Momento para la poesía

17 de Octubre

Nos parece oportuno cerrar la presentación que hemos hecho de la Comedia La devoción al Rosario con la escena final en que Antonio, el dominico renegado, recupera su fe, aunque eso va a suponer morir como San Esteban apedreado.

ANTONIO                              

¡Virgen pura,                        

cumplióse mi deseo! Mi remedio                        

debo a vuestro santísimo rosario.                        

¡Oh santa devoción! En vos espero                        

que no se perderá quien la tuviere.

 

COSME

Por la gran puerta de Túnez                         

sacaron a Antonio al campo,                        

coronada la cabeza                        

y atadas atrás las manos.                        

Las cosas que iba diciendo                        

con la Virgen santa hablando,                         

las ternezas que a su Hijo,                        

los amores, los regalos,                        

los perdones que pidió                        

a los cautivos cristianos,                        

¿qué lengua habrá que lo diga?                        

Al fin, al campo llegaron;                        

hincó en tierra las rodillas.                        

y allí, como Esteban santo.                        

bordó de piedras preciosas,                        

rubíes en sangre bañados,                        

el hábito de Domingo,                        

siempre a la Virgen llamando.                        

Encienden un grande fuego,                        

pero del cuerpo sagrado                        

huye el fuego, que el de amor

resiste y le deja intacto.                        

Piedras en sangre teñidas                        

cogieron muchos cristianos                        

y se les volvieron rosas.                        

Mas ya tratan de enterrarlo,                        

que a los pies del crucifijo                        

de este templo fabricado                        

de genoveses en Túnez                        

mandó sepultarse el santo,                        

donde esperan que ha de hacer                        

Dios por él grandes milagros. 

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3 de Octubre

Os extrañaréis de que os traigamos en la sección “Momento para la poesía un texto narrativo y sin ningún signo del verso, ni siquiera el ritmo. Es verdad. Pero es la contrapartida de las traducciones. En el original es un momento de enorme intensidad lírica. El texto está presidido por la musa Erato, la protectora de la poesía, en especial de la amorosa, su nombre en griego significa “amable” o “amorosa”. Goethe nos ofrece una escena intencionadamente lírica.

Hermann aparece en escena creyendo ver a Dorotea en todas partes, como el viajero  que por mirar fijamente al sol, lo cree ver en cualquier rincón. El lugar del encuentro, tras verse avanzar en el camino, tendrá lugar en la fuente y, para colmo, además de calmar su sed física, verán sus rostros sonrientes reflejados en las aguas como en un espejo. Toda la ambientación es propia del lugar común en la tradición amorosa universal de los enamorados. Es una escena candorosa y bella, llena de respeto mutuo y de delicadeza entre dos jóvenes que se sienten atraídos. No se dejan llevar por los impulsos ciegos. Más aún Dorotea advertirá que no es prudente seguir en la fuente por no perder la fama de mujer virtuosa. Pues si la fuente es el lugar donde se encuentran los verdaderos enamorados, también es considerado por las habladurías de las gentes como lugar propicio para los amoríos pasajeros.

De la segunda parte del capítulo, en que le propone Hermann a Dorotea trabajar en su casa, queremos resaltar unas palabras que sin  duda nos muestran el cambio que ha sucedido en estos ciento cincuenta años en la concepción natural de la mujer y la de nuestro tiempo. Es un testimonio antológico. Dorotea es una joven realista y prudente, escándalo, tal vez, para los feminismos actuales.

Como el caminante que antes de ponerse el sol fija todavía sus miradas en el astro que desciende del horizonte próximo a desaparecer, y luego sus ojos deslumbrados creen verlo en todas partes, lo mismo sobre el bosque umbrío que a lo largo de la montaña, y vuélvase del lado que se vuelva, por todas partes ve flotar su imagen vacilante y sus brillantes y coloreados reflejos, asimismo aparecía ante los ojos de Hermann la silueta graciosa de la muchacha caminando por el sendero que conducía a su casa. Pero se sobrepuso a su hechizo y se dirigió hacia el pueblo, mas volvió a encontrarse con la misma visión, pues del opuesto extremo del camino se acercaba hacia él la forma resplandeciente. Después de considerarla con la mayor atención, vio que esta vez no se trataba de ninguna imagen ilusoria, sino de ella misma en persona. Ya la tenía cerca. Llevaba un cántaro en cada mano y lo sostenía por una de sus asas. Uno era grande, otro menor, e iba por agua a la fuente.

Hermann marchó con alegría a su encuentro, sintiéndose con más ánimos ante su presencia. Y acercándose a ella, sorprendida de verle, le dijo:

—¡Hola, muchacha hacendosa! Vuelvo a encontrarte en mi camino ocupada en socorrer a los demás y en aliviar sus males. ¿Por qué vas sola a la fuente, que está más lejos, pudiendo servirte, como tus compañeras, de las del pueblo? Cierto que el agua de este manantial tiene cualidades especiales y un buen sabor. Sin duda quieres llevarla a la buena mujer cuya vida salvaste con tus cuidados.

La joven le saludó con amabilidad:

—Me alegro de haber tomado el camino de la fuente y de haber encontrado de nuevo al bienhechor que nos ha colmado de sus donativos, puesto que la vista del que da no es menos agradable que sus mismos dones. Venga conmigo y verá con sus propios ojos a los que se han beneficiado con su clemencia y podrá oír sus palabras de agradecimiento. En cuanto al motivo de venir a buscar el agua de esta fuente clara y abundante, se debe a que nuestros compañeros, imprevisores, a su llegada han enturbiado todas las aguas del pueblo por haber hecho pasar caballos y bueyes por el depósito destinado al uso de la población. Además, han lavado sus ropas y utensilios en abrevaderos, pozos y fuentes, removiendo y ensuciando el agua. Cada cual sólo piensa en su propio interés. Absorbidos por la necesidad momentánea, la resuelven a prisa y de cualquier modo, sin preocuparse de las futuras consecuencias ni de las sucesivas necesidades.

Mientras iba exponiendo estas razones, descendió con Hermann los anchos peldaños de la fuente y se sentaron juntos sobre el pequeño parapeto que la rodeaba. Dorotea se bajó para coger el agua; Hermann tomó el otro cántaro y se inclinó a la vez. Sus imágenes temblorosas sobre un fondo de cielo azul se reflejaron en el manantial como si fuera un espejo. Se contemplaron sonrientes en el agua y se saludaron amistosamente.

—Déjame beber —dijo el mozo.

Ella le alargó el cántaro. Y confiados e ingenuos permanecieron sentados en el pretil, apoyados en los cántaros.

Poco después, Dorotea le preguntó:

—¿Y cómo es que te hallas aquí tan lejos del sitio donde nos encontramos por primera vez? ¿Dónde están tus caballos y tu coche? ¿A qué has venido?
Hermann inclinó la cabeza pensativo. Pero enseguida levantó los ojos hacia Dorotea y miró con ternura los de la muchacha. Sintióse confiado y más tranquilo. Sin embargo, le habría sido imposible hablarle de amor. La mirada de Dorotea no revelaba ningún destello amoroso, sino tan sólo el reflejo de una inteligencia tranquila y de una apacible serenidad. Se imponía una respuesta razonable y el joven, después de concentrarse unos instantes, le respondió en tono de amistosa confianza:

—Escucha, niña, voy a contestar a tus preguntas. Tú eres causa de mi venida. ¿Por qué te lo voy a ocultar? Vivo con mis padres y disfruto de una existencia feliz. Yo, como hijo único, les ayudo con diligencia y fidelidad a dirigir nuestra casa y a cultivar nuestras tierras. Cada uno de nosotros tiene señalado su trabajo, que no escasea. A mí me corresponde la dirección de nuestros cultivos; mi padre administra el negocio y mi madre está al frente de la casa.

Pero tú, sin duda, sabes por experiencia lo que los criados apesadumbran y fatigan a una ama de casa. Unas veces por su ligereza, otras por su mala fe, se ve obligada a renovarlos con frecuencia; es decir, a sustituir unos defectos por otros. Desde hace mucho tiempo mi madre desea tener a su lado una muchacha que le alivie, no precisamente con su trabajo, sino también con su afecto y que pueda considerarla como a su propia hija, muerta muy joven, por desgracia.

Esta mañana cuando te he visto en la carretera ante mi coche y he considerado tu cara franca y serena, tu brazo robusto, tu apariencia de fuerza y salud; cuando te oí hablar en una forma tan razonable, quedé cautivado. Corrí a casa y elogié tus méritos a mis padres y a nuestros amigos. En fin, que vengo a exponerte su deseo, que también es el mío... Perdóname si no hablo más claro.

—No tema nada, acabe —respondió Dorotea—; no me siento ofendida; muy al contrario, le estoy sumamente agradecida. Puede hablar con absoluta claridad. Usted quisiera contratarme como sirvienta para que ayude a sus padres y trabaje en su casa. Usted ha creído encontrar en mí lo que les conviene: una hija juiciosa, activa y de buen carácter. Su proposición ha sido breve; mi respuesta lo será más. Sí, le seguiré ya que el destino así lo quiere. Aquí ya he cumplido con mi deber; he puesto a la madre y al hijo en manos de los suyos, que están muy contentos de que se hayan salvado; la mayor parte ya han vuelto a reunirse con ella; los demás no tardarán en llegar. Todos confían que dentro de pocos días volverán a sus casas. Los fugitivos gustan de crearse ilusiones. Yo, en estos días infelices que sólo nos anuncian nuevas desgracias y horas peores, no me dejo engañar por vanas esperanzas. Las antiguas relaciones están rotas. ¿Quién las reanudará? ¿Quién volverá a ordenar de nuevo tanta confusión? Sólo la necesidad. Así pues, si puedo ganar mi vida en casa de una familia honrada, trabajando por un hombre respetable y ayudando a una buena mujer, consiento en ello muy dichosa. La reputación de una joven que anda sola por el mundo es siempre dudosa. Sí, le seguiré en seguida que haya llevado esos cántaros a mis amigos y después de haberme despedido de ellos. Venga conmigo, deseo que los vea y que sean ellos mismos los que me confíen a usted.

Hermann, al verla tan bien dispuesta, sintió tanta alegría que titubeó unos instantes por si debía comunicarle o no sus verdaderos propósitos, pero juzgó más prudente mantenerla en su error, conducirla a su casa y dejar para más adelante el declararle su amor y pedirla en matrimonio. Por otra parte, se había dado cuenta de un anillo de oro que llevaba en un dedo, y decidió no interrumpirla y seguir escuchando atentamente sus palabras.

—Vamos —dijo—. Es costumbre murmurar de las muchachas que se entretienen demasiado en la fuente y, sin embargo, ¡es tan agradable hablar junto al murmullo de un manantial! Hermann se alzó y ambos volvieron a mirar- se en la fuente. Dorotea, presa de cierta ansiedad, cogió en silencios los dos cántaros y empezó a subir los escalones, seguida de muy cerca por él. A fin de aliviarla del peso de la carga,

Hermann quiso tomar un cántaro.
—No —dijo ella—; déjeme llevarlos a mí sola; así, con un peso en cada mano, se mantiene mejor el equilibrio y la carga es menos pesada. Además, el hombre llamado a mandarme no debe empezar por servirme. Pero ¿por qué me mira con este aire compasivo, como si lamentara mi suerte? Servir es propio de nuestra condición. Y desde muy pequeñas todas las mujeres cuidan más o menos de los quehaceres domésticos. Sirviendo a los demás es como se aprende a mandar y se llega a adquirir la autoridad que una dueña ejerce en su casa. Ya de pequeña, la mujer sirve al hermano, más tarde ayuda a sus padres y se pasa los días en un continuo ir y venir, siempre ocupada en provecho de los demás. Dichosa ella si llega así a habituarse a no considerar penoso ningún camino, a no diferenciar entre las horas del día y de la noche, a no encontrar ningún trabajo cansado en demasía, ninguna aguja demasiado fina y a olvidarse, en fin, de sí misma para vivir para los otros. Si llega a madre necesitará de todas estas virtudes domésticas, pues el hijo no le permitirá descansos y la despertará cuando duerma pidiéndole alimento. Por lo tanto, dolores y cuidados no se apartarán de su lado. Reunidas las fuerzas de veinte hombres no podrían soportar el peso de tales fatigas. Claro que tampoco les corresponde. Pero, por lo mismo, debieran admirarlas.

Así hablando, llegaron a la casa donde se había refugiado la nueva madre, que descansaba junto a una de las inocentes muchachas que Dorotea había salvado.

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19 de Septiembre

La nostalgia de infinito inscrito en el corazón humano y el don maravilloso de poder corresponder a su amor, no se le da hecho, sin más y sin esfuerzo, a la criatura humana. La fuente mana agua viva sin pausa, pero  no es posible beberla sin al menos agacharse humildemente y llevarla a los labios con el cuenco de nuestras manos. Pero hasta esto es don.

Os ofrecemos hoy en esta sección unos poemas de la poeta Ernestina de Champoucin, por edad y estilo, miembro de la generación del 27; por su larga vida,  testigo privilegiado de la creación poética del siglo XX.

Afirma Jaime Siles en el prólogo a su obra Poesía esencial, que a partir de Presencia a oscuras la obra es “la continua conversación con Dios y los poemas sus momentos o partes”. Hablamos de poesía religiosa y hasta de poesía mística, con razón. Pero sería una ingenuidad creer que desde “Que nos hirió a los dos irremediablemente” como le confesaba a Merton, Ernestina y su poesía alcanza, en el camino de perfección teresiano, la séptima morada o, al menos, la quinta o sexta. Y no hay tal. Su poesía es mística porque ha elegido la senda del amor y, desde el amor, quiere vivir unitivamente la presencia de Dios.

Para Ernestina Dios es presencia, pero a oscuras. Su poesía recoge las zozobras y fracasos de quien va caminando hacia Dios pero en noche oscura. Ascunce, certero, nos precisa: “En medio de esta dialéctica de ausencias y de encuentros, de silencios y de voces, de postraciones y de exaltaciones, etc., se materializa y adquiere su sentido pleno la denominada poesía del amor divino, al asumir como temática central de su poesía una de las  variantes del amor humano: el amor divino como plenitud y eternidad”.

En su carta cerrada, le decía a Thomas Merton: “Y no es que desconfíe: espero, creo, y amo / Con una obstinación inquebrantable y muda / Pero Él calla en mi vida.” Su poesía refleja el combate contra sí misma, consciente de que en nosotros mismos se encuentra el muro mayor que nos aleja del encuentro amoroso con Dios mismo. Vencer nuestras pasiones corporales y espirituales.

Ansia de amor en medio del combate. Esta es su poesía  religiosa. Luminosa lección para nuestras tibias o alejadas actitudes religiosas. No es suficiente, para permanecer fieles, sentirse herederos de una sociología religiosa o mera tradición rutinaria. La renovación religiosa pasa por el encuentro personal con Cristo “esa herida irremediable”  que ocurrió en un instante prodigioso:

Solo por aquel momento

Y aquella luz en la noche

Aquella presencia a oscuras…

Aquella contigüidad

Más estrecha que un abrazo

Aquella angustia trocada

En lumbre de amaneceres…..

 

Y que le lleva  a suplicar a nuestra poeta en una redondilla  realmente rotunda:

 

“Hazme de nieve, Señor,

Para los goces humanos,

De arcilla para tus manos,

De fuego para tu amor”

 

Al inicio de una serie de diez décimas, con la perfección de los poetas del siglo de Oro. La primera de las cuales, -con gracejo denominada undécima, porque consta de once versos- expresa en octosílabos su estado interior:

El pozo en que yo bebía

Se agostó súbitamente.

Comprende Tú mi agonía.

Dios cuya angustia pedía

El alivio de una fuente.

Dame ese sorbo caliente

Que fluye de tu lanzada.

Prefiero verme abrasada

En el fuego de tus venas

Que exprimir a duras penas

Mi pobre fuente agotada.

 

Y en la décima IV, con resonancias teresianas, nos dirá:

 

Si hay que morir a la vida

Para nacer a tu amor,

Mátame pronto, Señor

Y protégeme en la huida.

Borra ya la desmedida

Codicia de mis pasiones.

Dómame Tú los leones

Que me desgarran el pecho

Y dame para mi lecho

Un almohadón de oraciones.

 

Entre sus hermosos poemas os selecciono para terminar el que lleva por título  Enséñame.

La plenitud del encuentro con Dios no consiste en que hablemos con Dios, sino en que Dios nos hable y nosotros seamos capaces de escucharlo desde nuestro silencio.

La clave será el “hacia dentro” de nuestros místicos mayores. Senda que exige pasar por la etapa purgativa, despojarnos de nuestras envolturas falaces, inertes –las llama Ernestina- y renunciar a una verborrea inútil que en vez de acercarnos nos aleja de Dios. 

En la segunda estrofa nos acerca a la etapa iluminativa, a los requisitos para que el mismo Señor, nos enseñe en lo oscuro: desierto, desolación, desdén, olvido. Más aún: “En la sima inefable del más puro abandono.” El poema se cierra con el deseo central: “Y que nazca tu luz, Señor, en mi silencio.”

Pero no es suficiente saber. La fuerza testimonial la encuentro en la conciencia de su impotencia: tu voz se pierde entre “vanos clamores”. Tu acento ha de ser más poderoso que mis engaños, sin que ningún eco me ciegue. Tal es la cuestión.

 

Enséñame a callar de veras, hacia dentro

A asomarme al vacío donde pueda escucharte.

A despojarme pronto de esta envoltura inerte

que me oculta y te esconde en una red sin fin

de inútiles palabras.

 

Enséñame en lo oscuro, en el hosco desierto

En donde te han buscado los que saben hallarte,

En la desolación del desdén y el olvido,

En la sima inefable del más puro abandono.

 

Pero tu voz se pierde y se extingue todavía

En la selva apretada de los vanos clamores.

¿Cuándo será tu acento más firme y poderoso

Que el murmullo incesante de mis propios engaños?

 

¿Cuándo sabré escucharte sin que un eco me ciegue,

Conservando la huella de tu verbo en mi alma?

Enséñame a callar y a entenderte en lo hondo

Y que nazca tu luz, Señor, en mi silencio.

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5 de Septiembre

      Un buen amigo nos ha facilitado este  himno a la amistad. Su canto centra el valor de la amistad como razón de vivir.

EVOCACIÓN DE  LA AMISTAD

19 de Agosto de 2014

Atardece mi vida entre recuerdos.

Hoy, agosto  que halaga mis mañanas,

Entre sus entresijos, la memoria,

Por vericuetos y  sendas olvidadas

Rescata alegremente a mis amigos,

Vellones sorprendidos en las brañas,

Destellos de una  luz de amanecida

Que reaviva cenizas apagadas.

La vida está para ganar amigos.

En la amistad se templan nuestras almas.

En torno de una mesa  abastecida

De paz cuajada, fruta sazonada

Y un  pan crujiente como luna llena

El  pensamiento libre  vuela  en  calma.

Se eleva a  los  misterios escondidos,

Desciende a los rumores de la plaza.

Sobre una mesa  abastecida y limpia

Brotan cantos y endechas de esperanza.

Desdeño, ya, señuelos  de los días

Que  en este atardecer se me  desgranan.

Echo al olvido en haz  mis desamores.

Queda dentro quien me  llegó hasta el alma

Y canto,  en el silencio de los días,

Con esta voz de cuerdas destempladas,

A la mujer que amo, y a sus frutos.

A mi Patria por tantos desdeñada

Y al cobijo de un Dios que entre susurros

Calma la angustia oculta en la enramada.

Ahora, en el regazo de esta tarde,

Al abrigo de toda destemplanza,

Escancio la alegría que me brinda

La placidez de esta  tarde dorada.

Pasan las quemazones y  los días

Salto de dicha cuando salta mi alma

Y clamo,  al recordar a quienes fueron

Compañeros  en suerte y esperanzas:

Es la amistad crisol en que la historia

Nos devuelve al principio de la estancia.

Donde  huyen  recelos y sospechas

Nace fraternidad  casi olvidada,

Al amparo de un Padre  compasivo

Que al final de la calle nos aguarda.

Lo demás…”Los trabajos y los días”

En corriente  fugaz que nos arrastra.

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15 de Agosto

Duele el momento por el que atraviesa la familia. La inconsistencia de las promesas matrimoniales nos invita a preguntarnos por el fundamento de la madurez personal de nuestros contemporáneos, ellos y ellas. Vemos y oímos tanta ligereza en las relaciones, compadreos, uniones, desuniones, rupturas y violencias que debemos preguntarnos por las carencias que hemos dado a nuestros hijos e hijas para no poder afrontar ni en el inicio, ni en el medio ni en el final del camino, los contratiempos ni las veleidades del camino del amor, siempre exigente.

 Parece que en vez de un compromiso de voluntades maduras, lo han realizado adolescentes con el ánimo de echar a correr a la mínima de cambio. Así en vez de personas nos vamos convirtiendo en objetos de desecho, en cacharros cínicos y dolientes de muy difícil restauración.

Parece que ignoramos la naturaleza humana. Ni el sentimiento ni el deseo ni el asombro deslumbrante de un encuentro único y fuera de lo común aseguran el hallazgo del amor verdadero. Son maravillosos fuegos de artificio, deslumbrantes y esplendorosos, pero que en cuanto consumen su materia energética se apagan y dejan más oscura la noche.

Hemos banalizado el sexo. Lo hemos reducido a asunto de usar y tirar, como si el sexo fuese un elemento externo o ajeno a la totalidad de nuestra unitaria realidad personal. En otro tiempo fue oportuno recordar que no éramos sólo alma, que éramos espíritus encarnados, que el cuerpo es parte de nuestra unidad total y no como dijo el poeta “espíritu en miserias anudado” sino con una corporalidad tan digna que ha sido convocada junto al alma a la resurrección. Hoy por el contrario hemos de recordar que no somos sólo cuerpos errantes, simples homínidos desorientados  entre un impulso ciego y selvático y una necesaria aunque enajenante necesidad de civilización. Somos tierra pero “tierra animada” que anhela duración. Somos cuerpo y alma. No sirve usar nuestro cuerpo sin integrarlo en unidad con nuestro espíritu. Con sólo el cuerpo nunca llegaremos a encontrar el amor.

La literatura es para mí espejo o atalaya desde la que se contempla y se ahonda, por vía de ficción, en el conocimiento de nuestra naturaleza. Sí que tengo en cuenta casi siempre lo que llaman la motivación, ese referente contextual por el que se hace más evidente el mensaje poético. En este caso mis palabras hacen de contraluz.

Félix Grande es un gran poeta extremeño. Sus inicios se entroncan en la denominada generación de los años sesenta. Su temática es plural, voz de denuncia para el desamparo, palabra que desvela la fuerza del eros o voz que presenta, en el contexto de la posmodernidad, el sinsentido de la vida. Siempre me sorprendió su admiración por el Cante Hondo. Hoy es uno de sus mejores conocedores. Toca la guitarra como un maestro y entre sus admiraciones y amistades se encontró Paco de Lucía y Camarón.

  Quizás la fuerza que tiene nuestro soneto en alejandrinos reciba el impulso vital y comunicativo de una “soleá”.

El poema es una confesión de amor, en el que no se emplea el repetido “te quiero más que ayer”. Se comunica el amor dando contestación a una hipótesis imposible y por ello irreal. ¿Imposible? Releed el contraluz de mis palabras. ¡Pero si hoy se separan hasta las personas bien entradas en años! Precisamente esta confesión de amor expresa la imposibilidad de destruir, por una decisión pasajera, un amor que se ha ido construyendo en unidad, desde aquellos ilusionados  comienzos hasta convertirse en una única razón de vivir y morir, en una misma tarea. Expresar esta idea es ofrecer una verdad no psicológica sino metafísica. Pone al descubierto que el amor exige que en el tiempo se manifieste su potencialidad. Nunca el amor puede reducirse a una yuxtaposición de intereses, cuánto menos a una contraposición. El amor es conjunción que logra que dos monedas se transformen ambas en una sola, con una sola cara mutua y, de haberla, en una sola y mutua cruz. 

Si tú me abandonaras te quedarías sin causa...

            

             Si tú me abandonaras te quedarías sin causa

             como una fruta verde que se arrancó al manzano,

             de noche soñarás que te mira mi mano

             y de día, sin mi mano, serías solo una pausa;

            

             si yo te abandonara me quedaría sin sueño

             como un mar que de pronto se quedó sin orillas,

             me extendería buscándolas, con olas amarillas,

             enormes, y no obstante yo sería muy pequeño;

            

             porque tu obra soy yo, envejecer conmigo,

             ser para mis rincones el único testigo,

             ayudarme a vivir y a morir, compañera;

            

             porque mi obra eres tú, arcilla pensativa:

             mirarte día y noche, mirarte mientras viva;

             en ti está mi mirada más vieja y verdadera.

 

Como hombre, como ser humano agradezco este poema a Félix Grande. Abre horizontes  y recupera la fe en el amor. Restaura las claves de un amor verdadero. El amor es fusión que de romperse dejaría incompletas las dos existencias. Por eso si ella se fuese, sería manzana verde arrancada, en agraz, que ya nunca alcanzaría su sazón; o pausa de silencio en la melodía inacabada y lo que es más profundo “se quedaría sin causa”, sin motivos ni para vivir ni para morir. Pero si fuera él, se quedaría sin sueños, mar sin orillas con olas gigantescas y oníricas, se quedaría pequeño. La claridad del mensaje y su emocionado sentir se logra  mediante un lenguaje surrealista en el  que las manos miran o las olas se transforman en ingentes masas amarillas en un mar que se ha quedado sin arrecifes ni playas, se ha quedado sin orillas. El amor hace del hombre un mar admirable; si lo pierde, se convierte en búsqueda inútil.

   Los tercetos continúan la estructura paralelística  iniciada en los cuartetos. La condicional se transforma en una oración causal “porque tu obra”, “porque mi obra” y en alternancia el tú y el yo. En el primer terceto, una palabra dominante “compañera” y tres infinitivos que explicitan el quehacer de la obra: envejecer, ser y ayudar. Y tres complementos que elevan la acción a sublime: envejecer conmigo, ser testigo de mis rincones íntimos, ayudar a vivir y a morir. El segundo terceto, reduce el quehacer del poeta a una única acción: mirar. ¿Por qué sólo reduce a una la acción? Nada más alejado de la verdad poética  que contraponer frente a una actitud pasiva del varón,  la activa de la mujer, entre otras razones porque los tres infinitivos implican correspondencia, el mutuamente. Acierta el poeta al llamar a su amada “arcilla pensativa”, ya que evita cualquier comentario banal, que reduzca a la mujer a objeto decorativo. Aparece la belleza de por medio, pues claro; pero el último verso abre la mirada a la verdad y al bien. Mirar también significa vivir en, para, por y desde ti; desvivirse y admirar para siempre, es decir mientras viva, es decir convertirla en la niña de mis ojos, mirar desde ella, es decir amar, como obra, tarea y causa desde siempre y de por vida.

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1 de Agosto

   Vamos a leer un poemita de Dulce María Lyonaz, la poeta cubana, premio Cervantes.

Si me quieres, quiéreme entera,

no por zonas de luz o sombra…

Si me quieres, quiéreme negra

y blanca. Y gris, y verde, y rubia,

y morena…

Quiéreme día,

quiéreme noche…

¡Y madrugada en la ventana abierta!

Si me quieres, no me recortes:

¡Quiéreme toda… O no me quieras!

 

Cuántas veces consideramos  que la poesía tiene que alzarse sobre una forma bruñida y rigurosa. Nos cuesta admitir  que el fundamento de la belleza  está en la verdad. En poesía, unas palabras consiguen hacer evidente y transparente una idea verdadera, que por vivida, resulta bella. Cuando el arte llega a su plenitud, su medida  se ajusta al registro del corazón humano. Sonoridad ¿Para qué? Grandilocuencia ¿para qué? Verdad y nada más que verdad que hace exultar los más nobles sentimientos humanos.

Nos encontramos ante un texto cuyo asunto es amoroso. La forma, con versos de medida variada y una rima asonante  en versos impares, es  un  diálogo en el que sólo oímos la voz de la mujer. Suponemos que el hombre escucha. Al menos  tú y yo sí que la escuchamos. Es a nosotros a quienes nos alecciona.

Propiamente se trata de una súplica condicionada.. Y es en esta súplica donde Dulce Mª Loynaz ha sabido  comunicar  la verdad universal para cualquier ser humano que  anhela y defiende ser querido íntegramente.

Desde la concupiscencia inicial en la que estamos inmersos, el amor-deseo, el eros, nos impulsa a la posesión de aquella cualidad  que nos incita y nos deslumbra.  Podemos prendarnos de unos ojos, de un cabello, de unas proporciones corporales, también de una sonrisa seductora, o de unos títulos  o de unos linajes o de un entorno social, o de sus ocurrencias chispeantes o del timbre de su voz o de su  insinuante contoneo o de su sencillez  cuidadosamente cuidada, o de la frescura de sus años juveniles.

¿En esto radica el amor?. Bueno, así suele comenzar. Pero su recorrido es corto si a ello se reduce. El amor está convocado a un encuentro interpersonal. Sólo cuando entramos en el espacio de la intimidad  del otro, llegamos al soporte de su ser, podemos decir  que hemos dejado atrás la barrera del deseo para entrar en los  ámbitos del espíritu, de la confidencialidad que pone alma  con alma,  justo cuando ojos, cabello, cuerpo, sonrisa, linajes y ocurrencias no nos llegan desde fuera sino que forman parte interiorizada de nosotros mismos. Y cuyo esplendor  va  surgiendo  de una historia común.

Dulce Mª  Loynaz no señala esta plenitud amorosa final sino que denuncia lo que no la hace posible. El punto de partida no puede ser más contundente. Entera. “Si me quieres, quiéreme entera”.  Es evidente que no se refiere  al conjunto de los elementos que constituyen su cuerpo. Ni siquiera cuando enumera  los cambios estéticos con que se suele   embellecer una mujer: negra y blanca. Y gris, y verde, y rubia, y morena... enumeración que debemos leer en clave simbólica, lo mismo que “no por zonas de luz o sombra”.

El sentido del poema alcanza su plena claridad cuando dice: “no me recortes”. Necesitamos ser queridos en lo más hondo de nuestro ser, donde se soportan el resto de nuestros accidentes y hasta de nuestras cualidades. Lo demás no es querer sino recortar.

Hemos  dicho que se trata de un diálogo, en el que parece que el marido escucha en silencio. Pero el poema es la respuesta a una declaración previa que debemos suponer. Él le acaba de confesar que la quiere. Ella con lucidez admirable le ha  precisado las elementales exigencias del  verdadero querer. Entera. Sin recortes. Y todavía le dice más: “Quiéreme día, quiéreme noche.. ¡Y madrugada en la ventana abierta!”  ¿Le está reprochando, celosa, las largas esperas hasta la madrugada ante la ventana abierta? Todo eso y más nos sugiere el verso. Sin embargo  ese “noche y día y madrugada en ventana abierta” está redondeando el mensaje en verdad universal y hondamente humano  que el poema nos transmite. Quiéreme entera, quiéreme sin recortes, quiéreme siempre. Es decir ¡Quiéreme toda... O no me quieras!

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18 de Julio

José Luis García Montero  y su poema:

Completamente Viernes

La literatura es reflejo de la sociedad o si se quiere de las creencias e increencias de los contemporáneos, de sus respuestas concretas al ideal de felicidad, de las sazones y de las desazones. Este poema expresa claramente el triunfo de la individualidad sobre el sentido comunitario de la existencia. Los días se diferencias por ser laborales o ser ocasión para la juerga. Y así semana tras semana, en pos de sí, hasta el acabamiento final. La fiesta  como la festividad ha desaparecido. Los días son planos, nada los diferencia.  Quizás hasta caiga un ligue efímero, al que llamar amor. Esto es “Completamente viernes”.

En apariencia no hay compromiso ideológico. Se nos muestra una existencia normal, que se reduce a afán de  amoríos, ajetreo diario, desorden doméstico, tráfico, ruidos; eso sí, en  una forma de expresión muy cuidada.  Si el lunes se ha considerado fatídico  por volver al trabajo y al afán de los días, después del descanso semanal (algo parecido, aunque en miniatura, al síndrome pos vacacional), el viernes ha pasado a ser el día de la liberación, el día en que todos se lo prometían felices: quizás, por fin, uno podrá encontrarse consigo mismo, “vivir quiero conmigo, a solas, sin testigo”,  pero no en el sentido que le dio Fray Luis, sino en el más directamente hedonista en que uno, de manera refinada o en bruto como en el botellón, espera encontrar en la ginebra, si no la noche del walpurgis entre brujerío, al menos un amor de consuelo y compañía  que incluso podía justificar como título distinto: “completamente tú, mañana de regreso, el buen amor, la buena compañía”.

La catedral, como el mercado, será encuentro de los vivos, ajetreo y movida, sin más. Otras maneras de seguir huyendo, es decir,  viviendo. Esto es ser hombre. ¿Adán qué te ha ocurrido para haber llegado a este desamparo? ¿El arrequietum cor agustiniano se ha aquietado en los vericuetos que  una cotidianidad de ordenadores y escobas pueda anunciar, como buena nueva,  como respuesta esperanzada, “encontrar un día completamente viernes”

 

                            Completamente Viernes

 

Por detergentes y lavavajillas,

por libros ordenados y escobas en el suelo,

por los cristales limpios, por la mesa

sin papeles, libretas ni bolígrafos,

por los sillones sin periódicos,

quien se acerque a mi casa

puede encontrar un día

completamente viernes.

Como yo me lo encuentro

cuando salgo a la calle

y está la catedral

tomada por el mundo de los vivos

y en el supermercado

junio se hace botella de ginebra,

embutidos y postre,

abanico de luz en el quiosco

de la floristería,

ciudad que se desnuda completamente viernes.

Así mi cuerpo

que se hace memoria de tu cuerpo

y te presiente

en la inquietud de todo lo que toca,

en el mando a distancia de la música,

en el papel de la revista,

en el hielo deshecho

igual que se deshace una mañana

completamente viernes.

Cuando se abre la puerta de la calle,

la nevera adivina lo que supo mi cuerpo

y sugiere otros títulos para este poema:

completamente tú,

mañana de regreso, el buen amor,

la buena compañía.

En contraposición os presentamos un alegre y con un punto de picardía, romance tradicional, divertido poemilla del siglo XV. Se titula La misa mayor (también La misa del amor).  Todo sucede la mañana de San Juan, fiesta cargada de resonancias amorosas y  de alegrías juveniles en que era esperable ir a buscar el trébole y con el hallazgo de la hierbecita mágica, el amor. Gran fiesta en la que todo el pueblo participaba, mayores y pequeños, y naturalmente todos tenían que celebrarla con su misa mayor. Faltaba más.

Pero algo iba a acontecer, de tal calibre que lo que iba a ser “Misa mayor” se va a transformar en la “misa del amor”. Todo el pueblo con sus mejores galas está reunido en el templo. De pronto entra en la iglesia, nada menos que en la mañana de San Juan una jovencita tan bella, tan elegantemente ataviada que todos han puesto sus ojos en ella, las jóvenes envidiándola y los demás asombrándose de su hermosura. Nadie se libra  del asombro. Nadie, ni el monaguillo, que en vez de decir amén, solo pronunciaba amor, amor. La incidencia es divertida, pero queda constancia en todos los detalles, de cómo era y se vivía en aquellos tiempos una fiesta, una más de las que alegraban el curso del año.

LA MISA DEL AMOR

 

Mañanita de San Juan,

mañanita de primor,

cuando damas y galanes

van a oír misa mayor.

Allá va la mi señora,

entre todas la mejor;

viste saya sobre saya,

mantellín de tornasol,

camisa con oro y perlas

bordada en el cabezón.

En la su boca muy linda

lleva un poco de dulzor;

en la su cara tan blanca,

un poquito de arrebol,

y en los sus ojuelos garzos

lleva un poco de alcohol;

así entraba por la iglesia

relumbrando como el sol.

Las damas mueren de envidia,

y los galanes de amor.

El que cantaba en el coro,

en el credo se perdió;

el abad que dice misa,

ha trocado la lición;

monacillos que le ayudan,

no aciertan responder, non,

por decir amén, amén,

dicen amor, amor.

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4 de Julio

Renoir en numerosas pinturas coloca a la mujer en medio de un jardín policromado por el colorido de las flores, y la convierte  en la flor de las flores. En una redondilla genial Juan Ramón Jiménez  lo expresa vigorosamente, tan sencilla como ingeniosamente:

 

La primavera placer

Flores, flores, flores, flores

Y entre todos los olores

Que inmenso el tuyo mujer.

Se trata de una concatenación selectiva de ideas. La más universal: la primavera es gozo y hasta placer. Pero cuál es el placer más pleno y representativo sino la flor, y no la flor, sino la conversión del universo en “flores, flores, flores…”, que son infinitamente más que si hubiera dicho “había en primavera muchas flores”. Quizás esperábamos que el poeta eligiera de la flor el color, pero no, elige el aroma de sus olores. La sorpresa poética nos sobreviene cuando por la magia de la palabra la primavera se ha transformado en mujer, la más bella flor, y no de aroma más intenso, que es la manera habitual de calificar  el grado de los aromas, sino en inmensidad, porque toda la primavera, que es siempre flor, que es siempre aroma, se ha convertido en mujer que inmensamente ha cubierto la tierra entera.

Hay un prodigioso poema de una de las últimas obras de Juan Ramón, La estación total con las canciones de la nueva luz (1923-1936), titulada  “Mirlo fiel”.

Ricardo Gullón dijo de este poema que “es un canto ascendente al sentimiento de eternidad suscitado en el alma por el vuelo del mirlo, cuya presencia anuncia el retorno sin fin de la primavera”

 “En este poema encontraremos en sutil integración los elementos del arte juanramoniano; la palabra alada, sugestiva, plástica; su sentido del color que le hace ver la primavera en «lo verde nuevo» de la hoja recién brotada, «fresco de oro», el aire alanceado por el sol, y al pájaro, «carbón vivificado por su ascua», como una negra flor voladora en ese ámbito purísimo. Vemos también cómo estas sensaciones coloristas se mezclan con otras también visuales, tal la de la embriaguez del mirlo «meciendo su inquietud» en las auras, y con alguna de tipo auditivo -«silba» el nuncio de la primavera-, fundiéndose al fin en la corriente poemática hasta desembocar, verso a verso, en la postrer sugerencia, que alude a los «valores armoniosos» entrevistos al contacto renovador de ese «fiel» abril representado en la imagen del ave oscura. La impresión inicial, reflejos auditivos y visuales, deriva del símbolo tangible al concepto abstracto, cuyo desarrollo posterior va a ser materia del poema, entrecruzando ideas y sensaciones.”

S.- Juan Ramón ha dado con la clave del arte de todos los tiempos, incluso en el sensualismo de Renoir: “es un canto ascendente al sentimiento de eternidad suscitado en el alma por el vuelo del mirlo, cuya presencia anuncia el retorno sin fin de la primavera” Igual que Renoir: “La flor mejor se eleva a nuestra boca, la nube es de mujer, la fruta seno nos responde sensual.” Y entre nostalgias de eternidad  “nos hace la vida suficiente.”

 

Cuando el mirlo, en lo verde nuevo, un día

vuelve, y silba su amor, embriagado,

meciendo su inquietud en fresco de oro,

nos abre, negro, con su rojo pico,

carbón vivificado por su ascua,

un alma de valores armoniosos

mayor que todo nuestro ser.

 

No cabemos, por él, redondos, plenos,

en nuestra fantasía despertada.

(El sol, mayor que el sol,

inflama el mar real o imajinario,

que resplandece entre el azul frondor,

mayor que el mar, que el mar.)

Las alturas nos vuelcan sus últimos tesoros,

preferimos la tierra donde estamos,

un momento llegamos,

en viento, en ola, en roca, en llama,

al imposible eterno de la vida.

 

La arquitectura etérea, delante,

con los cuatro elementos sorprendidos,

nos abre total, una,

a perspectivas inmanentes,

realidad solitaria de los sueños,

sus embelesadoras galerías.

La flor mejor se eleva a nuestra boca,

la nube es de mujer,

la fruta seno nos responde sensual.

 

Y el mirlo canta, huye por lo verde,

y sube, sale por lo verde, y silba,

recanta por lo verde venteante,

libre en la luz y la tersura,

torneado alegremente por el aire,

dueño completo de su placer doble;

entra, vibra silbando, ríe, habla,

canta... Y ensancha con su canto

la hora parada de la estación viva.

y nos hace la vida suficiente.

 

¡Eternidad, hora ensanchada,

paraíso de lustror único, abierto

a nosotros mayores, pensativos,

por un ser diminuto que se ensancha!

¡Primavera, absoluta primavera,

cuando el mirlo ejemplar, una mañana,

enloquece de amor entre lo verde!

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13 de Junio

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