Momento para la poesía

18 de Agosto

ELEGÍA A LA CATEDRAL.  José  Mª Valverde.

Andando por mis sueños despiertos he llegado

al pie de la dorada catedral de aquel tiempo.

Todo está como entonces. Tendido entre  los pinos

de más allá del río, la veo recortada

en el azul purísimo. Debe ser primavera.

 

¡Si nada fuera cierto! ¡Si todo fuera un sueño!

¡Si hallase entre la hierba el alma que tenía!

 

Yo era un niño que entonces, terminaba su infancia

sin un presentimiento; viví envuelto  en Dios,

bañándome en su gracia, en su gozo, en su altura.

 

¡Oh Catedral! tu eres una nave que arriba

del país del pasado y que nos trae intacta

la palabra divina. Apenas hace falta

a tu lado la fe. Acaso con tus piedras

la firma del Señor. Aún inteligible.

 

El paisaje se siente bajo tu gran mirada

Protegido; las casas, las diminutas casas,

lo mismo que polluelos, siguen su afán diario,

y los inmensos campos, lentamente extendidos,

Tienen su soledad poblada por tu aliento.

 

Pero yo me he marchado detrás de estas montañas,

donde rompen las olas del mundo y sus angustias

y hoy habito entre muros que hemos visto erigir,

sin una eterna torre, más alta que las casas,

a que volver los ojos, renovando la fe,

lo mismo que el que escribe vuelve y vuelve al tintero.

 

Aquí quedó una cosa de mí, que, poco a poco,

acaso recomponga, como una porcelana...

Lejos de tu regazo, oh madre Catedral,

y al volver el recodo súbito de la infancia,

mil monstruos me cercaron y el cielo se apartó

 

Señor, nunca he dejado de amarte, como un perro.

Nunca renuncié al grito y a la fe, bien lo sabes.

 

Hoy vuelvo aquí. Estoy harto de clamar por las tierras.

El arroyo, allá abajo, vuelve a engarzar mi vida.

 

El reloj de las horas con un resón de siglos

que me vuelven al quieto principio, que me anegan,

inconsciente, en las aguas de mis antepasados,

y allí, durmiendo, escucho tu palabra inicial.

 

¡Dulces horas gastadas, tendido entre los pinos,

horas de eternidad, sin afán ni memoria,

hoy a vosotras vuelvo a escaparme del tiempo,

que solo me ha traído soledad y congoja!

 

Hagamos, Señor, como si hubiera sido un sueño.

Todo está igual que entonces. El futuro es un blanco

 camino. Soy un niño que acaba su niñez

bañado en Ti, en tu gracia y en tu luz de alegría….

Empecemos de nuevo…..

En  esta azul laguna

donde los años mueren, tenme, oh Señor,  de nuevo,

levantado del tiempo hacia tu eternidad.

Aparece este poema en el volumen primero de las Obras Completas publicadas por José María Valverde en el año 2008  por la editorial  Trotta, dentro del capítulo titulado “Poemas dispersos e inéditos”. En nota aclaratoria el editor David Medina recoge unas palabras de Valverde en que nos advertía que estos poemas se fueron escribiendo después de su libro Hombre  de Dios,  a partir de agosto de 1945, con la intención de que llegaran a cuajar en un nuevo libro; lo que no ocurrió.

No comienzo con esta mención, como se suele decir, a humo de pajas. El Valverde de 1945 tiene muy poco que ver con el que irá apareciendo en su obra y en su vida a partir de los finales del 60 y sobre todo a partir de los 70. Es verdad que Valverde, fue un hombre religioso hasta su muerte en Barcelona el 6 de junio de 1996;  aunque quizás,  en su segunda etapa, en la  órbita unamuniana de una agonía o  lucha permanente entre el creer y el dudar.

Nada menos que quien, en sus tres primeras obras, -Hombre de Dios, La espera y Versos del domingo- se nos había convertido en una voz honda, fiel a la Iglesia y nueva en el panorama poético español. No creo que exagere si afirmo que la poesía religiosa que se escribe en los años llamados de posguerra alcance cotas muy próximas a la mejor poesía de nuestro Siglo de Oro. Incluso en alguna ocasión he leído que lograrlo fue un propósito pactado en los años de su estancia en  Roma, con otros poetas.

 En una carta dirigida a Evangelista Vilanova, pocos días antes de su muerte, y que ella la hizo pública después del fallecimiento del poeta en la revista  Monserrat, nº 183 de 1996-  le confidenciaba: ”Siempre he estado en “noche oscura”, sin poder saber  si soy de veras creyente ni si he rezado de verdad cuando –tantas veces- he pedido ayuda para mi apistía (incredulidad)… Sirviendo siempre a tres o cuatro señores y reservándome a mí mismo, sobre todo mentalmente –pidiendo creer, pero en mis términos, sin entregarme, sin obediencia total”.

Hermosa confesión. Sin  duda que Dios, que -como decía el poeta- es Padre, y que por amor hace locuras por sus hijos, lo acogió en sus amorosos brazos y hasta es verosímil que al entrar en el cielo le recitara el poema que os ofrecemos hoy.

El poema es una narración y sin embargo es lírico. El ritmo balanceante de los alejandrinos (siete más siete sílabas) nos predispone a ello; y, en medio de la narración descriptiva de la Catedral y del paisaje de su entorno, surge la  voz clara  de un yo que convierte su experiencia en emocionado símbolo y no en una  moraleja simple  de cuento infantil. La catedral se alza como antítesis de unos “muros” sin torres ni esperanzas –la ciudad mundana- donde no pueden  romperse las olas del mundo ni sus angustias, donde el tiempo lleno de afanes  pierde la perspectiva  de la eternidad, donde se siente rodeado de mil monstruos que le apartaron el cielo.

Tendido entre los pinos en medio de un azul primaveral, sospecha que su vida desazonada es un sueño, mientras, por el contrario, percibe claramente la presencia de Dios hasta en las piedras, un Dios al que nunca dejó de amar (con la fidelidad del perro), que le anegó la vida “envuelto  en Dios, bañándome en su gracia, en su gozo, en su altura.”

 Canto al retorno a una fe, no infantil, sino nacida en el encuentro personal con el verdadero cimiento de una experiencia religiosa plena: Dios está entre nosotros, llenando con su presencia nuestras soledades como la gallina clueca a sus polluelos.

Una nueva oportunidad: empezar de nuevo.  “En  esta azul laguna / donde los años mueren, tenme, oh Señor,  de nuevo, / levantado del tiempo hacia tu eternidad”.

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7 de Julio

Sí, sí, os ofrecemos tres sonetos de Rafael Alberti. Tres sonetos dedicados, desde su Cádiz natal a la Virgen del Carmen. Forman un tríptico  en el que  se puede percibir la devoción popular a una advocación tan adentrada en las raíces marineras de todos los pueblos de España, con el sello inconfundible de la imaginería poética de Alberti, en el esplendor del estallido de la metáfora barroca, al menos por la audacia y la vistosidad.

No olvidemos que uno de sus libros más hermosos, llevaba por título “Marinero en tierra”, ajeno de militancias políticas posteriores y pleno del candor propio de unas composiciones poéticas nacidas desde una inspiración infantil y para expresar vivencias infantiles. Por ello, como marinero, se dirige e invoca a la soberana Capitana y Generala de los mares.

Es tan fúlgido su lenguaje que puede distraernos de lo más central de su mensaje: María asiste a sus hijos en el trance de la muerte.  Como dice el poeta: “Que tú me salvarás, ¡oh marinera, Virgen del Carmen!, cuando la escollera parta la frente en dos de mi navío”.  Y con referencia directa al santo escapulario, en su función de salvación y rescate dice en el tercer soneto: “Toquen mis manos el cuadrado anzuelo -tu escapulario-, Virgen del Carmelo, y hazme delfín, Señora, tú que puedes…”

El poeta ha unificado sus tres sonetos bajo el título de “Triduo del Alba”. Tiene la evocación de las costumbres religiosas, organizadas en conjuntos de tres, novenarios o triduos. “Alba” nos trae el recuerdo de  las romerías marianas que se inician al amanecer, recordando a María como estrella de la mañana.

El primer soneto, el que lleva por título “Día de la coronación”, es una descripción de esas procesiones en que las barcas engalanadas recorren las bahías y brazos de mar, dejando a un costado el quieto arenal del “playerío”, a la par que se oye el tañido de una campana que forzosamente tiene que salir del fondo de los mares. Si se oyen las sirenas de los navíos o se escucha la voz de la mañana es que proclaman a María capitana de los mares. Lo mismo que faros verdes anuncian las dianas del amanecer. La campana del fondo de los mares llena de anhelos profundos el corazón  del poeta que no duda en confesar, en un suspiro, cómo le gustaría tañer la campana y ser monaguillo en esa misa submarina en honor de la Virgen del Carmen, que tendría como nimbo la ilusión del cielo y como  corona o tiara la cúpula del mar. La emoción que recorre la composición brota de la fantasía y hace innecesario el control sereno de la razón.

 

DÍA DE CORONACIÓN

Sobre el mar que da su brazo al río

De mi país, te nombran capitana

De los mares, la voz de la mañana

Y la sirena azul de mi navío.

 

Los faros verdes pasan su diana

Por el quieto arenal del playerío.

Del fondo de la mar, el vocerío

Sube en tu honor -¡tin, tan!- de una campana

 

¡Campanita de iglesia submarina,

Quién te tañera y bajo ti ayudara

Una misa a la Virgen del Carmelo,

 

Ya generala y sol de la marina!

La cúpula del mar como tiara,

Y como nimbo la ilusión  del cielo.

 

El comienzo del segundo soneto nos sorprende por estar sus imágenes referidas a la Virgen María. Nos parece un poco fuerte que la llamen “Loba”. Pero en el lenguaje del mar a los curtidos marineros se les denomina “lobos”. María es loba del amor. ¿Quién sabe de amores más que María? Pero María es al mismo tiempo remadora. No sólo lleva el timón, sino que presta auxilio en el esfuerzo necesario de cada instante.

Una certeza recorre la imaginería verbal y el impetuoso decir del poeta. No existe la menor duda. Bajo el manto azul protector, una maravillosa certeza: Tú me salvarás. Evidente, para el poeta. De lo contrario no sería la Virgen del Carmen. Su advocación marinera está para echar el anzuelo-escapulario como tabla de salvación.

DÍA DE AMOR Y BONANZA

Que eres loba de amor y remadora,

Virgen del Carmen y patrona mía,

Escrito está en la frente de la aurora

Cuyo manto es el mar de mi bahía.

 

Que eres mi timonel, que eres la guía

De mi oculta sirena cantadora,

Escrito está en la frente de la proa

De mi navío, al sol del mediodía.

 

Que tú me salvarás, ¡oh marinera!

Virgen del Carmen!, cuando la escollera

Parta la frente en dos de mi navío,

 

Loba de espuma azul en los altares,

Con agua y dulce de los mares

Escrito está en el fiero pecho mío.

 

El último soneto se adentra en nuestras inquietudes. El título lo advierte: “Día de tribulación”. Todo nos advierte de una situación aciaga. La barca sin timón, caracolea, sobre una perspectiva de azares, ¿Dónde poner el pie de la certeza? En la Virgen del Carmen. Una súplica recorre los tercetos. Sólo la Virgen del Carmen es ancla de salvación. En medio de la angustia toda súplica y toda promesa vale, porque avalan la confianza y aseguran la firmeza de la fe.  “Sobre mis hombros te llevaré a nado A las más hondas grutas del pescado, Donde nunca jamás llegan las redes.” 

 

DÍA DE TRIBULACIÓN

¡Oh Virgen remadora, ya clarea

La alba luz sobre el llanto de los mares!

Contra mis casi hundidos tajamares,

Arremete el mastín de la marea.

 

Mi barca, sin timón, caracolea

Sobre el tumulto gris de los azares.

Deje tu pie descalzo tus altares,

Y la mar negra verde pronto sea.

 

Toquen mis manos el cuadrado anzuelo

-tu escapulario- Virgen del Carmelo,

Y hazme delfín, Señora, tú que puedes…

 

Sobre mis hombros te llevaré a nado

A las más hondas grutas del pescado,

Donde nunca jamás llegan las redes.

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16 de Junio

ALABANZAS A CRISTO, IMAGEN Y SACRAMENTO 

Es inevitable volver a Lope de Vega cuando buscamos conmovernos en la belleza y verdad de un corazón arrepentido. Los empedernidos tiempos han endurecido nuestros sentimientos religiosos, hasta vivir como si Dios no fuera con nosotros. Lamentable situación, no para Dios, sino para los hombres, que como nos enseña el Papa Francisco, cuando menos nos hemos quedado huérfanos.

Leer a Lope es encontrar una bocanada de aire limpio. Redescubrir  principios tan elementales como el de que el ser humano no puede vivir sin Dios. Todo hombre tiene nostalgia de infinito. Pero mucho más al conocer que Dios se nos ha revelado, es Amor hecho hombre para reconciliarnos con el Padre y hacer posible que, en medio de nuestras fragilidades, sea realidad el amor.

 

Con ánimo de hablarle en confianza

de su piedad entré en el templo un día,

donde Cristo en la cruz resplandecía

con el perdón de quien le mira alcanza.

 

Y aunque la fe, el amor y la esperanza

a la lengua pusieron osadía,

acordéme que fue por culpa mía

y quisiera de mí tomar venganza.

 

Ya me volvía sin decirle nada

y como vi la llaga del costado,

paróse el alma en lágrimas bañada.

 

Hablé, lloré y entré por aquel lado,

porque no tiene Dios puerta cerrada

al corazón contrito y humillado.

 

En este soneto nos encontramos con sentimientos contrapuestos: arrepentimiento, necesidad de perdón, temor y confianza. Se trata de una confidencia en la que se nos va a narrar un suceso común, frecuente en una sociedad de fe. Entrar en el templo un día cualquiera para hablar en confianza con Cristo y alcanzar su perdón.

La originalidad aparece al contarnos sus vacilaciones interiores. De pronto siente miedo. Espera perdón del mismo al que ha ofendido y  quien hasta –según la suspicacia humana- podría castigarle. Sus osadías se han venido abajo. ¿Qué hacer? Huir, dar  la vuelta sin decirle nada. Ya se volvía y, en ese instante, una luz deslumbra sus indecisiones. Contempla la llaga del costado y comprende. Es una gracia iluminativa. Quieta-parada  el alma y lágrimas de contrición.

Hallazgo de valor universal: Dios nunca tiene las puertas cerradas a quien de verdad le busca. El lugar del  encuentro es su Corazón; pero  la puerta de entrada es la llaga del costado. Consolador. Lope se sabía pecador y porque lo era buscaba el perdón. La escena nos coloca ante una imagen de Cristo crucificado. A mí, ese “Cristo en la luz resplandecía” me predispone a revivirla ante el sagrario. Escuchemos un segundo soneto:

 

Cuando en mis manos, Rey Eterno, os miro

            y la cándida víctima levanto,

            de mi atrevida indignidad me espanto,

            y la piedad de vuestro pecho admiro.

 

            Tal vez el alma con temor retiro,

            tal vez la doy al amoroso llanto;

            que arrepentido de ofenderos tanto,

            con ansías temo y con dolor suspiro.

 

            Volved los ojos a mirarme humanos;

            que por las sendas de mi error siniestras

            me despeñaron pensamientos vanos.

 

            No sean tantas las miserias nuestras

            que a quien os tuvo en sus indignas manos

            vos le dejéis de las divinas vuestras.

 

Este segundo soneto es claramente sacerdotal. Lope de Vega fue ordenado sacerdote, aunque desde nuestro conocimiento biográfico, harto atrevido fue quien le otorgó el sacramento. Es verdad que Lope arrepentido era tan convincente como luego inconstante.

El soneto es un  acto de fe en la presencia de Jesucristo bajo las especies de pan y de vino y un testimonio de la oración confiada y humilde  de  un hombre consciente de su indignidad ante la grandeza de un Dios que se ha quedado entre nosotros.

El momento es decisivo. Las palabras que brotan del corazón cuando sus manos levantan la víctima, cándida por inocente y por blanca como la flor de harina. De nuevo, sentimientos contrapuestos de indignidad personal y de la divina piedad del Cordero sacrificado. Lágrimas y temores, ansias de  perdón y dolor por tantas ofensas.

De pronto su inspiración se transforma en sublime. Una oración de súplica: “Volved los ojos a mirarme humanos”. Estamos necesitados de la mirada humana de Dios. Cristo realmente presente en la hostia consagrada nos contempla. Esta es nuestra fe y esta es  la de  Lope. Por eso, con audacia se atreve a proponer un chantaje maternal: “que a quien os tuvo en sus indignas manos vos (no) le dejéis de las divinas vuestras.”

Este es nuestro Lope, sublime en su verdad humana.

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2 de Junio

      Ayer abrimos el mes de junio con la fiesta de Santa María Madre de la Iglesia. Qué menos que dedicar a Ella esta sección. Don José Zorrilla nos presenta el momento en que María tiene que pasar por el trance de la muerte, lo mismo que le sucedió a su divino hijo. Es original que el poeta evoque sus últimas palabras, testamento en que se anuncia el triunfo de la Iglesia y sus infortunios y adversidades. Es un fragmento.

Muerte de María

 

Mas súbito el silencio doloroso

que interrumpiera sólo algún gemido,

rompió un acento vago, melodioso,

no semejante a terrenal sonido:

a aquel acento dulce, afectüoso,

como del seno del Señor nacido,

del cisne celestial postrero canto,

cesó el dolor, interrumpióse el llanto.

 

(…) Háblales de su amor, divina fuente

que ha de correr perenne, inagotable,

sabroso amparo de la humana gente

en la vida del cuerpo deleznable:

luego, de la bondad omnipotente,

de la futura vida perdurable,

do cabe a Jehová, los escogidos

serán por su virtud enaltecidos.

 

Y explica a aquellos puros corazones

del porvenir remoto los arcanos:

caerán aquellas ínclitas legiones

en que su orgullo funda los romanos;

y a pesar de verdugos y leones,

alzarán vencedores los cristianos,

signo de redención al orbe entero,

de Dios el estandarte verdadero.

 

Y al cumplirse los tiempos, la semilla

de los soldados del Señor plantada,

tal como el sol sobre los astros brilla,

lucirá al universo tremolada:

y la palabra de verdad, sencilla,

cual ley universal será acatada

y en uno refundidos tantos nombres,

a un solo Dios se humillarán los hombres.

 

Mas la hora sonó. -Los dulces ojos

fijó Miriam en la sublime esfera

sonriendo al dejar tantos enojos

que cercan esta vida pasajera:

y a medio abrir los bellos labios, rojos,

cual si en el seno del amor durmiera,

sin fuerza ni dolor voló su alma

a las regiones de perenne calma.

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19 de Mayo

      En nuestra romería mariana de OJOS PARA VER de hoy 19 de mayo, no vamos a comentar nada. Los versos de Don José Zorrilla los convertimos en oración. Es un fragmento del extraordinario libro titulado María: corona poética de la Virgen, publicado en 1849.

 

EL DULCE NOMBRE DE MARÍA

 

¡Estrella de la mar, virgen MARÍA,

de la infinita creación Señora!

tu nombre es un raudal de poesía,

de fe, vida y placer engendradora:

y al corazón del hombre da alegría,

miel a sus labios, música sonora

a su oído, a su ánima consuelos

en el afán de sus mortales duelos.

Tu nombre es una música más grata

que cuantas escuchó la baja tierra.

Cuantos ecos la atmósfera arrebata

en bosque o llano, población o sierra:

cuantos el viento en su extensión dilata

robándoles al mar que les encierra,

no imitaron jamás la melodía

del dulcísimo nombre de MARÍA.

Yo quisiera encontrar en mi garganta

sonidos y palabras celestiales

para explicar la melodía santa

que atesora su nombre a los mortales.

¿Mas su nombre inmortal cómo se canta

con lengua y con palabras terrenales?

¿Cómo ofrecer al paladar del hombre

la miel que mana de su dulce nombre?

No existe ser cuya palabra impura

no manche su esplendor cuando le alabe,

ni encarecer su mística dulzura

torpe la humana inteligencia sabe,

ni en comprensión de humana criatura

la concepción de su excelencia cabe;

ni osar puede a tan gran merecimiento

más que la fe que asalta el firmamento.

 

Perdona, pues, emperatriz divina,

si para celebrar tu nombre santo

conceptos de él indignos imagina

mi comprensión al elevar mi canto.

Perdona si mi voz se determina

a ponderar tu nombre excelso tanto

con miserables símiles profanos

y en el lenguaje vil de los humanos.

Misteriosos incógnitos rumores

que componéis la mágica armonía

del globo universal: susurradores

murmullos de la noche, melodía

de los ecos del valle, zumbadores

gemidos de las auras, poesía

del son con que la hoja, el agua, el ave,

en lengua hablan a Dios que Él solo sabe:

Prestad a mi garganta

el acordado ruido

de vuestra lengua santa

de Él solo comprendido:

la voz que sólo para Dios levanta

cuanto con voz por Él creado ha sido.

Prestádmela un instante

porque la lengua mía

como vosotros cante,

y mi bárbara y tosca poesía

embelese la tierra,

procurando imitar la melodía

que en sus letras suavísimas encierra

el dulcísimo nombre de MARÍA.

 

Nombre de bendición y de esperanza,

como expresivo santo,

mayor que todo extremo de alabanza,

de admiración y canto,

abarca y simboliza en la expresión que encierra

cuanto la débil existencia hechiza,

cuanto del sumo cielo a ver alcanza

el mísero mortal desde la tierra.

Nombre más grato al alma y más sonoro

que la conmovedora salmodia

que, en la nave del santo monasterio

alza de monjes reverente coro,

la fiesta honrando de solemne día

con los sones del órgano y salterio;

más grato que el arábigo perfume

que allí aventado en incensarios de oro

ante el altar brillante se consume,

cuyo humo azul en espiral se eleva por el aire incoloro,

que a las sagradas bóvedas le lleva.

Consuelo del que llora,

del extraviado guía,

para el alma apenada que le implora

es ámbar y ambrosía;

y más que nombre bálsamo divino,

el erial de la vida fertiliza

y en la carrera del mortal destino

alivia las fatigas del camino

y las llagas del alma cicatriza.

Más deliciosa que la mansa calma

tras huracán bravío y estridente;

más que en el haz del arenal ardiente

la sombra de la palma

¿Quién explicar ni comprender sabría,

ni con qué a comparar se atrevería

en el lenguaje mundanal mezquino,

el misterio secreto, peregrino

del dulcísimo nombre de MARÍA?

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5 de Mayo

ERNESTINA DE CHAMPOURCIN: DE LOS EXILIOS INTERIORES

Presentamos en esta sección dos poemas del segundo libro La Pared Transparente de Ernestina de Champourcin, publicado en 1984. El libro está dividido en tres partes. Los títulos que asigna a cada una nos dan idea de la diversidad, sin perder la perspectiva de la unidad. La mirada decepcionada no anula que se sobreponga la esperanza, como salida ontológica al caos en que le parece encontrarse nuestra civilización, el entorno que contempla.

La primera se titula Las paredes. Las tapias. La segunda: Luz en la memoria. La tercera lleva el mismo título que el del libro: La pared transparente. Son tres miradas cruzadas, distintas pero complementarias: un presente desolador, un pasado nostálgico aunque adverso y un futuro de esperanza.

Doce años desde su retorno a España (1972) le han permitido descubrir el cambio radical que ha tenido lugar en las gentes en estos últimos años. No por las transformaciones políticas, ni las de antes de la Constitución ni la de después. Una nueva civilización se ha extendido por todo el Occidente. Ernestina denuncia que una a modo de hybris  está despersonalizando a las gentes. Cada uno va a lo suyo, sin tener en cuenta a los demás. Como si el tiempo se nos hubiera dado para ganar dinero y no para tener amigos o ni siquiera para ser felices.

 Las calles se han amurallado –símbolo predilecto de Ernestina- con paredes y muros infranqueables, como barricadas en tiempos de revoluciones, dejando a calles y gentes en soledad. La escritora alavesa está viviendo en su patria nativa un nuevo exilio, existencial, un exilio interior.

No pretende escribir una obra de denuncia política, pero sí antropológica, con toques elegíacos no exentos de escarnio y maldecir contra el modelo de civilización asfixiante que se ha difundido incluso en el Madrid de entonces, década de los ochenta. Algo está fallando en la ciudad moderna que deja de lado los valores hondamente humanos del espíritu. La palabra ha perdido su valor; no hay tiempo para el encuentro; la soledad se ha adueñado de la sociedad.

En la primera sección del libro -“Las paredes, las tapias”-, el primer poema comienza con estos versos desgarradores:

Aquí no hay nada, nadie.

Entre tanto gentío

Nadie va, nadie viene.

Sólo se toca el aire,

Silencio en el bullicio,

Vacío en la palabra

Oquedad en movimiento,

Presencia sin personas.

 

La mayoría de  los poemas de esta primera parte, son una denuncia mordaz contra la deshumanización del vivir. Como en una pesadilla se suceden expresiones como si fueran alucinaciones: “Todo es dique y muralla, bloque de soledad”. El que lleva de título “Paisaje urbano” es antológico. Largas calles sin rostro… Van en serie empeñados en ser iguales todos, en fundirse en un solo deambular con prisas. ¿Hacia qué? ¿Para qué?... amar, correr, pasar de un desamor a otro, de soledades solas a la atroz soledad, compartida entre varios. Y se pregunta como hicieron los dos “hijos del trueno”: ¿Si lo arrasamos todo quedará la semilla de una ciudad de ensueño?”.

En el poema titulado La pared sueña, se imagina que esa pared inmutable y tan blanca que ni siquiera el sol la penetra y la inflama, en su fondo “querría ser transparente y de esta manera auparse al trajín de la vida, a la luz que no engaña, a lo bueno y lo malo”.

Dos poemas muestran su vigorosa denuncia. El primero  se titula Soledades.  En este poema confiesa: “Las ciudades me ofrecen sus calles, sus jardines, sus largas avenidas, pletóricas de ruedas; pero faltan miradas, corazones abiertos y brazos que se tiendan para estrechar al otro. Todo se ha congelado en una incontrolada carrera sin sentido”.  En el segundo, Luz en la memoria, se ha perdido el don de la palabra como confidencia e intimidad de la pareja humana desde el principio, desde tan larga amanecida.

 

SOLEDADES

De Las paredes. Las tapias

 

Las ciudades me ofrecen

calles, sus jardines,

sus largas avenidas

pletóricas de ruedas:

pero faltan miradas,

corazones abiertos

y brazos que se tiendan

para estrechar al otro.

Todo se ha congelado

en momentos adustos

en una incontrolada

carrera sin sentido,

como si no supiéramos

que hay una sola muerte

y es inútil huir

del fin inevitable.

Faltan todas las cosas

que más se necesita:

la pausa en compañía,

el hablar sin temor

a  la réplica abrupta

del que nunca nos oye.

Hay que saber amar

también con el oído.

No hay en los que escuchan

afán de comprendernos.

Las palabras se extinguen

al cruzar el espacio

que separa a dos seres.

 

 

POEMA NOVENO

De Luz en la memoria

 

¿Volveremos a hablar

Como hablábamos antes?

Alguien interrumpió

El pausado coloquio;

Ya a nadie le interesa

Que dos seres vivientes

Se comuniquen juntos.

Y sin embargo el mundo

Nació así. No entre masas

De mujeres y hombres

Confundidos y extraños.

Dios creó la pareja.

Desde esa amanecida

Vamos de dos en dos

Buscándolo en la sombra-

¿Volveremos a hablar

También calladamente?

¿Quién apagó la gracia

Secreta del murmullo?

Ya no sabemos ser

Por no saber hablarnos

Ni aprovechar el don

Perdido del silencio.

 

Hablar no hablar: decirse

Sin decir lo indecible.

¡Recíproco tañer

De campanas gemelas!

El mundo es hoy igual

Que un corazón dormido,

Una inmensa llanura

Cubierta de rebaños.

¿Volveremos a oír

Esas voces distintas

Repitiendo lo suyo

Y también las respuestas

Goteando una a una

Su verdad armoniosa? 

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21 de Abril

Con ocasión de estos asedios virales y enclaustramientos contra voluntad he tenido oportunidad de leer un poema de uno de los cientos de poetas olvidados de nuestro glorioso Siglo de Oro. Los llamamos menores por la feliz culpa de haber vivido rodeados de gigantes indiscutibles. Qué vas a hacer si te toca medirte con un Lope de Vega, un Calderón de la Barca, un Quevedo o un Góngora. Esto le ocurre al escritor granadino Álvaro Cubillo de Aragón (Granada, 1596 - Madrid, 1661). Hombre sencillo, alegre, simpático y de buen humor, como lo muestra en sus comedias de entretenimiento. Mas, como hombre de sus días, hombre religioso y hasta piadoso, enamorado de la Inmaculada (en tres días escribió un auto sacramental titulado El hereje, para desagraviarla de las ofensas que un demenciado se había atrevido a proferir) y de la Eucaristía. No vivió de las letras. Su oficio de escribano y algunas dádivas de mecenas de alcurnia le ayudaron a sacar adelante nada menos que a una familia de diez hijos; además carecía de bienes de fortuna. El título que le puso a su libro de poesías nos explica su talante de humildad y de gracejo: “El enano de las Musas”. El poema que os ofrecemos lo ha hecho posible un ensayo realizado por Elena Marcello y publicado en la Revista de Literatura.

Me alegra que se siga sacando del olvido a escritores que ratifican que realmente fue una época  fecunda en todos los sentidos.

El poema se titula: “CONVERSIÓN DEL PECADOR A LOS PIES DE UN SANTO CRISTO CRUCIFICADO, PIDIENDO LA SALUD DEL PUEBLO APESTADO.

Es un romance. No se trata de un texto narrativo. Como precisa la profesora Marcello: “Es una oración, en romance, que el penitente pronuncia ante la imagen de un Cristo crucificado”.

La misma estudiosa nos  presenta la estructura del poema:

“Se abre con la invocación al Señor y su exaltación (vv. 1-64) al que se contrapone el reconocimiento de la inferioridad del hombre y de su culpabilidad (vv. 65-72). Acto seguido, tiene lugar el acto de contrición (vv. 73-108), en que el pecador confiesa ser el causante del castigo divino (la peste) debido a los pecados de incontinencia, en primera instancia, a la codicia y avaricia. La lista de malas obras reconocidas por el penitente y, sobre todo, las lágrimas, manifestación exterior de la sinceridad del arrepentimiento y única moneda de cambio para la intervención divina, ceden el paso al ruego (vv. 109-168) de que termine el castigo de la epidemia.”

Al  leer el poema en el entorno de la llamada a la conversión que nos propuso el Papa Francisco la tarde del día 27 de marzo, me animé a  seleccionar unos fragmentos del largo poema:

 

M.A.1.- Oh Tú, Padre de las luces

altísima luz eterna,

……………………..

oye, Señor, oye, escucha

con más que humanas orejas

del pecador los suspiros,

las lágrimas del que peca.

…………………

Pues, Señor, si esto es así,

aplica el rostro a mis quejas,

no tape oídos de Dios

de mis pecados la cera.

Por mí perdiste la vida

y, aunque la culpa me afrenta,

lavada con sangre tuya,

lo que fue mancha es nobleza,

lo que fealdad, hermosura;

lo que esclavitud, tutela;

lo que desgracia, ventura;

y luz, lo que fue tinieblas.

……………..

Deshonestidades mías

no dan lugar a que vuelvas

el rostro. Justo es, Señor,

que, aun de mirarme, te ofendas:

el contagio de mis males inficionó tus ovejas;

yo ocasioné en tu rebaño

las landres y pestilencia;

yo solo soy el perdido,

yo, el rebelde, el anatema

que, olvidado de tu nombre,

solo adoraba  mi hacienda.

Yo inventé el logro y la usura,

yo profané tus iglesias,

yo deseé carestías

teniendo mis trojes llenas;

yo no me dolí del pobre

que, hambriento, llegó a mi puerta;

yo enriquecí con su sangre,

del sudor suyo hice rentas;

yo apetecí las venganzas,

yo las conseguí por fuerza

atropellando al rendido,

cuando perdonar debiera.

De la sustancia del pobre

labré casas, compré tierras,

fundé ricos mayorazgos,

gocé injustas preeminencias,

alcancé cargos y oficios,

títulos tuve y prebendas,

pero también soy, Señor,

quien estas culpas confiesa.

……….

 

Descerrájense esos cielos,

abra tu piedad las puertas,

pues del pecador el llanto

es una arrojada piedra,

que, hiriendo el costado tuyo,

a la aldabada primera

volverá a brotar la herida,

agua y sangre de clemencia.

………..

porque bien sé yo, Dios mío,

que para contigo pesa

más una lágrima sola

que infinitas culpas nuestras.

Del peso de cruz me valgo,

donde, las balanzas puestas,

la de la misericordia

ocupa la mano diestra:

della he de sacar la gracia,

un pecador carga en ella.

 

Padre, Señor, Dios, amparo,

mi fe a mis culpas exceda,

que, aunque mi castigo es justo,

padecen, Señor, a vueltas

muchos inocentes, muchos,

que hacia el pecado no aciertan.

La salud del pueblo todo

por mi ocasión no padezca,

sea yo solo el apestado,

pues yo te ofendí, yo muera.

Castiga, Señor, mis culpas

para que desta manera

prevalezca tu piedad

y el malo no prevalezca.

********************

 

20 de Noviembre

 

 

LEPANTO: G. K. CHESTERTON

 

Hablar de Chesterton como poeta  nos obliga a recordar uno de los poemas más bellos y conocidos que escribió en honor de España: Lepanto (1911),  digno de figurar al menos en nuestras antologías escolares.  Hemos elegido la versión que  Borges  publicó en 1938, en el primer número de la revista argentina Sol y luna. Muy lograda en cuanto al ritmo y al juego formal de las aliteraciones, aunque nunca una traducción pueda alcanzar la belleza del original.

A algunos podrá parecer el poema políticamente incorrecto por tender a mirar al mundo islámico, para nosotros paradójicamente, con mayor cercanía y comprensión. En algunos aspectos España, Europa y el mundo occidental se encuentran con respecto al mundo islámico en una tensión política en cierto modo semejante a la que se vivía en 1571. Como historia  seguirá siendo un acontecimiento admirable y en cuanto a nuestro tiempo una lección para la vida. Es el espíritu de los pueblos y en ese acontecimiento la fe y protección de la Virgen María, la que trajo la victoria contra todo pronóstico humano.

Las circunstancias históricas eran tan graves que San Pio V convocó a los reinos cristianos a una cruzada contra el turco. Pidiendo en una mano la espada y en la otra el rosario como arma capaz de vencer la fuerza de las naves del Sultán otomano, hecho que narra el poema.

En 1571, el Turco amenazaba no ya sólo las costas italianas, sino con tomar la mismísima Roma. Cervantes, como sabemos, calificó aquella batalla como “la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros”. Chesterton centra el poema en la exaltación  de la libertad contra el destino, de  la virtud de la fortaleza frente a cualquier esclavitud o sometimiento, del héroe frente al tirano. Es admirable la presentación de Don Juan de Austria como la reencarnación de los héroes míticos de las Antiguas Cruzadas (¡Es el que no dice "Kismet"; es el que no conoce el Destino, es Ricardo, es Raimundo, es Godofredo que llama!) y al mismo tiempo prototipo del caballero por excelencia de la Cristiandad amenazada, el Caballero don Quijote de la Mancha, que inspiró al soldado Miguel de Cervantes, cuando con  tanto heroísmo sirvió a tan hidalgo Señor.

Por un lado el poderío, lujo, la vanidad y autosuficiencia del Sultan de Estambul por todos temido. Por el otro Don Juan caballero solitario que acude al combate. El inicio del poema no puede ser más admirable

 

Blancos los surtidores en los patios del sol;

El Sultán de Estambul se ríe mientras juegan.

Como las fuentes es la risa de esa cara que todos temen,

Y agita la boscosa oscuridad, la oscuridad de su barba,

Y enarca la media luna sangrienta, la media luna de sus labios,

Porque al más íntimo de los mares del mundo lo sacuden sus barcos.

Han desafiado las repúblicas blancas por los cabos de Italia,

Han arrojado sobre el León del Mar el Adriático,

Y la agonía y la perdición abrieron los brazos del Papa,

Que pide espadas a los reyes cristianos para rodear la Cruz.

...Y sólo un príncipe sin corona,  

El último caballero de Europa toma las armas,

El último rezagado trovador que oyó el canto del pájaro,”

 

         Describe Chesterton el movimiento de los dos ejércitos hasta embarcar en sus respectivas naves:

 

 “En ese vasto silencio, diminuto y sin miedo

Sube por la senda sinuosa el ruido de la Cruzada.

Mugen los fuertes gongs y los cañones retumban,

Don Juan de Austria se va a la guerra.

Forcejean tiesas banderas en las frías ráfagas de la noche (...)

Ríe Don Juan en la gallarda barba rizada.

Rechaza, estribando fuerte, todos los tronos del mundo,

Yergue la cabeza como bandera de los libres.

Luz de amor para España ¡hurrá!

Luz de muerte para África ¡hurrá!

Don Juan de Austria

Cabalga hacia el mar.

        

Enfrente el Sultán:

Mueve el enorme turbante en el regazo de la hurí inmortal,

Su turbante que tejieron los mares y los ponientes.

Sacude los jardines de pavos reales al despertar de la siesta,

Y camina entre los árboles y es más alto que los árboles,

Y a través de todo el jardín la voz es un trueno que llama

A Azrael el Negro y a Ariel y al vuelo de Ammon:

Genios y Gigantes,

Múltiples de alas y de ojos,

Cuya fuerte obediencia partió el cielo

Cuando Salomón era rey. (...)

Se agolpan y se maravillan y rinden culto a Mahoma.

Y él dice: Haced pedazos los montes donde los ermitaños se ocultan,

Y cernid las arenas blancas y rojas para que no quede un hueso de santo

Y no deis tregua a los rumíes de día ni de noche,”

 

         Chesterton recuerda cómo se encuentra la cristiandad en ese momento por la división entre los cristianos:

 

“El fragor atraviesa la Normandía; el fragor está solo;

Llenan el Norte cosas enredadas y textos y doloridos ojos

Y ha muerto la inocencia de la ira y de la sorpresa,

Y el cristiano mata al cristiano en un cuarto encerrado

Y el cristiano teme a Jesús que lo mira con otra cara fatal

Y el cristiano abomina de María que Dios besó en Galilea.

Pero Don Juan de Austria va cabalgando hacia el mar,

Don Juan que grita bajo la fulminación y el eclipse,

Que grita con la trompeta, con la trompeta de sus labios,

Trompeta que dice ¡ah!

¡Domino Gloria!

Don Juan de Austria

Les está gritando a las naves (...)

Pero Don Juan de Austria ha disparado sobre el turco.

Don Juan está de caza y han ladrado sus lebreles-

El rumor de su asalto recorre la tierra de Italia.

Cañón sobre cañón, ¡ah, ah!

Cañón sobre cañón, ¡hurrá!

Don Juan de Austria

Ha desatado el cañoneo.

 

En su capilla estaba el Papa antes que el día o la batalla rompieran.

(Don Juan está invisible en el humo)

En aquel oculto aposento donde Dios mora todo el año, (...)

Y bajo los navíos hay prisiones, donde con innumerables dolores,

Gimen enfermos y sin sol los cautivos cristianos

Como una raza de ciudades hundidas, como una nación en las ruinas, (...)

 (¡Pero Don Juan de Austria ha roto la línea de batalla!)

Cañonea Don Juan desde el puente pintado de matanza.

Enrojece todo el océano como la ensangrentada chalupa de un pirata,

El rojo corre sobre la plata y el oro.

Rompen las escotillas y abren las bodegas,

Surgen los miles que bajo el mar se afanaban

Blancos de dicha y ciegos de sol y alelados de libertad.

¡Vivat Hispania!

¡Domino Gloria!

¡Don Juan de Austria

Ha dado libertad a su pueblo!

Cervantes en su galera envaina la espada

(Don Juan de Austria regresa con un lauro)

Y ve sobre una tierra fatigada un camino roto en España,

Por el que eternamente cabalga en vano un insensato caballero flaco,

Y sonríe (pero no como los Sultanes), y envaina el acero...

(Pero Don Juan de Austria vuelve de la Cruzada.)

4 de Diciembre

Les ofrecemos hoy un poema de Algernon Charles Swinburne (Londres, 1837-1909), poeta y crítico inglés, que lleva por título Himno a Proserpina. Os ofrecemos solo un fragmento, el final del largo poema, suficiente para darnos cuenta del espíritu anticristiano y anticatólico que caracterizó a este poeta inglés de la época victoriana. Es representante  de aquel gran grupo de escritores del siglo XIX que se caracterizaron por aspirar a borrar el cristianismo en Europa y devolverla a la etapa pagana de la época del Imperio romano. 

Tras la proclamación de la religión cristiana como oficial en Roma en el 313 por el emperador Constantino, Juliano el Apóstata había intentado restaurar el paganismo como la religión oficial del Estado. Se le atribuye la frase "¡Venciste, Galileo!"  cuando en el momento de su muerte comprobó que todos sus esfuerzos habían resultado inútiles.

El himno a Proserpina comienza con este grito, pero para anunciar que por fin se acercaba el momento en que el vencido  fuera Jesucristo, el Galileo. Proserpina era una diosa romana, conocida en Grecia con el nombre de Persépone, y era  una deidad asociada a la  vida, muerte y resurrección. Era un mito emblemático para enfrentarse al cristianismo.  Es llamativo el esfuerzo del poeta por aceptar alegremente la realidad de la muerte a pesar de ser consciente de que todo desemboca en la nada.

“Voy a morir como mis padres murieron y a dormir como duermen.

El frágil vidrio de los años porque miramos solo un momento

conduce el alma infantil hasta el sepulcro que es el hombre.

Lo soportaba y ya no: ni reiré ni lloraré otra vez,

porque no hay Dios más fuerte que la muerte, y la muerte es un sueño.”

Pero ¿por qué seleccionamos himno tan  tenebroso y contrario a nuestra fe? En homenaje a  Chesterton.  En unas notas de un cuaderno juvenil anotó unos versos del poema. En el libro “Por qué soy católico” se reproduce un delicioso artículo titulado  “María y el converso”. En él se nos cuenta que a pesar de la actitud que el protestantismo mantiene de no reconocer la grandeza de María, por considerar que desmerecía a Dios,  nos confiesa que desde niño tuvo una inclinación  entrañable hacia la “Madonna”. Y mire usted por dónde, nos recuerda que cuando leyó el poema de Swinburne,  sintió una emoción indescriptible al identificar a Proserpina con la Virgen María”.

Nos dice en  el artículo:

 “Hace poco encontré fragmentos de una pésima imitación de Swinburne, garabateados con una horrible caligrafía. Creo que el escrito estaba dedicado a lo que por aquel entonces yo hubiera llamado fiel imagen de la Madonna. Y puedo recordar claramente , haber recitado las líneas del Himno a Proserpina, contradiciendo deliberadamente la intención de Swinburne, dedicándoselas  a la nueva Reina Cristiana de la vida, en lugar de a la ya caída reina pagana de la muerte:

“Pero yo retorno a ella todavía; habiendo visto que al final prevalecerá.

Diosa y doncella y reina, mantente cerca  de mí ahora y hazte amiga mía”.

Desde entonces tuve la inicialmente oscura y muy vaga pero poco a poco cada vez más clara idea de estar  luchando por la defensa de todo lo que Constantino había establecido; de la misma manera que el pagano Swinburne había defendido lo que aquel destruyó”[1]

 

 “¿Han caído nuestros señores los ídolos? Sabemos que no debemos caer.

Era muy justo que todos cayeran, y uno más que todos ellos.

Pero vuelvo a ella todavía, tras haber visto que estará de cierto en el fin;

la diosa y soltera y reina, cerca de mí ahora, que se ha hecho mi amiga.

Hija de la tierra, de mi madre, y su corona y flor de nacimiento,

también soy, también, tu hermano. Iré, como llegué, a la tierra.

En la noche en que son lunas en el cielo tus ojos, la noche donde estás,

donde supera el silencio toda música, donde se rebasa el sueño del corazón,

cuando las amapolas son dulces como la rosa en nuestro mundo, y la rosa roja es de blanco color,

y el viento desciende débil soplando las flores de humo de la noche,

y murmullan los espíritus durmiendo a la sombra de dioses lejanos

todo se torna débil en tus oídos y hondo como el alma tenue de una estrella profunda,

en la leve luz de tu dulce rostro, bajo cielos untados de sol,

deja que mi alma encuentre con sus almas su lugar, y que olvide lo que se hace y deshace.

Entre los dioses que tienen contados los días de nuestro aliento temporal,

deja que ellos den ocupación y sueño y tú, Proserpina, danos muerte,

que ahora en ti habito y en tu silencio y tu tiempo. Lo sé:

voy a morir como mis padres murieron y a dormir como duermen.

El frágil vidrio de los años porque miramos solo un momento

conduce el alma infantil hasta el sepulcro que es el hombre.

Lo soportaba y ya no: ni reiré ni lloraré otra vez,

porque no hay Dios más fuerte que la muerte, y la muerte es un sueño.

 

[1] CHESTERTON G. K. Por qué soy católico. “María y el converso”.

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17 de Octubre

Nos parece oportuno cerrar la presentación que hemos hecho de la Comedia La devoción al Rosario con la escena final en que Antonio, el dominico renegado, recupera su fe, aunque eso va a suponer morir como San Esteban apedreado.

ANTONIO                              

¡Virgen pura,                        

cumplióse mi deseo! Mi remedio                        

debo a vuestro santísimo rosario.                        

¡Oh santa devoción! En vos espero                        

que no se perderá quien la tuviere.

 

COSME

Por la gran puerta de Túnez                         

sacaron a Antonio al campo,                        

coronada la cabeza                        

y atadas atrás las manos.                        

Las cosas que iba diciendo                        

con la Virgen santa hablando,                         

las ternezas que a su Hijo,                        

los amores, los regalos,                        

los perdones que pidió                        

a los cautivos cristianos,                        

¿qué lengua habrá que lo diga?                        

Al fin, al campo llegaron;                        

hincó en tierra las rodillas.                        

y allí, como Esteban santo.                        

bordó de piedras preciosas,                        

rubíes en sangre bañados,                        

el hábito de Domingo,                        

siempre a la Virgen llamando.                        

Encienden un grande fuego,                        

pero del cuerpo sagrado                        

huye el fuego, que el de amor

resiste y le deja intacto.                        

Piedras en sangre teñidas                        

cogieron muchos cristianos                        

y se les volvieron rosas.                        

Mas ya tratan de enterrarlo,                        

que a los pies del crucifijo                        

de este templo fabricado                        

de genoveses en Túnez                        

mandó sepultarse el santo,                        

donde esperan que ha de hacer                        

Dios por él grandes milagros. 

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3 de Octubre

Os extrañaréis de que os traigamos en la sección “Momento para la poesía un texto narrativo y sin ningún signo del verso, ni siquiera el ritmo. Es verdad. Pero es la contrapartida de las traducciones. En el original es un momento de enorme intensidad lírica. El texto está presidido por la musa Erato, la protectora de la poesía, en especial de la amorosa, su nombre en griego significa “amable” o “amorosa”. Goethe nos ofrece una escena intencionadamente lírica.

Hermann aparece en escena creyendo ver a Dorotea en todas partes, como el viajero  que por mirar fijamente al sol, lo cree ver en cualquier rincón. El lugar del encuentro, tras verse avanzar en el camino, tendrá lugar en la fuente y, para colmo, además de calmar su sed física, verán sus rostros sonrientes reflejados en las aguas como en un espejo. Toda la ambientación es propia del lugar común en la tradición amorosa universal de los enamorados. Es una escena candorosa y bella, llena de respeto mutuo y de delicadeza entre dos jóvenes que se sienten atraídos. No se dejan llevar por los impulsos ciegos. Más aún Dorotea advertirá que no es prudente seguir en la fuente por no perder la fama de mujer virtuosa. Pues si la fuente es el lugar donde se encuentran los verdaderos enamorados, también es considerado por las habladurías de las gentes como lugar propicio para los amoríos pasajeros.

De la segunda parte del capítulo, en que le propone Hermann a Dorotea trabajar en su casa, queremos resaltar unas palabras que sin  duda nos muestran el cambio que ha sucedido en estos ciento cincuenta años en la concepción natural de la mujer y la de nuestro tiempo. Es un testimonio antológico. Dorotea es una joven realista y prudente, escándalo, tal vez, para los feminismos actuales.

Como el caminante que antes de ponerse el sol fija todavía sus miradas en el astro que desciende del horizonte próximo a desaparecer, y luego sus ojos deslumbrados creen verlo en todas partes, lo mismo sobre el bosque umbrío que a lo largo de la montaña, y vuélvase del lado que se vuelva, por todas partes ve flotar su imagen vacilante y sus brillantes y coloreados reflejos, asimismo aparecía ante los ojos de Hermann la silueta graciosa de la muchacha caminando por el sendero que conducía a su casa. Pero se sobrepuso a su hechizo y se dirigió hacia el pueblo, mas volvió a encontrarse con la misma visión, pues del opuesto extremo del camino se acercaba hacia él la forma resplandeciente. Después de considerarla con la mayor atención, vio que esta vez no se trataba de ninguna imagen ilusoria, sino de ella misma en persona. Ya la tenía cerca. Llevaba un cántaro en cada mano y lo sostenía por una de sus asas. Uno era grande, otro menor, e iba por agua a la fuente.

Hermann marchó con alegría a su encuentro, sintiéndose con más ánimos ante su presencia. Y acercándose a ella, sorprendida de verle, le dijo:

—¡Hola, muchacha hacendosa! Vuelvo a encontrarte en mi camino ocupada en socorrer a los demás y en aliviar sus males. ¿Por qué vas sola a la fuente, que está más lejos, pudiendo servirte, como tus compañeras, de las del pueblo? Cierto que el agua de este manantial tiene cualidades especiales y un buen sabor. Sin duda quieres llevarla a la buena mujer cuya vida salvaste con tus cuidados.

La joven le saludó con amabilidad:

—Me alegro de haber tomado el camino de la fuente y de haber encontrado de nuevo al bienhechor que nos ha colmado de sus donativos, puesto que la vista del que da no es menos agradable que sus mismos dones. Venga conmigo y verá con sus propios ojos a los que se han beneficiado con su clemencia y podrá oír sus palabras de agradecimiento. En cuanto al motivo de venir a buscar el agua de esta fuente clara y abundante, se debe a que nuestros compañeros, imprevisores, a su llegada han enturbiado todas las aguas del pueblo por haber hecho pasar caballos y bueyes por el depósito destinado al uso de la población. Además, han lavado sus ropas y utensilios en abrevaderos, pozos y fuentes, removiendo y ensuciando el agua. Cada cual sólo piensa en su propio interés. Absorbidos por la necesidad momentánea, la resuelven a prisa y de cualquier modo, sin preocuparse de las futuras consecuencias ni de las sucesivas necesidades.

Mientras iba exponiendo estas razones, descendió con Hermann los anchos peldaños de la fuente y se sentaron juntos sobre el pequeño parapeto que la rodeaba. Dorotea se bajó para coger el agua; Hermann tomó el otro cántaro y se inclinó a la vez. Sus imágenes temblorosas sobre un fondo de cielo azul se reflejaron en el manantial como si fuera un espejo. Se contemplaron sonrientes en el agua y se saludaron amistosamente.

—Déjame beber —dijo el mozo.

Ella le alargó el cántaro. Y confiados e ingenuos permanecieron sentados en el pretil, apoyados en los cántaros.

Poco después, Dorotea le preguntó:

—¿Y cómo es que te hallas aquí tan lejos del sitio donde nos encontramos por primera vez? ¿Dónde están tus caballos y tu coche? ¿A qué has venido?
Hermann inclinó la cabeza pensativo. Pero enseguida levantó los ojos hacia Dorotea y miró con ternura los de la muchacha. Sintióse confiado y más tranquilo. Sin embargo, le habría sido imposible hablarle de amor. La mirada de Dorotea no revelaba ningún destello amoroso, sino tan sólo el reflejo de una inteligencia tranquila y de una apacible serenidad. Se imponía una respuesta razonable y el joven, después de concentrarse unos instantes, le respondió en tono de amistosa confianza:

—Escucha, niña, voy a contestar a tus preguntas. Tú eres causa de mi venida. ¿Por qué te lo voy a ocultar? Vivo con mis padres y disfruto de una existencia feliz. Yo, como hijo único, les ayudo con diligencia y fidelidad a dirigir nuestra casa y a cultivar nuestras tierras. Cada uno de nosotros tiene señalado su trabajo, que no escasea. A mí me corresponde la dirección de nuestros cultivos; mi padre administra el negocio y mi madre está al frente de la casa.

Pero tú, sin duda, sabes por experiencia lo que los criados apesadumbran y fatigan a una ama de casa. Unas veces por su ligereza, otras por su mala fe, se ve obligada a renovarlos con frecuencia; es decir, a sustituir unos defectos por otros. Desde hace mucho tiempo mi madre desea tener a su lado una muchacha que le alivie, no precisamente con su trabajo, sino también con su afecto y que pueda considerarla como a su propia hija, muerta muy joven, por desgracia.

Esta mañana cuando te he visto en la carretera ante mi coche y he considerado tu cara franca y serena, tu brazo robusto, tu apariencia de fuerza y salud; cuando te oí hablar en una forma tan razonable, quedé cautivado. Corrí a casa y elogié tus méritos a mis padres y a nuestros amigos. En fin, que vengo a exponerte su deseo, que también es el mío... Perdóname si no hablo más claro.

—No tema nada, acabe —respondió Dorotea—; no me siento ofendida; muy al contrario, le estoy sumamente agradecida. Puede hablar con absoluta claridad. Usted quisiera contratarme como sirvienta para que ayude a sus padres y trabaje en su casa. Usted ha creído encontrar en mí lo que les conviene: una hija juiciosa, activa y de buen carácter. Su proposición ha sido breve; mi respuesta lo será más. Sí, le seguiré ya que el destino así lo quiere. Aquí ya he cumplido con mi deber; he puesto a la madre y al hijo en manos de los suyos, que están muy contentos de que se hayan salvado; la mayor parte ya han vuelto a reunirse con ella; los demás no tardarán en llegar. Todos confían que dentro de pocos días volverán a sus casas. Los fugitivos gustan de crearse ilusiones. Yo, en estos días infelices que sólo nos anuncian nuevas desgracias y horas peores, no me dejo engañar por vanas esperanzas. Las antiguas relaciones están rotas. ¿Quién las reanudará? ¿Quién volverá a ordenar de nuevo tanta confusión? Sólo la necesidad. Así pues, si puedo ganar mi vida en casa de una familia honrada, trabajando por un hombre respetable y ayudando a una buena mujer, consiento en ello muy dichosa. La reputación de una joven que anda sola por el mundo es siempre dudosa. Sí, le seguiré en seguida que haya llevado esos cántaros a mis amigos y después de haberme despedido de ellos. Venga conmigo, deseo que los vea y que sean ellos mismos los que me confíen a usted.

Hermann, al verla tan bien dispuesta, sintió tanta alegría que titubeó unos instantes por si debía comunicarle o no sus verdaderos propósitos, pero juzgó más prudente mantenerla en su error, conducirla a su casa y dejar para más adelante el declararle su amor y pedirla en matrimonio. Por otra parte, se había dado cuenta de un anillo de oro que llevaba en un dedo, y decidió no interrumpirla y seguir escuchando atentamente sus palabras.

—Vamos —dijo—. Es costumbre murmurar de las muchachas que se entretienen demasiado en la fuente y, sin embargo, ¡es tan agradable hablar junto al murmullo de un manantial! Hermann se alzó y ambos volvieron a mirar- se en la fuente. Dorotea, presa de cierta ansiedad, cogió en silencios los dos cántaros y empezó a subir los escalones, seguida de muy cerca por él. A fin de aliviarla del peso de la carga,

Hermann quiso tomar un cántaro.
—No —dijo ella—; déjeme llevarlos a mí sola; así, con un peso en cada mano, se mantiene mejor el equilibrio y la carga es menos pesada. Además, el hombre llamado a mandarme no debe empezar por servirme. Pero ¿por qué me mira con este aire compasivo, como si lamentara mi suerte? Servir es propio de nuestra condición. Y desde muy pequeñas todas las mujeres cuidan más o menos de los quehaceres domésticos. Sirviendo a los demás es como se aprende a mandar y se llega a adquirir la autoridad que una dueña ejerce en su casa. Ya de pequeña, la mujer sirve al hermano, más tarde ayuda a sus padres y se pasa los días en un continuo ir y venir, siempre ocupada en provecho de los demás. Dichosa ella si llega así a habituarse a no considerar penoso ningún camino, a no diferenciar entre las horas del día y de la noche, a no encontrar ningún trabajo cansado en demasía, ninguna aguja demasiado fina y a olvidarse, en fin, de sí misma para vivir para los otros. Si llega a madre necesitará de todas estas virtudes domésticas, pues el hijo no le permitirá descansos y la despertará cuando duerma pidiéndole alimento. Por lo tanto, dolores y cuidados no se apartarán de su lado. Reunidas las fuerzas de veinte hombres no podrían soportar el peso de tales fatigas. Claro que tampoco les corresponde. Pero, por lo mismo, debieran admirarlas.

Así hablando, llegaron a la casa donde se había refugiado la nueva madre, que descansaba junto a una de las inocentes muchachas que Dorotea había salvado.

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19 de Septiembre

La nostalgia de infinito inscrito en el corazón humano y el don maravilloso de poder corresponder a su amor, no se le da hecho, sin más y sin esfuerzo, a la criatura humana. La fuente mana agua viva sin pausa, pero  no es posible beberla sin al menos agacharse humildemente y llevarla a los labios con el cuenco de nuestras manos. Pero hasta esto es don.

Os ofrecemos hoy en esta sección unos poemas de la poeta Ernestina de Champoucin, por edad y estilo, miembro de la generación del 27; por su larga vida,  testigo privilegiado de la creación poética del siglo XX.

Afirma Jaime Siles en el prólogo a su obra Poesía esencial, que a partir de Presencia a oscuras la obra es “la continua conversación con Dios y los poemas sus momentos o partes”. Hablamos de poesía religiosa y hasta de poesía mística, con razón. Pero sería una ingenuidad creer que desde “Que nos hirió a los dos irremediablemente” como le confesaba a Merton, Ernestina y su poesía alcanza, en el camino de perfección teresiano, la séptima morada o, al menos, la quinta o sexta. Y no hay tal. Su poesía es mística porque ha elegido la senda del amor y, desde el amor, quiere vivir unitivamente la presencia de Dios.

Para Ernestina Dios es presencia, pero a oscuras. Su poesía recoge las zozobras y fracasos de quien va caminando hacia Dios pero en noche oscura. Ascunce, certero, nos precisa: “En medio de esta dialéctica de ausencias y de encuentros, de silencios y de voces, de postraciones y de exaltaciones, etc., se materializa y adquiere su sentido pleno la denominada poesía del amor divino, al asumir como temática central de su poesía una de las  variantes del amor humano: el amor divino como plenitud y eternidad”.

En su carta cerrada, le decía a Thomas Merton: “Y no es que desconfíe: espero, creo, y amo / Con una obstinación inquebrantable y muda / Pero Él calla en mi vida.” Su poesía refleja el combate contra sí misma, consciente de que en nosotros mismos se encuentra el muro mayor que nos aleja del encuentro amoroso con Dios mismo. Vencer nuestras pasiones corporales y espirituales.

Ansia de amor en medio del combate. Esta es su poesía  religiosa. Luminosa lección para nuestras tibias o alejadas actitudes religiosas. No es suficiente, para permanecer fieles, sentirse herederos de una sociología religiosa o mera tradición rutinaria. La renovación religiosa pasa por el encuentro personal con Cristo “esa herida irremediable”  que ocurrió en un instante prodigioso:

Solo por aquel momento

Y aquella luz en la noche

Aquella presencia a oscuras…

Aquella contigüidad

Más estrecha que un abrazo

Aquella angustia trocada

En lumbre de amaneceres…..

 

Y que le lleva  a suplicar a nuestra poeta en una redondilla  realmente rotunda:

 

“Hazme de nieve, Señor,

Para los goces humanos,

De arcilla para tus manos,

De fuego para tu amor”

 

Al inicio de una serie de diez décimas, con la perfección de los poetas del siglo de Oro. La primera de las cuales, -con gracejo denominada undécima, porque consta de once versos- expresa en octosílabos su estado interior:

El pozo en que yo bebía

Se agostó súbitamente.

Comprende Tú mi agonía.

Dios cuya angustia pedía

El alivio de una fuente.

Dame ese sorbo caliente

Que fluye de tu lanzada.

Prefiero verme abrasada

En el fuego de tus venas

Que exprimir a duras penas

Mi pobre fuente agotada.

 

Y en la décima IV, con resonancias teresianas, nos dirá:

 

Si hay que morir a la vida

Para nacer a tu amor,

Mátame pronto, Señor

Y protégeme en la huida.

Borra ya la desmedida

Codicia de mis pasiones.

Dómame Tú los leones

Que me desgarran el pecho

Y dame para mi lecho

Un almohadón de oraciones.

 

Entre sus hermosos poemas os selecciono para terminar el que lleva por título  Enséñame.

La plenitud del encuentro con Dios no consiste en que hablemos con Dios, sino en que Dios nos hable y nosotros seamos capaces de escucharlo desde nuestro silencio.

La clave será el “hacia dentro” de nuestros místicos mayores. Senda que exige pasar por la etapa purgativa, despojarnos de nuestras envolturas falaces, inertes –las llama Ernestina- y renunciar a una verborrea inútil que en vez de acercarnos nos aleja de Dios. 

En la segunda estrofa nos acerca a la etapa iluminativa, a los requisitos para que el mismo Señor, nos enseñe en lo oscuro: desierto, desolación, desdén, olvido. Más aún: “En la sima inefable del más puro abandono.” El poema se cierra con el deseo central: “Y que nazca tu luz, Señor, en mi silencio.”

Pero no es suficiente saber. La fuerza testimonial la encuentro en la conciencia de su impotencia: tu voz se pierde entre “vanos clamores”. Tu acento ha de ser más poderoso que mis engaños, sin que ningún eco me ciegue. Tal es la cuestión.

 

Enséñame a callar de veras, hacia dentro

A asomarme al vacío donde pueda escucharte.

A despojarme pronto de esta envoltura inerte

que me oculta y te esconde en una red sin fin

de inútiles palabras.

 

Enséñame en lo oscuro, en el hosco desierto

En donde te han buscado los que saben hallarte,

En la desolación del desdén y el olvido,

En la sima inefable del más puro abandono.

 

Pero tu voz se pierde y se extingue todavía

En la selva apretada de los vanos clamores.

¿Cuándo será tu acento más firme y poderoso

Que el murmullo incesante de mis propios engaños?

 

¿Cuándo sabré escucharte sin que un eco me ciegue,

Conservando la huella de tu verbo en mi alma?

Enséñame a callar y a entenderte en lo hondo

Y que nazca tu luz, Señor, en mi silencio.

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5 de Septiembre

      Un buen amigo nos ha facilitado este  himno a la amistad. Su canto centra el valor de la amistad como razón de vivir.

EVOCACIÓN DE  LA AMISTAD

19 de Agosto de 2014

Atardece mi vida entre recuerdos.

Hoy, agosto  que halaga mis mañanas,

Entre sus entresijos, la memoria,

Por vericuetos y  sendas olvidadas

Rescata alegremente a mis amigos,

Vellones sorprendidos en las brañas,

Destellos de una  luz de amanecida

Que reaviva cenizas apagadas.

La vida está para ganar amigos.

En la amistad se templan nuestras almas.

En torno de una mesa  abastecida

De paz cuajada, fruta sazonada

Y un  pan crujiente como luna llena

El  pensamiento libre  vuela  en  calma.

Se eleva a  los  misterios escondidos,

Desciende a los rumores de la plaza.

Sobre una mesa  abastecida y limpia

Brotan cantos y endechas de esperanza.

Desdeño, ya, señuelos  de los días

Que  en este atardecer se me  desgranan.

Echo al olvido en haz  mis desamores.

Queda dentro quien me  llegó hasta el alma

Y canto,  en el silencio de los días,

Con esta voz de cuerdas destempladas,

A la mujer que amo, y a sus frutos.

A mi Patria por tantos desdeñada

Y al cobijo de un Dios que entre susurros

Calma la angustia oculta en la enramada.

Ahora, en el regazo de esta tarde,

Al abrigo de toda destemplanza,

Escancio la alegría que me brinda

La placidez de esta  tarde dorada.

Pasan las quemazones y  los días

Salto de dicha cuando salta mi alma

Y clamo,  al recordar a quienes fueron

Compañeros  en suerte y esperanzas:

Es la amistad crisol en que la historia

Nos devuelve al principio de la estancia.

Donde  huyen  recelos y sospechas

Nace fraternidad  casi olvidada,

Al amparo de un Padre  compasivo

Que al final de la calle nos aguarda.

Lo demás…”Los trabajos y los días”

En corriente  fugaz que nos arrastra.

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15 de Agosto

Duele el momento por el que atraviesa la familia. La inconsistencia de las promesas matrimoniales nos invita a preguntarnos por el fundamento de la madurez personal de nuestros contemporáneos, ellos y ellas. Vemos y oímos tanta ligereza en las relaciones, compadreos, uniones, desuniones, rupturas y violencias que debemos preguntarnos por las carencias que hemos dado a nuestros hijos e hijas para no poder afrontar ni en el inicio, ni en el medio ni en el final del camino, los contratiempos ni las veleidades del camino del amor, siempre exigente.

 Parece que en vez de un compromiso de voluntades maduras, lo han realizado adolescentes con el ánimo de echar a correr a la mínima de cambio. Así en vez de personas nos vamos convirtiendo en objetos de desecho, en cacharros cínicos y dolientes de muy difícil restauración.

Parece que ignoramos la naturaleza humana. Ni el sentimiento ni el deseo ni el asombro deslumbrante de un encuentro único y fuera de lo común aseguran el hallazgo del amor verdadero. Son maravillosos fuegos de artificio, deslumbrantes y esplendorosos, pero que en cuanto consumen su materia energética se apagan y dejan más oscura la noche.

Hemos banalizado el sexo. Lo hemos reducido a asunto de usar y tirar, como si el sexo fuese un elemento externo o ajeno a la totalidad de nuestra unitaria realidad personal. En otro tiempo fue oportuno recordar que no éramos sólo alma, que éramos espíritus encarnados, que el cuerpo es parte de nuestra unidad total y no como dijo el poeta “espíritu en miserias anudado” sino con una corporalidad tan digna que ha sido convocada junto al alma a la resurrección. Hoy por el contrario hemos de recordar que no somos sólo cuerpos errantes, simples homínidos desorientados  entre un impulso ciego y selvático y una necesaria aunque enajenante necesidad de civilización. Somos tierra pero “tierra animada” que anhela duración. Somos cuerpo y alma. No sirve usar nuestro cuerpo sin integrarlo en unidad con nuestro espíritu. Con sólo el cuerpo nunca llegaremos a encontrar el amor.

La literatura es para mí espejo o atalaya desde la que se contempla y se ahonda, por vía de ficción, en el conocimiento de nuestra naturaleza. Sí que tengo en cuenta casi siempre lo que llaman la motivación, ese referente contextual por el que se hace más evidente el mensaje poético. En este caso mis palabras hacen de contraluz.

Félix Grande es un gran poeta extremeño. Sus inicios se entroncan en la denominada generación de los años sesenta. Su temática es plural, voz de denuncia para el desamparo, palabra que desvela la fuerza del eros o voz que presenta, en el contexto de la posmodernidad, el sinsentido de la vida. Siempre me sorprendió su admiración por el Cante Hondo. Hoy es uno de sus mejores conocedores. Toca la guitarra como un maestro y entre sus admiraciones y amistades se encontró Paco de Lucía y Camarón.

  Quizás la fuerza que tiene nuestro soneto en alejandrinos reciba el impulso vital y comunicativo de una “soleá”.

El poema es una confesión de amor, en el que no se emplea el repetido “te quiero más que ayer”. Se comunica el amor dando contestación a una hipótesis imposible y por ello irreal. ¿Imposible? Releed el contraluz de mis palabras. ¡Pero si hoy se separan hasta las personas bien entradas en años! Precisamente esta confesión de amor expresa la imposibilidad de destruir, por una decisión pasajera, un amor que se ha ido construyendo en unidad, desde aquellos ilusionados  comienzos hasta convertirse en una única razón de vivir y morir, en una misma tarea. Expresar esta idea es ofrecer una verdad no psicológica sino metafísica. Pone al descubierto que el amor exige que en el tiempo se manifieste su potencialidad. Nunca el amor puede reducirse a una yuxtaposición de intereses, cuánto menos a una contraposición. El amor es conjunción que logra que dos monedas se transformen ambas en una sola, con una sola cara mutua y, de haberla, en una sola y mutua cruz. 

Si tú me abandonaras te quedarías sin causa...

            

             Si tú me abandonaras te quedarías sin causa

             como una fruta verde que se arrancó al manzano,

             de noche soñarás que te mira mi mano

             y de día, sin mi mano, serías solo una pausa;

            

             si yo te abandonara me quedaría sin sueño

             como un mar que de pronto se quedó sin orillas,

             me extendería buscándolas, con olas amarillas,

             enormes, y no obstante yo sería muy pequeño;

            

             porque tu obra soy yo, envejecer conmigo,

             ser para mis rincones el único testigo,

             ayudarme a vivir y a morir, compañera;

            

             porque mi obra eres tú, arcilla pensativa:

             mirarte día y noche, mirarte mientras viva;

             en ti está mi mirada más vieja y verdadera.

 

Como hombre, como ser humano agradezco este poema a Félix Grande. Abre horizontes  y recupera la fe en el amor. Restaura las claves de un amor verdadero. El amor es fusión que de romperse dejaría incompletas las dos existencias. Por eso si ella se fuese, sería manzana verde arrancada, en agraz, que ya nunca alcanzaría su sazón; o pausa de silencio en la melodía inacabada y lo que es más profundo “se quedaría sin causa”, sin motivos ni para vivir ni para morir. Pero si fuera él, se quedaría sin sueños, mar sin orillas con olas gigantescas y oníricas, se quedaría pequeño. La claridad del mensaje y su emocionado sentir se logra  mediante un lenguaje surrealista en el  que las manos miran o las olas se transforman en ingentes masas amarillas en un mar que se ha quedado sin arrecifes ni playas, se ha quedado sin orillas. El amor hace del hombre un mar admirable; si lo pierde, se convierte en búsqueda inútil.

   Los tercetos continúan la estructura paralelística  iniciada en los cuartetos. La condicional se transforma en una oración causal “porque tu obra”, “porque mi obra” y en alternancia el tú y el yo. En el primer terceto, una palabra dominante “compañera” y tres infinitivos que explicitan el quehacer de la obra: envejecer, ser y ayudar. Y tres complementos que elevan la acción a sublime: envejecer conmigo, ser testigo de mis rincones íntimos, ayudar a vivir y a morir. El segundo terceto, reduce el quehacer del poeta a una única acción: mirar. ¿Por qué sólo reduce a una la acción? Nada más alejado de la verdad poética  que contraponer frente a una actitud pasiva del varón,  la activa de la mujer, entre otras razones porque los tres infinitivos implican correspondencia, el mutuamente. Acierta el poeta al llamar a su amada “arcilla pensativa”, ya que evita cualquier comentario banal, que reduzca a la mujer a objeto decorativo. Aparece la belleza de por medio, pues claro; pero el último verso abre la mirada a la verdad y al bien. Mirar también significa vivir en, para, por y desde ti; desvivirse y admirar para siempre, es decir mientras viva, es decir convertirla en la niña de mis ojos, mirar desde ella, es decir amar, como obra, tarea y causa desde siempre y de por vida.

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1 de Agosto

   Vamos a leer un poemita de Dulce María Lyonaz, la poeta cubana, premio Cervantes.

Si me quieres, quiéreme entera,

no por zonas de luz o sombra…

Si me quieres, quiéreme negra

y blanca. Y gris, y verde, y rubia,

y morena…

Quiéreme día,

quiéreme noche…

¡Y madrugada en la ventana abierta!

Si me quieres, no me recortes:

¡Quiéreme toda… O no me quieras!

 

Cuántas veces consideramos  que la poesía tiene que alzarse sobre una forma bruñida y rigurosa. Nos cuesta admitir  que el fundamento de la belleza  está en la verdad. En poesía, unas palabras consiguen hacer evidente y transparente una idea verdadera, que por vivida, resulta bella. Cuando el arte llega a su plenitud, su medida  se ajusta al registro del corazón humano. Sonoridad ¿Para qué? Grandilocuencia ¿para qué? Verdad y nada más que verdad que hace exultar los más nobles sentimientos humanos.

Nos encontramos ante un texto cuyo asunto es amoroso. La forma, con versos de medida variada y una rima asonante  en versos impares, es  un  diálogo en el que sólo oímos la voz de la mujer. Suponemos que el hombre escucha. Al menos  tú y yo sí que la escuchamos. Es a nosotros a quienes nos alecciona.

Propiamente se trata de una súplica condicionada.. Y es en esta súplica donde Dulce Mª Loynaz ha sabido  comunicar  la verdad universal para cualquier ser humano que  anhela y defiende ser querido íntegramente.

Desde la concupiscencia inicial en la que estamos inmersos, el amor-deseo, el eros, nos impulsa a la posesión de aquella cualidad  que nos incita y nos deslumbra.  Podemos prendarnos de unos ojos, de un cabello, de unas proporciones corporales, también de una sonrisa seductora, o de unos títulos  o de unos linajes o de un entorno social, o de sus ocurrencias chispeantes o del timbre de su voz o de su  insinuante contoneo o de su sencillez  cuidadosamente cuidada, o de la frescura de sus años juveniles.

¿En esto radica el amor?. Bueno, así suele comenzar. Pero su recorrido es corto si a ello se reduce. El amor está convocado a un encuentro interpersonal. Sólo cuando entramos en el espacio de la intimidad  del otro, llegamos al soporte de su ser, podemos decir  que hemos dejado atrás la barrera del deseo para entrar en los  ámbitos del espíritu, de la confidencialidad que pone alma  con alma,  justo cuando ojos, cabello, cuerpo, sonrisa, linajes y ocurrencias no nos llegan desde fuera sino que forman parte interiorizada de nosotros mismos. Y cuyo esplendor  va  surgiendo  de una historia común.

Dulce Mª  Loynaz no señala esta plenitud amorosa final sino que denuncia lo que no la hace posible. El punto de partida no puede ser más contundente. Entera. “Si me quieres, quiéreme entera”.  Es evidente que no se refiere  al conjunto de los elementos que constituyen su cuerpo. Ni siquiera cuando enumera  los cambios estéticos con que se suele   embellecer una mujer: negra y blanca. Y gris, y verde, y rubia, y morena... enumeración que debemos leer en clave simbólica, lo mismo que “no por zonas de luz o sombra”.

El sentido del poema alcanza su plena claridad cuando dice: “no me recortes”. Necesitamos ser queridos en lo más hondo de nuestro ser, donde se soportan el resto de nuestros accidentes y hasta de nuestras cualidades. Lo demás no es querer sino recortar.

Hemos  dicho que se trata de un diálogo, en el que parece que el marido escucha en silencio. Pero el poema es la respuesta a una declaración previa que debemos suponer. Él le acaba de confesar que la quiere. Ella con lucidez admirable le ha  precisado las elementales exigencias del  verdadero querer. Entera. Sin recortes. Y todavía le dice más: “Quiéreme día, quiéreme noche.. ¡Y madrugada en la ventana abierta!”  ¿Le está reprochando, celosa, las largas esperas hasta la madrugada ante la ventana abierta? Todo eso y más nos sugiere el verso. Sin embargo  ese “noche y día y madrugada en ventana abierta” está redondeando el mensaje en verdad universal y hondamente humano  que el poema nos transmite. Quiéreme entera, quiéreme sin recortes, quiéreme siempre. Es decir ¡Quiéreme toda... O no me quieras!

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18 de Julio

José Luis García Montero  y su poema:

Completamente Viernes

La literatura es reflejo de la sociedad o si se quiere de las creencias e increencias de los contemporáneos, de sus respuestas concretas al ideal de felicidad, de las sazones y de las desazones. Este poema expresa claramente el triunfo de la individualidad sobre el sentido comunitario de la existencia. Los días se diferencias por ser laborales o ser ocasión para la juerga. Y así semana tras semana, en pos de sí, hasta el acabamiento final. La fiesta  como la festividad ha desaparecido. Los días son planos, nada los diferencia.  Quizás hasta caiga un ligue efímero, al que llamar amor. Esto es “Completamente viernes”.

En apariencia no hay compromiso ideológico. Se nos muestra una existencia normal, que se reduce a afán de  amoríos, ajetreo diario, desorden doméstico, tráfico, ruidos; eso sí, en  una forma de expresión muy cuidada.  Si el lunes se ha considerado fatídico  por volver al trabajo y al afán de los días, después del descanso semanal (algo parecido, aunque en miniatura, al síndrome pos vacacional), el viernes ha pasado a ser el día de la liberación, el día en que todos se lo prometían felices: quizás, por fin, uno podrá encontrarse consigo mismo, “vivir quiero conmigo, a solas, sin testigo”,  pero no en el sentido que le dio Fray Luis, sino en el más directamente hedonista en que uno, de manera refinada o en bruto como en el botellón, espera encontrar en la ginebra, si no la noche del walpurgis entre brujerío, al menos un amor de consuelo y compañía  que incluso podía justificar como título distinto: “completamente tú, mañana de regreso, el buen amor, la buena compañía”.

La catedral, como el mercado, será encuentro de los vivos, ajetreo y movida, sin más. Otras maneras de seguir huyendo, es decir,  viviendo. Esto es ser hombre. ¿Adán qué te ha ocurrido para haber llegado a este desamparo? ¿El arrequietum cor agustiniano se ha aquietado en los vericuetos que  una cotidianidad de ordenadores y escobas pueda anunciar, como buena nueva,  como respuesta esperanzada, “encontrar un día completamente viernes”

 

                            Completamente Viernes

 

Por detergentes y lavavajillas,

por libros ordenados y escobas en el suelo,

por los cristales limpios, por la mesa

sin papeles, libretas ni bolígrafos,

por los sillones sin periódicos,

quien se acerque a mi casa

puede encontrar un día

completamente viernes.

Como yo me lo encuentro

cuando salgo a la calle

y está la catedral

tomada por el mundo de los vivos

y en el supermercado

junio se hace botella de ginebra,

embutidos y postre,

abanico de luz en el quiosco

de la floristería,

ciudad que se desnuda completamente viernes.

Así mi cuerpo

que se hace memoria de tu cuerpo

y te presiente

en la inquietud de todo lo que toca,

en el mando a distancia de la música,

en el papel de la revista,

en el hielo deshecho

igual que se deshace una mañana

completamente viernes.

Cuando se abre la puerta de la calle,

la nevera adivina lo que supo mi cuerpo

y sugiere otros títulos para este poema:

completamente tú,

mañana de regreso, el buen amor,

la buena compañía.

En contraposición os presentamos un alegre y con un punto de picardía, romance tradicional, divertido poemilla del siglo XV. Se titula La misa mayor (también La misa del amor).  Todo sucede la mañana de San Juan, fiesta cargada de resonancias amorosas y  de alegrías juveniles en que era esperable ir a buscar el trébole y con el hallazgo de la hierbecita mágica, el amor. Gran fiesta en la que todo el pueblo participaba, mayores y pequeños, y naturalmente todos tenían que celebrarla con su misa mayor. Faltaba más.

Pero algo iba a acontecer, de tal calibre que lo que iba a ser “Misa mayor” se va a transformar en la “misa del amor”. Todo el pueblo con sus mejores galas está reunido en el templo. De pronto entra en la iglesia, nada menos que en la mañana de San Juan una jovencita tan bella, tan elegantemente ataviada que todos han puesto sus ojos en ella, las jóvenes envidiándola y los demás asombrándose de su hermosura. Nadie se libra  del asombro. Nadie, ni el monaguillo, que en vez de decir amén, solo pronunciaba amor, amor. La incidencia es divertida, pero queda constancia en todos los detalles, de cómo era y se vivía en aquellos tiempos una fiesta, una más de las que alegraban el curso del año.

LA MISA DEL AMOR

 

Mañanita de San Juan,

mañanita de primor,

cuando damas y galanes

van a oír misa mayor.

Allá va la mi señora,

entre todas la mejor;

viste saya sobre saya,

mantellín de tornasol,

camisa con oro y perlas

bordada en el cabezón.

En la su boca muy linda

lleva un poco de dulzor;

en la su cara tan blanca,

un poquito de arrebol,

y en los sus ojuelos garzos

lleva un poco de alcohol;

así entraba por la iglesia

relumbrando como el sol.

Las damas mueren de envidia,

y los galanes de amor.

El que cantaba en el coro,

en el credo se perdió;

el abad que dice misa,

ha trocado la lición;

monacillos que le ayudan,

no aciertan responder, non,

por decir amén, amén,

dicen amor, amor.

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4 de Julio

Renoir en numerosas pinturas coloca a la mujer en medio de un jardín policromado por el colorido de las flores, y la convierte  en la flor de las flores. En una redondilla genial Juan Ramón Jiménez  lo expresa vigorosamente, tan sencilla como ingeniosamente:

 

La primavera placer

Flores, flores, flores, flores

Y entre todos los olores

Que inmenso el tuyo mujer.

Se trata de una concatenación selectiva de ideas. La más universal: la primavera es gozo y hasta placer. Pero cuál es el placer más pleno y representativo sino la flor, y no la flor, sino la conversión del universo en “flores, flores, flores…”, que son infinitamente más que si hubiera dicho “había en primavera muchas flores”. Quizás esperábamos que el poeta eligiera de la flor el color, pero no, elige el aroma de sus olores. La sorpresa poética nos sobreviene cuando por la magia de la palabra la primavera se ha transformado en mujer, la más bella flor, y no de aroma más intenso, que es la manera habitual de calificar  el grado de los aromas, sino en inmensidad, porque toda la primavera, que es siempre flor, que es siempre aroma, se ha convertido en mujer que inmensamente ha cubierto la tierra entera.

Hay un prodigioso poema de una de las últimas obras de Juan Ramón, La estación total con las canciones de la nueva luz (1923-1936), titulada  “Mirlo fiel”.

Ricardo Gullón dijo de este poema que “es un canto ascendente al sentimiento de eternidad suscitado en el alma por el vuelo del mirlo, cuya presencia anuncia el retorno sin fin de la primavera”

 “En este poema encontraremos en sutil integración los elementos del arte juanramoniano; la palabra alada, sugestiva, plástica; su sentido del color que le hace ver la primavera en «lo verde nuevo» de la hoja recién brotada, «fresco de oro», el aire alanceado por el sol, y al pájaro, «carbón vivificado por su ascua», como una negra flor voladora en ese ámbito purísimo. Vemos también cómo estas sensaciones coloristas se mezclan con otras también visuales, tal la de la embriaguez del mirlo «meciendo su inquietud» en las auras, y con alguna de tipo auditivo -«silba» el nuncio de la primavera-, fundiéndose al fin en la corriente poemática hasta desembocar, verso a verso, en la postrer sugerencia, que alude a los «valores armoniosos» entrevistos al contacto renovador de ese «fiel» abril representado en la imagen del ave oscura. La impresión inicial, reflejos auditivos y visuales, deriva del símbolo tangible al concepto abstracto, cuyo desarrollo posterior va a ser materia del poema, entrecruzando ideas y sensaciones.”

S.- Juan Ramón ha dado con la clave del arte de todos los tiempos, incluso en el sensualismo de Renoir: “es un canto ascendente al sentimiento de eternidad suscitado en el alma por el vuelo del mirlo, cuya presencia anuncia el retorno sin fin de la primavera” Igual que Renoir: “La flor mejor se eleva a nuestra boca, la nube es de mujer, la fruta seno nos responde sensual.” Y entre nostalgias de eternidad  “nos hace la vida suficiente.”

 

Cuando el mirlo, en lo verde nuevo, un día

vuelve, y silba su amor, embriagado,

meciendo su inquietud en fresco de oro,

nos abre, negro, con su rojo pico,

carbón vivificado por su ascua,

un alma de valores armoniosos

mayor que todo nuestro ser.

 

No cabemos, por él, redondos, plenos,

en nuestra fantasía despertada.

(El sol, mayor que el sol,

inflama el mar real o imajinario,

que resplandece entre el azul frondor,

mayor que el mar, que el mar.)

Las alturas nos vuelcan sus últimos tesoros,

preferimos la tierra donde estamos,

un momento llegamos,

en viento, en ola, en roca, en llama,

al imposible eterno de la vida.

 

La arquitectura etérea, delante,

con los cuatro elementos sorprendidos,

nos abre total, una,

a perspectivas inmanentes,

realidad solitaria de los sueños,

sus embelesadoras galerías.

La flor mejor se eleva a nuestra boca,

la nube es de mujer,

la fruta seno nos responde sensual.

 

Y el mirlo canta, huye por lo verde,

y sube, sale por lo verde, y silba,

recanta por lo verde venteante,

libre en la luz y la tersura,

torneado alegremente por el aire,

dueño completo de su placer doble;

entra, vibra silbando, ríe, habla,

canta... Y ensancha con su canto

la hora parada de la estación viva.

y nos hace la vida suficiente.

 

¡Eternidad, hora ensanchada,

paraíso de lustror único, abierto

a nosotros mayores, pensativos,

por un ser diminuto que se ensancha!

¡Primavera, absoluta primavera,

cuando el mirlo ejemplar, una mañana,

enloquece de amor entre lo verde!

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13 de Junio

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