Momento para la poesía

16 de Mayo - 2017

Es Rubén Darío uno de los poetas más representativos del camino seguido por la modernidad como modo humano de encontrar la felicidad sin contar ni con Dios ni con la conciencia. Sus tres libros poéticos más conocidos Azul, Prosas profanas y Cantos de vida y esperanza, configuran además de una trayectoria estética una trayectoria vital, con su planteamiento de búsqueda refinada de sensaciones placenteras, mundo exquisito, aristocrático, oriental y clásico, donde se crea el espejismo de un mundo maravillosamente feliz. Pero la vida que es una opción de libertad no asegura que todos los caminos opcionales  terminan en un éxito existencial. Se suele decir que Dios perdona siempre, el hombre algunas veces, la naturaleza, nunca.

En Rubén vamos a encontrar cómo se le desmoronan sus ensueños iniciales,  y cómo, ni en el amor, ni en las riquezas ni en el éxito, halla la paz ni la felicidad por la que había apostado con total entusiasmo. Elegimos el poema La cartuja escrito hacia 1913, tres años antes de su muerte. Enfermo de alma (estrés) y del cuerpo (cirrosis). Lo compuso en Valldemosa, un pueblo a orillas del mismo mar Mediterráneo. Allí se encontraba como huésped en la mansión o “palau” del matrimonio Sureda-Montaner; un antiguo castillo de los reyes de Mallorca y que después fuera monasterio de monjes cartujos, antes de la desamortización. El poeta percibe en sus muros la paz espiritual de la antigua cartuja y en contraste con su estado anímico desesperado y vacío expresa  sus anhelos en la visión antitética de su estilo de vida con la de los monjes penitentes, austeros y solitarios que buscan a Dios.

El poema se convierte en un grito de alarma contra el extravío de un modo de vida que creyó que la felicidad estaba en la voluptuosidad del placer del lujo y del placer. Y sólo encontró desesperación. El paganismo dominante no había arrumbado las raíces cristianas de su formación religiosa inicial y vuelve a ella como un agarradero de última hora. El poema canta los estragos de su mundano vivir y suspira por haber seguido el camino de las antípodas del yermo y de la trapa. Es muy vigoroso. Sin embargo se le escapa la motivación central de la vida monástica, que no es tanto el desprecio del mundo cuanto el amor a Dios.

Vamos a ofreceros algunos versos del sobrecogedor poema de Rubén La Cartuja. El fracaso de un ideal de vida centrado en buscar permanentemente refinadas sensaciones placenteras, le han desembocado a un callejón sin más salida que la desesperación. Y es en ese momento cuando al recordar a los monjes de la Cartuja  canta:

            

Este vetusto monasterio ha visto,

secos de orar y pálidos de ayuno,

con el breviario y con el Santo Cristo,

a los callados hijos de San Bruno.

 

A los que en su existencia solitaria,

con la locura de la cruz y el vuelo

místicamente azul de la plegaria,

fueron a Dios en busca de consuelo.

 

Mortificaron con las disciplinas

y los cilicios la carne mortal

y opusieron, orando, las divinas

ansias celestes al furor sexual.

 

La soledad que amaba Jeremías,

el misterioso profesor de llanto,

y el silencio, en que encuentran armonías

el soñador, el místico y el santo,

 

fueron para ellos minas de diamantes

que cavan los mineros serafines

a la luz de los cirios parpadeantes

y al son de las campanas de maitines.

 

Gustaron las harinas celestiales

en el maravilloso simulacro,

herido el cuerpo bajo los sayales,

el espíritu ardiente en amor sacro.

 

Vieron la nada amarga de este mundo,

pozos de horror y dolores extremos,

y hallaron el concepto más profundo

en el profundo De morir tenemos.

 

Y como a Pablo e Hilarión y Antonio,

a pesar de cilicios y oraciones,

les presento, con su hechizo, el demonio

sus mil visiones de fornicaciones.

 

Y fueron castos por dolor y fe

y fueron pobres por la santidad,

y fueron obedientes porque fue

su reina de pies blancos la humildad.

 

Vieron los belcebúes y satanes,

que esas almas humildes y apostólicas

triunfaban de maléficos afanes

y de tantas acedias melancólicas.

 

Que el Mortui estis del candente Pablo

les forjaba corazas arcangélicas

y que nada podría hacer el diablo

de halagos finos o añagazas bélicas.

 

¡Ah!, fuera yo de esos que Dios quería.

Y que Dios quiere cuando así le place,

dichosos ante el temeroso día

de losa fría y ¡Requiescat in pace!

 

Poder matar el orgullo perverso

y el palpitar de la carne maligna,

todo por Dios, delante el Universo,

con corazón que sufre y se resigna.

 

Sentir la unción de la divina mano,

ver florecer de eterna luz mi anhelo,

y oír como un Pitágoras cristiano

la música teológica del cielo.

 

Y al fauno que hay en mí, darle la ciencia,

que al Ángel hace estremecer las alas.

Por la oración y por la penitencia

poner en fuga a las diablesas malas.

 

Darme otros ojos, no estos ojos vivos

que gozan en mirar, como los ojos

de los sátiros locos medio-chivos,

redondeces de nieve y labios rojos.

 

Darme otra boca en que queden impresos

los ardientes carbones del asceta;

y no esta boca en que vinos y besos

aumentan gulas de hombre y de poeta.

 

Darme unas manos de disciplinante

que me dejen el lomo ensangrentado,

y no estas manos lúbricas de amante

que acarician las pomas del pecado.

 

Darme una sangre que me deje llenas

las venas de quietud y en paz los sesos,

y no esta sangre que hace arder las venas,

vibrar los nervios y crujir los huesos.

 

¡Y quedar libre de maldad y engaño

y sentir una mano que me empuja

a la cueva que acoge al ermitaño,

                   o al silencio y la paz de la Cartuja!

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2 de Mayo - 2017

SONETO A CRISTO CRUCIFICADO

No me mueve, mi Dios, para quererte

el cielo que me tienes prometido,

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.

 

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte

clavado en una cruz y escarnecido,

muéveme ver tu cuerpo tan herido,

muévenme tus afrentas y tu muerte.

 

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,

que aunque no hubiera cielo, yo te amara,

y aunque no hubiera infierno, te temiera.

 

No me tienes que dar porque te quiera,

pues aunque lo que espero no esperara,

lo mismo que te quiero te quisiera.

 

  Sin duda es un soneto-oración que ha emocionado al pueblo cristiano desde que aparece en el siglo XVI. Mi madre, una campesina de la ribera de Navarra, la tenía como su oración predilecta. Yo la he visto derramar lágrimas al recitarlo ante el Cristo crucificado de la parroquia. Sin duda el amor desinteresado es un tema muy noble, y proclamar "no me tienes que dar porque te quiera" nos toca a todos en el corazón. Hermoso poema. Y como en tantas joyas de nuestra literatura, hasta hoy, que yo sepa, sigue siendo anónimo. Nunca me han parecido convincentes las razones alegadas para atribuírselo a San Francisco  Javier, a Santa Teresa o a San Juan de la Cruz, por nombrar a los más conocidos. Encontrar textos semejantes en que parece reflejarse el contenido del soneto, no es suficiente. 

Permitidme  que sobre el soneto os haga una consideración que nunca se la hubiera planteado a mi madre. El soneto tiene una concepción del  amor más sentimental  y, filosóficamente, más idealista que real. Los quilates del amor se constatan no en la intensidad del sentir sino en los frutos (obras son amores y no buenas razones). Vale para el amor humano, cuánto más para el amor de Dios a  los hombres, y es asombroso para el aniquilamiento de Jesucristo por amor a los seres humanos. Solo Dios puede amar desinteresadamente. Los hombres no, y menos si no nos hubiera otorgado por su sacrificio redentor esa capacidad de corresponder al amor.

No se trata de una lección admirable e inconmensurable en la escala del amor y ya está. No, no y no. El amor se manifiesta en el bien que damos en lo más íntimo de su ser a quien decimos amar, des-viviéndonos por quien amamos. Grande muy grande es que el sacrificio de la cruz, ese cuerpo tan herido, tus afrentas y tu muerte, sean el pago por el rescate del infierno tan temido. Pero más  grande todavía  que, gracias a su  amor, la casa definitiva de la humanidad sea el cielo y no seamos errantes peregrinos al azar. Nos ha hecho hijos de Dios y herederos del cielo.

Os lo confieso: a mí personalmente sí me mueve el cielo que me tiene  prometido; pero no por interés ni miramiento egoísta. Pensando en el infierno descubro el sublime amor de Dios. Y cuando pienso en el cielo y tengo en cuenta el barro de mi naturaleza se me rompen esquemas y medidas, alzo mis manos a lo alto y sólo me sale del corazón un gracias mil veces repetido.

Os voy a confundir un poco  más: yo lo sigo rezando, pero haciendo un guiño a Dios, como si le dijese: ya sé que el único amor desinteresado es el Tuyo: cómo no voy a agradecer tus regalos y tus dones.  Menudo desplante en la mañana de Reyes si yo no hiciera caso de los regalos, pero no los de los Reyes sino los que el mismo Dios nos ha conseguido, y no como un adorno complementario ni un juguete sino como la transformación de nuestro ser y vocación, pues lo que era solo condición de naturaleza Cristo nos lo ha transformado en sobrenaturaleza; de criaturas nos ha transformado en herederos  e hijos de Dios.

No me tienes que dar porque te quiera. Es un modo de hablar, pero no define la verdad. Sin su muerte el infierno sería el único camino natural y esperable. Por su muerte la gracia me ha transformado el ser así que puedo decirle al Señor: Ya sé, mi Señor, que esto es una señal  de   la medida de tu amor, pero déjame que te diga un imposible "aunque no hubiera cielo yo te amara y aunque no hubiera infierno te temiera". Amor con amor se paga.

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18 de Abril - 2017

    Nos viene a la memoria el conocido soneto de Lope de Vega al contemplar la Hostia consagrada alzada en sus manos sacerdotales. Es una oración llena de ternura y de confianza y os diría que hasta de oportunismo ingenioso, en la que va a pedir que, puesto que ahora Lope tiene la Hostia en sus manos, luego Cristo no le deje a él de las suyas.

 

Cuando en mis manos, Rey eterno, os miro,

y la cándida víctima levanto,

de mi atrevida indignidad me espanto

y la piedad de vuestro pecho admiro.

 

Tal vez el alma con temor retiro,

tal vez la doy al amoroso llanto,

que arrepentido de ofenderos tanto

con ansias temo, y con dolor suspiro.

 

Volved los ojos a mirarme humanos,

que por las sendas de mi error siniestras

me despeñaron pensamientos vanos;

 

no sean tantas las miserias nuestras

que a quien os tuvo en sus indignas manos

vos le dejéis de las divinas vuestras.

 

         Sin embargo quisiera poder transmitiros los sentimientos que me embargan  al escuchar la segunda parte de la plegaria Eucarística, con una fuerza no menor que cualquiera de los poemas escritos por grandiosos que sean los poetas. Es una oración de súplica y una oración de alabanza dirigida al Padre.

         Sobrecoge caer en la cuenta de que hay un intervalo de tiempo entre las palabras de la consagración que anuncian la fracción del pan y el momento posterior en que el celebrante lo parte.

         Me parece que se detiene el tiempo de Cristo y que, en su presencia crucificada, muerto ante nosotros, se lo ofrecemos al Padre, como pan de vida y cáliz de salvación y le damos gracias porque  por su Hijo nos hace, -“hace, hace, hace” dignos, mucho más que un simple nos considera dignos-, de servirle en su presencia.

Y en ese momento sobrecogedor, ante Jesús suspendido en la Cruz, le pedimos  al Padre –al que todo lo que pidamos en su nombre nos dará- por la unidad de la Iglesia y su perfección por la caridad, por el Papa y todos los pastores, por los difuntos; y para nosotros, misericordia, compartir la vida eterna y cantar sus alabanzas.

Si la poesía es palabra emocionada, capaz de suscitar los sentimientos más nobles, la verdad, la belleza y el bien convierten el momento en sublime.

 

“Así pues, Padre, al celebrar ahora el memorial de la muerte y resurrección de tu Hijo, te ofrecemos el pan de vida y el cáliz de salvación, y te damos gracias porque nos haces dignos de servirte en tu presencia.

Te pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo.

 Acuérdate, Señor, de tu Iglesia extendida por toda la tierra; y con el Papa N., con nuestro Obispo N., y todos los pastores que cuidan de tu pueblo, llévala a su perfección por la caridad.

Acuérdate también de nuestros hermanos que durmieron en la esperanza de la resurrección, y de todos los que han muerto en tu misericordia; admítelos a contemplar la luz de tu rostro.

Ten misericordia de todos nosotros, y así, con María, la Virgen Madre de Dios, su esposo san José, los apóstoles y cuantos vivieron en tu amistad a través de los tiempos, merezcamos, por tu Hijo Jesucristo, compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas.

Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. Amén.

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21 de Marzo - 2017

     Hoy no os vamos a traer, ningún poema de autores conocidos, por  excepcionales  que puedan parecernos. El propio texto de la liturgia nos ofrece uno de los poemas más sublimes, un himno de adoración y alabanza, antiquísimo, presente ya en los primeros siglos de la Iglesia y que arranca con las palabras que cantaron los ángeles en la Noche Buena. Gloria in excelsis Deo.

 

    Su historia es muy larga en relación con las variantes textuales y su introducción en el ordo de la misa. El primer papa que introduce este himno en la Liturgia fue el papa Telesforo (128–139?) quien la incluye en el Ordinario de la fiesta de Navidad y, luego, Símaco (498–514) -que lo generalizó para todas las celebraciones dominicales-. Al inicio, su rezo estaba reservado solo a los sacerdotes en la Pascua, pero a fines del siglo XI los celebrantes comenzaron a obtener los permisos para cantar el Gloria en todas sus celebraciones festivas. Nunca en el Adviento hasta la Misa de Navidad. Es un himno pletórico y exultante, simplificado si lo comparamos con las celebraciones ortodoxas o con las glosas y variaciones que se introducían con  cierta libertad durante la Edad Media, ya desde el siglo XI.

 

    Además de los salmos de alabanza, dos himnos acompañan la historia de la Iglesia: el Te Deúm laudamus y el Gloria. El primero suele ser entonado en momentos de celebración. El himno continúa siendo regularmente utilizado por la Iglesia católica, en el Oficio de las Lecturas encuadrado en la Liturgia de las Horas. También se suele entonar en las misas celebradas en ocasiones especiales como en las ceremonias de canonización, la ordenación de presbíteros, proclamaciones reales, etc. Los cardenales lo entonan tras la elección de un papa. Posteriormente, los fieles de todo el mundo para agradecer por el nuevo papa cantan este himno en las catedrales.

 

      El segundo, el Gloria, protagoniza la alabanza, como una explosión de sentimientos, en la liturgia de la palabra. Es una alabanza trinitaria, que proclama el creyente exultante de gozo, por eso le desbordan las palabras que brotan incontinentes de su boca “te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias”, al Padre, Rey celestial y todopoderoso; al Hijo único Jesucristo, al que le cantamos su peculiar grandeza y le pedimos piedad, oído a nuestras súplicas y una  vez más piedad porque Él nos quita el pecado del mundo. Y al final una apoteosis triunfal, en que Cristo, en unión con el Espíritu Santo se manifiesta lleno de gloria y Majestad como lo vio el protomártir, San Esteban, sentado en la Gloria del Padre.

 

 Gloria a Dios en el cielo,

y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor .

Por tu inmensa gloria,

te alabamos,

te bendecimos,

te adoramos,

te glorificamos,

te damos gracias,

Señor Dios, Rey celestial, Dios Padre Todopoderoso.

Señor Hijo Único, Jesucristo,

Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre,

tú que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros;

tú que quitas el pecado del mundo, atiende nuestras súplicas;

tú que estás sentado a la derecha del Padre, ten piedad de nosotros.

Porque solo tú eres Santo,

solo tú Señor,

solo tú Altísimo, Jesucristo,

con el Espíritu Santo, en la Gloria de Dios Padre. Amén

 

    Cuando medito en este asombroso himno recuerdo la expresión con que iniciamos la plegaria eucarística: “En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, darte gracias siempre y en todo lugar...” Efectivamente este himno expresa lo que en deber de justicia mediante la virtud de la piedad, debiéramos proclamar en todo lugar, no solo en la iglesia, sino en el monte, en los caminos, en la cocina, al amanecer y al atardecer, porque es de justicia por eso es nuestro deber; pero es además necesario para nuestra salvación. El Gloria es un himno que desde la fe ha de proclamar el creyente en todo tiempo y lugar y si me doy audacia os diría que sería el himno de toda persona de buena voluntad. Así comienza el himno: “Gloria a Dios en  el cielo y Paz para los hombres de buena voluntad…”

 

    Pero además, teniendo en  cuenta la totalidad del texto de la misa, se nos convierte en contrapunto significativo pues aquí alabamos directa y personalmente a Dios. Permitidnos que lo digamos así: para entonar el Gloria no necesitaríamos estar en el templo. Sin duda supone una explosión de entusiasmo al Dios que nos va a hablar en la liturgia de la palabra.

 

    Pero el ‘todavía más’, lo sublime de la celebración eucarística, es el sacrificio que ofrecemos al Padre en  unidad con el Espíritu Santo, no en palabras y deseos, sino en obras: el Cordero pascual inmolado, se lo ofrecemos al Padre, en Cristo, agarrados fuertemente a su ofrenda pascual. Es asombroso. Para celebrar la Eucaristía necesitamos el templo y el altar. Es  la oración sublime de la Iglesia. Además de alabarle en todo tiempo y lugar.

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7 de Marzo - 2017

EL MADRIGAL DE LA MUCHACHA COJA

Dulce María Loynaz

Era coja la niña.

Y aquella

su cojera

era

como un ondulamiento

de viento

en un trigal...

 

Era coja la doncella,

trazaba eses de plata sobre el viento,

hecha a no sé qué curva sideral...

 

Cristal quebrado era la niña... Mella

de rosas, por el pie quebrada

(¡y sin cristal que la tuviera alzada!...):

Una rosa cortada

que cae al suelo y que el que pasa huella.

 

La niña cojeaba

y su cojera en una sonrisa recataba

sin acritud de llanto ni querella:

 

Como la Noche sella

su honda herida de luz—alba o centella—,

así sellaba

ella

la herida que en su pie se adivinaba...

 

Nadie la hallara bella;

pero había en ella

como una huella

celeste... Era coja la niña:

 

Se hincó el pie con la punta de una estrella.        

          

 

 

Bien sabéis de mi admiración por la poetisa, la humilde y franciscana de alma, la poeta cubana, Dulce Mª Loynaz. No me cansaré de ponderar ni su don como poeta ni su finura como mujer de fe visible en sus poemas. No es que proclame en verso el credo o difunda con claridad doctrinas del catecismo. La mirada cristiana se ha hecho en ella poesía.  No digo que su obra entera posea siempre el don de ser sublime. No.  Como en el oro, los hay más acendrados, con mayor o menor pureza y con mayor o menor número de defectos. Pero en su extensa obra hay un centenar de poemas que la convierten en maravillosa poeta católica.

Uno de ellos es este  Madrigal de la muchacha coja. Tiene el acierto de romper los prejuicios, los estereotipos que, como torpes anteojos, nos impiden ver la verdad asombrosa que posee cada realidad, la auténtica belleza oculta.

Madrigal de la muchacha coja es en poesía lo que el enano Don Sebastián de Morra en pintura. Un canto a la dignidad de todo ser humano por limitado que a los ojos mundanos pueda parecer. No se trata de un poema escrito en verso libre; el ritmo dominante es el endecasílabo y la rima a veces convertida en consonancias entre palabras próximas, llenan de ritmo y sonoridad el bello contenido del poema.  Dulce María lo tituló madrigal. Por la forma métrica sería una licencia métrica. Rigurosamente no se somete a la combinación de endecasílabos y heptasílabos rimados en consonante. Pero sí como contenido, madrigal ha quedado asociado al canto entusiasta a la belleza de una mujer, no me cabe duda que fue un acierto titular la belleza de la muchacha coja como un perfecto madrigal. ¿Quién no recuerda el de Gutierre de Cetina dedicado a unos ojos serenos?

 

Ojos claros, serenos,

si de un dulce mirar sois alabados,

¿por qué, si me miráis, miráis airados?

Si cuanto más piadosos,

más bellos parecéis a aquel que os mira,

no me miréis con ira,

porque no parezcáis menos hermosos.

¡Ay tormentos rabiosos!

Ojos claros, serenos,

ya que así me miráis, miradme al menos.

   

No se trata, en la muchacha coja, de unos ojos a los que amenaza la ira como debilitación de su hermosura. Es mucho más. Es un canto a la belleza de una muchacha a la que los cánones de la belleza oficial le negarían su hermosura. Es un canto que nos va acusando a los que actuamos según las modas establecidas, de ignorar el secreto oculto que da grandeza y sublimidad a la niña coja. ¿Sólo es bello el modelo universal de la Venus de Milo?¿Acaso no  hemos gozado de la hermosura del ondulamiento del viento en un trigal? Claro que la niña caminaba haciendo eses de plata, pero ¿acaso conocemos el secreto de las curvas siderales que rigen el movimiento de las estrellas?

La niña era cristal quebrado, mella de rosas, una rosa cortada, que al caer al suelo pisamos sin mirarla. Es verdad dolorosa. Nos acostumbramos al sufrimiento de cualquier persona en su deformidad. Pero nos hemos hecho torpes. No podemos entender ni siquiera esa aceptación íntima que encontramos en quienes sufren. La poetisa llega hasta el hondón y desvela algo que no habíamos ni sospechado. Observad en directo, sin intermediarios, la cojera de la niña. Miradla atentamente. La imagen poética es sobrecogedora: la cojera de la niña era como una sonrisa recatada sin acritud ni llanto. Alba o centella que sellaba en la noche la herida que se adivinaba en su pie.

No se trata ni de retórica ni de cortesía que busca eufemismos para disimular la cruda realidad. Es la otra mirada que recupera sentidos perdidos u ocultos a la mirada rutinaria. Con toda esta barahúnda de prejuicios y valoraciones “objetivas”, qué extraño tiene que “Nadie la hallara bella”.

Una carta, admirable por su verdad, se guardaba la poetisa para el final. Había  más. Todavía más que las ondulaciones de los trigales, la maravilla de las curvas siderales, más que el cristal, la rosa o la centella. En esta niña coja, “era coja la niña”, nada menos que había en ella una huella celeste. ¿No lo terminaremos de entender? Madrigal, pues claro que madrigal y más que madrigal. Era bellísima la niña, tenía una huella celeste. No es una criatura limitada y deforme nacida para la tierra. Su huella celeste refleja que su belleza  se apoya en que lleva la huella de Dios. Su destino es el cielo. ¿Que por qué es coja? ¡Qué más da lo que ocurrió! Dulce María Loynaz lo ha adivinado: “Se hincó el pie con la punta de una estrella”.  En todo lo que llamamos desgracia para los hombres, existe la punta de una estrella que la ocasiona, sin que podamos rebelarnos.

El actor protagonista de nuestro cortometraje que da vida en la ficción a Will, en su vida real Nicholas James Vujicic, un día hizo en la prensa esta declaración:

"Nací en Australia y doy gloria a Dios porque usó mi testimonio para tocar miles de corazones alrededor del mundo. Nací en 1982 sin extremidades y no hay una explicación científica para este defecto. He tenido que encarar cambios y obstáculos. Me gustaba ir a la escuela y trataba de vivir como todos los demás, pero en mis primeros años enfrenté rechazos y burlas. Era muy difícil, pero con la ayuda de mis padres desarrollé aptitudes y valores que me ayudaron a aceptarme y avanzar. Sabía que yo era diferente por fuera, pero en mi interior era exactamente igual a los demás. En muchas ocasiones me sentía decaído y no quería afrontar la realidad negativa. Hubo momentos en que caía en la depresión y el enojo porque no podía cambiar mi físico. Aprendí que Dios nos ama a todos y cuida de cada uno de nosotros, pero no podía entender por qué me había hecho así si me amaba. Así que seguí con mi vida como es ahora y nadie puede cambiar lo que está hecho. Llegué a pensar en terminar con mis penas y mi vida. Mis padres y mi familia, estuvieron siempre ahí dándome fuerza. Para contrarrestar mis problemas emocionales, de autoestima y soledad, Dios me movió a compartir mi historia y experiencias para ayudar a otros a afrontar sus vidas y ver bendiciones en los obstáculos. Me animé a inspirar a otros a usar su potencial al máximo y alcanzar sus esperanzas y sus sueños. Me apasiona llegar a la gente y ponerme en manos de Dios para lo que Él desee hacer, Él marca el camino y yo simplemente lo sigo."

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21 de Febrero - 2017

     En este apartado dedicado a la poesía vamos a presentaros el cuadro titulado Camino de naranjos de Alzira. Se trata de un espléndido poema pictórico, con mirada de elegía. Pues la pintura –y no sólo la palabra- puede ser también poética. Nos vamos a centrar en un hermoso ejemplo de ello. Nos situamos dentro de un frondoso entorno de naranjos, sobre un camino de tierra que cruza el naranjal a la sombra de los árboles repletos de frutas, en una explosión de colorido a la vez que de intimidad.

Camino de Naranjos, de Alzira

    Entre la plenitud de una naturaleza vigorosa y una mesa cubierta con su mantel blanco descuidado, como si lo que sirvió para un encuentro, lo que tuvo su utilidad y su esplendor, ahora ya lo hubiera  perdido. Todo está en huida permanente, el tiempo y la vida.

     El escritor Antonio Muñoz Molina,  miembro de la Real Academia de la Lengua y premio Cervantes, publicó un artículo magistral  en El País el 6 de junio de 2009, en el que con la brevedad propia de un rincón periodístico, nos ofrece las claves de la genialidad de nuestro pintor. Comienza con una cita de Pérez de Ayala:

“En sus autorretratos Joaquín Sorolla tiene con frecuencia una actitud de acecho. Se pinta a sí mismo un poco inclinado hacia delante, el pincel en una mano, la paleta en la otra, la mirada ansiosa en el espectador, o en el espejo en el que está viéndose, o en el lienzo al que una vez más está enfrentándose, o en esa fracción del espectáculo incesante del mundo que está queriendo atrapar, sabiendo que por muy atentamente que mire y por muy rápido que pinte, las cosas habrán cambiado o habrán desaparecido al cabo de un parpadeo. "Hay que pintar y pintar y pintar, no queda más remedio", escribió en una carta. Cuando no pintaba estaba imaginándose cuadros o dibujos veloces o escribiendo cartas en las que divagaba a toda velocidad sobre la pasión y el tormento de su oficio: "No hay nada inmóvil en lo que nos rodea. Hay que pintar deprisa, porque ¡cuánto se pierde, fugaz, que no vuelve a encontrarse!".

    Es una clave sagaz para comprender la obra, absolutamente toda la obra de Sorolla. En toda ella está presente el tiempo. A veces como consecuencia de la experiencia del observador, en otras porque el pintor expresamente nos lo quiere transmitir.

     Este es el caso  del cuadro titulado Camino de naranjos. Alzira, que perfectamente hubiera podido llevar de nombre “Estamos  de paso en el jardín”.

     Lo primero que destaca es un naranjal espléndido por su frondosidad y por la feracidad de sus frutos, pletóricos de sazón. Forman sus copas como un puente de verdes y  puntos amarillos. Por debajo un camino, primero en sombra, después en luz. En el lateral derecho del camino una mesa con su mantel blanco, bajo la plácida sombra que proyectan los naranjos. Sobre la mesa no hay nada, ni objetos ni restos de comida, solo el mantel, limpio pero ya descolocado. Dos sillas vacías subrayan la ausencia. ¿Qué sentido tiene este rincón? ¿Enriquecer y contrastar con el blanco el cromatismo plural de la escena? Sin duda estamos en un primer plano con ese nivel de belleza  definido como lo que complace a la vista. 

    Así lo vió el poeta Carlos Pellicer (18971977) Fue un hombre muy culto, escritor, poeta, museógrafo y político mexicano. Cuando conoció la pintura de Sorolla se entusiasmó y llegó a escribir:

“Sorolla es el impresionismo porque es él el mayor pintor de esa manera de pintar. Este dueño de los trópicos pinta con fuego; de sus paletas al sol toma la luz, como si el sol fuera su propia paleta, y descompone los colores como la luz en el iris con la facilidad milagrosa de los fenómenos naturales”.

     Al contemplar el cuadro que estamos comentando Carlos Pellicer escribió el siguiente poema en alejandrinos:

Paisaje de Joaquín Sorolla

El jardín de naranjos bajo el sol de las doce.
La sombra corre tenues morados bajo ramas.
Naranjas de oros mate y de oros sobre llamas
ofrecen la dulzura de su sencillo goce (…)
De tierra enrojecida sendero hay en la huerta,
y en él, vestida de blanco, una mesa desierta.
Juega el sol en el lino. Alguien se fue o vendrá.
Hay cien verdes en los árboles y hay en frutos
cien oros.
La luz dice en matices los felices tesoros
del jardín de naranjas que a la sed se dará.

 

     Sí, así es en el cuadro. La luz dice en matices los felices tesoros del jardín de naranjas que a la sed se dará.

     Pero a mí además me produce un escalofrío interior, una evidencia de la fugacidad de todo: el tiempo que hizo posible la amena celebración de comensales o contertulios, ya ha terminado; queda el esplendor del naranjal, vigoroso, pletórico de vida, pero la mesa nos recuerda que también el naranjal está sometido a la dura ley del tiempo. Como sugiere el camino, también el naranjal está de paso.

"No hay nada inmóvil en lo que nos rodea. Hay que pintar deprisa, porque ¡cuánto se pierde, fugaz, que no vuelve a encontrarse!"

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7 de Febrero - 2017

     A modo de contrapunto vamos a  escuchar un romance de la poetisa cubana Dulce Mª Loynaz, poeta católica donde las haya, reconocida y admirada como una de las cumbres del siglo XX. Se titula Tierra cansada y expresa ese sentimiento, tan de nuestros tiempos de que las cosas se van alejando de lo que debían ser, como si la tierra se fuera cansando y se hubiera alejado de su alegría juvenil. 

     Dulce Mª tiene la impresión de que ya nada es como antes: ni las cañas dan tan dulce el azúcar, ni las frutas alcanzan su sazón, ni las rosas el aroma que tuvieron. Y hasta las mariposas tienen que volar todo el día para sacar un poquito de miel. Su sentimiento de melancolía  le lleva a exclamar:” ¡Me duele el alma de sola!... Y en el último verso nos dice, más que por ella, por lo que percibe en su entorno: El corazón quiere sombra... Pero Dulce Mª sabe que su  consuelo y esperanza lo encuentra en La Virgen que se quedó arriba toda cubierta de rosas...Rosa más linda que todas!... Sabe que esa es su esperanza, que nuestro destino es el cielo, estar junto a la Virgen,  aunque, como sentir universal, tan humano, le manifieste a la Señora nuestra  que sí, pero que tan pronto no: “¡No me esperes si me esperas, / Rosa más linda que todas!...”

 

TIERRA CANSADA (Romance pequeño)

La tierra se va cansando,
la rosa no huele a rosa.
La tierra se va cansando
de entibiar semillas rotas,
y el cansancio de la tierra
sube en la flor que deshoja
el viento... Y allí, en el viento
se queda...

La mariposa
volará toda una tarde
para reunir una gota
de miel...

Ya no son las frutas
tan dulces como eran otras...
Las cañas enjutas hacen
azúcar flojo... Y la poca
uva, vino que no alegra...
La rosa no huele a rosa.
La tierra se va cansando
de la raíz a las hojas,
la tierra se va cansando.
(Rosa, rosita de aromas...,
la de la Virgen de Mayo,
la de mi blanca corona...
¿Que viento la deshojo?)
¡Me duele el alma de sola!...

(La Virgen se quedó arriba
toda cubierta de rosas...)

¡No me esperes si me esperas,
Rosa más linda que todas!...

La tierra se va cansando...
El corazón quiere sombra...

********************

 

17 de Enero - 2017

Hoy no vamos a comentar. Preferimos ofreceros un recital de cuatro poemas que cantan a la mujer, madre, abuela, o consagrada a Dios.

El primero es del extraordinario poeta y católico  Miguel d’Ors. Dedica su alabanza a todas las madres.

 

Benditas las ojeras de las madres,

y bienaventuradas las espaldas de las madres,

los pasos con varices de las madres. La noches arrasadas

de las madres. Y bienaventuradas las madres,

madres, madres.

 

Porque ser madre es una puerta abierta;

ser madre es un peral junto al camino.

Es un agua sencilla, una pradera ... Un árbol sin horarios

ni preguntas, ni prohibidos. Un poco

de nieve que se pisa.

 

Ser madre es lo que nunca termina.

Lo que parece Dios de tan, tan madre.

Yo bendigo a las madres con toda la poesía que me cabe

en la voz. Y digo para el puro diccionario

de los ángeles: madre, la mujer

que al dolor le enseña a ser sonrisa.

 

 

2º.- ANGELA FIGUERA AYMERICH

 

                CANTO A LA MADRE DE FAMILIA[1]

 

Poeta española nacida en Bilbao. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid, siendo Catedrática de Lengua y Literatura en los Institutos de Huelva, Alcoy y Murcia, y trabajando en la Biblioteca Nacional. Junto a Blas de Otero y Gabriel Celaya, formó parte del Triunvirato Vasco de la poesía de posguerra. Al finalizar la guerra civil española se exilió a México. Es autora de los libros de poemas, Mujer de barro (1948), Soria pura (1949), Vencida por el ángel (1950), El grito inútil (1952), Víspera de la vida (1953), Los días duros (1953), Belleza cruel (1953) y Toco la tierra. Letanías (1962).

 

Ángela Figuera Aymerich, retrato

Canto a la madre de familia    
tan mujer de su casa la pobre,     
tan gris por todos lados,    
tan oveja por dentro     
aunque suele gritar con los chiquillos.
          
Canto a sus manos suaves de lejía     
los lunes y los martes,     
los miércoles y jueves picadas por la aguja,    
quemadas cada viernes por la plancha,     
ungidas por el ajo y la cebolla.     
(El sábado es un día extraordinario:    
limpieza de cocina, compra doble,     
y hacia las seis, barniz sobre las uñas     
para salir a un cine baratito    
del brazo del esposo.)
        
Canto a la madre de familia     
a las ocho de la mañana     
distribuyendo cautamente     
la leche azul del desayuno    
en los tazones de asa rota.     
(Para Juanín que tanto crece     
hay que poner la mejor parte.)
          
Canto a la madre de familia     
que era tan linda hace quince años,    
que ahora se ríe (un poco triste)    
con los consejos de belleza.    
(Dedique usted todos los días     
un cuarto de hora a su cabello.)
           
Canto a la madre de familia    
que suma y suma equivocándose,     
cincuenta y siete y llevo cinco...     
porque se han ido veinte duros     
y sin pagar al carbonero.
           
Canto a la madre de familia     
que al acostarse por la noche     
nunca termina un rosario.     
(Lolita sigue tan flacucha,     
Juanito tuvo malas notas,     
el nene va lo que se dice    
con el culito al aire.)
    
Canto a la madre de familia     
cuando se duerme tan cansada     
que un ángel blanco y bondadoso     
baja en secreto y la conforta.

 

3º Un poema que un amigo compuso para su madre.

 

A  LA MADRE

PARA MARÍA  HERRERA  NAVARRETE

Muerta el 27 de diciembre de 2013

Sentires de Isabel, su hija

 

 “La memoria del alma es la palabra”  Luis  Rosales

 

Se nos marchó  en silencio como lo hace el alba.

Nos dijo “a Dios” con su mirada cálida

Y se nos fue hacia Dios, madura de esperanza.

¿Es mi recuerdo nostalgia  de  su ausencia?

¿Son los recuerdos  rincones  de   añoranza?

Madre, yo estoy aquí  en un presente  continuado.

Cada instante fugaz se convierte en recuerdo.

Mi memoria me  lleva de tu mano aún  ahora.

Mi ser de  ayer  creció siempre  a tu sombra.

A tu sombra: desde  mis sueños infantiles,

Mis ilusiones de mujer, de esposa y madre.

Yo también soy para mí un recuerdo prolongado.

Mi ser se ha construido  a tu mirada,  regalo de tu amor.

Pensar en ti  es  revivirte  en   alma.

Porque  en mi ahora   tú  sigues   a mi lado

Cuando consuelo al triste como tú me enseñabas,

Cuando colmo la mano  que me extienden vacía

Cuando sonrío al triste con tu misma sonrisa,

Cuando oculto el dolor para que nadie sufra

Humildemente,  calladamente; y, sin que nadie lo sepa,

Poder hacer  feliz a  quien está a mi lado:

Hijos, amigos, nietos, prolongación de tu persona.

Mi recuerdo es más que una nostalgia de tu ausencia.

Es presencia en el alma, destellos en la tierra

De la inmortalidad que nos aguarda.

Madre, de tu mano camino en esperanza.

 

         Y 4º, también de la mano de otro amigo.

A LA HNA. ALFONSINE KAMWANYA  EN EL DÍA DE SU CONSAGRACIÓN

 ¿Me has llamado, Señor? Ya estoy dispuesta.

La Lámpara que tú me has encendido

Ilumina mi ser. Hasta mi olvido.

Mi ce          stilla de flores bien repuesta,

 

Arras y dote que una esposa honesta

Tiernamente le ofrece a su marido:

“Tuya soy para siempre, amor cumplido

En esta tarde de otoño tan apuesta.

 

Veré  tu rostro en todas mis hermanas.

Tu  luz radiante, en plena noche oscura.

En mi quehacer  serás dueño y modelo.

 

Te alabaré al albor de las mañanas

Y cantaré en  la noche tu hermosura.

Haré tu voluntad como en el cielo”.

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3 de Enero - 2017

       También el año 2016 nos ha permitido conmemorar la muerte del gran poeta nicaragüense Rubén Darío. Lo hacemos trayendo al recuerdo un poema lleno de candor, inmerso en la mirada creyente e ingenua de la antigua cristiandad, la que supo convertir en cotidianidad fiestas tan vigorosamente celebradas hasta nuestros días, como la de los Reyes Magos, a pesar de los descarados y zafios intentos por demoler tradiciones y fiestas navideñas  para que de ellas no quede ni las huellas ni el recuerdo.

Rubén Darío

El poemilla, es de una actualidad rabiosa. Pertenece al libro Cantos de vida y esperanza, sin duda el más profundo y humano de sus libros de poesía. Rubén Darío se tomó en serio que la vida era para gozarla, no sólo para cantar los gozos sino para vivirlos. Pero la vida desenfrenada siempre pasa factura. El que había cantado como nadie el amor como carnalidad y erotismo, aureolado por los mitos de Grecia y el exotismo de los lujos orientales, al cruzar el dintel de la mitad de su vida se ve, solo, enfermo, abandonado por los que le adulaban, deseoso de encontrar un apoyo que le devuelva la paz de su  infancia y lo va a encontrar precisamente en la fe que en sus años de esplendor y neopaganismo había arrojado por la borda.  

Este es el contexto en el que hay que  leer Los tres Reyes Magos. Los tres Reyes Magos, uno a uno va a aparecer en el escenario de la Adoración de los Reyes. Cada uno va a entregar los conocidos dones y cada uno va a anunciar el profundo sentido  que cada don encierra. Modifica la pertenencia de los regalos. Va  a ser Gaspar quien entregue el incienso en primer lugar y en el encuentra que la vida es bella y pura, que existe Dios y que el amor es inmenso. Melchor entrega la mirra y en ella recuerda también que Dios existe, que es la única luz; que hasta las flores tienen los pies de lodo, y en el placer anida la melancolía. Baltasar trae el oro porque Dios existe, el es fuerte y grande;  y lo más sugestivo: Ha descubierto el triunfo sobre la muerte. Todo lo sabe por el lucero puro que brilla en la diadema de la muerte.

Cuatro serventesios, en tres intervienen los tres Reyes. ¿Quién habla en cuarto lugar? ¿Quién ordena callar a los reyes, que han sido testigos de tantas maravillas? El propio Rubén quiere dar el testimonio de su creencia en Cristo, de la superación de sus vacilaciones. No les quita autoridad. ¡Faltaba más! Pero quiere hablar como quien viene de las tinieblas y ha cruzado por sombras de muerte. El Rubén del hedonismo y del hastío proclama a voz en grito: Triunfa el amor, y a su fiesta os convida. ¡Cristo resurge, hace la luz del caos y tiene la corona de la Vida! 

Los tres Reyes Magos 
(Rubén Darío) 


-Yo soy Gaspar. Aquí traigo el incienso. 
Vengo a decir: La vida es pura y bella. 
Existe Dios. El amor es inmenso. 
¡Todo lo sé por la divina Estrella! 

- Yo soy Melchor. Mi mirra aroma todo. 
Existe Dios. Él es la luz del día. 
La blanca flor tiene sus pies en lodo. 
¡Y en el placer hay la melancolía! 

- Yo soy Baltasar. Traigo el oro. Aseguro 
que existe Dios. Él es el grande y fuerte. 
Todo lo sé por el lucero puro 
que brilla en la diadema de la Muerte. 

- Gaspar, Melchor y Baltasar, callaos. 
Triunfa el amor, y a su fiesta os convida. 
¡Cristo resurge, hace la luz del caos 
y tiene la corona de la Vida! 

********************

 

20 de Diciembre - 2016

LETRILLA DE LA VIRGEN MARÍA ESPERANDO LA NAVIDAD

Cuando venga, ay, yo no sé

con qué le envolveré yo,

              con qué.

 

Ay, dímelo tú, la luna,

cuando en tus brazos de hechizo

tomas al roble macizo

y le acunas en tu cuna.

Dímelo, que no lo sé,

con qué le tocaré yo,

              con qué.

 

Ay, dímelo tú, la brisa

que con tus besos tan leves

la hoja más alta remueves,

peinas la pluma más lisa.

Dímelo y no lo diré

con qué le besaré yo,

              con qué.

 

Y ahora que me acordaba,

Ángel del Señor, de ti,

dímelo, pues recibí

tu mensaje: «he aquí la esclava».

Sí, dímelo, por tu fe,

con qué le abrazaré yo,

              con qué.

 

O dímelo tú, si no,

si es que lo sabes, José,

y yo te obedeceré,

que soy una niña yo,

con qué manos le tendré

que no se me rompa, no,

              con qué.

                                Gerardo Diego, 1940

 

      En la más arraigada tradición de la lírica  española navideña y no sólo en lengua castellana, Gerardo Diego, el por antonomasia católico poeta de la denominada Generación del 27, nos ofrece en este poema una auténtica joya literaria y humana. A Fray Ambrosio de Montesinos, por sus delicadas composiciones, él solía definirlo como nuestro Fray Angélico lírico. Creo que tal apelativo le va a nuestro poeta en esta ocasión  como anillo al dedo. Cómo no recordar de Montesinos su  entrañable:

“No la debemos dormir
la noche santa,
no la debemos dormir”

        Y por lo menos una de sus estrofas:

“La Virgen a solas piensa
qué hará
cuando al Rey de luz inmensa
parirá,
si de su divina esencia
temblará.
No la debemos dormir
la noche santa,
no la debemos dormir”.

 

      Fray Ambrosio escribía en el siglo XVI, siglo en verdad asombroso; pero no menos convulso y necesitado de la reciedumbre de la fe y de la  delicadeza en la comunicación de los sentimientos de ternura que la fe suscita. Cómo no, si están contemplando el prodigio humano y divino de la Doncellita de Nazaret en su maternidad virginal.

    También Gerardo Diego. El poema brota como borboteo de manantial sin maleza. Quién sino María sabe del prodigio que lleva en sus entrañas y  del acontecimiento que en su alumbramiento va a inundar de luz y de esperanza en breve a la Humanidad. María sabe del misterio en su más hondo sentido. Ella, que se ha convertido en  sede y trono de la Sabiduría, entiende o adivina el acontecimiento que va a tener lugar en medio de los hombres, justo en la plenitud de los tiempos, justo cuando el más grande de los poderosos del mundo, Octavio Augusto, ha decidido saber  el nombre y apellidos de los habitantes de su Imperio.

En ese momento María conoce como nadie todo lo importante; pero nadie le ha dicho, ni comentado, ni sugerido, cómo se le debe acoger a ese Dios, que va a ser recibido en sus manos, nada más nacer de sus entrañas, semejante en todo a un niño cualquiera menos en el pecado. ¿Puede alguien  decirle a María “con qué? ¿Lo sabrá la Luna que sabe acunar al roble en el hechizo de su blancura? ¿Lo sabrá la brisa que sabe cómo se besa la hoja más alta o la más delicada pluma? A ella que se hizo la esclava del Señor ¿quién se lo podrá enseñar sino el Ángel Gabriel? ¿Cómo tocarlo, cómo besarlo, cómo abrazarlo? Sin duda el poema en su ingenua delicadeza encierra misterios teológicos pero sobre todo verdades de valía universal. Todo lo tenía previsto María, pero como pasa en todo gran acontecimiento, lo simple, lo elemental, lo cotidiano, nos inquieta en el último momento; mas la inquietud pondera el acontecimiento que va a tener lugar. La luna, la brisa y hasta el Ángel  construyen un emotivo clima ascendente que va  de la naturaleza  a los Espíritus.

Lo que no era previsible es que por encima de la naturaleza y de los ángeles, cerrase el clímax, y de qué manera, la figura de San José. El “yo” de María se repite  como signo vacilante de su humildad. Sólo su esposo San José, no menos  humilde, puede sacarle de su delicada inquietud. Suelo considerar a este tipo de “trucos” poéticos como una contradicción aparente. ¿De verdad que María tiene que preguntar a la luna, a la brisa o al ángel como debe  acoger a su Hijo? Sin embargo entendemos que el modo de los referentes nombrados nos permite adivinar que  todavía cabe un modo superior de acogida, el que espera de su esposo San José. Ella, una niña, sabe y no es dudar el verso “si  es que lo sabe” que la protección para el Niño, la delicadeza de la brisa, la reciedumbre de la luna con los robles, el fiel cumplimiento de los ángeles sólo puede encontrarlo en mayor plenitud en su esposo San José. “Y yo te obedeceré “. 

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6 de Diciembre - 2016

     El tiempo limitado nos obliga a elegir en este momento la Noche oscura de San Juan de La Cruz. Aunque no es menos sobrecogedora la Llama de amor viva, que más adelante escucharemos.                     

          Estamos necesitados de amar. Hartos de ventrílocuos, necesitamos palabras de amor que brotan del alma.  Esto es el poema “La noche oscura”: “Canciones del alma que se goza de haber llegado al alto estado de la perfección, que es la unión con Dios, por el camino de la negación espiritual.”

         En estas afirmaciones se resume el sentido que nuestro poeta quería transmitir a sus monjitas, a quienes estaban destinadas estas composiciones. Yerra profundamente quien proyecte sus malsanas experiencias y pretenda reconocerlas en estas divinas canciones. Ignoran el alma virginal de San Juan. Cualquier interpretación que olvide la experiencia de la unión con Dios como clave de sentido es equivocada por no decir perversa. Tiemblo cuando los aprendices de brujo freudiano proyectan sus fantasías sobre nuestro poeta. Ignoran que por la gracia de Dios existen hombres y mujeres que son limpios de corazón y que precisamente por ello pueden ver a Dios. Sus tres grandes poemas expresan líricamente la experiencia de esta unión con Dios y el camino seguido para lograrlo, que no es otro que el camino de la negación de sí mismo, tomando la cruz y siguiendo a Cristo, manso y humilde de Corazón.

         La expresión de la experiencia mística católica sigue el modelo de El Cantar de los Cantares. El alma, tanto sea de un hombre como de una mujer, se transfigura en la esposa; y Dios aparece como esposo. El lenguaje y las imágenes son las propias del lenguaje del amor humano y la historia aparente es una bella historia de amor. Los críticos hablan de que el recurso estilístico dominante es el símbolo, pero matizan, se trata del símbolo bisémico, queriéndonos decir que en sus poemas se pueden descifrar o entender a la vez una historia humana y una historia divina. Lo del símbolo es indiscutible. Cuando la rosa expresa la belleza de una mejilla es una metáfora; cuando expresa la belleza en sí, es un símbolo. Si alguien dice que el eclipse  de sol  trajo la noche a la tierra para expresar la intensidad de la oscuridad, se trata de una metáfora; pero cundo san Juan dice “En una noche oscura” ¿a qué se está refiriendo? ¿Podemos imaginar que la noche oscura de San Juan puede estar sucediendo a plena luz del día? Eso es un símbolo y sin duda admirable.

               Podríamos decir que este poema es un canto a la oscuridad de la noche, que hace posible, a su deslumbradora luz, (Oh paradoja), más cierta que la luz del mediodía, y amable más que la alborada, la unión mística del alma con Dios, amada en el amado transformada.  

En la primera parte  se nos presenta la necesidad de salir de nosotros mismos. Pero  abandonar nuestra confortable morada, nuestra casa interior, no es fácil. Nuestros sentidos carnales se agarran a toda seducción. ¿Cómo conseguir que se sosieguen? ¿Y las pasiones de nuestro espíritu, cómo doblegarlas? Noche de los sentidos, noche purificativa del hombre terrenal. Hay que huir de nosotros mismos, la casa, disfrazados por la secreta escala, domeñando nuestras pasiones desordenadas hasta dejar la “casa sosegada”. Pero es necesario sosegar también los desórdenes del espíritu, en una segunda noche no menos purificativa, la noche del espíritu.

              Algunos creyeron que la lucha ascética  contra nuestras inclinaciones desordenadas era la de los cristianos comunes y que sólo para los escogidos estaban reservados los estados interiores de la iluminación y de la unión. Qué disparate. Mortificarse sin que el fin sea amar al Amor. La vocación universal a la santidad pone de relieve la vocación universal al Amor, por el camino de la fe y en alas de la esperanza, en noche oscura y ciega o en vislumbres de amanecer. Pero teniendo la certeza de que nos dirigimos “adonde me esperaba quien bien yo me sabía”.

         La segunda parte es una maravillosa escena de amor. ¿Acaso la unión con Dios tiene que carecer de la ternura y fineza de los que bien se aman? ¿Cómo enseñárselo a quienes inician su  vía espiritual interior o están adelantados en el camino de perfección? Claro que cada expresión se mueve entre las virtudes teologales y los dones del Espíritu Santo como un preciso mecanismo de relojería. Nuestra sensibilidad, sin embargo, se queda en ese pecho florido que entero para él sólo se guardaba y en esa caricia que esparcía los cabellos del Amado. La belleza de la escena es conmovedora, irresistible. Algo nos dice que todo ser humano, por perdido que se encuentre, siente nostalgia de un amor tan pleno. Es el Amor que fundamenta los amores. Sin embargo queda todavía lo más peculiar y sublime de la experiencia amorosa de San Juan: el amor como plenitud poseída logrando el abandono total y confiado en el amado: “quedéme y olvidéme…cesó todo” Los cuidados siguen, pero “entre las azucenas olvidados”. ¡Las azucenas! ¿No es el lugar más adecuado para dejar nuestras inquietudes?

        Escuchemos el poema. Miguel Ángel: Deléitanos

 

PÁGINA DE   En una noche oscura               

                   con ansias en amores inflamada       

                      ¡oh dichosa ventura!   

                      salí sin ser notada      

                   estando ya mi casa sosegada. 5       

                  

                      A oscuras y segura    

                   por la secreta escala disfrazada        

                      ¡oh dichosa ventura!   

                      a oscuras y en celada 

                   estando ya mi casa sosegada. 10     

                  

                      En la noche dichosa   

                   en secreto que nadie me veía  

                      ni yo miraba cosa       

                      sin otra luz y guía       

                   sino la que en el corazón ardía.         15     

                  

                      Aquesta me guiaba     

                   más cierto que la luz de mediodía     

                      adonde me esperaba  

                      quien yo bien me sabía        

                   en parte donde nadie parecía.   20     

                  

                      ¡Oh noche que guiaste!        

                   ¡Oh noche amable más que la alborada!     

                      ¡Oh noche que juntaste        

                      Amado con amada,     

                   Amada en el amado transformada!     25     

                  

                      En mi pecho florido     

                   que entero para él solo se guardaba,

                      allí quedó dormido      

                      y yo le regalaba

                   y el ventalle de cedros aire daba.       30     

                  

                      El aire del almena       

                   cuando yo sus cabellos esparcía,     

                      con su mano serena   

                      en mi cuello hería       

                   y todos mis sentidos suspendía.        35     

                  

                      Quedéme y olvidéme  

                   el rostro recliné sobre el Amado;       

                      cesó todo y dejéme    

                      dejando mi cuidado     

                   entre las azucenas olvidado.    40

********************

 

15 de Noviembre - 2016

       Os he seleccionado hoy un poemilla popular de Don Luis de Trelles Noguerol, un laico padre de familia, jurista, político y periodista, que como único remedio a los males que asolaban y siguen asolando a España y al Occidente, fundó la Adoración Nocturna en España en 1877. 

       Propiamente no podríamos considerarle un poeta en el sentido de consagrado; pero su amor a la eucaristía era tan grande que en la revista que él fundó, redactó y escribió durante 22 años, recogía todo aquello que contribuyese a descubrir la maravilla del  Santísimo Sacramento, lo mismo historias, conferencias, tratados, y poesías y dentro de ellas encontramos las que por no llevar firma tenemos la certeza de que son suyas.

       Su poesía es esencialmente eucarística, y en general religiosa, con temas variados tales como la Pasión, nuestra muerte, o la anunciación y encarnación del Verbo de Dios, diversos comentarios al Cantar de los Cantares, o a momentos bíblicos centrales.

    Don Luis de Trelles, aun cuando utiliza  versos y estrofas populares, es un poeta  culto. Su poesía no es espontánea sino  construida con  artificios  técnicos y maestría  de escuela.

     El de hoy es un villancico.  Por villancico hemos de entender, no las composiciones  populares que tienen como motivo central la navidad, sino un tipo de estrofa que deriva del primitivo zéjel. La característica inconfundible de ambos  es la de constar de tres partes diferenciadas: un estribillo, de mayor o menor número de versos; una mudanza o estrofa propiamente dicha que consta en el zéjel de tres versos monorrimos y un cuarto verso, llamado de vuelta, que ha de tener la misma rima que el estribillo. En el villancico, la mudanza está formada  de un número mayor de versos con rima variada, y la vuelta puede constar de un verso o de más de uno.

    Son formas estróficas propias de  poesía cantada. En ellas, el estribillo lo cantaba el coro o el pueblo: la mudanza, el solista, quien mediante la rima del verso de vuelta advertía al coro del momento de su intervención. Las estrofas se independizaron de la música y los poetas siguieron cultivándolas.  Maestra de este género es nuestra Santa Teresa de Jesús.

     Don Luis se mueve en ellas con gran soltura y donaire. Son poesías muy apropiadas para los juegos conceptistas e ingeniosos. En este tipo de composiciones se permiten audacias que no hubieran sido admitidas en otras menos festivas, toques de humor o expresiones que pudieran parecer irreverentes, si no fuera porque el talante apostólico de Don Luis, su amor a la Eucaristía puede hasta con lo que pudiera parecer desdoro. ¿Qué más da si lo verdaderamente importante es caer en la cuenta de lo maravillosamente comprensible que resulta para el creyente el misterio incomprensible del Dios presente en las especies sacramentales del pan y del vino.? Juegos de palabras, paradojas, antítesis, polipote, retruécanos etc. serán recursos expresivos para dar forma a lo racionalmente informe.

    Ingenioso y audaz es  el juego dedicado a ponderar a las especies consagradas del vino. ¿Puede el sentido total del texto convertir en lectura adecuada el afirmar de Cristo, en el juego ingenioso del poema, “que vino a beberse el vino”? ¿No parece una expresión más apropiada para denigrar al descarado que ha venido a la fiesta sólo para beberse el vino de los demás? Pues no. Sino todo lo contrario.

     ¿Se puede explicar con más donaire el portentoso prodigio que  se repite en cada consagración de que el vino se convierta en la sangre de Cristo? ¿Quién si no Cristo lo puede hacer? Y ¿Cómo? La transustanciación  se nos hace evidente. Cristo mismo se bebe la sustancia del vino y nos deja en su lugar, conservados los accidentes, su sangre, que ya no es vino, como la abeja que para hacer la miel, toma la sustancia y deja los accidentes.

     Todo sucede por amor, por sed de amor hacia los hombres. Y ¿por qué no lo hace de manera visible? –Por discreción. Me causa ternura el que para Don Luis el milagro de la transustanciación  se haga en la oscuridad de la fe para evitar el qué dirán de Cristo. No vaya a decir el maligno “a dos por tres que vino a beberse el vino”. Todo el poema se monta sobre el juego de palabras, paronomasias, “con vino vino a extinguir” “vino divino” o epifonemas como “si al hombre tomáis su vino, vos dais vuestra sangre al hombre”.  Leámosla como un juego verbal conceptista  pero repleto de amor  y piedad.

 

A LAS ESPECIES CONSAGRADAS DEL VINO

 

¡Oh, qué vino tan divino

 Pero no es vino después,

Pues Sangre de Cristo es,

Que vino a beberse el vino,

 

Entra la divina abeja

En el vino a hacer miel

Toma la sustancia del,

Y los accidentes deja

Para el hombre peregrino,

El cual los bebe después,

Y a Cristo, que en ellos es;

Que vino a beberse el vino

 

Baja a beber el Señor

Del cielo a nuestra cabaña,

Porque le da sed extraña

El gran fuego de su amor.

A matar la sed, pues vino

Con el vino, aunque después

Que el vino allí Sangre es;

Que vino a beberse el vino.

 

Con vino vino a extinguir

Su sed, mas, como discreto,

Tómalo allá de secreto

Para no dar que decir.

Porque el detractor maligno,

No le diga a dos por tres:

¿Cómo es? ¿Que cosa es,

Que se beba Cristo el vino?

 

Bendecimos vuestro nombre

Por cuanto ¡oh dador divino!

Si al hombre tomáis su vino,

Vos dais vuestra Sangre al hombre.

Y este es el vino divino,

Que bebe el hombre después,

Cuando Sangre de Dios es;

Que vino a beberse el vino

********************

 

18 de Octubre - 2016

    Os ofrezco la lectura de dos poemas entrañables, porque están escritos, el primero por el marido, en vísperas de su muerte y el segundo por su esposa que quiere rendir un homenaje póstumo. El primero es uno de los poemas últimos de Juan José Domechina, testimonio precioso de la conversión de un hombre alejado de la religión, y que al borde da la muerte por influjo de su mujer regresa al seno de la Iglesia. Es una oración dirigida a Dios cuando al fin de sus días descubre que su paso por el mundo  tenía sentido; no era fruto del azar ni del absurdo como él pensaba, lo mismo que expresarán en esos años los existencialismos. Su verso final es un fogonazo de luz por su verdad: “empezar a vivir, cuando me muero”.

 

    Pero desde las primeras palabras percibe uno que está ante algo prodigioso. Es poesía pero ante todo es verdad humana. Juan José Domechina, el poeta y librepensador típico del 27, al borde de la muerte, como el buen ladrón, ha recibido la gracia de la fe que le hace entender en un instante que nuestra vida es don de Dios, por eso voluntariamente se la restituye y lo que aún es más sobrecogedor confiesa que quiere que su vida sea “ser de verdad en tu verdad Y  entender  para qué me hiciste”.

 

    Enjuicia su vida pasada y la resume con una sinceridad  encomiable: “Y viví a medias. Tuve el alma triste cuando se me salió de tu venero.” Racionalista, pretendió honestamente  alcanzar  la verdad de todo  desde la evidencia. Pero al fin manifiesta que ya no inquiere, que sólo quiere lo que siempre esperó, que es precisamente lo que el Señor le ha concedido por eso en una paradoja profundamente humana  exclama “empezar a vivir, cuando me muero.

No estamos ante un soneto perfecto por su forma y por la maestría de sus sílabas contadas ni por el juego ingenioso de los conceptos, sino ante un testimonio hermoso por la verdad humana que, con valor universal, transmite. Le damos gracias al hombre y al poeta.

 

Aquí tienes la vida que me diste. 
Te restituyo lo que es tuyo. Quiero 
ser de verdad en tu verdad. Espero. 
ver, ya sin ojos, para qué me hiciste. 

Si entré en el mundo, porque me metiste 
en su vacío de motivo cero, 
quiero zafarme en él, y persevero 
en la fe sin medir que me pediste. 

Y viví a medias. Tuve el alma triste 
cuando se me salió de tu venero. 
Siempre  soñé llegar a lo que existe 

tras la evidencia. Quiero ya no inquiero 
lo que esperé, Señor, y tú me diste: 
empezar a vivir, cuando me muero. 

            

     El segundo poema es de Ernestina de Champourcín, como su marido, poeta del 27. Es el poema de una esposa enamorada que conoce a su marido y quiere poner en su tumba un ciprés como símbolo de la tierra castellana que tanto amaba. Domechina murió y fue enterrado en Méjico,  donde el matrimonio vivió desde el exilio de 1939. La nostalgia de su tierra tuvo siempre melancólico a Juan José. La dedicatoria  del poema nos adelanta su contenido:

“A J.J. QUE AHORA CONTEMPLA, SIN DOLOR, ESE PAISAJE QUE AMÓ TANTO”.

     Es el poema además un testimonio del buen amor humano entre los dos esposos. No le puso corona de laurel ni ramo de flores. Le trajo de Castilla un ciprés, evocación del paisaje de su tierra y símbolo del sentido más profundo de su presencia en los cementerios. Ella sabe que ya sin dolor, desde el cielo, contempla su paisaje amado. Pero, aun siendo en su recuerdo, quiere que sea lección de verdad existencial para quien pase por su lado. El ciprés ahonda sus raíces hacia el cuerpo mortal de su marido enterrado, pero señala que su destino definitivo está en el cielo, señala a la verdad inmutable donde realmente se encuentra su esposo, aquí queda su nombre, allí en el cielo él está para siempre.

 

Y te quise traer un ciprés de Castilla

que hundiera sus raíces hasta tocar tus huesos:

Castilla que cantaste y amaste con locura

cuando faltó a tus pies su barbecho fecundo.

 

Raíces en lo hondo; copa esbelta en el cielo.

No ese ciprés de Silos que Gerardo cantara,

sino un ciprés aún tierno que creciese a tu vera

señalando al que pase la ruta que seguiste.

 

Así todos verían al levantar los ojos,

que ya no estás ahí donde tu nombre queda,

porque el ciprés, cual índice de verdor y esperanza,

guiaría su vista a tu verdad inmutable.

 

¡Qué guardia de cipreses en la tarde de oro!

y me acordé de ti y de aquellos poemas;

y de los que, después, colmaste de ese Amor

que te acunó la muerte.

Yo te quise traer un ciprés de Castilla.

¿Para qué? me pregunto. ¡Si ya la tienes toda!

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18 de Octubre - 2016

     Queridos oyentes: Pasamos ahora de la pintura a la poesía. ¿Les suena el apellido ‘Menéndez y Pelayo’? Escuchen este soneto, titulado “El rezo del Rosario”:

El altar de la Virgen se ilumina,
y ante él de hinojos la devota gente
su plegaria deshoja lentamente
en la inefable calma vespertina.

Rítmica, mansa, la oración camina
con la dulce cadencia persistente
con que deshace el surtidor la fuente,
con que la brisa la hojarasca inclina.

Tú que esta amable devoción supones
monótona y cansada y no la rezas
porque siempre repite iguales sones...

Tú que no entiendes de amores y tristezas:
¿Qué pobre se cansó de pedir dones,
qué enamorado de decir ternezas?.

Enrique Menéndez y Pelayo    

 

    Asociamos  con toda razón  a Menéndez y Pelayo  con el asombroso polígrafo santanderino que deslumbró con su inaudita erudición a todo el mundo intelectual de su tiempo. Si los partidismos  y sectarismos ideológicos no manifestasen sus fobias en  aversiones que convierten el suceder de la historia en ritmos pendulares llevándola a olvidos inexplicables, hoy este genio del saber seguiría siendo admirado por todas las generaciones. Ante sus afirmaciones se podía disentir, pero no permanecer indiferente. El mismo pasó de sus iniciales  asertos juveniles a juicios de madurez más rigurosos, dejándonos además el testimonio de gran humanidad al anteponer la verdad a su vanidad. Son las conocidas palinodias de Don Marcelino que en nada  empequeñecieron su talla y rigor intelectual. 

    Pero, mire usted por dónde, este soneto firmado por Menéndez Pelayo, no lo escribió el gran don Marcelino, sino su hermano Enrique, médico de profesión  y escritor que dedicó su pluma a exaltar las vidas sencillas de su Cantabria natal. Buen católico y como su hermano, devoto de la Virgen María. Tener un hermano tan genial, le convirtió en un segundón. El siempre fue el hermano de Don Marcelino, al que quería fraternalmente

     El soneto que os presento hoy en este mes mariano que es octubre, es ante todo un  documento testimonial. Un sencillo poema en el que con ingenio  se responde  a la consabida acusación contra el rezo del rosario por su monotonía y rutina.  Lo más importante,   que lo arguya un hombre de mundo, sin duda culto, aunque no como su hermano el genial polígrafo. Su fuerza expresiva los dos referentes que le sirven de argumento “¿Qué pobre se cansó de pedir dones, qué enamorado de decir ternezas?” Quien persista en la acusación seguro “que no entiende de amores y tristezas”. Es el argumento que entienden las almas sencillas y que nos lleva al mismo meollo de la oración.

     El ritmo del rosario tiene la belleza del fluir de la fuente y de la brisa y trae al recuerdo las duras tensiones de la vida cotidiana, muchas veces “hojarasca”, en contraste envidiable con el remanso de paz  que difunde el rezo: “en la inefable calma vespertina”… Pero para entenderla, para que de verdad se convierta en sencilla, cuanto amable devoción, es necesario lo que el poeta resalta desde el comienzo: Ponerse de hinojos ante el altar de la Virgen como la gente devota  y deshojar la plegaria lentamente, pero sabiendo de amores y tristezas.

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4 de Octubre - 2016

EL AMOR TIENE QUE SER ETERNO

 

OCTUBRE

Juan Ramón Jiménez

 

                Estaba echado yo en la tierra, enfrente

                del infinito campo de Castilla,

                que el otoño envolvía en la amarilla

                dulzura de su claro sol poniente.

                Lento, el arado, paralelamente

                abría el haza oscura, y la sencilla

                mano abierta dejaba la semilla

                en su entraña partida honradamente.

                Pensé arrancarme el corazón, y echarlo,

                pleno de su sentir alto y profundo,

                al ancho surco del terruño tierno;

                a ver si con romperlo y con sembrarlo,

                la primavera le mostraba al mundo

                el árbol puro del amor eterno.

               

Vamos a acercarnos a  nuestro premio Nobel Juan Ramón Jiménez. Dos  grandes etapas configuran su largo itinerario poético: todo lo escrito con antelación a 1916, la etapa modernista, también conocida como etapa sensitiva. Desde 1916, fecha en que publica Diario de un poeta y el mar, inicia la segunda etapa, denominada intelectual o pura, en la que da expresión a su original mundo poético, exigente y complejo.

El poema pertenece de pleno derecho a la primera. La más admirada es la segunda; pero la más popular es la primera. Las sutilezas intelectuales no facilitan la comprensión. Mientras que música, color, plasticidad y sentimiento  nos llegan a todos. Este es el caso. El poema tiene anécdota, tiene colorido, ritmo y una melancolía juvenil que anhela ver plasmados en la vida los ideales más nobles como el del amor eterno.

El otoño es la época de los frutos tardíos. Las uvas recogidas fermentan en sus cubas o depósitos e impregnan con sus emanaciones los aires de la nostalgia de los antiguos lagares. Los maizales maduran entre las nieblas matinales y los membrillos nos evocan alcobas olorosas a detalle y presencia maternal. Pero el otoño es también apuesta por la vida. La primavera se prepara en el otoño. 

La anécdota nos describe una escena otoñal de labranza, con la aureola de la honradez campesina. Estamos en octubre. En la atardecida, el sol, todavía luminoso,  envuelve la tierra plácidamente en una amarilla (color) dulzura (sabor). “Amarilla dulzura”: se trata de una sinestesia, la figura poética más apreciada por el modernismo. Mediante ella lo que distingue la razón (sentidos de la vista y del gusto) se confunde en el plano  de las sensaciones La placidez del claro sol poniente contagia de dulzura al amarillo de la atardecida. Actúa como cualquier metáfora, el parecido que justifica la identificación se encuentra en las impresiones captadas por nuestra sensibilidad.

El poeta contempla. Nos lo cuenta en pasado, evocando algo que realmente sucedió. Se encontraba echado en la tierra, en postura que, como sobre los clásicos triclinios, le facilitara la reflexión. Ante él, ese infinito campo de Castilla. “Infinito”, sí, pues es la manera mejor de definir la esencia del paisaje castellano. Hipérbole precisa y ajustada que dispone al espíritu hacia aspiraciones no menos infinitas.

El segundo cuarteto concentra en un plano limitado nuestra mirada: el arado abriendo la tierra y la mano que arroja la semilla. Dejemos a un lado que Juan Ramón no parece ser muy experto en las artes de la siembra, de la labranza ni de la huerta. Lo que cabe destacar es el modo cómo nos la describe con un mínimo de pinceladas (palabras). Sólo nombra el arado; pero ese “lento” en su cansino moverse nos obliga a imaginar la mula  o la yunta de bueyes, así como el “paralelamente” nos permite vislumbrar al vigilante y esforzado campesino que con la mano en la mancera asegura como si de arte se tratara el trazo rectilíneo de cada surco. “Haza” significa tierra cultivada. Es un término terruñero que recuperaron los escritores del noventayocho. “Oscura”, entre otras acepciones, nos lleva a un ambiente de humildad.

 La mano que realiza la siembra nos obliga a sospechar la presencia de otra persona. ¿La mujer del labrador?. Ocurre técnicamente lo mismo que en el arado. El adjetivo y en este caso el verbo se convierten en una mina de sugerencias. ¿Qué quiere decirnos el poeta con los adjetivos “sencilla” y “abierta”?. La acción del “sembrador o sembradora” lleva al poeta a un mundo en el que no cabe lo artero ni la desconfianza, “sencilla” la mano. Idea que se confirma con “abierta” si nos da a entender que entrega todo sin quedarse con nada y que en su gesto no existen recovecos para el disimulo o el ocultamiento.

El verbo intensifica la delicadeza. La acción propia del sembrador es la de “arrojar” la semilla. El poeta dice “dejaba” la semilla. Todo lo enérgico y duro ha desaparecido. Es una mirada interesada para la segunda parte, aquella en la que el poeta quiere también sembrar su corazón. La tierra que era antes “haza” se transforma en entraña, algo maternal y la acción hiriente de “partida” queda suavizada por el adverbio “honradamente”.

 Los tercetos se crecen en entusiasmo y en generosidad. El mundo necesita siembras del espíritu, “Pleno de su sentir alto y profundo”, para que pueda florecer el árbol puro del amor. Es propio de la juventud aspirar en todo a los ideales más sublimes. A esa edad no puede el hallazgo del amor reducirse a cualquier cosa tan intensamente pasional como efímera. Juan Ramón aspiraba a que el amor fuera eterno y estaba tan sinceramente convencido que piensa que si su corazón se depositara en la oscura tierra el mundo podría en primavera contemplar el verdadero amor. Nos equivocamos rebajando las nobles aspiraciones de los jóvenes. La alegría de lo esperado se estraga en la basura recogida.

El poema está lleno de delicadeza. Es como se suele decir en las clasificaciones, lindo. Rítmicamente es una delicia en la que están presentes todos los artificios de nuestra poesía clásica. Juan Ramón aprende oficio. Sin embargo su verdadero valor universal es la nostalgia de un amor que transcienda la barrera de la temporalidad. Estamos hartos de los amores de un día. Yo también anhelo un amor que llegue hasta la eternidad.

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1 de Septiembre - 2016

LOS SIETE PECADOS CAPITALES EN EL BOSCO Y EN LA POESÍA

En nuestro “Momento para la poesía” vamos a insistir en la pretensión educadora o si se quiere moralizante de la pintura de El Bosco.

El arte, cuando mira hacia la belleza, ha tenido predominantemente una finalidad educadora. El doble extremo “o deleitar o enseñar”, se ha resuelto mayormente con el equilibrio sintetizado en el lema “deleitar aprovechando”. No conozco un autor cristiano que no haya antepuesto una finalidad ética a una simplemente estética o, aún menos, meramente  lúdica. No es fácil renunciar a hacer del arte un instrumento de verdad  para convertirlo en simple pasatiempo.

En el centro del círculo se ve una imagen tradicional de Cristo como varón de dolores, saliendo de su tumba. Se dice que el círculo mayor representa el ojo de Dios, y la imagen de Cristo, su pupila. Bajo esta imagen hay una inscripción en latín: Cave, cave, Deus vídet (‘cuidado, cuidado, Dios lo ve’).

El círculo mayor está dividido en siete partes, mostrando cada uno de los siete pecados capitales, que pueden ser identificados por sus inscripciones en latín. Contiene un claro mensaje didáctico y moralizador.

Los pecados aparecen representados como escenas de la vida cotidiana, unidas por un fondo de paisaje común, que se puede incluso vislumbrar en aquéllas que se desarrollan en interiores a través de las ventanas. 

Las pasiones no son malas en sí mismas, pero sin una educación que produzca hábitos de bien en cada persona,  y sin el discernimiento de una razón madura, nos llevarán a identificar como bien  el mal y nos confundirán en la elección del bien, dándonos gato por liebre. No hay tratado de psicología práctica más luminoso que el conocimiento de los llamados pecados  capitales y de sus remedios correspondientes: ¿Recordáis: Contra soberbia, humildad.  Contra avaricia, generosidad.  Contra lujuria, castidad. Contra ira, paciencia.  Contra gula, templanza. Contra envidia, caridad;  Contra pereza, diligencia?

Todo ello enmarcado  en  las Virtudes Teologales y las Cardinales. Y en  la perspectiva  de los  siete  dones del Espíritu Santo.  En este contexto hemos de situar las obras del Bosco.

Su fantasía y su tendencia a la caricatura y hasta el buen humor me traen al recuerdo a nuestro Arcipreste de Hita y su libro de Buen Amor. Pero nuestra literatura medieval, hasta bien entrado el siglo XVI, usó como tema recurrente  de  los pecados capitales, ya aparece en el Libro de Aleixandre o Don Juan de Mena en el llamado prerrenacimiento escribió Las Coplas contra los siete pecados capitales, última obra que llegó a componer, y quedó inacabada.

Para Juan Ruiz, el mal amor, la lujuria,  estructura el libro pero el primer pecado que desencadena nuestros males espirituales es la codicia. Dice: “De todos los pecado es rraíz la cobdiçia:  ésta es tu fija mayor, tu mayordoma anbiçia; ésta es tu alférez e tu casa offiçia; ésta destruye el mundo, sostienta la justicia.”

De la codicia, por tanto, derivan el resto de pecados: “La sobervia e ira, que non falla do quepa,  avariza e loxuria, que arden más que estepa,  gula, envidia, açidia, ques pegan commo lepra,  de la cobdiçia nasçen, es dellas rraíz e çepa. “

Los pecados aparecen alegorizados; se personifican conceptos teológicos. Pero han de buscar la amenidad  ya que además de defender  la moralidad  ha de hacerlo con  amenidad o humorismo. Es decir, mezclando la  miel o el azúcar con lo amargo de la moralidad  (tópico del delectare et prodesse).

Citaremos unos versos también de Pero Lope de Ayala de la segunda mitad del siglo XIV, que muestran hasta qué punto formaban los pecados capitales, el fundamento de una formación  moral de un cristiano. Elegimos el pecado menos conocido, la acedia. Dice el Canciller:

<

Uno  de los cuadros más conocidos del Bosco es la mesa de los siete pecados capitales.  Un rectángulo que parece redondo, por la figura central, un círculo, igual que la rueda de la vida, en la que en siete ventanas abiertas nos pinta, con un realismo minucioso, lo más peculiar de las siete pasiones que, como fuerzas impulsivas, pueden llevar al ser humano a la destrucción espiritual y humana. Pero en las cuatro esquinas aparecen nada menos que las cuatro postrimerías, en el mismo sentido y finalidad de amonestación que enseñaba nuestra coplilla popular: muerte, juicio, infierno y gloria / ten cristiano en la memoria / y no pecarás.

De todas ellas, destaca el Infierno, porque en ella se han querido distinguir los castigos que corresponden a cada uno de los siete pecados, con lo que se quería conmover de forma más directa al fiel pecador.  De esta forma, se sabe que los soberbios se contemplan en el espejo del diablo, los irascibles son atravesados por una espada, los avaros se hierven en una caldera, los envidiosos son atacados por los perros, los golosos reciben serpientes y sapos como comida, o los lujuriosos son atacados por monstruos en el lecho. 

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18 de Agosto - 2016

Y nos adentramos ahora en el Momento para la Poesía. ¿Quién no recuerda la oda de Fray Luis de León dedicada a la Ascensión? Su grito inicial de extrañeza y asombro se convierte en un velado reproche al buen pastor que al irse al cielo deja al pueblo creyente en soledad y llanto.

Menos conocido es que dedicó a la Asunción de María un poema, si quieren menos rotundo, pero formalmente perfecto y en las claves de un Fray Luis siempre acosado por compañeros y profesores, hasta hacerle la vida un infierno, con denuncias a la Inquisición, cárceles y otras mil tensiones en su día a día. Qué extraño nos puede producir que suspirase por la vida retirada, vida de descanso para quien huye del mundanal ruido. Fray Luis apoya su poesía en la contraposición de dos términos, para él antitéticos: el duro suelo y el cielo, consuelo y esperanza del futuro.

Se trata de una breve composición escrita en liras. La Virgen sube al cielo. ¿Qué sentimiento despertará en el ánimo zarandeado del poeta? Asirse a su manto y subir con ella al cielo? Allá todo será cantos y gozo. Asciende María rodeada y servida de ángeles a quien la han de coronar doce estrellas  como reina, y ha de tener a sus pies la media luna, como mujer prefigurada en el Apocalipsis, representación común de la Inmaculada.

Son cuatro los ejes temáticos que se desarrollan en el poema. Primero: La subida al cielo, como Inmaculada y reina. Segundo, su anhelo de asirse al vuelo de su manto como primer impulso de su persona. Tercero, la visión de este mundo como valle de lágrimas; “Valle de abrojos”, lo llama. Y finalmente una súplica que le dirige a la nueva Eva, para que alivie a sus desterrados hijos. Le pide que vuelva sus ojos y verá los suspiros de los descendientes de la madre primera. Reitera la idea en la última estrofa. Tiene que mirar con clara vista y ahora que está en el cielo, con la perspectiva de quien contempla con los pies bien asentados en el suelo, es de cerca como se descubre, no la apariencia sino el estado real de cada persona. Única manera de que sienta la urgencia de llevar a esas tristes almas y repite como una obsesión “al cielo, al cielo”.

Poema sencillo en honor de la Virgen, ave preciosa, sola humilde y nueva, según la llama, como si estuviera contemplando un cuadro de sus contemporáneos. Pero reflejo de un alma atormentada por tanto vivir mezquino, enredados en tantos afanes y nostálgicos de la verdadera morada de los seres humanos.


         Al cielo vais, Señora,
y allá os reciben con alegre canto.
¡Oh quién pudiera ahora
asirse a vuestro manto
para subir con vos al monte santo!

De ángeles sois llevada
de quien servida sois desde la cuna,
de estrellas coronada:
¡Tal Reina habrá ninguna,
pues os calza los pies la blanca luna!

Volved los blancos ojos,
ave preciosa, sola humilde y nueva,
a este valle de abrojos,
que tales flores lleva,
do suspirando están los hijos de Eva.

Que, si con clara vista,
miráis las tristes almas desde el suelo,
con propiedad no vista,
las subiréis de un vuelo,
como piedra de imán al cielo, al cielo.

 

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21 de Julio - 2016

   ALBERTI Y LA VIRGEN DEL CARMEN: TRIDUO DELALBA         

 

              En esta sección, Momento para la poesía, traemos al poeta gaditano Rafael Alberti, uno de los más destacados de la Generación del 27. El nombre de esta hornada poética se le ha dado por ser el año en que se conmemoraba el tercer centenario de la muerte de Don Luís de Góngora, cuya clave estética residía en resaltar de cada realidad la faceta más bella que poseía.

                         

                        Y algo que muchos desconocen es que a cualquiera de los grandes poetas de la Generación del 27 le encontraremos composiciones religiosas que nos recuerdan sus ambientes familiares o  los de las tradiciones de sus pueblos.

                         

                        Habían nacido en España y España, misteriosamente, seguía siendo católica. Y de la misma manera que podemos encontrar cuadros católicos de Picasso en sus años juveniles, vamos a encontrar poemas  admirables en todos los poetas de su tiempo, aunque más tarde cambiaran de rumbo y sus vidas se alejaran de sus experiencias  familiares, incluida la experiencia religiosa.

                         

                        Nos detenemos concretamente, como os decíamos al principio, en Rafael Alberti. El poeta gaditano recibió una educación católica esmeradísima. Fueron los años de Madrid los que cambiaron su ruta  espiritual y sus orientaciones vitales, tanto la afectiva, al unir su vida con Mª Teresa León, como la ideológica, por  su vinculación al partido comunista.

                         

                        Vamos a presentaros tres sonetos sorprendentes en este autor, dedicados desde su Cádiz natal a la Virgen del Carmen. Son un tríptico  en el que  se puede percibir su devoción popular a una advocación tan adentrada en las raíces marineras de todos los pueblos de España, con el sello inconfundible de la imaginería poética de Alberti, en el esplendor de la metáfora barroca, al menos por la audacia y la vistosidad.

 

                        No olvidemos que uno de sus libros más hermosos  llevaba por título “Marinero en tierra”, ajeno a militancias políticas  posteriores y pleno del candor propio de unas composiciones poéticas nacidas desde una inspiración infantil  y para expresar vivencias infantiles. Por ello, como marinero, se dirige e invoca a la Soberana y Generala de los mares.

                         

                        Es tan fúlgido su  lenguaje que puede distraernos de lo más central de su mensaje: María asiste  a sus hijos en el trance de la muerte.  Como dice el  poeta: “Que tú me salvarás, ¡oh marinera Virgen del Carmen!, cuando la escollera parta la frente en dos de mi navío”.  Y con referencia directa al santo escapulario, en su función de salvación y rescate, dice en el tercer soneto: “Toquen mis manos el cuadrado anzuelo -tu escapulario- Virgen del Carmelo,  y hazme delfín, Señora, tú que puedes…”

 

                        El poeta ha unificado sus tres sonetos bajo el título de “Triduo del Alba”. Nos trae el recuerdo de  las romerías marianas que se inician al amanecer, recordando a María como estrella de la mañana.

                         

                        El primer soneto, el que lleva por título ‘Día de la coronación’, es una descripción de esas procesiones en que las barcas engalanadas recorren las bahías y brazos de mar, dejando a un costado el quieto arenal del “playerío”, a la par que se oye el tañido de una campana que forzosamente tiene que salir del fondo de los mares. Si se oyen las sirenas de los navíos o se escucha la voz de la mañana es que proclaman a María capitana de los mares. Lo mismo que faros verdes anuncian las dianas del amanecer.

 

                        La campana del fondo de los mares llena de anhelos profundos el corazón  del poeta que no duda en confesar, en un suspiro, cómo le gustaría tañer la campana y ser monaguillo en esa misa submarina en honor de la Virgen del Carmen, que tendría como nimbo la ilusión del cielo y como  corona o tiara la cúpula del mar. La emoción que recorre la composición brota de la fantasía y hace innecesario el control sereno de la razón.

 

 

DÍA DE CORONACIÓN

Sobre el mar que da su brazo al río

De mi país, te nombran capitana

De los mares, la voz de la mañana

Y la sirena azul de mi navío.

 

Los faros verdes pasan su diana

Por el quieto arenal del playerío.

Del fondo de la mar, el vocerío

Sube en tu honor -¡tin, tan!- de una campana

 

¡Campanita de iglesia submarina,

Quién te tañera y bajo ti ayudara

Una misa a la Virgen del Carmelo,

 

Ya generala y sol de la marina!

La cúpula del mar como tiara,

Y como nimbo la ilusión  del cielo.

 

 

                        El comienzo del segundo soneto nos sorprende por estar sus imágenes referidas a la Virgen María. Nos parece un poco fuerte que la llamen “Loba”. Pero en el lenguaje del mar a los curtidos marineros  se les denomina “lobos”. María es ‘loba del amor’. ¿Quién sabe de amores más que María? Pero María es al mismo tiempo remadora. No sólo lleva el timón, sino que presta auxilio en el esfuerzo necesario de cada instante.

                        El resto del poema se estructura  en tres versos simétricos. “Escrito está en la frente de la aurora. Escrito está en la frente de la proa.  Escrito está en el fiero pecho mío.”  Tres versos  en parte heroicos o en parte sáficos, según resaltemos unos acentos u otros, que en clímax descendente, llevan de lo cósmico, aurora; a lo existencial, proa; a lo personal, pecho mío.  Porque María es “timonel” y la guía  y sirena cantadora  al sol del mediodía. Es un desencadenamiento de piropos sin control  con la espontaneidad y libertad del alma andaluza, igual que en el zapateado del baile flamenco, o la tensión dramática, en su caso,  de una saeta.

                        Una certeza recorre la imaginería verbal y el  impetuoso decir del poeta. No existe la menor duda. Bajo el manto azul protector, una maravillosa certeza: Tú me salvarás. Pues claro. De lo contrario no sería la Virgen del Carmen. Su advocación marinera está para echar el anzuelo-escapulario como tabla de salvación.

 

 

DÍA DE AMOR Y BONANZA

 

Que eres loba de amor y remadora,

Virgen del Carmen y patrona mía,

Escrito está en la frente de la aurora

Cuyo manto es el mar de mi bahía.

 

Que eres mi timonel, que eres la guía

De mi oculta sirena cantadora,

Escrito está en la frente de la proa

De mi navío, al sol del mediodía.

 

Que tú me salvarás, ¡oh marinera!

Virgen del Carmen!, cuando la escollera

Parta la frente en dos de mi navío,

 

Loba de espuma azul en los altares,

Con agua y dulce de los mares

Escrito está en el fiero pecho mío.

 

 

                        El último soneto se adentra en nuestras inquietudes. El título lo advierte: “Día de tribulación”. Todo nos advierte de una situación aciaga. La barca sin timón caracolea, sobre una perspectiva de azares. ¿Dónde poner el pie de la certeza? En la Virgen del Carmen. Una súplica recorre los tercetos. Sólo la Virgen del Carmen es ancla de salvación. En medio de la angustia, toda súplica y toda promesa valen, porque avalan la confianza y aseguran la firmeza de la fe.  “Sobre mis hombros te llevaré a nado / a las más hondas grutas del pescado, / donde nunca jamás llegan las redes.” 

 

                        ¿Os imagináis a Rafael Alberti, el hombre, no el poeta, que se hubiera propuesto cumplir el llevar a Dios a las grutas del pescado donde nunca llegan las redes? El cielo, no cabe la menor duda, tiene que ser muy entretenido. Ya lo veréis.

 

 

DÍA DE TRIBULACIÓN

 

¡Oh Virgen remadora, ya clarea

La alba luz sobre el llanto de los mares!

Contra mis casi hundidos tajamares,

Arremete el mastín de la marea.

 

Mi barca, sin timón, caracolea

Sobre el tumulto gris de los azares.

Deje tu pie descalzo tus altares,

Y la mar negra verde pronto sea.

 

Toquen mis manos el cuadrado anzuelo

-tu escapulario- Virgen del Carmelo,

Y hazme delfín, Señora, tú que puedes…

 

Sobre mis hombros te llevaré a nado

A las más hondas grutas del pescado,

Donde nunca jamás llegan las redes.

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7 de Julio - 2016

La poesía taurina tiene también su ‘siglo de oro’, en medio de la denominada Edad de Plata. No se trata de una ponderación  desmedida. Coincide que en  el momento en que el toreo llega a su máximo esplendor, como arte de suprema belleza, en los años de Belmonte y Joselito el Gallo, la mejor intelectualidad, desde Ortega y Gasset a, por ejemplo,  Bergamín, profundiza en el misterio del  toreo y descubre aspectos que nunca antes con tanta nitidez se habían expuesto. Son los años de Cossío y sus saberes enciclopédicos.

Sin duda, el “Siglo de Oro” del toreo, es el siglo XX y el siglo XX, principalmente por los grandes poetas de la Generación del 27, el Siglo de Oro de la poesía taurina: Alberti, García Lorca, y por su variedad de aspectos Gerardo Diego, pero todos los escritores incluidos en la generación, menos Cernuda y el maestro de todos ellos Juan Ramón Jiménez, todos descubrieron la belleza de la tauromaquia y expresaron en palabras lo que percibieron en el ruedo, y en sus poemas nos enseñaron a ver y mirar con más sensibilidad y gozo.

Guillermo Pilía en la presentación que realiza de una acertadísima antología de  Salvador Arias Nieto, precisamente con el título de El Siglo de Oro de La Poesía Taurina, Antología de La Poesía Española del siglo XX comenta con acierto que “la poesía clásica que recogen otras antologías está a veces tan apartada de nuestros gustos estéticos como el toreo de los siglos XVIII y XIX. La poesía de Moratín, por ejemplo, tiene el sabor de los tiempos de las banderillas de fuego y los toros desjarretados.

Todo se inicia poéticamente a comienzos del XX, con Manuel Machado, quizás el primer poeta taurino del siglo, en medio de una generación vacilante, la del 98, con exponentes tan taurófobos como Pío Baroja; o cambiantes entre las etapas iniciales de su hermano Antonio Machado y sus rechazos finales por boca de Juan de Mairena.  Manuel Machado en su poemario Fiesta nacional cantó:                                                                                                             

Una nota de clarín

desgarrada,

penetrante,

rompe el aire con vibrante

puñalada…

Ronco toque de timbal.

Salta el toro

en la arena.

Bufa, ruge…

Roto, cruje

un capote de percal…

 

Acomete

rebramando, arrollando

a caballo y caballero…

Da principio

el primero

espectáculo español.

 

La hermosa fiesta bravía

de terror y de alegría

de este viejo pueblo fiero…

¡Oro, seda, sangre y sol!

 

 

Gloria Fuertes

                                                                  

Para dibujar un torero

hay que tener mucho salero.

 

Se dibuja la montera

-que es el sombrero-,

y debajo va la cara,

y más abajo va el cuerpo;

mucho adorno en la chaqueta,

chaquetilla de torero,

con borlitas -alamares-…

 

Muy coqueta la chaqueta

bordada, muy primorosa

-dos claveles y una rosa-.

Muy ceñido el pantalón,

a media pierna un bordón.

¡Qué primor!

 

Las medias con espiguilla,

de cuero las zapatillas,

la camisa muy rizada,

la corbata muy delgada,

y la faja cinturón

que adelgaza la cintura

y hace hermosa la figura.

 

¡Qué valiente criatura

del arte más peligroso!

El traje, de seda y oro,

y el toro, color de toro,

negro el cuerpo, blanco el cuerno.

Negro el toro, y azul él.

 

¡Torero, abre la capa,

ya estás en el redondel!

 

 

El impulso decisivo se lo dio la Generación del 27. Son una delicia poemas como los escritos por Gerardo Diego, amigo de toreros, aficionado entusiasta y entendido como pocos hasta haber escrito un libro de poemas  sobre el tema taurino titulado La suerte o la muerte. Oigamos una décimas sobre un tipo de pase, la verónica, visto por el poeta.

 

VERÓNICAS GITANAS

 

Lenta, olorosa, redonda,

La flor de la maravilla

se abre cada vez más  honda

y se encierra en su semilla.

Cómo huele a abril y a mayo

ese  barrido desmayo,

esa playa de desgana,

ese gozo, esa tristeza,

esa rítmica pereza,

campana del sur, campana.

 

En Lorca y Alberti el tema esencial es el toreo mientras que en Rafael Morales  es el toro.

Los poemas más logrados  son los que tienen como inspiración  las muertes de tres toreros impares, como fueron Joselito El Gallo, Ignacio Sánchez Mejías y Manolete. Elijo la cuarta parte del más logrado poema de Federico García Lorca Llanto por la muerte de Ignacio Sanchez Mejías. Persona humanamente extraordinaria, culta, sensible, poeta, torero y mecenas de sus amigos los poetas del 27. Ignacio era cuñado de Joselito, sus muertes se llenaron de un halo trágico, que a la manera barroca echaba un jarro de agua fría sobre esperanzas humanas, pretensiones y vanidades.

El alma sensitiva sitió el dolor de la muerte del amigo a quien  tanto admiraba y quería. No estamos ante el poema de Jorge Manrique, paradigma de la aceptación cristiana de la muerte. Estamos ante el dolor, desgarrado y trágico, desesperado y desesperanzado, de quien pensando que por fin se había recuperado el paraíso perdido, se encuentra de pronto en que era verdad que este  mundo tiene mucho  que ver con el valle de lágrimas.

Dramatismo, imágenes propias del surrealismo, cuya irracionalidad incrementan la fuerza expresiva  del sentimiento trágico ante la pérdida de un amigo querido. Expresiones que recuerdan en sus lamentos desesperados a las tragedias griegas. 

La primera parte narra de manera vigorosa el instante de LA COGIDA Y LA MUERTE. La hora en que comenzaban las corridas se convierte en el símbolo del instante fatídico en que como destino inexorable nos llega la muerte.  Ese cinco de la tarde, estribillo que recorre la primera parte, nos llena de angustia, como el nerviosismo de las acciones que se suceden sin el orden narrativo lógico, porque el hilo conductor es el llanto, llanto incontenible cuando se oye el fatídico “en punto”, sin apelación posible y la hora se convierte “¡Eran las cinco en sombra de la tarde!” En la sombra de la muerte.

La segunda es LA SANGRE DERRAMADA y sobrecoge el grito angustioso de “no quiero verla” y el canto a la manera de Manrique con su padre a las cualidades de  Ignacio.

La tercera lleva por título CUERPO PRESENTE, y tiene como eje central el símbolo de la piedra duro y riguroso, en contraste con el deseo final del último verso: Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar! 

Y por último, ALMA AUSENTE, en contraste con la presencia del cuerpo. La elegía se centra en el olvido de todos los que cercanos formaron parte de su vida. No te conoce el  toro ni la higuera. Sólo en la amistad del poeta perdura, pero sin esperanza ni consuelo. Los dos últimos versos son una delicadeza admirable, de una belleza conmovedora pero expresión de quien no puede tener un resquicio a la esperanza. Yo canto su elegancia con palabras que gimen y recuerdo una brisa triste por los olivos… ¿Eso es todo?

 

Llanto por Ignacio Sánchez Mejías

Federico García Lorca

 

LA COGIDA Y LA MUERTE

 

A las cinco de la tarde.

 

Eran las cinco en punto de la tarde.

 

Un niño trajo la blanca sábana

a las cinco de la tarde.

 

Una espuerta de cal ya prevenida

a las cinco de la tarde.

 

Lo demás era muerte y sólo muerte

a las cinco de la tarde.

 

El viento se llevó los algodones

a las cinco de la tarde.

 

Y el óxido sembró cristal y níquel

a las cinco de la tarde.

 

Ya luchan la paloma y el leopardo

a las cinco de la tarde.

 

Y un muslo con un asta desolada

a las cinco de la tarde.

 

Comenzaron los sones del bordón

a las cinco de la tarde.

 

Las campanas de arsénico y el humo

a las cinco de la tarde.

 

En las esquinas grupos de silencio

a las cinco de la tarde.

 

¡Y el toro, solo corazón arriba!

a las cinco de la tarde.

 

Cuando el sudor de nieve fue llegando

a las cinco de la tarde,

 

cuando la plaza se cubrió de yodo

a las cinco de la tarde,

 

la muerte puso huevos en la herida

a las cinco de la tarde.

 

A las cinco de la tarde.

 

A las cinco en punto de la tarde.

 

Un ataúd con ruedas es la cama

a las cinco de la tarde.

 

Huesos y flautas suenan en su oído

a las cinco de la tarde.

 

El toro ya mugía por su frente

a las cinco de la tarde.

 

El cuarto se irisaba de agonía

a las cinco de la tarde.

 

A lo lejos ya viene la gangrena

a las cinco de la tarde.

 

Trompa de lirio por las verdes ingles

a las cinco de la tarde.

 

Las heridas quemaban como soles

a las cinco de la tarde,

 

y el gentío rompía las ventanas

a las cinco de la tarde.

 

A las cinco de la tarde.

 

 

¡Ay qué terribles cinco de la tarde!

¡Eran las cinco en todos los relojes!

¡Eran las cinco en sombra de la tarde!

 

*

 

LA SANGRE DERRAMADA

 

¡Que no quiero verla!

 

Dile a la luna que venga,

que no quiero ver la sangre

de Ignacio sobre la arena.

 

¡Que no quiero verla!

 

La luna de par en par,

caballo de nubes quietas,

y la plaza gris del sueño

con sauces en las barreras

 

¡Que no quiero verla!

 

Que mi recuerdo se quema.

¡Avisad a los jazmines

con su blancura pequeña!

 

¡Que no quiero verla!

 

La vaca del viejo mundo

pasaba su triste lengua

sobre un hocico de sangres

derramadas en la arena,

y los toros de Guisando,

casi muerte y casi piedra,

mugieron como dos siglos

hartos de pisar la tierra.

 

No.

 

¡Que no quiero verla!

 

Por las gradas sube Ignacio

con toda su muerte a cuestas.

Buscaba el amanecer,

y el amanecer no era.

Busca su perfil seguro,

y el sueño lo desorienta.

Buscaba su hermoso cuerpo

y encontró su sangre abierta.

¡No me digáis que la vea!

No quiero sentir el chorro

cada vez con menos fuerza;

ese chorro que ilumina

los tendidos y se vuelca

sobre la pana y el cuero

de muchedumbre sedienta.

¡Quién me grita que me asome!

¡No me digáis que la vea!

No se cerraron sus ojos

cuando vio los cuernos cerca,

pero las madres terribles

levantaron la cabeza.

Y a través de las ganaderías,

hubo un aire de voces secretas

que gritaban a toros celestes,

mayorales de pálida niebla.

No hubo príncipe en Sevilla

que comparársele pueda,

ni espada como su espada,

ni corazón tan de veras.

Como un río de leones

su maravillosa fuerza,

y como un torso de mármol

su dibujada prudencia.

Aire de Roma andaluza

le doraba la cabeza

donde su risa era un nardo

de sal y de inteligencia.

¡Qué gran torero en la plaza!

¡Qué gran serrano en la sierra!

¡Qué blando con las espigas!

¡Qué duro con las espuelas!

¡Qué tierno con el rocío!

¡Qué deslumbrante en la feria!

¡Qué tremendo con las últimas

banderillas de tiniebla!

Pero ya duerme sin fin.

Ya los musgos y la hierba

abren con dedos seguros

la flor de su calavera.

Y su sangre ya viene cantando:

cantando por marismas y praderas,

resbalando por cuernos ateridos

vacilando sin alma por la niebla,

tropezando con miles de pezuñas

como una larga, oscura, triste lengua,

para formar un charco de agonía

junto al Guadalquivir de las estrellas.

¡Oh blanco muro de España!

¡Oh negro toro de pena!

¡Oh sangre dura de Ignacio!

¡Oh ruiseñor de sus venas!

No.

 

¡Que no quiero verla!

 

Que no hay cáliz que la contenga,

que no hay golondrinas que se la beban,

no hay escarcha de luz que la enfríe,

no hay canto ni diluvio de azucenas,

no hay cristal que la cubra de plata.

No.

 

¡Yo no quiero verla!

 

*

 

CUERPO PRESENTE

 

La piedra es una frente donde los sueños gimen

sin tener agua curva ni cipreses helados.

La piedra es una espalda para llevar al tiempo

con árboles de lágrimas y cintas y planetas.

 

Yo he visto lluvias grises correr hacia las olas

levantando sus tiernos brazos acribillados,

para no ser cazadas por la piedra tendida

que desata sus miembros sin empapar la sangre.

 

Porque la piedra coge simientes y nublados,

esqueletos de alondras y lobos de penumbra;

pero no da sonidos, ni cristales, ni fuego,

sino plazas y plazas y otras plazas sin muros.

 

Ya está sobre la piedra Ignacio el bien nacido.

Ya se acabó; ¿qué pasa? Contemplad su figura:

la muerte le ha cubierto de pálidos azufres

y le ha puesto cabeza de oscuro minotauro.

 

Ya se acabó. La lluvia penetra por su boca.

El aire como loco deja su pecho hundido,

y el Amor, empapado con lágrimas de nieve

se calienta en la cumbre de las ganaderías.

 

¿Qué dicen? Un silencio con hedores reposa.

Estamos con un cuerpo presente que se esfuma,

con una forma clara que tuvo ruiseñores

y la vemos llenarse de agujeros sin fondo.

 

¿Quién arruga el sudario? ¡No es verdad lo que dice!

Aquí no canta nadie, ni llora en el rincón,

ni pica las espuelas, ni espanta la serpiente:

aquí no quiero más que los ojos redondos

para ver ese cuerpo sin posible descanso.

 

Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura.

Los que doman caballos y dominan los ríos;

los hombres que les suena el esqueleto y cantan

con una boca llena de sol y pedernales.

 

Aquí quiero yo verlos. Delante de la piedra.

Delante de este cuerpo con las riendas quebradas.

Yo quiero que me enseñen dónde está la salida

para este capitán atado por la muerte.

 

Yo quiero que me enseñen un llanto como un río

que tenga dulces nieblas y profundas orillas,

para llevar el cuerpo de Ignacio y que se pierda

sin escuchar el doble resuello de los toros.

 

Que se pierda en la plaza redonda de la luna

que finge cuando niña doliente res inmóvil;

que se pierda en la noche sin canto de los peces

y en la maleza blanca del humo congelado.

 

No quiero que le tapen la cara con pañuelos

para que se acostumbre con la muerte que lleva.

Vete, Ignacio: No sientas el caliente bramido.

Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar!

 

 

 

ALMA AUSENTE

 

No te conoce el toro ni la higuera,

ni caballos ni hormigas de tu casa.

No te conoce el niño ni la tarde

porque te has muerto para siempre.

 

No te conoce el lomo de la piedra,

ni el raso negro donde te destrozas.

No te conoce tu recuerdo mudo

porque te has muerto para siempre.

 

El otoño vendrá con caracolas,

uva de niebla y monjes agrupados,

pero nadie querrá mirar tus ojos

porque te has muerto para siempre.

 

Porque te has muerto para siempre,

como todos los muertos de la Tierra,

como todos los muertos que se olvidan

en un montón de perros apagados.

 

No te conoce nadie. No. Pero yo te canto.

Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.

La madurez insigne de tu conocimiento.

Tu apetencia de muerte y el gusto de tu boca.

La tristeza que tuvo tu valiente alegría.

Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,

un andaluz tan claro, tan rico de aventura.

Yo canto su elegancia con palabras que gimen

                            y recuerdo una brisa triste por los olivos.

 

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2 de Junio - 2016

                                                "Corpus Christi",                                                        de Antonio Murciano (1931) y Carlos Murciano (1929)

Iniciamos ahora nuestra sección “Momento para la poesía”, precedidos por la versión de Mocedades del Himno Pange Lingua. Santiago nos ha preparado una bella página referida a los hermanos Antonio y Carlos Murciano.

He de confesaros que me emociona toda palabra que lleva el sello de la verdad, aquella que brota del manantial del alma y comunica a sus hermanos, atados a las rutinas de las cosas, al afán de cada día, lo que como hallazgo asombra al poeta para desvelárnoslo.

Antonio y Carlos Murciano nacieron en Jerez de la Frontera, Cádiz, en 1929 y en 1931, respectivamente. Ambos por edad podían ser incluidos entre los escritores de la llamada generación de los años cincuenta; pero sus compromisos humanos, su visión de la vida y hasta su concepción de la poesía los aleja de cualquiera de ellos: Gil de Biedma, Valente , Barral, o Caballero Bonald. Por su temática, estilos intimistas y hasta creencias, están más cerca de la llamada generación del 36: Panero, Vivanco, Rosales e incluso el mismo José Mª Valverde, al menos en las primeras etapas de su producción poética.

"Para mí –escribe Antonio Murciano- poesía equivale a conciencia, a razón de ser. La razón de mi vida es mi canto". Y añadía: "El amor es la clave del mundo. Sin amor no habría poesía". Su hermano Carlos hubiera suscrito esta declaración.

En 1961 publicaron conjuntamente el poemario “Corpus Christi”. Sin duda cantaban al gran día que España dedicaba a exaltar la Eucaristía, uno de los tres jueves que relumbraban más que el sol. Tres son los sonetos que selecciono.  El primero está dedicado a la procesión del “Corpus”. Todo brota de una mirada creyente, del júbilo de saber que nuestro Dios vive entre nosotros y que en este gran día sale a la calle, va, como cualquier caminante, pasando por nuestras vías públicas. Un fin orienta las palabras del poeta: que el hombre doble su rodilla ante Cristo, como lo hace el romero, la palmera y las torres-campanario cuando voltean jubilosas sus campanas. ¿Y esto, por qué? La respuesta nos la da la voz del pregonero que va anunciando una verdad prodigiosa: “Que viene por la calle Dios, que viene”.

Si la noticia se nos dice sin ninguna galanura, tal cual, el misterio de Dios presente se transfigura por la palabra poética, en juegos conceptistas y metafóricos: “como de espuma o pluma o nieve ilesa; “azucenamente” pisa y pesa que sólo un soplo de aire le sostiene…y ahora en un aro de aire se contiene.” Lo más grandioso ocurre como si nada. Es que Dios habita entre nosotros.

Que viene por la calle Dios, que viene
como de espuma o pluma o nieve ilesa;
tan azucenamente pisa y pesa
que sólo un soplo de aire le sostiene.
Otro milagro, ¿ves? Él, que no tiene
ni tamaño ni límites, no cesa,
nunca de recrearnos la sorpresa
y ahora en un aro de aire se contiene.
Se le rinde el romero y se arrodilla;
se le dobla la palma ondulante;
las torres en tropel, campaneando.
Dobla también y rinde tu rodilla,
hombre, que viene Cristo caminante
–poco de pan, copo de pan- pasando.


         Vayamos ahora a los otros dos sonetos de los hermanos Murciano.

Mi segunda selección la conforman dos sonetos entrelazados. Pueden leerse por separado pero temáticamente poseen una unidad. Los dos sonetos pretender abordar el instante en que ese pan y ese vino se convierten en el cuerpo y en la sangre de todo un Dios.

En el primero se nos presenta el momento en que en la última cena el aliento y palabra de Cristo se transforman en cuerpo y Sangre de Dios. Las mismas  palabras pronunciadas por el sacerdote. Una palabra humana desencadena el prodigio de que Dios mismo se quede, carne en carne, espíritu en espíritu, en el cuerpo y sangre de nuestro Dios. Dios, Dios mismo se queda en el pan y en el vino. No hay maravilla mayor, en esta hora de incertidumbre y desconfianza humana. El inicio del primer poema no puede ser más confiado: “Todo fue así”. Un prodigio de amor. No existe otra explicación del misterio eucarístico. Solo el amor, sólo el amor a los seres humanos. Sólo el amor de todo un Dios.

Era el testamento de Dios. Era su despedida. El fruto del trigal, la espiga fue la harina candeal para su carne y el fruto de la vid, mosto, sin contaminaciones de contagios ni plagas de su sangre Este es el memorial que hemos recibido y repetimos como sacrificio expiatorio para siempre. A juicio rotundo del poeta “fue así” testimonio indiscutible del acontecimiento. ¿Cómo quedaba Dios en tal prodigio? Sin más, sencillamente así.

Pero ¿Cómo pudo ser eso posible? De una manera sencilla. Los argumentos teológicos con su consistencia ponen el armazón a nuestra fe. El poeta argumenta desde su entusiasmo. La poesía da hermosura a la razón.

Leamos pues el primero de los dos sonetos:

Todo fue así: tu voz, tu dulce aliento
sobre un trozo de pan que bendijiste
que en humildad partiste y repartiste
haciendo despedida y testamento.

"Así mi cuerpo os doy como alimento..."
¡Qué prodigio de amor! Porque quisiste,
diste tu carne al pan y te nos diste,
Dios, en el trigo para el sacramento.

Y te quedaste aquí, patena viva;
virgen alondra que le nace al alba
de vuelo siempre y sin cesar cautiva.

Hostia de nieve, nube, nardo, fuente;
gota de luna que ilumina y salva.
Y todo ocurrió así, sencillamente.

El segundo soneto se organiza en torno a la palabra sencillamente. Con intención notoria se repite a lo largo de cada endecasílabo. Sencillamente. Los misterios de Dios tienen como soporte de su estructura la palabra sencillez, sencillamente. Todo lo hizo Dios sencillamente. Lo intuyó el poeta porque era verdadero. De nuevo sobre el lenguaje directo aparece la retórica de la hermosura:

Sencillamente, como el ave cuando
inaugura, de un vuelo, la mañana;
sencillamente, como la fontana
canta en la roca, agua de luz manando:

sencillamente, como cuando ando,
como cuando Tú andabas la besana,
cuando calmabas sed samaritana
cuando te nos morías perdonando.

Sencillamente. Hora de paz. ¡Qué leves
tus manos para el pan, para el amigo!

Cena de doce y Dios. Noche de Jueves.

Y era en Jerusalén la primavera.
Y era blanco milagro ya aquel trigo.
Sencillamente: "Éste es mi cuerpo". Y era.

La noche de Jueves Santo, es el momento temporal del prodigio: “Cena de doce y Dios. Noche de Jueves”. Un toque de humor nos recuerda como si de una invitación de gala se tratase, que existe una invitación oficial. Solo le falta que se precise “deberá asistir con ropa adecuada a la ceremonia: Cena de doce y Dios.

El final, es la confesión rotunda del creyente. Yo también quisiera proclamar lo mismo ahora y en la hora de mi muerte:

Y era en Jerusalén la primavera.
Y era blanco milagro ya aquel trigo.
Sencillamente: "Éste es mi cuerpo". Y era.

19 de Mayo - 2016

Este mayo florido, dedicado tradicionalmente en nuestro hemisferio a la Madre de Dios, nos  impulsa a traer a nuestros oyentes una de las más bellas y delicadas canciones dedicadas a la Virgen María.

 

         Es de  Juan de la Encina, músico y poeta, allá por el encabalgamiento de los  siglos XV y XVI. Está brotando, en ese momento,  con pujanza un Renacimiento esplendoroso en belleza, primero en Italia y después en toda Europa. Un toque de paganismo difumina el fundamento de la cristiandad y la fractura de su unidad religiosa abre la puerta  de la historia a acontecimientos catastróficos que salpican hasta nuestros días.  Como si lo presintiera el poeta en esa coda o parte final de la estrofa no duda en suplicar piedad: “no ceses de dar salud a toda la cristiandad.”

 

         Pero en España ocurre algo diferente. Nuestro Renacimiento se abre a todas las corrientes estéticas que triunfan con pujanza; pero sin renunciar a nada. Estamos alas puertas de nuestro Siglo de Oro. Pronto triunfará la poesía del endecasílabo de las maneras cortesanas de origen italiano, pero no se desdeñará la poesía de tipo tradicional de los cancioneros. Un buen ejemplo lo encontramos en este delicioso poema. En él todo puede parecernos de otros tiempos.

 

         La forma nada menos que entronca con el primitivo zéjel: con su estribillo, mudanza y vuelta, como adecuadas a las composiciones corales, donde coro y solistas sabían cumplir con su  responsabilidad advertidos por la rima.  Pero el siglo de la gaya ciencia ha enriquecido la complejidad estrófica. Los tres versos monorrimos se han convertido en una quintilla. La musicalidad de la letra es muy rica, aun no teniendo en cuenta el acompañamiento musical.

 

        El contenido en su referencia teológica está centrado en la grandeza de María: “Virgen y Madre de Dios”, “mira bien nuestro dolor”, “que este mundo pecador no puede vivir sin ti”, “que de ti quiso nacer quien fue nuestra redención”, “El tesoro divinal en tu vientre se encerró”, “tú pariste nuestra luz, Dios de ti nacido fue”. La maternidad y virginidad de María  han movido a devoción y piedad a nuestros pueblos.

 

        Sin embargo el poema nos conmueve por el salto emotivo que se repite en el estribillo. La sucesión de alabanzas “oficiales” choca con la emotividad de un estribillo que en forma ponderativa, mediante una pregunta que sólo sirve para incrementar la certeza del asentimiento o mediante adverbios como “nunca jamás”, se atreve a dedicarle a María nada menos que la expresión amorosa profana más sentida, más cortesana (amor cortés) más platónica, más en línea con la concepción amorosa que identifica amor y vida como crisol del amor verdadero: “¿A quién debo yo llamar "vida mía" sino a ti, Virgen María?”

 

        ¿Pero choca esta expresión con el contenido de cada estrofa? En modo alguno. Todo lo contrario. Sin renunciar a la explosión afectiva de ese maravilloso “vida mía”, la expresión recobra  en plenitud  la verdad del aserto. Precisamente por ser Ella quien es, aplicada a María, deja de ser hiperbólica y metafórica para convertirse en lenguaje directo: “y tú nos haces vivir”, “no puede vivir sin ti”. Porque María es nuestra vida le podemos  decir a pleno corazón “vida mía”.

 

        Otro ejemplo de ese saber volver a lo divino lo humano.

 

¿A quién debo yo llamar

"vida mía"

sino a ti, Virgen María?

 

Todos te deben servir,

Virgen y Madre de Dios,

que siempre ruegas por nos

y tú nos haces vivir.

Nunca me verás decir

"vida mía"

sino a ti, Virgen María.

 

Duélete, Virgen de mí,

mira bien nuestro dolor,

que este mundo pecador

no puede vivir sin ti.

No llamo desque nací

"vida mía"

sino a ti, Virgen María.

 

Tanta fue tu perfección

y de tanto merecer

que de ti quiso nacer

quien fue nuestra redención.

No hay otra consolación,

vida mía,

sino en ti, Virgen María.

 

El tesoro divinal

en tu vientre se encerró,

tan precioso que libró

todo el linaje humanal.

¿A quién quejaré mi mal,

vida mía,

sino a ti, Virgen María?

 

Tú sellaste nuestra fe

con el sello de la cruz,

tú pariste nuestra luz,

Dios de ti nacido fue.

Nunca jamás llamaré

"vida mía"

sino a ti, Virgen María.

 

¡Oh, clara Virginidad,

fuente de toda virtud!,

no ceses de dar salud

a toda la cristiandad.

No pedimos piedad,

vida mía,

sino a ti, Virgen María.

5 de Mayo - 2016

José María Valverde

PALABRAS PARA EL HIJO

 

José Mª Valverde, en su poema Palabras para el hijo, nos manifiesta  la reflexión que realiza un padre cuando se entera de que en las entrañas de su esposa ha comenzado una vida nueva.

Es un poema que deberían leer padres y madres que esperan un hijo. A ellos va dedicado:

 

Viniendo estás, hijo, ya tienes imperiosamente abierto tu hueco entre los días,

Y me paro a pensar cómo tendré que decirte para pasarte lo que he vivido,

Si todavía tus padres apenas sabemos hablar, saltamos por encima de las palabras,

Y de la mano andamos, cruzando por largos silencios, como claros del bosque.

Tal vez todo es inútil y la sangre camina bajo la voz, y nada se puede.

Pero yo pienso y pienso en las cosas que todavía mal he aprendido,

Y que tendré que enseñarte, porque ya no podré olvidar, ni guardar silencio,

Ni volver la espalda a lo que fue, para llegar más libre a la esperanza.

 

Desde ahora cuanto miro me exigirá nombre con que poder contarlo;

Ya no podré ser ojo mudo, pasmo sin pregunta, guardador de secretos,

Y tendré que dejarme llevar por tu mano hasta la misma raya de la ignorancia,

Dibujar exactamente a dónde llega el borde del agua de la materia oscura.

 

Procuraré empezar por decirte el respeto que se debe a todas las cosas,

La seriedad de la tierra áspera y su peso húmedo desmigado entre los dedos,

La admirable cerrazón de la piedra, secretamente conjurada consigo misma,

A veces en un guijarro caminante, como endulzado por el peso de la memoria.

Y la madera dócil, viniendo desde el olor y el viento a acurrucarse al calor de la mano.

Y el tesoro del metal, sus arbitrios industriosos, su cansancio oxidado, su esplendor

Cuando con brillos fatídicos conquista su extraña vida de máquina palpitante.

 

Querré acostumbrarte al murmullo de la multitud, a su ir y venir de hormigas con palitos.

Para que te resignes y comprendas las profundidades de la rutina cívica,

La majestad de la vida misma en la sonámbula repetición del empleado,

El latir de lo más dulce en la humilde comparecencia de los insignificantes en sus sitios.

 

Pero también te enseñaré la palabra, que puesta junto a otra arde con llama hasta el cielo,

Y la canción que se adueña de nuestros huesos y gira y gira sola hasta iluminarnos

Y el poderío de una mancha roja cuidadosamente extendida sobre un cuadrado de lona,

Hasta rozar un azul  que anochece por su parte, detrás del amarillo,

Y muchas cosas del hombre que hubiera callado para olvidar, guerras como otra luz de años enteros,

Y los disparos de medianoche y el muerto de cada mañana en el descampado de las latas de mi barrio,

Y el cañoneo lejano, viniendo, y el odio de casa en casa, y las palabras en cuchicheo,

Y las esperanzas y las desilusiones y las esperanzas, haciendo historia al repetirse.

 

De tu madre jamás hablaremos;  tardarás mucho tiempo en comprender

Que otras estrellas fueron las mías en la ventana nocturna de sus ojos,

Cómo la encontré viniendo de pinares de sueños, de olas y canciones de niña,

Cómo la convencí, y lo dejó todo, y cruzó un río desconocido y estabas tú.

 

Y cuando preguntando llegues al porqué de todo, empezaré a contarte del último amor,

Enseñándote a poner la mano sobre el mundo para que sientas su música de trompo,

La leyenda verdadera del Dios que tanto quiso a los hombres que nació con ellos;

Porque no sé si mi palabra puede algo más que enseñarte a rezar y retirarse.

 

Tener un hijo es  asumir un compromiso ineludible. Nos exige  transmitirle una visión de la vida, no cualquiera, sino nuestra propia razón de vivir. A veces nos entra la tentación de creer  que no sabemos ni podemos hablar con certeza de nada o de casi nada Y no es verdad. La vida nos ha ido mostrando verdades como puños que no nos es lícito acallar.

Hoy parece pertenecer a la cumbre de la inteligencia ser escéptico y relativista.  Sin embargo desde la duda es muy difícil y quizás imposible enseñar y aprender algo. Claro que existen asuntos de los que sabemos muy poco; pero nuestros hijos tienen derecho a iniciar su camino  desde las certezas que han de llegar hasta el borde de nuestras incertidumbres, pero como confiesa Valverde “ya no podré callar ni guardar silencio”, aunque todavía saltemos por encima de las palabras. Tampoco podemos esperar o pararnos confiando en ocasiones más propicias. Nacer es tener “imperiosamente abierto un hueco entre los días” Y sabemos que cada día trae su afán.

Hallamos una síntesis luminosa en el recorrido que como padre entiende que debe acometer para, honradamente, transmitir su saber y experiencia al  hijo.

Como primera tarea señala   inculcar “el respeto que se debe a todas las cosas”. Sí, a las cosas. Qué importante  descubrir que los utensilios más humildes, absolutamente todo lo que está a mi servicio, por vulgar que nos parezca, está  contribuyendo a mi liberación y a mi desarrollo personal más digno, desde mi tenedor a mi  lápiz, desde mi zapato a mi camiseta y no sólo mi lujosa bicicleta o mi ordenador de última generación.

Deberemos  descubrirle la dignidad de toda  persona cualquiera que sea su oficio o menester: “La majestad de la vida misma en la sonámbula repetición del empleado”. Le iniciaremos en el gozo de la poesía y de la música. Le mostraremos la configuración política que en conciencia consideremos la mejor,  le enseñaremos nuestra historia, aunque sea amarga, pero siempre “para llegar más libre a la esperanza”, esperanza tras esperanza. Un día podrá descubrir el amor, maravillosamente evocado en la penúltima  “estrofa”. Y finalmente  habrá que hablar de Dios, culmen y clausura del poema, para resaltar su importancia, pero no la última tarea  en el tiempo real. Sí la última por ser la de mayor y más íntima responsabilidad: “La leyenda verdadera del Dios que tanto quiso a los hombres que nació con ellos; porque no sé si mi palabra puede algo más que enseñarte a rezar y retirarse.”

21 de Abril - 2016

 

Un soneto de Rubén Darío

         S.- Rubén Darío, el poeta nicaragüense que introdujo el modernismo literario en España y renovó profundamente la poesía  trayendo a su esplendor la musicalidad, el colorido, y las sensaciones percibidas por todos los sentidos, nos dejó en su libro Cantos de vida y esperanza  una serie de  poemas  de gran hondura humana y desconcierto personal. La biografía de Rubén es una lección de cómo proyectar la vida  para deleite de los sentidos, el placer y el arte de refinar sensaciones, haciendo de la vida como en la conocida película “Días de vino y rosas”, acaba en el vacío, la desesperación y en la necesidad de encontrar apoyos que le permitan  salir del pozo del amargo sinsentido. Su reencuentro con Cristo, su alivio al escuchar en el amanecer las campanas de ángelus, su canto a la cartuja  consuelan  su visión del destino fatal del ser humano a la muerte

Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,

y el temor de haber sido y un futuro terror...

¡Y el espanto seguro de estar mañana muerto,

y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos.

 

         S.- En este panorama de desencantos nos deja como  legado en su testamento espiritual  lo que significó  Cervantes como consuelo para sus desazones. Un soneto, sencillo en apariencia pero tanto formal como temáticamente complejo. La rima mantiene el armazón clásico  de dos cuartetos y dos tercetos encadenados. Pero los versos son una combinación de endecasílabos y heptasílabos que acomodan su ritmo a las ideas y a los sentimientos que el poeta expresa. Es un reconocimiento del bien que su  lectura le produce y al mismo tiempo un canto de admiración a Cervantes, al hombre y a su vida. Él es suspira, ríe y reza. Cristiano y amoroso caballero. Cervantes hace que regocije al mundo entero la tristeza inmortal de ser divino!.

Horas de pesadumbre y de tristeza
paso en mi soledad. Pero Cervantes
es buen amigo. Endulza mis instantes
ásperos, y reposa mi cabeza

Él es la vida y la naturaleza,
regala un yelmo de oros y diamantes
a mis sueños errantes.
Es para mí: suspira, ríe y reza.

Cristiano y amoroso caballero
parla como un arroyo cristalino.
¡Así le admiro y quiero,

viendo cómo el destino
hace que regocije al mundo entero
la tristeza inmortal de ser divino!

7 de Abril - 2016

MISIÓN DE TODA PERSONA – DULCE MARÍA LOYNAZ

Cuando en 1992 se le concedió en España a Dulce Mª Loynaz el premio Cervantes, más de un curioso preguntó: “¿quién es esta viejecita?”. Tenía noventa años y todavía  permanecería lúcida y llena de delicadeza hasta 1997. Era cubana. Hija de uno de los héroes de la independencia, el general Loynaz. Vivió y permaneció en La Habana, en su casa, aislada, pero abierta al mar y a la vida, al silencio, al agua y a las rosas, pero sobre todo a Dios.

Los vaivenes políticos no  desviaron su  trayectoria más íntima. Mujer casada, desvela  facetas profundas del alma femenina y en un lenguaje directo, -son pocos sus grandes símbolos-, sencillo y preciso nos comunica temas que manifiestan su gran riqueza interior. Su vena mística proviene de su lectura de Santa Teresa. Sin exageración, se la considera poeta católica, y lo es por su vida y por su obra.

Dice el poema:

 

Señor que lo quisiste: ¿Para qué habré nacido?

¿Quién me necesitaba?¿Quién me había pedido?

 

¿Qué misión me confiaste? y ¿Por qué me elegiste,

yo, la inútil, la débil, la cansada . . . ? La triste.

 

Yo, que no sé siquiera qué es malo ni qué es bueno

y si busco las rosas y me aparto del cieno,

es sólo por instinto. Y no hay mérito alguno

en la obediencia fácil a un instinto oportuno . . .

 

Y aún más:

¿Pude hacer siempre todo lo que he intentado?

¿Soy yo misma siquiera la que había soñado? . . .

¿En qué ocaso del alma he disipado el luto?

¿A quién hice feliz tan siquiera un minuto?

¿Qué frente obscura y torva se iluminó deprisa,

tan sólo ante el conjuro de mi pobre sonrisa?

¿Evitar a cualquiera pude el menor quebranto?

¿De qué sirvió mi risa?¿De qué sirvió mi llanto?.

 

Y al fin, cuando me vaya fría, pálida, inerte . . .

¿Qué dejaré a la vida?¿Qué llevaré a la muerte?

 

Bien sé que todo tiene su objeto y su motivo;

que he venido por algo y que para algo vivo.

 

Que hasta el más vil gusano su destino ya tiene,

que tu impulso palpita en todo lo que viene . . .

Y que si lo mandaste fue también con la idea

de llenar un vacío, por pequeño que sea . . .

Que hay un sentido oculto en la entraña de todo;

en la pluma, en la garra, en la espuma, en el lodo . . .

 

Que tu obra es perfecta; ¡Oh Todopoderoso,

Dios justiciero, Dios sabio, Dios amoroso! . . .

El Dios de los mediocres, los malos y los buenos . . .

En tu obra no hay nada ni de más ni de menos . . .

 

Pero no sé, Dios mío; Me parece que a ti

¡Un Dios! , te hubiera sido fácil pasar sin mí . . .

 

Ningún poema más apropiado para expresar, la concepción cristiana de que todo ser humano por desvalido y poca cosa que parezcamos ser, viene a llenar un vacío irremplazable, tiene un destino, un objetivo y una misión.

En el tono confiado y humilde de una oración, Dulce Mª. le pregunta a Dios por el objetivo o fin de su existencia “¿Para qué habré nacido? “ Se siente  tan poquita cosa (triste, inútil, débil, cansada) que ni puede imaginar  que alguien la pueda necesitar. Por no ser, no se siente ni buena, pues sus buenas acciones más que fruto meritorio, son producto de “la obediencia fácil a un instinto oportuno”.

Sigue un examen de conciencia ignaciano en el que por medio de preguntas que no responde nos muestra su impresión de desvalimiento y pequeñez. Pero al mismo tiempo  por medio de las preguntas se plantea todo un proyecto de vida urdido en las pequeñas acciones de la cotidianidad, no siempre cumplidas: “¿Pude hacer siempre todo lo que he intentado? ¿Soy yo misma siquiera la que había soñado?”

Pero siendo asimismo ocasión para ir tejiendo nuestras vidas en el bien: evitar lutos en las almas dolientes, buscar la felicidad de los demás, hacer de nuestras risas, sonrisas y llantos instrumentos de alivio ante el menor quebranto.

La segunda parte temática del poema, la que comienza “bien sé que todo tiene su objeto y su destino” es una sucesión de rotundas afirmaciones en pro del sentido de la existencia: todo tiene un objeto, se viene y se vive para algo, todo tiene un destino, hasta el gusano, todo lleva el impulso divino, todo llena un vacío, todo tiene un sentido, aunque se muestre oculto. La obra de Dios es perfecta “En tu obra no hay nada ni de más ni de menos”. No es de extrañar que irrumpa una alabanza en gradación ascendente: “Dios justiciero, Dios sabio, Dios amoroso”, precedido del “¡Oh Todopoderoso!” Y concluido con ese desconcertante “Dios de los mediocres” resumen de la condición humana, en la que incluye a todos los hombres “los malos y los buenos”.

Los dos últimos versos  nos obligan a superponer un doble sentido. Uno, acorde con  el sentimiento de pequeñez de la primera parte: Tú, todo un Dios, yo tan nada, “fácil te hubiera sido pasar sin mí...” Pero  la segunda parte del poema transforma la impresión negativa, por medio de la ironía, (decir lo contrario de lo que se siente dándolo a entender), en un sentimiento de agradecimiento y  gozo por el don, en medio de su aparente pequeñez, de su existencia, por el don de la vida concedida gratuitamente por ese Dios amoroso, Dios de los mediocres, Dios de todos y cada uno de los hombres, Dios de cada persona. Me conmueven los dos  últimos versos. Es como una picardía femenina, llena de ternura. Como si le dijera: bueno ahora que nadie nos oye dime la verdad: Pero no sé, Dios mío; me parece que a ti ¡Un Dios! , te hubiera sido fácil pasar sin mí . . .

18 de Febrero - 2016

     ¿Quién no conoce al menos los primeros versos de La canción del pirata de Espronceda?: “Con diez cañones por banda, / viento en popa, a toda vela, / no surca el mar sino vuela / un velero bergantín”. 

Otra vez un canto a la libertad, claramente romántica. Se escribió en 1835. La musicalidad y el ritmo tan logrados consiguen que nos pase inadvertido el contenido. El poema es un canto al anhelo rebelde del ser humano de no estar sujeto a nada ni a nadie: ser como Dios; una libertad tan alejada de compromisos y responsabilidades en la que nada pone límite a nada ni a nadie. El poeta expresa vigorosamente el modelo de libertad que ha caracterizado al mundo contemporáneo. Plasma lo que, de nuevo en La vida es sueño, Segismundo denominará “atrevámonos a todo”.

 

         Recordad el estribillo que exalta una y otra vez la idea central: “Que es mi barco mi tesoro, / que es mi Dios la libertad;  / mi ley, la fuerza y el viento; / mi única patria, la mar.” ¿Qué representa el barco?: Mi vida, nuestra vida como el mayor tesoro. ¿Y Dios? Leamos atentamente: no dice la convicción cristiana, Dios es mi libertad; sino todo lo contrario: la Libertad es mi dios. Por otra parte no siente pudor en proclamar que su Ley es la fuerza y el viento. Por eso comienza proclamando “Con diez cañones por banda, viento en popa a toda vela”. La fuerza  de las armas (cañones) y la de una naturaleza desatada (viento y fortuna) nos permiten volar, no surcar con la lentitud del arado, la existencia. ¿Patria, para qué? El mar, espacio de la aventura, del riesgo, sin vínculos ni ataduras sentimentales ni morales.

 

         Es el canto a la libertad de los procesos revolucionarios, la libertad sin cortapisas que tantas veces ha terminado en libertinaje. Lo demás, altanería y prepotencia, un orgullo desmesurado que olvida nuestra condición humana, las adversidades y fragilidades propias y las que causamos a los demás.

 

         Lo llamarán “por su bravura el Temido”. Temidos pero no amados.  El tiempo me impide detenerme en el análisis de cada verso. Quiero como contraste recordar no un consejo cristiano, sino el grito de Hécuba, la esposa de Príamo, en la, por desgracia, actualísima obra Las Troyanas de Eurípides: “Necio es el mortal que, creyéndose siempre feliz, se abandona al placer: la fortuna, cual furiosa delirante, salta aquí y allá, y a ninguno concede perpetua dicha.”

 

Con diez cañones por banda,  

viento en popa a toda vela,  

no corta el mar, sino vuela,

un velero bergantín;  

 

bajel pirata que llaman

por su bravura el Temido

en todo el mar conocido  

del uno al otro confín.  

 

La luna en el mar riela,  

en la lona gime el viento  

y alza en blando movimiento

olas de plata y azul;  

y ve el capitán pirata,  

cantando alegre en la popa,

Asia a un lado, al otro Europa,  

Y allá a su frente Estambul:  

 

 - Navega, velero mío,  

sin temor  

que ni enemigo navío,  

ni tormenta, ni bonanza  

tu rumbo a torcer alcanza,  

ni a sujetar tu valor.  

 

Veinte presas hemos hecho  

a despecho del inglés  

y han rendido sus pendones  

cien naciones a mis pies.  

 

Que es mi barco mi tesoro,  

que es mi Dios la libertad;  

mi ley, la fuerza y el viento;   

mi única patria, la mar.  

 

Allá muevan feroz guerra  

ciegos reyes  

por un palmo más de tierra,  

que yo tengo aquí por mío  

cuanto abarca el mar bravío  

a quien nadie impuso leyes.  

 

Y no hay playa sea cualquiera,  

ni bandera de esplendor,  

que no sienta mi derecho  

y dé pecho a mi valor  

 

Que es mi barco mi tesoro,  

que es mi Dios la libertad;  

mi ley, la fuerza y el viento;  

mi única patria, la mar.  

 

A la voz de ¡barco viene!,  

es de ver  

cómo vira y se previene  

a todo trapo a escapar:  

que yo soy el rey del mar  

y mi furia es de temer.  

 

En las presas yo divido  

lo cogido por igual:  

sólo quiero por riqueza  

la belleza sin rival.  

 

Que es mi barco mi tesoro,  

que es mi Dios la libertad;  

mi ley, la fuerza y el viento;  

mi única patria, la mar.  

 

¡Sentenciado estoy a muerte!  

Yo me río:  

no me abandone la suerte,  

y al mismo que me condena  

colgaré de alguna antena  

quizá en su propio navío.  

 

 Y si caigo, ¿qué es la vida?  

Por perdida ya la di  

cuando el yugo del esclavo  

como un bravo sacudí.  

 

Que es mi barco mi tesoro,  

que es mi Dios la libertad;  

mi ley, la fuerza y el viento;  

mi única patria, la mar.  

 

Son mi música mejor  aquilones,  

el estrépito y temblor  

de los cables sacudidos  

del negro mar los bramidos  

y el rugir de mis cañones.  

 

Y del trueno  al son violento,  

y del viento, al rebramar,  

yo me duermo sosegado,  

arrullado por el mar.  

 

Que es mi barco mi tesoro,  

que es mi Dios la libertad;  

mi ley, la fuerza y el viento;  

mi única patria, la mar. 

 

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4 de Febrero - 2016

      Hemos seleccionado dos poemas de una poetisa cubana, no demasiado conocida en España, a pesar de que en 1992 le fue concedido el premio Cervantes. Se llama Dulce Mª Loynaz, fue una mujer de delicada sensibilidad, y entre los miles de poemas que escribió, tiene un centenar que le convierten en una de las poetas católicas de la América Hispana.

Dulce Mª Loynaz es una dama refinada y exquisita. Vivió en Cuba, al margen de los avatares políticos de todo el siglo XX, respetada y querida. Su apellido de uno de los generales de la independencia cubana, le permitió dedicarse a la literatura, ajena a los avatares de la política. El primero es un alegato en pro de un querer total.

 

SI ME QUIERES, QUIÉREME ENTERA.

Si me quieres, quiéreme entera,

no por zonas de luz o sombra...Si me quieres, quiéreme negra

y blanca. Y gris, y verde, y rubia,

y morena...Quiéreme día,

quiéreme noche...¡Y madrugada en la ventana abierta!

Si me quieres, no me recortes:

¡Quiéreme toda... O no me quieras!

 

Nos encontramos ante un poema amoroso. La forma, con versos de medida variada y una rima asonante en versos impares, es un diálogo en el que sólo oímos la voz de la mujer. Suponemos que el hombre escucha. Al menos tú y yo sí que la escuchamos. Es a nosotros a quienes nos alecciona.

Propiamente se trata de una súplica condicionada. Y es en esta súplica donde Dulce Mª Loynaz ha sabido comunicar la verdad universal para cualquier ser humano que anhela y defiende ser querido íntegramente.

Desde la concupiscencia inicial en la que estamos inmersos, el amor-deseo, el eros, nos impulsa a la posesión de aquella cualidad que nos incita y nos deslumbra. Podemos prendarnos de unos ojos, de un cabello, de unas proporciones corporales, también de una sonrisa seductora, o de unos títulos o de unos linajes o de un entorno social, o de sus ocurrencias chispeantes o del timbre de su voz o de su insinuante contoneo o de su sencillez cuidadosamente cuidada, o de la frescura de sus años juveniles.

¿En esto radica el amor? Bueno, así suele comenzar. Pero su recorrido es corto si se reduce sólo a esto.

El amor está convocado a un encuentro interpersonal. Sólo cuando entramos en el espacio de la intimidad del otro, llegamos al soporte de su ser, podemos decir que hemos dejado atrás la barrera del deseo para entrar en los ámbitos del espíritu, de la confidencialidad que pone alma con alma, justo cuando ojos, cabello, cuerpo, sonrisa, linajes y ocurrencias no nos llegan desde fuera sino que forman parte interiorizada de nosotros mismos. Y cuyo esplendor va surgiendo de una historia común.

Dulce Mª Loynaz no señala esta plenitud amorosa final sino que denuncia lo que no la hace posible. El punto de partida no puede ser más contundente. Entera. “Si me quieres, quiéreme entera”.

Es evidente que no se refiere al conjunto de los elementos que constituyen su cuerpo. Ni siquiera cuando enumera los cambios estéticos con que se suele embellecer una mujer: negra y blanca. Y gris, y verde, y rubia, y morena... enumeración que debemos leer en clave simbólica, lo mismo que “no por zonas de luz o sombra”.

Pero parece que el sentido del poema alcanza plena claridad cuando dice: “no me recortes”. Necesitamos ser aceptados, comprendidos, valorados, queridos en lo más hondo de nuestro ser. Tal como somos, tal como estamos… en nuestro yo personal. Lo demás no es querer, sino recortar.

He dicho que se trata de un diálogo, en el que parece que el marido escucha en silencio. Pero el poema es la respuesta a una declaración previa que debemos suponer. Él le acaba de confesar que la quiere. Ella con lucidez admirable le ha precisado las elementales exigencias del verdadero querer. Entera. Sin recortes.

Y todavía le dice más: “¡Quiéreme día, quiéreme noche… ¡Y madrugada en la ventana abierta!” ¿Le está reprochando, celosa, las largas esperas hasta la madrugada ante la ventana abierta? Todo eso y más nos sugiere el verso. Sin embargo ese noche y día y madrugada en ventana abierta está redondeando el mensaje en verdad universal y hondamente humano que el poema nos transmite. Quiéreme entera, quiéreme sin recortes, quiéreme siempre. Es decir ¡Quiéreme toda... O no me quieras!

En el segundo poema, Titulado “Amor es…”, Dulce María nos propone un modo de manifestar el amor al que no estamos habituados.

 

 

AMOR ES...

Amar la gracia delicada del cisne azul y de la rosa rosa;

amar la luz del alba y de las estrellas que se abren

y la de las sonrisas que se alargan...

Amar la plenitud del árbol,

amar la música del agua y la dulzura de la fruta

y la dulzura de las almas dulces...,

amar lo amable, no es amor;

 

Amor es ponerse de almohada

para el cansancio de cada día;

es ponerse de sol vivo en el ansia

de la semilla ciega que perdió

el rumbo de la luz, aprisionada

por su tierra, vencida por su misma

tierra...Amor es desenredar marañas

de caminos en la tiniebla:

¡Amor es ser camino y ser escala!

Amor es este amar lo que nos duele,

lo que nos sangra

por dentro...

 

Es entrarse en la entraña de la noche

y adivinarle la estrella en germen...

¡La esperanza de la estrella!... Amor es amar

desde la raíz negra.

Amor es perdonar; y lo que es más

que perdonar, es comprender...

Amor es apretarse a la cruz, y clavarse a la cruz,

y morir y resucitar...

¡Amor es resucitar!

 

El poema es muy hermoso, digno de escucharse silenciosamente en cualquier escuela del amor, es decir, en cualquier hogar entre los esposos, o en cualquier catequesis matrimonial.

Esta concepción del amor va en dirección contraria de lo que hoy se lleva. Comienza rechazando como amor verdadero, algo que en sí no lo excluye. Está tan harta de lo que Rubén Darío había convertido en el meollo de su poetizar y de su vivir. Aquel aristocrático y antivulgar estilo que obligaba a que hasta Dios estuviera azul, no sólo los cisnes, las rosas fuesen rosadas, y en medio de fiestas galantes, toda sonrisa fuese tan alargada como ficticia, y lo que no fuese alba, o fruta sazonada, o música del agua o árbol en plenitud, ni podía ser amado ni tener vocación al amor.

Llama mucho la atención el poema cuando dice, en efecto: “Amar lo amable, no es amor”… Hizo tanto daño psicológicamente que Dulce Mª le ha negado la categoría de amor. Esa concepción propicia la frustración y el escepticismo en el curso de las horas, creo que no llega ni al de los días. No es bueno ni por exceso ni por defecto alejarse de la realidad, de nuestra verdad humana. El amor no puede desdeñar la belleza. Sin embargo lo que define como esencia del amor, como auténtico amor, esa segunda parte, me parece un dechado de humanidad.

El amor es servicio, entrega libre de una vida para que otra vida crezca. El amado se convierte en el punto de mira de nuestros desvelos. Desvivirse por el otro es amor. Basta ya de búsqueda obsesiva de sensaciones refinadas. Alguien tiene que aliviar el cansancio de cada día, alguien tendrá que ser sol vivo ante tanta semilla ciega. Alguien tendrá que desenmarañar los caminos en tinieblas y amar lo que nos sangra por dentro porque nos duele. Para colmo, “¡Amor es resucitar!” Claro, llegar a otro modo de ser, transparentes y transfigurados de tanta mutua entrega.

También es verdadero en el amor esponsal que el que pierda su vida la encontrará.

 

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21 de Enero - 2016

La poesía puede comunicarnos la hermosura que se oculta en todo lo pequeño y olvidado. Rafael Morales, gran poeta de la primera generación de posguerra y un  ejemplo de cómo los encasillamientos estéticos  no sirven para definir la totalidad de un poeta, confesó una vez que le gustaría escribir como Góngora, pensar como Quevedo y sentir como Lope de Vega. Puede escribir sobre asuntos elevados, pero también sobre los más insignificantes: el cubo de la basura, la vieja chaqueta. Hoy os traigo uno muy breve  que dedica a  sus zapatos.

     En el Prólogo a la Antología de Poesía Religiosa de Leopoldo de Luis, Alfaguara 1969, se incluye, además de varios poemas, un manifiesto de la luminosa poética personal de Morales. En él nos confiesa:

     “La mayor parte de mi poesía, incluso la que canta cosas inanimadas, y sobre todo la que se centra en el tema de los animales o en el del hombre individualizado o en sociedad, va henchida de un sentimiento amoroso que nace de mi fe religiosa tanto o más que de mi propia sensibilidad. Es una religiosidad implícita, pero no explícita, y, sin embargo, es en ella donde estriba en todo caso el que yo pudiera ser considerado como poeta religioso, es decir, ligado y religado a Dios por mi palabra poética.”           

     Sin esta clave no calibraríamos la hondura y trascendencia de su mensaje poético, ese “sentimiento amoroso que nace de su fe religiosa”.

 

CANCIONCILLA DE AMOR A MIS ZAPATOS

Los zapatos en que espero

el tiempo de mi partida

tienden dos alas de cuero

para sostener mi vida.

Bajo la suela delgada

siento la tierra que espera.

Entre la vida y la nada

¡qué delgada es la frontera!

 

     Dos cuartetas, con sabor al más puro barroco, le sirven al poeta para comunicar  la fragilidad en que se afianza la vida humana, la delgada frontera entre la vida y la muerte. La nada que cita el poeta no tiene que ver con el nihilismo contemporáneo. Es su sentido netamente barroco, el del gongorino “se vuelva, más tú y ello juntamente en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.”

     No hay miedo a la muerte. Los zapatos en metonimia del total de la persona, le sirven al poeta para expresar por una parte la evidencia de nuestra partida ineludible; pero al mismo tiempo para manifestar el agradecimiento por una realidad material, zapato, transfigurado en dos alas vigorosas que sostienen su vida. La importancia de saber agradecer todo lo que nos facilita una vida mejor.

     Con la evidencia que transmiten las cosas cotidianas, el poeta descubre la gran lección existencial: las suelas delgadas, entre la tierra (muerte) y la vida, son  una frontera tan poco consistente que se ve obligado a reconocer qué delgada es la frontera. Pues menos mal que sólo hablaba de los zapatos.

     Vamos a comentar dos haikus del libro Haikus de Guillamonde, que podéis encontrar en Amazon. Dice el primero:

Haiku

Vosotros solos

Justificáis el ser,

Cerezos en flor.

 

     Sorprendente. Qué cargazón de sugerencias. La belleza de  la flor del cerezo justifica el ser, ¿de quién? ¿Del cerezo? sin duda. ¿Solo eso? No sería suficiente.   Se quedarla en un piropo hermoso. El fruto es el fin de la hermosa flor.  La blancura de la flor anuncia el ser del cerezo en su totalidad, también en sus frutos y también en su desnudez otoñal. La sublime belleza de los cerezos en flor presagia el auténtico ser (metafísico) de todo, también del ser humano, su vocación plena y total, a veces olvidada. Nuestros momentos de esplendor, por ejemplo la juventud, son  indicio o presagio de la belleza total  de la vida.  El esplendor del cerezo  desvela la hermosura  total  de todo  el ser, incluida, en los humanos la resurrección,  la tuya y la  mía

El segundo:

El sol naciente

Nos trajo su recuerdo

Esta mañana.

     ¿A quién recuerda el poeta? A sus amigos. ¿Sabrías  transmitir a los demás  tu  sentimiento de la amistad verdadera? No ha sido una carta de agradecimiento, ni el hallazgo de una fotografía olvidada, ni un comentario ocasional. Ha sido el esplendor del sol naciente, la belleza de un amanecer, “Ixíe (salía) el sol, Dios, qué fermoso apuntaba” (v. 457, Poema de Mío Cid) ese esplendor del día naciente, sólo Él puede equipararse a mi sentimiento de la amistad verdadera.

 

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5 de Noviembre - 2015

En las proximidades de la Navidad, mi nostalgia me ha llevado a “Retablo sacro del nacimiento del Señor (1940) que Rosales, otro de los grandes poetas del siglo XX y que volvió a publicar ampliado en 1964. Cuando leo sus sonetos me siento transportado a la obra de Fray Angélico. Es la Navidad que durante siglos ha celebrado el pueblo cristiano. La piedad religiosa, sustentada en la fe, canta al Niño que nos ha nacido y glorifica a una Madre que ha posibilitado la encarnación del Verbo con su sí generoso.

 

De lirio en oración, de espuma herida
por el paso del alba silenciosa;
de carne sin pecado en la gozosa
contemplación del niño sorprendida;

de nieve que detiene su caída
sobre la paja que al Señor desposa;
de sangre en asunción junto a la rosa
del virginal regazo desprendida;

de mirar levantado hacia la altura
como una fuente con el agua helada
donde el gozo encontró recogimiento;

de manos que juntaron su hermosura
para calmar, en la extensión nevada,
su angustia al hombre y su abandono al viento.

El soneto se transforma en una sinfonía acorde con la dulce melodía que  descubrió para España el maestro del endecasílabo, Garcilaso. Perfecto. Contrasta su delicada plasticidad con el reciente dolor que había causado a nuestra patria  el cuarto jinete del apocalipsis, la guerra, y que aún está asolando  Europa y parte del mundo. Alguien juzgó que se trataba de una poesía descomprometida, evasión frente a tono elegíaco o heroico que estaban reclamando tantos horrores.

Siempre me pareció que se trataba de una descalificación interesada. Rosales no está componiendo un poema formalista o simplemente estético en  el sentido que delimita la expresión del arte por el arte. Rosales es un hombre religioso, un hombre de fe que levanta con su palabra delicada y profunda un retablo de esperanza, entre tantos calcinados o destruidos. Su factura clásica no debilita ni la emoción ni el sentimiento. Si las canciones de tipo tradicional compiten con el Lope de villancicos y letrillas, sus sonetos  cincelados y policromados en colorido, el rojo de la rosa y de la sangre y la  blancura de la nieve, convierten cada   poema en  un espacio sublime,  sereno, en el que es posible percibir la paz que el mundo en discordia ha perdido. El título nos orienta hacia el asunto: La oración vino al mundo en el instante en que la Doncellita de Israel, la Virgen Madre veneró al clavel, rosa ahora, que se ha desprendido de su seno.

Las imágenes no pueden ser más delicadas. María es un lirio en oración, es espuma herida en silencio por el paso del alba, es carne  sin pecado sorprendida en la contemplación del niño. Es más Es nieve que detiene su caída sobre la paja; es sangre en asunción junto a la rosa del virginal regazo desprendida.

Si en los cuartetos contemplamos a María  por decirlo gráficamente de cuerpo entero, en el primer terceto nos resalta la mirada levantada hacia la altura y la contempla tan en oración  de quietud que la compara a una fuente estática con el agua helada, expresión máxima de su gozoso recogimiento. Observad que la joven madre no dirige su mirada al niño sino hacia lo alto. Bien sabe  ella que este Niño- se nos ha concedió por la entrañable misericordia de nuestro Dios como sol que nace de lo alto  para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte para guiar nuestros pasos por el camino de la paz. Es una oración de acción de gracias al único que puede devolver al mundo la alegría. Permitidme el anacronismo: María con su mirada parece pronunciar “Padre nuestro”

El último terceto se detiene en las manos. Manos juntas en actitud de súplica. De nuevo aparece la nieve; pero ahora su extensión nos evoca los escenarios de las guerras. Sí, es nieve; pero más que blanca fría. María en el instante del nacimiento de su hijo nos trajo la oración en grado sumo de agradecimiento y súplica con una doble finalidad calmar la angustia del hombre y, en un símbolo de estirpe sanjuanista,  calmar el abandono del viento.

Con  este soneto os felicito la Navidad. Ojalá María nos calme angustias y abandonos, aunque sea en ese misterioso símbolo del viento.

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5 de Noviembre - 2015

Ante la muerte podemos adoptar las más diversas actitudes. El grito de protesta, como Machado ante la muerte . su esposa Leonor:  O la aceptación confiada y plena en Dios:

  Huimos el meditar sobre la muerte. ¡No te digo nada si es sobre la propia! Como si del diablo se  tratase o de un maleficio, y si no decimos  ‘Jesús,’ al par que nos santiguamos, es porque se nos olvidan jaculatorias y signos de identidad.  Nuestro tiempo no quiere saber nada  de asunto tan fúnebre y lacrimoso. Cuando llegue, llegue. ¿Para qué amargarse la existencia dándole vueltas a lo que no tiene remedio? Actitud opuesta a la de aquel anónimo poeta: “Ven muerte tan escondida/ que no te sienta venir, por que el placer de morir/ no me vuelva a dar la vida” que tan suya hicieron nuestros místicos. Preferimos volver la cabeza y pasar como de puntillas. En el ruedo de la vida a cada cual le espera su negro toro fatal.

Quien me conoce sabe que soy un enamorado de la vida. Todas las cosas, obra de la naturaleza o de los hombres, sencillas  o sublimes, despiertan en mí un sentimiento de gozo y reverencia. Ternura. Confieso que mucho lo achaco a que desde muy joven aprendí a reflexionar  sobre el acabamiento de todo, sobre la muerte. Sentimiento que no me ha suscitado ni decaimientos depresivos, ni melancolías extrañas; por el contrario me ha incitado a amar con locura la vida, a valorar y a agradecer todo lo que en cada momento del día o de la noche se cruza o sale al encuentro en  mi camino. No en el sentido del famoso verso de Góngora “goza cuello, cabello, labio y frente”. No es el “carpe diem” hedonista y grosero. Quizás se aproxima más a mi ideal el “collige, virgo, rosas”, porque, como rosas ofrecidas, contemplo todo lo que me acontece, también lo adverso. La brevedad de la vida no me ha suscitado “el desprecio del mundo”, sino admiración y asombro y amor al Creador.

En la maravilla del vivir, conscientes del don inmenso de la vida, el momento más insignificante tiene sabor de eternidad y propicia juicios de discreción.

No se trata de una reflexión estoica. Es fruto de mi Fe. Sé que Cristo ha roto la soga mortal que aprieta nuestro cuello, el “devicto mortis aculeo” que recitamos en el Te deum. La buena nueva que llenó de gozo a los pastores sigue ardiente en la esperanza de todo creyente. La muerte no es el final del camino. Cristo ha vencido a la muerte. “Morir sólo es morir, morir se acaba”

         ¿De verdad que los cristianos podemos hablar de victoria si a ojos vistas la humanidad sigue muriendo, si todos nos seguimos muriendo? ¿No nos hemos convertido los cristianos en cínicos que afirmamos cosas contra toda evidencia?

No me cansaré de ponderar la maravilla de “El testamento del pájaro solitario” de José Luís Martín Descalzo. Testimonio de fe desde y en el dolor; y sobrecogedor testimonio sacerdotal, abrazado a la cruz de Cristo. Nadie como Don José Luís ha cogido el toro por los cuernos y ha despejado desde su sentida sabiduría del evangelio la victoria concreta de Cristo sobre la muerte.

         He elegido los dos últimos poemas de El testamento. Dos sonetos perfectos en su rotunda construcción formal. Don José Luís tenía hábiles manos de poeta, además de corazón delicado y recia inteligencia. Son, temáticamente, contrarios. El primero describe su muerte, tal como se manifiesta en un cuerpo, el suyo. No sólo existe el morir sino que es trance amargo y duro. Podríamos hablar de hiperrealismo hasta llegar a herir nuestra sensibilidad. El segundo soneto es la traducción a palabra clara y vivida de lo que proclamamos en el Credo. “Es cruzar una puerta a la deriva y encontrar lo que tanto se buscaba”.

 

SONETO I

Él no sintió que el cuerpo iba quedando

duro, de piedra solitaria y fría.

No comprobó que el corazón dormía

y que la última sed se iba apagando.

 

Pero allí, en algún sitio, suplicando

se oyó su muerta voz que repetía

que aceptaba morir, pero quería

salvar lo que se estaba marchitando.

Salvar la pobre carne de la muerte,

rescatar del gusano aquellas manos

y el niño corazón que tanto amara.

 

Pero estaba jugada ya su suerte:

era el precio que pagamos los humanos.

Porque la vida siempre sale cara.

 

SONETO II

 

Y entonces vio la luz. La luz que entraba

por todas las ventanas de su vida.

Vio que el dolor precipitó la huida

y entendió que la muerte ya no estaba.

 

Morir sólo es morir. Morir se acaba.

Morir es una hoguera fugitiva.

Es cruzar una puerta a la deriva

y encontrar lo que tanto se buscaba.

 

Acabar de llorar y hacer preguntas;

ver al Amor sin enigmas ni espejos;

descansar de vivir en la ternura;

 

tener la paz, la luz, la casa juntas

y hallar, dejando los dolores lejos,

la Noche-luz tras tanta noche oscura.

     Podríamos decir que en el primer soneto la muerte está vista desde nuestra orilla. El poeta no rehúye presentar los efectos materiales que padece el cuerpo: su transformación en piedra fría, la sed última, hasta que la misma muerte ha desaparecido. Alma cristiana, Martín Descalzo no rechaza el morir, pero nos desvela su plausible resistencia por defender, hasta el último segundo, una carne que ha sido tan nuestra, tan constitutiva de nuestra personalidad, sobre todo, esas manos, ese corazón niño que tanto ha amado. En definitiva, “salvar lo que se estaba marchitando”. Es tan humano.

Como en los sonetos clásicos, en el último terceto se cierra el mensaje. No hay escapatoria. Suerte echada, precio establecido. No nos engañemos: “Porque la vida siempre sale cara.” Aquí no hay alivio ni retórica. Esta es la verdad que constatan nuestros sentidos.

      La victoria sobre la muerte, la que proclamamos los cristianos es lo que acontece a continuación de lo que en el soneto primero nos ha descrito el poeta y el enfermo incurable.

     Lo humanamente inconmensurable es lo trasmitido como meollo de su testamento del alma en el segundo soneto, con el que cierra el admirable poemario.

     Al otro lado de nuestro dolor, de nuestras limitaciones y sufrimientos está la luz. Justo en el instante en que la muerte ha desaparecido, la luz entra a raudales por todos los ventanales de nuestra vida. El gozo del poeta por el  hallazgo es irrefrenable “Morir se acaba” Es cruzar una puerta, claro que a la deriva, es una hoguera, pero fugitiva, “morir sólo es morir”. Porque al otro lado encontramos todo lo que a lo largo de nuestra vida hemos ido buscando: “y encontrar lo que tanto se buscaba”. Y que buscábamos a veces sin saberlo. “ver al Amor sin enigmas ni espejos”.

     Esta es nuestra fe y la victoria de Cristo. ¿Y Luego? descansar de vivir en la ternura” Ternura, paz, luz, casa. Es decir como en familia; lejanos, sufrimientos y dolores. Sabiendo que en el misterio de Dios seguirá la noche, pero no la de la Fe sino la de su inconmensurabilidad. Será noche luminosa no oscura, como nos enseñaba San Juan de la Cruz, el primer pájaro solitario.

 

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15 de Octubre - 2015

Vivo sin vivir en mí 
 

                 Vivo sin vivir en mí                                                                          y tan alta vida espero 
que muero porque no muero. 
  
Vivo ya fuera de mí, 
después que muero de amor, 
porque vivo en el Señor, 
que me quiso para sí; 
cuando el corazón le di 
puso en mí este letrero: 
«Que muero porque no muero». 
  
Esta divina unión, 
y el amor con que yo vivo, 
hace a mi Dios mi cautivo 
y libre mi corazón; 
y causa en mí tal pasión 
ver a mi Dios prisionero, 
que muero porque no muero. 
  
¡Ay, qué larga es esta vida! 
¡Qué duros estos destierros, 
esta cárcel y estos hierros 
en que está el alma metida! 
Sólo esperar la salida 
me causa un dolor tan fiero, 
que muero porque no muero. 
  
Acaba ya de dejarme, 
vida, no me seas molesta; 
porque muriendo, ¿qué resta, 
sino vivir y gozarme? 
No dejes de consolarme, 
muerte, que ansí te requiero:
que muero porque no muero

 

                                                        Sta. Teresa de Jesús

        Vivo sin vivir en mí es uno de los poemas de Santa Teresa de Jesús más divulgado. En él quedan patentes el grado de unión con Dios; la paradoja y la antítesis como intento de comunicar lo inefable; y en tercer lugar, la soltura, gracia y precisión conceptista con que Teresa se mueve en la lírica de tipo tradicional.

        En el estribillo se nos hace hincapié en que siendo la esperanza del cielo un don tan elevado, permanecer en la tierra se hace, cuando menos, costoso. No es propio de nuestra naturaleza humana desear abandonar esta vida, salvo en estados de enfermedades del alma (estados depresivos, por ejemplo) o en desorientaciones del sentido de la vida (Romanticismos, Existencialismos radicales o agnosticismos desesperados, por ejemplo).

        ¿Y una Santa cómo Teresa, también desea abandonar este mundo? Sí; pero por motivación completamente diferente. Solo los enamorados que vivan separados de quien aman, comprenderán la causa de Teresa. Es una experiencia de ausencia, después de haber intimado con Dios.

        Nos lo explica en la primera glosa: “después que muero de amor”. Es así. No es suficiente con saber de Dios, ni siquiera con poder demostrar su existencia. No es el mucho conocer sino el mucho amar lo que arguye de Dios y lo que nos anima a estar en su cercanía.

 

        Siempre me parecieron proféticas las palabras del jesuita Padre Karl Rahner "El cristianismo del siglo veintiuno será místico o no será ya cristiano". También dijo: "La espiritualidad de Ignacio que recibimos por medio de la práctica de la oración ha sido más importante para mí que la filosofía o la teología más sublimes". Oración recogida para encontrarse con el Amado.

        El amor es siempre deseo de unidad. “Esta divina unión y el amor con que yo vivo”. No hay otra clave para comprender su experiencia. Desconcertante: Dios es el cautivo y el libre, mi corazón”. Consecuencia: concatenación de imágenes para ponderar su situación de destierro: cárcel, hierros, larga vida. Suenan las mismas palabras que en los existencialistas de la desesperanza “que muero porque no muero”; pero qué distantes las motivaciones. No esperar nada; frente a “tan alta vida espero”. El camino acertado para nuestro tiempo lo señala Teresa.

        La maravilla se encuentra en el contenido. Si nuestra vocación es amar, no puede ser más contundente la confesión de la santa. No se trata de parámetros distintos de los habituales en el amor que llamamos humano, entre un hombre y una mujer. Amar a Dios se manifiesta en las mismas coordenadas. Una novia le diría lo mismo a su esposo el día de su boda. Detengámonos en el primer verso. Estremece ese “ya” inicial, que es tiempo y referencia a vacilaciones anteriores, en el caso de la santa y en el de la historia amorosa de cada persona. Aceptada la decisión el “ya” se convierte en inamovible, por eso lo rubrica con la expresión “toda”, sin resquicios ni recovecos donde ocultar parte de nosotros mismos, “ toda del todo” y dos verbos que definen el secreto del verdadero amor “entregar” y “dar”, o sea, hacer que el otro sea dueño de nuestra identidad más plena y secreta.

 

 

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Mi Amado es para mí y yo soy para mi Amado

 

Ya toda me entregué y dí,

y de tal suerte he trocado,

que mi Amado es para mí

y yo soy para mi Amado.

 

Cuando el dulce Cazador

me tiró y dejó herida,

en los brazos del amor

mi alma quedó rendida;

y, cobrando nueva vida,

de tal manera he trocado,

que mi Amado es para mí

y yo soy para mi Amado.

 

Hirióme con una flecha

enherbolada de amor,

y mi alma quedó hecha

una con su Criador;

Ya yo no quiero otro amor,

pues a mi Dios me he entregado,

y mi Amado es para mí

y yo soy para mi Amado.

 

 

    El estribillo “mi Amado es para mí y yo soy para mi Amado.” No es un juego poético ni una licencia del arte retórico de persuadir. Habla de lo que vive y vive lo que ha descubierto en la buena nueva del Evangelio. Ha descubierto a Cristo, se ha encontrado con Él y vive, en el amor de La Iglesia, por y para Él. “Ya toda me entregué y dí”. Esta es Santa Teresa.

Estamos ante una de sus poesías de tipo tradicional que tanto gustaban a la santa y que se convirtieron  en  creación habitual en los monasterios de descalzas hasta bien entrado el siglo XVII.  Ninguna de ellas tiene una inspiración original. Son conversión a lo divino de poemas profanos. Para una persona religiosa, todo aprovecha si le sirve para dar a conocer  a quien tanto ama. Pero,  ya lo creo que son originales porque expresan su experiencia interior  como vivencias directas y personales únicas y emocionalmente verdaderas, por eso nos conmueven. El cambio de destinatario, -de un hombre o una mujer a Dios- convierte en sublime el poema.

La estrofa es una combinación de versos octosílabos distribuidos en un estribillo de cuatro versos y dos glosas de ocho  que desarrollan temáticamente la idea central del estribillo. Dos de cuyos versos se repiten en las glosas como leitmotiv, como estas composiciones eran cantadas, se llaman también “versos de vuelta” porque avisaban al coro cuándo tenía que entrar.  Es una combinación estrófica habitual en los Cancioneros del siglo XVI.

Fijémonos en los pronombres personales donde el acto de donación  amorosa alcanza su plenitud: “Yo entregué” (una cosa,  quizás regalo o don) “yo di”. ¿Pero a quién o qué diste? “Me”, complemento directo, “me entregué, me di, a mi”  expresión de un acto libre y decidido, como debe ser. En medio de la sencillez y comunicación directa,  sobrecogedor. La consecuencia no puede expresar de manera más universal el anhelo profundo de todo el que ama de verdad “mi Amado es para mí y yo soy para mi Amado”.

No deja de sorprenderme el verso segundo. “Suerte” y “trocar” parecen guardar alguna relación con el mundo del canje, del interés comercial y de la fortuna. Aplicado al amor a Dios no cabe duda de que es ponderativo de quien en tales “comercios” ha salido ganando. Con Dios no se pierde nunca.

Las glosas desarrollan la metáfora de la caza, flecha y herida.  Nada original en cuanto a lenguaje poético pero certero para expresar que es Dios el protagonista de este amor. Cazador que no falla en sus disparos y que a pesar de sus dolorosas heridas, siempre será por sus efectos “Dulce” cazador. El amor como flechazo, como hallazgo inesperado no para el Amado sino para la amada, con la conmovedora expresión “dejó herida” en anhelo de ser correspondida, pero al mismo tiempo, rendida y sin resistencia “en los brazos del amor”. El trueque ha sido tal  que ha cobrado -en pago sorprendente- “nueva vida” y tanto,  pues nada menos ha igualado en el encuentro dos seres infinitamente separados.

En la segunda glosa continuamos con la imagen de la herida y de la flecha. Una palabra me conmueve sobre las demás: “enherbolada”, que  no tiene nada que ver con enarbolada. Es en estas ocasiones cuando se descubre el genio del oficio poético, la inspiración admirable. Enherbolar es untar la punta de las saetas con venenos extraídos de hierbas. Dios ha untado la flecha del veneno de su amor  y ha quedado rendida e irresistiblemente envenenada en sus amores. ¡El veneno del amor de Dios!

 

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1 de Octubre - 2015

LOS SIETE PECADOS CAPITALES EN EL BOSCO Y EN LA POESÍA

En nuestro “Momento para la poesía” vamos a insistir en la pretensión educadora o si se quiere moralizante de la pintura de El Bosco.

El arte, cuando mira hacia la belleza, ha tenido predominantemente una finalidad educadora. El doble extremo “o deleitar o enseñar”, se ha resuelto mayormente con el equilibrio sintetizado en el lema “deleitar aprovechando”. No conozco un autor cristiano que no haya antepuesto una finalidad ética a una simplemente estética o, aún menos, meramente  lúdica. No es fácil renunciar a hacer del arte un instrumento de verdad  para convertirlo en simple pasatiempo.

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