Se le puede llamar castellano, si se quiere, nadie puede oponerse, soy el único que lo habla. ¿Qué digo? ¿Acaso me comprendo, acaso me comprendo?

¿Y si, como dijo Daisy, fueran ellos los que tienen razón?

N.-(Vuelve hacia el espejo).

B.-¡El hombre no es feo, el hombre no es feo!

¡Qué cosa más rara! ¿A qué me parezco ahora? ¿A qué?

N.-(Se precipita hacia un armario del que saca fotos; las mira).

B.-¡Fotos! ¿Quiénes son esas personas? ¿El señor Papillon, o más bien Daisy? Y ése, ¿es Botard o Dudard, o Juan?, ¿o tal vez yo?

N.-(Se precipita de nuevo hacia el armario de dónde saca dos o tres cuadros).

B.-Sí, me reconozco, ¡soy yo, soy yo!

N.-(Va a colgar los cuadros sobre la pared del fondo, al lado de las cabezas de rinocerontes).

B.-Soy yo, soy yo.

 

N.-(Cuando cuelga los cuadros, se ve que representan a un viejo, una mujer gorda, otro hombre. La fealdad de estos retratos contrasta con las cabezas de rinocerontes que se han vuelto muy hermosas. Berenguer se aparta para contemplar los cuadros).

B.-No soy hermoso, no soy hermoso.

N.-(Descuelga los cuadros, los tira al suelo con furia, va hacia el espejo).

B.- Ellos son los hermosos. ¡Me equivoqué! ¡Oh! Cuánto quisiera ser como ellos. No tengo cuerno, ¡ay! Qué fea es una frente lisa. Me harían falta uno o dos para destacar mis rasgos hundidos. Tal vez me salga uno y no sentiré más vergüenza, podré ir a reunirme con todos ellos. ¡Pero no me sale!

N.-(Se mira las palmas de las manos).

B.- Tengo las manos húmedas. ¿Se volverán rugosas? N.-(Se suelta la chaqueta, se abre la camisa, contempla su pecho en el espejo).

B.-Tengo la piel fofa. ¡Ah, este cuerpo demasiado blanco y peludo! ¡Cuánto quisiera tener una piel dura y ese magnífico color verde oscuro, una desnudez decente, sin pelos, como la de ellos!

 

N.-(Escucha los berridos).

B.-Sus cantos tienen atractivo, un poco áspero, pero un atractivo indudable. Si pudiera hacer como ellos…

 

N.-(Intenta imitarlos).

B.- ¡Ahh! ¡Ahh! ¡Brrr! ¡No, no es así! ¡Intentemos de nuevo... más fuerte! ¡Ahh, ahh, brrr! No, no, no es así, ¡qué débil es, cuánto vigor le falta! No consigo barritar. Solamente aúllo. ¡Ahh, ahh, brrr! Los aullidos no son berridos. Cuántos remordimientos tengo, debería haberlos seguido a tiempo. ¡Ahora es demasiado tarde!

¡Ay, soy un monstruo, soy un monstruo! ¡Ay, jamás me convertiré en rinoceronte, jamás, jamás! Ya no puedo cambiar. Quisiera, lo quisiera tanto, pero no puedo. Ya no me puedo ver. ¡Me da demasiada vergüenza! ¡Qué feo que soy! ¡Pobre del que quiere conservar su originalidad!  ¡Y bueno, tanto peor! ¡Me defenderé contra todo el mundo! ¡Mi carabina, mi carabina!

 

N.-(Se pone frente a la pared del fondo donde están fijadas las cabezas de rinoceronte mientras grita).

B.-¡Me defenderé contra todo el mundo! ¡Soy el último hombre, seguiré siéndolo hasta el fin! ¡No capitulo!

 

TELÓN

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17 de Enero - 2017

Sang Woo y su abuela

(Lee Jeong-hyang. Corea del Sur, 2002)

 

Película escrita y dirigida por Lee Jeong-hyang, Sang Woo y su abuela (Corea del Sur, 2002), cuenta una historia en cierto modo menor: la llegada de Sang Woo, un caprichoso y egoísta niño de siete años criado en la capital, a la apartada aldea en la que vive su abuela materna, muda y aquejada de una tremenda desviación de columna que le obliga caminar llamativamente encorvada, que vive sola y muy pobremente en la ladera de una empinada colina.

En el arranque de la narración, llama la atención el desprecio, rayando en violencia, que el niño, con su descontento y mal genio permanentes, ejerce sobre su madre, a la que se ve superada por todas partes. La primera escena que reproducimos corresponde al penoso trayecto en autobús del niño y de la madre, que se ha quedado sin trabajo y debe buscarlo en la ciudad, por lo que tendrá que dejar al pequeño al cuidado de la abuela.

         De la alusión al tiempo que el niño ha pasado solo se deduce que la madre no ha sabido o no ha podido atender al chico. De esa falta de atención se deriva su comportamiento insoportable, su descontento…

         Una vez en la aldea, Sang Woo comienza a sufrir su nuevo y austero estilo de vida, en una vieja cabaña de madera, con los insectos, la falta de electricidad, de baño, de establecimientos de comida rápida…; todo se muestra como una carencia terrible ante sus ojos. Al principio, la relación entre ambos será difícil, ya que el pequeño se resistirá a un cambio de hábitos que no le complace. No queda más remedio. Aunque la anciana hace lo imposible por tratar de darle los gustos que reclama, debido a su edad, sus limitaciones y aislamiento el nieto no entiende sus deseos, y estas carencias provocan la ira cruel y la desolación de Sang Woo.

         Una y otra vez, éste jugará malas pasadas a la abuela, como esconderle los zapatos para que tenga que andar por el bosque descalza o romperle un valioso jarrón. Sang-Woo desprecia la comida que la abuela prepara con todo su amor, y una y otra vez ella lo asumirá con paciencia infinita y seguirá luchando por contentarle dentro de lo posible.

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     El personaje de la abuela es sencillamente increíble... Aparentemente es un personaje frágil, con la inclinación de su espalda, su bastón, su lento andar, su incultura y su poca vista. Pero nada más lejos de la realidad: la abuela es una mujer fuerte y resistente -curtida por la vida en medio de la naturaleza, en oposición a la fragilidad de la gente criada en la urbe- que soporta de manera resignada y humilde los ataques y rechazos de su nieto.

         Ante la crispación del pequeño, la abuela realiza con frecuencia un gesto de cariño y de disculpa, describiendo un círculo con su mano derecha por encima del corazón.

Si el niño es displicente hasta desesperar al espectador, la paciencia de la abuela es infinita. Paciencia acompañada de privaciones personales para poder atender al niño, ejemplos de atención y cuidado a él y también a los vecinos del pueblo…

El niño, alejado de tantas cosas superfluas y de un “maternalismo” complaciente, poco a poco va aprendiendo a valorar la intención de su abuela más que sus resultados. A lo largo de la narración vamos viendo como, gracias a los amorosos gestos de ésta, un iracundo, caprichoso y egoísta Sang Woo se va transformando en un agradecido nieto que, a pesar de no querer demostrarlo, llega a adorar a su abuela. Es la simple y contundente psicología del amor verdadero.

         Niñez y vejez, materialismo urbano frente a sencillez rural, torrente de palabras inútiles y caprichosas contra silencios reflexivos. Todo ello conlleva una permanente  y directa confrontación que busca ofrecer una lección pedagógica, una suerte de amable fábula moral. La película impresiona por su sencillez provocadora. Pero en lugar de impactar al espectador con escenas cargadas de dramatismo, apuesta por las anécdotas, las insinuaciones y las metáforas, siempre a partir de los pequeños detalles de los que se compone la narración. 

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Se da la circunstancia de que Kim Eul-boon, la protagonista, de 78 años de edad y que desempeña el papel de la abuela, además de nunca haber actuado antes, no había visto una película en su vida.

En España, esta película se ha titulado “Sang Woo y su abuela”, pero en Argentina o en otros países sudamericanos recibió el título de “Camino a casa” y “Todos los caminos llevan a casa”. Se encuentra íntegra en Youtube.

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3 de Enero - 2017

AUTO DE LOS REYES MAGOS. Siglo XII, anónimo

     Os ofrezco un fragmento del texto actualizado de la primera obra de teatro de la literatura española. En un códice de la catedral de Toledo, el canónigo Felipe Fernández Vallejo encontró, entre diversos escritos latinos, un extraño texto, en el que, como si fuera prosa, se recogían 147 versos de diversa medida que nada menos que contenían el primer texto documentado de una obra de teatro en lengua romance castellana.

    Los expertos en filología determinaron que pertenecía a finales del siglo XII. Menéndez Pidal le puso el nombre de  Auto de los Reyes Magos en 1900. Certeramente lo estudió Rafael Lapesa y en una  edición admirable en Odres nuevos de la editorial Castalia, Lázaro Carreter, tras un estudio inolvidable,  propuso el nombre de Representación de los Reyes Magos y nos ofreció una versión en  castellano moderno. Este texto lo hemos utilizado en nuestros años de docencia. 

Códice en la biblioteca del Cabildo catedralicio de Toledo

      La obra se inicia con los sucesivos monólogos de los tres Reyes, en los que cada uno declara haber visto una estrella milagrosa que indica el nacimiento del Niño Dios, así como su propósito de ir a su encuentro para adorarlo. De camino, los Reyes se encuentran, y deciden peregrinar juntos. Para cerciorarase de la divinidad de Jesús, Baltasar idea un original ardid: si entre los presentes que le ofrezcan -oro, mirra e incienso- el recién nacido opta por el incienso, no habrá la menor duda de su divinidad. En su camino visitan al rey de Judea, y le informan del objeto de su viaje. Herodes, sorprendido y confuso por esta revelación, les asegura a los Reyes que también él irá a adorar al Niño Dios. Pero cuando los Reyes se marchan, Herodes llama a sus consejeros para que le asesoren, y estos fingen no saber nada, si bien uno de ellos denuncia esta falsa ignorancia. Y con esta discusión entre rabinos termina el fragmento conservado que, aunque breve, permite comprobar el instinto dramático de su autor, que se manifiesta en la habilidad para caracterizar a los personajes -Baltasar, ingenioso; Herodes, hipócrita; los rabinos, embusteros...-, para conferir a los diálogos un fuerte realismo, para ajustar el verso a la intención del hablante y, sobre todo, para disponer las escenas de forma tal que las situaciones conflictivas se plantean en toda su intensidad dramática. La escenografía es inexistente, porque la representación de la obra -como la de cualquier primitivo drama litúrgico de tipo eclesiástico- se llevaba a cabo dentro de las iglesias.

     Pero la versión que aquí ofrecemos es otra. La realizó Eugenio Florit (1903-1999), un poeta que aunque nacido en España, se consideró siempre cubano, admirador de Juan Ramón Jiménez y amigo de los poetas de la Generación del 27. Tuvo diversas profesiones. Desde 1945, ejerció como profesor en el Departamento de Español del  Barnard  College de la Universidad de Columbia. 

Para sus alumnos de español preparó esta versión; quería que la representaran. Tuvo el acierto –audacia, atrevimiento-  de añadir al original dos escenas más. Las escenas VII y VIII son un añadido del Señor Florit. Todo el texto es candoroso. Las tres escenas primeras nos presentan las dudas por separado de cada uno de los Reyes. El encuentro entre ellos, por ser estudiosos de las estrellas, y la visita en Jerusalén al astuto y pérfido Herodes. Texto delicioso propio para representar con los niños y  ambientar en familia estos días santos. Las acotaciones  facilitan la puesta en escena. Lo podéis bajar de internet:

 

http://www.freewebs.com/mayrasoto/Auto_Reyes_Magos.pdf

 

 

Auto de los Reyes Magos

Personajes: Gaspar Baltasar Melchor Herodes Dos Rabinos El Ángel Dos Pastores

ESCENA I

(Puede haber tres puertas de estilo ojival, en el hueco de cada una de las cuales estará la figura de un Rey Mago. Un fondo neutro dará la impresión de lejanía. Al adelantarse cada una de las figuras para hablar, debe quedar iluminada mucho más que las otras.)

GASPAR (Solo).

¡Dios criador! ¡Qué maravilla! ¿Cuál es la estrella que así brilla? La veo allí por vez primera como si ahora mismo naciera. ¿Nacido es el Criador que de las gentes es Señor? No es cierto; caso tan extraño no puede ser más que un engaño. Otra noche la miraré y si es verdad, bien lo sabré. (Pausa.) Mas, ¿por qué no ha de ser cierto lo que en los cielos hoy advierto? Otra señal no puede ser sino la que hoy se deja ver. Nacido es Dios, de hembra nacido en este mes amortecido. Allá iré, le adoraré, por Dios de todos le tendré.

BALTASAR (Solo).

Esta estrella no sé de dónde viene, ni quién la trae ni quién la tiene. ¿Por qué será esta señal? En mis días no vi tal. Cierto, nacido ha en la tierra aquel que en paz o en guerra Señor ha de ser del Oriente lo mismo que del Occidente. Por tres noches la miraré y más de veras lo sabré. (Pausa.) No hay duda, Dios es ya nacido que yo lo tengo bien entendido. Iré, le adoraré y honraré y rogaré.

MELCHOR (Solo).

Valga el Criador -que no fue hallada ni en escrituras encontrada-. Tal estrella no estaba en el cielo, de esto soy yo buen estrellero. Bien ahora lo puedo ver que un hombre ha nacido de mujer, que es Señor de toda tierra y lo que el cielo en él encierra; de todas gentes Señor será y todos los siglos juzgará. ¿Es? ¿No es? Dudo si verdad es. (Pausa.) Nacido es el Criador de todas las gentes Señor; bien lo veo que es verdad. Allá iré, por caridad.

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6 de Diciembre - 2016 

Amancio Prada, el cantautor berciano, ha dedicado buena parte de su producción musical a cantar a San Juan de la Cruz, entre otros grandes poetas. Es un enamorado de la obra del poeta místico desde que descubrió el ‘Cántico Espiritual’, cuando vivía en París en los años 70 y decidió cantar esos versos inspirados.

Su melodía austera y su voz llena de matices conservan vivo y álgido el tono del poema, mitad lírica, mitad oración. Guitarra y voz, un violín que sugiere el vuelo del amor y la llama que arde y que se eleva a lo alto desde lo más íntimo del alma.

De su disco “Canciones del Alma”, extraemos el poema Llama de amor viva.

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15 de Noviembre - 2016 

EL FESTÍN DE BABETTE

Gabriel Axel (1918) dirige la adaptación de un relato de Karen Blixen, El festín de Babette (Babettes Gaestebud) que obtuvo el premio especial del Jurado de Cannes en 1987 y el Oscar a la mejor película extranjera en 1988.

         El festín de Babette es un cuento modesto que Blixen escribió para una revista femenina. Este cuento es transformado por el guión de Axel, que agranda su horizonte; trata la historia de una pequeña comunidad de protestantes luteranos en la Dinamarca del siglo XIX, al noroeste del país. Dos hermanas solteronas, Philippa y Martina, hijas del pastor que dirigía esta comunidad, se quedan tras la muerte del padre al servicio de los fieles, cuidando de ellos y de su fe y renunciando a cualquier posibilidad de disfrute de su propia felicidad, en un enorme despliegue de lealtad a los severos principios religiosos de la comunidad.

         Un día irrumpe en sus vidas Babette, una francesa huida de la Revolución, con una carta de recomendación de Achille Papin, un cantante de ópera que se había enamorado en su juventud de Philippa, quien les pide que la acojan como sirvienta, para protegerla. Las hermanas aceptan, con reticencias. Van pasando los años y un día, Babette gana jugando a la lotería. Decide entonces elaborar un banquete en agradecimiento por todos los años de protección. Esta propuesta irrumpe amenazadora en la devota población, quienes no ven con buenos ojos ningún tipo de disfrute o placer de los sentidos, sea éste del tipo que sea. Hasta ese momento, todos los habitantes del diminuto pueblo, habían concebido la vida en este mundo como un lugar de sufrimiento, austeridad, represión y miedo.

         Pero ese día Babette les ayuda a comenzar a romper moldes... con su buen hacer y con su amor a la vida. Será en la noche de la cena, en donde se produce la transformación profunda de los personajes que, llenos de miedo ante la propuesta, van intentando resistirse al disfrute del festín con que les ha obsequiado Babette, e intentan negarse a mostrar ninguna complacencia. Temen ensalzar los magníficos platos que la mujer les prepara con amor y exquisitez... porque si lo hacen, su mundo rígido corre peligro. 

       El único personaje que manifestará su admiración por el convite será Lorenz, el general, que se irá atreviendo a ensalzar a la refinada cocinera.... sorprendido y conmovido por la maravillosa comida y las excelentes bebidas que Babette les ofrece. Estimulando el gozo de los sentidos, convertido a la vez en obra de arte y en gesto de amor y gratitud, los personajes se dejan llevar por la dicha del momento. Lentamente se van deshaciendo las hostilidades y rencores que antes les separaban.

         Al final de la cena, comienza el momento del encuentro, de la disolución de lo reprimido. Y bajo la luz de la luna y el aire frío de la noche estrellada del cielo, todos danzan y cantan con una alegría modesta y conmovedora. Se diría que Dios está contento y deja que sus hijos se encuentren desde la humildad agradecida. La misericordia, la justicia y la paz se encuentran.

         La gracia no es enemiga de la naturaleza. Y esto es así porque en la creación permanece una semilla de bien, que la libertad, el amor y el arte pueden disponer para la acción de Dios.

         Película reposada, sencilla y profunda a la vez, homenaje espléndido a la belleza, a la creación artística y a la genuina espiritualidad católica. En la secuencia final se descubre la hondura del gesto de la protagonista al obsequiar a sus bienhechoras con lo que mejor sabe hacer, y a la vez se observa la sorpresa de las hermanas ante la ofrenda y la belleza de un trabajo bien hecho, capaz de conmover, como una alabanza, al mismo cielo.

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1 de Noviembre - 2016 

“EL SÉPTIMO SELLO” (I. Bergman)

 

     Realizada en 1.956 (Premio Especial del Jurado en Cannes 1957), El séptimo sello es probablemente una de las películas de Bergman de mayor dramatismo plástico y una de las de más sincero contenido. ­Es considerada como una “obra de autor”, en la que el director ha volcado sus propias vivencias de manera indisimulada.

Ingmar Bergman nació en Suecia en 1.918. Hijo de un pastor calvinista caracterizado por un acentuado rigorismo, tuvo relación en su juventud con una serie de grupos marcados por el existencialismo de la angustia. 

El séptimo sello es una película compleja, repleta de simbolismos y sugerencias dramáticas. Tomando pie de un pasaje del Libro del Apocalipsis (Ap. 8), relativo al fin de los tiempos, Bergman recoge el pensamiento del filósofo danés Soren Kierkegaard (1813-55), ­difícil y crítico, sobre los llamados “tres estadios de la vida”, la an­gustia y la desesperación, y lo vierte en el marco medieval de las pestes que asolaban Europa en el siglo XIV.

El tema de fondo, pues, de esta película, será el sentido de la muerte y por lo mismo el de la vida, ya que son en cierto modo las dos caras de la misma moneda. En el trasfondo, se hace presente la pregunta acerca de Dios. Será una cues­tión tratada simbólicamente, a través de personajes que representan determinadas actitudes ante la vida y la muerte.

 

El PRIMER ESTADIO: "Estadio o nivel ESTETICO", es el planteamiento que de su vida hacen los que "no se arriesgan", los que viven atentos sólo a lo inmediato, a la satisfacción de sus deseos,  ya sean éstos zafios o sofisticados. La encarnación fílmica más nítida de este estadio en El séptimo sello es el personaje de Juan, el escudero. No es un hombre torpe, sino instruido y cínico, pragmático, ateo y hedonista. Pero su hedonismo es más bien refinado, aunque no deja de ser radical. Se burla de todo y presume de no temer a nada, ni siquiera a la muerte, pero en el fondo siente miedo ante ella.

El SEGUNDO ESTADIO: “Estadio ÉTICO”.  Es una especie de antítesis del estadio estético. Según Kierkegaard, el hombre ético asume y acepta intensamente la escisión y dramatismo de su vida, pero piensa que puede resolver su crisis apelando a principios y obligaciones éticas, a la luz de la razón y con la fuerza de su voluntad. Su talante vital es la tragedia.

Antonio Block, el caballero representa este estadio en la película. Antonio regresa con su escudero de Tierra Santa, a donde acudió como caballero cruzado, sintiéndose llamado por la voz del deber y renunciado al disfrute de su reciente matrimonio con KAREN, su esposa. Pero al llegar a las costas de su patria le espera la muerte, a la que desafía a jugar una partida al ajedrez. Escucharemos el momento en que se confiesa con un clérigo que finalmente resulta ser la muerte, presente por todas partes.

EL TERCER ESTADIO. Es el Estadio RELIGIOSO de la vida. Se basa en luna fe (entendida en clave luterana) que, en este caso, no se vive desde la crispación sino que es sustituida por una fe ingenua.

Así sucede con JOSÉ, el juglar. Su característica más destacada es la sencillez, la ingenuidad. No se da importancia a sí mismo. Se fía de Dios. La fe es lo más natural para él, no se extraña de tener incluso visiones celestiales ni se apena de que otros se burlen de él por ese motivo. La serenidad y la paz acompañan su feliz vida de familia, en la que a pesar de la pobreza no hay inquietudes ni ambiciones. Su mujer, MARÍA, le ama sinceramente. La generosidad brota espontánea de ellos, incapaces de hacer o desear mal alguno a nadie. Aunque Juan sufre burlas por parte de otros, esto no llega a perturbar su paz profunda, la cual alcanza como un soplo de frescura a Antonio y a su escudero, que comparten su amistad. Ambos descubren en compañía de la familia de María y José unos momentos de felicidad, sostenida por la fe sencilla y agradecida de estos:

     A la postre, sólo la familia formada por José, María y su hijo Miguel escaparán a la macabra danza de la muerte. Es el contrapunto esperanzador de la fe sencilla a la cruda mirada existencialista de Bergman.

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18 de Octubre - 2016 

      Vamos a entrar en la Catedral de Pamplona. A las 19,30 de la tarde va a comenzar el rezo  del rosario que durante más de 300 años viene haciéndolo la cofradía de los esclavos del santo rosario.

Comenzaremos presentándoos a la Virgen como titular de este templo gótico.

[Hemos tomado la información de la página web

http://www.semanasantapamplona.org/HDarchivos/3nombres.pdf]

 

 “La imagen titular de la Catedral de Pamplona es una Virgen románica del siglo XII, también conocida como Virgen del Sagrario. Se trata de la más antigua de las imágenes marianas conservadas en Navarra. Está hecha en madera y se encuentra revestida de plata, siendo uno de los más antiguos trabajos en plata que se conocen. Ante ella se coronaban, bautizaban o bendecían los reyes navarros. De ahí le viene el sobrenombre de “la Real”. El Niño es un añadido del siglo XVII y el trono es del siglo XVIII. El centro auténtico de la catedral de Pamplona es la imagen de Santa María, asentada en su trono de plata. Se trata de una talla románica de madera policromada del siglo XII. Se la puede llamar Reina de Navarra, Señora de nuestras Cortes, amparo de nuestros obispos, presidenta del cabildo metropolitano, Madre de su Corte y de cuantos ante ella se postran diciéndole “Salve Virgen Reina, Reina Virgen Salve” o de tantos “esclavos” suyos que a sus plantas desgranan el Rosario llamándole “Madre celestial, libra a tus esclavos de pena mortal”.

Se la denomina con tres títulos: Santa María de Pamplona, Virgen del Sagrario y Santa María la Real. Además, esporádicamente, se le ha llamado “La Blanca”, y sabedores de que su fiesta se celebra el día de La Asunción, también ha sido llamada “Virgen del Medio Agosto” en los documentos de los reyes navarros, siendo el misterio de la Asunción al que se halla dedicada la catedral. Santa María de Pamplona.

 

    Todos los días del año a las 7,30 de la tarde y desde el s. XVIII Tiene lugar en la Catedral de Pamplona el llamado ROSARIO LOS ESCLAVOS. El comienzo se anuncia con una campanilla en el atrio. El rezo se realiza durante una procesión en el interior del templo. Delante va un estandarte y le siguen los cofrades con estandartes blancos y faroles de latón con luz rojiza. Avanzan rezando y cantando. La breve procesión saluda a la Virgen del Sagrario en nombre de la ciudad entera. Al final del rosario se rezan unas avemarías: 1ª) por los frutos del campo, 2ª) por los enfermos de Pamplona, 3ª) por el obispo, y, 4ª) por los moribundos.

     La música es una parte fundamental de la liturgia. A lo largo de los siglos han sido muchos los maestros que han ido creando y adecuando piezas musicales, que constituyen un verdadero tesoro. Pues bien, entre las obras musicales más singulares de la catedral de Pamplona, se encuentra el Rosario de los Esclavos, que con sus diferentes letras y cantos, todos los días se entona en las naves de este templo.

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4 de Octubre - 2016 

Joya famosísima de la música barroca, los conciertos de Las cuatro estaciones son las piezas más universales del veneciano músico y sacerdote Antonio Vivaldi, así como de su época. Vivaldi vivió entre 1678 y 1741.

Se trata de cuatro conciertos para violín y orquesta. A cada concierto se antepone un "Soneto demostrativo" para ilustración de las imágenes evocadas en la música. Como supondrán nuestros oyentes, hemos escogido el correspondiente al Otoño. El drama de las alternancias de las 4 estaciones se sostiene en todo momento en el entusiasmo por la creación de la vida. En este caso la recogida de las cosechas y el vino joven se dan cita, junto con el sueño de los bebedores y una descripción de una vibrante cacería.

A la belleza de la obra contribuyen grandemente la opulencia y la vitalidad rítmicas, sobre todo en las partes del violín solista, espléndidamente descriptivo y virtuosista.

 

[Celebra el aldeano con bailes y cantos

de la feliz cosecha el bienestar,

y del licor de Baco abusan tantos

que termina en el sueño su gozar.

 

Deben todos trocar bailes y cantos:

pues el aire templado da bienestar,

y la estación invita tanto a tantos

de un dulcísimo sueño a bien gozar.

 

Al alba, el cazador sale a la caza

con cuernos, perros y fusil, huyendo

corre la fiera, síguenle la traza;

Ya asustada y cansada del estruendo

de armas y perros, herida y amenazada,

harta de huir, vencida ya, cae muriendo.]

 

         El concierto se estructura en tres partes o movimientos: Allegro, adagio, lento, y nuevamente allegro.

 

  • Allegro: Los campesinos cantan y bailan; la cosecha ha sido buena. Uno de ellos, interpretado por el violín solista, se ha emborrachado con el vino nuevo gira y gira y después se amodorra. Escuchamos un fragmento 
  • Adagio: La calma es absoluta. Todos duermen a la sombra de los árboles, mecidos por el calor otoñal. 
  • Allegro: Ahora Vivaldi evoca escenas de caza: llegan los cazadores con sus escopetas, los perros… 

…La fiera huye de sus perseguidores entre la maleza del bosque, se intercala con el tema de los cazadores y muere finalmente, acosada por todos.

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15 de Septiembre - 2016 

HAMLET Y EL CINE: dos escenas

1ª El monólogo sobre la conciencia

 

Son innumerables las versiones de la tragedia shakespeariana, tanto en el teatro como en el cine, varias de ellas memorables. Vamos a proponer dos momentos, el primero es el famoso monólogo “Ser o no ser”. Presenta la perplejidad desolada de Hamlet ante los acontecimientos injustos que se han apoderado de la corte de Dinamarca y del mundo. Ser, aquí, es actuar, y hacerlo imponiendo el propio poder, en este caso por medio de la venganza. No ser es dejarse arrastrar por el destino adverso y poderoso. Quizás, se pregunta, la mejor salida fuera el suicidio, el puñal que se convierte en puerta haca el sueño definitivo: morir, dormir…

 

Pero el miedo al más allá domina al héroe desesperado, llegando incluso a confundir el orden de la  conciencia con la cobardía. El pesimismo y el temor son sin duda dos aspectos de la espiritualidad y la antropología protestante. Por cierto, al comienzo de la obra se significa que Hamlet ha estudiado en Wittemberg, la ciudad de Lutero.

 

 

Ser o no ser, esa es la cuestión:

si es más noble para el alma soportar

las flechas y pedradas de la áspera Fortuna

o armarse contra un mar de adversidades

y darles fin en el encuentro.

Morir: dormir,

nada más. Y si durmiendo terminaran

las angustias y los mil ataques naturales

herencia de la carne, sería una conclusión

seriamente deseable.

Morir, dormir:

dormir, tal vez soñar. Sí, ese es el estorbo;

pues qué podríamos soñar en nuestro sueño eterno

ya libres del agobio terrenal,

es una consideración que frena el juicio

y da tan larga vida a la desgracia. Pues, ¿quién

soportaría los azotes e injurias de este mundo,

el desmán del tirano, la afrenta del soberbio,

las penas del amor menospreciado,

la tardanza de la ley, la arrogancia del cargo,

los insultos que sufre la paciencia,

pudiendo cerrar cuentas uno mismo

con un simple puñal? ¿Quién lleva esas cargas,

gimiendo y sudando bajo el peso de esta vida,

si no es porque el temor al más allá,

la tierra inexplorada de cuyas fronteras

ningún viajero vuelve, detiene los sentidos

y nos hace soportar los males que tenemos

antes que huir hacia otros que ignoramos?

La conciencia nos vuelve unos cobardes,

el color natural de nuestro ánimo

se mustia con el pálido matiz del pensamiento,

y empresas de gran peso y entidad

por tal motivo se desvían de su curso

  y ya no son acción.

2ª escena (escena tercera del acto tercero) 

 

      La segunda escena la hemos tomado de la versión cinematográfica realizada e interpretada por Kennet Branagh en 1996, muy fiel al texto original. El Rey Claudio se encuentra solo en su habitación. Hamlet, que busca la ocasión para matarlo, entra sin que le descubra. Todo parece propicio. El Rey está al alcance de su espada. ¿Qué le detiene? Que Claudio está rezando. Si en ese momento ejecuta la venganza podría morir arrepentido y enviarlo al cielo en vez de al infierno. Buscará el momento en que tenga la certeza de que el Rey se encuentra en pecado mortal. La venganza no puede quedarse en medias tintas. A tal acción, tal reacción.

         Si traemos a esta escena la misericordia como esencia de nuestro Dios, no hay palabras para calificar el comportamiento de Hamlet.

         A pesar de la confusa formación del Príncipe, una idea tiene muy clara: la finalidad del viaje por la tierra es llegar al cielo, y la tragedia mayor, condenarse para siempre. ¿Entonces? Entonces al infierno. ¡Tanto puede llegar a cegarnos la ira, como para desear, no que desaparezca  de la tierra nuestro enemigo, sino que lo enviemos a los infiernos! Quizás sea uno de los pasajes más inmisericordes de toda la literatura.

         En contraste, el monólogo de Claudio es un pasaje paradigmático sobre el arrepentimiento. Lo que no haría en público, lo confiesa en su intimidad. En la obra tanto el Rey como la Reina son un ejemplo del arte del disimulo. Actúan en todo momento como si no hubiera pasado nada. Pero a solas nadie se engaña. El Rey sabe de la gravedad de su delito ¿Podrá conseguir el perdón de Dios? Él cree que no puede rezar y que por fuerte que sea su voluntad e inclinación, la culpa las derrota. ¿No hay agua que pueda limpiar la sangre de mis manos, más roja que la grana, y dejarlas más blancas que la nieve? Pero sabe del poder de la oración. Conoce la fuerza de la gracia. Y más aún; conoce que la conversión exige no solo el arrepentimiento sino también  desprenderse del provecho de su pecado:

 

            Imposible, pues aún gozo de los frutos

por los que cometí el asesinato:

la corona, la reina, mi ambición.

¿Nos pueden perdonar sin quitarnos el provecho?

¿Por qué el Rey tras esta reflexión no adopta la decisión adecuada, la que está pidiendo como consecuencia de su propio raciocinio? Para el espectador esta escena tiene una fuerza dramática y educativa impagable. Estamos viendo y oyendo que, enredados en las pasiones, por muy luminoso que sea el discurso, resulta imposible sin afrontar la verdad de nuestros delitos. Podremos ponernos de rodillas y decir “Perdona mi inmundo asesinato”. Pero sin una renovación  sincera y real, en cuanto salgamos al escenario de nuestra vida ordinaria, todo seguirá en apariencias y disimulos. Se pregunta el rey Claudio: “¿Nos pueden perdonar sin quitarnos el provecho?” Escuchemos a ambos personajes:

 

         REY

¡Ah, inmundo es mi delito, su hedor llega hasta el cielo!

Lleva la primera y primitiva maldición

el fratricidio. Rezar no puedo.

Fuertes son inclinación y voluntad,

pero más fuerte es la culpa, y las derrota.

Como un hombre enfrentado a un doble objeto,

dudo por cuál he de empezar

y no emprendo ninguno. ¿Y si esta mano maldita

se agrandara con la sangre de un hermano,

no habría lluvia en los cielos piadosos

para dejarla más blanca que la nieve?

¿Para qué sirve la gracia si no es para mirar

al pecado cara a cara? ¿Y qué hay en la oración

sino el doble poder de impedirnos obrar mal

o perdonarnos si caemos?. Tendré ánimo.

El daño está hecho, mas, ¿qué suerte de oración

me serviría? ¿«Perdona mi inmundo asesinato»?

Imposible, pues aún gozo de los frutos

por los que cometí el asesinato:

la corona, la reina, mi ambición.

¿Nos pueden perdonar sin quitarnos el provecho?

En la usanza corrupta de este mundo

la mano dadivosa del culpable

desplaza a la justicia; y es sabido

que el propio botín compra a la ley. Mas no en el cielo:

allí no hay fraude, allí el acto muestra

su color verdadero, y nos obligan,

habiendo de hacer frente a nuestras faltas,

a declarar contra nosotros. Entonces, ¿qué me resta?

Ver qué puede el arrepentimiento. ¿Qué no podrá?

Mas, ¿qué puede cuando uno ya no puede arrepentirse?

¡Mísero estado! ¡Corazón más negro que la muerte!

¡Oh, alma atrapada, que luchando por librarse,

más se enreda! ¡Amparadme, ángeles, queredlo!

Doblaos, rígidas rodillas, y tú, pecho de acero,

sé tierno como un recién nacido.

Tal vez sea posible. (Se arrodilla)  Entra HAMLET.

 

HAMLET

      Ahora es buen momento, está rezando; voy a hacerlo ya.

[Desenvaina.]

Entonces sube al cielo

y esa es mi venganza. Esto hay que razonarlo.

Un ruin mata a mi padre, y yo,

su único hijo, por ello mando al cielo

a ese ruin.

Ah, esto es paga y recompensa, no venganza.

Mató a mi padre en la impureza, saciado,

en la flor de sus culpas, en plena lozanía.

¿Quién sabe cómo están sus cuentas, salvo el cielo?

Mas, según nuestro saber y modo de pensar,

su caso es grave. ¿Me habré vengado

matándole mientras él purga su alma,

cuando está preparado para el tránsito? No.

Adentro, espada, y conoce sazón más horrorosa.

Cuando duerma borracho o esté ardiente,

o en el lecho del placer incestuoso,

blasfemando en el juego o en un acto

que no tenga señal de salvación,

entonces le derribas; que dé coces al cielo

y su alma sea más negra y más maldita

que el infierno adonde va. Mi madre aguarda.

Tu rezo los días enfermos te alarga.

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1 de Septiembre - 2016 

Todas las obras del Bosco que conocemos son admirables. No olvidemos que muchas de ellas fueron destruidas por la reforma protestante alá por el siglo XVI.

Nos vamos a detener en una que supone la cima creadora del Bosco: El carro de heno.  Maravilloso es también El jardín de las delicias, centro de la exposición del Prado,  pero no tenemos tiempo.

Se conocen dos trípticos firmados por El Bosco con el tema del carro de heno, ambos fueron propiedad de Felipe II: el que se conserva en El Escorial y el del Prado.

Aunque sin seguridad sobre la fecha de su realización, suele situarse en los últimos años de su vida. Es muy importante tener presente que son los años en que Miguel Ángel  está pintando  la Capilla Sixtina y Rafael, por ejemplo, la Escuela de Atenas. Lo digo para resaltar que el mundo del Bosco es distinto del estallido humanístico del Renacimiento italiano. Está inmerso en la herencia  medieval del gótico con una  distinción clave que el profesor  Luis Borobio, con su sencillez genial, en tantos momentos, nos lo explicó así: “en la expresión gótica se busca el alma; y el cuerpo  sólo se valora como soporte necesario del alma. En cambio, en la expresión renacentista se busca la belleza del cuerpo y el alma tiene valor solo en cuanto que el cuerpo está vivificado por ella”. Quizás por esto, un  desnudo renacentista pueda parecer erótico. Los desnudos del Bosco, por torpe que sea el vicio denunciado, están aureolados de candor. No es el cuerpo, sino el alma, santa o pecadora lo importante. La contemplación de una obra renacentista nos lleva al asombro de la armonía y de las proporciones, sublimando la corporalidad con claves neoplatónicas. En el Bosco  resuenan en sus obras las palabras inolvidables de nuestro Jorge Manrique: 

Este mundo es el camino

para el otro, que es morada

sin pesar;

mas cumple tener buen tino

para andar esta jornada

sin errar.

Partimos cuando nacemos,

andamos mientras vivimos,

y llegamos

al tiempo que fenecemos;

así que cuando morimos

descansamos.

Desde estas claves entenderemos  el mensaje moralizante y la belleza de un Bosco  lleno de fantasía y creatividad pero dentro de las fantasías y visiones oníricas que podemos contemplar en las gárgolas y representaciones de animales  fantásticos en las catedrales góticas por toda Europa.

Comencemos por el trípico El carro de heno, visión alegórica del homo viator seducido, desde la caída del pecado original por mil señuelos que ponen en peligro su destino verdadero.

Está inspirado en un dicho flamenco:  “El mundo es un carro de heno, del cual cada uno toma lo que puede”,  y según los expertos el tema alude a un versículo de Isaías: “Toda carne es como el heno y todo esplendor como la flor de los campos. El heno se seca, la flor se cae”. Estamos ante una alegoría de lo efímero de los bienes y placeres materiales y de lo pasajero de todo lo que nos seduce en  este mundo.

El Carro de Heno, es un tríptico compuesto por tres tablas pero, al cerrar las dos laterales, aparece un pasaje titulado El Camino de la Vida:

En él se representa a un viandante metido en los peligros del viaje. Las dos tablas configuran una única escena: el hombre en el camino de la vida, próximo en su intención al caminante extraviado en el canto primero de la Divina Comedia: «A la mitad del camino de nuestra vida, perdido el recto sendero, me encontré en una 

oscura selva [...] así mi ánimo, aún fugitivo, volviose a mirar aquellos parajes».

 

El estado físico y material del caminante es lamentable, el deambular vital lo ha dejado tan abatido que se vuelve con un rictus de amargura y melancolía, da la espalda a unos bandidos, a una pareja de lujuriosos -los aldeanos que danzan al son de la gaita-, y se defiende con el bastón de un fiero perro. Su penoso caminar se ensombrece aún más por la presencia de unos cuervos revoloteando sobre unos huesos y, especialmente, por la existencia de una horca en el camino. Nuestro personaje, aunque malparado, ha salido triunfante sobre los males que le acechaban. No le atrae ninguna de las necedades humanas; los hombres, no comprendiendo esto, le llaman loco, pues para ellos es inconcebible que no se deje arrastrar por las pasiones tal como muestran las imágenes del interior del tríptico.

 

El título da preeminencia a la tabla central, pero sólo teniendo en  cuenta las cinco tablas podemos entender  rectamente el sentido de la obra. Algunos estudiosos  defienden  que, en conjunto, se trata de la ilustración del salmo 14.

 

Parte central. De nuevo los pecados capitales: La avaricia como el pecado principal  o la gula. La temática del cuadro es un alegato contra el pecado. Su pincelada realista y munuciosa, costumbrista, diríamos, hace que además sea un exponente  crítico con la sociedad de su tiempo. Satiriza el mundo de su época.

En la parte central aparece un enorme carro repleto de heno y rodeado por una variada representación de todos los estamentos sociales. En la cima del carro se desarrolla una escena cortesana, unos amantes, la música, y un ángel y un diablo. Es una especie de “jardín del amor” donde el ángel mira a Jesucristo en una nube mientras el diablo participa del juego musical y sexual que

se adivina. Jesús presenta una expresíón de paciencia infinita mientras  levanta los brazos.

A la izquierda, las autoridades supremas del Imperio y del Papado, con el cortejo de sus dignatarios y servidores. Debajo las gentes humildes y junto a ellos la avaricia y el hedonismo de los religiosos. Nadie queda excluido de la mirada crítica del autor. Todos  quieren coger el heno y subirse al carro. Para lograr su objetivo no dudan en cometer todo tipo de atropellos y pecados, incluso el asesinato.

El heno representa las riquezas temporales, objeto de la codicia generalizada, tanto de ricos como de pobres.  Resulta curioso que para expresar  las miserias humanas físicas y morales no desdeñe representar patologías de su tiempo como la locura, por ejemplo.

Sin embargo nadie parece apercibirse de, a la derecha, que el carro está siendo arrastrados por diablos, en las figuras más fatásticas y grotescas imaginables.

 

Para que el sermón moralizante  tenga una mayor fundamentación teológica, el panel izquierdo pinta la creación del hombre, la caída seducidos por satanás  y la expulsion del paraíso. El panel central sin los dos que conforman el tríptico, sería  un simple recuento sociológico de la condición humana, simple fenomenología  en la que se constataría la frágil naturaleza humana sin libertad ni responsabilidad. Diría, simplemente somos así.

El panel izquierdo impide esa lectura. En el principio no fue así. Cristo ha restaurado el orden roto. Es posible el bien en el obrar. La tabla derecha reproduce con fantasia asombrosa el infierno y los castigos de los pecadores. La tabla proclama la responsabilidad y en consecuencia la libertad.

 

Rafael Alberti y su poesía sobre la pintura de El Bosco

Alberto dedicó algunos de sus poemas a varias obras y autores de la pintura que le produjeron impresión o admiración. Uno de los más famosos es el estrambótico dedicado al Bosco.

Aunque el poema de Rafael Alberti se inspira en el cuadro El jardín de las delicias, nos sirve en esta ocasión para que comprobemos cómo su agudo ingenio le permite captar la forma onírica y yo diría esperpéntica de la obra pero no su contenido ni su advertencia para oídos que no sean de mercader. Puro juego de palabras pero entre los dedos se le escapa el agua de la sabiduría que salta hasta la vida eterna. No,  no es esto el Bosco.

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El diablo hocicudo,

y rabudo
ojipelambrudo,
 cornicapricudo,
perniculimbrudo
 

zorrea,
pajarea,
mosquiconejea,
humea,
ventea,
peditrompetea
 por un embudo.

 Amar y danzar,
beber y saltar,
 cantar y reír,
oler y tocar,
 comer, fornicar,
dormir y dormir,
llorar y llorar.
 Mandroque, mandroque,
 diablo palitroque.

¡Pío, pío, pío!
Cabalgo y me río,
me monto en un gallo
 y en un puercoespín,
 en burro, en caballo,
 en camello, en oso,
en rana, en raposo
 y en un cornetín.

Verijo, verijo,
 diablo garavijo.

 ¡Amor hortelano,
 desnudo, oh verano!
 Jardín del Amor.
En un pie el manzano
y en cuatro la flor.
 (Y sus amadores,
céfiros y flores
 y aves por el ano.)

Virojo, virojo,
diablo trampantojo.

 El diablo liebre,
tiebre,
notiebre,
 sipilipitiebre,
y su comitiva
chiva,
estiva,
sipilipitriva,
cala,
empala,
desala,
traspala,
apuñala con su lavativa.

 Barrigas, narices,
lagartos, lombrices,
 delfines volantes,
 orejas rodantes,
ojos boquiabiertos,
 escobas perdidas,
barcas aturdidas,
vómitos, heridas,
muertos.

Predica, predica,
 diablo pilindrica.

Saltan escaleras,
corren tapaderas,
revientan calderas.
 En los orinales
letales, mortales,
los más infernales
pingajos, zancajos,
 tristes espantajos
finales.

Guadaña, guadaña,
diablo telaraña.

El beleño,
el sueño,
el impuro,
oscuro,
seguro
botín,
 el llanto,
 el espanto
 y el diente
crujiente
sin
 fin.

 Pintor en desvelo:
 tu paleta vuela al cielo,
y en un cuerno,
tu pincel baja al infierno

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18 de Agosto - 2016 

EL MISTERI D’ELX - EL MISTERIO DE ELCHE

En nuestra sección “Los caminos del Arte”, en la que nos adentramos en las diferentes modalidades de expresión artística, vamos a detenernos hoy en el Misterio de Elche. La Asunción de la Virgen, como venimos diciendo, es una de las festividades marianas más celebradas por el orbe cristiano y consta entre las más antiguas de España. Es la fiesta del triunfo de María, con su gloriosa asunción en cuerpo y alma al cielo para ser coronada por reina y señora de todo lo creado.

Durante la Baja Edad Media asume un gran protagonismo el teatro asuncionista medieval en países como Francia, Italia e Inglaterra, desde donde se difunde en suelo hispano por la Corona de Aragón, existiendo noticias de la representación de misterios asuncionistas en las catedrales y templos de Lleida, Perpinyà, Palma de Mallorca, Valencia, Castellón y Elche.

Es sin duda el más célebre el “Misteri d ́Elx”, un drama sacro litúrgico musical, que fue declarado en 2001 por la UNESCO obra maestra del patrimonio oral e inmaterial de la humanidad.

El Misterio de Elche, o la Festa, como también se conoce esta obra de origen medieval, se representa desde finales el siglo XV todos los años en la Basílica de Santa María en el mes de agosto, para celebrar la festividad de la Virgen de la Asunción. El día 14 se pone en escena la primera parte, denominada la Vespra y la segunda parte, la Festa, el día 15. Incluye tres partes artísticas destacadas: la literaria, la musical y la escénica. La más notable es la musical, singularísima. El drama ilicitano es totalmente cantado y contiene melodías medievales, renacentistas y de la época barroca. La Cofradía de Nuestra Señora de la Asunción es la encargada de la escenificación del Misterio desde finales del siglo XVI.

En la primera jornada del Misterio, la Vespra, la Virgen María y su cortejo, formado por María Salomé y María de Santiago y algunos ángeles (personajes representados por niños) entra por la entrada principal de la basílica y asciende por el andador o rampa que se inicia en la puerta mayor y conduce al escenario o cadafal levantado en el crucero. La acción es acompañada por unas bellísimas piezas musicales a modo de  oración y narración. El texto literario del Misterio de Elche está escrito en valenciano, con un salmo y algunos versos latinos.

Desde la cúpula de la iglesia, que simula el cielo, desciende un ángel en el interior de un aparato denominado mangrana. Este ángel (también un niño) anuncia a María su cercana muerte y le entrega una palma dorada para que sea portada en su sepelio.

Siguiendo los deseos de la Virgen entran en el templo los apóstoles dispuestos a asistirla en sus últimos instantes.

Tras la muerte de María, el niño que la representa será sustituido por la imagen de la Virgen de la Asunción, patrona de Elche. Y un nuevo aparato aéreo, llamado araceli, ocupado por tres adultos y dos niños figurando ángeles, desciende lentamente para recoger el alma de la Virgen, que está representada por una pequeña imagen. Con la llegada de este coro llamado Araceli al cielo concluye el primer acto de la representación.

La segunda jornada de la obra, la Festa, se inicia con los momentos previos al sepelio de María. Los preparativos son interrumpidos por un grupo de judíos que quiere impedir el entierro. Tras un milagro de la Virgen, son bautizados por San Pedro con la palma dorada bajada del cielo, y se unen a los apóstoles en el entierro de la Madre de Dios

En ese momento el araceli desciende de nuevo para unir el alma de María a su cuerpo y llevarla a los cielos resucitada. Abierto de nuevo el cielo, hace su aparición otro aparato aéreo ocupado por la Santísima Trinidad. Entonces el Padre Eterno deposita sobre las sienes de la Virgen una corona imperial. María ha sido coronada como Reina de la creación. Y el canto emocionante del Gloria Patri, pone final al Misterio.

http://www.misteridelx.com/es/

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21 de Julio - 2016 

En la sección “Los caminos del arte” nos acercamos a una escultura sobresaliente dentro de la imaginería española.

Hoy, aunque hay hermosísimas pinturas sobre el tema, os ofrezco en este rincón una representación escultórica monumental sobre el momento en que la Virgen entrega el escapulario a San Simón Stock. La  pude contemplar en las edades del hombre del 2015 en Ávila con ocasión del 500 aniversario del nacimiento de Santa Teresa. Exposición digna de todo elogio.

La obra tiene como título Entrega del escapulario a San Simón Stock. Está fechada hacia 1635. Se atribuye a Andrés Solanes (discípulo de Gregorio Fernández y componente de su taller). 

    Destaca por sus enormes dimensiones y por su factura un extraordinario relieve, casi bulto redondo, atribuido al taller vallisoletano de Gregorio Fernández. Procedente del Convento de Nuestra Señora del Carmen (Carmelitas Calzados) de Valladolid, actualmente se conserva en el Museo Nacional de Escultura.

        

         El relieve narra el momento ocurrido a mediados del siglo XIII en el que, según la tradición, la Virgen del Carmen entrega al carmelita inglés Simón Stock un escapulario. A partir de ese momento, el escapulario se convertiría en símbolo y divisa de la Orden Carmelita. Este tipo de sucesos cobrará un auge inusitado en el mundo barroco y se multiplicaron las representaciones de esta gracia especial de la Virgen con los Carmelitas.

En la escultura que comentamos, San Simón arrodillado, vestido con el hábito carmelita, tonsurado, recibe de manos de una Virgen con el Niño, de aspecto juvenil y belleza angelical, más que un escapulario una vestimenta similar al manto mariano. A la derecha, un ángel de pie sujeta un sayal blanco que parece haberse quitado San Simón para ponerse el que le ofrece la Virgen. Un nutrido grupo de ángeles y serafines de todos los tamaños y en todas las aptitudes rodea la escena y la celebra, incluidos tres ángeles músicos que tocan sus instrumentos sentados sobre una nube en la parte superior de la escena.

    Es una composición en aspa, destacando la diagonal marcada por el santo y la Virgen. El centro de la misma está ocupado por el escapulario-vestidura, verdadero protagonista de la escena. El dominio técnico de talla y policromía es absoluto. Destacados e individualizados los rostros de la Virgen y San Simón contrastan con la repetición facial y menor calidad de ejecución de los ángeles. La riqueza y exigencia formal en el tratamiento de los pliegues lleva el sello indiscutible de la escuela barroca castellana.

 

         Gregorio Fernández es el prototipo de artista religioso y profundamente creyente en la sociedad de la España del Barroco, participaba en muchas obras de caridad y colaboraba con limosnas. Afirma Palomino que debido a sus virtudes se le tenía por “venerable”. Para tallar sus obras se inspiraba en los escritos de San Ignacio de Loyola, Fray Luis de Granada, el Padre Luis de la Puente, las Revelaciones de Santa Brígida y la Biblia.

 

         El mismo Palomino afirma que antes de la realización de una obra se preparaba mediante “la oración, ayunos, penitencias y comunicaciones, porque Dios le dispensase su gracia por el acierto”. Esto equivalía a poner en práctica los Ejercicios espirituales de San Ignacio. Así mismo hay constancia de que pertenecía a varias Cofradías de la ciudad, como es el caso de la Penitencial de Nuestra Señora de Las Angustias, y parece ser que también a las Penitenciales de La Pasión y Vera Cruz, así como a la Cofradía de Nuestra Señora de la Pura y Limpia Concepción (sita en el Convento de San Francisco de Valladolid).

 

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2 de Junio - 2016 

LA DANZA DE LOS SEISES EN LA CATEDRAL DE SEVILLA

        En la sección “Los caminos del arte” hoy nos vamos a referir a una graciosa forma de danza, expresamente pensada para rendir homenaje a la Eucaristía. Nos referimos a la preciosa tradición de los Seises.

            La danza es una síntesis de las artes medidas (música y poesía) y las artes espaciales (arquitectura, escultura, pintura). Por medio del cuerpo la danza expresa sentimientos humanos.

         Cuando Santo Tomás de Aquino deseó representar el paraíso, lo hizo como una danza ejecutada por ángeles y santos. Entre los místicos encontramos significativos intervalos de danza como expresión de la plenitud de su amor a Dios. Es el caso de S. Teresa de Ávila o S. Felipe Neri, por no citar al propio rey David.

         La danza puede expresar multitud de sentimientos y actitudes, y es muy habitual en el ámbito profano, pero, en modo apropiado, puede tornarse en oración que se exprese con un movimiento que implique todo el ser, alma y cuerpo. Se puede hablar así, de una peculiar oración del cuerpo. No obstante, su presencia en la liturgia es muy restringida y se halla vinculada a contextos culturales muy concretos, puesto que debe primar siempre el sentido profundo y unitario de la celebración sagrada.

         Como ya hemos adelantado, hoy vamos a hablar de esa expresión artística vinculada a la Eucaristía: que son los Seises de la Catedral de Sevilla.

En las hojas del tiempo 


Con amor infinito 


Dios ha escrito la historia 


De un eterno designio. 


Que en la noche postrera 


De su humano camino 


Cristo se hizo manjar 


En el pan y en el vino

 

         Hablar de los seises hoy es referirnos a los diez niños que en la Catedral de Sevilla realizan una danza sagrada delante del Santísimo, en tres ocasiones: en la Octava del Corpus, en la de la Inmaculada, y en los tres días que anteceden al Miércoles de Ceniza.


         No obstante, también hay “Seises” en otras ciudades españolas, y en algunas de ellas con una dilatada y sentida tradición.

Esta vistosa y peculiar tradición remonta a la época del Renacimiento, momento en que nace la música coral y polifónica. En ella, los niños cantores se encargaban de las voces superiores y a veces también de varias danzas y trozos de los autos y pasos que solían realizarse por Navidad y Pascua.

Los chiquillos solían ser de cuatro a diez, aunque en la segunda mitad del siglo XV se generalizó el número de seis, razón por la que pasaron a denominarse seises en toda España. Actualmente en la capital hispalense son diez los que interpretan los bailes de seises.

El Concilio de Trento, a mediados del siglo XVI, impulsó frente al protestantismo una cultura festiva muy característica del Barroco, centrada, sobre todo, en el culto a la Eucaristía. Una explosión de júbilo popular llenó por completo el Corpus, que se convirtió en modelo y fiesta barroca por excelencia. Danzas, autos, representaciones, desfiles y músicas dieron forma al Corpus español, convertido en una de las manifestaciones más llamativas en capitales como Madrid, Toledo, Valencia y Sevilla, así como en otras muchas localidades españolas.

A principios del siglo XVII, los Seises de la Catedral de Sevilla  comienzan de modo habitual a bailar por la tarde, en la hora de sexta, durante la Octava del Corpus en el presbiterio bajo de con sus trajes de pajecitos, en un marco litúrgico apropiado. Se trataba de acompañar las tonadas de alabanza con evoluciones pautadas, al ritmo de las canciones.

Se pretendía con ello ofrecer a los sevillanos un medio entrañable que les impulsara a acudir al templo para adorar al Santísimo expuesto en el altar mayor.


Se trata de una danza sagrada destinada al Santísimo, por lo que siempre se han evitado actuaciones en el teatro, en muestras de danzas populares, en películas y otras funciones.

Esta danza sagrada de los seises es expresión del sentimiento humano en oración, es alabanza y adoración, y pretende ayudar a crear entre los fieles un ambiente propicio para elevar sentimientos y todo el ser hacia el Señor presente en la Eucaristía.

Se trata, así pues, de una oración bailada, una danza sagrada sencilla y más popular que culta, siempre digna, elegante y afectuosa, que se hace portavoz de la oración y devoción del pueblo fiel. "Si a Sevilla se le llama Tierra de María Santísima, por igual razón se le dice Tierra de Jesús Sacramentado, y por eso se ha dicho que es eucarística por mariana, y mariana por eucarística, los dos amores esenciales del sevillano".

Les anticipábamos al principio un deliciosa copla que evoca esta popular tradición en la voz de Carlos Cano y con letra de Antonio Burgos. Se trata de  una canción incluida en el disco "Proclamación de la Copla". volvemos a escucharla ahora.

I

En las tardes de junio,

juncia y romero,

vente conmigo,

que ya cantan los seises

sus rigodones de uva y de trigo.

Que está rubia la espiga,

azul el cuelo,

verde el racimo.

 

En las tardes de junio,

que Dios a cuerpo

se echa a la calle,

ya se ha puesto Sevilla

la zapatilla

blanca de baile.

Repican los palillos,

pluma al sombrero,

Dios en Versalles.

 

Estribillo

 

Ay, que madura la espiga,

ay, que el romero está en flor,

ay, que esta copla es bandera,

Purísima y bella

de la Concepción.

 

II

Con el sol de diciembre,

alta en la torre,

una bandera.

Se levanta en el cielo

la voz de un seise

como una estrella,

de pluma y terciopelo,

blanca y celeste,

y al aire queda.

 

Ay, que madura la espiga,

ay, que el romero está en flor,

ay, que esta copla es bandera,

Purísima y bella

de la Concepción.

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19 de Mayo - 2016 

      En la sección “Los caminos del arte” vamos a ofrecerles una pieza musical muy conocida. Se trata del Ave María de Bach. Aunque, siendo precisos, más bien se trata de una pieza compuesta por Charles Gounod sobre una melodía de aquél, y data de 1853.

 

         Fue diseñada por su autor para ser superpuesta sobre la música del primer preludio del Clave bien temperado de Johann Sebastian Bach.

 

         Vamos a ofrecerles en primer lugar esta melodía de Bach:

     Charles François Gounod (1818-1893), considerado uno de los máximos representantes de la composición romántica francesa, tuvo una conversión profunda en su juventud, al menos en lo referente a su trayectoria musical, en la Capilla Sixtina, al escuchar la música de Pallestrina. Fue director del Orpheón de Paris, y es conocido también como el autor de la ópera Fausto y del Himno de la Ciudad del Vaticano.

         Estamos ante una de las composiciones del Ave María más populares y al mismo tiempo más sublimes.

         La versión que vamos a escuchar corresponde a la interpretación de Mario Lanza, el famoso tenor norteamericano, en la Película El Gran Caruso (1951). Algunos han hecho correr que  la voz blanca que se incorpora a la interpretación es la de un niño de 10 años llamado… Luciano Pavarotti; pero esto no corresponde a la realidad. El tenor italiano ha confesado que vio esta película por primera vez cuando contaba con 14 años.

         Escuchamos a Mario Lanza interpretando el Ave María de Gounod.

5 de Mayo - 2016 

Calderón de la Barca. El Alcalde de Zalamea

CONSEJOS PATERNOS PARA VIVIR CON DIGNIDAD

 

 “El Alcalde de Zalamea” es todo un referente para aprender a valorar la dignidad y grandeza de todo ser humano, del más noble o del más humilde de los villanos. Dejemos hablar al drama:

                   Vase [don LOPE y habla Pedro CRESPO]

               En tanto que se acomoda

               el señor don Lope, hijo,

               ante tu prima y tu hermana,

               escucha lo que te digo.

               Por la gracia de Dios, Juan,

               eres de linaje limpio,

               más que el sol, pero villano.

               Lo uno y otro te digo;

               aquello, porque no humilles

               tanto tu orgullo y tu brío,

               que dejes, desconfïado,

               de aspirar con cuerdo arbitrio

               a ser más; lo otro, porque

               no vengas desvanecido

               a ser menos.  Igualmente

               usa de entrambos designios

               con humildad; porque, siendo

               humilde, con cuerdo arbitrio

               acordarás lo mejor

               y como tal, en olvido

               pondrás cosas, que suceden

               al revés en los altivos.

               ¡Cuántos, teniendo en el mundo

               algún defecto consigo,

               le han borrado por humildes;

               y cuántos, que no han tenido

               defecto, se le han hallado,

               por estar ellos mal vistos!

               Sé cortés sobre manera;

               sé liberal y partido,

               que el sombrero y el dinero

               son los que hacen los amigos;

               y no vale tanto el oro

               que el sol engendra en el indio

               suelo, y que consume el mar,

               como ser uno bienquisto.

               No hables mal de las mujeres;

               la más humilde, te digo,

               que es digna de estimación;

               porque al fin de ellas nacimos.

               No riñas por cualquier cosa;

               que cuando en los pueblos miro

               muchos, que a reñir se enseñan,

               mil veces entre mí digo:

               "Aquesta escuela no es

               la que ha de ser".  Pues colijo

               que no ha de enseñarse a un hombre

               con destreza, gala y brío

               a reñir, sino a por qué

               ha de reñir; que yo afirmo

               que, si hubiera un maestro solo

               que enseñara prevenido,

               no el cómo, el por qué se riña,

               todos le dieran sus hijos.

               Con esto y con el dinero

               que llevas para el camino,

               y para hacer, en llegando

               de asiento, un par de vestidos,

               al amparo de don Lope

               y mi bendición, yo fío

               en Dios, que tengo de verte

               en otro puesto.  Adiós, hijo;

               que me enternezco en hablarte.

JUAN:          Hoy tus razones imprimo

               en el corazón, adonde

               vivirán, mientras yo vivo.

               Dame tu mano.  Y tú, hermana,

               los brazos; que ya ha partido

               don Lope mi señor, y es

               fuerza alcanzarlo.

ISABEL:                            Los míos

               bien quisieran detenerte.

JUAN:          Prima, adiós.

INÉS:                  Nada te digo

               con la voz, porque los ojos

               hurtan a la voz su oficio.

               Adiós.

CRESPO:                 ¡Ea, vete presto!

               Que cada vez que te miro,

               siento más el que te vayas,

               y ha de ser, porque lo he dicho.

JUAN:          El cielo con todos quede.

 

Vase [JUAN]

 

 

CRESPO:        El cielo vaya contigo.

ISABEL:        ¡Notable crueldad has hecho!

CRESPO:        Ahora, que no le miro,

               hablaré más consolado.

               ¿Qué había de hacer conmigo

               sino ser toda su vida

               un holgazán, un perdido?

               Váyase a servir al Rey.

ISABEL:        Que de noche haya salido,

               me pesa a mí.

CRESPO:                       Caminar

               de noche por el estío,

               antes es comodidad,

               que fatigo; y es preciso

               que a don Lope alcance luego

               al instante.  (Enternecido         Aparte

               me deja, cierto, el muchacho,

               aunque en público me animo.)

ISABEL:        Éntrate, señor, en casa.

 

 “El Alcalde de Zalamea” decíamos que es sin duda un referente para aprender a valorar la dignidad y grandeza de todo ser humano, del más noble o del más humilde de los villanos, en su perspectiva social. Don Pedro Crespo, labrador sagaz, no cazurro ni malicioso, sino veraz y justo, tiene el más grande sentido de la justicia, que es dar a cada uno lo que le merecen sus obras y no apariencias ni rangos; y, como consecuencia, el honor o el deshonor debidos.

Pero su ejemplaridad más destacada es su comportamiento como padre. No le impresiona la altivez del estamento militar personificada en Don Lope ni comprende las ínfulas del hidalgo Mendo, remedo del pobre hidalgo del Lazarillo de Tormes y vano pretendiente de su hermosa hija Isabel. Como había enseñado Cervantes “cada uno es hijo de sus obras” y Don Pedro se siente orgulloso de las suyas tanto como de pertenecer al estamento de los villanos.

 

JUAN:          ¡Que quieras, siendo tú rico,

               vivir a estos hospedajes

               sujeto!

CRESPO:                  Pues, ¿cómo puedo

               excusarlos ni excusarme?

JUAN:          Comprando una ejecutoria.

CRESPO:        Dime por tu vida, ¿hay alguien

               que no sepa que yo soy,

               si bien de limpio linaje,

               hombre llano?  No, por cierto.

               Pues, ¿qué gano yo en comprarle

               una ejecutoria al Rey

               si no le compro la sangre?

               ¿Dirán entonces que soy

               mejor que ahora?  No, es dislate.

               Pues, ¿qué dirán?  Que soy noble

               por cinco o seis mil reales;

               y esto es dinero y no es honra;

               que honra no la compra nadie.

          

No vamos a detenernos en el núcleo temático de esta hermosa tragedia: La violación de Isabel y el castigo del capitán Álvaro Ataide, Este aspecto del drama  lo veremos en otro programa.

Debemos resaltar ahora la faceta de Pedro Crespo como padre ejemplar. Lo ha mostrado en sus desvelos por Isabel. Lo mismo demuestra en su comportamiento con el hijo, Juan. Destaco dos momentos.

Primero cuando Don Pedro, ¡el padre!, toma la decisión, antes de los trágicos sucesos, de que el hijo se enrole en el ejército. Se incorporará al tercio de Don Lope de Figueroa. Para su hija Isabel es una decisión arbitraria y hasta cruel. Pero el padre sabe que el hijo de un hacendado labrador va a estar amenazado de todo tipo de peligros morales, “ser toda su vida un holgazán, un perdido”. No es una sospecha imaginada; es una certeza contrastada por la experiencia. No le mueve el medro ni la ambición. Aquí radica la ejemplaridad. Como padre debe evitar en lo posible que su hijo se convierta en un vago y en un corrompido. Frente a un sentimentalismo (“hablaré más consolado”), el deber, fundamento de su autoridad: “Váyase a servir al Rey.”

El segundo pertenece a la jornada segunda, al momento en que, al despedir a su hijo antes de partir, Don Pedro le da consejos como padre. Digo como padre, porque corresponde a la paternidad tanto tomar decisiones que abran el camino del bien para el hijo, como aconsejar, función que no se pierde mientras se vive.

Son pocos los consejos pero enormemente prácticos para sacar adelante una vida con dignidad y decoro. El primero es representativo de una época: eres de linaje limpio. Las viejas cuestiones entre cristianos viejos y nuevos. Para todo tiempo, un consejo paterno certero. La sencillez y la humildad colocan a cada uno en su sitio: ni tan altivo que ignore las propias limitaciones; ni tan acomplejado que impida “aspirar con cuerdo arbitrio a ser más”.

El segundo consejo entra en el sano realismo propio de quienes tienen los pies en la tierra y quieren que su hijo entre en las maneras legítimas del mundo: en los modales, cortés, señal de buena educación. Ahí está el lenguaje del sombrero. Ser generoso y liberal en el uso del dinero; nunca mezquino ni miserable, para ser bien quisto.

S.- El tercer consejo admira por la razón que alega para respetar a toda mujer. La maternidad como fundamento de su más alta y universal dignidad: “porque, al fin, dellas nacimos”.

Y el cuarto, no ser pendenciero. En aquella época maestros de esgrima abundaban. Su consejo sirve para más que la pelea real. Mejor aprender el para qué que el cómo. Vestir con decoro, la tutela de Don Lope y la bendición paterna. Consejos que no pierden en sustancia su actualidad. 

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21 de Abril - 2016 

El hombre de la Mancha. Musical. “El sueño imposible”

         El Quijote ha servido de inspiración a diversas y notables obras artísticas. En este caso nos vamos a referir a un musical, El hombre de La Mancha, con libreto de Dale Wasserman y música de Mitch Leigh. Está basado en la obra de texto para la televisión Yo, Don Quijote, también de Wasserman. El hombre de La Mancha se estrenó en Broadway en noviembre de 1965.

         Según el propio Wasserman, El hombre de La Mancha en ningún caso pretende ser una adaptación fiel de la vida de Cervantes ni debe tomarse como una versión musical del Quijote. Y desde luego, es así. En el hidalgo sólo es capaz de ver un utópico idealista.

 

         En español fue versionado en 1966, y se estrenó en el Teatro de la Zarzuela; dirigido por José Osuna, fue protagonizado por Luis Sagi-Vela y Nati Mistral. En  1997, un nuevo montaje levantó el telón en el Teatro Lope de Vega de Madrid, con José Sacristán y Paloma San Basilio.

         En 1972, El hombre de La Mancha fue llevado a la gran pantalla bajo la dirección de Arthur Hiller, con Peter O'Toole como Cervantes/Quijote y Sophia Loren como Aldonza.

 

         S.- La trama arranca con el propio Cervantes encerrado en una celda mientras aguarda una audiencia con la Inquisición. Para evitar que sus compañeros de celda le arrebaten un preciado manuscrito que lleva consigo, Cervantes sugiere representar una función teatral sobre la figura de Don Quijote, en la que él y los prisioneros interpretan los diferentes personajes.

 

         En uno de los momentos centrales de la obra Don Quijote entra en la venta con Sancho. De pronto, Don Quijote repara en Aldonza y la toma por su señora Dulcinea, a quien ha jurado lealtad eterna. Aldonza, pobre mujer acostumbrada a ser tratada con dureza, en especial por los hombres, se siente agraviada por las gentilezas de Don Quijote y más aún cuando los arrieros se burlan de ellos.

 

         A.- El hidalgo decide velar armas en el patio de la posada. Por la noche, Aldonza se encuentra con Don Quijote y vuelve a dirigirle duras palabras, pero él le explica gentilmente el porqué de su comportamiento y le habla de sus ideales. Es el momento de la célebre canción “El sueño imposible”, la más famosa de esta obra.

 

         Vamos a escuchar una versión en castellano a cargo del tenor Plácido Domingo.

A.- Al final de la obra los presos deciden declarar a Cervantes inocente y le devuelven el manuscrito, que resulta ser su novela todavía incompleta Don Quijote de la Mancha. Mientras Cervantes y su criado suben la escalera, los presos, liderados por la muchacha que ha interpretado el papel de Aldonza, repiten por última vez los ideales aprendidos de Don Quijote.

3 de Marzo - 2016 

En nuestra Sección “Los caminos del Arte” volvemos a la escultura, en concreto a una de las más famosas del palentino ALONSO BERRUGUETE: El sacrificio de Isaac.

Se trata de una talla en madera policromada, perteneciente al retablo de San Benito, de Valladolid, tallada en 1526 y hoy expuesta en el Museo Nacional de Escultura de la capital castellano-leonesa.

Esculpir es dar forma a la materia, jugando con el volumen para transmitir ciertas sensaciones al contemplador. En concreto, Berruguete busca de modo absolutamente genial que los cuerpos, retorcidos muchas veces, expresen el vigor y el arrebato del espíritu. Decir Berruguete es decir pasión, fuerza y vida, esculturas que hablan, que gritan, a quienes se escucha gemir y derramar lágrimas, elevarse tensas en oración y éxtasis, en pura llama de ardor amoroso o sufriente.

El problema del mal y en especial el dolor humano son ingredientes imprescindibles cuando nos preguntamos por el sentido de la vida humana. No podemos ignorar que muy a menudo parece más que justificado aquello de que este mundo es un “valle de lágrimas”. La pregunta por el sentido del sufrimiento, de la frustración de nuestras humanas esperanzas, viene a entenebrecer con frecuencia nuestra mirada.

¿Hemos nacido para sufrir? ¿Son el mal y la desesperación la vocación y el necesario horizonte de nuestras vidas? ¿Es Dios capaz de compadecerse ante el clamor angustiado de sus criaturas? A veces se hace necesario, no sin dolor, “esperar contra toda esperanza”.

La escultura que traemos hoy a nuestro espacio representa a Abraham, que está apunto de sacrificar a su amado hijo Isaac por mandato divino.

Las figuras, el dolor, la agonía.

Berruguete opta por el momento de máxima tensión justo cuando el padre está a punto de quitarle la vida a su hijo, ningún elemento hace referencia al ángel enviado por Yahvé para detenerlo en su propósito. Así las imágenes del padre y el hijo tienen una fuerza y carga expresiva inigualables. El padre está de pie con una pierna adelantada mientras sujeta por el pelo a su hijo que está agachado y con una rodilla hincada en el suelo.

Destaca por encima de todo el dolor como núcleo fundamental de los sentimientos y actitudes que se evidencian en esta talla. El principal reflejo de ellos son los rostros. En la obra se distinguen las dos figuras humanas, Abraham, cuyos músculos están en tensión, a punto de realizar una acción terrible que le parte el alma -en la escultura, de forma prodigiosa, se ve el alma de Abraham-; los brazos están sujetando y reteniendo a su hijo, lo que crea un dinamismo casi cruel en la obra y aporta gran movilidad al conjunto. Con una expresión de incontenible sufrimiento, vemos a Abraham, el amigo probado, con la boca entreabierta, como implorando angustiado al cielo, al que dirige especialmente el rostro y la mirada. En sus ojos se ve ese sufrimiento, unos ojos llorosos, que inspiran lástima y rabia. 

     La otra figura es la de Isaac, arrodillado y maniatado; está desnudo e indefenso, sujetado por su padre por el pelo. Aquí también se aprecia un sobresaliente estudio anatómico, expresando una tensión similar a la del padre. Su rostro es fiel reflejo del sufrimiento, el muchacho no se explica por qué hace su padre eso y está desesperado. Parece estar llorando, su cara es realmente expresiva, con el ceño fruncido y la boca abierta en un sollozo de incomprensión. 

El artista da preeminencia al dramatismo en detrimento del realismo de las formas anatómicas. Los personajes ataviados con ligeras prendas decoradas por la técnica del dorado muestran parte de su cuerpo desnudo, donde el artista plasma un perfectísimo encarnado de gran naturalidad, el canon es alargado, propio del manierismo, y los rostros se retuercen en muecas de angustia.

Una vocación probada.

La vocación de Abraham era la de ser el padre de los creyentes. Pero la fe de Abraham fue probada duramente. La carta a los Hebreos nos relata la prueba suprema de esta fe de Abraham: “Por la fe Abraham, cuando fue probado, ofreció a Isaac; y el que había recibido las promesas ofrecía a su unigénito, habiéndosele dicho: en Isaac te será llamada descendencia…”

He aquí el culmen de la fe de Abraham. Fue puesto a prueba por el Dios en quien había depositado su confianza, por el Dios del que había recibido la promesa. Pero es invitado a ofrecer en sacrifico a Dios precisamente a ese Isaac, su único hijo, a quien estaba vinculada toda su esperanza, de acuerdo con la palabra divina. ¿Cómo podrá cumplirse la promesa que Dios le hizo de una descendencia numerosa si Isaac, su único hijo, debe ser ofrecido en sacrificio?

Incluso  en el instante, humanamente trágico, en que estaba a punto de infligir el golpe mortal a su hijo, Abraham no dejó de creer. Más aún, su fe en la promesa alcanzó entonces su culmen. Berruguete muestra el paroxismo de un Abraham humanamente destrozado: con la mirada, la expresión de su boca y su semblante, en un grito interrogante y un reproche al Dios de su confianza, a la vez que sus brazos se aprestan a obedecer a la voluntad de ese mismo Dios suyo.

La vocación de Abraham se orienta hacia el día y la hora de Cristo. La disposición de Abraham de entregar a su hijo es una imagen formidable de la disposición de Dios Padre de dar a su único hijo en sacrificio. Y ahora sí, hasta el final. Aquí no valen los cálculos humanos; es preciso aplicar el metro de Dios. Sólo entonces podemos comprender el significado exacto de la obediencia de Abraham, que "creyó, esperando contra toda esperanza" (Rm 4, 18).

       Sí, Dios es capaz de compadecerse de la angustia de sus criaturas. Él mismo se ofreció en el Hijo a la muerte en sacrificio y por amor. Esta es su respuesta a nuestras lágrimas. Esto no lo sabía Abraham; sin embargo, por la obediencia de la fe, se dirigía hacia el cumplimiento de todas las promesas divinas, impulsado por la esperanza de que se realizarían. ¿Y existe promesa más grande que la que se cumplió en el misterio pascual de Cristo? Realmente, en la fe de Abraham Dios todopoderoso selló una alianza eterna con el género humano, y Jesucristo, muerto y resucitado, es el cumplimiento definitivo de esa alianza. 

3 de Marzo - 2016 

LA DANZA DE LOS SEISES EN LA CATEDRAL DE SEVILLA

En la sección “Los caminos del arte” hoy nos vamos a referir a una graciosa forma de danza, expresamente pensada para rendir homenaje a la Eucaristía. Nos referimos a la preciosa tradición de los Seises.

            La danza es una síntesis de las artes medidas (música y poesía) y las artes espaciales (arquitectura, escultura, pintura). Por medio del cuerpo la danza expresa sentimientos humanos.

         Cuando Santo Tomás de Aquino deseó representar el paraíso, lo hizo como una danza ejecutada por ángeles y santos. Entre los místicos encontramos significativos intervalos de danza como expresión de la plenitud de su amor a Dios. Es el caso de S. Teresa de Ávila o S. Felipe Neri, por no citar al propio rey David.

         La danza puede expresar multitud de sentimientos y actitudes, y es muy habitual en el ámbito profano, pero, en modo apropiado, puede tornarse en oración que se exprese con un movimiento que implique todo el ser, alma y cuerpo. Se puede hablar así, de una peculiar oración del cuerpo. No obstante, su presencia en la liturgia es muy restringida y se halla vinculada a contextos culturales muy concretos, puesto que debe primar siempre el sentido profundo y unitario de la celebración sagrada.

         Como ya hemos adelantado, hoy vamos a hablar de esa expresión artística vinculada a la Eucaristía: que son los Seises de la Catedral de Sevilla.

 

 https://youtu.be/l4JkpnZPQ00

 

En las hojas del tiempo 


Con amor infinito 


Dios ha escrito la historia 


De un eterno designio. 


Que en la noche postrera 


De su humano camino 


Cristo se hizo manjar 


En el pan y en el vino

 

         Hablar de los seises hoy es referirnos a los diez niños que en la Catedral de Sevilla realizan una danza sagrada delante del Santísimo, en tres ocasiones: en la Octava del Corpus, en la de la Inmaculada, y en los tres días que anteceden al Miércoles de Ceniza.


         No obstante, también hay “Seises” en otras ciudades españolas, y en algunas de ellas con una dilatada y sentida tradición.

Esta vistosa y peculiar tradición remonta a la época del Renacimiento, momento en que nace la música coral y polifónica. En ella, los niños cantores se encargaban de las voces superiores y a veces también de varias danzas y trozos de los autos y pasos que solían realizarse por Navidad y Pascua.

Los chiquillos solían ser de cuatro a diez, aunque en la segunda mitad del siglo XV se generalizó el número de seis, razón por la que pasaron a denominarse seises en toda España. Actualmente en la capital hispalense son diez los que interpretan los bailes de seises.

El Concilio de Trento, a mediados del siglo XVI, impulsó frente al protestantismo una cultura festiva muy característica del Barroco, centrada, sobre todo, en el culto a la Eucaristía. Una explosión de júbilo popular llenó por completo el Corpus, que se convirtió en modelo y fiesta barroca por excelencia. Danzas, autos, representaciones, desfiles y músicas dieron forma al Corpus español, convertido en una de las manifestaciones más llamativas en capitales como Madrid, Toledo, Valencia y Sevilla, así como en otras muchas localidades españolas.

A principios del siglo XVII, los Seises de la Catedral de Sevilla  comienzan de modo habitual a bailar por la tarde, en la hora de sexta, durante la Octava del Corpus en el presbiterio bajo de con sus trajes de pajecitos, en un marco litúrgico apropiado. Se trataba de acompañar las tonadas de alabanza con evoluciones pautadas, al ritmo de las canciones.

Se pretendía con ello ofrecer a los sevillanos un medio entrañable que les impulsara a acudir al templo para adorar al Santísimo expuesto en el altar mayor.


Se trata de una danza sagrada destinada al Santísimo, por lo que siempre se han evitado actuaciones en el teatro, en muestras de danzas populares, en películas y otras funciones.

Esta danza sagrada de los seises es expresión del sentimiento humano en oración, es alabanza y adoración, y pretende ayudar a crear entre los fieles un ambiente propicio para elevar sentimientos y todo el ser hacia el Señor presente en la Eucaristía.

Se trata, así pues, de una oración bailada, una danza sagrada sencilla y más popular que culta, siempre digna, elegante y afectuosa, que se hace portavoz de la oración y devoción del pueblo fiel. "Si a Sevilla se le llama Tierra de María Santísima, por igual razón se le dice Tierra de Jesús Sacramentado, y por eso se ha dicho que es eucarística por mariana, y mariana por eucarística, los dos amores esenciales del sevillano".

Les anticipábamos al principio un deliciosa copla que evoca esta popular tradición en la voz de Carlos Cano y con letra de Antonio Burgos. Se trata de  una canción incluida en el disco "Proclamación de la Copla". volvemos a escucharla ahora.

https://youtu.be/DRhI1qGPt_Y

I

En las tardes de junio,

juncia y romero,

vente conmigo,

que ya cantan los seises

sus rigodones de uva y de trigo.

Que está rubia la espiga,

azul el cuelo,

verde el racimo.

 

En las tardes de junio,

que Dios a cuerpo

se echa a la calle,

ya se ha puesto Sevilla

la zapatilla

blanca de baile.

Repican los palillos,

pluma al sombrero,

Dios en Versalles.

 

Estribillo

 

Ay, que madura la espiga,

ay, que el romero está en flor,

ay, que esta copla es bandera,

Purísima y bella

de la Concepción.

 

II

Con el sol de diciembre,

alta en la torre,

una bandera.

Se levanta en el cielo

la voz de un seise

como una estrella,

de pluma y terciopelo,

blanca y celeste,

y al aire queda.

 

Ay, que madura la espiga,

ay, que el romero está en flor,

ay, que esta copla es bandera,

Purísima y bella

de la Concepción.

18 de Febrero - 2016 

Hoy al  teatro, con Calderón de la Barca

LA VIDA ES SUEÑO

 

 

       Detrás de  la denominación “La vida es sueño”,  se plantea el tema de la libertad. Calderón de la Barca, con un rigor y una precisión de fina relojería, mueve los elementos que la componen en torno al personaje central, Segismundo, manteniéndonos hasta el final la intriga entorno a la idea dominante: ¿Puede el hombre vencer el destino establecido por los astros o, por el contrario, somos simples marionetas en manos del destino?

 

         Basilio es un rey sabio. Estudia con rigor los signos del cielo, el movimiento de los astros. Cree saber que el sino de su hijo, Segismundo, era ser  un hombre cruel, impío con sus padres y tirano para su pueblo. No tuvo el padre, siendo joven, la menor duda de que era su deber recluirlo en secreto en una torre o cárcel inaccesible  para evitar los males anunciados contra él y su reino. Ya mayor, le vienen los escrúpulos, de que quizás  por ser justo con su pueblo había sido injusto con su hijo. 

               

         Adopta una tan ingeniosa medida como peligrosa. Mediante una pócima lo llevarán dormido de la torre a la corte y por el mismo procedimiento regresará a las cadenas, si en su obrar confirma lo que anunciaban los astros. Ya no será la cárcel una decisión arbitraria sino un castigo. Paradójicamente, su deseo de justicia ha desencadenado, sin quererlo, el cumplimiento del destino. Así lo cree Basilio: el destino triunfa sobre la libertad. El populacho, al enterarse de que existe el heredero legítimo, asalta la torre, libera a Segismundo, se entabla una batalla y todo anuncia que el padre, derrotado, tendrá que someter su cerviz y sus canas al vencedor. Tal como los astros lo predijeron.

 

         Son tres símbolos asombrosos los escenarios sobre los que se desarrolla la acción: la cárcel, la corte y el campo de batalla, como tres son los actos de la obra.

 

         Primer escenario: la cárcel. Ahí vemos a Segismundo encadenado. El lamento del protagonista, encadenado y encerrado en un torreón inasequible, el “Ay mísero de mí. Ay infelice”, nos conmueve. Está desesperado. Increpa al cielo porque lo cree culpable de su situación injusta: “¿qué delito cometí?”.

 

         Sorprendentemente anuncia la desesperación del hombre contemporáneo que no entiende la razón de nuestra existencia aciaga. Mira a la naturaleza y descubre que todas las criaturas tienen más libertad que él, él que tiene alma. Añora el grado más primario de la libertad, la capacidad de movernos sin trabas. Sin  embargo ninguno de los referentes nombrados por Segismundo encarnan, en sentido ontológico, la libertad humana: ni el ave, ni el pez, ni el bruto, ni el arroyo. Ellos no tienen libertad se mueven por instinto o por inercia de leyes físicas o biológicas.

 

        

         Escuchemos el monólogo de Segismundo:

          

  ¡Ay mísero de mí! ¡Y ay infelice!

Apurar, cielos, pretendo

ya que me tratáis así,

qué delito cometí

contra vosotros naciendo;

aunque si nací, ya entiendo

qué delito he cometido.

Bastante causa ha tenido

vuestra justicia y rigor;

pues el delito mayor

del hombre es haber nacido.

Sólo quisiera saber,

para apurar mis desvelos

(dejando a una parte, cielos,

el delito de nacer),

qué más os pude ofender,

para castigarme más.

¿No nacieron los demás?

Pues si los demás nacieron,

¿qué privilegios tuvieron

que yo no gocé jamás?

 

Nace el ave, y con las galas

que le dan belleza suma,

apenas es flor de pluma,

o ramillete con alas

cuando las etéreas salas

corta con velocidad,

negándose a la piedad

del nido que deja en calma:

¿y teniendo yo más alma,

tengo menos libertad?

Nace el bruto, y con la piel

que dibujan manchas bellas,

apenas signo es de estrellas,

gracias al docto pincel,

cuando, atrevido y crüel,

la humana necesidad

le enseña a tener crueldad,

monstruo de su laberinto

¿y yo con mejor instinto

tengo menos libertad?

Nace el pez, que no respira,

aborto de ovas y lamas,

y apenas bajel de escamas

sobre las ondas se mira,

cuando a todas partes gira,

midiendo la inmensidad

de tanta capacidad

como le da el centro frío:

¿y yo con más albedrío

tengo menos libertad?

Nace el arroyo, culebra

que entre flores se desata,

y apenas, sierpe de plata,

entre las flores se quiebra,

cuando músico celebra

de las flores la piedad

que le dan la majestad,

el campo abierto a su ida:

y teniendo yo más vida

tengo menos libertad?

 

En llegando a esta pasión

un volcán, un Etna hecho,

quisiera sacar del pecho

pedazos del corazón.

¿Qué ley, justicia o razón

negar a los hombres sabe

privilegio tan süave,

exención tan principal,

que Dios le ha dado a un cristal,

a un pez, a un bruto y a un ave? 

 

        

         Injusta es la ley que niega a los hombres lo que ha concedido Dios a un cristal, a un pez, a un bruto y a un ave. Libre de cadenas Segismundo aparece después en la corte, libre por fin. Pero el Príncipe heredero sigue encadenado psicológicamente a unas pasiones y nada menos que a aquellas que arrastrarán al protagonista al cumplimiento de sus hados. La ira y la lujuria.

 

         En la segunda escena aparece sobre el escenario de la corte. Ha despertado en el  agasajo y suntuosidad del palacio. Se sorprende.

 

         Oigamos su reacción:

        

         ¡Válgame el cielo, qué veo!
¡Válgame el cielo, qué miro!
Con poco espanto lo admiro,
con mucha duda lo creo.
¿Yo en palacios suntuosos?
¿Yo entre telas y brocados?
¿Yo cercado de criados
tan lucidos y briosos?
¿Yo despertar de dormir
en lecho tan excelente?
¿Yo en medio de tanta gente
que me sirva de vestir?
Decir que sueño es engaño;
bien sé que despierto estoy.
¿Yo Segismundo no soy?
Dadme, cielos, desengaño.
Decidme: ¿qué pudo ser
esto que a mi fantasía
sucedió mientras dormía,
que aquí me he llegado a ver?
Pero sea lo que fuere,
¿quién me mete en discurrir?
Dejarme quiero servir,
y venga lo que viniere.

                  

         Segismundo es una fiera. A un soldado que le recrimina su comportamiento, airado lo arroja por la ventana. Ve a la bella Rosaura y pretende violarla. Sale a protegerla Clotaldo y amenaza al anciano con su espada. Nada le detiene.

                

         Pero nadie había previsto que la ingeniosa estratagema ideada por el padre fuera a propiciar que en el impetuoso Segismundo fuese madurando y asentándose una concepción de la vida orientadora de su existencia. ¿Será que la vida es sueño? ¿Será la vida una sombra, una ficción? Vuelto a la cárcel, se pregunta Segismundo.

        

 

                   SEGISMUNDO:

 

         Es verdad, pues: reprimamos

 esta fiera condición,

 esta furia, esta ambición,

 por si alguna vez soñamos.

 Y sí haremos, pues estamos

 en mundo tan singular,

 que el vivir sólo es soñar;

 y la experiencia me enseña,

 que el hombre que vive, sueña

 lo que es, hasta despertar.

 

 Sueña el rey que es rey, y vive

 con este engaño mandando,

 disponiendo y gobernando;

 y este aplauso, que recibe

 prestado, en el viento escribe

 y en cenizas le convierte

 la muerte (¡desdicha fuerte!):

 ¡que hay quien intente reinar

 viendo que ha de despertar

 en el sueño de la muerte!

 

 Sueña el rico en su riqueza,

 que más cuidados le ofrece;

 sueña el pobre que padece

 su miseria y su pobreza;

 sueña el que a medrar empieza,

 sueña el que afana y pretende,

 sueña el que agravia y ofende,

 y en el mundo, en conclusión,

 todos sueñan lo que son,

 aunque ninguno lo entiende.

 

 Yo sueño que estoy aquí,

 destas prisiones cargado;

 y soñé que en otro estado

 más lisonjero me vi.

 ¿Qué es la vida? Un frenesí.

 ¿Qué es la vida? Una ilusión,

 una sombra, una ficción,

 y el mayor bien es pequeño;

 que toda la vida es sueño,

 y los sueños, sueños son.

 

 

         La reflexión sustituye al frenesí de una acción impulsiva y desordenada. La gran pregunta  sobre si la vida es o no apariencia o sueño no supone haber encontrado la respuesta al modo de vivir. Sigue en pie la duda: ¿qué debo hacer? o ¿qué camino seguir?; pero se hace necesaria la elección. Si el vivir sólo es soñar ¿no será lo pertinente “gozar de la ocasión” y “atreverse a todo”? O por el contrario ¿será mejor “aspirar a lo eterno” y dedicarse a “ganar amigos para cuando despertemos”? Se plantea una cuestión clave: ¿tan parecidas a los sueños son las glorias que las verdaderas son tenidas por mentirosas, y las fingidas por ciertas? ¿Tan poco hay de unas a otras que hay cuestión sobre saber si lo que se ve y se goza es mentira o es verdad? La vida es elección. Se plantea Segismundo:

 

“Sepamos aprovechar       

este rato que nos toca,      

pues sólo se goza en ella  

lo que entre sueños se goza.     

Rosaura está en mi poder,

su hermosura el alma adora.      

Gocemos, pues, la ocasión;       

el amor las leyes rompa     

del valor y confianza 

con que a mis plantas se postra.

Esto es sueño; y pues lo es,       

soñemos dichas agora,     

que después serán pesares.      

Mas con mis razones propias     

vuelvo a convencerme a mí.       

Si es sueño, si es vanagloria,     

¿quién por vanagloria humana  

pierde una divina gloria?    

¿Qué pasado bien no es sueño?        

¿Quién tuvo dichas heroicas      

que entre sí no diga, cuando      

las revuelve en su memoria:       

«sin duda que fue soñado 

cuanto vi»? Pues si esto toca     

mi desengaño, si sé  

que es el gusto llama hermosa  

que le convierte en cenizas        

cualquiera viento que sopla,       

 

acudamos a lo eterno;       

más a un príncipe le toca   

el dar honor que quitarle.   

¡Vive Dios! que de su honra       

he de ser conquistador      

antes que de mi corona.    

Huyamos de la ocasión,    

que es muy fuerte. ¡Al arma toca,        

que hoy he de dar la batalla,      

antes que las negras sombras   

sepulten los rayos de oro  

                   entre verdinegras ondas!

              

 

         A partir de este momento Segismundo es responsable de la opción que elija. No es el impulso ciego de la naturaleza llamada “astros” o “destino”, sino la libertad consciente la que interviene. Segismundo vence al destino en el momento en que se plantea una meta y opta por un camino. Segismundo ha hecho triunfar la libertad.

               

         Todo ser humano viene como Segismundo marcado por unos “astros” que se llaman  naturaleza, historia, o tan solo libertad (en el sentido sartriano). Antiguamente se distinguía entre el temperamento dado y el carácter adquirido; entre las pasiones dominantes insertas en cada persona y las virtudes que en positivo las encauzaban. Educar no es otra cosa que ayudar a salir airoso en este combate.

               

         Cuando se olvida la verdadera naturaleza humana, todo buen propósito se estrella contra la facilidad que tenemos para hacer lo contrario. La educación verdadera alienta los buenos propósitos, pero habilita al aprendiz, le da resortes para poder llevarlos a término, cree en la libertad pero cultiva la responsabilidad. Mediante la virtud le enseña a ser dueño de sí mismo, curiosamente para poder ser rey y no tirano y para poder amar.

             

         Sin un ideal de vida no se puede ni educar ni vivir. La torre y las cadenas doman pero no transforman. El libertinaje y el dejar, capricho a capricho, que cada cual viva a sus anchas, hace tiranos para los demás e inútiles para ellos mismos.

               

         La luz de que “todos sueñan lo que son” permite a Segismundo descubrir que su rumbo debe orientarse hacia “lo eterno”. La vida se convierte en campo de batalla. Pero su victoria consistirá en vencerse a sí mismo. Con sentencia fuerte afirma: “-Es verdad. Pues reprimamos esta fiera condición”. En otro momento dirá “huyamos de la ocasión”. Así Segismundo se transforma al final en un magistral pedagogo:

               

                   Mi padre, que está presente,

                por excusarse a la saña

                de mi condición, me hizo

                un bruto, una fiera humana;

               

                la fortuna no se vence

                con injusticia y venganza,

                porque antes se incita más.

               

                Y así, quien vencer aguarda

                a su fortuna, ha de ser

                con prudencia y con templanza.

 

               

         La prudencia, la constancia, la paciencia, son las virtudes del educador, maestro o padre. La templanza, en la escuela del dominio de sí mismo, es la virtud de los hijos la virtud del educando.

 

         Segismundo ha comprendido que sus fuertes e impetuosas pasiones de la lujuria y de la ira, deben ser “dominadas” y domadas, pero no para tenerlas, en negativo, reprimidas; sino sujetas  para convertirlas en ocasión de bien para su persona,  en dueña y responsable de su vivir. 

 

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4 de Febrero - 2016 

“HE TENIDO TANTO AMOR…”. De la película La habitación de Marvin (Jerry Zaks, 1996)

        Pongámonos en antecedentes, esta fantástica película, en la que lo mejor es sin duda el guión y el puñado de magníficos actores del reparto, es una historia más que verosímil.

 

         Marvin es el padre de  Bessie (Diane Keaton) y Lee (Meryl Streep). Cuando enferma, Lee pone tierra por medio para «no echar a perder su vida». Veinte años después la encontramos divorciada, con dos hijos, terminando sus estudios de peluquería y con el hijo mayor en tratamiento psiquiátrico. Bessie, en cambio, opta por quedarse en casa, con su padre postrado en cama y con las facultades mentales disminuidas por la embolia. Después de veinte años atendiendo a su padre y a una tía hipocondríaca e inútil, le diagnostican una leucemia. Es precisamente la necesidad de un trasplante de médula lo que reúne de nuevo a las hermanas.

 

         Ambas hermanas representan dos actitudes básicas y radicales ante la vida: la de vivir para los demás o la de vivir para sí mismo. Se puede buscar en esta vida la realización del proyecto personal (entendido de manera egoísta), por encima de todo y de todos, o tratar de responder a los retos que la vida nos presenta (y que nosotros no elegimos), haciendo de las exigencias de la vida un proyecto personal de servicio y de entrega a los demás. Lee, la que escapó, apenas se atreve a entrar ahora en la habitación de su padre. Está dispuesta a ayudar a su hermana, pero quiere que todo termine cuanto antes para poder volver a su vida. Implicarse demasiado sería comprometer su futuro profesional y personal. Cuando queda claro que no hay posibilidad de trasplante, Bessie le ofrece quedarse con la casa..., con Marvin y la tía Ruth. Entre tanto llueven los reproches recíprocos, y con ellos dos actitudes ante la vida y el servicio a las personas.

 

         Hank (Leonardo DiCaprio), el hijo problemático de Lee, es el contrapunto y piedra de toque para la relación entre las hermanas. La relación con su madre está marcada por la añoranza de un padre idealizado, de cuya ausencia le culpa. La madre, por su parte, es incapaz de mostrarle amor, porque no puede deslindar la persona del hijo de la del marido. Todo son reproches mutuos. En suma, a Hank le falta lo que todos necesitamos: sentirse acogido, comprendido, valorado, amado. Y eso es lo que empieza a encontrar en su tía Bessie.

 

         Pero La habitación de Marvin muestra también el otro lado de la moneda: cuando Bessie recuerda los años pasados junto al padre y la tía enfermos, lo hace con agradecimiento, no por el amor que ha recibido, sino, precisamente, por el que ha podido dar. El cuidado de los enfermos no es aquí únicamente la respuesta a las necesidades del que sufre, sino también una oportunidad para que el cuidador, dando de sí, realice la vocación más profunda del ser humano: amar.

 

         De esto trata precisamente la escena que traemos hoy a esta sección. Hablan las dos hermanas, Bessi y Lee. Bessi, la hermana que ha permanecido 20 años junto a la cama de su padre y atendiendo a su tía Ruth, acaba de hacer caer accidentalmente las pastillas que se le administran al enfermo. Ambas se agachan a recogerlas y entonces, cara a cara, Bessi confiesa a Lee lo que ha sido para ella su vida de entrega y amor de donación.

        Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por aquellos a quienes ama. Pero no olvidemos que el ser humano está hecho para el don de sí mismo en el amor. Y por eso hay más gozo en dar que en recibir. Y en el fondo, sólo “esto es amor: el que lo probó lo sabe”, como diría el poeta.

 

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21 de Enero - 2016

“Un instante en el que se puede vivir eternamente”

 

De la película Copying Beethoven:

El agradecimiento final. Un Himno de acción de gracias a Dios.

 

     Todas las criaturas vivimos en el escenario y en la condición de la temporalidad: nuestro ser es también un ‘dejar de ser’, un desvanecernos paulatino.

     Pero, en medio de nuestro devenir peregrino por el tiempo, podemos tocar la eternidad. Al entrar en contacto directo con la belleza, nos sentimos atraídos hacia la plenitud. Esta atracción no es una mera efusividad sentimental; es la instalación personal en una región elevada, en una “como existencia nueva”; es un modo de intuir lo divino.

     Al menos eso es lo que Beethoven confesó en cierta ocasión: que a él se le había concedido vivir en una región de belleza inigualable, y que la tarea de su vida consistía en transmitir a los hombres ese tesoro a través del lenguaje musical.

Traemos a este espacio, Los Caminos del Arte, el fragmento final de la película Copying Beethoven, película norteamericana del año 2006. Una joya firmada por la directora polaca Agnieszka Holland, y  guion de Stephen J. Rivele y Christopher Wilkinson. Encabezan magistralmente el reparto Ed Harris y Diane Kruger,

     Agnieszka Holland, discípula del director Andrzej Wajda, presenta en este film la etapa final de la vida del compositor, a quien Harris encarna espléndidamente.

 

     Copying Beethoven es una inteligente indagación en el significado de la creación artística y en sus relaciones con el misterio del hombre y el de Dios. La película rescata los tres últimos años de vida del compositor, en los que la soledad y la sordera, dolorosamente soportadas, amargaron su carácter, pero no impidieron que creara una de sus obras más emblemáticas, la ‘Novena Sinfonía’.

 

     A partir de situaciones biográficas del intratable Beethoven, el film va diseccionando el alma del músico y revelando tanto su profunda espiritualidad como su lucha interior y sus defectos. Así es tantas veces nuestra vida: una criatura pecadora y frágil, de la que Dios quiere servirse para mostrar su misericordia y aun su belleza.

 

     Ed Harris consigue transmitir tanto la fuerza física del personaje como su lucha interior, su compleja sensibilidad. Sin ocultar sus defectos de carácter, nos muestra a un Beethoven profundamente religioso, a la vez que impulsivo y herido de amargura.

 

     Dice Alfonso López Quintás que, para Beethoven, “el arte –en concreto, el arte musical– era una forma privilegiada de participación en un reino de belleza extraordinaria, y un modo de comunicarla en alguna medida a los hombres. El arte no es propiedad de los artistas”. El arte, más aún la belleza misma, es un don que ha de ser acogido con agradecimiento.

 

     Un espíritu cultivado, una mirada profunda, es capaz de captar la belleza en las cosas más humildes. Sabemos que Beethoven solía pasear por el campo antes de componer a fin de inspirarse. Así lo recoge la película a la que aludimos hoy. El contacto con la naturaleza encendía su inspiración porque veía todos los seres como huellas del Creador, podía entender su mensaje profundo y dialogar con ellos. “Lo más bello que hay en el mundo, escribió en una ocasión,  es un rayo de sol atravesando la copa de un árbol”.

 

     A pesar de hallarse alejado totalmente del mundo de los sonidos y no poder disfrutar de su encanto, la conciencia de ser un “mensajero de la belleza” dio ánimo a Beethoven para seguir componiendo, para crear un ámbito de alegría desbordante para celebrar la solidaridad entre los hombres y entre éstos y el Creador; y para hacerse portavoz de una humanidad que se expresa en un acto de súplica y adoración.

 

     En su testamento, redactado prematuramente, Beethoven hizo a sus hermanos la siguiente advertencia: «...Recomendad a vuestros hijos la virtud; sólo ella puede hacer feliz, no el dinero, yo hablo por experiencia; ella fue la que a mí me levantó de la miseria; a ella, además de a mi arte, tengo que agradecerle no haber acabado con mi vida a través del suicidio.» ¿Qué grandeza y poder transfigurador tiene el arte para disuadir a Beethoven de poner fin a una vida desbordante de sufrimientos?

 

     De la película de Holland vamos a traer aquí la secuencia final. Beethoven se encuentra muy enfermo, en cama y físicamente agotado. Pero su alma está encendida. Su asistente musical, Hanna, ha sido capaz de ahondar en el mundo interior del maestro, y es testigo e intérprete de sus vivencias más profundas.

 

     Más allá de la fidelidad literal al hecho histórico, lo que se narra es plenamente acorde con el espíritu y el alma, tanto del personaje como de su obra. El maestro dicta a su ayudante un himno de agradecimiento. Mientras dicta la melodía y la instrumentación, se escucha la bellísima música que emerge, expresando una oración que culmina en el encuentro entre el hombre y Dios, su Creador y Padre.

       El himno resume la vida de Beethoven en este momento postrero y su vivencia íntima de la Belleza, Belleza que no es sino el lenguaje del mismo Dios que le habla con ternura y le acoge en su paz, “en un instante en el que se puede vivir eternamente”.

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17 de Diciembre - 2015 

El lenguaje cinematográfico.  “FELIZ NAVIDAD” (Christian Carion, 2005)

 

El cine es, de partida, el arte de la imagen fotográfica en movimiento, puesta al servicio de una narración o de un relato.

Un texto escrito o meramente hablado utiliza unos recursos, y la narración fílmica otros. Es decir, que se dicen o se callan las cosas de diferente modo. Ciertamente, con el lenguaje audiovisual se puede sugerir y ocultar, decir la verdad y mentir. Y también cabe expresar de forma más acertada o más torpe lo que quiere decirse.

El cine integra aportaciones de todas las demás artes de un modo poderoso; utiliza ritmos, criterios de interpretación, connotaciones y percepciones completamente distintas a las del texto o las del teatro, debido a una combinación sumamente libre de imágenes, sonidos, movimientos, música, palabras e interpretación actoral. Además, hoy en día, las posibilidades técnicas de la animación y el tratamiento por ordenador, le proporcionan una tremenda capacidad de llegar emocionalmente al espectador. Y ello se puede poner al servicio de una historia, de una idea, de un acontecimiento como, en este caso, la Navidad.

Hoy nos detenemos a comentar la más emocionante secuencia de la película “Feliz Navidad”, estrenada 2005, con una bella banda sonora del compositor Philippe Rombi, y que fue nominada al Oscar representando a Francia en ese año. 

Se trata del segundo largometraje de Christian Carion, basado en el relato "La increíble Navidad de 1914", de Yves Buffetaut, y cuenta la “Primera Tregua de Navidad”, ocurrida, realmente, en la Nochebuena de 1914 durante la Primera Guerra Mundial, en un frente en el que combatían tropas alemanas, escocesas y francesas. Semejante gesto fue condenado por igual e inmediatamente por los mandos respectivos como Alta traición.

Los hechos acontecieron en Yprès, en Bélgica, en el espacio de los poco más de 50 metros que separaban las trincheras enemigas, y con temperaturas por debajo de 10 grados bajo cero.

La película exalta el verdadero espíritu de la Navidad, basado en la común dignidad humana, la amistad, la familia, la honestidad y la paz, con ocasión de la Nochebuena en que se conmemora el Nacimiento de Jesucristo. Las historias humanas, los dramas personas o familiares que no entienden de ideologías, muestran que el ser humano es y debe ser, sobre todo, humano. Y que la paz es posible entre los hombres de buena voluntad. 

La música puede ser el vehículo que encienda este espíritu. Y eso es lo que ocurrió efectivamente entre los soldados combatientes, llamando a la confraternización.

Nos vamos a detener concretamente en la escena más significativa de la película. Es Nochebuena. Los ejércitos atrincherados se vigilan con desconfianza después de un duro combate. Los cadáveres de unos y de otros se distinguen claramente desde las trincheras a la tenue luz de la luna, cubiertos por una capa de nieve helada. La cámara se recrea en los rostros de los personajes, en sus ojos, en su reflexión crispada y doliente, en la humanidad que brota en cada gesto.

Entre las tropas alemanas se encuentra un afamado tenor de la Ópera de Berlín, Nikolaus Sprink. En medio de la crispada vigilancia, disfrutan en sus trincheras de una cena frugal, en la que no faltan algunos pequeños adornos y velas esparcidas por doquier.

Súbitamente, el capellán del batallón escocés inicia con su gaita una canción (en la película, el Himno de la fraternidad, de Philiphe Rombi), sacudiendo los sentimientos de unos y otros, en un mezcla de júbilo y de nostalgias. De improviso, Sprink, el tenor, entona en la trinchera alemana el "Noche de Paz", que es escuchado en silencio por todos los combatientes. La voz se capta al principio fuerte, en primer término, y la cámara nos muestra al intérprete sereno y consciente de la emoción del instante y de lo que en su canto se proclama; después la cámara salta de un rostro a otro, hasta el foso del enemigo; todos aparecen absortos y conmocionados, al tiempo que la melodía se escucha más lejana, tal como se escucharía desde la trinchera contraria. Vuelve de nuevo la voz al primer término, llevando el corazón del espectador directamente a los sentimientos más crispados y a flor de piel, de unos y de otros. Al terminar, tras un instante, se escucha el cerrado aplauso de los soldados de uno y otro bando, hasta que el entusiasmo se hace general.

Entonces, el soldado-tenor, incitado por la gaita del capellán escocés, toma en su mano un pequeño abeto iluminado por unas velas e irrumpe en el destrozado terreno que separa las trincheras, entonando a capela el villancico "Adeste, fideles". A los pocos compases, los gaiteros escoceses se suman a la melodía y, entre sollozos de alegría, los soldados de los tres ejércitos balbucean en el mismo idioma las palabras “Venite, adoremus”… Vuelve el montaje a mostrar planos y contraplanos de la cámara; la canción suena tan pronto en primer término como alejada, rasgando el silencio tenso que lo invade todo. Los corazones, a un lado y a otro laten con fuerza inusitada…

Conmovidos, unos y otros deciden acercarse, dejando a un lado sus armas, e intercambiar bebida, alimentos y tabaco; sonríen, y acuerdan compartir oración y la Misa del Gallo, en la que destaca el canto emocionado del Ave María. Las oraciones en latín son contestadas por todos los presentes.

Llegado el amanecer, se ayudarán a enterrar a los caídos e incluso llegan a improvisar un partido de fútbol.

Aunque hablen idiomas diferentes, aunque lleven varios días combatiéndose, los soldados no se ven como enemigos, comparten ideales y valores similares y poseen una cultura común, que la Navidad ha venido a despertar en el más difícil de los escenarios.

 “-¿Qué sabe el país de lo que se sufre aquí?”, dirá dos días después el teniente francés a sus superiores, cuando se le acuse de alta traición. “Me siento más cerca de los alemanes que de aquellos que piden su muerte delante de un pavo relleno.”

Y, en medio de la guerra, aquel 24 de diciembre de 1914, en las trincheras abiertas en el suelo de Yprès, Bélgica, ante la incomprensión de los poderosos, la paz abrió sus ojos asustados para contemplar en medio de la noche oscura la luz del Nacimiento de Cristo.

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5 de Noviembre - 2015 

     En esta sección (Los caminos del Arte) damos cabida a una de las expresiones que venimos a denominar “los caminos del arte”, es decir, las diferentes manifestaciones llamadas bellas artes. Hoy dedicaremos este espacio a una pieza maestra de la escultura: el doncel de Sigüenza.

         La escultura es, en efecto, una de las tres artes plásticas. Representa, a través del volumen, retazos de realidad. Una realidad a veces vista, otras como soñada…

Estamos en la Catedral de Sigüenza. Una preciosa joya dentro de otra: la ciudad. Una pequeña y añeja ciudad episcopal, en el corazón de La Serranía, en la provincia de Guadalajara.

En ella, en la capilla funeraria de los Arce, descansan los restos mortales de Don Martín Vázquez de Arce, más conocido como el ”Doncel de Sigüenza”, caballero castellano de finales del siglo xv y comendador de la Orden militar de Santiago. Tuvo lugar su muerte en la batalla, durante la Guerra de Granada, en 1486, a la edad de 26 años.     

         Su sepulcro en alabastro es una de las principales esculturas del maravilloso gótico tardío español, y de él vamos a hablarles. Se trata de una obra de autor incierto, y data de finales del siglo XV, en torno a 1495. En el frente del sepulcro dos pajes sujetan el escudo de armas.

Lo que más resalta –en contraste con el resto de las sepulturas que lo rodean-, es que no es una figura yacente, dormida, sino que el joven Don Martín aparece recostado, con las piernas graciosamente cruzadas, y apoya el brazo, incorporado a medias, sobre un haz de ramas de laurel –símbolo de la inmortalidad-.

Se halla en actitud de leer un libro que permanece abierto en sus manos… Es una estampa bien conocida, que a buen seguro los oyentes conservan y recrean en su mente.

La imagen y los detalles que atesora están llenos de simbolismo. Nos hablan de la muerte y de la vida. Del honor y de la nobleza. Y sobre todo, como coronación, de una serena esperanza

Que un laico, un guerrero, sea representado en esta época con un libro es una novedad. No es un eclesiástico que sostiene entre sus manos un texto litúrgico con sus rezos. Es un hombre de su tiempo, un renacentista, que medita y lee, un hombre culto, sin duda. Y a la vez un hombre de acción, un soldado muerto en acto de servicio a temprana edad, unos 25 o 26 años. Un hombre de letras y de armas. Un hombre en vela, que espera despierto. No está muerto sino vivo. Descansa y a la vez medita. La escultura viene a ser como un resumen, como un retrato de lo que ha sido su vida. El retrato de su vida pasada y el de la vida que en estos momentos espera con serenidad y le aguarda para siempre. Es también una descripción elocuente de quién es nuestro personaje.

Aparece enfrascado en la lectura, ha elevado un tanto su mirada como quien medita en lo que está leyendo. Tal vez se trata de un poema, tal vez de la narración de un acontecimiento histórico, tal vez, incluso, de un pasaje de la Escritura sagrada… Sí. Tal vez.

       Pero atrevámonos a preguntarle: “-¿En qué piensas, doncel?, ¿qué es lo que meditas?”

Ese gesto, que quiere ser una actitud ante la vida y ante la muerte, rezuma serenidad, equilibrio, dominio de sí. Nos insinúa que hemos de pasar por la vida, no superficialmente y a lo loco, sino pensando su sentido.

Ha muerto guerreando, y ahora descansa. Descansa y medita. Tal vez recrea sus recuerdos mientras espera… Espera… ¿qué? No es la suya una actitud épica y menos aún angustiosa o desesperada. No. Sueña la piedra, sueña el caballero… Revive su pasado mientras espera con su conciencia tranquila revivir para siempre. No está muerto, ni siquiera está dormido como sus padres y hermanos, que yacen junto a él. Está vivo y vigilante, mientras contempla con ojos serenos, tal vez…, la eternidad. Morir, decía el poeta, sólo es morir. Morir se acaba.

Viste Don Martín la armadura militar que nos habla de su condición de caballero, y en la que destaca en rojo la cruz de la Orden de Santiago sobre el blanco del alabastro, exquisitamente pulido y cincelado. Se aprecia el mango de una espada y un pequeño puñal en la cintura. La cabeza está cubierta con un gracioso bonete de campaña. Es maravillosa la labor de orfebrería que descubrimos en su cota de malla.

A sus pies, aparecen cerrando la composición un paje apenado y un león con la cabeza y la mirada erguidas. El león es símbolo de la fuerza del guerrero, de la nobleza del carácter y la sangre. El muchacho, un niño más bien, llora entristecido mientras con su mano acaricia delicadamente el pie del joven caballero. Un hombre fuerte y valiente, amado tiernamente por los suyos.

En la parte interior de la hornacina, sobre el propio sepulcro, se lee la siguiente inscripción:

“Aquí yaze Martín Vasques de Arce - cauallero de la Orden de Sanctiago - que mataron los moros socorriendo - el muy ilustre señor duque del Infantadgo su señor - a cierta gente de Jahén a la Acequia - Gorda en la vega de Granada - cobró en la hora su cuerpo Fernando de Arce su padre - y sepultólo en esta su capilla - ano MCCCCLXXXVI (1486). Este ano se tomaron la ciudad de Loxa. - Las villas de Illora, Moclin y Monte frío - por cercos en que padre e hijo se hallaron.”

 

Volvamos a peguntar  “-¿En qué piensas, doncel? ¿Qué es lo que meditas?... “

Tal vez no sea descabellado contemplar el rostro del doncel escuchando aquello que escribió por aquellos mismos años Jorge Manrique a la muerte de su padre:

 

Recuerde el alma dormida,  / avive el seso y despierte / contemplando

/cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte  / tan callando…”

 

Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar, / que es el morir; / allí van los señoríos / derechas a se acabar / y consumir”…

 

“Este mundo es el camino / para el otro, que es morada / sin pesar; mas cumple tener buen tino / para andar esta jornada / sin errar. / Partimos cuando nacemos, / andamos mientras vivimos, / y llegamos al tiempo que fenecemos; / así que, cuando morimos, / descansamos.”

 

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15 de Octubre - 2015 

           La escultura es una de las tres artes plásticas, junto con la pintura y la arquitectura, como ya saben nuestros oyentes.

 

        Esculpir –por medio de la talla, el modelado, o el fundido, por ejemplo- es dar forma a la materia, a cualquier tipo de materia, destacando los valores táctiles de la misma para transmitir ciertas sensaciones, las cuales se ofrecen a la vista del contemplador.

 

        El escultor crea obras en tres dimensiones, jugando con el volumen, a diferencia de la pintura que, por así decir, a menudo crea un espacio de ficción, al representar las tres dimensiones del espacio en una superficie plana. No obstante, a menudo la escultura se da en integración con la arquitectura y con la pintura. (Los retablos…)

 

        Comenta un escultor hispanoamericano: “esculpir comenzó a llenarme de una gracia, algo así como una epifanía, un aura de paz y gozo. Recordando la imagen cristiana que me inocularon, la de Adán creado del barro, pensé que Dios había sido escultor. Intuía en mí una misión, algo que hacer, más allá de mí, un don quizá.”

 

 

El éxtasis de Sta. Teresa, de Bernini.

 

        Comentamos esta que es una de las más exquisitas esculturas de la historia del arte. Es particularmente llamativa en su interpretación del éxtasis como turbamiento espiritual y sensual a un tiempo, pero también por su alto virtuosismo técnico.

 

        Después de alguna de aquellas visiones Sta. Teresa escribió la bella poesía “Vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero que muero porque no muero". A este propósito, comenta Teresa: Dios "no parece contentarse con arrebatar el alma a Sí, sino que levanta también este cuerpo mortal, manchado con el barro de nuestros pecados".

        En esos éxtasis se manifestaban en forma sensible la grandeza y bondad de Dios, el exceso de su amor; y el alma de Teresa lo comprendía con claridad, aunque a veces se sentía incapaz de expresarlo. El deseo del cielo que dejaban las visiones en su alma era inefable. "Desde entonces, confiesa, dejé de tener miedo a la muerte, cosa que antes me atormentaba mucho".

        Las experiencias místicas de la santa llegaron a las alturas de los esponsales espirituales, el matrimonio místico y la transverberación. De esta última trata la famosa escultura de Bernini.

        Santa Teresa nos dejó el siguiente relato de la transverberación: "Vi a mi lado a un ángel que se hallaba a mi izquierda, en forma humana. Confieso que no estoy acostumbrada a ver tales cosas, excepto en muy raras ocasiones. Aunque con frecuencia me acontece ver a los ángeles, se trata de visiones intelectuales… El ángel era de corta estatura y muy hermoso; su rostro estaba encendido como si fuese uno de los ángeles más altos que son todo fuego. Debía ser uno de los que llamamos querubines… Llevaba en la mano una larga espada de oro, cuya punta parecía un ascua encendida. Me parecía que por momentos hundía la espada en mi corazón y me traspasaba las entrañas y, cuando sacaba la espada, me parecía que las entrañas se me escapaban con ella y me sentía arder en el más grande amor de Dios. El dolor era tan intenso, que me hacía gemir, pero al mismo tiempo, la dulcedumbre de aquella pena excesiva era tan extraordinaria, que no hubiese yo querido verme libre de ella.” (Libro de su vida. Cap. 29)

 

          Las palabras con las que la Santa describe su experiencia en el Libro de su vida encuentran en Bernini a un extraordinario traductor, por su capacidad para fundir, por un lado, la tensión espiritual y, por otro, una carga emotiva y sensual, que se traduce en la expresión de los rostros, de las manos y el lenguaje corporal, los componentes básicos de la religiosidad barroca, gracias a un conocimiento exhaustivo de las posibilidades expresivas de los materiales y a un dominio insólito de los procedimientos.

        Sin embargo, al contemplar este éxtasis de Bernini, podemos caer en un peligro, ¿no es así, Santiago?

        - Como barroca que es la escultura, está concebida como una escena teatral, un espectáculo, en el que en los dos laterales de la capilla se abren dos balconadas y desde ellas los familiares y allegados del patrocinador contemplan el prodigio.

Nada más alejado de la concepción de los dones místicos que enseñaba la santa. Intimidad, virtudes, recogimiento y amor. Lo demás es añadidura. Místico significa enamorado. La transverberación tuvo lugar después de comulgar, en la intimidad de su acción de gracias, en el momento de la negociación como decía ella. Imagen de la oración de unión en el camino de perfección, que aún tiene que pasar por el desposorio matrimonial y por el matrimonio místico. El espectáculo nos aleja del mensaje de unión íntima, transformativa y amorosa con el Señor.

 

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1 de Octubre - 2015 

Todas las obras del Bosco que conocemos son admirables. No olvidemos que muchas de ellas fueron destruidas por la reforma protestante alá por el siglo XVI.

 

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